jueves, 31 de marzo de 2011

Cuentito de fin de mes

Julius nos cuenta las instancias vividas con su velludo y fornido tutor, Monsieur Gilbert.



























miércoles, 30 de marzo de 2011

Una más de Bob

Famoso, peludo y...

Peludos famosos

Bob Hoskins
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La primera aparición de Hoskins ante el público de los Estados Unidos fue en "¿Quién engañó a Roger Rabbit?". Su acento americano convencía tanto, que muchos críticos de cine que no lo conocían, simplemente asumían que era en realidad un actor estadounidense. Pero este magnífico actor nació en Suffolk, Inglaterra, Reino Unido, el 26 de Octubre de 1942. Su filmografía entre 1972 y 2009 abarca unos 102 títulos.
Si bien se lo asocia con personajes oscuros, de gansters o policías, Hoskins ha demostrado ser un versátil actor que siempre hizo gala de su ductilidad tanto en drama como en comedia.
Cero glamour, maduro, de baja estatura y regordete, este adorable hiperpeludo no cumple, obviamente, con los parámetros clásicos de belleza masculina. Por supuesto, eso aquí no es obstáculo para admirar y rendir tributo a este velludazo que tiene todos atributos viriles necesarios como para dedicarle un justo post en el salón de los Peludos Famosos de Vellohomo.
Al final de la breve galería de sus fotos, Bob Hoskins nos regala una generosa y prolongada visión de su pecho hirsuto en una escena de "Heart condition". También se lo puede ver en la ducha clickeando aquí.
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martes, 29 de marzo de 2011

Mr. Vellohomo del mes


--- Mr. VELLOHOMO DEL MES DE MARZO ---
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Un Míster para no dejar de admirar.

