martes, 30 de abril de 2013

El cuentito de fin de mes




El militar colombiano


-¡Hotel de la Ópera, por favor!
El taxista arrancó velozmente saliendo de El Dorado y tomando la autovía en dirección al centro de Bogotá.
-¿Argentino?
-Sí.
-Bienvenido, señor, espero que su estadía en Colombia sea de lo más placentera.
Eso esperaba yo también, fervientemente. Aunque tenía mis dudas. Serían cuatro días de entrevistas y negociaciones. Por fortuna, la ubicación del hotel en el corazón de La Candelaria y a pocos metros del Banco de la República, era ideal para mí. Ya había estado allí, y había insistido a mi empresa para que volviera a hacerme la reserva una vez más.
Un hombre uniformado y extremadamente amable tomó mis maletas al llegar y pronto me asignaron una hermosa habitación en el tercer piso. El lugar, atípico para un hotel de esa categoría por tratarse de un edificio del 1800 bellamente restaurado, olía suavemente a canela. Abrí mi equipaje pero solo saqué el traje, que colgué en el closet para que no se arrugara. Estaba cansado, por lo que me desnudé rápidamente y me metí en la ducha restauradora y caliente. Luego caí rendido entre las sábanas frescas de mi enorme cama, después de todo, seguía siendo domingo.
A la mañana siguiente, bien temprano y ya vestido para mi primer entrevista en el Banco, desayuné frutas, huevos… y café colombiano – ¡qué delicia! - , abrí mi lap top y revisé punto por punto los informes en los que había trabajado por tantos días.
Salí a la calle décima y doblé por la carrera cinco, llenándome los ojos con ese paisaje magnífico hacia el cerro. Apenas caminada una cuadra me topé con un verdadero caos, ¿qué sucedía? pues justo ese día, el Banco iba a recibir la visita del mismísimo presidente Uribe, por tanto se había programado suspender toda actividad, inclusive la de la Biblioteca Arango. Un dispositivo colosal de custodios y controles militares bloquearon mi entrada a pesar de que tenía cita con uno de los más altos comisionados del banco. Se me dijo que toda diligencia en el Banco estaba cancelada, pero yo insistí una y otra vez ante el obcecado hombre de uniforme. Finalmente, el tipo se dignó a consultar mi caso y después de varias confirmaciones por celulares y radio comandos, pude entrar, no sin antes ser revisado, palpado y examinado por dos o tres militares fuertemente armados.
Admito que esos machotes algo rudos y enfundados en verdes trajes con manchas tipo camuflaje, me despertaron cierta excitación debidamente contenida. Con sus toscas manos, registraron mi anatomía cuidadosamente, mientras mi mente caprichosa los imaginaba un poco más osados en sus controles hacia mi persona. Pero ¿porqué todos los militares ostentan unos bultos y culos maravillosos? Sonreí ante mis oscuras (o clarísimas) fantasías dada la situación, y proseguí mi camino, escoltado por dos empleados de seguridad.
Tuve mi entrevista de trabajo, pero no muy exitosa. Cavilaba sobre eso mientras volvía al hotel. Seguiría mañana, pensé, y esa tarde, insistiría en la reunión con los gerentes. Por el momento, estaba hambriento a pesar de que la altura me sofocaba al caminar.
Subí directamente al cuarto piso, donde funciona un restaurante de comidas típicas. El camarero, joven y bastante apuesto me miró con sus hermosos ojos oscuros y me pidió el baucher del almuerzo.
-Buenos días, señor. Ya le traigo la carta con el menú ejecutivo. Mientras, hágame el favor de regalarme su firmita aquí, si es tan amable.
-Gracias...
-A las órdenes, señor.
Me encantaba la manera de hablar de los bogotanos. Comparado con la estoica prepotencia argentina, todo el mundo allí me parecía deliciosamente atento. Eso me alegró un poco. Y también la vista de los soleados tejados que divisaba por el amplio ventanal. Necesitaba esa luz, pues estaba un poco desanimado. En el restaurante – y diría que también en todo el hotel – no había mucha gente. Solo un par de hombres de traje y corbata que discutían un tema laboral con acalorada contención.
El camarero regresó sonriente y esperó mi pedido. Lo miré con más atención: tenía un cuerpo escultural y un muy buen paquete entre las piernas. Sonriéndole, escogí las empanaditas de pipián y luego el ajiaco. En eso estaba cuando de pronto entró más gente al lugar. El camarero se deshizo en reverencias y salutaciones ante un grupo de cinco hombres que condujo a una mesa reservada.
-¡Sr. Canciller!, permítame... pase por favor, su mesa está lista.
-Gracias – respondió el hombre vestido de negro e impecable corbata dorada. Era común encontrarse allí con esos séquitos diplomáticos al estar enfrente mismo del Palacio San Carlos, sede del Ministerio de Relaciones Exteriores, por lo que no me fijé demasiado en esas personas. Salvo por un hombre. Era el más parco del grupo y se trataba de un militar impecablemente uniformado y lleno de condecoraciones de todo tipo, tamaño y color.
Era de estatura mediana, cuerpo compacto, y enseguida me di cuenta que su imagen imponía un efecto de  respeto y de intimidación. El uniforme resaltaba la amplitud de sus hombros. Cuidando de no ser descubierto miré atentamente su rostro. De piel morena, tendría alrededor de 45 años, o tal vez más. Sus rasgos eran severos y una mirada fiera y alerta en todo momento emanaba de sus grandes ojos negros. Estas facciones estaban acentuadas por las espesas cejas y un negrísimo y ancho bigote. Su mandíbula severa se asentaba sobre un grueso y masculino cuello. Cuando se quitó la gorra, su cabeza casi rapada a los costados lucía un denso cabello negro que se le ponía un poco gris en las sienes.
Sentí una atracción instantánea por ese hombre. No sabía muy bien porqué, no solía fijarme nunca en ese tipo de varones, pero no aparté mi vista de él. Sorbía cada cucharada de mi ajiaco fijando mis ojos en toda su persona. No corría peligro de encontrarme con su mirada, pues él escuchaba muy interesadamente la charla de los comensales y todo fuera de ese entorno parecía no existir para él. Después me di cuenta que entre su compañía había un religioso y otros dos hombres, seguramente embajadores o empresarios.
Durante todo el almuerzo, estuve completamente absorto con la imagen de ese militar. Es que me atraía todo él: sus movimientos, los gestos de sus grandes manos, alguna que otra sonrisa sobria, y sobre todo, el movimiento de esos ojos escrutadores y profundos. Era curioso, al mismo tiempo eran desafiantes y terribles.
Ya estaba saboreando mi flan de mango, cuando, sin dejar de mirar hacia la mesa del canciller, quise tomar mi copa de agua y torpemente me la llevé por delante. La copa cayó y se estrelló en el piso importunando la tranquilidad del restaurante con un ruido estrepitoso. Alcé la vista y ahí estaba él: por primera vez el militar me estaba mirando, directamente a los ojos, con una expresión hueca, muy serio, muy severo. Por un momento, nuestras miradas quedaron fijas. Sentí un estremecimiento, como un temor muy hondo. Pero también una recóndita excitación.
El camarero vino enseguida y puso en orden todo. El militar abandonó su transitoria atención hacia mí y siguió hablando con sus relaciones. Pero yo sí que seguía observándolo, sintiendo que algo muy especial me estaba sucediendo con ese hombre.
Dejé una buena propina avergonzado por el estropicio que había causado y me retiré a la habitación. El mediodía había traído una inusitada suba de temperatura, cosa nada extraña en esa ciudad. Dormí una breve siesta, desnudo y sin taparme con las sábanas, y después, por la tarde, volví al Banco. Las siguientes horas fueron habitadas con reuniones, comunicaciones con Buenos Aires y más trabajo. Pero al menos me había ido mejor que a la mañana.
