martes, 26 de mayo de 2015

El Palacio Aráoz X


Capítulo X  / Epílogo – Hombres muy calientes.


Repentinamente, y sin haberlo querido, me había transformado de la noche a la mañana en alguien muy respetado en toda la casa. Al principio no entendía por qué, pero al fin y al cabo había contribuido al cambio que mejoró inesperadamente la calidad de trabajo de todo el personal. Todos se acercaban a saludarme, pero yo sabía que el verdadero héroe era Reinaldo, por el que empecé a sentir un afecto lleno de gratitud. Finalmente Gutiérrez había sido puesto de patitas en la calle y Reinaldo era el nuevo mayordomo. Todos respiraban una calma esperada por años y una nueva alegría invadió a los que trabajaban en el Palacio Aráoz.
Había llegado la mañana del sábado y al día siguiente tendríamos franco. Me dirigía a mis tareas cuando Reinaldo, ya con su elegante atuendo de mayordomo, me llamó desde la escalera principal al entrar a la biblioteca.
-Buen día, Fermín.
-Buen día, Reinaldo... ¿o debo decirte Señor Heller?
-Nada de eso, campesinito, todo eso cambió aquí, llamame como siempre.– me contestó sonriendo.
De pronto recordé las veces que me había dicho aquellos ofensivos "campesinitos", y ¡qué diferencia ahora! El tono se había vuelto tan cariñoso que no pude menos que sonreírme y desear que siempre me llamara así.
-Quería darte la noticia – continuó – el Doctor acaba de decirme que vas a ser su valet personal. Te ascendieron, Fermín.
-¿En serio? – grité lleno de alegría.
-Sí. Empezás el lunes. Te felicito.
-¡Gracias! – dije sin poder dejar de reír nerviosamente.
-¿Fermín?
-¿Qué?
-Bueno... yo quería decirte algo más...
-Sí, decime.
-Nunca quise lastimarte. Cuando fui tu instructor... ¿te acordás?, me refiero a ese día en las escaleras de arriba..., fui tan duro con vos... y cuando...
-Lo recuerdo perfectamente. Si fuiste rudo, no te preocupes. Porque lo que hiciste por mí después, compensó todo lo que me molestaron tus malos tratos del principio...
-Sí, pero quería disculparme... aquel día, lo que pasó entre nosotros...
-Me enseñaste a pulir el león de bronce, Reinaldo. Sí, sí.... admito que fue de una manera muy especial, ¿pero te puedo decir algo?
-Claro.
-Te confieso que lo disfruté mucho. Muchísimo.
Reinaldo me sonrió con una infinita ternura en sus ojos celestes y me abrazó conmovido. Luego me dijo, mirándome profundamente y mucho más serio:
-Si lo disfrutaste, prometo hacerlo mejor un día de estos, en un lugar más privado, y sin que nos moleste tanta ropa – me dijo en voz baja y acariciante, y al ver mi sonrisa continuó – aunque..., yo sé que a vos te gusta Paco. No te asombres de que lo sepa. Vi muchas veces como se te van los ojos detrás de él. Está bien, muy bien. Pero, Fermín, no sé... te diría que no te ilusiones mucho, a Paco no le interesa la onda con los tipos.
Lo miré ensombreciendo mi cara, suspiré y le agradecí su sinceridad. Me daba una noticia desoladora, pero me gustaba que me lo dijera. Lo sentí más cerca y más amigo.
-¿Qué hacés hoy? ¿Salís?
-No. Hipólito tampoco, estamos a fin de mes y no tenemos un mango, creo que Marcelo y su papá iban a venir a jugar a las cartas a nuestro cuarto. ¿Querés venir? También estará Paco, que prometió traer las cervezas.
-¡Hecho! ¡Ahí estaré! Nos vemos.
Después de la cena, ya en la habitación con Hipólito, recibimos a Paco, que entró muy sonriente trayendo varias cervezas y algún vino tomado "prestado" de la alacena de la cocina. Habíamos dispuesto varios vasos y acondicionado una alfombra en desuso para jugar en el piso. Paco acomodó las bebidas y se puso a fumar un cigarro despreocupadamente. Entonces desabrochándose la camisa y quitándose los zapatos exclamó:
-Supongo que nos pondremos bien cómodos ¿no? – dijo mientras se quitaba la camisa y me dejaba mudo por enésima vez con su torso desnudo e inquietante.
-Claro que sí, Paco, eso sí, no me vayan a dejar el cuarto con olor a bolas, cabrones – contestó Hipólito mientras se descalzaba.
-Pues a no ser que nos pongas perfumitos, no te veo bien, amigo – dijo Paco quitándose los pantalones y quedando solo vestido con unos blancos bóxers – ¿no tenés calor, Fermín?
-Sí, claro – contesté un poco embarazado ante su mirada tan embriagante para mí. Y me quedé como él, en slip. Hipólito ya se había quitado la ropa, quedando escasamente cubierto con un pequeño calzoncillo.
-¿Se puede? ¿No interrumpo nada? – dijo Reinaldo asomando la rubia cabeza por la puerta.
-¡Adelante, mayordomo! – gritó Hipólito levantando una cerveza que estaba a punto de destapar.
-Veo que se han puesto cómodos, manga de putos.
-Estamos entre hombres, che – le dije a Reinaldo con un guiño.
-Ah, perdón, no sabía. Aunque... el olor a bolas los delata – sonrió Reinaldo.
-¿Ya? – dijo Hipólito con cara de preocupación.
-Y eso que faltan Marcelo y Vicente... – dijo Paco rascándose las bolas por sobre el bóxer.
-¡Aquí estamos, aquí estamos! – dijo Marcelo entrando sin golpear.
-¡Ah!, hijo, ¿dónde me trajiste?, esto está lleno de hombres desnudos... –bromeó Vicente, él estaba siempre alegre. Reinaldo empezó a bajarse los pantalones, vociferando contra el calor que agobiaba aún a esas horas de la noche. Pronto quedó en ropa interior, que era demasiado breve para cubrirlo. Cada tanto se le salía parte de algún testículo y asomaban descaradamente los comienzos de sus rubios vellos púbicos. Alcancé a ver a Marcelo que lo miraba como deslumbrado. Su padre, Vicente, era el mayor del grupo. ¡Qué hombre!, casi rondaba los sesenta años, que habían esculpido en él un cuerpo grande, bien formado y atractivo. Fue el único que no se desvistió, porque ya llevaba un par de pantaloncitos muy cortos y una camiseta blanca sin mangas. Todo dejaba ver un cuerpo firme y abundante a la vez. Todo el vello de su cuerpo era de color blanco. Eran pelos larguísimos y muy lacios. Las matas poblaban sus pectorales y axilas desbordando los límites de la camiseta. Ojos grises, cejas pobladas, cabello despeinado y algo largo cayendo sobre su frente, un mentón fuerte y hoyuelos alargados a los costados de su boca enmarcada en un grueso bigote plateado, completaban esa apariencia tan viril. Se apoyó en mí con una de sus grandes manos para sentarse en la alfombra, a mi lado. Yo ya estaba sentado, y cuando él a horcajadas dio una zancada por encima mío, abrió las piernas justo frente a mi vista. Pude notar que no llevaba ropa interior porque vi sus pelotas velludas y enormes asomar por la abertura de los pantaloncitos.
Todos nos sentamos en círculo y Paco, con su cigarro en la boca, empezó a organizar el juego. Marcelo todavía estaba de pie, y desabrochando su camisa nos exhibió su torso desnudo. Tiró el resto de su ropa en el montículo que todos habíamos dejado sobre la cama y conservó solo el holgado slip azul. Se parecía a su papá en los rasgos, tenía sus mismos ojos grises. Su pelo era negro y lacio, aunque no era tan velludo como su padre. Tampoco su contextura física era tan generosa. De miembros fuertes, ostentaba un bulto prometedor, rodeado de vellosidad en la entrepierna, abdomen y ombligo. Sería una cosa de familia, pues al sentarse también me regaló la visión de sus bolas asomando entre la tela de su slip.
Me sentí muy cómodo en ese grupo de amigos. Todo el clima era cordial, abundaban las bromas, las risas, la bebida y los cigarrillos. Pero también flotaba en el ambiente un clima inquietante y sensual.
-Propongo un brindis por el nuevo mayordomo – dijo Vicente, elevando su vaso de cerveza.
-Y también por Fermín, nuevo valet del Doctor – agregó Hipólito guiñándome un ojo.
-¿Vaya, hay motivos de sobra para celebrar hoy, verdad? – dijo Vicente, con una luz cautivante desde sus hermosos ojos grises.
-¡Ya lo creo! – dijo Paco – por estos ascensos, porque el hijo de puta de Gutiérrez está bien lejos y porque entre otras cosas, quería contarles algo muy especial.
-¿Qué? - coreamos todos a viva voz. Paco rió, y tomando aire solemnemente, dijo:
-¡Me caso dentro de tres meses!
Miré a Paco con la boca abierta. Su noticia fue como recibir una bofetada. En realidad todos nos asombramos, pero los demás reaccionaron con gritos y bromas. Por un momento los ojos profundos de Paco me miraron tan intensamente desde su cara tan seria, zarandeado por las palmadas de felicitación de sus compañeros, que tuve que bajar la mirada avergonzado.
-¡Te lo tenías bien calladito, Paco! – dijo sonriendo Reinaldo prendiendo un cigarrillo.
-¿Cómo es eso? – preguntó Hipólito – ¡no sabía que estabas de novio! Nunca me contaste nada, boludo... ¡no la habrás dejado preñada...!
-No, tarado. Salimos desde hace poco, a ella no la conocen, todo fue muy rápido, y bueno, creo que nos casamos en junio – contó Paco.
-Felicidades, Paco. A tu salud – brindó Vicente, sonriendo de una manera encantadora.
Todos levantamos los vasos y gritamos y gastamos bromas a su salud. Y a la de todos, porque el clima que vivíamos era de total algarabía entre amigos. Yo no podía estar tan alegre como todos. Seguía cada comentario y cada risotada un poco perplejo y sin poder dejar de mirar a Paco. Creo que él advertía esta mirada como algo ajeno a todo ese barullo, y me la devolvía con su fijeza y profundidad de siempre.

