miércoles, 30 de abril de 2014

El cuentito de fin de mes



Personal de limpieza

Nunca me destaqué mi perseverancia, para qué lo voy a negar, pero, como bien dice un amigo mío, “todo llega”, y ese año, después de muchas idas y venidas, había logrado por fin regularizar mis visitas al gimnasio del club. Mi pobre estado físico me lo reclamaba con urgencia. Con el correr de los meses, logré que mi cuerpo se tonificara y alcanzara agilidades jamás sospechadas. Para mi asombro empecé a sentirme muy bien, bajé de peso y hasta recuperé mi buen estado corporal de antaño.
Concurría al club varias veces a la semana, y cuando descubrí que esto no me pesaba si no que, al contrario, me resultaba agradable y casi necesario, hacía todo lo posible por asistir todos los días. Iba después del trabajo, así que era cosa habitual que me retirara a última hora.
Pero aquella tarde el club estaba más solitario que de costumbre y yo aproveché para quedarme nadando en la piscina cubierta algo más del tiempo que le dedicaba habitualmente. Todos se habían ido ya, estaba solo en el agua y la única persona visible era un tipo que estaba haciendo la limpieza en el hall contiguo, separado de la piscina por una gran mampara vidriada. Yo podía verlo desde el agua. Cada tanto pasaba raudamente con el cepillo en sus manos y hablaba algo con otro hombre al que no podía ver desde mi posición.
Yo di unas cuantas brazadas más y salí del agua.
Alcancé a ver al tipo observándome mientras limpiaba los vidrios. Pronto los cubrió con la espuma del jabón y su mirada quedó oculta tras la mampara. No le di mayor importancia al suceso y envuelto en mi bata me dirigí hacia los vestuarios.
Estaba todo solitario y quieto. Me di cuenta entonces de que ya era bastante tarde y el encargado del lugar ya se había retirado. Abrí mi locker y me senté tranquilamente en el banco de madera aflojando los cordones de mi traje de baño. Tomé mis cosas y me encaminé hacia las duchas. Abrí el agua y me quité el speedo debajo del chorro caliente. La fuerte lluvia me proporcionó un placer aliviador que se esparció por cada músculo de mi espalda, mojó y alisó toda de mi barba, los vellos de mi pecho y peinó los de mi pubis que cubrieron casi por completo mi dormido sexo.
El recinto de las duchas era lo suficientemente grande como para contener seis regaderas que emergían desde el techo sin separaciones ni mamparas. La única luz que había allí se filtraba por la abertura de entrada desde el salón principal del vestuario. La penumbra contribuía a que me relajara mejor mientras me dejaba envolver por el creciente vapor circundante.
De pronto sentí unos ruidos. Había dejado todas mis pertenencias en el locker abierto y me asomé para ver que todo estuviera bien. Cuando miré hacia los bancos vi que alguien estaba allí. Era el tipo de la limpieza que había visto  desde la piscina y estaba repasando ahora todo el piso del vestuario con un lampazo. Cuando me vio me hizo un gesto con la cabeza a modo de saludo. Yo respondí la inclinación y me volví a las duchas. Disfruté nuevamente del baño, lo hice lentamente, como si tuviera para ello todo el tiempo del mundo. Me enjaboné dos veces y lavé mi cabeza deleitándome con las caricias del chorro sobre mí.
Cuando salí, envuelto con la corta toalla, el hombre de la limpieza seguía allí, pero ya había terminado su trabajo. Estaba acomodando las cosas en un rincón del vestuario, donde había otros utensilios para su trabajo.
Me senté en el banco y lo miré de soslayo. Era un tipo no muy alto, joven, de contextura fornida. Iba vestido con un overol azul oscuro. Pelo corto y enrulado, de cuello muy macizo. Su cara, aunque rasurada prolijamente, no podía disimular lo gris de su mentón y mejillas, signo particular de quienes tenemos barba muy cerrada. Las cejas eran muy anchas y pobladas, de esas que casi se juntan encima de su nariz, que era recta y varonil.
