jueves, 31 de julio de 2014

El cuentito de fin de mes


El guardabosque
-Parte II-

(para leer Parte I, click aquí)

Mi regreso a Buenos Aires fue muy difícil de sobrellevar.
Lejos, muy lejos, habían quedado el sol, las montañas, el lago, la cascada, el bosque… sus sonidos, sus aires, sus olores…
Lejos, muy lejos, estaba Emanuel.
Volver a casa, a la convivencia enfermiza con mi familia, ensombreció mi vida nuevamente, y durante varios días me encerré en mi habitación, entristecido por la falta de mi adorado guardabosque.
Sin embargo yo había cambiado mucho. No era ya el oscuro adolescente inseguro de sí mismo, y en el tiempo que siguió, mi nueva personalidad – que evidenciaba a todas luces un cambio enorme – dio mucho que pensar a mi padre. Me convertí en un individuo bastante extrovertido e incluso empecé a salir y a cultivar amistades. Ese año me inscribí en un centro deportivo y empecé a practicar natación, comprobando que también me atraían otros deportes.
¿Mi padre estaba satisfecho, entonces? Claro que no, nunca lo iba a estar, como pude constatar meses después, el día en que Tío Antonio vino a visitarnos.
Tío Antonio. Ya no era indiferente para mí. Había sido el puente para llegar a Emanuel y yo no tenía más que gratitud y agradecimiento hacia él.
Mientras me miraba con todo su cariño, y ante las retahílas quejosas de papá, mi tío intentaba hacerle entrar en razón:
-Pero, hermano, si Rafael ahora es otro chico, ¿no te dije que la estadía en el sur lo cambiaría por completo?
-¿Y vos llamás a esto “cambio”? – dijo, señalándome despectivamente.
-No te entiendo...
-¿Qué es lo que no entendés, Antonio?, a su edad..., yo ya había tenido varias novias...
“A su edad, a su edad”..., estaba harto de escuchar el mismo cantito.
Furioso, me acerqué a él hasta casi chocar nuestras narices, cara a cara, y ante su asombro, le dije hastiado:
-Papá, ¿sabés una cosa? yo sólo espero que a “tu” edad ¡no me parezca en nada a vos! ¿Oíste? ¡En nada!
Él quedó mudo. Alcancé a ver de soslayo a mi tío, que sonreía disimuladamente mirando hacia abajo. Me retiré a mi cuarto dejando a todos estupefactos y recluyéndome entre mis amados libros. Pero estaba feliz: ¡por primera vez había dicho lo que sentía!
Inmediatamente se armó un escándalo de Padre y Señor nuestro, y en medio del griterío, de los improperios que rugía papá, alternados con los lamentos de mamá, sentí que tocaban a mi puerta. Era Tío Antonio, que rápidamente me entregó un sobre y me susurró en voz baja:
-Tomá. Te lo manda Emanuel.
-¡Emanuel!
-Me encargó que te lo diera en mano.
-¿Cómo está él, Tío Antonio?
-Está bien. Te extraña mucho.
-¿De veras?
-Claro que sí. Lo puedo intuir. Vos sabés que Emanuel es un tipo muy reservado, más bien parco, pero yo lo conozco bien. Creo que te tomó mucho cariño... y si no me equivoco, vos también a él ¿no es así?
-Si tan solo pudiera volver... ¡Tío, por favor, pedile a papá que me deje ir este verano!
-Haré lo posible, sobrino, pero... ya sabés como es tu padre.
-Sí, ya sé como es – dije tristemente, bajando los ojos, después sonreí mirando el sobre – Gracias, tío... no sabés lo feliz que me pone recibir esta carta.
-Ya veo, Rafael, ya veo, y me alegro mucho.
-Le había dicho a Emanuel que no me mandara cartas, por temor a que las interceptara papá. Y ahora… ¡Gracias!, no solo te agradezco esto, tío, sino también lo bueno que fuiste conmigo.
Nos abrazamos, conmovidos.
-Tengo que irme, ya hablaremos – me dijo, y salió sigilosamente de mi habitación, mientras en la sala seguían escuchándose los gritos repitiendo los mismos estribillos una y otra vez.
Pero yo ya no tenía oídos para esas vociferadas. Ni siquiera me molestaban. Ahora sólo escuchaba los latidos fuertes que mi corazón daba alborozado. Ahora sólo escuchaba el sonido de la cascada, entre los cantos de pájaros y los árboles mecidos por la brisa. Me senté en la cama con el sobre en mis manos, temblando emocionado. Abrí la carta y cuando leí el encabezamiento: “Mi querido Lobito…”, no pude contener las lágrimas.
Cuando terminé de leer, abrumado por las palabras que habían tocado mi alma, me dejé caer al piso lleno de recuerdos y vivencias. Me prometí volver en cuanto pudiera.
La relación con mi padre empeoró día tras día. Desde Neuquén, mi tío había reiterado su invitación para recibirme en su casa. Ni hablar. Obviamente, mi padre se opuso terminantemente, y al llegar el verano, no solo me prohibió viajar al sur, sino que comenzó a vigilarme como un gendarme. Mi vida, y todo lo que yo hacía, era objeto de su más encarnizado control y maltrato.
Pero yo ya no sentía odio por él. Creo que ya no sentía nada.
Pasó otro año más.
Y otro.
En todo ese tiempo no había dejado de pensar en Emanuel. Recordaba sus palabras aquel día en la cascada y las sentía con todo el peso de la razón, pero a la vez disparaban en mi interior un deseo imperioso de estar con él cuanto antes. Pero ese “cuanto antes” se postergaba insoportablemente.
Mientras tanto, yo me transformaba en un hombre, y así como mi cuerpo cambiaba y mis músculos se torneaban espléndidos gracias a la actividad deportiva, mi decisión de continuar lo interrumpido se afirmaba cada día.
Entonces, a poco tiempo de cumplir los dieciocho años, anuncié finalmente a mis padres mi decisión de ir a pasar ese verano a la casa de Tío Antonio.
-Ni pienses que te voy a comprar un pasaje para que vayas hasta allá – me dijo papá.
-No hace falta. Ahorré mi propio dinero y ya tengo mi pasaje en ómnibus. Ya arreglé todo con el tío y salgo la semana que viene.
Sí, había cambiado, ya no me amedrentaba sostener mi posición. No me daba miedo enfrentar el duro talante de papá. Ya no temía nada. Pese a las densas discusiones familiares, mi padre no pudo impedir que emprendiera el largo viaje hasta la provincia de Neuquén. Lejos de sufrir esas veintidós horas de trayecto, yo estaba tan contento que me parecía ir transportado en nubes celestiales.
Cuando me encontré con Tío Antonio en la estación terminal de ómnibus lo abracé fuertemente y empecé a hablar como un loro, abrumándolo con mis risas, mis preguntas y mis historias, que, de pronto, parecían miles. Me sentía feliz. Él me palmeó en los hombros y se emocionó tanto al verme así, que en todo el transcurso a la casa permaneció callado y sonriente, dejando que yo descargara mi alegre verborrea durante todo el camino.
Yo saltaba de excitación al saber que iba a ver a Emanuel. Sin embargo tenía vergüenza y hasta cierto temor de preguntar por él. Cuando llegamos a la casa busqué nerviosamente la estampa de mi querido guardabosque. Pero no estaba allí. Tío Antonio me miró inclinando la cabeza con una sonrisa cómplice dibujada en sus labios. Pero también se dio cuenta de mi angustia al no verlo y se apresuró a decirme:
-¿Buscás a Emanuel?
Asentí con la cabeza, con un resto de la timidez de otra época.
-Rafael, él no está aquí- me dijo, un poco más serio.
Sentí un frío horrible dentro de mí.
-Tío Antonio, Emanuel…
-Emanuel está en Junín de los Andes.
-¿Entonces, no podré verlo? – pregunté torpemente, intentando tímidamente no delatar mi ansiedad.
-No, Rafael.
-Pero... ¿Sigue trabajando con vos?
-Sí, claro – sonrió, al ver que el alma me volvía al cuerpo – pero tenía que atender cosas urgentes. Entre otras cosas, pudo volver a ver a su hijo, ¿sabías?
-¡Qué bien! Pero entonces... ¿Sigue viviendo aquí?
-Sí, tranquilizate, Rafaelito. Emanuel va a volver mañana. Pero él…
-¿Pero él, qué? – dije, apenas conteniendo mi euforia.
-No sabe que estás acá, cuando vos llamaste para decirme que venías, él ya se había ido a visitar a su hijo.
-¿No sabe nada? ¡Entonces será una sorpresa!
-De eso estoy seguro, sobrino.
-¿Por qué lo decís?
-No seas estúpido – me miró con sorna – después de todo este tiempo…
-Claro, tío... pasaron tres años ¿Vos pensás que después de tanto tiempo se alegrará de verme?
-Sí, definitivamente, estás más estúpido de lo que eras antes.
-¡Te hablo en serio, tío, no te rías!
Mi tío me miró de una forma muy especial, y entrando a la casa, exclamó:
-¿Que si se alegrará de verte? ¿De veras no lo sabés? ¿Qué dice tu corazón, Rafael?
Quedé sin habla. ¡Vaya con el Tío Antonio!
Apenas pude conciliar el sueño esa noche, a pesar de estar agotado por tan largo viaje.
Ni bien el sol entró en mi habitación salí disparado de la cama y corrí escaleras abajo justo en el momento que Romualdo anunciaba a mi tío que Emanuel lo esperaba en el jardín.
¡Emanuel aquí!
¡Emanuel!
¡Por fin lo vería otra vez!



