lunes, 31 de marzo de 2014

El cuentito de fin de mes


Octavio, mi querido suegro


Si pienso en los acontecimientos que voy a relatar a continuación podría inferir que todo ha sido una locura. Y vaya si lo fue. Pues jamás en la vida habría imaginado que una cosa así fuera a ocurrirme.
Mi nombre es Diego, tengo 29 años y un año de casado. Mi esposa Flavia es el ser más adorable que conocí en mi vida, y con ella he sido muy feliz desde el momento en que nos conocimos hace cinco años. Nuestro flamante matrimonio nos hace ver la vida de una manera gloriosa, pues nos amamos profundamente. Aunque no todo ha sido fácil. Hace tres meses que Flavia está sin trabajo y mi nuevo puesto en una importante empresa es nuestro único ingreso. Pero es el comienzo, y no siempre mi sueldo es suficiente como para satisfacer todas nuestras necesidades. Recientemente nos mudamos a un apartamento en el centro de Buenos Aires, por lo que tantos gastos, y llegado el verano, nos hizo descartar la posibilidad de tomarnos vacaciones en algún lugar fuera de la ciudad.
Siempre hemos contado con la ayuda de los padres de Flavia. La adoran como si aún fuera la niñita consentida que hasta hace poco vivía con ellos. Y yo he sido aceptado en la familia con no poco cariño. Especialmente por parte de mi suegro, Octavio, pues a través de él, conseguí este nuevo empleo en donde se me asegura una carrera promisoria. Supongo que el hecho de que soy huérfano de padre y madre provocó, especialmente en mi suegro, un instinto algo paternal hacia mí, de manera tal que siempre me sentí muy querido por él. Surgió naturalmente una relación muy buena y sincera entre nosotros, que va desde esa sutil complicidad varonil (a veces rayana en lo machista), a la amistosa protección de un padre que, además, solo tuvo hijas mujeres.
Cuando los padres de Flavia supieron que nosotros no teníamos dinero para salir de vacaciones, inmediatamente Octavio nos invitó a pasar el verano con ellos. Se encargarían de los gastos y no nos tendríamos que preocupar por nada. A pesar de mis reparos, la mirada de mi esposa me convenció y terminamos por aceptar.
Hacía algunos años ya que mis suegros pasaban las vacaciones en Punta el Este, a unos 135 km de la capital uruguaya, y siempre paraban en el apartamento de Nina, la hermana de mi suegra. Ella era la verdadera anfitriona, claro. Si bien su apartamento frente al mar es muy bello y con una ubicación inmejorable, se nos presentó un inconveniente: solo disponía de dos dormitorios y cinco camas, dispuestas de manera tal, que era imposible que los dos matrimonios pudiéramos dormir cada uno en una habitación, pues: ¿dónde dormiría Nina?. Así que la solución fue asignar los dormitorios de forma tal que en uno durmieran mi suegra, Nina y Flavia, y en el otro Octavio y yo. Mujeres en uno, varones en el otro.
Al principio, esto me pareció muy incómodo, pero como eso de "a caballo regalado no se le miran los dientes" es algo que suelo poner en práctica bastante seguido, sobre todo en época de vacas flacas, y ante la insistencia de Flavia y sus irresistibles ojos suplicantes, sonreí, y terminé de convencerme de que eso era lo mejor cuando ella me dijo a media voz que ya íbamos a encontrar un momento de intimidad para nosotros entre tanta gente, aprovechando alguna oportunidad en que mis suegros y su tía Nina salieran y nos dejaran solos.
Finalmente llegó enero y todos viajamos a Punta del Este. Nos recibió Nina, una mujer amable y simpatiquísima, que enseguida hizo lo posible para que nos sintiéramos como en nuestra casa. Cuando empezamos a desempacar sentí algo de tristeza cuando vi a Flavia disponer sus cosas en una habitación que no sería también la mía. Ella lo advirtió y vino hacia mí. Me dio uno de sus dulces besos y me abrazó tiernamente. Octavio, que había visto la escena, también sonrió y me dijo:
-¡Eh!, hombre, que no es el fin del mundo, ya vas a ver como no será tan terrible dormir conmigo... y la pasaremos más que bien. Además, seguramente en algún momento, nosotros saldremos a hacer las compras y ustedes, pues... – y me hizo un significativo guiño.
A partir de ese momento, la relación con mi suegro sostuvo siempre ese tono. Me llevaba muy bien con él, y era evidente que él tenía por mí un afecto muy especial. Esa primera noche, cuando después de haber ido a cenar afuera, finalmente nos retiramos a nuestras habitaciones, Octavio había tomado algunas copas de más. Me despedí de mi mujer con un eterno beso porque iba a ser la primera vez en mucho tiempo que dormiríamos separados. Eso era muy extraño para los dos. Cuando entré a la habitación, Octavio entró detrás de mí y cerró la puerta. Lo que dijo me llamó la atención, aunque lo tomé como un comentario medio en broma:
-Finalmente descansaremos un poco de las mujeres – dijo, en tono cómplice.
Me quedé mirándolo algo sorprendido.
-Es que, bueno – continuó – no hace falta que te diga que Nina es muy buena mujer, pero ¡cómo habla!, y a veces es un poco pesada, ¿verdad?, y cuando se junta con mi mujer... pues...
Yo me sonreí y asentí no con poca timidez.
-Aquí vamos a estar tranquilos, entre hombres, y seguramente, será nuestro descanso cotidiano después de tanto cotorreo – me dijo con toda la picardía en su mirada.
-Octavio, ¿le molesta si leo antes de dormirme?
-Hijo, a ver si nos entendemos ¿cuándo vas a dejar de tratarme de usted? ¿No te parece que ya es hora de que me tutees?
Yo no atinaba a responder.
-Simplemente te exijo que me tutees. Me hacés sentir como un viejo, y, a pesar de estas canas, ya sabés que todavía tengo cuerda para rato, o al menos eso es lo que me dice siempre tu suegra... – me dijo entre risas y guiños.