Cuando volví al hotel me encontré, para mi sorpresa, con el militar colombiano sentado en uno de los sillones de la sala del 1er. piso. No estaba solo, y trataba algún asunto con otros dos oficiales del ejército. Ahí estaba otra vez. ¿Por qué no podía dejar de mirarlo? Sentado en un amplio sofá, con un whisky en la mano y una pierna cruzada a horcajadas de la otra. Tobillo que descansaba en la rodilla, por tanto... esos macizos muslos separados y abiertos ampliamente. Por un breve momento pude inspeccionar su abultada entrepierna. Su bragueta parecía guardar a duras penas algo considerablemente grande. Lógicamente sería el efecto de su postura, sin embargo mi imaginación voló con esa visión tan provocativa.
Una vez solo en mi cuarto, arrojé toda mi ropa al suelo. Sentí mi sexo más grande de lo común y al pasarme la mano no hice más que endurecerlo del todo. Me senté en el escritorio y me puse a ordenar los datos que había agregado después de mi reunión. Pero mi cabeza estaba en otro lado, y mi pene se dio cuenta de eso, pues no había descendido ni un milímetro.
¡Al diablo con todo!, me serví un trago, conecté a Internet.... y empecé a vagar por varias páginas calientes para distraer mi mente. Pero, casi sin darme cuenta, de pronto estaba en un sitio lleno de militares desnudos y hombres uniformados. Mi verga ansió mi mano, y di rienda suelta a mi desahogo sexual masturbándome frenéticamente. Los hombres uniformados no eran mi tipo preferido, ¿Porqué ahora me excitaban tanto? De todos modos, en vano busqué a mi militar colombiano, no había nada parecido a él en ningún sitio virtual. Lo pude encontrar, sí, en mi mente, en las imágenes que me hacía de él: sentado en el sofá del hotel, con su whisky en la mano, pero... ¡desnudo!, ¡completamente en pelotas! develando ante mí lo que su pantalón ocultaba: una buena verga colombiana lista para el ataque. Me eché hacia atrás abriendo a más no poder mis piernas. Con un dedo busqué mi ano y lo llené de saliva apartando los vellos de la entrada. Me metí el dedo dilatando la abertura y llegando con la punta a ese lugar enloquecedor. Aceleré los movimientos dándome por fin una paja formidable.
Mi semen saltó hacia el abdomen y llegó hasta el pecho también, retrocedí un poco cuidando de no manchar el teclado, viendo como el espeso líquido embadurnaba los pelos de mi ombligo y pubis.
Volví en mí con el ruido estridente del teléfono. Era mi esposa, que llamaba desde Buenos Aires. Sentí una furtiva culpa y me sentí incómodo de atenderla bañado en fluidos producidos por la evocación de mi militar colombiano. Hablamos por unos minutos y nos pusimos al tanto de nuestros dos días sin vernos, de los niños y otros detalles de importancia.
Después me aseé y me vestí con ropa muy informal. Salí a dar un paseo por los alrededores y regresé como a las 6 de la tarde. Entonces decidí aliviar del todo las tensiones de ese día y bajé al subsuelo donde se encontraba el Spa. El salón con la piscina climatizada y el yacuzzi estaba desierto. El atento encargado del lugar me proporcionó un traje de baño descartable, una toalla, y pasé algo más de una hora nadando o descansando en una reposera. Finalmente me relajé más aún en el baño sauna y luego volví a la habitación a prepararme para la cena.
Cuando subía para el restaurante, alcancé a divisar al militar que salía del hotel, siempre en impecable uniforme, acompañado de dos damas – que tal vez le estarían preguntando por el origen de sus condecoraciones – y un hombre, todos muy elegantemente vestidos. Bueno – me dije – no disfrutaré hoy de su presencia mientras ceno. A esas alturas, me di cuenta de que ya estaba algo “obsesionado” con ese hombre.
La mañana siguiente fue fría y lluviosa. Mis tratativas en el Banco empezaron a dar sus frutos y eso me puso de mejor humor. Almorcé con uno de los gerentes en “Los Fulanitos”, y regresé bien entrada la tarde al Hotel de la Ópera. No pude dormir, tal vez distraído por los estúpidos programas de televisión que me empeñaba en mirar. Me levanté, revisé mi correo electrónico, ordené unos cuantos archivos y ganado por el tedio, salí en dirección al Spa del subsuelo.
El mismo encargado del día anterior estaba sonriente y amabilísimo como siempre. Calculé que se alegraba por tener algo que hacer, pues siempre esa zona del hotel estaba prácticamente desierta. Cuando salí del vestuario en traje de baño, vi que había alguien en la piscina. Era un hombre corpulento que nadaba con buen estilo. Sólo podía ver su amplia y musculosa espalda. Finalmente su cabeza salió a la superficie al llegar al borde de la piscina. Se dio vuelta y ¡me quedé de una pieza al ver que era el militar colombiano!
Claro ¿cómo iba a reconocerlo sin su uniforme? – me dije, riendo para mis adentros – allí estaba, con medio torso desnudo asomando a la superficie, mientras respiraba agitadamente por la boca, ensimismado y masculino. Tuve temor y no quise meterme también al agua, no supe la razón de ese temor, y mi primera reacción fue acomodar la toalla en una reposera y tenderme en ella casi sin moverme. Desde ahí lo observé sin ser observado: nadaba un par de largos, luego descansaba. Todo en él me cautivaba, brazos, piernas, movimientos. Quise desviar mis ojos fijándolos en un punto cualquiera porque tenía miedo de excitarme, pero al rato me quedaba mirándolo nuevamente.
En un momento se relajó por completo y se quedó haciendo una plácida plancha en la superficie. Con los ojos cerrados, su expresión cambiaba por completo y sus facciones se descubrían calmas, inofensivas, casi dulces. Su pecho emergía apenas, pero podía advertir sus encantos: los dos pezones marrones dominaban las alturas de sus prominentes pectorales con mucho vello de color negro. Los pelos se incrementaban en el centro de su pecho, como marcando el límite entre dos montañas. Pero lo que más sobresalía del agua era el bulto de su sexo. La tela negra del bañador se le adhería y hacía notar una masa abundante y prometedora. Tenía piernas también velludas, una frondosidad que se repetía en sus axilas, y los largos pelos allí flameaban acariciados por las ondas del agua límpida.
Luego, dio unas cuantas brazadas más, y salió del agua semejando un dios escultural surgiendo de misteriosas profundidades. Entonces nuestras miradas se cruzaron. Y él me hizo un breve gesto de saludo. Yo le respondí con una inclinación de mi cabeza, y sentí que me ponía rojo como un adolescente. Después se abandonó en una de las reposeras y pasó las manos por debajo de su nuca. Separó las piernas y cerró los ojos. ¡Qué visión!, ahora ya me podía volver contento a mi país: el militar me había regalado la visión de su cuerpo semidesnudo, solo para mí. Era más que suficiente, pues sabía con triste certeza de que – ¡obviamente! - nada más pasaría entre nosotros.
Fue en ese momento en que empecé a sentir el típico hormigueo de una incipiente erección. Me preocupé un poco, pues pronto el bulto empezaría a ser evidente, así que tomé la toalla cubriéndome un poco con el firme propósito de escapar de allí. Subí hasta el entrepiso donde estaba el baño sauna y desaparecí en el interior. El sitio estaba vacío, como de costumbre. Era una suerte, porque mi paquete ya estaba notoriamente voluminoso. Mi verga, atrapada en el traje de baño, estaba durísima y por nada del mundo iba a aplacarse, salvo que el militar viniese y me suministrara una estupenda fellatio hasta exprimir de mí el último jugo de virilidad. Pero bueno, ¡eso no iba a ocurrir, desafortunadamente! Al menos estaba solo, y el sauna era un buen escondite en ese momento.
Pero solo pasaron unos minutos, cuando de pronto se abrió la puerta y ¡apareció el militar! Inmediatamente me puse la toalla sobre la cintura e intenté mirar para otro lado.