Yo estaba tan exaltado que dejé que saliera primero mi tío a su encuentro. Me quedé en el recibidor, intentando poner en orden mi compostura. El corazón se me salía por la boca y apenas podía respirar. Miré por la ventana. Ahí estaba, hermoso, montando su caballo. Tocó el ala de su sombrero -como siempre- en respuesta al saludo de mi Tío y ambos empezaron a hablar. Estaban a unos treinta metros, cerca del cantero de rosas. Cuando sentí que por fin iba a estar sereno como para decir sin tartamudear un “hola, Emanuel”, salí de la casa deteniéndome todavía en el umbral.
Entonces, Emanuel giró su cabeza distraídamente y sus ojos me descubrieron.
Le sonreí, sin atinar a moverme ni decir nada. Él hizo un gesto entre extrañeza y asombro, evidentemente Tío Antonio se había reservado la noticia. Mi guardabosque juntó las cejas, sacudió la cabeza y parpadeó varias veces como para corroborar que sus ojos no lo estaban engañando. Mi Tío, con una carcajada le dijo:
-¡Sí, es él...! ¿Qué esperás para darle un abrazo?
-¿Lobito? – murmuró apenas, incrédulo, aún inmóvil. Yo no lo escuché, pero leí sus labios al pronunciar cada sílaba.
Sonriendo, levanté mi mano. Emanuel apenas pudo coordinar sus movimientos para desensillar y correr hacia mí sin poder dar crédito de lo que veía. Me miró sonriendo de oreja a oreja... y por fin me abrazó contra su pecho.
Su abrazo.
El instante fue mágico.
Sentí su risa mientras me aprisionaba entre los brazos. ¡Su abrazo, tantas veces ansiado, tan deseado, tan rotundo!
-¡Vos aquí!
-Sí, estoy aquí – balbuceé entre risas nerviosas.
-¡Pero estás hecho un hombre! – me dijo pasando toscamente la mano por mi barba de dos días y mirándome de pies a cabeza.
-Vos también creciste – bromeé, tirándole de la barba, que estaba ahora más larga.
-¡Lobito..., estás enorme..., tan alto como yo...! ¡y mirá esos músculos...!
Nos quedamos un rato mirándonos, sonriendo estúpidamente, volviendo a reír fuertemente, sin poder decir nada y casi a punto de soltar nuestras lágrimas.
Emanuel recordó entonces que no estábamos solos, y volviéndose a su patrón le dijo:
-Don Antonio, perdóneme…, le decía, acerca de su encargo, que hoy pensaba ir al pueblo para...
-No, Emanuel... hoy tomate el día libre. Además..., creo que tenés que atender al amigo que te vino a visitar – dijo, guiñándome un ojo.
Emanuel asintió, saludó a mi tío con la mano en su sombrero, y luego se volvió hacia mí sin poder contener la sonrisa. Me hizo un guiño y con la mano hizo un gesto para decirme que me fuera con él. Corrí hasta el caballo, Emanuel montó, yo me subí detrás de él,  y salimos a todo galope en dirección al bosque.
-¿Adónde querés ir?
-Con vos... ¡adonde digas, Emanuel...!
-Entonces...
Y rumbeó en dirección a la cascada.
La cascada. Obviamente yo sabía que él se dirigiría hacia allí sin que yo le dijese nada.
A medida que nos internábamos cada vez más en la espesura, mi pecho vibraba entre los oleajes de variados sentimientos, invadido por aquel añorado y fresco aire del sur. Cerré los ojos al apoyar la cara sobre los hombros de mi guardabosque. Dejé que me invadiera su olor, tan añorado, y rodeándolo con mis brazos me sujeté a él dejando que su calor se mezclara sobre el mío. Él reía y lanzaba, a los gritos, azuces salvajes al caballo. Pronto llegamos al lugar. Estaba tal como lo había recordado en repetidos sueños.
-¡Lobito...! ¿De verdad estás acá? – me dijo tiernamente, aún incrédulo. Y nos fundimos en un nuevo abrazo. Me sentía raro por tener su misma altura. Nuestras caras se rozaron y sentí su barba confundirse con la mía. Me tomó la cabeza y me miró profundamente a los ojos. Era como retomar todo exactamente en el mismo lugar donde habíamos empezado.
-Estás tan cambiado... sin embargo, ¡sos vos...! tu mirada es la misma, tus mismos gestos...
-Emanuel... te eché mucho de menos...
-Yo también, amigo... – me dijo bajando un poco la mirada, deteniéndose justo en la abertura de mi camisa.
-¿Qué mirás? – pregunté riendo.
-¿No te lo dije hace tres años? ¡Parece que ahora tenés más pelos que yo...! ¿Cuándo te salió toda esa pelambrera?
Yo reí de buena gana. Era verdad, mi pecho se había poblado de pelos oscuros.
-¿Querés verlos mejor?
-Lobito, sabés que sí – contestó poniéndose más serio y comiéndome con la mirada.
Me quité rápidamente la camisa y le mostré mi pecho desnudo dejando mis manos apoyadas en la cintura.
-Tendría que haberte jugado una apuesta cuando no dabas crédito a mis predicciones. Ya ves que tenía razón – rió – pero... Lobito, cómo creciste, ¿estuviste nadando vos?
-Sí. Desde que vos me enseñaste, me encanta nadar.
Él se emocionó un poco, sin dejar de observarme. Extendí un brazo y lo flexioné para mostrarle, alardeando, mis definidos bíceps. Viendo su asombro le dije, poniendo una voz grave:
-¡Pero tocá, tocá sin miedo...!
-¿A ver? Pero Lobito, tenés un cuerpo de atleta – dijo palpando mi brazo – Ahora me va a dar vergüenza sacarme la ropa ante vos.
-¡No lo dirás en serio! – dije riéndome.
-No, bobo – sonrió con una expresión muy sensual, comenzando a desabrocharse la camisa a cuadros.
-¿Estará muy fría el agua?
-Siempre fuiste un mariquita con el agua, ¿por qué no te dejás de joder y te metés de una vez como todo un hombre?
-¿Qué dijiste?– dije, circunspecto, fingiendo enojo.
-Mariquita – rió.
-¿Mariquita yo?
-Sí, vos – contestó entre carcajadas, dejando caer su camisa sobre la hierba y mostrándome su hermoso torso desnudo.
Tragué en seco, inmovilizado por un instante ante la espléndida visión.
-¡Eh, vos! ¡Mariquita! – volvió a decirme con voz más fuerte.
Entonces me abalancé sobre él y lo derribé vociferando en cómica imitación de grito guerrero. Él no podía parar de reír, mientras yo intentaba inmovilizarlo entre mis brazos y mis piernas.
-¡Ah..., Lobito... con esos musculitos de novato, no creas que vas a poder conmigo...!
-¡Vas a tragarte tus propias palabras!
-¡Quisiera ver que lo intentes!