Paco
Como si nada, el juego comenzó. Apostábamos por minucias, pues la cosa pasaba más por divertirse, riendo y bebiendo que por ganar algún peso. Sobre todo bebiendo, porque la cerveza y el vino en otros casos, hizo que todos nos pusiéramos muy alegres y subidos de tono. Las bromas eran acompañadas de manotazos, palmadas en los hombros, toqueteos de esos tan típicos en las reuniones entre hombres. Pero a veces, las manos iban un poco más allá de los límites tradicionales. Vicente, que era uno de los más zafados y siempre estaba riendo, largó el comentario a Hipólito como hecho al pasar:
-Y contanos ¿Cómo vas con Cecilia? Supongo que no te estarás por casar vos también...
-¡Ah!, Cecilia.... esa mujer me va a matar un día...
-Sí, te vas a morir de asfixia entre sus tetas – bromeó Marcelo.
-Vos no tenés idea de lo que le provoca Cecilia ¡a todo el personal! – continuó Vicente.
-En este momento, debés ser el tipo más envidiado de la casa – dijo Marcelo.
-Ah, si yo tuviera tu edad... – dijo Vicente tomando otro trago de vino.
-Vamos, Vicente – dijo Paco – por lo que se dice de vos, debés haber tenido todo un harén a tus pies.
Hipólito rió, en complicidad con Reinaldo, que mirando a Vicente le preguntó:
-¿Es cierto entonces lo que todo el mundo dice?
-Sí, es cierto – dijo muy resueltamente Marcelo – y lo del harén..., mi viejito tiene varias minitas que morirían por estar con él – concluyó con cierto orgullo de hijo.
-Vamos, hijo, no es para tanto...
-¿Ah no? ... ¿y la María? ¿y lo de la Claudia?
-¡Bueno, bueno!, estamos en presencia de un Don Juan – afirmó Paco con el cigarro en la boca. La reunión se había relajado completamente. Habíamos dejado las cartas ya, y estábamos todos tirados en el piso, fumando y bebiendo. El espectáculo no podía ser más excitante. Todos los hombres estábamos en prendas menores, salvo Vicente que, de todos modos, tenía unos pantaloncitos muy interesantes. Los bultos, apenas cubiertos por telas y aberturas dudosas, dejaban escapar vellosidades, algún que otro testículo o descubría alguna entrepierna insinuante. También seguían abundando los manoseos que cada uno usaba para acomodar sus propios paquetes. Marcelo en especial tenía una forma de tocarse muy provocativa. Reinaldo, al que el bulto agrandado se le notaba con toda evidencia, no dejaba de mirarlo y acariciarse el pecho, deteniéndose en los pezones, bajando por el abdomen y volviendo a su cigarrillo. Sin duda era una gran catador de la belleza masculina, pensé.
Yo seguía la escena recostado sobre unas almohadas. Entonces, saliendo un poco de mi modorra producida por el humo y el alcohol, me incorporé un poco, y pregunté inocentemente:
-Pero entonces, ¿Qué es lo que se dice de Vicente? – dije imaginando la respuesta, pero jugando un poco con la situación. Todo el mundo se desternilló de risa. Después de risas y gestos más bien obscenos Paco me miró fijamente e intentando contener las carcajadas, y me dijo:
-Yo te lo explico, Fermín. Parece ser que Vicente lleva entre las piernas un carajo de tamaño descomunal...
-Un aparato que hasta el más macho se relamería al verlo. Eso es lo que siempre dicen. – continuó Hipólito.
-Un pedazo de verga como de caballo – aportó Reinaldo.
-Como la de un burro – agregó Paco, que se atragantó con la cerveza por la risa.
-Se dice, se dice... ¿es que nadie lo vio en las duchas? – pregunté inocentemente.
-Ah, no, Fermín – contestó Vicente – es que yo soy un tipo muy pudoroso.
Todos rieron a carcajadas.
-La verdad es que todo lo que dicen.... es.... ¡cierto...! - dijo Marcelo.
-Ah... no lo puedo creer. ¿En serio? – dije, exagerando mi incredulidad.
-Papá, al final, vas a tener que mostrarles....
-Alto, alto, un momento... esto ya no me está gustando nada – dijo a carcajadas Vicente, que se puso de pie en el medio de todos, con un vaso de vino en la mano y tambaleándose por el alcohol – esto viene de gaste, y ustedes han decidido pasarla bien a costa mía, ¿no? ¡Se pueden ir todos a la puta madre que los parió, cabrones!
-Vamos, Vicentito, no vengas ahora a hacerte el ofendido. Además... ¿qué te molesta?, vos sabés cómo es la gente, los rumores son sólo rumores, es tu oportunidad de que desmentirlos. – rió Hipólito.
-¡O reafirmarlos! - Agregó Reinaldo.
-¡Se van todos al carajo! – dijo Vicente, apuntando con el índice de la mano con la que sostenía su tambaleante vaso, dibujando un arco con él, en medio de un estrepitoso eructo– ustedes no saben lo que es que todo el mundo te joda toda la vida con el tamaño de tu pene...
-Bueno, algunos lo sufren, pero exactamente al revés, ¿no? – dijo Reinaldo.
A esta altura, todos estábamos mirando el bulto que escondía Vicente en su pantaloncito. Era considerable, claro, pero la visión no daba un certero cuadro de lo que se pudiera imaginar.
-Les voy a contar a todos algo muy íntimo - dijo Vicente, mirando cómplice a su hijo - ¿Saben cuál era mi sobrenombre en la secundaria?
-Ay, papá ¡Otra vez con eso!
Vicente se puso serio, pero con esa cara de circunstancia muy cómica y típica de los tipos con unas cuantas copas de más. Todos seguíamos la escena muy divertidos, haciendo bromas, y comentarios que acompañaban la escena principal.
-No, hijo, es que estos cabrones no tienen idea de lo que es llevar esta carga durante toda tu existencia...
-¡Ah!, nos hemos puesto metafísicos – rió Paco.
-Yo lo entiendo – dijo Reinaldo – lo de la carga. ¡Le debe pesar una tonelada! Todos rieron por el piso.
-No, no, esto es muy serio, manga de pelotudos... nunca sabrán el karma que uno vive con esto...
-Vamos, papá, que no es tan terrible... – rió Marcelo.
-No me digas que vos también... – preguntó Reinaldo asombrado, y a la vez con una mirada hacia Marcelo más que significativa.
-Él ha salido a su padre, Reinaldo...
-Pero, habíamos quedado en lo de tu sobrenombre, Vicente – retomó Paco que se reía de ver tan solo la escena: Vicente dando cátedra desde el centro del círculo, aunque apenas se podía sostener en pie.
-Pues como todos saben, mi nombre completo es Vicente Gardiazón. Pero todo el mundo...me decía.... ¡Vicente Garañón!
Las carcajadas se multiplicaron hasta quedar todos esparcidos por el suelo. Marcelo, seguía insistiendo:
-Vamos papá, no es para ponerse así, vamos, por qué no les mostrás a todos, ¿quién sabe? A lo mejor te quedas más tranquilo con vos mismo, digamos… como si fuera un descargo, o algo así.