Todo el tiempo miraba hacia el piso, y cada tanto levantaba la vista en dirección a mí, tímidamente, temiendo molestarme con su presencia. Yo me quedé unos minutos sin hacer nada, descansando tranquilamente sobre mi banco. Estaba aún mojado y cubierto tan sólo por mi toalla.
Cuando terminó de hacer sus cosas se acercó y sacando una llave de su bolsillo abrió un locker que estaba en diagonal frente al mío.
Supuse que iba a poder gozar de un inesperado espectáculo cuando lo vi sacar del armario una toalla, ropa y las cosas para la ducha. Sin girar su vista hacia mí un solo momento, acomodó prolijamente sus objetos sobre el banco de madera y empezó a desajustarse las zapatillas. Yo me acomodé en mi sitio, como si fuera un espectador en el teatro. Llevó sus manos al cierre del overol y lo deslizó hacia abajo. Estaba un poco de costado y en diagonal hacia mí, así que pude ver emerger su pecho cubierto de una hilera de pelos negros y duros que bajaban por su abdomen en forma de raíz. Cuando se abrió la parte superior del overol advertí que tenía hombros anchos y músculos muy definidos. Me pregunté cuántas limpiezas de mamparas como las del club habrían perfilado esa musculatura. Finalmente se quitó el overol y las dos columnas de sus piernas quedaron ante mi vista. Eran extremadamente peludas. Calculé que el vello, tan sólo en sus muslos, sobresaldría unos tres centímetros por sobre su piel. Pero me sentí incapaz de calcular los de aquellas zonas donde la vellosidad se acentuaba, sobre todo en las entrepiernas, allí el espesor era muy generoso y de una textura negra e intrincada. Yo me deleitaba con la función que me estaba regalando, cuidando de no ser descubierto.
De un solo movimiento tiró su bóxer hacia abajo y quedó completamente desnudo. Su pubis era un bosque de pelos que protegían una verga blanda y tersa. Los huevos le colgaban bastante más por debajo de su miembro, y todo el conjunto acompañaba como un péndulo cada movimiento de su cuerpo. Entonces tomó su toalla y se dirigió a las duchas.
No pude ver más pero sentí el ruido del agua y la imaginé cayendo sobre su pecho y caderas.
Respiré hondo. Fui hasta los lavatorios, sacudiendo la cabeza como quien acaba de salir de un ensueño místico, y comencé a afeitarme, aún envuelto en mi corta toalla.
Después de unos minutos escuché que el ruido del agua cesaba. Yo estaba terminando y me estaba enjuagando la cara cuando vi al hombre salir de las duchas con la toalla atada a la cintura. Su torso magnífico estaba empapado y los vellos se le habían pegado al cuerpo formando dibujos fascinantes. El agua acentuaba toda su vellosidad y daba a su anatomía un aspecto impactante.
Observándolo siempre por el reflejo del espejo, tomé mis cosas y regresé a mi banco. Intenté mirarlo con disimulo. El hombre se había quitado la toalla y estaba secándose enérgicamente las piernas. Me dio la espalda y pude admirar su culo musculoso y fuerte. Era de una redondez casi perfecta. Noté como las bolas le colgaban pesadamente cuando abría las piernas al apoyarlas alternadamente sobre la banca. Tratando de que mi obsesiva atención pasara inadvertida me acomodé un poco para verle la pija colgando. Quedé extasiado. El generoso prepucio le cubría todo el glande. Pero enseguida tuve que desviar la vista porque él había girado repentinamente.
Yo me quité la toalla y, a pesar de que ya no estaba mojado, empecé a repasar mi cuerpo con ella. Un tenue silbido salía de mis labios, y pensé paradójicamente que esa podría ser una señal obvia de que yo quería disimular mis miradas y mi atracción sobre él, así que dejé de hacerlo. Él estaba ahora de frente y se restregaba la toalla por detrás de su espalda. Sus brazos abiertos se agitaban ampulosamente mostrándome los atrapantes huecos de sus sobacos. Pero me resultaba imposible no mirarle la pija, el matorral negro que la rodeaba era un fuerte imán que no dejaba de atrapar mi atención.  Esos pelos eran absolutamente preciosos. Podía imaginar cómo se sentirían al tacto, su olor, el ruido al acariciarlos, incluso su aspereza, ya que se veían hirsutos y rebeldes. Cuanto más se movía, más se activaba el péndulo de su miembro. Estuvimos un largo rato sin hacer más que mostrarnos mutuamente nuestra propia desnudez, como si se tratara de un ritual en tenso silencio, acariciándonos y frotándonos con las toallas sin aproximar nunca nuestros ojos al terreno de la obviedad. Entrepiernas, axilas, cuellos, pectorales y genitales, fueron repasados una y otra vez durante un tiempo que pareció eterno.