-Buenas tardes – me dijo
-Hola, que tal... – respondí con mi típico saludo argentino.
El hombre se sentó con desparpajo en la primera grada y abandonó sus brazos sobre la segunda, quedando en diagonal a un escaso metro de mí.
-¿De dónde usted es?
-De Buenos Aires.
-Yo nací en Bogotá, pero hace años que por mi profesión vivo en Pasto.
-¿Eso es al sur, verdad?
-Sí, muy cerca del límite con Ecuador – dijo, sin mirarme y pasando la toalla por su frente - ¿Y usted está en Colombia por trabajo o por placer?
De pronto me sobresalté. Sabiendo que era un militar, me sentí indagado y presa de una extraña paranoia. Era lo mismo que el oficial de migraciones me había preguntado al entrar al país con la más intimidante de las expresiones. Finalmente, me repuse, y volví a reparar que cualquiera podía hacer esas preguntas por entablar conversación de la manera más común. Así que respondí.
-Por trabajo – contesté, y, como queriendo dirigir el coloquio hacia otro sentido, continué – pero siempre que viajo... intento buscar también el placer...
El militar, que había estado con los ojos medio cerrados, incorporó la cabeza y me miró. Noté de nuevo esa mirada penetrante y ciertamente inhibidora. Yo hice frente a esa mirada y le sonreí un poco. Después de sentirme algo observado, me preguntó:
-¿Qué le parece Bogotá, entonces?
-Siempre me gustó esta ciudad – contesté – desde su paisaje, hasta su gente.
-Bienvenido pues, señor. – dijo, y en su cara divisé por primera vez el dejo de una sonrisa.
Quedamos en silencio. Cada tanto lo miraba. Y sabía que también él hacía otro tanto. Poco a poco, sentí como el pequeño y caliente receptáculo en que nos encontrábamos los dos se cargaba con un clima especial. Su cuerpo estaba brillante no solo por la humedad del ambiente sino por el propio sudor. Con la toalla enjugaba las gotas que corrían por todo su pecho. Por momentos acariciaba sus brazos, sus piernas musculosas, su cuello, o se estiraba lentamente. Entonces se puso de pié y dijo, como si tuviera que informarme:
-Necesito una ducha...
Me quedé solo y tragué la saliva que se me había acumulado en la garganta. Seguía completamente erecto y me quedé sentado con las piernas apoyadas en la grada, casi en posición horizontal. El militar volvió a los pocos minutos, chorreando agua. No se secó, se envolvió la toalla a la cintura y frente a mi asombro total, dejó caer su traje de baño por debajo y se lo quitó dejándolo en el piso. Abrí desmesuradamente los ojos mientras el militar se sentaba nuevamente y esta vez se abandonaba acostándose sobre la grada. Cerró entonces los ojos y apoyó su nuca sobre la palma de las manos. Al principio cruzó sus piernas a la altura de los tobillos, pero al cabo de un rato, y ante mi obsesiva inspección, abrió las piernas. Mis ojos se aventuraron por la abertura de la toalla, pero no podía ver demasiado, solo sombra y un vacío oscuro.
Estaba en un estado de excitación total. Tenía frente a mí al más irresistible macho del hotel, desnudo debajo de esa toallita, tan cercano, pero tan intocable. Con otro tipo me habría animado a avanzar de alguna manera, pero con él sentía un freno constante. No, ni pensarlo, un avance con alguien así, podría terminar en un desastre total. Me levanté y me pareció que el hombre dormía. Sujeté mi toalla a la cintura y me dispuse a salir. Pero me quedé un minuto contemplando esa sorprendente belleza varonil. Sus axilas peludas se exhibían descaradamente. Sus pezones puntiagudos me tentaban cruelmente... y ¡aquel bulto! irrumpiendo por debajo de la toalla... ¿alguna vez había visto un ejemplar semejante? Y todo me estaba vedado, para mi gran frustración.
Suspiré resignado y decidí salir para ducharme. Me lancé bajo el chorro de agua fría sin sentirlo siquiera, necesitaba aplacar mi calentura, y no precisamente la provocada por el baño sauna.  Me quité el traje de baño y dejé correr el agua por mi cuerpo desnudo apoyando la frente contra la pared. Entonces a mis espaldas sentí nuevamente su voz:
-¿Está caliente ahí dentro, verdad?
No me volví hacia él, pues tenía que ocultar mi verga dura. Escuché que abría la ducha que estaba justo enfrente. Lo miré de reojo, él también estaba de espaldas.
-Sí – contesté – está más caliente que ayer, pero yo no bajaría la temperatura.
-Tiene razón, yo tampoco – me dijo en voz bien alta, y riendo elevó su voz: - ¡Es bien de machos resistir tremendo calor!
Miré un poco más por encima de mi hombro: ¡Cielos! ¡Qué espalda! El torso, ancho y definido, no se angostaba en la cintura, más bien continuaba en un trasero espectacular de nalgas blancas, algo velludas y muy firmes. Eran glúteos grandes, bien formados y redondos.
-También tiene razón en lo de hacerse un espacio para el placer. ¿Sabe?, en mis viajes, nunca reparo en el placer. Ahora que lo pienso, tal vez por eso me he tomado un poco más de días aquí, digamos, como para distenderme en medio de tanto trabajo. Bueno, usted sabe de qué hablo, claro. ¿No cree que en este lugar todo es muy placentero?
-Sí, ya lo creo, buena comida, buen servicio, excelentes habitaciones…– dije tontamente, mientras escuchaba que él cerraba el grifo de la ducha. Se estaba secando, pero yo no atinaba a voltear. Lo seguí hasta el sauna y allí nuevamente nos sentamos en las gradas envueltos en las toallas.
-Sí, claro, pero yo también me refería a cosas verdaderamente placenteras, que sólo una ciudad como Bogotá puede proporcionarle – me dijo, y ante mi cara de asombro, prosiguió: - ¿Qué hace usted esta noche?
-Bueno… yo…
-Oh, le pido disculpas, me siento apenado… seguramente un hombre de negocios como usted tendrá planes y compromisos que atender.
-¿Yo? No, no…
-¿No?
-Porque, mire… hace un momentico nomás, antes de venir para acá, un oficial amigo mío me llamó porque no puede venir esta noche con nosotros.
-¿Nosotros?
-Bueno, con dos “nenas” que conocimos el otro día cuando nos fuimos de rumba con mi amigo…
-¿Nenas?
-¿Cómo le dicen ustedes? Usted me entiende… unas chicas… mujeres… “minas” ¿”Minas” les dicen los argentinos, verdad?
-Sí – dije riendo
-¿No quiere venir conmigo? Yo lo invito, señor…
Me quedé atónito… no sabía que responder. De pronto la cara del militar se había llenado de entusiasmo y de aquella severidad absoluta sólo quedaban vestigios en su siempre penetrante mirada.
-A propósito, qué bodoque soy, si aún no me he presentado – sonrió estirándome la mano – me llamo Atilio… Atilio Manuel García Restrepo, a las órdenes.
-Encantado – contesté, mientras extendía mi derecha – Sergio Fontana.
Al extender su mano, el militar había dejado caer una de las puntas de su toalla. ¡Santo cielo!, Su sexo asomó en todo su esplendor. Me quedé paralizado, haciendo un gran esfuerzo para no mirarlo directamente, pues descansando entre sus muslos, estaba uno de los miembros más hermosos que había visto en mi vida. Saliendo de un tufo de pelos negros, la verga se veía larga y descansaba apoyada en la madera de las gradas. Parecía incitarme, invitarme…
-Entonces, don Sergio Fontana ¿qué dice?
-¿Qué digo?
-¿Que si acepta mi invitación…?
-¡Sí, acepto! – dije sin titubear, respondiendo más bien a la “otra” invitación en realidad inexistente.