-¡Una experiencia terapéutica! – agregó Reinaldo
-¡Un desahogo vivencial! – bromeó Hipólito.
-¡Catarsis! - gritó Paco.
-¡Al carajo todos! – vociferó Vicente, que ya también estaba en tren de joda total – ¡si quieren ver una pija, maricones, van a tener que quedarse con las ganas... manga de putos!
-Es que lo que tenés ahí no es una pija – interrumpió Reinaldo – ¡todos dicen que se trata de un fenómeno de la naturaleza!
-Así es, así es... efectivamente... – dijo Vicente, imitando el tono de un catedrático – pero desgraciadamente, mi verga no es cosa de exhibición pública. A fin de cuentas, uno tiene su orgullo.
-Vamos, papá... no seas así...
-Vamos, Vicente... que no vayamos a pensar que todo no es más que un rumor...- continuó Hipólito, que ya evidenciaba una avidez inocultable por ver ese tremendo aparato...
Los únicos que nos quedamos algo callados, fuimos Paco y yo. Él se mostraba un poco incómodo, porque veía que la reunión se encaminaba para un lado que a él mucho no le gustaba. Yo, aún golpeado por la noticia del casamiento, estaba más bien ensimismado en mis pensamientos.
Por fin, en medio del clima de tiras y aflojes, de risas, bromas y cargadas generales, Reinaldo, que estaba justo detrás de Vicente, se animó diciendo:
-Basta todos, es hora de que se descorra el telón – y con un solo movimiento que a Vicente lo tomó de sorpresa, agarró su pantaloncito por el elástico y se lo bajó hasta los tobillos. Vicente descargó una puteada hacia todos al quedar en pelotas, sin parar de reírse y entregado ya a la chacota de todos los reunidos. Marcelo con su gesto nos dijo a todos "¿qué les dije?".
Todos los ojos se posaron en la verga de Vicente. El aparato en completo reposo ¡era descomunal! Se podía leer en la mente de todos los estupefactos espectadores solo una cosa: "¿cómo sería ese miembro en su máxima erección?". Todos nos quedamos atónitos al ver ese fenómeno. Emergiendo de largos pelos entrecanos, la verga caía libremente en toda su extensión sostenida sólo por dos grandes y peludas bolas. Lo que más impresionaba era su grosor. Su glande estaba totalmente cubierto por el carnoso prepucio. Una vena muy desarrollada lo surcaba en forma vertical y se bamboleaba pesadamente de una manera casi hipnótica. Todos nos quedamos sin decir palabra y ya sin reírnos tanto, atrapados por la visión de ese vergajo. Ninguna de mis experiencias pasadas en la casa, me había mostrado un pene tan enorme, por lo tanto deduje que Vicente debía ser el más dotado de todo el personal de la casa.
-¡Mierda!, ¡esto sí que es una señora verga! – exclamó Reinaldo, con la respiración alterada.
-¿Cuánto mide? – preguntó Hipólito.
-Unos veinticinco centímetros – respondió Marcelo, como embelesado en la visión de su padre en bolas.
-¿Y cuando se le para? – dijo Reinaldo más serio.
-Un poco más, pero no mucho – afirmó Marcelo, quien, por lo visto, conocía mucho acerca de las intimidades de su papá.
-¿Así que… "rumores"? – dijo divertido Vicente, finalmente orgulloso de exponer así sus atributos.
-Joder, que nada de lo que se dice hace honor a la realidad. Esto supera todos los rumores. – dijo Hipólito que devoraba con los ojos el pene de Vicente.
-Vamos, hijo, mostrales la tuya, ya van a ver que la cosa viene de familia – dijo animado Vicente.
-Dejate de joder, viejito... – respondió Marcelo sorbiendo su cerveza.
-Pero, Marcelo, no nos vas a dejar con la intriga ahora – dijo Reinaldo con el deseo en sus ojos – si el rumor se extiende también hacia vos, podríamos llamarlo "la leyenda continúa".
Todos rieron. Sólo Paco se limitaba a pitar su cigarro muy reconcentrado y con aire contenidamente calmo. Miré su rostro y supe que algo lo turbaba. Estaba recostado sobre su flanco derecho con las piernas extendidas y apoyándose en un brazo replegado. El bóxer blanco, con una insinuante bragueta por la que se perdía mi mirada en vano, estaba algo semiabierto por lo que descubría parte de sus vellos más ocultos. Él lo percibió y se acomodó la prenda, solo que al hacerlo quedó involuntariamente ante mi vista, por un segundo, una buena parte de su peludo pubis.
-A ver, Marcelito, parate y mostranos si es verdad eso de que "de tal palo..." – dijo riendo Hipólito.
Entonces Marcelo no se hizo rogar, se puso de pié y cuando se iba a quitar el slip azul, Vicente lo tomó desprevenido y se lo bajó hasta el piso.
El enorme trozo de Marcelo, quedó balanceándose a la luz, rodeado de una estela rara de humo de cigarrillo. Era casi tan grande como la del padre. Una pija increíble. Los dos machos, padre e hijo, se sonreían ante todos, muy orgullosos, mostrando sus miembros como si estuvieran compitiendo entre ellos mismos. A diferencia del de Vicente, el falo de Marcelo ya había comenzado a ponerse un poco duro. Estaba hinchado y se separaba de las bolas avanzando hacia delante.
-¡Ese es mi muchachito! – dijo Vicente abrazándolo con mucha ternura. Al hacerlo, los dos aparatos se chocaron en una colisión muy erótica, juntándose y frotándose entre sí. Miré entonces las caras de Hipólito y Reinaldo, y estaban atónitos. Los dos tenían los ojos como platos, y no podían cerrar sus bocas. Todo en ellos era de una expresión que oscilaba entre el asombro y lo morboso. Después descendí un poco la vista, y sus bultos ya no estaban muy normales. Paco observaba la escena pero ya sin festejarla, pues aparentemente todo eso no era de su agrado. Vicente, siempre sonriendo y sin soltar de los hombros a su hijo, se dirigió a nosotros entonces:
-Les diré que este hijo que tengo, siempre ha tenido entre sus piernas un pedazo formidable, sí, desde su más tierna edad. Miren qué belleza – dijo, y estirando su mano hasta la pija de Marcelo, se la agarró, sacudiéndola en el aire, para mostrar a todos el tamaño envidiable de ese carajo. Hipólito y Reinaldo no daban crédito a lo que veían.
-Esto es una pija, señores, y aprendan, para cuando hagan hijos, que tienen que hacerlos así. Marcelo se va a cansar de coger minas...
-Papá, que ya soy un hombre, no tenés que tratarme como a un chico...
-No decís esto cuando jugamos solos en la ducha, Marcelito – le contestó Vicente.
Sí. La cosa estaba yendo para un lado extraño.
