lunes, 31 de agosto de 2015

El cuentito de fin de mes


AMIGOS DE LA INFANCIA



El mismo restaurante, la hora habitual, la misma mesa. El encuentro entre ellos sería uno más, pero Claudio esperó la llegada de Alejo con inusual y creciente ansiedad.
-¡Alejo, por fin!, pensé que te habrías olvidado de mi mensaje.
-¿Hablás en serio?
-¿No te diste cuenta que necesitaba una charla urgente con vos?
-Pero, si apenas pasan cinco minutos de las trece.
-Bueno, por eso…
-Claudio, yo siempre llego cinco minutos tarde..., me asustás... ¿qué pasa?
-Alejo... perdoname... es que...
-¿Sucedió algo con Victoria?
-¿Victoria?, no, no..., sabés que después de la llegada del bebé, nuestro matrimonio está mucho mejor.
-¿Los chicos están bien?
-Sí, sí, no te preocupes.
-¿Entonces?
-Mirá, Alejo...
Pero no pudieron seguir hablando, es decir, Claudio prefirió interrumpir, porque el camarero se había presentado para tomarles la orden. Visiblemente turbado, Claudio miró a su amigo con un gesto cómplice que fue entendido por Alejo, quien hizo unas señas sobre el menú para que el hombre anotara la orden rápidamente y los dejara a solas. Claudio miraba por la ventana, como si estuviera tomando coraje para lo que tenía que decir su amigo de toda la vida.
-¿Y bien? – preguntó Alejo, que había empezado a contagiarse de la angustia plasmada en el rostro de Claudio.
-Alejo...
-¿Sí?
-Vos y yo nos conocemos desde hace más de treinta años, ¿verdad?
-Sí, sí... pero hablá.
-Nos conocemos desde que íbamos al colegio, hemos pasado juntos la adolescencia y hemos compartido buenas y malas en todo este tiempo. Esa unión que vivimos de toda la vida te mantuvo junto a mí en todo momento, por eso Victoria y yo te elegimos como padrino de nuestra boda... y yo fui el padrino de la tuya después... y...
-Claudio, por favor... ¿a qué viene todo esto ahora?, claro que tengo presente eso. Siempre fuimos muy unidos.
-Por eso. Precisamente, vos me conocés como ninguna otra persona en el mundo, incluída Victoria ¿me explico? Vos sabés cómo soy, conocés mis virtudes y mis defectos, mis aciertos y mis equivocaciones, en una palabra, sabés mis gustos casi detalladamente ¿no es así?
-Sí, así es- respondió Alejo totalmente intrigado.
En el rostro de Claudio no solo había angustia sino que, por primera vez y a diferencia de otras veces, Alejo notaba algo que no reconocía en su amigo, es decir, una total y completa incertidumbre, como si de pronto la seguridad de hombre de familia y exitoso profesional tambaleara, se viniera abajo, dejándolo confuso y amedrentado.
-Alejo, – continuó Claudio – la razón por la que te hice venir hoy te dará una idea de la urgencia con la que necesitaba verte. Desde hace unos días, exactamente los dos últimos, he estado muy preocupado con algo que me ha sucedido, verás...
Pero Claudio tuvo que callar de nuevo y el rostro se le puso súbitamente rojo cuando el camarero apareció con los platos. Alejo corroboró con este comportamiento que su amigo tenía algo muy confidencial que decirle.
-Claudio, el tipo ya se fue, seguí, porque la verdad es que ya estoy bastante alarmado.
-He dudado mucho en contarte esto, pero bueno, sos mi amigo. Es que tal vez... no me comprendas, o...
Alejo miró fijamente a su amigo y, muy seriamente, le dijo con voz firme pero llena de afecto:
-Claudio, ¿confiás en mí?
Después de un silencio y de una sostenida mirada entre ambos Claudio respiró profundo, se serenó, y continuó hablando, pero más tranquilamente.
-Claro que confío en vos. Y además sé que me vas a entender, que me aconsejarás y me darás tu mejor punto de vista con esto. Creéme que esto no se lo podría contar a nadie más.
-¿Ni a Victoria?
-¡Victoria es la última persona con quien hablaría de esto!
Alejo, que había empezado a comer, se puso más serio aún, dejó el tenedor en el plato, y expectante, esperó que Claudio hablase.