Y nos enroscamos entre carcajadas y manotazos inofensivos, jugando a los luchadores y ensayando tomas ridículas. Sin darnos cuenta estábamos chocando en un reencuentro cuerpo a cuerpo tocándonos, frotando nuestros pechos, entrelazando nuestras manos, forzando abrazos frontales o jalándonos desde las espaldas..., forcejeábamos a brazo partido, resistiendo como rudos contrincantes, descostillándonos de risa, hasta que él, debilitado por las risotadas, quedó medio inmóvil entre mi brazo y una tijera que le estaba haciendo con mis piernas a la altura de los muslos.
-¿Te rendís?
-¡No! – me decía entre carcajeos. Apreté con más fuerzas mis muslos sobre los suyos.
-¿Y ahora? ¿Te rendís?
-No, no, no… ¡mariquita!
Entonces con la mano libre, aproveché para tirar hacia abajo su pantalón. Él simuló resistirse, pero en realidad subió su pelvis para favorecer que la prenda se bajara hasta sus piernas, gritando y doblado por la risa. Debajo llevaba un slip que ya se había bajado un poco, mostrándome el comienzo de sus vellos y el bulto que se movía para todos lados.
-¿No te rendís todavía?
-¡Traición! ¡En pelotas no vale!
-Ya veremos.
Mi corazón saltó, me excité de inmediato y quise ver más. Entonces lo miré a los ojos y con un rápido movimiento, tomé su slip y lo bajé junto con sus pantalones. Su verga estaba medio dura ya. ¡Qué cosa hermosa! Ahí estaba, de nuevo ante mis ojos, grande, palpitante, sacudida por tantos movimientos y sobadas, asomando entre el precioso matorral de pelos claros. Qué delicia.
-¡Traidor! – repetía, y pretendió resistir una y otra vez aunque inútilmente. Intentaba zafarse haciendo fuerza con sus muslos y elevando la cadera: lo único que conseguía era poner sus magníficas bolas bien cerca de mi cara. Devorando todo con mi vista, terminé de arrancarle el resto de la ropa, cosa que me costó no poco trabajo mientras él se movía, me insultaba, y reía sin parar.