-Vení – le dijo Vicente – dale un beso a tu padre – y rodeándolo con sus brazos, le estampó un beso en la mejilla a Marcelo, que se bamboleaba medio borracho. Tal vez por esa causa, no paraba de reír, y todos, salvo Paco, tomaban la cosa con total naturalidad. Lo cierto es que Vicente sostenía aún la pija de su hijo entre las manos, y cuando la dejó libre todos vimos que había crecido, y ya se quedaba bien enhiesta entre sus pelotas – Mmm... te quiero mucho, hijo...
-Yo también papá - contestó Marcelo, y los dos hombres se abrazaron de nuevo, juntando sus pijas. Reinaldo estaba atento a esos dos miembros que se estaban inflamando con las caricias mutuas. Casi al mismo tiempo que Hipólito, se llevó una mano lentamente hacia su bulto, en el que ya se notaba perfectamente el tronco de su pija erecta. No dejaban de beber unos y otros, y yo, al lado de Paco, miraba la escena, pero también estaba muy alerta.
Por fin, Hipólito se levantó y se colocó entre padre e hijo.
-Parece que ustedes dos se quieren mucho, ¿verdad? Te envidio, Marcelo, siempre quise tener un papá así de cariñoso - Había apoyado sus manos en los hombros de los dos hombres y al quedar frente a todos, inmediatamente expuso su paquete enorme y la dureza de su pene debajo del pequeño calzoncillo. Reinaldo se acercó mirando todo sentado en el piso. Su cara estaba muy cerca de los sexos de esos tres hombres.
... inmediatamente expuso su paquete enorme y la dureza de su pene debajo
del pequeño calzoncillo.
-Mi viejo siempre me inculcó la importancia del afecto, ¿no es cierto, papá? Tal vez por eso salí tan cariñoso.
-Claro – dijo Vicente – por más que este muchachote ya es un hombre, seguimos demostrándonos el afecto que nos tenemos con besos y caricias.
-Pero no se darán besos en la boca... – dijo Hipólito con una sonrisa muy libidinosa
-Pues, desde que era un niño, Marcelo siempre besó a su papá en la boca, claro que sí... ¿qué tiene de malo eso? – le contestó Vicente – ¿Le mostramos, Marcelo?
-Claro, papá – y los dos hombres se abrazaron desnudos ante los ojos de todos, y unieron sus labios en un beso. Duró solo unos segundos y quedaron mirándose muy serios. Reinaldo miraba sus dos vergas sobándose entre sí, y advirtió como la de Vicente estaba cada vez más rígida.
-Otra vez, que no vi bien – murmuró Hipólito, ya más serio. Entonces Marcelo miró profundamente a su papá y ambos volvieron a besarse, esta vez más prolongadamente. Hipólito, que había pasado sus manos de los hombros a las cabezas de los dos hombres, volvió a decirles:
-Qué hermoso, háganlo otra vez… – y entonces Vicente se acercó suavemente a Marcelo, abrió la boca y por debajo de sus bigotes asomó un poco la lengua. Esta vez el beso duró lo suficiente como para que todos pudiéramos advertir como sus lenguas se penetraran mutuamente y sus manos recorrieran las espaldas hasta llegar más abajo de la cintura.
-¿Así está bien, Hipólito? – preguntó Vicente.
-Perfecto. Los veo disfrutar tanto, que me gustaría probar que se siente – dijo Hipólito. Entonces Marcelo le tomó la cara muy tiernamente y la guió hacia la de su padre. Vicente abrió los labios y estampó su boca en la de Hipólito que sintió el espeso bigote sobre su cara y la lengua entrar en él. Sus bocas libraron una dulce batalla, prolongando el beso interminablemente.
-Ya que estamos entre hombres, no hace falta esto – dijo Reinaldo, y tomando el calzoncillo de Hipólito, lo deslizó hacia abajo. La verga erecta de Hipólito describió un veloz arco ascendente hasta quedar levantada y rebotando en el aire, muy cerca de su propio ombligo.
-Tampoco esto – dijo Marcelo, quitando la camiseta de su padre por encima de su cabeza. Los amplios pectorales de Vicente, arrancaron suspiros a todos.
Padre e hijo seguían abrazados, aunque Vicente había estirado un brazo para atraer contra su pecho a Hipólito, que seguía unido a su boca. En ese movimiento, su aparato enorme quedó bien rígido formando un ángulo de noventa grados con su incipiente panza y chocando intermitentemente con las pijas de su hijo y de Hipólito. Los tres hombres desnudos se abrazaron sintiendo su piel erizarse al contacto. Las manos se recorrían lentamente, explorando sus sinuosidades y accidentes. Reinaldo, que todavía estaba sentado, también se levantó para unirse a ellos. El nuevo mayordomo tenía una tienda de campaña en su entrepierna. Su ropa íntima se había abierto lo suficiente como para dejar todo visible: su erección palpitante, las bolas colgando debajo, sus entrepiernas velludas y el comienzo de sus poderosas nalgas. Al sentir que su escasa ropa lo molestaba, se desprendió de ella rápidamente, arrojándola sobre el montículo de la cama.
Yo miraba la escena junto a Paco, esperando de él tan solo una señal para abalanzarme sobre su boca. Pero no existió tal señal. Él permanecía reconcentrado ante la escena, bebiendo sus tragos. Yo también bebía, y él cada tanto cruzaba una mirada conmigo. En esa mirada creía ver tantas cosas, pero, pudoroso y sin poder descifrar su mensaje, yo no hice más que bajar los ojos. Miré su bulto. Era la inquietante continuación de su cuerpo semidesnudo. Sus piernas extendidas, cruzadas a la altura de los tobillos, su pecho sereno y peludo, las proporciones perfectas de sus brazos, fuertes, anchos..., era un conjunto que provocaba en mí una fascinación absoluta.
En el centro de la habitación, iluminados por el haz de luz que descendía justo sobre ellos, los cuatro hombres se unían en un solo beso. Bocas despertadas, vergas palpitantes y enhiestas, las manos ávidas que lo tocaban todo, las caderas ansiosas y ondulantes, cuatro hombres encendidos que se buscaban entre sí con acelerada pasión. El alcohol, por supuesto, los había liberado. Reinaldo se agachó y tomó las vergas de Marcelo y Vicente. Ya no aguantaba más. Quería probar esos portentos en su boca. Las engulló con mucho trabajo, alternándolas entre sus labios. Mientras chupaba, loco de placer, le dijo a Hipólito:
-Vení, Hipólito, probá esto. Pocas veces vas a tener vergas así en tu boca.
Reinaldo abría la boca y engullía los enormes mástiles. Relamiéndose miraba a Hipólito que aún no atinaba a obedecerle, mientras dejaba hilos de su saliva entre su boca y las vergas erectas. Hipólito se agachó y se puso frente a los dos miembros junto a Reinaldo, que lo tomó dulcemente acariciándole el culo. Hipólito, con un temor tembloroso ante la visión de esos carajos, dudó un instante:


-Es la primera vez que voy a tragarme una pija – dijo sonriendo nerviosamente.
-No te vas a arrepentir, lindo. Abrí tu boquita – Dijo Vicente, mientras miraba como Marcelo le pellizcaba y frotaba las tetillas. Hipólito cerró los ojos, y abriendo tímidamente la boca aceptó la oferta de Vicente, metiéndose toda la pija en la boca. Al rato estaba tan apasionado y chupaba con tanto gusto, que era como si hubiera hecho eso toda su vida.
-Marcelo, hijo... tenés que sentir esta boca... – dijo Vicente, y se apartó para tomar la pija de su hijo y dirigirla hasta los labios de Hipólito. Reinaldo también acercó su boca y entre ambos fueron acariciando, lamiendo y succionando juntos, por turnos, arriba, abajo... cada uno de esos palos fenomenales. Vicente y Marcelo se miraron, se sonrieron dulcemente y volvieron a unirse en un beso.
-Siempre habías querido una fiestita, viejo – le dijo Marcelo - ¿te gusta?
-Claro – contestó el padre – siempre te dije que quería gozarte junto a un grupo de machos. Claro que me gusta mucho, y más me gustaría ahora que...
-Lo que quieras, papá...
-Cogeme, Marcelo. Metele la pija al culo de papá. Como cuando estamos solos.
Vicente, ayudado por Hipólito y Reinaldo, se apoyó entonces sobre el borde de la cama, dejando bien abierto su culo ante ellos, que se prendaron de sus nalgas y siguieron haciendo un intenso trabajo bucal lubricando el dilatado ojete con salivas mezcladas. Cuando Vicente pidió a gritos que lo penetraran, Marcelo se puso entre sus glúteos y entró en su padre de un solo movimiento. Era increíble ver la facilidad con que ese vergajo desaparecía en el rojo ano de Vicente. Empezó así un meta y saca primero lento, pero luego cada vez más intenso y desaforado. Las pesadas bolas de Marcelo golpeaban las de Vicente, provocando un "chas-chas" sorprendente. Marcelo miró a Reinaldo que se relamía acariciándole el hermoso culo.
-Mayordomo – gritó Marcelo cabalgando sobre su padre – necesito tu verga en mi culo ¡cogeme! – y ante esa orden, Reinaldo se le puso a horcajadas y fue cumpliendo el deseo muy cuidadosamente, ante la mirada atenta de Hipólito que se pajeaba ebrio de deseo. Debajo de ellos, Vicente bufaba, resoplaba y gemía de placer, bombeando su propio miembro y abriéndose cada vez más de piernas. Ahora Reinaldo estaba cogiéndose a Marcelo, y sus propios enviones contribuían a que la verga del hijo, ese inmenso pistón, entrara aún más en el hueco peludo del padre. El flamante mayordomo se volvió hacia el atónito Hipólito que se acercó y puso sus redondos y enormes pezones a la altura de la boca gimiente del rubio macho. Reinaldo chupó, lamió y mordió hambriento esas enloquecedoras tetillas, endurecidas por las sensuales caricias. Después, en una mirada llena de lujuria, le dijo:
-Hipólito, subite a mi culo – aulló Reinaldo entrecortadamente mientras penetraba rítmicamente a Marcelo – vení, vení... meteme tu verga dura...
Hipólito se sumó a esa hilera de hombres frenéticos y salivando con la mano toda la superficie del agujero lampiño de Reinaldo, terminó penetrándolo casi salvajemente.
La visión de los cuatro hombres gozando y unidos por sus propias pijas, en medio de quejidos, gemidos y sonidos guturales, era un espectáculo increíble. Paco no dejaba de observar. Y yo alternaba mi mirada entre los agitados movimientos de aquellos machos calientes, y esa cara tan cautivante. Paco empezó a respirar más agitadamente. Entonces, por primera vez cambió de posición y se sentó apoyando su espalda contra la pared. Había dejado de fumar y beber. Yo me acerqué y me senté a su lado.
En ese momento, Vicente comenzó a largar sus intermitentes y violentos chorros de semen, gritando de placer, y un poco después, le siguieron Reinaldo, Hipólito y Marcelo, que le besaba el cuello con un amor desbordante. Paco miró todo muy atento, pero sin perturbarse en lo más mínimo. Lo miré, intentando disimular mi nerviosismo:
-Parece que estos cuatro la están pasando muy bien ¿no?
Él me miró, muy serio, muy calmo. Entonces se hizo un silencio que se instaló entre nosotros como una corriente que nos conectaba inevitablemente. Por un momento sentí que todo nuestro entorno se había disuelto. Sólo estábamos él y yo. Y Paco me miró, con una mirada blanda que me pareció inquietante y sincera. Y lenta, íntimamente, acercó una mano hasta mi mejilla y la rozó dulcemente. Quedé de una pieza. Él suspiró fuertemente, y se desconectó de mí, mirando nuevamente a nuestros cuatro amigos. Finalmente sacudió la cabeza como quien está molesto y volvió a resoplar.
-¡Salgamos de aquí! – me dijo con voz muy baja. Se levantó y desapareció tras la puerta.
Me quedé inmóvil y estúpidamente no atiné a nada. Reinaldo, que había captado toda la escena, estaba aún agitado y con la verga chorreante dentro de Marcelo, cuando me miró con una conmovedora sonrisa.
-¿Qué esperás, Fermín? ¡Seguilo!
-¿Qué? – balbuceé.
-¡Andá con él! ¡Es la primera orden que te da tu nuevo mayordomo!
Le pude sonreír en medio de mi arrobamiento y salí de la habitación en busca de Paco, dejando a los sudorosos hombres que se recobraban exhaustos y felices. Paco estaba en el pasillo, esperándome apoyado en la puerta de su cuarto. Fui hacia él y entonces me tomó de la mano y me condujo hacia su habitación en un movimiento casi violento que me hizo trastabillar y caer en su cama. De pié, frente a mí, estaba él, Paco, mi Paco, hermoso, serio, y con un brillo impactante en su mirada. La abertura del bóxer se le había abierto un poco, y entre una oscuridad de pelos negros podía ver apenas la blanca carne de su trémulo miembro. Esto dio un sacudón a todo mi ser y sentí como mi verga no cesaba de agrandarse, mojada bajo su escondite de tela.
-Nunca me interesaron los hombres, – empezó a decirme Paco, que hablaba como sacando todo de un lugar muy interno - si me quedé en el cuarto fue para saber que me pasaba con todo eso. ¿Y sabés por qué?
-No, Paco – dije un poco asustado.
-Porque desde que vos llegaste a la casa hiciste que se me moviera todo. Me pregunté mil veces qué me estaba pasando, por qué no podía sacarte de mi cabeza. Te miraba siempre ¿no te dabas cuenta?, y no sabía siquiera si vos te habías fijado en mí. Siempre bajabas los ojos, o escapabas si te hablaba..., hasta pensé que me odiabas..., me preguntaba por qué, qué había hecho mal, si era por algo que había dicho, no sé..., nada parecía interesarte de mí.
-Paco...
-¡Y me enamoré de vos! Ahora no sé qué hacer. Estoy enamorado de un hombre... y se supone que me voy a casar dentro de poco... ¿estoy loco, entonces?
-¿Por qué me trajiste a tu cuarto, Paco?
-Fermín, no me interesa estar con Hipólito, Vicente, Reinaldo y Marcelo, ¡con ninguno!, y menos compartirte con ellos. Te traje hasta mi cuarto porque aunque sea por un instante qué siento. Yo ni sé por qué te estoy diciendo todo esto. Sí, debo estar loco. ¡Pero sí!, sé por qué te cuento esto..., quiero saber de una vez por todas si vos querés estar conmigo.
Yo no podía hablar de la emoción. Lo único que sabía es que quería tener a ese hombre en mis brazos. Pero no solo un instante, sino toda la vida. Ni siquiera sabía si un amor puede ser para toda la vida, pero en ese momento, me gobernaba lo que sentía, no lo que pensaba. Mi mirada fue tan clara, que no hizo falta que le dijera palabra alguna. Entonces él tomó su blanco bóxer y se lo quitó, y vi por primera vez a Paco en su completa desnudez. Su pene en media erección se movía imperceptiblemente, latiendo entre sus oscuros y profusos vellos. Vino hacia mí, y se inclinó sobre la cama, tomando mi prenda interior y deslizándola hasta mis pies. Me desnudó comiéndome con la mirada. Mi pija salió disparada hacia mi ombligo, dura y mojada al máximo. Paco se quedó mirándome otra vez, inmóvil desde el extremo de la cama. Miré su verga: latía desenfrenadamente. Fue cobrando tamaño y se fue levantando hasta arquearse deliciosamente sobre sí misma, apuntando a las luces del techo que daban de lleno sobre ella. Tenía la cabeza roja, tensa, brillante. Iba apareciendo tras su prepucio que se descorría con cada latido. Era perfecta. Los testículos, muy peludos, colgantes y rosados, completaban la armoniosa composición. Yo abrí mis piernas, como invitándolo al abrazo. Finalmente avanzó unos pasos… y se abandonó sobre mí, cubriéndome con su cuerpo.
Nuestros sexos se juntaron y se aprisionaron entre sí.
Inmediatamente sentí una vibración indescriptible al contacto con su piel. Nuestros sexos se juntaron y se aprisionaron entre sí. Me acarició el pelo con sus manos, devorándome con sus ojos siempre profundos. Yo llevé mis manos a su cabeza cuidadosamente rapada por los costados, y lo sujeté mientras acercaba mi boca al encuentro de la suya. Él, con un impensado reflejo, se apartó levemente.
-Jamás besé a un hombre – me dijo – tengo miedo.
-Yo también tengo miedo, antes no había amado nunca.
-¿Qué estás diciendo, Fermín?
-Estoy diciendo que te amo, Paco.
Miré su boca entreabierta en el medio de su barbita tan prolija, vi su lengua asomar, ansiosa, temblorosa, chorreante, sentí su respiración agitada y lo abracé uniendo nuestros labios. Me besó, y yo me entregué a una sensación totalmente nueva. Viajé a lugares nunca visitados, y toda sensación de tiempo y espacio se disolvió en aquel beso. Parecía la primera vez también para mí. Y en realidad lo era. Amaba a ese hombre y nunca me había pasado eso con nadie.
Entonces él deslizó su boca hacia mi mentón y ya no pudo separar sus labios de mí. Me besó el cuello, pasándole la lengua repetidas veces. Bajó hasta mi pecho y mientras lo amasaba entre sus manos, chupó mis tetillas apenas rodeadas de mi entonces fino vello. Me hizo vibrar en cada lamida. Sentía su pija, que se tensaba en cada movimiento. La tenía entre mis pelotas y se había situado de tal manera que acariciaba de arriba a abajo mi perineo. Paco descendió aún más, besando todo mi torso, abdomen y ombligo... hasta llegar a mi peludo pubis. Hundió ahí su cara y absorbió todo su aroma.
-¡Me encanta tu perfume!
-No me puse perfume...
-No, ya lo sé. Es perfume de Fermín, lo conozco bien. Ya lo he sentido otras veces.
Sonreí, desarmándome con su infinita ternura. Mi verga estaba rozándole una mejilla. Sin dejar de mirarme a los ojos, Paco la tomó con las manos, y sin dudarlo, aunque temblando como un niño, abrió la boca y comenzó a saborearla muy tenuemente rozando el glande con la punta de su lengua. Después se fue animando más, hasta introducirla por completo en su boca. Y yo sentí que llegaba hasta su caliente garganta. Me abrió bien las piernas, me alzó un poco entre sus fuertes manos, y siguió explorando todo con su boca hasta chupar bien mi culo, que se abrió a él como ofrendando toda su vulnerabilidad. Su lengua lubricó cada pliegue, cada pelo, cada tramo de sensible piel rojiza. Me sentó sobre sus muslos, y allí, acomodándome entre sus piernas, me penetró tan dulcemente, que mi ano se abrió por completo al recibir su dura punta. Con un temblor emocionante, mi culo atrapó hasta el fondo su pija dura como hierro, hasta sentir en su umbral los acariciantes pelos de su pubis. La unión fue perfecta, apasionada y vibrante. Frenéticamente nos dirigimos los dos hacia la culminación de nuestro placer, y creí estallar de gozo y de emociones cuando, sin contacto alguno, mi verga se derramó en fuertes chorros de esperma. Paco aceleró más aún sus movimientos pélvicos y se inclinó para besarme frenéticamente. Gritó mi nombre dentro de mi boca, y descargó todo su semen dentro de mí.
Alcancé a oír mi nombre en su voz.
Y poco después, aún en sus brazos, me dijo "te amo", algo que nunca olvidaré.