-El viernes, cuando salía de la Clínica, sentí que alguien me llamaba. Me volví, y vi que era Hernán, un empleado administrativo que entró hace unos meses. Lo saludé cortésmente, ya que no tengo demasiado trato con él, más allá de lo puramente oficinesco. Hernán me dijo que quería hablar conmigo, que le era imperioso hacerlo, y que desde hacía semanas estaba esperando la oportunidad para encontrarnos. Me pidió ir a un café, pero como ese día yo estaba a las corridas, con una larga lista de pacientes por atender, le dije que no podía, que si lo deseaba, podíamos sentarnos en un banco, de esos que están en el jardín de entrada, y charlar unos minutos. Puso algo de objeción pero pronto aceptó, así que nos sentamos en el primer banco libre que vimos. Estaba bastante nervioso. Pero tomando coraje e intentando ser muy amable, empezó a hablarme. ¡Ah, no vas a creer lo que me dijo...! Yo estaba muy intrigado, pero pronto mi expectativa dejó paso al asombro más absoluto.
Claudio hizo una pausa para beber un sorbo de agua helada. Alejo frunció el entrecejo al preguntarle:
-Pero ¿qué es lo que te dijo?
Claudio tragó con dificultad y bajando algo la mirada respondió:
-Que estaba enamorado de mí.
Alejo abrió los ojos desmesuradamente, dejó a un lado el vaso de agua y se apresuró a tomar un trago de vino.
-Sé que te parecerá ridículo esto – prosiguió Claudio – y la verdad es que tengo mucha vergüenza por contártelo.
-¿Y vos qué le dijiste?
-El pobre muchacho estaba a punto de llorar.
-¿Muchacho? ¿Pero, cuántos años tiene?
-Unos veinticinco años, no sé, tal vez un poco más.
Alejo desvió la mirada hacia la calle, pensativo, luego miró a su amigo.
-No entiendo... bueno, al menos no entiendo demasiado el por qué de tanta angustia. ¿Te ofendió de alguna manera? ¿Te amenazó?... Claudio, sabés que esos tipos pueden ser...
-No, no, no... nada de eso. No se trata de un psicópata.
-¿Cómo sabés?
-Por su mirada.
-No puedo creer que me digas una cosa así. Claudio, el tipo podría ser peligroso...
-Nada de eso. Lo sé. No me preguntes por qué, pero lo sé. El caso es que nunca me indigné por lo que me dijo. En todo momento me habló con sinceridad. Me dijo que desde que me había visto en la clínica sólo pensaba en conocerme, en tener algo conmigo, y que si no me lo decía, iba a explotar. El pobre estaba muy avergonzado, y era evidente que se sentía muy incómodo por toda la situación.
-¡Vaya! hay cada loco suelto... ay, ay, ay, Claudio – dijo Alejo, en un tono algo jocoso – siempre fuiste el más pintón de todos los jóvenes del barrio..., sólo tenés que mirarte al espejo: se puede entender que tanto mujeres como... ¡hombres! se fijen en vos. Sos alto, rubio, ojos claros, cuidás tu barba como si fueras un actor de cine, tienes un cuerpo fabuloso y siempre tuviste un excelente gusto para vestir, vos sabés eso y...
-Alejo, esto no es juego ¿qué querés decirme con todo esto?
-Te estoy diciendo que sos muy atractivo, bobo. Siempre vas a ser presa de las miradas insinuantes, propuestas indecentes, ¡qué se yo!, hasta se me hace que sos muy del tipo que atrae a los putos – rió.
Claudio hizo un gesto, mirando hacia el techo.
-Está todo bien –prosiguió Alejo- ¿Cuál es el problema? Le decís que no, que vos no la vas con los tipos y asunto terminado. Claro que siempre hay que tener cuidado con esa gente. A lo mejor, quién te dice, es la versión masculina de Glenn Close y siente por vos una “Atracción fatal” de película.
-No jodas con eso. No. Hernán no parece ser nada de eso. Me habló muy respetuosamente. En todo momento me pareció muy franco.
-Habrás salido corriendo, me imagino.
-No. Por el contrario me quedé inmóvil y como un tonto, no supe qué decirle.
-Vamos, Claudio, la próxima vez que lo veas, le decís que se está equivocando con vos, y problema finiquitado. Y si el tipo insiste lo mandás a la mierda...