-¡Así se habla! Si no conoce la noche bogotana, usted no ha visto nada de Colombia, amigo, y ya verá pues de lo que soy capaz de mostrarle. Además… estas nenas prometen estar muy ricas – dijo guiñándome un ojo – y… ¡suerte que usted puede venir esta noche!, le agradezco mucho, ya se me hacía que se me aguaba la fiestita… cuando sepan esas mujeres que les presentaré a un argentino… ¡a todas las mujeres les gustan los hombres argentinos! Y, sabe usted, esas nenas están de maravilla, ya lo verá. Sí, señor, después del trabajo, es muy importante disfrutar de estos placeres ¿no cree usted?
Y de pronto en ese momento tuve consciencia de lo que había aceptado. Pero su verga, esa verga grande, inquietante y voluptuosa, seguía allí, invitándome. Volteé la mirada y finalmente atiné a decir:
-Mire Atilio, yo…
-¿Qué pasa don Fontana?, ahorita no se me va a echar atrás…
-Es que yo hace mucho que no salgo con mujeres… yo soy casado y…
-Pero señor Sergio, usted me hace gracia. Perdóneme, pero… - y empezó a reírse contenidamente – yo también soy un hombre casado. ¿Qué puede pasar si nos tiramos de vez en cuando unas canitas al aire?
El militar se puso de pié, quedando desnudo y atrayente ante mis ojos cada vez más abiertos. Su gran pene se balanceó pesadamente, ahora podía verlo mucho mejor y apreciar todo su tamaño. Con la toalla se secaba la cara, mientras me decía sin dudar:
-Nos vemos abajo a las ocho ¿de acuerdo?, lo espero… déjeme demostrarle que buenos anfitriones  somos los colombianos.
Salió saludándome con una seña de su mano, y quedé solo y confundido como un estúpido.
A poco de llegar la hora de nuestro encuentro, intenté maquinar algún pretexto como para zafar de la invitación del militar. Pero nada venía a mi mente, y cuanto más tiempo pasaba, más difícil me resultaba inventar algo. Yo no tenía ni la menor intención de acostarme con una de sus amigas, lo único que quería era tenerlo a él en la cama, completamente en pelotas, y eso, evidentemente sólo existía en mi mente. Me puse nervioso, salí de mi ducha y me senté en el borde de la cama, sin atinar siquiera a vestirme. Un timbrazo del teléfono me hizo saltar, y cuando atendí escuché la voz de Atilio:
-Espero que no se me haya acobardado, soldado – dijo con una risa intencional – en diez minutos nos vemos en la recepción ¿no?
-¿Diez minutos?, eh… sí, sí, me estoy vistiendo, bajo en seguida.
-Allí lo espero, Sergio.
Cuando estuve vestido, permanecí mirándome en el espejo, resignado. Frente a mí mismo, me compadecí de mi suerte, y haciendo un gesto de entrega a lo que viniera del destino, salí de la habitación y bajé hasta la recepción. Ahí estaba esperándome Atilio, en traje informal de civil.
-¿Cómo estoy?
-Pues, está realmente muy bien – contesté en el colmo de la sinceridad.
-¿De veras? Le pregunto porque ustedes los argentinos saben vestir muy elegantes.
-¿En serio lo cree? – dije echándome un vistazo, pues en realidad me había echado lo primero que había encontrado en el closet.
-Y además, tienen fama de buenos amantes.
-Vaya, es problemático eso, después tenemos que hacernos cargo de semejante fama.
El militar rió con ganas, dando muestras de que seguramente había estado bebiendo un poco y estaba ya avispado y locuaz.
-¡Mire pues! ¿Qué le dije? Ya están aquí las damas, ¿Pero…?
Pero en vez de dos, sólo había venido una.
En el umbral de la puerta apareció una mujer que derrochando sonrisas y gestos de entusiasmo nos explicó que su amiga había tenido un percance de último momento.
-Caramba, Marita, pero qué inconveniente, justo cuando yo había conseguido que este señor tan amable nos acompañara. La mujer se disculpó, aunque no parecía estar muy compungida, ya que reía y hacía comentarios entre voces estridentes. Después de las presentaciones, Atilio se había quedado un poco cortado por el plantón de la segunda dama, entonces, aprovechando la situación, empecé a decir amablemente:
-Mire, Atilio, será mejor que ustedes no se preocupen por mí, en otra ocasión será, los libero de mi presencia, y le agradezco mucho el haberme invitado, así que…
-¡Así que nada, mi amigo! no pensará dejarnos ¿o sí? – dijo Atilio. La mujer también suplicó con una cantilena ridícula. El militar insistió:
-No se hable más, se viene usted con nosotros.
-Pero…
-Discúlpame un momentico, Marita – dijo Atilio, y tomándome por un brazo me llevó aparte, acercándose a hablarme al oído – no sea tonto, Sergio, estoy seguro que la pasaremos muy bien, además esta nena estará muy complacida de tener ahora dos hombres para ella solita ¿no se da cuenta? Vamos, véngase, le prometo que será nuestra gran noche.
“Nuestra gran noche”, me repetí a mí mismo, mientras miraba cada movimiento en los labios de mi atractivo militar. ¿Cómo no sucumbir ante esa promesa? No tuve más remedio que asentir, viendo como a Atilio se le hacía una sonrisa de oreja a oreja y me palmeaba aparatosamente los hombros. 
-¡Así se hace, qué gusto! – me dijo estrechándome fuertemente y volviendo a donde estaba la señorita esperándonos.
Partimos de inmediato. El militar nos llevó primero a cenar. El restaurante era muy lujoso, pero la comida no le hacía honores de todos modos. Él insistió en pagar todo. Era una mesa circular, en un apartado, y la mujer se había sentado entre nosotros dos. En un momento sentí su pie descalzo rozarse descaradamente en mis tobillos. Subía peligrosamente mientras ella reía copa en mano. El militar le prodigaba toda su atención, guiñándome el ojo y toqueteándola contenidamente. Miré hacia el techo ¿en qué me había metido? Por fortuna, seguimos el recorrido y nos fuimos a un lugar bailable. Era un antro ruidoso y enloquecido con música estridente a más no poder. Todo el mundo bebía, bailaba y se confundía en el humo reinante, y no precisamente humo de tabaco. La música entre rumbas, salsas, merengues y sones, alentaba a la gente a quedarse en la pista de baile, donde todo era una mezcla extraña de anatomías, rostros y aromas humanos de todo tipo. Primero Atilio y yo bailamos por turnos con nuestra única compañera. Ella había tomado demasiado ya, y estaba realmente exaltada. Después, en un momento que estábamos bailando tomados del brazo, se nos acercó Atilio y se nos unió. Formamos un trío y repentinamente yo me sentí muy a gusto al sentir que los brazos de Atilio nos rodeaban a la mujer y a mí. Con un brazo atraía a la mujer, y con el otro me aferraba a mí, sonriéndome en total tono de complicidad. Marita reía y se abandonaba entre nosotros dos, frotándose el cuerpo entre uno y otro y coqueteando con la cercanía de su boca hacia las nuestras.
-Uy, uy, uy, esto se está poniendo muy rico – dijo en tono increíblemente seductor. Luego me hizo un guiño y exclamó – Pero es un poco tarde… ¿no creen que sea hora de ir regresando al hotel?
La mujer contestó con una risotada vulgar, mientras asentía rápidamente. Mientras salíamos, Atilio me dijo al oído:
-Caballero, esta mujercita está totalmente entregada, vámonos para el hotel, y sigamos la fiestita en mi cuarto ¿qué le parece, mi compañero?
¿Qué me parecía? Una locura, pero la voz del militar en mi oído era tan sensual, tan cargada de masculinidad en ese acento colombiano tan seductor; y el roce de sus negros bigotes en mi cuello abrasado por su cálido aliento era tan embriagador, que todo eso obró en mí como un afrodisíaco inexorable, deshabilitando toda respuesta consciente.