Lo tomé por el torso, haciéndole cosquillas lo fui empujando hasta la orilla... y venciendo sus últimos atisbos de resistencia lo enganché con un brazo por entre las  piernas, chocando contra sus suaves testículos. Cuando se sintió dominado, lloriqueó, finalmente:
-¡No! ¡Al agua, no!
-¿Quién es el mariquita ahora?
Pero no pudo gruñir mucho más porque enseguida lo alcé en vilo y lo arrojé a la olla de un solo envión.
-¡Te vencí! – grité triunfante alzando los brazos, viéndolo desaparecer bajo el agua. Al salir a la superficie tomó una bocanada de aire agitadamente, dominado aún por la risa. Entonces me quité lo que me quedaba de ropa. Cuando finalmente estuve desnudo, me quedé un momento parado en la orilla. Emanuel me miraba con atención y enseguida detuvo sus ojos sobre mi erección victoriosa. Dejó de reírse y me hizo una seña para que me reuniera con él.


Me trepé a la roca más alta y me tiré desde allí, zambulléndome en un clavado perfecto, quería impresionarlo ¡y vaya si lo hice! Buceé hasta donde estaba Emanuel esperándome y emergí justo frente a su cara. Nos miramos otra vez, jadeantes y emocionados, y Emanuel me abrazó atrayéndome a sí con una ternura infinita.
-¡Sí! ¡Estás aquí! – me dijo a media voz.
Nadamos durante un largo rato, jugando como antaño, riendo, persiguiéndonos y abrazándonos continuamente.
Cuando por fin salimos del agua, nos tumbamos en el pasto fresco. Yo estaba temblando, después de todo no estaba habituado a esas temperaturas, tan distintas a las de la ciudad. Emanuel me cubrió con su camisa y se puso a mi lado, pasando un brazo por mis hombros. Nuestras vergas, duras y erguidas como palos, vibraban con cada movimiento.
-Hasta la pija te creció, Lobito... ¡qué palo!
-Mirá quién habla ¿En serio te parece que está más grande? – dije abriéndome de piernas.
-¡Está enorme! Con ese aparato, debés ser el sueño de todas tus amigas. Supongo que ya tenés novia ¿no?
-No – dije mirando hacia la cascada, algo cortado.
-Pero seguramente ya debutaste...
-Ehhh…
-¿Tampoco?
-No, no debuté.
-¿No? ¿Me estás jodiendo?
-No, tonto – dije un poco más serio – yo no bromeo con esas cosas.
-Está bien, está bien..., es que con lo lindo que sos, me cuesta creer que...
-¿Te parezco lindo, Emanuel?
Entonces me sonrió juntando los labios, con un gesto que los curvaba hacia un lado. La respuesta demoró unos segundos, luego de un largo suspiro:
-Sos… hermoso.
Nos quedamos un rato mirando la caída de agua, que parecía feliz de vernos juntos de nuevo.
-¿Te acordás cuando estuvimos por primera vez en este mismo lugar hace tres años?
-Tres años... claro que lo recuerdo...
-Yo tenía quince años...
-Sí – balbuceó Emanuel, que me estaba quitando un mechón de pelo mojado de la frente.
-Ahora tengo dieciocho – dije, resuelto – y puedo asegurarte que desde entonces quise reservar mi primera vez para que cuando se diera, fuera algo realmente muy especial.
Emanuel me miraba muy atentamente, serio, en un mar de pensamientos ocultos a mí.
-Tengo mucho que agradecerte, Emanuel.
-¿Qué decís, Lobito?
-Digo eso, nada más. Y vos sabés por qué.
Emanuel pareció agitarse. Hizo un leve silencio. Luego se incorporó y tomó nuestras ropas.
-Vamos. Aquí está haciendo frío. ¿Desayunaste?
-No.
-Entonces tomemos algo caliente en mi cabaña.
Nos vestimos algo ensimismados y montamos en el caballo. Fuimos despacio, aunque nuestros corazones latían raudamente. No hablamos en todo el corto trayecto, y cuando llegamos a la cabaña, él fue a preparar café y tostadas. Nos sentamos en el viejo sofá, frente a la ventana que dejaba entrar el bosque a la habitación. Nuestras ropas estaban algo húmedas por haberlas vestido sobre la piel empapada. Cuando terminamos el breve desayuno, me levanté y le dije:
-Mejor quitémonos esta ropa húmeda – y me desvestí lentamente.
Él me miraba fijamente sin perder ni uno solo de mis movimientos. Desnudo, me acerqué y le quité las botas. Cuando fui a desabrocharle los botones de la camisa él me tomó de la muñeca y me dijo en tono muy quedo:
-Entonces, Lobito...  ¿para quién reservabas esa primera vez...?