Claudio se ensimismó, pensativo. Esa no era la respuesta que esperaba de su amigo. Había algo más que él quería contarle, pero la actitud de Alejo, desanimó ese impulso. Sintió que algo en la conversación le provocaba incomodidad y, por lo tanto, guardó silencio. Alejo le dijo algunas palabras más, pero para Claudio todo sonaba distante y por momentos casi hueco, como si las expresiones hubieran sido sacadas de un libro de frases hechas.  
Ahí quedó todo. Claudio sintió un pequeño dolor interno parecido a la decepción. Tenía la sensación de no haber sido escuchado cuidadosamente, pero a fin de cuentas y como el asunto eran tan delicado, no estaba seguro de haberse expresado con claridad.
Pasaron unos días que, por cierto, no fueron del todo tranquilos para Claudio. Él no lo sabía aún, pero aquella declaración de Hernán había movido algo en su interior. Tal vez por eso, y por una misteriosa intuición, Claudio evitaba encontrarse con Hernán cada vez que pasaba cerca de su oficina en el Hospital donde ambos coincidían todos los días. Trabajaban en distintas áreas del edificio, así que no era del todo difícil eso, pero Claudio, se preguntaba hasta cuándo iba a seguir sintiendo ese temor. Porque sí, en efecto, era un temor desconocido y nuevo lo que por esos días experimentaba.
Sin embargo, Claudio sabía que, de alguna manera u otra, la charla con Hernán había echado luz sobre aquellas puertas de su ser que nunca se atrevía a mirar, y mucho menos a abrir. Eso lo hacía pensar mucho. Era inútil refugiarse en los brazos de su esposa, jugar como siempre con sus hijos al volver del trabajo, o simplemente encender la televisión para no darle vueltas a la cuestión.
Todo se profundizó cuando, al final de la semana, Claudio recibió una nota de Hernán. Entonces llamó una vez más a Alejo. Ahora lo tendría que escuchar hasta el final.
Cuando se encontraron, esta vez en el estudio de Alejo, Claudio entró y sin más preámbulos le lanzó la carta de Hernán sobre el escritorio.
-Mirá lo que recibí de Hernán.
-¿Y esto?
-Alejo, por favor, necesito ayuda.
Alejo tomó la carta entre sus manos y comenzó a leer, estupefacto:
Claudio:No sé muy bien cómo llegué hasta aquí. Te estoy escribiendo. No sé si podré tener claridad en esto. Es como si alguien hubiese puesto una pluma en mi mano que obra por sí misma. Sin embargo aquí estoy, haciendo esta carta para vos.Lo hago pese a que me dije a mí mismo que todo esto es una locura.Pero no puedo dejar de hacerlo, así como no puedo evitar amarte.Me pregunto si alguna vez recibiste una carta así proveniente de un hombre. Pues, hela aquí. Es, en efecto, una carta de amor, que surge sola, casi sin pensarla, y mi mano dibuja estas palabras y las deja en el papel, son palabras torpes, infinitamente toscas, tanto que jamás podrán expresar todo lo que tengo para decirte, lo que siempre quise gritar a viva voz desde lo profundo de mis entrañas desde que sé lo que siento. ¿Cuánto tiempo fue eso? Parece toda una vida.Te amo, Claudio.No es simple decírtelo, sufro y gozo al mismo tiempo cuando veo que, evidentemente, lo acabo de escribir. Lo creo apenas. Me digo a mí mismo que estoy loco, tantas veces que ya perdí la cuenta. Y a la vez también me descubro como el hombre más cuerdo del mundo. No puedo creer que aquel día haya tenido la osadía de enfrentarte, de hablar con vos, de hacerte saber que existo. Me debato en cómo llegar a vos sin saber qué táctica usar, ni cómo seducirte o cómo finalmente encontrar un camino que conecte nuestras almas, me digo que no debo hacerlo, que no tengo derecho, y así y todo, algo más fuerte que yo guía mis acciones… y entonces, me dejo llevar. Debo estar desesperado, pero no soy capaz siquiera de averiguarlo, y en mis noches sin sueño me repito una y otra vez que esto que tengo adentro tiene que salir, que tiene que llegarte de alguna manera. No, no es simple, para nada, porque no sé si me rechazarás con toda indiferencia, u ocurra el milagro esperado que me diga que