Cuando llegamos al hotel, la mujer se negó a tomar el ascensor. Estaba tan borracha que todo le daba vueltas, así que subimos por la escalera. La ayudamos casi cargándola mientras ella se tentaba de risa por cualquier cosa. Mientras sosteníamos a Marita, Atilio me decía guiñándome un ojo:
-Ya verá usted, Sergio, en mi habitación tengo un aguardiente que no está precisamente para despreciar. Usted no ha bebido demasiado todavía…
-No suelo tomar mucho – contesté, mientras entrábamos a su habitación.
-Mejor… así le pegará más – dijo riendo.
Cuando entramos al cuarto de Atilio, la mujer, tambaleando, fue directamente a servirse una copa. El militar la miraba con ojos libidinosos y era evidente que estaba muy excitado por lo que iba a pasar. Me hacía señas cómplices, mordiéndose el labio inferior. La mujer era atractiva, sí, y sobre todo porque tenía senos de considerable tamaño, pero yo no sentía por ella más que una cierta repugnancia y un poco de lástima. En cambio, verlo al militar siguiéndola con la mirada, totalmente enardecido, eso me ponía a mil.
-Ven, querida, siéntate aquí, que después de todo no queremos que te accidentes – le dijo. A esto, la mujer lanzó otra risotada muy sonora y se dejó caer en el sofá. Atilio se sentó al lado, mientras me alcanzaba una copa. Me indicó que me acercara y yo me senté al otro lado de la mujer. Ella, totalmente complacida e insinuante como una gata en celo, nos miró a ambos y se regocijó de que su amiga no había podido venir.
-Claro, claro… más para ti, ¿verdad? – le dijo Atilio entre risas.
El militar puso una mano en la pierna de Marita y fue metiéndola por debajo de la falda. Ella lo tomó por la nuca, con la cabeza extendida hacia atrás, mirándome con los ojos entreabiertos. Entonces también me tomó por la cabeza y me atrajo hacia ella. Atilio besaba su cuello, y yo ya había quedado hundido entre su pelo y el otro flanco de su cuello. Ella reía, y susurraba cosas que no entendía muy bien. Vi como la mano de Atilio había desaparecido bajo la falda de la mujer, y seguramente ya estaría sobre la entrepierna de ella. No podía ver nada más, porque Marita me atraía a sí como una poseída. Pero en un momento, Atilio se incorporó más para besarla en la boca. Ella me atraía a su cuello, por lo que la cara del militar estaba a escasos centímetros de la mía. Sentía el chasquido de los labios de Atilio, y la excitación me ganó por completo. Cuando volví la cara hacia él, me miró con una sonrisa intencionada y me dijo:
-¿No le dije que le íbamos a pasar muy bien, compañero? – me dijo, volviendo a acercar sus carnosos labios a los de Marita.
Entonces ella se movió un poco, abriendo bien las piernas para que Atilio pudiera llegar hasta su sexo, me dijo que le desabrochase el vestido.
-Adelante, adelante… creo que la señorita quiere mostrarnos algo. – dijo Atilio sonriendo complacido, frotando su bigote entre los dos pechos suculentos de la mujer.
Me arrodillé en el sofá, y desabroché los breteles de la prenda. Enseguida, las tetas de Marita quedaron libres y a merced de la lengua zigzagueante del militar, que se abalanzó sobre ellas como un gatito hacia un plato de leche. Tomó los senos con las manos y los empezó a lamer por todos lados. Los inmensos pezones colorados desaparecían una y otra vez en la boca de Atilio, que los relamía con regodeo. ¡Qué espectáculo!
-Venga, venga, Sergio… acérquese que hay para los dos.
Con tal de estar lo más próximo a ese hombrote, no lo pensé dos veces. Me puse a su lado y de su propia mano, acepté la invitación. Me metí uno de los pezones en la boca, mientras él hacía lo mismo con el otro. Así, los dos rozándonos todo el tiempo, compartíamos el mismo platillo. Pero yo me apresuraba a pasar mi boca por los mismos espacios de piel donde la lengua del militar había dejado su estela de saliva. Sentí el sabor de su boca, y eso terminó de excitarme. La proximidad de su cara, el gusto de su saliva, el calor de su aliento; hicieron subir a tope mi calentura. Mi pija estaba ya tan dura que pugnaba por ser liberada. Entonces, sobre mi dureza, sentí una mano ávida e inquieta. Por un momento fantaseé locamente ante la posibilidad de un inconsciente manoteo de Atilio, pero enseguida me di cuenta de que Marita me había asido fuertemente la verga por encima del pantalón. Con sílabas resbalosas por el alcohol, le dijo al militar lo dura y grande que tenía la verga.
-¡No me digas! – le dijo Atilio, mirándome a la vez con una sonrisa socarrona - ¿La tiene muy grande? ¿Cómo se siente, cuéntame? ¿Está gruesa? ¿Larga, tal vez? ¡Caramba, ahora tienes para elegir, cariño! Pues aquí tengo también una muy grande para ti, querida. ¿Quieres ver cuál es más grande?
Entonces, se incorporó y de pié frente a nosotros, comenzó a desabrocharse el cinturón. Mis ojos se agrandaron. La estúpida mujer intentó besuquearme justo en ese momento, tomándome la cara y atrayéndome a sí. Suavemente me deshice de sus manos, fijando toda mi atención sobre los botones de la bragueta de Atilio que él mismo iba desprendiendo lentamente. Un bulto considerable prometía algo espectacular. Cuando él terminó de desabrocharse, una prenda interior blanca ocultaba aún lo más interesante. Algunos pelos negros salían por encima del elástico y por entre la abertura del calzoncillo.
-¿La quieres ya? – preguntó él poniéndose más serio. Me tuve que contener para no responder un “si” en voz alta, aunque creo que asentí inconscientemente con la cabeza - ¡Entonces, aquí tienes!
Atilio se bajó los calzoncillos y su verga saltó como un resorte, erecta, mojada y tres veces más grande de lo que la había visto. La mujer denotó especial interés, ya que hizo algunos mohines sobreactuados. Pero el militar, encendido, interpretó eso como calientes expresiones de deseo y terminó por quitarse por completo la ropa. ¡Ah! Tuve que detener los manoseos de Marita sobre mi bulto para no acabar en ese momento, ya que ese monumental hombre ahora estaba frente a mí, completamente en bolas y con una erección como roca. Él atrajo suavemente a la mujer hacia su orgulloso miembro y ella comenzó a chupar automáticamente.
-¿Te gusta? – le preguntó a la mujer – es toda para ti… solamente para ti.
Me quedé con la boca abierta, ¿solamente para ella?, ¡qué injusticia!, pensé, y sólo atiné a mirar envidiosamente ese espectáculo. La mujer chupaba a desgano, como cumpliendo con un trámite. Atilio le sostenía la cabeza, pues ella se tambaleaba a cada movimiento, la pobre hacía un desdichado intento de aparentar placer. Qué tonta, pensé, no sabe realmente chupar el falo de un macho, y otra vez contuve mi deseo de quitarla de allí y abalanzarme a saborear ese tronco peludo en su lugar.
-¡Ah, qué rico! ¡Así, así, mamacita… vamos, cómetela toda, así, así…! – decía el militar, mientras torpemente terminaba de quitarle el vestido a la mujer.
Mientras tanto, yo disimulaba sobando esas grandes tetas. Miraba la escena, que me parecía increíble: Atilio de pié, con los ojos semicerrados, ayudaba cada chupada de Marita con un acompasado movimiento pélvico, mientras decía groserías y se relamía de placer. Estuvieron un largo rato así, aunque la mujer estaba tan borracha que parecía responder casi inconscientemente a los empujones del militar. De pronto él me miró inquisitivo:
-Don Sergio, ¿por qué no se quita esa ropa? Y tú Marita, ¿Es esa la forma de agasajar a un huésped?
La mujer levantó la vista con una mueca estúpida, sin entender demasiado.
-No sea tímido, Don Fontana. Muéstrele a esta nena sus encantos – me dijo sonriendo y tomándose a la vez la pija por su base y zarandeándola en el aire.