Mi pija se había engrosado. Sentía su punción. Hice un esfuerzo de concentración para que no se alzara por completo. Pero por cierto, había aumentado bastante su tamaño.
Entonces comencé a mirarlo ya sin tanto disimulo, pues veía que el hombre que tenía enfrente mis ojos, había terminado también de secarse desde hacía rato. Curiosamente no hacía nada por empezar a vestirse. Con la cabeza inclinada hacia el piso, cada tanto alzaba sus pupilas hacia donde yo estaba, pero el temor a ser sorprendido por mi mirada era tal que enseguida se reprimía y volvía a bajar sus ojos. Sí, yo ya me había percatado de ese comportamiento, ¿cómo no advertirlo si yo mismo estaba ensayando la misma travesura? Y al darme cuenta de eso, ya no me preocupó tanto si mi verga empezaba a ponerse dura, y menos que él lo descubriera. El hombre acariciaba su cuerpo, daba vueltas, acomodaba sus cosas en el bolso, disimulaba posturas e intentaba mirarme cuando yo me ponía de espaldas, pero sin embargo, su miembro estaba tan tranquilo como al principio de todo ese juego, por lo que temí que todo ese comportamiento de exposición y expectación no existía más que en mi imaginación. Entonces el silencio de nuestro claustro se rompió:
-¡Juan!
La voz venía de afuera, del pasillo.
-¡Juan! ¿Estás ahí?
El hombre instintivamente se cubrió con la toalla y avanzando unos pasos contestó con voz fuerte:
-¡Sí! ¡Ya casi termino!
-Bueno, a mí todavía me faltan los pisos del gimnasio. Después te veo.
-¡Está bien! Si querés te espero para ir a la estación.
-No te hagas problema, hacé lo tuyo.
Ante estas últimas palabras, Juan me miró a los ojos.
Me sonrió con un breve gesto, como de disculpas, o como queriendo explicar todo lo que yo ya sabía de él: que era empleado de limpieza, que era su horario de salida y que su compañero pronto estaría listo para reunirse con él, como de costumbre, después del largo día de trabajo.
También yo había llevado la toalla a mi cintura al escuchar la voz. Juan, siempre con la cabeza gacha, volvió a su sitio, y su toalla cayó por descuido. Él la recogió y fue a sentarse al banco. Desde ahí siguió subrepticiamente mis movimientos. Yo lo advertí, e intencionalmente dejé también que la toalla cayera a un costado, sosteniéndola apenas con mi mano. Cuando esto ocurrió mi verga comenzó a palpitar y escalar. Yo dejé la toalla y avancé hacia él. Pero cuando él, sin mirarme, pareció aterrarse ante mi proximidad, seguí de largo y me dirigí a los mingitorios. Me quedé allí, desnudo, frente a la pared, fingiendo orinar. El urinal no tenía separadores, sólo había una gran losa en el piso hacia donde el agua corriente fluía. Sentí los pasos de Juan. Entró al baño y se posicionó frente al mingitorio, a un metro de donde yo estaba. Yo liberé mi miembro y dejé que mi erección sostuviera su peso. Empecé a orinar, sin ocultarle el estado de mi pija, mientras el chorro entrecortado se estrellaba contra la pared azulejada. Mi visión periférica abarcaba cada movimiento suyo. Cuando terminé toda la descarga mi verga dio unos sacudones involuntarios y permaneció erguida apuntando hacia arriba, cada vez más excitada. Juan había estado observando todo de reojo con la cabeza apenas ladeada hacia mí. Había apoyado sus manos en la cintura adquiriendo una postura viril y a la vez irresistible. Miré su pija. Él no estaba orinando y sus ojos se concentraban en su propio miembro. Entornó un poco su cabeza y sus ojos se clavaron en mi erección impúdica. Sus manos seguían en la cintura mientras los dos nos devorábamos con la mirada. No se tocó, ni siquiera se rozó, pero su verga empezó a latir y con cada latido se levantaba y se engrosaba lentamente. Eso fue maravilloso. Seguí cada paso de su magnífica erección. Poco a poco se iba alzando aunque todavía pendía hacia abajo. Entonces empezó a asomársele el glande, la piel que lo cubría se fue deslizando y las contracciones se aceleraron emprendiendo el tramo final. En pocos segundos la pija se le había duplicado en tamaño y había cobrado una longitud considerable. Por fin se detuvo, vanidosa y vibrante, en lo más alto de su recorrido, apuntando hacia el techo, con la provocadora punta totalmente descubierta y brillante.