Tenía razón. Octavio era un hombre mayor, pero su estado físico era inmejorable. Era muy alto, calvo, con cabello entrecano solo a los costados de su cabeza. Sus ojos eran verdes, de una intensidad y profundidad poco común, que denotaban una expresión inteligente y vivaz. De rasgos fuertes, su bigote oscuro, resaltaba una boca amplia y de blanquísimos dientes. Octavio había sido un gran deportista en su juventud, y su cuerpo, delgado pero firme, se encargaba de manifestar su excelente estado físico. Eso siempre me había impactado de él, y no con cierta envidia admiraba sus prominentes pectorales que se marcaban debajo de la camisa.
-Está bien, Octavio, a partir de ahora, voy a tutearte. Aunque, bueno, tal vez me cueste un poco.
-Joder. ¿Tan viejo te parezco? Solo tengo....
-¡Cincuenta y dos... un anciano total! – le dije riendo sonoramente – es eso, usted..., perdón, "vos" sabés que hace tiempo nos conocemos y siempre te traté de usted. Lo que digo es que al principio será raro.
-Sí, sí, reíte, ya veremos como llegás vos a mi edad. Más de uno quisiera tener mi estado físico – dijo sonriéndome y haciendo una cómica pose de físico culturista. Se abrió un poco los primeros botones de la camisa y respirando hondo, hizo una exagerada mueca que me desternilló de risa. Pero en verdad el cuerpo de Octavio era magnífico. Su definido pecho emergió entre sus brazos cruzados. Me miró un poco más serio. Y esa mirada fue tan profunda, tan extraña para mí, que tuve que bajar la mía.
Los primeros días, pasaron alegres y divertidos. Fueron todos espléndidos. Íbamos a la playa casi todo el día y regresábamos a eso de las seis ó siete de la tarde. Generalmente cenábamos afuera o íbamos a caminar. Muchas veces nos escapábamos con Flavia a alguna playa más apartada donde ella y yo teníamos nuestros ratos a solas. Pero en la casa, había sido imposible tener un momento de intimidad, por lo que esos días sin sexo, estaban haciendo estragos en mí. La vida cotidiana era bastante común, es decir: las mujeres se encargaban de mantener ordenado el apartamento y de preparar alguna que otra comida; y Octavio y yo, salíamos con el coche al supermercado, entre otras cosas.
Un día, al levantarnos, vimos que el cielo estaba bastante nublado. Entonces nos quedamos más tarde en la casa, y decidimos no ir a la playa. Las mujeres querían ir de compras, nada más aburrido para los miembros masculinos de la familia. Octavio dijo entonces que quería aprovechar para hacerle una revisión al coche en el taller mecánico por unos ruidos que había advertido días atrás.
-Muy bien – dijo Flavia – nosotras estaremos en el centro comercial, tal vez comamos algo o vayamos al cine, así que no se preocupen por nosotras, si quieren, nos encontramos a la tarde.
-Ok – dijo Octavio - ¿Venís conmigo, Diego, o preferís "aburrirte" con las damas?
-De ninguna manera – irrumpió mi suegra – no queremos hombres mientras gastamos dinero.
Haciendo bromas, todos estuvimos de acuerdo en salir separadamente. Y así lo hicimos. Cuando las despedimos, Octavio y yo salimos en el coche rumbo al taller. Pero ni bien estuvimos solos, Octavio me dijo socarronamente:
-¡Al cuerno con el taller! Está abriendo el cielo, pronto saldrá el sol, y no vamos a desperdiciar una mañana así yendo al taller ¿no? ¡Nada de eso!. Podríamos ir a... ¡Ya sé!... te voy a mostrar las cabañas que vimos el año pasado con mi mujer, ¿te acordás que te hablé de eso? Quién sabe, tal vez podamos alquilar una el año que viene. ¿Vamos?
Yo estaba encantado, y a la sazón, me llevaba cada vez mejor con mi suegro, así que asentí.
-Y ya verás la playa que hay allí... ¡Ah, es una maravilla!
-Pero... ¡No hemos traído nuestras mallas!
Octavio sonrió y no me dijo nada al respecto, solo me miró de soslayo diciéndome:
-Te encantará el lugar, Diego. Además, hay un bosque, y un arroyo que desemboca en el mar. Son playas enormes, casi vírgenes, y muy poca gente llega hasta allí.
Él estaba muy entusiasmado, hablaba en alta voz, gesticulando a cada frase. Yo estaba un poco sorprendido, pero, al fin de cuentas, la personalidad de Octavio siempre había sido así, era un hombre que en ciertos momentos tenía la impronta de un adolescente. Salimos de la ciudad y después de veinte o treinta minutos salimos de la autopista para entrar en un camino de tierra lindado de grandes árboles.
-Llegamos. Es un gran bosque que se está loteando constantemente. ¿No es hermoso? La verdad es que me gustaría mucho comprar un terreno aquí, y en un futuro poder tener una casa cerca del mar. No estamos lejos de la costa.
Dimos unas vueltas con el coche y Octavio me mostró las cabañas. Era un complejo de varias casas tan rústicas como bellas en medio de añosos árboles y a unos pocos metros de los grandes médanos que nos separaban de la playa. Cuando ya me había mostrado todo el sitio me miró con una chispa en sus ojos.
-¿Qué te dije? Ya está asomando el sol.
-Es verdad. ¿Querés que volvamos y busquemos a las mujeres para ir a la playa?
Octavio miró hacia los médanos, miró nuevamente el cielo, y casi susurrando me contestó:
-No. La verdad que no. ¿No querés ir a la playa ahora?
-¿Aquí?
-¿Sabés donde estamos?
-No tengo idea
-En la playa naturista.
-¿Cómo?
-Bueno, es una playa...
-¿Una playa nudista?
-Exactamente. ¿Vamos?