Me senté a su lado y lo miré de una manera tan clara y tan directa que él comprendió la respuesta, esa respuesta que ya sabía desde hacía tiempo. Entonces me tomó dulcemente por la barbilla y acercó su boca a la mía. Emanuel me  besó y yo me estremecí creyendo estar en el cielo. Pero no sabía que hacer y me quedé inmóvil. Fue cuando sentí la punta de su lengua que acariciaba tenuemente mis comisuras como pidiendo permiso para entrar. Yo entreabrí levemente mis labios y él me invadió con una suavidad que a la vez contenía la decidida afirmación de su virilidad. Me abandoné por completo a él y sus brazos me rodearon atrayéndome a su caliente cuerpo. Bajó su mano y atrapó mi poderosa erección. Lancé un gemido tan fuerte que lo hizo retroceder. Me indagó con los ojos por un minuto y sonrió comprendiendo que si él me seguía tocando así, mi verga se descargaría en cualquier momento.
-¿Estás bien, Lobito?
-Sí, Emanuel... pero mirá como estoy... tengo tanta excitación que...
-Sí, sí... entiendo... pero no tengas miedo, iremos despacio... además, tenemos todo el tiempo del mundo. Todas las horas son nuestras ahora.
-No sé muy bien que hacer... me siento muy torpe – dije sonriendo con vergüenza.
-Yo tampoco sabía qué hacer cuando fue mi primera vez. Confiá en mí, no te preocupes, yo puedo guiarte, ¿querés?
¿Que si quería? ¡Había esperado tres largos años por ese momento! No tuve que responderle, él supo inmediatamente que yo me entregaba a él como amante y como aprendiz al mismo tiempo. Seguía siendo mi maestro, como antes.


Entonces se desabrochó la camisa, quitándosela sensualmente. Observé su hermoso pecho, ¡lo conocía tan bien! y sin embargo, en ese momento era como descubrirlo por primera vez. Terminó de desnudarse por completo y los dos caímos sobre la rústica alfombra del piso. Miré su verga esplendorosa. La luz de la mañana la hacía brillar en toda su dureza. Oscilaba en alto, rígida y venosa. Él me guió la mano y yo la tomé en medio de una sensación de nerviosismo absoluto.
-Tranquilo... – me dijo suavemente, besándome continuamente y agarrando mi sexo.
-Emanuel, Emanuel…
-¿Te gusta mi pija? Mirá cómo se puso por vos…
-La soñé tanto en estos años.
-Yo también soñé con vos, y estás aquí... estás aquí, Lobito.
-No sé cómo tocarte…
-Shh…, no te preocupes, solo hacé conmigo todo lo que yo haga con vos.
Él llevó sus manos a mis bolas y empezó a tocar la periferia de mis pelos con una lentitud enloquecedora, sintiendo a pleno cada registro táctil recibido.
-Que hermosas son, Lobito. Qué grandes y qué suaves. Y qué peludas las tenés ahora – me dijo sonriendo.
Yo intentaba reproducir sobre él lo que sus manos hacían conmigo, hundiendo mis dedos en su piel tersa y velluda sin poder creer que estaba tocando la parte más íntima del hombre que más deseaba en el mundo. Lentamente, sus dedos pasaron por cada pliegue de mis testículos, acariciando dulcemente toda la zona.
-Abrí bien las piernas – me dijo.
-¿Así?
-Así.
Yo obedecía, claro, siguiendo en sensual canon todos sus movimientos. Entonces sus dedos avanzaron un poco más allá y recorrieron suavemente mi perineo. Yo le devolvía la caricia.
-¿Sentís?
-Sí... – suspiré.
-Esta es una zona tan sensible como deliciosa, Lobito. Y más allá...
-¿Más allá…?
-Más allá empieza a sentirse la puerta de tu interior ¿sentís? Sólo hay que seguir el caminito de pelos... – me decía en el oído, mientras llegaba al esfínter. Hizo círculos alrededor de él y yo hacía lo mismo en su ano, velludo a más no poder.
-¿Lo hago bien?
-Sí, Lobito... te siento… perfectamente. Lo estás haciendo muy bien. Ahora, presioná más... así, así... estoy abriéndome para vos ¿sentís?
-¡Ah!, es increíble... – dije, sintiendo como el anillo alrededor de mis dedos se dilataba emergiendo hacia afuera, mientras frotaba el hueco distendido y caliente.
-Ahora: así… – me dijo, y metió apenas un poco el dedo en mi culo.
-¿Así? – dije, repitiendo el movimiento y también jadeando por el placer que él me daba.
-Sí... así... muy bien... perfecto. Ahora masajealo en círculos – decía entre estertores cada vez más suspirados, mientras él me enseñaba todo sobre mi propia abertura.
Con dos dedos estiró los bordes de mi ano y me lo abrió mientras su lengua lamía el lóbulo de mi oreja. Mi verga dio un salto y de ella salió un goteo que bañó todo el tronco. Su lengua, luego de lamer mi oído, siguió deslizándose por mi barba hasta llegar de nuevo a mi boca. Nos besamos apasionadamente, con las manos muy ocupadas en estimular nuestros culos abiertos. Emanuel me tomó los testículos con una mano y con la otra me descorrió el prepucio. Yo lo imité, sumiso como el mejor aprendiz.
-Qué hermoso, Lobito..., ahora..., tocame..., así – dijo, y empezó a rozar en círculos mi resbaloso glande.
-¿Así?
-Sí, mi vida..., así... así... muy bien... – me decía entre jadeos alternados con besos en la boca.
-Qué grande es tu pija, Emanuel... y qué dura está...
-Es tuya, Lobito... – me dijo, mientras suavemente corría y descorría mi prepucio sobre el masajeado glande – ahora... voy a probar tu verga.
Se inclinó, recostándose sobre su flanco izquierdo, y abrió la boca engullendo mi miembro.
-¡Ah, Emanuel!, despacio, porque te juro que me vas a hacer acabar en este momento...
-No importa, Lobito, si acabás, tenemos todo el día para volver a empezar – me contestó, ofreciéndome su peluda pelvis. Yo me recosté también y mientras él seguía chupándome me metí su enorme aparato dentro de la boca.
¡Qué turbadoras emociones! Emanuel me succionaba de una manera sorprendente: sorbió, chupó y lamió desde el perineo hasta la punta misma de mi pene agradecido. Yo intentaba imitarlo en todo, pero apenas podía meter toda esa dureza en mi boca. Así y todo me dejaba llevar por el apetito que me despertaba semejante manjar. Jugué con su glande, descorriendo una y otra vez la piel generosa que envolvía todo su pene, con sus bolas, con la piel velluda de su escroto, sentí claramente en mi lengua las venas de su tronco, lamí ávidamente cada rincón de sus ingles pobladas de pelos y hurgueteé como una serpiente entre los vellos frondosos de su pubis y ombligo.
Él subió un poco, avanzando por mi pecho, y atrapó uno de mis rosados pezones con su boca. Nuestra posición simétrica nos favoreció y pude hacer lo mismo con él. La bocas degustaron libremente los botones excitados de nuestros pechos. Su mano acariciaba mi pezón libre, metiéndose entre los pelos de mis pectorales. Y las bocas, nunca saciadas, subieron un poco más hasta encontrarse en un enésimo beso, esta vez más prolongado que los otros. Nos incorporamos y nos abrazamos con ardor. Las erecciones chocaron mutuamente, iniciando una loca competición de durezas.