Entonces sucedió algo que hizo abrir mis ojos como pomelos: de ese mástil gigante surgieron unos chorros entrecortados con espasmos que sacudieron todo el tronco y repercutieron en los pesados testículos. Por un momento pensé que estaba eyaculando, pero enseguida constaté que ese líquido no era semen, sino orín. Un nuevo chorro surgió, esta vez más largo, se cortó y el siguiente siguió brotando, ya sin interrupción, chocando a fuerte presión contra la pared. Lo miré orinar y eso me excitó muchísimo. Parecía una estatua salida de una fuente romana. Mientras vaciaba su vejiga, siempre sin tocarse, su verga daba sacudones espaciados, haciendo que su meada dibujara sinuosas formas en el aire. Cuando acabó, los chorros se fueron pausando nuevamente, y con las últimas gotas, la pija corcoveó un poco más tensándose hacia arriba, aún más de lo que estaba.
El juego, insostenible, debía finalizar. Mi morbo lamentó eso, pero un deseo incontenible, mucho más tangible, se hizo necesario. Y ansiando fuertemente tocar aquella cosa enorme me fui acercando a él. Fue grande mi sorpresa cuando ante mi avance él retrocedió y buscó refugiarse pegándose a la pared lindera. Con una incontrolable timidez, miró al suelo y quedó arrinconado en una esquina. Evitaba alzar los ojos, tembloroso y erecto a más no poder. Cuando estuve frente a él, lo tomé suavemente por los hombros. Lo hice con un temor muy grande por romper esa conexión delicada que habíamos logrado, por lo que mi toque fue muy superfluo, apenas un roce. Lo vi tan esquivo que me animé a hablarle. No sabía muy bien que decir, así que balbuceé:
-No, no tengas miedo de nada, nadie puede vernos. Los dos queremos lo mismo…
Juan no apartaba la vista de mi pija como si estuviera ante algo prohibido. Yo tomé su mano con la mayor suavidad posible y la conduje hacia mi entrepierna. Sus dedos, torpes, chocaron con mi glande. Yo seguía acariciando su hombro. Juan abrió un poco la mano y tímidamente me tomó la pija con una presión muy tenue. Yo abrí la boca en un gemido. Su mano tocaba lánguidamente mis huevos y acariciaba mis pelos, dejándose llevar por su escasa intuición. Aún seguía nervioso, estaba aterrado y se aferraba a la pared, como protegiendo el orgullo de su masculinidad. Mi prepucio se descorría y volvía a cubrir mi glande en cada envión de Juan. Yo acaricié uno de sus pezones casi sin tocarlo. Hice que se erizara a tal contacto. Él estaba cada vez más excitado pero todavía permanecía inmóvil y cauteloso. Yo intenté acercar mi mano a su falo duro, y como si se tratara de una mariposa que echaría a volar en cualquier momento apoyé el dorso de los dedos tenuemente en su base. El contacto fue inquietante y Juan no pudo contener un largo y hondo suspiro. Era una pija increíblemente gruesa y larga, muy firme, dura como roca, pero suave e increíblemente aterciopelada. Mis manos se animaron más luego de ese primer acercamiento y no dejaron sitio sin recorrer. Cuando bajé por debajo de los huevos, buscando su zona más mórbida, noté que enseguida cerraba las piernas, obstruyéndome el camino. Yo retrocedí y lo calmé con unas caricias en el pecho, internándome en su pelambrera dura. Sentí enseguida, maravillado, como mi mano creaba un tosco murmullo al pasar por ese enjambre de pelos.