Dudé un poco. En realidad me sentí un poco raro con la situación. Pero al final, tímidamente asentí con la cabeza. Entonces Octavio sonrió satisfecho como un niño al que le compran un dulce y estacionó el coche. Sacó unas toallas del baúl y la sombrilla que llevábamos todos los días a la playa. Las nubes se iban disipando y poco a poco el día empezaba a resplandecer.
Cuando entramos a la playa, aún vestidos, había poca gente, pero todos, hombres, mujeres y niños, iban desnudos. Había gente de todas las edades. Yo nunca había estado en una playa naturista. Era una sensación nueva y rara.
-Vení – me dijo Octavio – pronto el lugar estará lleno de gente, iremos para aquella barra, donde suele estar siempre tranquilo.
Él llevaba la sombrilla bajo el brazo, yo las toallas. Nos descalzamos y lo seguí. Después de unos minutos de trayecto la playa se hizo aún más solitaria, y a unos cientos de metros, vimos algo de gente tumbada en la arena. Por fin, después de caminar bastante, mi suegro decidió detenerse y me preguntó si me gustaba ese lugar. Le contesté que sí, en verdad era un sitio paradisíaco.
-Te dije que te iba a gustar. Y ya ves, no necesitaremos nuestros trajes de baño.
Extendimos las toallas en la arena, y Octavio instaló la sombrilla. Ya el sol había salido para quedarse. Cuando todo estuvo listo, mi suegro comenzó a quitarse la camisa. ¿Iba a desnudarse? Y en todo caso ¿porqué me incomodaba eso? Habíamos pasado días durmiendo en la misma habitación, lo había visto semidesnudo varias veces, también en traje de baño, pero claro, en ese momento, sentía algo extraño dentro de mí. Octavio quedó con su velludo torso al desnudo y cuando comenzó a desabrocharse el cinturón, yo bajé la vista. Miré hacia el mar, pero por el rabillo del ojo advertí que Octavio estaba completamente desnudo ya. No supe muy bien qué hacer, recuerdo que fui hasta la orilla, como para darme tiempo a acostumbrarme a la nueva situación. Octavio se había sentado sobre una de las toallas. Yo regresé y él me preguntó lo que yo temía escuchar:
-¿No vas a sacarte la ropa?
Entonces, algo perplejo, sin mirarlo directamente, avergonzado, comencé a quitarme la ropa. Octavio me miraba. Y yo noté que me miraba con más atención que la habitual. Me quité la remera y el pantalón. Cuando quedé en calzoncillos, me dijo:
-Vamos, Diego. Si te traigo aquí, es para compartir contigo esta maravillosa sensación de libertad que se vive en este lugar. ¿Nunca has estado al natural y en contacto con toda esta belleza, verdad? ¿O es que tenés vergüenza? Estamos prácticamente solos, la persona más cercana está a 500 metros.
No recuerdo qué le contesté, pero me sentí un tonto y me convencí en realidad de que Octavio tenía toda la razón. Me quité rápidamente mi bóxer y quedé desnudo frente a él. Me miró complacido con una sonrisa muy calma. Yo me senté en la otra toalla, a su lado. Me quedé mirando el horizonte y poco a poco comencé a sentir el placer de estar echado en la arena, con la brisa acariciando mi desnudez y el sol calentando mi piel. Sentí curiosidad de ver a mi suegro, y aprovechando que él había entrecerrado sus ojos, me volví hacia él. Por primera vez lo veía desnudo. No pude evitar mirar sus genitales. No eran muy voluminosos, o al menos, no tenía un pene muy largo. Era bastante ancho y dos grandes testículos muy peludos sostenían su tronco y lo hacían ver como levantado, hacia delante. Era tan velludo allí, que apenas asomaba su miembro entre tanto pelo. Me llamó mucho la atención eso, toda la zona era muy oscura, en contraste con el centro de su pecho donde tenía largos pelos blancos que la brisa marina movía y agitaba. Octavio se abrió de piernas y sus pesadas bolas se desparramaron y parecieron más grandes aún. El sol hacía impacto en toda su largura, y en ese momento me miré a mí mismo, lamentándome de no tener un cuerpo tan hermoso. A pesar de haber tomado bastante sol mi piel estaba casi blanca todavía, pues Flavia se había encargado de cuidarme con protector solar en demasía. En cambio, el cuerpo de mi suegro lucía un bronceado parejo acentuado por la marca perfecta de su traje de baño. Su pubis, blanco, resaltaba la negrura de su abundante y cerrado vello púbico.
No sabía muy bien que me estaba pasando, pero fue imposible para mí apartar la vista de Octavio. Tampoco sabía si él lo estaba notando, pero yo estaba allí, a pocos centímetros de mi suegro, y no podía dejar de mirarlo, presa de una nueva y extraña atracción. Su pene, flácido y recostado sobre sus pelotas, estaba a medio descapullar. Podía ver como asomaba su glande.


Algo me distrajo. A poco metros de dónde estábamos nosotros, un hombre se había instalado con sus cosas. Era corpulento y de unos 40 años. Disimuladamente, vi como se desnudaba completamente y mostraba casi orgulloso un excelente cuerpo tostado completamente por el sol, incluídas sus nalgas. Miré su pene que se bamboleaba a cada movimiento. Fue cuando me sorprendió con su mirada. Y así permaneció, con la mirada tan fija, que me obligó a voltear. Miré de nuevo a mi suegro. Seguía como adormecido. Bajé a su entrepierna. Su pene estaba algo más grande ¿o era una idea mía? No, evidentemente no, porque su glande había salido casi por completo. Volví a mirar al hombre, a unos metros de nosotros, y constaté que me seguía mirando, ofreciéndome toda su desnudez. Me sentí incómodo, pero también presa de un estado raro y poco habitual en mí. Entonces me pasó algo inexplicable. Mi miembro comenzó a latir y noté que en poco tiempo estaría erecto completamente. Atribuí esto, no a las visiones de esos cuerpos desnudos, sino a mi largo período de abstinencia sexual con Flavia. Era claro, porque jamás en mi vida me había fijado en un hombre desnudo. Pero, algo alarmado y no poco avergonzado como para esconder mi acelerada erección, decidí meterme al mar. Rápidamente me zambullí en sus olas, sintiendo la vista de nuestro vecino de playa sobre mí.