me comprendés al menos, y pueda conmoverte de algún modo, del modo que quieras, lo que estoy viviendo.Sí, te amo.Amo toda tu persona: tu cara, tus ojos claros que miran sin miedo, tu perfecta barba, la luz de tu dorado vello emergiendo del blanco delantal, tus manos blancas, grandes, masculinas, tu sapiencia y calma en tu trabajo, tu seguridad de hombre, los pasos firmes de tu exquisita manera de caminar…,  sí... amo todo cuanto viene de vos y lo que apenas sé de tu vida. Y no quiero ocultártelo. Sin que lo advirtieras, lógicamente, te miraba siempre. Día tras día compartíamos esos intrascendentes momentos en común cuando venías a llenar el papeleo a la oficina, vos no te dabas cuenta, pero cuando me sonreías, cuando hablábamos de alguna otra cosa fuera de los formularios y del protocolo nefasto del hospital, me dejabas en un estado del que no podía recuperarme fácilmente. Hace mucho que te pienso todo el tiempo, sabiéndote el victorioso generador de miles de gloriosas fantasías a las que mi alma y cuerpo aspiran vivir en la realidad, y no bajo de la absurda inconsistencia del ensueño.No me conocés. Y no te culpo, ahora que lo pienso tampoco me puedo reconocer yo mismo al escribir estas líneas. Pero como pobre presentación de mi persona te puedo decir por lo menos que no soy un individuo que va por la vida escribiendo cartas de amor a la primera persona que la vida le pone adelante, querido Claudio. No me juzgues así ni por un minuto. Nunca hice antes algo parecido, y te escribo entonces, despertado por algo en mí que puedo apenas controlar, a vos, que sos el motivo de lo más importante que me ocurrió en la vida, y también porque sé que es con vos con quien quiero experimentar el conocimiento más profundo y fuerte que pueda haber entre dos hombres.Ignoro cómo se hace eso. No tengo la más mínima idea. Qué difícil parece todo, y qué lejos está esa meta.Nos vemos a diario y apenas te conozco. Sin embargo, algo me dice que este trozo de papel no será echado a la basura. Algo me dice que tu sensibilidad podrá, al menos, y en el peor de los casos, tan sólo escucharme.
Ya ves, tengo esperanzas. Pero también sabré cerrar este capítulo y nunca, nunca más hablar de él si llegado el caso, descubra que esa esperanza nunca debió existir.Creéme que pasé largo tiempo debatiéndome internamente si te hacía llegar esta carta o no. El hecho de que ahora la estés leyendo es la prueba de que soy más débil que fuerte y más niño que adulto. Los débiles comenten incoherencias y los niños se expresan sin el menor filtro racional. Así me siento. Pero, después de días de dudarlo ahora sé que, pase lo que pase, no quiero ser más el hombre que fui. Aunque nunca lo supiste, vos fuiste el que me despertaste. Ahora quiero mirar la vida de frente, como vos lo hacés con tu adorable mirada. No tengo idea de las consecuencias que deba afrontar, pero todo esto es como exorcizar un terrible demonio que no sé quién me puso dentro, bien, es tiempo de que se vaya. Tampoco sé qué persona seré a partir de ahora, pero tengo en claro qué persona no quiero ser. Soy feliz ya de pensar que habrá cambios. Y qué hermoso, qué bueno sería, si todo eso pasara con vos a mi lado. Esa es la posibilidad más bella que pueda esperar, Claudio.Gracias por leer esta carta. Tal vez algún día obtenga la ansiada respuesta. Creo que una sola palabra, hasta un leve gesto tuyo, una breve mirada, será para mí la señal de recepción, dichosa o no. No tengo apuro en recibirla, esperaré lo que sea.  Enteramente tuyo,Hernán.

Alejo, que había quedado absorto son la atenta lectura, finalmente abandonó su brazos sobre el escritorio, ensimismado.
-¿Y bien? ¿Qué pensás? – preguntó Claudio
Alejo suspiró largamente, frunciendo el entrecejo como era su costumbre.
-Pienso que, indudablemente, esta es una carta hermosa.
-Gracias.
-¿Gracias? ¿Por qué?
-Por no reírte de ella.
-No me despierta risa, ni burla, pero sí un poco de miedo.
-¿Miedo? acabás de decirme que es una carta hermosa.