Empecé a desnudarme mientras ambos me miraban. Atilio no dejaba de escrutarme. Tímidamente fijé mi mirada en sus ojos, y recibí una expresión casi intimidante. Temblé ante la loca idea de que él quisiera verme desnudo. Cuando me bajé los pantalones junto a la ropa interior, mi erección quedó un momento oscilando hacia el techo. Como por reflejo, la mujer abrió su boca y empezó a mamármela.
-¡Vaya!, Sergio, usted también tenía lo suyo entre las piernas… - dijo él seriamente - vamos, mujer, trágate esa verga hasta el fondo ¡si puedes!, pues a poco que no te comes algo así todos los días. ¡Caramba con los argentinos, que están tan bien dotados!
-Pero Atilio, ¿precisamente usted me dice eso? – me animé a decir – usted no tiene que envidiar el tamaño de nadie.
El militar me sonrió encantadoramente, como aceptando la lisonja y se acercó situándose a mi lado, para contemplar bien de cerca la chupada de Marita. Los dos nos quedamos bien juntos, mientras la mujer iba alternando sus mamadas por turno. Atilio me había tomado por los hombros y se aferraba a mí, presionando de tanto en tanto mi piel según el placer que iba sintiendo.
Después de un rato de deleitarme viendo su gozo y escuchando sus gemidos, Atilio tomó a Marita y la colocó con decisión nuevamente en el sofá. Le abrió bien las piernas y empezó a chuparle la vulva. Ella quedó inerte, cerrando los ojos, aunque no creí que por placer.
-Ahora usted, Sergio. Pruebe este manjar.
No tuve más remedio que obedecer. Había comprendido que el militar llevaba la batuta desde hacía horas. Yo no había hecho más que obedecer, sumiso. Esto también era parte de su embrujo: un macho autoritario y dominante. Y es que había en él una natural imposición mandataria. Era lógico, claro. Me senté junto a ella y acerqué mi boca al peludo sexo, un poco asqueado. Lo único que me gustaba era que estaba empapado por la saliva de mi amigo. En ese mismo momento, el militar se arrodilló en el piso y poniéndose a horcajadas entre las piernas de la mujer, dirigió su duro glande hacia el sexo abierto de Marita, toda despatarrada al borde del sofá. Yo tenía mi boca sobre su clítoris, así que de pronto tuve bien cerca la pija de Atilio que se abría paso entre los vellos. ¡Eso era irresistible! Ahora no me importaba en lo más mínimo frotarme la boca contra el pubis de esa mujer si a escasos centímetros de mi boca el falo enloquecido del militar se movía en un continuo bombeo frente a mí. Cada vez que avanzaba, los vellos púbicos de Atilio chocaban en mis mejillas, mi boca y mi nariz. Disimuladamente me iba acercando más y más a la zona en que su miembro entraba y salía de la vagina. Percibí ese olor a sexo, una mezcla de aromas, sí, pero también un perfume de macho en acción que me transportaba al paraíso. Sin que mi amigo se diera cuenta, había llevado también mi mano, y fingiendo que estimulaba toda la zona pélvica de la mujer, me las ingeniaba como para rozar, sin ser descubierto, la dureza de aquel tronco enorme y hasta el golpeteo de sus bolas. Todo el largor de esa estaca iba entrando y saliendo del velludo hueco, y mis labios y mis manos lo rozaban con disimulo ¡qué afortunado me sentía! Me llevé una mano a mi pija y me masturbé acaloradamente.
Atilio seguía ensimismado en su propio gozo, y no se había dado cuenta de que la mujer ya había entrado en un insondable sueño desde hacía varios minutos. La situación era casi de sainete, pero yo quise seguir ese juego porque me la estaba pasando increíblemente bien. Fue cuando Atilio me dijo:
-Discúlpeme, Sergio, me he comportado como un egoísta – dijo sacando su verga y respirando entrecortadamente – venga, por favor, ahora le toca a usted. Mientras, yo seguiré por el otro lado.
¿Por el otro lado?, me pregunté. ¿Qué era lo que pretendía ahora? Tuve la respuesta cuando Atilio me tomó firmemente por los hombros, dándome a entender que ocupara su lugar en la penetración. Me jaló autoritariamente hasta ubicarme sobre Marita. Pero él se quedó detrás de mí. Acomodó a la soporífera mujer abriéndole desmesuradamente las piernas de manera tal que su verga alcanzara el agujero de su ano, justo por debajo de mis pelotas.
-Así, así, mi querido amigo… usted el coñito, y yo el culito – y me empujó suavemente, por lo que terminé enfilándome en la vagina a la vez que él buscaba la entrada anal de ella. Yo quedé por encima, mientras él la penetraba a mis espaldas. Una locura… pero lo que siguió fue algo increíblemente vertiginoso. Atilio me tomó de la cintura para sostenerse y a la vez hacer palanca en sus arremetidas. Los dos nos movíamos penetrando a la mujer, y en su interior nuestros miembros terminaban por frotarse intensamente. Esto me puso loco, fuera de mí, y creí llegar al punto máximo de mi gozo. Intuitivamente comenzamos a coordinar nuestros movimientos: cuando él entraba, yo salía, y así seguimos un movimiento alimentado en común que nos hacía delirar de placer. Además: lo tenía detrás de mí, como si me estuviera penetrando. Sentía su peludo pubis chocar rítmicamente en mi culo, mientras al mismo tiempo sus manos me aferraban cada vez más fuertemente.
-¡Así, así, don Sergio… qué buen amante que es usted… qué energía… vamos, siga moviéndose… demostrémosle a esta nena lo que dos machos pueden hacer a la vez…!
Él no paraba de decir cosas semejantes, y yo, en el colmo del éxtasis, me dejaba atravesar por sus frases llenas de vulgaridad y lascivia. Entonces, incontrolablemente, estiré mis manos para asirlo más hacia mí, sujetándolo por los muslos. Él respondió casi involuntariamente llevando sus manos desde la cintura hacia mi pecho hasta casi rodearme con ambos brazos. Al abrazarme así, su cara sudada chocaba una y otra vez rozándose con mi espalda. Ambos nos sujetábamos firmemente, sin dejar de cabalgar y sobarnos mutuamente. Habíamos entrado en una comunión muy especial entre ambos. No supe con certeza si él se daba cuenta de que los dos nos estábamos proporcionando un gozo totalmente recíproco.
Entonces él dejo de vociferar y de decir cosas. Ahora sólo respiraba agitadamente y empezaba a bramar gemidos de macho. Cuanto más nos movíamos, más cerca lo sentía, pues su pecho se frotaba fuertemente en mí pegándose a mi espalda. Podía sentir su mojada vellosidad golpear, frotar, acariciar la superficie arqueada de mi piel erizada. Sus manos se enlazaban alrededor de mi pecho y toda su zona pélvica arremetía contra mi culo sobándolo mecánicamente.
A todo esto, Marita estaría en el séptimo sueño, pero aún el militar no se había percatado de eso, tal era su arrebato. Entonces me aventuré a hacer algo más. Sujeté fuertemente mis gluteos y los abrí descaradamente esperando que él se fijara en eso. Ya hacía un rato que mi verga había abandonado la vagina de Marita, pues poco a poco iba adaptándome a la concavidad pélvica de Atilio. Me las ingenié para meter mi palo erecto hacia abajo, buscando el contacto directo con la pija del militar, rozando uno de sus flancos hasta sus testículos. Estaba tan excitado, que era poco ya lo que podía decidir voluntariamente. Volví a abrirme bien el culo con las manos y sentí como todo mi ano clamaba por la verga que sentía agitarse debajo de mí. Sabía que eso era un acto de entrega total, pero lo que no sabía, estando de espaldas a Atilio, era si él recibiría el mensaje… y en ese caso, si estaría dispuesto a aceptarlo. No me importaba. Seguíamos moviéndonos como locos, cada vez más enardecidos y calientes. Con mi culo buscaba más y más el contacto con mi hombre, hasta que de pronto, y sin poder creerlo apenas, mi ano abierto por completo recibió el manoseo de los dedos de Atilio mojados en saliva. ¡Me estaba frotando el agujero! ¡Él! ¡El adusto militar colombiano! ¡Ahora sí que me parecía estar en el mejor de los sueños! ¿O aquello era una inesperada realidad?