El agua fría hizo efecto y conseguí atenuar mi dureza. Por fortuna. Al cabo de un rato, miré hacia nuestra sombrilla. Octavio estaba de pié, y me hacía señas con las manos. Me gritó ahuecando sus manos en su boca:
-¡Diego: voy a caminar un rato!, ¿venís?
-¡No! – le contesté, temiendo que mi verga se pusiera dura nuevamente - ¡Andá vos, me quedo un rato más en el agua!
Lo vi alejarse para el lado de los médanos. Eso me extrañó, pues esperaba que fuera a caminar siguiendo la orilla. Me quedé un rato nadando y saltando las olas. La playa se empezó a poblar poco a poco. Cuando salí del agua, había varios hombres desnudos diseminados por la playa, así como alguna que otra sombrilla, pero en general, seguía siendo una vasta y extensa playa con muy poca gente.
Ya más acostumbrado a mostrar mi cuerpo desnudo, me sequé al sol. Decidí también ir a caminar un poco, pensando tal vez que lo mejor era soltarme del todo con mi desnudez. Me dejé llevar, y al rato, olvidé que estaba en un lugar público, que estaba desnudo, que era tímido, y empecé a integrarme a esa naturaleza casi salvaje de la costa, el sol y el aire. Cada tanto me cruzaba con algún otro caminante y también pasaba cerca de gente asoleándose. Unos me miraban insistentemente y otros eran indiferentes a mi persona. Todos, absolutamente todos, eran hombres. No tardé mucho tiempo en darme cuenta de que era una playa gay, porque además, vi varias parejas que iban tomadas de la mano.
Caminé bastante tiempo bajo los fuertes rayos solares. Cuando miré hacia atrás para ver cuánta distancia había recorrido noté que el hombre que me había mirado tanto me estaba siguiendo. Nervioso y no poco asombrado empecé a apurar el paso. Y con la idea de perderlo, me encaminé hacia los médanos. Iba mucho más deprisa que él, por lo que pronto lo dejé bien atrás.
Esa zona, cercana a un pequeño lago que formaba un arroyo antes de desembocar en el mar, estaba llena de grandes dunas y varios arbustos. Entre los médanos había más hombres desnudos. Muchos tomaban sol plácidamente, otros oteaban el horizonte de pié, y algunos deambulaban sin dirección alguna. Los había jóvenes, de físico exuberante, como gordos, flacos o mayores. Algunos se paseaban ostentando miembros magníficos, chocando entre sus muslos en toda su extensión. Había perdido de vista a mi perseguidor, pero sentía que me había metido en un lugar no menos peligroso. Seguí caminando y pude advertir que entre los arbustos pasaban algunas cosas fuera de lo normal. ¿Era posible? Sí. No quería mirar abiertamente, pero, había notado algunas parejas en situaciones más que íntimas.
Nuevamente me encontraba entre una situación de asombro y de curiosidad irresistible por ver algo más de ese mundo oculto y nuevo para mí. Quería irme de ahí, pero ¿porqué no me dirigía hacia la orilla e iba hacia nuestra sombrilla? No podía hacerlo. Seguí caminando lentamente en el silencio absoluto roto solo por la brisa marina, gozando extrañamente de esa situación, desnudo, sintiendo mi sexo balanceándose entre mis piernas, mirando y siendo mirado, evitando las miradas frontales, pero al mismo tiempo buscándolas. ¿Era posible que los hombres se encontraran allí para tener sexo? Y Octavio, ¿sabía a qué sitio me había traído? Empecé a prestar más atención, sobre cada arbusto, en cada ondulación del terreno. Una morbosa e incontrolable curiosidad me impelía a hacerlo.
Entonces sentí algunos ruidos, parecidos a gemidos, respiraciones entrecortadas, y largos suspiros. Estaba entre un matorral de acacias, me detuve y presté atención para guiarme por el oído. Avancé unos pasos, viré... y cuando entre las ramas pude distinguir algo, me quedé paralizado. Oculto por el ramaje y a pocos metros de donde estaba, vi al hombre corpulento que me había estado siguiendo. Pero al apartar más los arbustos, pude ver mucho más que eso. Arrodillado, otro hombre desnudo como él, se abocaba a la frenética tarea de chuparle la verga. ¡Era Octavio!
¡No podía creer lo que estaba viendo! Mi primera reacción fue huir de ese sitio. ¡Había visto a mi suegro, a Octavio, al padre de Flavia, teniendo sexo con un hombre! Miles de pensamientos y situaciones volvían a cobrar un nuevo sentido a partir de esa realidad, pensé en mi esposa, en mi suegra que seguramente ignoraba con qué hombre estaba casada, no sé, tantas cosas, pero todo de golpe y como un duro mazazo golpeando dentro de mí. Entonces experimenté una mezcla de emociones. ¿Debía irme de allí? ¿Debía irrumpir y evitar todo eso que me parecía repugnante? ¿Insultarlo? Pero pese a todo lo que me pasaba por la cabeza no atinaba a nada. Solo me quedé ahí, petrificado. Comprendí que no era dueño de mis actos, y no entendía por qué yo no podía dejar de observar todo eso.
Mi suegro tragaba una y otra vez aquel pene duro y descomunal. Obviamente, era evidente que mi suegro tenía una gran experiencia y su cara reflejaba el gran gusto que sentía haciendo eso. La verga que estaba succionando con avidez era larga, por lo que yo no podía entender como esos veintitantos centímetros de dureza desaparecieran dentro de la boca de Octavio tan fácilmente. Los bigotes de mi suegro chocaban repetidamente con el vello púbico de aquel hombre que estaba de pié y recostado sobre un tronco. Respiraba intensamente y entre gemidos estaba gozando de manera extraordinaria, eso era evidente. Octavio, chupaba toda la zona agitadamente sin descuidar cada pliegue. Vi como su hábil lengua se detenía entre el prepucio y el glande rosado y mojado, y luego lamía las bolas para volver a tragarse toda la verga hasta el fondo. Sus manos no permanecían inactivas, pues con ellas recorría la extensión del torso del hombre que le sostenía la cabeza desde la nuca.