*****
Epílogo:

Desde que ocurrieron los hechos aquí narrados pasaron muchos años, y hoy, en una retrovisión llena de cariño hacia esa etapa de mi vida que marcó el final definitivo de mi primera juventud, puedo escribir sobre esta historia, emocionado y pleno.

Del Palacio Aráoz son felices todos mis recuerdos.
Ramón se hizo un hombrote muy atractivo, dejando a su paso un tendal de mucamas enamoradas. Nunca logró su sueño: enamorar al camarero personal del Doctor Aráoz, Germán, quien se casó, tuvo tres hijos y jamás se le conoció aventura con hombre alguno.
A Monseñor Vanossi un día lo sorprendieron en una situación "non sancta” puesto que fue sorprendido felando a un joven seminarista en la sacristía de la Catedral Metropolitana. En su momento fue la comidilla de todos los periódicos de Buenos Aires. Nunca se supo más nada de él. Pero se dice que vive feliz trabajando en un hogar para carenciados que él mismo fundó en la provincia de Santa Fe, secundado por aquel mismo (ex) seminarista.
Los cinco empleados del garage jamás mencionaron palabra sobre aquel día de los juegos con la manguera. Basilio y Rolo contrajeron matrimonio años después, y todos fueron dejando la mansión, sólo quedó trabajando Leandro como chofer personal del Doctor.
Cecilia fue despedida después de haber sido sorprendida teniendo sexo con uno de los importantes invitados del Doctor en un toilette de la recepción mientras se daba un banquete en honor a los entonces príncipes Máxima y Alexander de Holanda. A Hipólito se le partió el corazón cuando se supo. Él no tuvo otra novia hasta años después, convencido de que lo suyo eran los hombres. Siguió trabajando en la mansión, pero finalmente renunció cuando al casarse obtuvo un puesto mejor remunerado en una compañía de strippers masculinos regenteada por su suegro.
Doña María Josefina Dolores Bazterrica de Aldao (Maruca) decidió quitarse uno de los tres apellidos que componían su rancio nombre y pidió el divorcio al Doctor Aráoz, harta de las andanzas sexuales de su marido. Dijo basta una tarde, cuando lo descubrió teniendo sexo con Marcelo y Vicente en el invernadero.
Poco tiempo después Vicente se jubiló y a cargo de los jardines quedó su hijo Marcelo, quien se casó, tuvo familia, pero también fue muy feliz -inmensamente feliz- con el experto jardinero veinte años mayor que él, al que emplearon luego de que su padre dejara el servicio.
El Sr. Gutiérrez, a los tres años de su despido, fue detenido por la policía como principal sospechoso en un secuestro del que fuera víctima el mismísimo Canciller Ordóñez en situaciones verdaderamente confusas. Gutiérrez fue procesado y luego sentenciado a quince años de prisión por extorsión y privación ilegítima de la libertad en una causa que aún hoy es recordada por los medios.
Reinaldo siguió trabajando como mayordomo hasta que se enamoró perdidamente del Doctor Aráoz, y lleno de tristeza al no ser correspondido, pidió ser trasladado al campo. Sin embargo allí fue muy feliz porque pasados algunos años, entabló una muy apasionada relación con el administrador Tapia, aquél que había sido mi jefe antes de venir a trabajar al Palacio Aráoz.
Yo sucedí a Reinaldo como mayordomo y pasé varios años sirviendo en la mansión. Seguí plenamente enamorado de Paco y a su lado entendí el valor de amar a un solo hombre.
Paco, mi Paco..., nunca se casó.