Maravillado por la visión de su pecho, mis manos se abalanzaron rápida pero delicadamente sobre ambos pezones. Empecé a tocarlos, a jugar con ellos, de tal manera, que pude notar enseguida como esto ponía en éxtasis total a mi guardabosque. Sus tetillas, bajo mis manos, cobraron una turgencia firme y se pusieron erectas inmediatamente. Con mis dedos las estiré, las pellizqué, y experimenté miles formas de tratos, siempre atento a lo que ese contacto producía en Emanuel. Más abajo, su sexo enloquecía, durísimo, destilando gota tras gota y tensando repetidamente sus testículos. Los dedos dejaron paso a mi boca, hambrienta de esas puntas rojas. Las chupé con vehemencia, preso de ellas, pero a la vez, sintiéndome soberano total sobre el placer de mi amante. Él se sacudía en espasmos de goce, nombrándome repetidamente, atrayéndome hacia él, hundiendo sus yemas en mi espalda, en mi cuello, en mi cabeza.
Por un momento lo miré, conmovido, mientras Emanuel, con el pecho agitado, parecía estar fuera de sí. Me tomó la cara con sus manos y otro beso en la boca habló sin palabras de lo bien que estábamos uno con el otro.
Entonces él me tomó delicadamente por el torso y me acomodó dejando que mi espalda descansara en el sofá. Alzó mis muslos y los abrió apartándolos. Quedé expectante, con mi ano abierto y a merced de su aliento caliente. Intuí lo que venía y con las manos me abrí bien las nalgas. Emanuel acercó su boca y me besó el agujero con una delicadeza embriagadora. Su lengua empezó a trabajar en toda la zona haciéndome vibrar. Él me mantenía las piernas bien abiertas sin dejar que yo tuviera que hacer ningún esfuerzo.
Después yo quise probar lo mismo y él me entendió. Me bajé al piso y suavemente situé a Emanuel boca abajo sobre el borde del sofá. Su culo blanco nunca había estado tan cerca de mi cara. Lo tomé entre las manos sintiendo como él suspiraba entre jadeos, y lo abrí bien, enloquecido de curiosidad. Su ano custodiado de finísimos vellos se expandió enseguida develándome su rojo interior. No pude aguantar más, me acerqué y empecé a frotar mi lengua en la exquisita y delicada piel.
-Lobito... así, así... sí... sos un amante increíble... besame, besame todo el culo, por favor... sí... así...- exclamaba entre gemidos.
Estiré una mano y alcancé su formidable hombría endurecida. Con movimientos despaciosos lo masturbé cuidadosamente. Emanuel estaba en pleno éxtasis de placer y yo no me saciaba nunca de su zona más íntima.