Sea como fuere, acerqué mis dedos aún más al borde de mi ojete, estirando y dilatando toda la musculatura circundante. Nuestras manos se chocaban. Él seguía lubricándome más y más, masajeando mi tembloroso ano y enseguida me sentí desmayar cuando me penetró apenas con uno de sus dedos. Exploró mi agujero al tacto, frotando y abriendo con dedicación.
-¡Atilio! – exclamé ardorosamente, entre exhalaciones y suspiros.
-Qué rico culito que tiene usted, mi amigo. Qué calentico, qué suavecito… qué abierto… - me dijo, y metió aún más adentro su dedo índice.
Cerré los ojos, convencido de que estaba en el cielo. Me encaramé al borde del sofá, y arrodillándome ahí, elevé mi trasero ante él. Hizo un sonido delicioso de asombro y acercó su boca hasta el valle de mis nalgas. Lo sentí nítidamente, porque su aliento caliente ventiló toda la intimidad de mi zona más vulnerable. Entonces, ayudándome con sus manos para separarme mejor los glúteos, mi peludo ojete quedó ante él en toda su desnudez.
-¡Ah! – aullé con un grito, cuando sentí su boca posarse en mi ano. Atilio empezó a horadarme con su lengua y permaneció un largo tiempo saboreándome.  El cepillo duro de su bigote se confundió con el abundante vello de mi culo. Mi pija chorreaba su líquido cristalino, vibrando en su dureza, mientras mis bolas colgaban bamboleándose entre cada sacudida de sus ardientes lamidas. Me tumbé a un costado del sofá, dejando a un costado a la durmiente Marita que cayó sobre su costado hasta dar contra el apoyabrazos. Atilio se incorporó, por lo que deduje que ya Marita había dejado de interesarle. Inmediatamente vino hacia mí, y presa de una incontrolada agitación, me tomó desde atrás, sintiendo la punta de su verga abrirse paso sobre en mi lubricado ojete. Pero perdimos el equilibrio cayendo ambos sobre la alfombra. Quedé boca abajo y él sobre mí. Acercó su boca a mi oído, y dejando su rol de militar autoritario me susurró con un dulce tono en su voz:
-Sergio, ¿puedo?
-Sí, Atilio…


Entonces comenzó a introducirme su enorme miembro. Yo estaba tan caliente y tan deseoso de ser penetrado por ese macho al cual hasta el momento consideraba imposible de conquistar, que mi agujero estuvo listo, abierto y distendido para recibir con gusto tamaño chipote.
Pronto toda la longitud ¡y grosor! de su pija estuvo enterrada dentro de mí. Me dolió, sí, pero sus continuos besos en la nuca actuaban como atenuantes. Sentí el tope de su vara entre mis nalgas y la suave caricia de los pelos de sus bolas. En mi interior, el duro aparato apenas podía moverse. Me había abierto por completo, y me sentía totalmente invadido por ese enorme aparato.
Dulcemente, seguía besándome en la nuca. Me hizo estremecer, lo juro, y yo alcancé a tomarle la cabeza, acariciándole el cabello. Empezó a decirme miles de dulzuras en el oído, sin dejar de acariciarme y de pasarme la lengua por el cuello. El dolor cedió, suplantado por un creciente y nuevo placer.
Abrí bien mis muslos y entonces él empezó a moverse. Primero muy lentamente, y después mucho más rítmicamente. Pronto estábamos cabalgando como desaforados y el militar me proporcionó una de las cogidas más sublimes que he tenido en toda mi vida. Me afirmé en cuatro patas y él se aseguró aún más sobre mí, tomándome firmemente por los hombros o por los flancos de mi torso. Mi verga estaba al máximo de su erección, trepidando a cada embestida.
Me cogió durante largos minutos, aumentando la aceleración de los movimientos. Cuando estaba a punto de eyacular se detenía y volvía a comenzar, y así, desde bombeos muy lentos hasta alcanzar de nuevo velocidades vertiginosas. Sí, ese macho sabía coger muy bien.
Después me acomodó de tal forma que quedé acostado sobre mis espaldas, frente a él. Seguía con su verga dentro de mí, y ahora yo lo podía contemplar cómodamente. Estaba todo sudado, y se mordía los labios, relamiéndose y bufando como un toro.
-¡Rico! ¡Rico! – repetía una y otra vez.
Coloqué mis piernas sobre sus hombros y mi ano pareció abrirse aún más en esa posición, porque entonces sentí que su verga seguía avanzando hacia mis entrañas. Nos miramos fijamente y él me sonrió.
-Había olvidado lo bonito que se siente con un macho – exclamó con una expresión cómplice. Y estiró su mano cerrándola sobre mi miembro palpitante. Empezó a masturbarme cuidadosamente, haciendo mil delicias con mi prepucio. Enseguida mojé toda su mano con mi líquido preseminal. Al notarlo, se llevó los dedos a la boca y los saboreó uno por uno. ¡Ese hombre me mataba!
-Mmmm, don Sergio, ¡qué ricura!
Volvió a exprimirme la pija, ahora intencionalmente para que mis jugos salieran otra vez. Llevó los dedos empapados de mi líquido a su nariz, los olió, y se los metió golosamente a la boca, exclamando un nuevo y sensual gemido. Me encaramé hacia él tomándolo por sus fornidos brazos y busqué su boca con la mía. Él respondió a mi demanda y me sostuvo con sus manos por la espalda y por la nuca. Un nuevo beso juntó nuestras bocas y activó nuestras ávidas e inquietas lenguas. Me senté sobre sus muslos sintiendo siempre su sexo dentro de mi culo. Mi verga golpeaba ahora sus músculos abdominales. Él se apresuró a tomarla entre sus manos y a acariciarla otra vez.
Entonces me levantó serenamente y sin dejar de mirar mi pija hizo que me pusiera de pié. Mi culo le reprochó el abandono, pero pronto vendría algo compensatorio. Mi verga, enhiesta y levantada, quedó frente a su rostro. Ahora él la examinaba bien de cerca, devorándosela con la mirada. Después levantó su vista hacia la mía y me dijo:
-Desde mis días en el Liceo, que no había hecho…
-¿Qué cosa, Atilio?
-… Una buena mamada – me dijo seriamente, y sin más, abrió la boca y tragó mi miembro hasta chocar sus labios contra mi pubis. Lo vi perderse entre mi matorral de vellos púbicos y volver una y otra vez a hundirse en ellos, atrayéndome a sí con sus manos en mi retaguardia. Se instaló entonces entre mis piernas, y se dedicó a chuparme bien la verga, las bolas, mis pelos, y parte de mi entrepierna. En pleno éxtasis, podía divisar su altivo pene apuntando al techo, surgiendo sólidamente entre la mata negra de pelos y sobre la base blanda de sus colosales huevos. Vehemente, el militar seguía comiendo su manjar. Su lengua conquistaba todo a su paso. Entrecortadamente me dijo mientras alzaba su vista hacia mí:
-¡Ah, qué buena está! – dijo sonriendo y limpiándose la saliva que chorreaba de su boca con el dorso de la mano - ¡Hacía tanto tiempo que no me comía una así!, pero… no le vaya usted a decir a nadie de esto, ¿de acuerdo?
-Por supuesto, Atilio, mis labios están sellados.