Por fin, y venciendo su enorme pudor, tomó mi verga con ambas manos. Y entonces, para mi asombro, en un gesto decidido se abalanzó sobre ella y se la metió en la boca. Era el paso que le faltaba dar. Y él sabía que sería decisivo y sin marcha atrás. Quedó de rodillas frente a mí y empezó a chuparme desesperadamente con una fuerza increíble. No se desprendió de mi verga durante largo tiempo. Era pasmosa su manera de succionar y lamer. Yo lo acariciaba pasando mis manos por su cabello y su cara.
Por un momento se detuvo.
Se quedó sosteniendo mis bolas con las manos, inmóvil, y prestó atención a posibles ruidos externos.
- Calma, que ya no va a venir nadie - le dije en voz muy baja.
Siguió atento unos segundos y me miró. Era una mirada fija e interrogativa. Por primera vez nuestros ojos se encontraban con tanta intensidad. Él se tranquilizó en mi mirada y tomó mayor confianza.
Entonces, sin dejar de mirarme a los ojos, volvió a meter mi verga en su boca. Era inusitada su manera de engullirlo todo. Su hábil lengua no dejaba sitio sin recorrer. Yo ya estaba a punto de perder el sentido a causa de ese placer paralizante. No pude más que lanzar un gemido largo y ronco, mientras me tapaba la boca mordiendo mi mano para no hacer ruido.
Juan siguió tragándome la verga y sus manos habían subido por mi abdomen, tocándome, acariciándome y desenfocando mi razón. Cuando llegó a los pelos de mi pecho se detuvo buscando mis pezones, uno a uno los pellizcó violentamente y alternó esto con caricias más tiernas, nunca experimentadas por mí. Eso me hizo sentir la proximidad del orgasmo. El ritmo acelerado de mi respiración le indicó que debía acelerar su bombeo oral. Y eso hizo, yo gemía despacio y casi no podía parar de mover mi pelvis. Pero de pronto la magia se interrumpió.
-¡Juan!
El grito vino desde afuera, a pocos metros de la entrada al vestuario. Quedamos de una pieza y un sacudón interior nos hizo volver pronto a la realidad. El golpe de esa voz había caído como un mazazo entre los dos, y en fracciones de segundos, Juan se puso de pie y salió como disparado hacia los lockers.
-¡Aquí estoy! – contestó Juan con un grito.
Yo quedé apoyado contra la pared, con mi erección inalterable y con el pecho palpitante. Agitado y con los ojos en blanco, me quedé quieto, intentando comprender la injusta interrupción.
El compañero de Juan estaba entrando al vestuario. Instintivamente me di vuelta, y, desnudo como estaba, simulé orinar de frente a los mingitorios. Escuché que hablaban entre sí. Era algo sobre horarios y esas cosas. No escuchaba muy bien, pero me podía imaginar al pobre Juan colorado como un tomate intentando disimular su estado de excitación. Pronto las voces se hicieron más fuertes y comprendí que el hombre ese venía a orinar. Mientras seguía hablando con Juan a los gritos se situó a mi lado y bajó el cierre de su overol. Yo aún estaba con mi pija erecta e intentaba ocultarla. No lo miré, estaba un poco cohibido, incómodo por mi desnudez, pensaba que cualquier movimiento sería indicio para que él notara algo extraño, y yo no quería que sucediera algo embarazoso.
Pero algo noté.
Ya habían pasado unos minutos y él no se retiraba. El ruido de su orín contra la pared había finalizado hacía mucho. Con el rabillo del ojo intenté dilucidar algún movimiento. Cuando lo miré solapadamente, noté que el tipo tenía la mirada clavada en mis ojos, mientras que sus manos masajeaban algo bastante voluminoso allí abajo. Perturbado, volví a mirar hacia la pared ¿es que había descubierto todo? Pero no se trataba de eso, en realidad no había que ser demasiado perspicaz para darse cuenta de lo que estaba pasado allí. Volví a mirarlo. Él ahora tenía toda su atención en mi cuerpo desnudo. Era un hombre de unos cuarenta y tantos años, con espesos bigotes, alto y algo canoso. Sus ojos oscuros se clavaron de nuevo en los míos y un gesto leve de sus cejas desveló el deseo de sus pensamientos. Yo no podía creer lo que estaba ocurriendo. ¿Qué iba a pasar ahora? Juan estaba allá, seguramente esperando a que este tipo saliera de los baños, y ahora... no podía creer que este hombre... no, era demasiado para un solo día...