-Quiero sentir tu pija, Lobito – imploró Emanuel.
Dirigí mi verga, a punto de explotar, hacia el ano abiertísimo de mi guardabosque, apoyando la punta de mi glande suavemente entre los pliegues de su cueva caliente. Con la mano ayudé a que mi miembro se frotara entre sus nalgas en una frenética caricia que lo volvió loco. Así estuve, haciéndole desear mi palo, durante bastante tiempo, pero también me demoraba porque lo que sentía era verdaderamente sublime y quería prolongarlo lo más posible. Sobre mi verga sentía la acción de su calor, ese rozar de pelos, formas y texturas, y hubiera seguido así por horas, a no ser por el empujón que sentí en un momento en el que Emanuel aprovechó la proximidad de mi punta para atraparla con su palpitante esfínter. Mi verga quedó sumergida a medias provocándome una vibración indecible. Sentí su calor ardiente, la humedad de mi propia saliva, y un gozo infinito y nuevo.
-Más, Lobito, entrá más... te quiero todo dentro de mí.
Lo sostuve por el pecho y los pezones, empujando suavemente hacia delante. Su hoyo estaba muy abierto, y gracias a la lubricación que le había dado mi lengua, mi sexo entró cuan largo era hasta que mis pelotas chocaron contra él.
-¡Ah! ¡Cuánto deseaba sentirte así! – gritó Emanuel, jadeante.
Comencé a cabalgarlo mientras él se aferraba fuertemente al respaldar del sofá, abriendo sus muslos a más no poder. Entraba y salía con toda facilidad y la sensación era maravillosa. Después cambiamos de posición: él me acomodó y quedé acostado sobre la alfombra. Enseguida se sentó a horcajadas sobre mi erección que apuntaba hacia el techo. Ahora era él que se movía..., fue acelerando sus movimientos de manera enfervorizada y yo tenía frente a mí su enorme verga que a cada envión golpeaba fuertemente mi pecho con todo el peso de su rigidez. Eso me enloquecía, la tomé entre mis manos y la bombeé con toda dedicación, entrelazando mi otra mano entre las profundidades de su vello púbico para aferrar su palo desde la base.
No podría expresar lo que entonces experimentaba mi interior. Era mi primera vez y no me había reservado en vano: pues la magnitud de cada sensación me decía que lo que estábamos haciendo era más importante de lo que había imaginado. Emanuel y yo íbamos llegando al borde del orgasmo. Entonces él se detuvo y me abrazó en medio de la acalorada agitación. Me dijo dulcemente al oído:
-No quiero acabar todavía, Lobito... descansemos un poco, quiero que tu primera vez sea interminable.
Lo dijo de una manera tan adorable que no pude menos que abrazarlo tiernamente. Sentía nuevamente su seguridad y su cuidado. Junté mis labios a los suyos, agradecido.
-¿Voy bien? – pregunté.
-Claro que vas bien, muy bien – me dijo sonriendo y acariciando mis mejillas – Lobito, sos tan buen amante…, y yo que creía que iba a enseñarte, ¡qué iluso!
-¿Lo decís en serio? – dije besándolo en el cuello repetidas veces.
-Sí – y sus ojos profundos se instalaron en mis pupilas.
Emanuel me acarició con una dulzura profunda y dedicada. Sus manos me recorrieron por completo sin dejar ninguna zona ajena a su reconocimiento táctil. Y a la vez, devoraba con la vista cada región donde su mano se posaba, jugaba o exploraba. Estiré mi mano y agarré fuertemente sus tetillas otra vez. Él se arqueó cerrando los ojos y repitiendo mi nombre:
-Rafael...
-Es tan raro escuchar mi nombre en tu voz... – le dije bajando mis manos hasta su pubis.
-Es cierto, creo que nunca te llamé por tu nombre ¿Preferís que te diga Lobito? – me preguntó exhalando las palabras dentro de mi boca entreabierta.
-No importa como me llames, a tu lado siempre soy yo mismo – contesté.
Pude percibir cómo sus ojos se llenaban de lágrimas. La ternura que sentí entonces fue infinita.
Su miembro ávido buscó el calor de mis manos, que se aferraron a él fervientemente. Emanuel movía su pelvis y él mismo se masturbaba lentamente en la cavidad de mi mano. Con su boca me besaba el cuello, y después su lengua fue lamiendo y descendiendo por mi pecho. Cuando estaba cerca de mi verga, se quedó mirándola, atónito. Jugó con mi prepucio, con la escurridiza piel de mis bolas y sostuvo mi erección por la base dejando mi pene en alto como un mástil de bandera, entonces cruzando sus ojos con los míos volvió a tragarme de un solo bocado. Me sorprendió ver desaparecer toda mi pija dentro de su boca otra vez, sin saber cómo esa delicada cavidad albergaba tan largo falo. Se encargó de darme placer de una manera extraordinaria.
-No puedo creer que me hagas sentir tanto placer, Emanuel.
-Es que tu placer también es el mío – me repetía, mientras volvía a besarme por todo el cuerpo.
-¿Emanuel?
-¿Qué?
-Me gustaría mucho que me penetraras – susurré tímidamente.
-¡Lobito! ¿Estás seguro? Vamos a tener mucho tiempo para eso...
-Por favor, Emanuel... mirá como estoy... – y conduje su mano hasta mi culo abierto. Él tomó una bocanada de aire al tocar mi caliente ano que estaba totalmente distendido y anhelante.
-¡Estás tan abierto! Pero... no tenés que hacerlo la primera vez, Lobito...
-Es que lo deseo mucho... y si no sos vos, nadie va a entrar ahí...
Emanuel me sonrió enteramente conmovido y fue directamente a besar mi culo. Lo abrió bien y estuvo mucho tiempo dilantándolo más y más con su lengua, metiendo uno a uno los dedos..., y finalmente, fue hasta el baño y trajo un gel con el que me untó cuidadosamente. El contacto frío me estremeció y alivió a la vez, pero enseguida, y gracias al constante frotar de sus dedos alrededor de mi dilatado esfínter, todo el sector volvió a arder en pocos segundos. Deseé con pasión su verga dentro de mí. Podía verla, mientras él seguía jugando con sus dedos, levantada como un árbol, latente, brillante, preparada y ansiosa para la acción.
Me depositó pacientemente sobre mi flanco izquierdo, plegando y abriendo mis muslos, y se puso detrás de mí.
-Así, de costado, te va a molestar menos y va a ser más fácil. Si te duele, por favor, decímelo.