-Sí, lo es. Pero cuando pienso que va dirigida a vos, no me quedan dudas que todo esto es un verdadero disparate.
Claudio lo miró con toda la incertidumbre de su gesto. Finalmente miró hacia el piso, abandonándose en su asiento. Un breve silencio se hizo entre los dos. Finalmente Claudio, movido por una necesidad interna, retomó el diálogo.
-Alejo, ¿querés saber algo?
-Claudio, no. Creo que no quiero escucharte.
-No me digas eso, porque si no querés escucharme... no sabré a quien acudir.
-Claudio, no entiendo – dijo Alejo con una mezcla de apaciguada molestia y raro temor en su voz- ¿para qué le estamos dando tantas vueltas al asunto? Este es un problema del tal Hernán. ¿por qué es tan importante para vos?
-No sé. Desde que tuve aquella charla con Hernán he pensado mucho sobre mí, y todo lo que en mi interior se sacude como un terremoto.
Alejo se puso de pié súbitamente, y visiblemente alterado, subió la voz para hacerse escuchar.
-Claudio, ¡por favor!, no sigas... ni siquiera oses pensar en lo que ronda en tu cabeza... no es real.
-¿Por qué, Alejo?
-Eso mismo te pregunto yo... ¿por qué pensar en eso ahora? ¿qué te pasa? ¿me querés decir qué carajo te pasa?
-Ya no lo sé – respondió Claudio, llevándose la mano a la frente.
-Claudio... no lo puedo creer... te desconozco.
-¿En serio? ¿Verdaderamente me desconocés? ¿Vos?
-¿Pero... qué me estás diciendo? ¿debo pensar que ahora te sentís atraído por ese hombre?
-No... no. Me he indagado a mí mismo, y no es así.
-Pues me alivia mucho escuchar eso –dijo Alejo alzando la quijada y volviendo la vista hacia la ventana- porque debés pensar en tu familia, en tus hijos, y en que ya tu vida está hecha, realizada... y has elegido tu camino en ella.
-Pero no dejo de pensar...
-Pensar, pensar... ¿en qué? – retrocedió Alejo, y volvió a sentarse en su sillón como situándose en un refugio. Claudio, que hablaba sin mirar a su amigo, como buscando un texto que le iba dictando su interior más íntimo, le contestó con voz calma y pausada.
-Pienso, pienso... ¿sabés en qué? en que nadie, absolutamente nadie, me escribió jamás una carta de amor como esta. Mal o bien... de todas maneras... para Hernán, soy lo más importante en su vida, ¿te das cuenta?
Entonces, Alejo repentinamente tomó la carta, como movido por una fuerza iracunda, y la hizo trizas entre sus manos. Claudio quedó inmóvil, atónito, sintiendo que el sonido de la carta rasgada le hería el corazón. Alejo resopló y miró fijamente a su amigo, apoyándose con las dos manos en el escritorio.
-Claudio, esta es mi manera de ayudarte. Tenés que olvidarte de ese Hernán, quien no dudo será una buena persona, bueno, no sé, quiero pensar que sí lo es, pero, vos no tenés nada que ver con esa clase de hombre.
-¿No tengo nada que ver decís? ¿No soy “esa clase de hombre”?
-Definitivamente no.
-Entonces: ¿ya te olvidaste de todo?
Alejo enmudeció instantáneamente, se puso pálido, y entonces supo que la charla se estaba transformando en algo más serio de lo que había supuesto en un principio. Claudio había entrando en un terreno peligroso.
-No, Alejo. Ahora veo que sólo querés engañarte a vos mismo. No. Vos no te olvidaste de nada.
-¿Qué cosa no he olvidado? – dijo Alejo, dándose cuenta de que ya no podía desviar la conversación hacia otro punto.
-Aquella tarde.
-¡Callate, por favor!
-¿Ves? Yo tengo razón. Lo recordás, como yo. A pesar que desde ese día, nuestra amistad hizo un acuerdo tácito de no hablar nunca más de eso.
-Por favor, Claudio. ¡Teníamos quince años!
-Sí. A los quince años éramos, como ahora a los cuarenta, amigos inseparables.
-Lo que sucedió ese día, fue cosa de adolescentes, algo por lo que todos los jóvenes han pasado de alguna manera u otra.
-Pero vos y yo éramos los jóvenes más "machos" de todo el vecindario ¿te acordás?