lunes, 28 de marzo de 2011

El colectivo

Ya no hago esas cosas. Aunque debo decir que no sé como reaccionaría hoy si nuevamente fuera presa de la tentación, llegado el caso.
Lo cierto es que aquella tarde porteña en plena hora pico, cuando todo el mundo retorna a sus casas, había tomado el autobús atestado de gente en la avenida Córdoba a metros de las galerías Pacífico. Por esas casualidades que nunca me tocan, la suerte quiso que el asiento más cercano se desocupara al rato. Adrede no miré a mi alrededor, no fuera cosa de que hubiese alguna señora embarazada o tal vez una ancianita con las cuales no hubiese podido. Estaba tan cansado y agobiado que me lancé sobre el asiento y sentí un cierto alivio al abrir la ventanilla y dejar que el aire chocara en mi rostro sudado. Sí, aire contaminado, pero aire al fin. Percibí que los pobres pasajeros, entreverados en un revoltijo de manos, carteras, bolsos y paraguas, me acribillaban con miradas envidiosas. Pero yo me acomodé y sólo pensaba en llegar pronto a casa, al final de una jornada de trabajo agotadora.
El colectivo iba repleto. Demasiado. Y seguía subiendo gente. Agradecí al cielo no haber tenido que viajar de pié haciendo malabares para aferrarme a algún pasamanos, entre las arrancadas o frenadas que el malhumorado chofer operaba a su antojo.
Mi mente, escapándose por la ventanilla, se puso en “stand by” y así pasaron más rápidos los minutos. Por suerte no faltaba mucho trayecto. Entonces, entre los insistentes empujones que a veces sentía en mi hombro, hubo uno que percibí más nítidamente. Cosa curiosa, porque lo había sentido justo cuando el colectivo estaba detenido. Levanté mi mirada y junto a mí pude ver a un hombre de mediana estatura con un traje marrón algo deslucido. Llevaba la corbata floja, raída, y el primer botón de la camisa desabrochado. Alcancé a ver algunos vellos asomando por entre el cuello entreabierto. Colgando de su antebrazo y descendiendo hasta su mano aferrada al pasamano del asiento, un impermeable gris casi arrastraba en el piso. El hombre, de unos cuarenta años, miraba por la ventanilla sin expresión alguna.
Era un individuo cansado. Un oficinista o vaya uno a saber qué, con su hastío a cuestas, oscuro, despeinado y vencido por la rutina. Me hizo pensar unas cuantas cosas, y quise indagar valientemente dentro de mí a pesar de mi interno temor de encontrar en mí algún reflejo de su persona. A pesar de su aspecto, en un primer momento desagradable, el hombre poseía un atractivo anómalo e inexplicable. Sus ojos aún brillaban con un destello tenaz, como si fuese allí donde un resquicio de la juventud se obstinara a aferrársele.
La gente intentaba circular hacia el fondo del colectivo, pero él se quedó estacionado en ese sitio, a mi lado. Y sus empujones invasores me empezaron a llamar la atención. No sólo se apretujaba contra mi hombro, sino también chocaba con mi muslo cada vez que el colectivo se zarandeaba al doblar alguna esquina o al tomar velocidad. Cuando el autobús se detuvo en Congreso, incrementé mi estado de alerta. Entonces lo sentí nítidamente: su pierna avanzó sobre mi muslo con una provocación clara.
Esta vez no lo miré. Seguí prestando atención a sus reiterados contactos, mientras mi vista, vacía, se perdía más allá de la ventanilla. Cuando finalmente nos movimos otra vez, estiré mi brazo y me tomé de los pasamanos del respaldo frente a mí. Mi movedizo pasajero aprovechó entonces, y se me apegó inmediatamente.
Sentí su roce firme, claro y ya no tuve dudas de lo que pasaba.
Entonces mi brazo recibió la presión inequívoca de su pelvis. Una, dos… tres, y tantas veces como velocidades maniobrara el conductor.
Una rápida y vigorosa erección me enfervorizó y agitó mi respiración. Vibré como un adolescente al comprender el significado indudable de las arremetidas de aquel ignoto pasajero que pugnaba por frotarse una y otra vez contra mi flanco.
Mi brazo, receptivo y erizado, notó también la erección del hombre. Su falo endurecido me rozaba el antebrazo, el codo, el hombro, desde la prisión de su pantalón. No atinaba a moverme, aunque sutilmente respondía siempre a sus disimulados embates. Restregándonos constantemente, íbamos subiendo nuestra mutua excitación rodeados de un mundo de gente.
De pronto sentí vergüenza y supe que los calores habían enrojecido mi cara. Después de todo estábamos en un transporte público y a la vista de todos. Pero esta misma situación me enardeció más aún. ¿Porqué será que el gozo oculto, mezclado con el riesgo y el peligro de ser descubierto es algo terriblemente irresistible?
Llevé mi mano hacia mi abultada entrepierna y me acomodé un poco la rigidez del miembro que de buena gana hubiera deseado quedar libre. Seguramente, el hombre había visto mi gesto, pues enseguida me respondió con un envión de su cuerpo y acercó su abultada bragueta hacia mi mano aferrada en los pasamanos.
Hice un mínimo movimiento con mis pupilas y sin mover la cabeza, miré de soslayo hacia la voluminosa entrepierna, a escasos centímetros de mi rostro. El hombre ostentaba un bulto impresionante, y habiéndose percatado de ello intentaba ocultarlo con su impermeable que acomodaba en todo momento.
El colectivo comenzó a vaciarse y fue quedando menos gente en el pasillo. Pero mi acompañante casual no se movió de su sitio, ni tampoco dejó de presionarse contra mí. Faltaban dos paradas para que me bajase, pero yo también me quedé atornillado a mi asiento. Ni pensé en bajar. Pasaron las calles, y permanecí en mi sitio intentando prolongar ese juego tan erótico como osado.
Ambos estábamos excitados casi hasta el descontrol. La excitación a veces es directamente proporcional al riesgo, y éste era mayor, ya que sin tanta gente apretándose a nuestro alrededor, ahora era mucho más difícil disimular lo que estábamos haciendo. Pero sin embargo, no podíamos dejar de hacerlo y el hombre arrimó más aún su sexo hacia mi mano. Cuando sentí la proximidad, no lo dudé. Pensando que quedaría oculto con su impermeable, solté el pasamano y deslicé la mano rápidamente buscando el bulto que rozaban mis dedos. Entonces manoteé su bragueta y aprisioné su pene erecto. Lo capturé ávidamente y lo apreté firmemente, sintiendo como se tensionaba y acrecentaba su volumen. El hombre suspiró entrecortadamente intentando contener un aullido de placer. Enseguida sentí la humedad caliente.
Lo solté y me quedé quieto.
Volví en mí. Me había pasado unas 15 calles.
Me levanté, como si nada. El hombre se hizo a un costado para dejarme pasar y se sentó en el sitio que había dejado libre. No nos volvimos para vernos. Jamás nos volveríamos a ver, claro.
Cuando fui hacia la parte trasera del autobús para descender ya casi no había gente viajando de pié. Las personas que estaban en la hilera de asientos traseros me clavaron la vista. Sí, seguramente habían visto todo el show, por lo menos el tramo final.
Una señora robusta con el pelo teñido burdamente de rojo me miraba con una cínica sonrisa. Todos desde sus asientos me lanzaron miradas plagadas de anatemas. Hasta podía escuchar lo que gruñían sus pensamientos: ¡qué degenerado! ¡inmundo… hacer esas cosas en un transporte público! ¡enfermo! ¡puto de mierda!. No habrían sonado tan fuerte si las hubieran dicho a gritos.
Pero sobre todo: ella, la horrible señora teñida de rojo, con ese peinado saturado de spray de peluquería de barrio, me juzgaba inexorablemente desde su envenenada mirada. No estaba escandalizada. Más bien se hubiera dicho que había seguido toda la escena deleitándose en cierta morbosidad, con esa insistencia pacata cubierta de moralina tan propia de la gente que no tiene nada que hacer y se dedica a esas cosas quién sabe por qué razón. En ese momento me di cuenta, que un par de roces entre unos tipos en medio de un colectivo lleno de gente, no podían haber sido demasiado evidentes… ¡salvo…! para aquellos que se detuvieran especialmente a mirar.
Mantuve mi vista en ella y nuestros ojos entablaron un silencioso pero sostenido duelo. Entonces irónicamente le devolví la sonrisa, me acomodé los genitales y respiré con gozo demostrándole lo bien que la había pasado. Ahora sí. La señora sacudió la colorada cabeza, visiblemente ofendida.
Al bajar sentí que había disfrutado mucho más el haber causado esa ofensa tácita, que del episodio con el hombre del traje marrón.
Franco.

domingo, 27 de marzo de 2011

sábado, 26 de marzo de 2011