Respiré hondo, con una extraña mezcla de excitación y temor. Sentí su glande apoyarse entre mis nalgas. El contacto, delicioso, cortó mi aliento. Su boca me besaba la nuca mientras su lengua zigzagueaba jugando y lamiendo. Afirmaba mis dos glúteos en cada mano y los separaba suavemente, en tanto que con la pelvis avanzaba casi imperceptiblemente. Este movimiento hacía que su verga acariciara en un constante vaivén toda mi retaguardia. Él se encargaba de frotar su sexo por mi agujero, bajando y subiendo, rozando mis bolas e incluso llegando a mi propio miembro. El contacto con el gel, hacía que su rigidez se deslizase magníficamente, volviendo a instalar una y otra vez su punta en la cavidad de mi ano. En cada vuelta, su verga se introducía más y más en mi abertura dilatada. Emanuel me daba una infinita seguridad, como siempre, mi temor se disipaba en sus brazos y mi entrega – lejana completamente a cualquier temor de dolor – se hacía total y absoluta. Así estuvo largo tiempo, tanto que perdí la noción de todo, lo único que quería era sentir esa monumental pija dentro de mí. Y cuando quise reparar en ello, su sexo ya se había metido hasta la mitad.
-¿Estás bien? – me decía acariciándome por completo.
-Sí, Emanuel... no te detengas, por lo que más quieras...
-Estoy dentro tuyo, lindo, estoy a mitad de camino... ¿te duele?
-No, no..., no me duele nada... – y mientras le contestaba, yo mismo me iba ensartando en esa carne de hierro, mordiéndome el labio de puro placer.
Cuando Emanuel avanzó otro poco sentí un latigazo de dolor, pero mi deseo podía más y mi ano se iba adaptando al grosor que lo invadía. Cada uno de sus movimientos era milimétricamente suministrado, a fin de que yo no sufriera la más mínima molestia. Lentamente, muy lentamente, su verga se iba metiendo en mí sin haber perdido ni una coma de su tamaño, entonces, finalmente me dijo:
-Ya está, Lobito... está toda adentro.
-¿Toda?
Y en vez de contestarme, tomó mi mano y la guió hacia abajo hasta hacerme sentir al tacto como sus pelotas se unían a la puerta de mi ano, lubricado y abierto al máximo. Empezamos a movernos casi involuntariamente, y él me sostenía guardián, rodeándome con sus vigorosos brazos. Sentía su barba en mi cuello, hombros y nuca, sus dedos merodear por entre mis vellos, sus muslos junto a los míos, y todo el calor de su cuerpo abrasando el mío.
Entonces volé con él. Los dos nos perdimos en ese acelerar de movimientos, jadeantes, agitados y sudorosos. Después él me cambió de posición: yo quedé acostado boca abajo y me cubrió con su cuerpo. Su miembro entraba íntegro y el placer que estaba sintiendo era indescriptible. Sabíamos que se acercaba el fin como si en esa unión fuéramos una sola persona. Sus gemidos se amoldaron a los míos y me gritó entrecortadamente:
-¿Estás listo?
-Sí...
-Yo también – me dijo.
Entonces, me asió vigorosamente la cabeza y su verga avanzó en un súbito y apasionado envión chocando contra mis paredes internas para quedarse momentáneamente allí. Sentí su vibración y su grito de placer máximo y supe que se estaba derramando dentro de mí. Un súbito calor invadió mis entrañas. Inmediatamente, y sin poder manejarlo, todo mi sexo tembló en un maravilloso espasmo.
Me aferré al cuello de Emanuel porque tuve la sensación de que el orgasmo iba a desintegrarme. Es que no sentía mi cuerpo como un todo, sino como una parte sublimada en comunión con el suyo.


Mi semen salió disparado en dos o tres chorros bien espesos. Grité involuntariamente mezclando mi aliento con el suyo. Él me aferró desesperado y me besó. Jamás había sido besado de esa manera y con ese beso, me sentí más hombre que nunca. Sí, el niño, el adolescente, había desaparecido definitivamente.
Finalmente caímos de espaldas abandonando nuestro peso sobre la alfombra. Emanuel no dejó de abrazarme en ningún momento y ambos tardamos mucho tiempo en aquietar el aliento.
Un sorpresivo rayo de sol se filtró por la ventana, como proveniente de un paraíso celestial, y fue a dar sobre el pecho de mi guardabosque. La luz, focalizada sobre su cuerpo desnudo, hizo brillar como oro esos pelos dorados. Ambos miramos hacia la ventana, perdiéndonos en algún lugar lejano.
-¿Te das cuenta de lo que acaba de pasarnos? – me preguntó como ensoñado.
-Creo que sí, Emanuel.
Reafirmamos nuestro abrazo, acomodándonos uno al otro. Yo apoyé mi mejilla sobre su caliente pecho.
-¿Qué pasará ahora, Lobito? – me dijo, pasando sus dedos por mi pelo.
-No sé. ¿Te asusta eso?
-No hay hombre que no se asuste un poco frente al amor.
Nos miramos, embelesados.
-¿Estás llorando, Emanuel?
-Sí.
-¿Por qué?
-Porque te amo.
La emoción me embargó y no pude decir nada más. Pero no hizo falta. Emanuel sabía que yo también lo amaba desde hacía mucho tiempo. Nos quedamos abrazados, mudos… felices.
Ese día – con su noche – hicimos el amor no sé cuántas veces, me es difícil ahora recordarlo. Había concluido la historia iniciada tres años atrás y sabía también que al mismo tiempo algo muy importante había comenzado.
Un año después me establecí en el sur definitivamente, rompiendo por fin con mi complicada relación parental. Siguió la felicidad. Es extraño, pero creo que hasta ese entonces yo no había pensado mucho en la felicidad. Hasta que fui inmensamente feliz. Ahí comprendí todo. Emanuel, mi adorado guardabosque, que estuvo a mi lado durante muchos años, fue el faro constante de esa comprensión.


Franco.

Buenos Aires, 5 de Noviembre de 2007
(Revisión: Junio de 2014)

martes, 29 de julio de 2014