-Bueno, por eso mismo, fueron cosas de muchachos calientes, ni vos ni yo sabíamos muy bien qué hacer con nuestras propias hormonas. Algo completamente normal.
-Sí, claro, muy normal, ya lo creo. Lo que pasó tenía que pasar porque nuestra amistad irremediablemente debía desembocar en algo físico. ¿No lo recordás? Esa tarde...
-Claudio, te suplico...
-Esa tarde yo había conseguido aquella revista pornográfica llena de mujeres desnudas, ¿te acordás? Fuimos a tu cuarto y los ojos no nos alcanzaban para abarcar todo lo que había allí. No era la primera vez... pero creo que ese día todo propiciaba otro desenlace. La revista no tenía fotografías de hombres. Sólo mujeres. Y tu comentario, lo recuerdo, fue algo así como: "A estas minas les hace falta una buena pija". Entonces comenzamos a hablar de vergas. Era increíble, era como si esa revista de mujeres desnudas en nuestras manos, nos desinhibiera para hablar de temas que sabíamos prohibidos. Sí, ambos necesitábamos eso, y nuestra excitación era cada vez más grande. Y así hablamos de cuando íbamos a los vestuarios y hasta comentamos los tamaños de las pijas de algunos compañeros del club..., que si fulanito ya tenía pelos, o si menganito tenía los huevos colgando o uno más grande que el otro... ¿recordás? Sí, Alejo, y en medio de toda esa deliciosa excitación, fuimos dejando de lado la revista de mujeres para concentrarnos en un tema que nos atraía más, algo que nos atraía misteriosamente, y no era precisamente el tema de las mujeres. Muchas veces pensé que todo eso era una travesura lógica, pero siempre sospeché que nuestra curiosidad ardiente, estaría buscando saciar otras necesidades.
-Pero ¿qué decís, Claudio? Éramos dos chicos intrigados por sus propios cambios corporales. Y en el caso de que todo fuera llevado por otro interés, supongo que se debe a que en cualquier persona subyace un erotismo homosexual. Pero de ahí a…
-Claro, puede que eso haya sido, – interrumpió Claudio - pero después sucedió algo más. Nosotros, a pesar de ser tan unidos, nunca nos habíamos visto desnudos.
-¿No?
-No. Y tanto vos como yo, en ese momento, necesitamos pasar a ese punto. No lo desmientas, de alguna forma, nosotros...
-¡Basta! Cuidado con lo que vas a decir.
-¿Desde cuándo sentís tanto miedo por lo que yo pueda decir?
-¿Miedo? ¿Qué decís?
-Digo que teníamos algo más que una simple amistad.
-Tonterías...
-Nos amábamos.
Alejo enmudeció, visiblemente incómodo, sin saber qué decir. Luego, desvió la mirada diciendo con voz temblorosa:
-¿Eso creés? ¡Ahora sí que estamos bien!
-Eso creo, sí - sonrió Claudio, con naturalidad - En esa época no lo sabíamos, pero nos amábamos, Alejo, con un amor tan fuerte que hacía que hacía insoportable el hecho de separarnos, y ese amor no existió sólo de mi parte. Ambos lo sentíamos. Y ese día no fui yo el que comenzó. Tímidamente, pero con una excitación que tu pantalón no podía ocultar, me preguntaste cómo era mi pito. Yo me sonrojé y no te dije demasiado. Vos insistías y fuiste implementando, sin saberlo conscientemente, una seducción innegable. Me preguntabas si había crecido de tamaño... cuánto medía... si ya tenía muchos pelos, si era grueso, si cuando se me paraba se me levantaba hacia arriba, si se curvaba, si quedaba derecha... todos esos detalles que yo me resistía en darte. Pero todo eso me incendiaba por dentro, amigo. Era una excitación que me unía a vos inevitablemente, me estaba dando cuenta de eso por vez primera y por consiguiente, no soportaba reconocerlo realmente. Y vos, Alejo, estabas como nunca te vi ni antes ni después. Tu voz era dulce, penetraba en mis sentidos y me hacía temblar. Te deseé irresistiblemente, y paso a paso, yo me iba entregando a vos, aunque no quisiera asumirlo. Fue una dulce tortura a la que vos pusiste fin cuando me hiciste esa pregunta. ¿Te acordás, Alejo? Fuiste a cerrar la puerta con llave, y, en medio de casi un susurro, me dijiste: "¿Querés ver mi pija?".