Cuando volví de mi sorpresa, pude reparar en mí mismo, y mi mano, involuntariamente, se dirigió a mi sexo. ¡Estaba erecto! Mi reacción fue mirar hacia todas direcciones con temor de ser visto, pero nadie había allí. Aún así, mis manos cubrieron mi pene como pudieron por temor a que alguien me viera. Seguía oculto, y seguía mirando cada detalle de lo que pasaba entre esos arbustos. Mi suegro se levantó y el hombre lo tomó entre sus brazos. Ante mi asombro, Octavio lo besó en la boca con infinita dedicación y los movimientos fueron cada vez más intensos. Los dos hombres, frotando su desnudez entre sí, estuvieron varios minutos abrazándose con pasión. Cuerpo a cuerpo, boca con boca, lengua sobre lengua. La gran erección de Octavio, había cambiado por completo la apariencia de su verga que ahora lucía enorme y completamente descapullada. No había crecido en longitud, pero sí, tenía un grosor nunca visto por mí antes en un miembro. Se levantaba duro, recto, como lanza hacia adelante. A pesar de todo, la visión de mi suegro en la apoteosis de su virilidad era francamente interesante, pues ese cuerpo tan bello parecía equilibrarse cobrando una perfección definitiva gracias a su hombría dura. El hombre acariciaba el trasero de mi Octavio con movimientos cada vez más profundos, y finalmente me asombré de ver como empezaba a meter algunos dedos en su ano. Octavio lanzaba gemidos de placer y estaba como enloquecido. Jamás, jamás lo había visto así, ni imaginando sus actos de mayor intimidad.
Yo estaba como loco. Eran tantas cosas adentro vividas por primera vez que ni siquiera intentaba comprender lo que me estaba sucediendo. Estaba excitado, sí, sí, con mi pene erecto, deseando ser tocado y lamido según estaba viendo, pero al mismo tiempo, embargado de una repulsión inexplicable. Mis pezones se endurecieron cuando vi que Octavio devoraba los de aquel hombre. Mi piel se erizó cuando la lengua de mi suegro recorrió la piel de ese extraño, y era como si fuera experimentando en carne propia todo lo que en realidad ese hombre estaba recibiendo de Octavio. Entonces, el hombre dijo en voz alta:
-¡Me parece que tenemos un espectador...!
El hombre se había dado cuenta de mi presencia y yo estaba aterrado. Mi corazón saltó del pecho y las piernas no me alcanzaron para huir de allí. Corrí. Escapé con pánico ante la posibilidad de que Octavio me reconociera. Afortunadamente había huido tan rápidamente que tuve la certeza de que él no me había visto. Con mis manos seguí cubriendo mi verga, avergonzado, y no paré de correr hasta regresar a nuestra sombrilla. Ahí me quedé sentado por un rato muy largo, con millones de pensamientos y otros tantos sentimientos contradictorios. ¿Cómo iba a volver a mirar a los ojos a Octavio? ¿Qué le diría? Y lo peor: ¿Qué sentía verdaderamente Octavio por mí? ¿Era solo afecto paterno? ¿Le atraía? ¿Yo le gustaba?, y... ¡Dios!... Compartíamos la misma habitación. Después de lo que había visto, todo, todo, tenía nueva significación ahora.
Al cabo de media hora Octavio regresó. No lo podía ver a la cara. Estaba tan locuaz y alegre como siempre.
-¡Que tal, Diego! – me dijo sonriente - ¡Ah! Mirá como estoy. Todo sudado con el calor que se ha levantado.
Bien sabía yo que ese sudor no era por el calor del día. Asentí débilmente, pero permaneciendo muy perplejo ante mis pensamientos.
-Me voy a meter al agua ¿venís?
-No, no. Ya nadé bastante.
-Como quieras – y corriendo entró en el mar, zambulléndose rápidamente entre las olas. Yo, que aún no podía digerir lo que había pasado, lo miraba y me cuestionaba nuevamente todo lo que sentía por él. Pero no pude evaluar nada, ya que estaba totalmente confuso. Mi suegro era homosexual y seguramente era un secreto que sólo yo sabía. Cuando salió del agua, vino hasta mí y se detuvo tan cerca que las gotas de agua salada me salpicaron el cuerpo. Instintivamente cubrí mi sexo con la toalla. Octavio, empezó a secarse lentamente con la suya. Su pene estaba nuevamente flácido y colgaba entre sus grandes pelotas. Al verlo, recordé como se veía cuando lucía su máxima dureza y con esa imagen, mi verga tuvo un sacudón. Confuso, asustado, o no sé qué, me apresuré a decir:
-Es un poco tarde ya. Seguramente las mujeres nos estarán esperando. ¿Nos vamos?
-¿Tan temprano? Aún no son las cuatro de la tarde.
-Será mejor que nos vayamos. Es que no me siento nada bien.
-¿De veras? ¿Qué te pasa?
-Nada, nada. Solo un malestar.
-Creo que tomaste mucho sol, y en la hora más brava del día. Estás muy colorado, Diego.
-No es nada, pero ¿podemos regresar?
-Sí, claro, lo que digas.
En todo el viaje de regreso permanecí casi en silencio. Cuando nos encontramos con Flavia, mi suegra y Nina, yo estaba a punto de llorar. Era demasiado. Flavia me vio y se alarmó cuando vio el estado de mi piel. Había estado caminando por la playa sin protección solar alguna, por lo que estaba rojo como un camarón. La tarde pasó rápidamente, fuimos a tomar el té, charlamos sobre las cabañas, sobre la playa, pero nunca Octavio dijo que habíamos estado en una playa nudista. Yo solo pensaba en la noche que me esperaba. No quería quedarme a solas con mi suegro en la misma habitación. Pensé en eso durante toda la cena, y cuando fue el momento de regresar a casa, inventé una excusa para demorarnos e invité a Flavia a tomar un café por ahí. Ella me notó muy extraño, pero como no entendía por qué y como yo no le podía decir mayor cosa, terminamos discutiendo.