De pronto, su voz grave resonó en todo el vestuario, y sin dejar de mirarme, le gritó a Juan:
-¿Juan?
-¿Sí?
-Mirá, me voy a dar una ducha ahora ¿sabés?, si querés, andá nomás, yo en unos minutos estoy listo.
Estas últimas palabras las dijo mientras comenzaba a quitarse el overol, con sus ojos puestos en mí y una expresión inequívoca que me escrutaba sensualmente.
Lo vi dirigirse hacia el pasillito y allí se quitó toda la ropa. Desnudo como estaba, fue hasta las duchas y me miró significativamente de reojo. Creí ver un guiño en su mirada, pero rápidamente lo vi desaparecer en las penumbras del recinto. Pronto el ruido del agua se hizo presente. Completamente excitado por la situación me acerqué furtivo y entré. En la última ducha percibí la silueta del hombre, me miró seriamente y me hizo un gesto de invitación que me decidió a avanzar.
Abrí la ducha contigua y me puse debajo del agua. Enseguida sentí que las manos de ese hombre chocaban contra mi espalda. Me di vuelta y él me tomó en sus brazos. Nuestras bocas se juntaron y mi pija, que no había bajado un ápice, comenzó a frotarse con su instrumento duro.
Pensé en Juan, e instintivamente giré la cabeza en dirección a los lockers, pero el hombre me tomó dulcemente de la mejilla y me atrajo nuevamente hacia su boca.
Seguramente Juan ya se habría vestido y estaría afuera esperando a su compañero. El hombre, excitado y jadeante, me enjabonó todo el cuerpo y se detuvo especialmente en mis genitales. Bombeó suavemente mi tronco erecto y acarició mis bolas de manera tierna y fuerte a la vez, deteniendo la mirada sobre cada uno de mis gestos. No dejaba de besarme. Sentía que su lengua entraba cada vez en mi boca. Tenía un cuerpo muy proporcionado, y si bien no era un adonis, sus músculos estaban bien definidos. Era en su mirada donde poseía una atracción particular. Tosco, y desmañado, pero con mucho de ternura al mismo tiempo.
Le tomé la pija, que tenía más grosor que largura, y la acaricié generosamente, sintiendo su pubis cubierto de pelos en cada bombeo hasta la base. Su pija, las axilas y los bigotes, eran los únicos sitios donde sus pelos emergían desproporcionadamente a sus zonas desprovistas de vello. Me excitaba mucho eso. Él pegaba su cuerpo al mío y resbalábamos con el jabón y la espuma que la fricción producía.
Nos besábamos con mucho vigor, tanto, que una vez más había perdido la noción del sitio en que me encontraba. Supuse que a él también le pasaba lo mismo porque en ningún momento habíamos advertido que alguien más nos miraba de pie frente al umbral de las duchas.
-¿Qué pasa acá? -dijo Juan desde la puerta. Estaba en calzoncillos y tenía puesta una camisa que aún no se había terminado de abotonar.
Nos separamos atónitos. Nuestros miembros latían con toda la energía de su erección, apuntando involuntariamente hacia Juan que se había quedado mirándonos con un movimiento negativo de su cabeza. La expresión que tenía en el rostro indicaba que estaba, si no enfadado, al menos muy extrañado de lo que habíamos hecho. Por un momento la incertidumbre nos paralizó a los tres, sin saber que vendría a continuación.
Entonces, decidí acercarme a Juan. Su compañero había quedado confundido y sin reaccionar. Me detuve frente a él, pero seguía mirando fijamente a su compañero. Acerqué mi mano a la suya. Juan instintivamente evitó ese contacto. Volví a hacer el intento, dulcemente, y venciendo sus resistencias por fin pude tomarle la mano. Quería tranquilizarlo y hacerle ver que nada malo ocurría. El otro hombre observaba todo desde su rincón, estupefacto. De la mano, llevé a Juan ante su compañero. Ellos quedaron uno frente al otro, ambos expectantes, y yo tomé la camisa de Juan, se la quité y luego también le bajé el calzoncillo hasta dejarlo tan desnudo como nosotros. Me situé entre los dos hombres. Los miré. Ellos indagaron sus miradas, como si se conocieran por primera vez. Habían sido compañeros de trabajo desde hacía mucho tiempo, pero seguramente por vez primera se miraban tal cual eran. Advertí que el miembro de Juan seguía duro y erguido. Acerqué mi boca a la de él y le di un beso. Él no opuso resistencia y pronto sentimos que otra boca se nos unía tímidamente. Las lenguas de los tres libraron una batalla cada vez más violenta y las manos empezaron a moverse y deslizarse entre las formas masculinas. Fue hermoso. Más abajo de nuestros labios unidos, las tres vergas se chocaban entre sí y los cuerpos comenzaron un movimiento que permitía el contacto todo el tiempo.