Alejo tragó en seco y lentamente fue recostándose en su butaca tras el escritorio, serio y tenso.
-Yo no pude contestar.- prosiguió Claudio- Qué curioso. Hace unos días, cuando Hernán se me declaró, tampoco pude pronunciar palabra.
Claudio se quedó pensativo por unos segundos. Luego siguió hablando.
-Y aquella tarde... vos y yo, solos en tu habitación...,  recuerdo que estaba frente tuyo... y bajé la vista hasta tu entrepierna. Vos, te levantaste y comenzaste a desabrochar tu cinturón. Yo solo atinaba a mirar, absorto, invadido por una excitación jamás vivida hasta ese momento. Desabrochaste el primer botón, luego el otro... y así... toda la hilera de tu interminable botonera. ¿Recordás la lentitud con que hiciste eso? Entonces, bajaste tus pantalones hasta las rodillas... y tomaste el elástico de tus calzoncillos. Lo primero que vi, fue tu vello. Eran pelos suaves y sedosos. Aún no eras tan velludo como ahora, claro, y apenas una leve mata de pelos negros asomaban por arriba de tu prenda, que seguías bajando lentamente. El bulto era ya inequívoco, una protuberancia que dejaba ver la silueta de tu dura verga. Entonces vi salir como un resorte tu pija durísima, apuntando hacia mí, como señalando lo que finalmente quería poseer. Era la primera vez que veía un pene erecto fuera del mío. Ninguno de los dos osaba moverse. Nos quedamos extáticos y sin palabras. Tu miembro no era muy grande. No. Claro... en ese entonces, tampoco el mío lo era. Entonces me dijiste: "Ya viste mi pija, ahora mostrame la tuya". Me quedé pasmado. Aunque sentía una gran vergüenza de que me vieras en erección, también quise mostrarte mi hombría. Creo que lo sentí algo así como un pacto de caballeros, de amigos que están uniéndose en un rito muy fuerte, íntimo y de entrega total. Así lo hice. Y cuando mi verga, también durísima, quedó expuesta, ahí, los dos, frente a frente, comenzamos a masturbar nuestros propios miembros. Me dijiste "¿Y si nos quitamos toda la ropa?", y yo te miré sin poder hablar. Sin esperar mi respuesta comenzaste a bajarte del todo el pantalón y te quitaste la camisa. Yo te imité y ambos quedamos completamente desnudos. Vos eras más corpulento que yo. No podía dejar de mirarte, ¿te acordás?, me fascinaba el vello debajo de tus brazos, tus muslos, tu abdomen... la asombrosa y firme definición de tus pectorales, todo era un deleite nuevo y extraño para mí. Tenías muy salidos los pezones... y eran muy rosados, como dos fresas prontas a ser devoradas. Allí un tenue e imperceptible vello formaba una corona alrededor de tus tetillas. Mi cuerpo era un poco más pequeño y delgado que el tuyo. Ninguno de los dos teníamos pelos en el pecho. Siempre recordé eso cada vez que, en todos estos años, pude ver tu torso desnudo y poblado de la mata de pelos que ostenta ahora. ¿Y recordás lo qué pasó después?
Alejo había escuchado enmudecido y aún su ceño estaba fruncido, pero así y todo, respondió con algo de ternura en su voz:
-Lo recuerdo, sí. Hicimos algo que nunca jamás volvimos a hacer. Algo que sé que ninguno de los dos repitió con otro hombre. Yo estiré mi mano y tomé tu pija dura y mojada. Te asombraste. Sí, lo reconozco, yo mismo tomé la iniciativa, en ese momento solo me movía el deseo, y en ningún momento me avergoncé. Me miraste muy fijo a los ojos. Sabíamos que eso no estaba bien. Sabíamos que eso estaba prohibido, sí, pero el placer era tanto... y la excitación tan incontrolable, que me imitaste y vos también agarraste mi sexo. Yo quería sentir tu pija tan grande en mis manos. Quería experimentar, quería saber qué se sentía. Eras mi amigo, eras mi igual, mi compañero, te deseaba... y... y... ¡no puedo creer lo que estoy diciendo!
-Alejo, por favor, seguí...
-No...