Cuando volvimos, esperaba encontrar a mi suegro durmiendo, pero ellos también habían salido. Flavia estaba muy cansada, así que se retiró a su habitación. Yo sentía que a pesar de estar también cansado, no iba a poder conciliar el sueño esa noche y decidí darme un baño. Tomé una ducha casi fría, la necesitaba. Cuando regresé al cuarto encontré a mi suegro sentado en la cama, en calzoncillos y con la camisa abierta. Había regresado con las mujeres hacía unos momentos. Yo quedé perplejo y solo decía monosílabos. Solamente tenía puesto una bata de baño, por lo que un miedo incomprensible y un nerviosismo atroz invadió mi cuerpo.
-Hola, Diego. Finalmente, nosotros también fuimos a tomar unos tragos. ¿Cómo te sentís?
-¿Yo? Estoy bien.
-Digo, como estabas un poco… pero, hijo... estás muy colorado.
-No... estoy bien.
-Nada de eso. Necesitás ponerte algo. A ver...
Y se acercó hasta mí. Me llevó a la luz del velador y me miró la cara.
-Ah, ¡cómo estás!
Después me abrió un poco la bata y comprobó que mi pecho también estaba colorado.
-A ver, dejame ver...
-No, te dije que estoy bien...
-Pamplinas, dejame ver cómo estás – y me tomó la bata abriéndola más aún. Mi pecho estaba muy rojo - ¿Te arde?
-No, solo me molesta un poco.
-Pero te va a arder más tarde si no te ponés alguna crema, quitate la bata...
-No, por favor...
-Diego... pero... ¿no tendrás vergüenza de mí? – me preguntó riendo – Vaya, no es la primera vez que te veré desnudo.
Yo no supe llevarle la contra, así que me quedé inmóvil, sin oponer resistencia. Él sacó una crema de la mesa de luz y con paternal gesto me desajustó el cinturón de la bata. Instintivamente me puse de espaldas, preocupado en cubrir mi sexo. Octavio abrió mi bata y la deslizó hasta el piso. Quedé desnudo ante él en medio de un silencio total. Sentí la vista de mi suegro sobre mi espalda y mi trasero. Tomó la crema, la distribuyó en sus manos y, después de un momento de total expectación, sus manos se apoyaron en mis hombros, pasando la crema muy suavemente por ellos. Me sobresalté, sintiendo el frío contacto, pero también por la suavidad de sus roces.
-Que piel suave que tenés. Siempre imaginé que se sentiría así al tacto.
Sentía sus manos acariciarme. Recorrieron toda la espalda. Su cara estaba tan cerca de mi espalda que podía sentir su aliento fresco sobre mi piel humectada con la crema. Escalofríos recorrían todo mi cuerpo y pese a mis reparos, me di cuenta de que estaba experimentando un momento de gran placer.
-Alguien puede entrar...
-Tranquilo – me dijo con voz acariciante – nadie va a hacerlo. A esta hora, ya deben estar dormidas, nadie nos podrá ver ahora.
Esta última frase quedó resonando en mis oídos. Octavio estaba llegando a mi trasero. Sus manos ya estaban calientes gracias a la suave pero intensa fricción. Entonces se sentó al borde de la cama para estar más cómodo y sentí sus manos sobre mis nalgas. ¡Qué maravillosas manos! Grandes, firmes, metiéndose entre mis glúteos sin pasar el límite de lo invasivo. Volteé un poco para verlo de reojo, y su cara estaba a muy pocos centímetros de mi culo que seguía en poder de sus manos. Con suma atención miraba todo detalle, sobre todo, cuando me abría los gajos de mi trasero dejando mi ano velludo ante su vista. Con cada movimiento, la intensidad crecía, y con ese crecimiento, su respiración se hacía cada vez más densa.
-Tus nalgas están muy firmes. ¿Has practicado natación alguna vez?
-No... no... solo salgo a correr... pero no siempre...
-Estás en muy buen estado – decía murmurando, mientras sus manos tardaban en salir de mi culo.
-Aquí es más difícil distribuir la crema, porque tenés muchos pelos.
Yo iba a decir "tomate tu tiempo", pero preferí limitarme a pensarlo solamente.
-Ahora tus muslos – dijo - ¡Ah!, los tenés muy duros.
Sus manos aprisionaron mi muslo derecho. Lo frotaba fuertemente, como si fuera una columna. De arriba abajo, ambas manos sobaban y pasaban una y otra vez por mi piel enrojecida.
-¿Te duele?
-No. En absoluto.
Octavio pasó al otro muslo. Además de ponerme esa crema, me estaba dando un masaje cuidadoso y esmerado. Todo era silencio. La habitación a media luz. Yo pensaba en todo lo que había pasado a la tarde, y las imágenes me volvían una y otra vez a la mente. Octavio seguía con su trabajo, y cada tanto, sus manos exploraban en la parte interna de mis muslos, aventurándose hacia mi entrepierna, casi a la altura de mis bolas. Yo hacía grandes esfuerzos para que mi verga no se levantara. Pero ya no sabía como aguantar eso. Estaba entre la pesada dicotomía de callar y entregarme o decirle toda la verdad, decirle que había estado allí, que había visto todo, que lo había descubierto, pero sus manos, sus manos, estaban haciendo estragos sobre mi piel cada vez más acalorada. Mi pene empezó a agrandarse, lo sentía... ya no podía resistirme más.
Mi suegro, aún sentado al borde de la cama, balbuceó:
-Date la vuelta, Diego.