Al quedar entre los dos me sentí en la gloria. Juan se arrodilló y metió otra vez mi pija en su caliente boca. Enseguida mi culo recibió unos bigotes punzantes que empezaron a rasparlo con movimientos circulares, la lengua del tipo se iba metiendo una y otra vez en mi agujero y yo me sentía enloquecer de gozo.
Era estremecedor ser chupado por ambos lados. Las lenguas de ambos se juntaban por debajo de mi entrepierna en su afán de abarcarme todo, era entonces cuando en esos encuentros se demoraban un tiempo largo degustándose entre sí. Cuando estuve a punto de descargar toda mi leche, me arrodillé junto a ellos y fui al encuentro de sus bocas. No podía dejar de besarlas y de entreverarme en sus vehementes lenguas. Metí una vez más esas jugosas vergas en mi boca y así estuve mamándolas largo rato, mirando como ellos se acariciaban y se besaban entre abrazos y gemidos. Mi cara se hundía entre sus matorrales púbicos, mojándome con su sudor y embriagándome de ellos. Pasé después a los cálidos ojetes, que se me abrieron generosos al sentir mi lengua caliente. El hombre de bigotes me tomó casi rudamente por mi culo y lo abrió en sus manos. Juan me chupaba la pija. Pero el otro se enjabonó un poco la verga y ya apoyaba su punta dura en mi agujero tembloroso. Sostuvo así una firme presión y pronto esa gruesa pija estuvo metida hasta la mitad en mi culo.
Yo aullaba de placer. La respiración de los tres se hizo una, aumentando en velocidad y profundidad. Juan metió su vara en mi boca tantas veces como ésta lo invitaba a entrar, y allí estaba yo, ensartado por atrás y por adelante, entre dos machos calientes y hambrientos de mí. El aceleramiento fue creciendo y me volví para ver como esa pija en mi culo desaparecía adentro mío.
Era extraordinario. Sentía un placer inmenso, entregado a esos dos hombres que eran dueños de mi gozo, y cuando creí que iba a perder el conocimiento, me derramé finalmente en la boca de Juan, presa del estremecimiento general de todo mi cuerpo, sintiendo como la leche salía y salía y se desbordaba por entre las comisuras de sus labios. Su compañero sacó por fin el gran tronco de mi culo y roció toda su leche sobre mis nalgas. Entonces Juan se derramó sobre mis bolas, bañándolas con su abundante y espeso líquido sin poder contener un largo gemido que retumbó en todo el recinto.
Entonces, como si se tratara de un broche de oro final, sucedió algo exquisito: los dos hombres se arrodillaron ante mí y comenzaron a lamerme todas las zonas regadas con la mezcla de nuestro semen. Locamente pensé en la lógica de la escena… finalmente esos dos expertos de la limpieza me estaban aseando con sus lamidas magistrales en una tarea digna de excelentes profesionales. Tragaron todo vestigio de esperma con un esmero delicado y cariñoso. Fueron dejando toda la zona limpia y a cada lamida iban corroborando que ningún rastro de semen quedara allí. Cada tanto sus bocas se encontraban, entonces sus labios se juntaban y las lenguas se exploraban nuevamente entre sí.
Cuando todo estuvo limpio y casi seco, se pusieron de pie y buscaron mi boca. Nos unimos en un último beso que fue pura ternura, mientras nuestros brazos atraían nuestros cuerpos calurosamente y aún las respiraciones se negaban a calmarse.
Fuimos las últimas personas en salir del club. Cuando pasamos frente al portero, los tres nos saludamos con un gesto apenas visible.
Recuerdo que minutos después, cuando estaba aún en la parada del autobús, vi a ambos alejarse por la calle apenas iluminada. Al llegar a la esquina, Juan se detuvo, se volvió y me buscó con la mirada. Alzó su mano, su compañero lo imitó, y yo les respondí el saludo. Entonces se miraron, tomándose de los hombros, y vi como se alejaban dándose un tímido beso, casi ocultos por la media luz.
Luego la oscuridad de la noche los envolvió en un segundo.

Franco – Abril 2003

domingo, 27 de abril de 2014

Domingo vintage


Brad Hutch entre las hojas

jueves, 24 de abril de 2014

Sous le ciel de Paris II


Hoy canta Yves, click en el triangulito.




























 


 





















































  


Fin