FIN


Franco – Marzo de 2006

lunes, 18 de mayo de 2015

El Palacio Aráoz IX


Capítulo IX – Odio y deseo


Al día siguiente, cuando me encontraba trabajando a media mañana, el Sr. Gutiérrez me citó en su despacho. Temblando por lo que podría pasarme, atravesé el pasillo con una palidez de muerto. Entonces me crucé con Reinaldo que al verme en ese estado cambió su eterna expresión de pocos amigos y, para mi asombro, se mostró amable conmigo. Me tomó suavemente del brazo y me preguntó:
-Gómez ¿qué te pasa? ¿te sentís bien? ¿por qué esa cara?
Yo estaba a punto de llorar y miré en silencio a ese hombre de ojos celestes intentando encontrar algún gesto amigable en su mirada. Lo cierto es que Reinaldo había cambiado mucho conmigo. Me miró inclinándose para indagar mi expresión, entonces no aguanté más y me desplomé en sus brazos.
-Eh, Gómez, ¿qué pasó?... tranquilo, tranquilo... ¿querés contarme?
-Me llamó Gutiérrez a su despacho. No me gusta nada esa citación, seguro que es algo muy malo, Reinaldo.
-¡Ese hijo de puta!, ya me tiene harto. Nos tiene hartos a todos. ¿Por qué te llamó ahora?
-No lo sé, pero nada bueno ha de ser. Estoy seguro.
-Pensá… ¿Hubo alguna cosa que hiciste y de la que él pueda sacar provecho?
-Sí, Reinaldo, me mandé una cagada, pero…, por favor, no me preguntes.
-Está bien. Si es así, tal vez querrá extorsionarte de algún modo. A mí ya me lo hizo, y a muchos. Pero esto se tiene que acabar, ya mismo voy a hablar con el Doctor. Vos andá, confiá en mí que seguramente algo vamos a poder hacer.
Ya se estaba yendo cuando se dio cuenta.
-¡Eh!, Gómez, ¿por qué estás en zapatillas? Gutiérrez te va a matar.
-Yo..., las zapatillas... es que...
-¿Qué pasó con tus zapatos? No me digas que los perdiste.
-Sí. – dije, intentando serenarme.
Él sacudió la cabeza y me apoyó una mano sobre en el hombro. El repentino interés por mí y la calidez inesperada de Reinaldo me conmovía. Él volvió a abrazarme y me asombró con un beso en la mejilla. Me miró fijamente y me dijo:
-Está bien, andá a ver qué quiere el cabrón, no te aflijas, yo voy a ver al Doctor Aráoz. Perdoname si te traté mal. Yo soy así, ¿sabés?, tengo un carácter de  mierda, pero no me tenés que hacer caso – me dijo pasando la mano sobre mi cabeza – Vos sos un buen muchacho.
-Gracias, Reinaldo – le dije. Y me separé de él rumbo al despacho de Gutiérrez.
Golpeé la puerta y me respondió un "adelante" que me heló la sangre. Cuando entré el mayordomo estaba frente a la ventana con las manos sujetas tras de sí. Enhiesto y ostentando su dureza, gozando cada instante de ese abuso de autoridad.
-Buen día, señor.
-Acérquese, Gómez, y cierre la puerta.
-¿Puedo preguntar por qué me citó a su despacho, señor?
-No sea insolente. Aquí las preguntas las hago yo. Tome asiento.
Me senté mirando el centro del pulcro escritorio. Gutiérrez se volvió hacia mí y me habló paseándose por un reducido sector de la habitación. Sus ojos grandes me observaban a través de las gafas doradas.
-Esta mañana me tomé el trabajo de inspeccionar las habitaciones a fin de corroborar que todo estuviera en orden en los armarios de los sirvientes. Ya sabe, es importante que los uniformes estén impecables y todos aquellos objetos personales que un empleado dispone para el servicio tienen que estar siempre en su sitio. No es violación de intimidad, usted sabe bien que la ropa de los empleados es propiedad de la casa. Pues bien ¿a qué no sabe qué descubrí? – preguntó levantando levemente la voz. Al no tener respuesta de mi parte, prosiguió - No, seguramente no lo sabe. ¿O sí, Gómez? No se preocupe, yo se lo voy a decir. Antes, le pido por favor que me explique por qué está usando esas zapatillas inadecuadas con la vestimenta que se debe llevar por estricto reglamento del Dr. Aráoz.
Titubeé, y no supe qué responder.
-Bien. Yo responderé por usted, si me permite – y abriendo un armario sacó mis zapatos – He aquí lo que descubrí en mi inspección: todos los sirvientes tenían sus zapatos en sus habitaciones o en uso, ¡salvo usted, Gómez! Ahora dígame: ¿son éstos sus zapatos?
Yo asentí, sin mirar.
-Ay, ay, ay, Gómez, ¿se da cuenta de que esto es inadmisible?. Una falta grave en las reglas de la casa. No soy yo el que impuso esas reglas, sino, como le acabo de decir, del mismísimo Doctor Aráoz. Al Doctor le gusta que todo empleado tenga una impecable presencia. Está demás decir que para él, esto es una falta grave. Así las cosas, Gómez, su falta pone en juego mi propio puesto.
-¿Se lo va a decir?
-Por supuesto.
-Por favor, señor, no.
-Ay, no, no se me ponga a llorar ahora. Ahórreme esa desagradable escena.
-Por favor, por lo que más quiera...
-Usted sabe que podría decírselo ya mismo. A menos... - dijo, volviéndose hacia mí - ... a menos que entre usted y yo hagamos un trato – me dijo acercándose a mí.
-¿Qué trato, señor?
-Mire, Gómez, no soy una persona a la que le guste delatar las faltas del personal, pero piense que yo tengo que llevar a cabo perfectamente mi trabajo, que, entre otras cosas, consiste en controlar a los empleados que, en fin, generalmente se trata de gente sin educación como usted y como tantos aquí. Es muy simple. Si usted quiere que esto quede entre usted y yo y gozar de cierta tranquilidad en su trabajo le propongo hacer un arreglo ya mismo.
-¿Un arreglo? ¿Cuál?
-El treinta por ciento de su sueldo a favor mío. Así dejamos atrás este feo incidente y, cada mes, usted no tendrá que preocuparse por cometer tantos errores con las estrictas reglas de su empleador. Yo protejo sus fallas, y usted me lo agradece, ¿comprende? Es fácil, mírelo de este modo: es como si estuviera pagando un seguro.
Apreté los puños con un furor contenido. Mi inexperiencia y mi temor, hicieron que asintiera en conformidad con el arreglo.
-Así me gusta. Fíjese que estoy siendo generoso, porque, Gómez, usted no puede andar por ahí, perdiendo los zapatos, y… sobre todo… metiendo las narices donde no le corresponde. ¿Se da cuenta?
Gutiérrez me hablaba con todo su odio, con ese tono paternalista terriblemente irónico. Realmente le había molestado lo de la noche anterior en los baños. Lo miré con desprecio, comprendiendo que ciertamente él ya habría estado extorsionando a otros de mis compañeros. Ahora entendía por qué perseguía tanto a aquellos compañeros que cumplían con sus obligaciones, y a la vez, inexplicablemente, hacía la vista gorda con otros cuando cometían graves faltas.
-Me parece muy bien que nos hayamos puesto de acuerdo, Gómez. Podemos celebrar el trato, ¿qué le parece?
-¿Celebrar?
Entonces vino hacia mí como una furia, y me agarró de la solapa del uniforme, levantándome en vilo.
-Escuchame, pendejo de mierda: ¡Ya me estás cansando! Si no te eché hasta ahora, es porque me volviste loco desde que entraste por esa puerta la primera vez. – me dijo apretando los dientes – hacía tiempo que no entraba a trabajar un chico como vos. Con esa cara, ese cuerpo, ese culito, y esa verga. Y no te asombres, sabés perfectamente que le gustaste mucho también al Doctor. Él ya no se fija en mí. Lo aburrí. ¡El muy cabrón! ¡Ahora parece que el hijo de puta prefiere cogerse a los más pendejos, claro, salvo cuando vienen sus amiguitos veteranos!
Gutiérrez me había agarrado la cabeza por detrás y a tiempo que me decía estas cosas, su cara se acercaba cada vez más a la mía. Sentía su odio, su desprecio mezclado, de manera extraña, con el más intenso deseo hacia mí. Me devoraba con la mirada, y su aliento invadía mi rostro despertándome emociones encontradas.
-Sr. Gutiérrez, por favor... – supliqué
-No, Gómez. No me vengas ahora con ruegos inútiles y ridículos. Nos conocemos bien, y vos sabés que vos y yo, somos muy parecidos. O al menos, nos gustan las mismas cosas – me dijo casi en mis propios labios, porque los había acercado tanto, que sentía resonar sus palabras casi dentro de mi boca.
Aprisionando mi cabeza entre sus manos velludas, finalmente me invadió con un beso frontal sin poder contener su pasión al devorarme y lamerme ávidamente. Su boca me cubría de tal manera, que yo no podía respirar. Mientras me restregaba su duro bigote por toda la cara, me decía:
-¡Hijo de puta! ¡sos una mierda! ¡no tenés una idea de lo que me calentaste todos estos días, cabrón! ¡Al fin te puedo besar, al fin te puedo comer entero!
Sentí asco. De él, de tener a esa detestable persona sobre mí, lamiéndome y mojándome con su saliva mientras yo no podía hacer nada. Pero también sentí asco de mí mismo. Porque al mismo tiempo que detestaba a Gutiérrez, un deseo muy interno hizo que toda la piel se me erizara, que empezara a palpitar aceleradamente y sintiera que mi pija se levantara y se pusiera dura.
Yo permanecí inerte, por la bronca que sentía, pero también abrumado por los acontecimientos. Quería escapar, pero, inexplicablemente quería que ese hijo de puta me siguiera humillando. ¿Podía encontrar placer en eso? ¿Tan loco estaba para encontrar en ese cabrón algo excitante después de lo que estaba haciendo conmigo? Miré a Gutiérrez y advertí que el odio y el deseo irradiaban en sus finas facciones una masculinidad primitiva e irresistible.
Me empezó a arrancar la ropa y pronto estuve completamente desnudo para regocijo de sus ojos, que recorrían todo rincón de mi cuerpo.
-¡Qué bien que estás, hijo de mil putas, así te quiero, así, en pelotas, todo para mí! ¡Mostrame tu verga! ¡Ah! ¡Mirá como estás disfrutando! ¡Mirá como se te puso, cabrón! ¡Ya estás completamente al palo!
Yo me abandonaba a él, confuso y excitado
a más no poder
Yo me abandonaba a él, confuso y excitado a más no poder. Me manoseaba el pecho, saboreaba mis pezones, recorría con sus manos mi espalda, mi culo, metía sus dedos en mi ojete, me besaba en la boca, y todo el tiempo no dejaba de decirme todo tipo de groserías, excitando mis sentidos y todo mi ser.
-Así te quería, Gómez. Todo para mí solo. Caliente, aunque me odies. Sos el empleado más hermoso que hay en la casa, besame, partime la boca con tu lengua. ¿Querés que me ponga en pelotas para vos, hijo de puta? ¿querés cogerme? ¿querés darme toda tu leche?, sí, sí, sí.... dámela.... quiero tragármela toda.
Gutiérrez, totalmente fuera de sí, se quitó la ropa rápidamente. Yo lo miraba extasiado. Aún tenía de él la imagen atildada, compuesta y severa que intimidaba a todos, y también la amable, servil y eficiente que mostraba frente a sus superiores y visitantes de la casa. El perfecto e intachable mayordomo, al que nunca nadie reprocharía nada. Ahora estaba ante mí, despeinado, sudoroso, como una fiera presa de su pasión, y a horcajadas sobre mi cuerpo desnudo. Sí, Gutiérrez había quedado completamente en bolas y por primera vez vi su cuerpo en toda su desnudez. Solo conocía de él su enorme pija y la zona de su ojete. Pero el resto de su cuerpo, era de un vigor extraño y masculino. Un vello abundante y blanquecino cubría gran parte de su cuerpo. Y solo en las axilas, los pezones y el pubis, los largos e hirsutos pelos permanecían todavía negros. Pectorales fuertes, grandes, abultados, separados por una hendidura en el centro que los hacía más atractivos y prominentes. Su abdomen era generoso. Un matorral de pelos ensortijados lo adornaba y guiaba la vista hacia abajo, en un camino que se ensanchaba hacia la pelvis. Allí, el matorral se hacía bosque y entre sus pelos oscuros emergía la verga hinchada y llena de venas que yo ya conocía muy bien.