Esas palabras me taladraron la mente, como si hubieran sido gritadas. Me sobresalté, y quedé inmóvil, entonces, él, suavemente, me tomó de la cintura, y me ayudó a girar sobre mí mismo. Quedé frente a él, con toda mi desnudez a la luz de la lámpara, y su rostro, que estaba a la altura misma de mi pelvis, quedó a pocos centímetros de mi sexo que ondulaba pesadamente. Mi pija estaba ya morcillona y empezaba a levantarse palpitando levemente, él se quedó como extasiado, conteniendo la respiración con los ojos muy abiertos.
-Ahora te pasaré la crema por la parte delantera de las piernas.
Empezó a hacerlo, y a cada movimiento, mi verga se ponía más dura, perdiendo toda flexibilidad. Al concentrarse en mis muslos, sus manos entraban sutilmente hasta el punto mismo en que hubieran rozado mis bolas, pero, delicadamente, no llegaba nunca a ese extremo, lo que me provocaba un deseo incontenible de que las tocara. Cada vez que deseaba eso, mi sexo, anhelante, no dejaba de subir.
Mi excitación era algo incomprensible. Estaba más que confundido. Entonces sentí que debía hablar. Que debía finalmente liberar las palabras que estaban prisioneras dentro mío. Me dolía el pecho y a la vez, una sensación de increíble voluptuosidad habitaba mi abdomen y mi pubis. No aguanté más, y entrecortadamente, comencé a decirle:
-Octavio... esta tarde...
-Shhhh... no hables... lo sé.
-¿Cómo? ¿Qué es lo que sabés?
-Diego... sé que estabas escondido detrás de los arbustos esta tarde.
-¿Me viste entre los arbustos?
-No, no te vi, pero vos me viste a mí.
-¿Cómo lo sabés?
-Porque ese hombre sí te vio, y me lo dijo.
Él seguía masajeando mis piernas, mis tobillos, subía hacia mi cintura, mis caderas, y yo estaba cada vez más duro.
-Pero entonces... Octavio, ¿no decís nada? ¿No me das una explicación?
-No, Diego. Sólo vos y yo sabemos esto. Y creo que no hace falta explicarte nada, ¿verdad?
-¿Eso creés?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque... ahora mismo, te estás muriendo de ganas de que yo haga con vos lo que le hice a aquel extraño en la playa – me dijo, fijando su vista en mis ojos y con una expresión profundamente seria en su rostro.
Eso me dejó mudo. Tenía razón. Su mirada, siempre fija en mí, y su boca acercándose cada vez más a mi verga, ahora totalmente erecta, me hizo olvidar absolutamente donde estábamos, avancé hacia él, y su boca engulló por completo mi miembro.
-¡Ahhh!, Octavio, Octavio... no, por favor....
Me escuché decir esas palabras, reticente aún, cuando en realidad quería decir todo lo contrario. Deseaba a ese hombre, ahora lo sabía perfectamente. Su boca era ardientemente cálida, juro que jamás había experimentado un placer semejante. Mientras él seguía devorándome tomé su camisa y la deslicé de sus hombros. Pasé mis manos por su cuello y sus peludos pectorales. Tenía una piel increíblemente deliciosa al tacto. Era suave y caliente. Él me tomaba por las bolas, metiéndoselas también en la boca cada tanto. Después de un rato de ese gozo extremo, su boca subió por mi abdomen trepando hasta mis pezones, que metió uno a uno en su boca y recorrió con húmedas lamidas. ¡Ah!, recuerdo el escalofrío que recorrió toda mi espalda. Me abrazó, poniéndose de pié. Y vi como mi pecho sin vellos, contrastaba con el suyo, totalmente peludo. Mi verga se frotó contra el bulto duro que aprisionaba su bóxer. Su boca mordisqueó mi cuello y fue subiendo por mi mejilla hasta que se fundió con la mía. Nuestras lenguas se buscaron y yo me entregué por completo a él. Había bajado los brazos, y no oponía la menor resistencia, ni siquiera en mi mente. No podía dar crédito a eso. Allí estaba yo, siéndole infiel a mi esposa con su propio padre, y lo peor era que no la menor intención de impedir tal situación.
Tomé el borde de su prenda interior y la bajé hasta sus tobillos. Al hacerlo, el pene de Octavio volvió a estar frente a mis ojos. De su maraña de pelos ensortijados surgía desafiante y durísimo. Unas gotas de líquido transparente bañaban por completo todo su hinchado glande. Me pregunté cómo sería probar esa fruta nueva. Mi rostro quedó frente al sexo de mi suegro, y para mi sorpresa fui abriendo la boca instintivamente. Él advirtió eso y me dijo cariñosamente:
-No tenés que hacerlo, Diego. No si no lo deseás realmente.
Yo, lo miré. Vi su paternal expresión una vez más. Me sonrió con una infinita ternura. Entonces también le sonreí, diciéndole:
-Sí, quiero hacerlo.