-¿Sellados? Oh, no, amigo mío, no deben estar sellados para mi palo. No sea malito… mire como este señor está deseando ser chupado también – me dijo señalándome su pija, e invitándome hacia la alfombra, nos pusimos rápidamente en una posición de 69. Cuando tuve ante mi cara, tan cerca, ese monumento al falo, no pude más que abrir mi boca y metérmelo hasta la garganta. Chupar y ser chupado ¡la gloria total!, y qué bien que chupaba ese militar…
Pero un ruido sordo nos distrajo haciéndonos detener. ¡Era el ronquido de Marita! Nos volvimos hacia ella y no pudimos aguantar la risa.
-¡Pero mire nada más cómo esta majadera se ha dormido! – me dijo sin dejar de sostener mi verga.
-Hace rato que está dormida… - dije riendo.
-Sí, ya veo…  - entonces se volvió a mí, poniéndose serio y avergonzado - Ay, qué apenado estoy, Sergio, perdóneme… no sé que me hizo pensar que con esta golfa la íbamos a pasar de maravillas.
-¿Qué estás diciendo? Atilio, no tengo nada que perdonarte. Pero vamos, apaguémosle esa lámpara, no la molestemos que está durmiendo como un ángel.
-Sí, sí… no vaya a ser que se nos despierte, no queremos eso ¿verdad?
-Francamente… no. – dije riendo y guiñando un ojo a mi militar.
Atilio apagó la lámpara sobre el sofá y la habitación se oscureció un poco. Pude admirarlo nuevamente en toda su embriagadora y perturbadora desnudez. Luego me tendió la mano y me indicó en voz baja:
-Venga, amigo, vamos a la cama.
-¿Es una orden?
-Sí, soldado.
Lo seguí, y nos acostamos besándonos nuevamente. Él se acomodó boca abajo y apuntó su enorme culo hacia mí. Lo tomé entre mis manos y aparté un poco las vellosidades para poder sumergir mi boca en esas profundidades deliciosas. El militar gimió, estremeciéndose de deleite. Su agujero estaba ardiendo. Chupé y chupé, metiendo mi lengua hasta que mis músculos bucales quedaron exhaustos. Él se abrió el ojete con las manos y me dijo, como si fuera otra orden más impartida desde su rango:
-Métamela toda, amigo… vamos, este culo colombiano quiere probar su verga argentina.
-A la orden – exclamé, agitándome por la emoción.
Atilio aguantó estoicamente el avance de mi glande entre los pliegues de su peludo hueco. No tuve problemas en penetrarlo y poco a poco ver desaparecer toda mi pija. Cuando estuve adentro, él empezó a acomodarse con movimientos perfectos. Evidentemente, no era la primera vez que ese hombre experimentaba algo semejante. Imaginé entonces un largo y fogoso historial entre barracas colombianas, poblado de ardientes y ávidos militares. Luego de un rato, sin dejar de atrapar mi pene con su culo, Atilio se giró y nos dimos vuelta. Quedé acostado de espaldas y él se me sentó encima, montándome como un jamelgo. Me agarró los pezones y empezó a estimularlos. Se me pusieron duros inmediatamente y esa estimulación me volvía loco de placer. Mientras tanto, su verga, que no había perdido un ápice de su tamaño y rigidez, se chocaba reiteradamente sobre mi abdomen, haciendo un ruido que acompañaba cada movimiento de su pelvis. Se la tomé con ambas manos, y comencé a masturbarla frenéticamente. El ritmo se aceleró. Los cuerpos, bañados en nuestros propios sudores compartidos, se estremecían en violentas contorsiones y espasmos. Su rostro, su tensión muscular y sobre todo, sus gemidos cada vez más intensos, me dieron aviso de que él estaría por acabar.
-¿Estás listo, Atilio?
-¡Sí, Sergio, sí…! ¿Y usted?
-También, también…
-Entonces… ¡No se detenga, por lo que más quiera!
Ni bien había terminado de bramar esas palabras, sentí un sacudón entre mis dedos, y su pija estalló en una erupción blanquecina. A borbotones, y en entrecortadas secreciones, su semen fluyó caliente y abundante. No pude contenerme más, y dejé a la vez que mi orgasmo derramara toda su ofrenda dentro de él. Grité aferrándome a él como un poseído, mientras él se arqueaba inclinándose hacia mí, buscándome con su boca. Nos unimos en otro apasionado e incontrolado beso, queriéndonos comer entre agitados gemidos. Mi pecho se inundó con su tibia leche. Su semen se esparcía por entre mis vellos, goteando hacia los costados y cayendo sobre la alfombra. Sus chorros habían sido tan impetuosos que habían alcanzado también mi cuello y mis hombros. El tocó los bordes de su ano penetrado, y sintió mi leche chorreando hacia afuera. Tomó un poco con sus dedos, y se los llevó a la boca, saboreando con placer los jugos tibios.
Cayó sobre mí, jadeante, vibrante y caliente; entonces lo abracé tiernamente. Pero un hombre tan corpulento es muy difícil de abrazar, a duras penas pude envolverlo con mis brazos. Él guareció su rostro entre mi cuello y mi hombro, humedeciéndose a la vez con su propio semen. Quedó sobre mí, agotado, y compartí también mi propio agotamiento con él hasta que nuestros pechos se fueron sosegando. Nuestros miembros, embadurnados de esperma, seguían duros, inflamados. Entonces se deslizó hasta caer a un costado y me atrajo tiernamente hacia él, abrazándome todo el tiempo.
Después de un rato, en el que pensé que se había dormido, movió su mano, acariciando mi pelo, y me dijo:
-¿Hasta cuando se queda en Bogotá?
Le devolví la caricia y le contesté al oído:
-Si todo va como lo espero, mañana cerraré el acuerdo con el Banco, así que creo que…
-¡Shhh…! No, no me lo diga… olvidémoslo y durmamos ahora – me susurró con una sonrisa.
Lo miré extrañado. Toda la rudeza que le había visto en aquel primer encuentro en el restaurante del hotel, parecía desvanecerse en una bruma de ternura. Sonreí y cerré los ojos. Nos quedamos dormidos abrazados el uno al otro en una íntima y compartida desnudez.
A la mañana siguiente, el graznido inconfundible de la voz de Marita nos despertó sobresaltándonos:
-Pero ¿qué significa esto, Atilio?, miren nada más: ¡no son más que un par de maricas! ¡Debí habérmelo imaginado! – gritó la mujer, al pie de nuestra cama. Atilio, aún abrazado a mí, intentó incorporarse:
-¿Marita? Espérate un momentico, por favor… te voy a explicar, mujer.
-¿Explicarme que te gustan los hombres? ¡Maricón! ¡Milico afeminado! ¡Degenerado! ¡Y con ese argentino! ¡Espera a que el canciller se entere de esto! – y tomando sus cosas desapareció enfurecida pegando un portazo tras de sí.
Nos quedamos de una pieza. Finalmente atiné a decir, con los ojos desorbitados:
-Atilio, ¡el canciller!, ¿tendrás problemas con esto?
El militar se recostó tranquilamente junto a mí y me pasó nuevamente su brazo por encima de mi hombro:
-¡Bah, no se preocupe, Sergio… el canciller no es problema, a él también le habría gustado participar de nuestros jueguitos de varones ¿me entiende? – me dijo guiñándome un ojo.
Reí de buena gana. Después, me tomó la barbilla y me dio unos besos.
-¿Volverá pronto a Bogotá?
-Depende.
-¿Depende…? ¿De qué?
-De que la próxima vez me invites a cenar, pero sin Marita.



Franco.


lunes, 29 de abril de 2013

La colección Long (primera parte)


Amo los bellísimos pelos de Josh Long. Es joven, es hermoso, y la madre natura lo dotó magníficamente con una vellosidad casi milagrosa, que va de la suavidad de seda a la densidad de matorral en las zonas más íntimas. Un verdadero deleite visual que hoy engalana nuestro blog.
A tan sólo semanas de que se esparciera el rumor de su presunto alejamiento de la industria porno (¡!), Vellohomo presenta la primera parte de una colección tan extensa como sorprendente por la alta calidad de las imágenes. La colección Long.