Gutiérrez, fuera de sí, se quitó la ropa rápidamente.
Sin poder evitarlo, engullí su miembro chupándolo con muchas ganas. La mente me reprochaba aún mi propio comportamiento, mientras que todo mi deseo me pedía a gritos devorar ese pedazo de hombre. Sentía asco y deseo por partes iguales. Ambos caímos en la pequeña alfombra del piso y él giró su cuerpo buscando mi pija, a la vez que yo tenía la suya en la boca. Así estuvimos un rato, hasta que él se puso en cuatro patas y me ordenó:
-¡Cogeme!
Metí mi pija en su culo. Era la segunda vez que lo hacía. No tuve problemas, ya que mi verga dura se deslizó en su ano sudado sin encontrar obstáculo alguno. Lo penetré salvajemente, y lejos eso de molestarlo, hacía que lo volviera loco de placer. Mis empujones hacia su culo eran terriblemente violentos, quería hacerle daño, pero lo único que conseguía era darle cada vez mayor placer.
-Sí, así, así... ¡Cogeme, cogeme, cogeme!
... me hizo tragar el resto de su esperma, volcándolo directamente
en mi boca.
Entonces tomé su durísima pija, mientras no dejaba de entrar y salir en él, y lo masturbé violentamente. No tardé mucho en sentir que iba a correrse. Eso me puso a mil, y casi al mismo tiempo que él descargaba sus latigazos de caliente leche, yo ya estaba a punto de derramarme. Los chorros de su líquido fueron a para a la alfombra, entonces él se incorporó y me hizo tragar el resto de su esperma, volcándolo directamente en mi boca. Luego cambió de posición rápidamente y me situó de tal manera que mi verga quedó metida en su boca. Allí me descargué por completo, inundándolo con mi caliente leche. Casi inmediatamente me atrajo hacia él y me besó largamente, pasando parte de mi propio semen de su boca a la mía, haciéndome sentir el sabor de mi esperma aún caliente.
Por un momento, su cara denotó una dulce expresión y una profunda mirada. O al menos eso me pareció. Pero fue solo un momento, porque me tomó duramente la cabeza, y me dijo en un tono lleno de desprecio:
-¿Viste que siempre obtengo lo que quiero? Espero que vayas entendiendo, putito de mierda. ¡Y ahora, vamos a hablar de nuestro arreglo, guacho hijo de puta...!
Entonces pasó algo increíble. La puerta del despacho se abrió y para sorpresa y terror de Gutiérrez ¡el mismísimo Doctor Aráoz apareció en el umbral! Iba acompañado de Reinaldo, que avanzó hacia mí para librarme de las manos de Gutiérrez. Reinaldo me cubrió con su propio saco y me abrazó como si fuera un hijo suyo, poniéndome sus manos sobre mi cabeza y repitiéndome que todo iba a estar bien. Gutiérrez se puso de pié intentando cubrir su aún erecto pene con las manos y mirando aterrorizado la figura casi hierática del Doctor.
-¡Se acabó, Gutiérrez! ¡Ya no vas a hacer ningún otro "arreglo"! ¿me oíste? Escuché suficiente detrás de la puerta, y también escuché suficiente de boca de mis empleados. Estás despedido.
Después, hablando de manera más calma, nos miró a Reinaldo y a mí:
-Hace tiempo que el nuevo mayordomo tendría que haber sido Reinaldo. Y así será. Agarrá tus cosas, Gutiérrez, y mandate a mudar de esta casa.
Reinaldo me sacó de la habitación. Al pasar al lado del Doctor, lo miré, avergonzado. Él me acarició suavemente la mejilla, serio, y con su mirada me dejó en claro que no tenía que avergonzarme de nada. Alcancé a ver a Gutiérrez, que con la furia en su cara roja, tragaba hiel y apretaba los dientes, mudo, solo, abandonado y desnudo.


        Continuará...