Y acercándome a su verga apoyé los labios sobre el mullido glande. Sentí su gusto. Era una mezcla de salado con dulce. Me relamí los labios y puse la punta de la lengua sobre el pequeño orificio rojo y palpitante. Me gustó. Me gustó mucho. Entonces abrí más la boca y probé meterme la punta. La acaricié con mis labios, sintiendo como el miembro daba sacudidas involuntarias ante mis leves movimientos. Esto me excitó más y seguí tragándome lentamente el tronco hasta tenerlo casi todo adentro de mi boca. Era muy grueso, ensanchándose más aún en su base, por lo que tenía que abrir la boca desmesuradamente. Pero la sensación era increíble. Él me acariciaba la cabeza del modo que un padre lo hubiera hecho a un hijo. Así lo sentí. Y lejos de rechazar eso me excité más, y sentí una intensa comunión con ese hombre. Las pesadas y peludas pelotas de Octavio chocaban contra mi barbilla. Los pelos me acariciaban todo mi rostro, eso era único. Mis manos lo aprisionaron por detrás y él mismo se abrió las nalgas para que mis dedos entraran. ¡Estaba muy caliente ahí adentro...! y mi dedo mayor llegó hasta la entrada de su ano. Estuve masajeándolo allí un largo rato, sintiendo como él debía morderse los labios para no gritar de placer. Debíamos hacer silencio y no olvidar que detrás de esa puerta dormían nuestras esposas. Mi dedo exploraba cada pliegue. Tenía muchos y largos pelos allí, por lo que debía apartarlos suavemente para poder tocarle solo el comienzo de ese agujero que cada vez se abría más y más. Metí un poco una yema y su ano me respondió aprisionándola. Enseguida se dilató más... y más... y pronto pude palpar su caliente y húmedo interior. Llevé, con mi otra mano, un poco de saliva al sitio, y entonces, completamente lubricado, mi dedo entró sin problemas. No solo uno, sino dos, y después tres, comprobando que mi suegro tenía el ano grande y entregado. Mientras tanto, su verga seguía en mi boca. Nunca en mi vida había chupado un pene. Mi asombro era tan grande como mi sensación de naturalidad, es decir, como si en mi vida no hubiera hecho otra cosa que mamar pijas.
Octavio se dio vuelta y quedó de espaldas a mí. Se recostó en la cama, y se extendió en toda su largura frente a mí. Su cuerpo extraordinario volvió a impactarme, pero ahora de una manera claramente definitiva. Aún sin poder dejar de mover su pelvis, su culo quedó expuesto escandalosamente ante mí cuando sus propias manos lo abrieron, mostrándome el interior de su rojo agujero. Me arrodillé ante él y empecé a comérselo como si se tratara de un plato gourmet. Chupé, lamí, saboreé ávidamente todo el sector, desde sus bolas hasta la misma superficie de las nalgas sombreadas suavemente de pelos. Él me ayudaba a abrir más y más su culo, y con mi lengua lo penetraba sin parar. Octavio extendió su mano hacia la mesa de luz y tomando el pote de crema me lo entregó tembloroso. Yo entendí eso como una invitación muy concreta. Tomé gran cantidad de crema, la unté sobre su gran agujero completamente dilatado y lubriqué bien toda la zona. Entonces me monté sobre él, apuntando mi verga dura como el acero hacia el ojo de su más intima zona corporal. Apoyé primero la punta, apenas ubicada con mi mano, me aseguré en el borde de la cama, y después de un instante de contemplar excitadísimo nuestra posición, avancé con mi polla dentro de él. Lo hice muy lentamente, pero al no sentir ninguna oposición, empujé más, sintiendo como mi verga se metía sin dificultad alguna dentro del culo de Octavio. Estaba tan abierto y tan lubricado con la crema que en un limpio y solo movimiento mi miembro desapareció hasta el fondo. Mis bolas chocaron con las suyas y cuando lo sentí por dentro, ambos lanzamos un gemido largo y sostenido.
Penetré a mi suegro con una pasión creciente. Él me ayudaba con movimientos pélvicos, perfectamente sincronizados con mis embates. Lo abracé desde atrás por los hombros, mientras nuestra respiración se hacía insoportablemente agitada. Lo besé, lo acaricié, lo amasé con mis dedos, al punto de sentir toda la fuerza que se potencia cuando dos machos hacen el amor. Entonces me invitó a cambiar de posición. Me acosté boca arriba en la cama y él me montó sentándose en mi verga. Fue él el que tomó el ritmo entonces. Así, como estábamos, él podía besarme y acariciar mis tetillas, pellizcándolas y amasándolas fuertemente. Esto me proporcionaba un placer increíble, y aún más cuando ante mi vista tenía a ese hombre bien macho sentado sobre mí. Yo tomé su gruesa polla y comencé a bombearla. Los movimientos se hicieron feroces. La cama crujía, todo se movía, y nosotros gozábamos como nunca. Entonces sentí que los latidos de su miembro estaban anunciando su eyaculación. Sin detenerme, intensificando el frenético vaivén, hice llegar a Octavio a su máximo goce. Salieron tres, cuatro chorros de espeso semen que fueron a parar a mi pecho, cuello y cara. Sus pesadas gotas, me ardieron como fuego, entonces le anuncié que era mi turno de acabar. Enseguida Octavio se deslizó a mi lado, y tomando mi verga en sus manos, se la metió rápidamente en la boca, masturbándome divinamente con ella. No tardé en explotar y derramarme dentro de su boca. Octavio tragó cada gota de mi caliente esperma, haciendo que mis ojos se pusieran en blanco y mi cuerpo todo se arqueara en un espasmo de placer casi intolerable de tan grande que era.
Nos quedamos así, agitados, llenos de semen, y exhaustos, durante varios minutos. Había sido el acto sexual más extraño de mi vida. Y nada, nada era semejante a hacer el amor con mi mujer. Aquello era otra cosa, peor, mejor, no lo sabía, pero sí era distinto, desde el principio hasta el final, era fuerte, era contundente, era tremendamente enloquecedor. Octavio, intentando calmar su respiración, me atrajo hacia su pecho y me acarició la cabeza.
-Tranquilo, hijo, todo está bien. Ya ves, no ha pasado nada grave.
Perturbado y conmocionado como estaba, no atiné a decir nada. Pero sabía que tenía razón.
Esta es la historia. Una historia que hasta el día de hoy me resisto a creer.
Después de aquellas vacaciones, estoy aprendiendo algo más de mí mismo. También estoy comprendiendo que Octavio y yo vamos a transitar por la vida teniendo muchas, muchísimas cosas en común.


Franco
Relato escrito en abril de 2004


domingo, 30 de marzo de 2014

Domingo vintage

Destacado de hoy


Perfil perfecto


sábado, 29 de marzo de 2014

Listos...?

Vayan preparando el osito, se viene el cuentito de fin de mes...



































jueves, 27 de marzo de 2014