-Seguí.
-No sé. Me sentía tan bien, me parecía tan natural que te estuviera masturbando que no quería detenerme por nada del mundo... sentía tu mano en mi verga erecta... y a duras penas podía aguantar no acabar. Después mi mano aceleró los movimientos... y sin pensarlo siquiera... sin inhibición alguna, sentí que mis dedos no alcanzaban para sentirte como yo quería. Necesitaba más. Bajé hasta tu pija... y… la metí en mi boca. Claudio, hasta ese momento, nunca me había sentido tan amigo tuyo.
-Sí, Alejo. Lo sé. Me pasaba lo mismo. Jamás había sentido nada tan placentero. ¿Te acordás cómo grité de gozo? ¡Vos me hiciste un gesto para que guardara silencio! A duras penas contuve mis gemidos para que nadie nos escuchara, pero el gozo fue inmenso, algo de lo que no podía dar crédito... sí, tenés razón: tomabas la iniciativa en todo... fue maravilloso... porque yo sentía ese fuego en tu boca... y quería más, y más... entonces nos tumbamos en la cama... y nos acomodamos de manera tal que mi boca también llegó a tu verga... ¿te das cuenta? Fue la primera vez que probé esa posición, y fue con un varón… con vos.
-Es que fue la primera vez en todo. No pudimos contenernos más... y acabamos los dos casi al mismo tiempo...
-Faltó recordar lo más importante.
-¿Lo más importante…?
-Sí, Alejo.
-¿Qué?
-El beso. Porque después nos besamos como movidos más allá de nuestra propia voluntad, mezclando el sabor de nuestros jugos recién vertidos uno en la boca del otro, y por cierto, no sentimos ningún pudor en hacerlo.
-Después... escuchamos ruidos en la casa y nos vestimos rápidamente, volviendo a la realidad. Todo fue tan raro que nunca pudimos regresar a eso que habíamos vivido. Nunca, nunca volvimos a hablar...
-Y yo, querido Alejo, te soy sincero, nunca terminé de entender bien lo que en realidad me pasaba con los hombres. Nunca supe o nunca quise saber. Habíamos abierto un capítulo que jamás terminamos de escribir, cerrándolo antes de que pudiera comenzar...
-Pero tuvimos muchas novias... después, los dos nos casamos... vinieron los hijos… nuestra historia fue otra... porque...
-Porque callamos. Y yo mismo fui un cobarde con aquello que sentía. Sepulté mis dudas creyendo que con eso las estaba matando. Pero ¿vos creés que realmente se puede hacer desaparecer eso de una manera tan ingenua? Ahora, todo emerge con Hernán, que sin saberlo detonó algo que siempre quise averiguar. Y vos me tenés que ayudar.
-No creas que no te entiendo, pero ¿por qué yo, Claudio?
-Porque sos mi amigo. Mi mejor amigo. Y porque sos varón.
-No te entiendo.
-Sí que entendés. Alejo, sabés bien que ahora sí estoy listo para contestarte lo que aquella vez me preguntaste y yo no atiné a decir palabra. Ahora, sin dudarlo... mi respuesta sería "Sí, Alejo, quiero ver tu pija".
Claudio se acercó a Alejo, que involuntariamente se levantó, retrocediendo.
-No, Claudio... ya no somos dos pendejos. -Claudio no respondió, y avanzó arrinconando a Alejo contra la biblioteca - ¿Qué hacés? somos dos hombres adultos.
-Adultos, sí. Eso no importa ahora. Sólo estoy continuando algo interrumpido. ¿Sabés? nunca volví a ver tu verga dura desde aquella vez...
-Claudio... ¿estás loco? ¿qué querés probar con esto?
-No me lo preguntes porque no lo sé. Pero tal vez quiero saber que siento ahora al ver la pija de otro hombre.
-¿Para responderle a Hernán?
-No. Para responderme a mí mismo.




Entonces, Claudio, ante la actitud atónita de Alejo, lo tomó por el cinturón y comenzó a desajustárselo. Bajó rápidamente el pantalón junto con el bóxer dejando a la vista un miembro que la adultez había transformado totalmente desde aquella lejana adolescencia.
Débilmente, Alejo intentó una súplica.
-Claudio... ¿qué estás haciendo?
Claudio devoró con la mirada el miembro de Alejo... y con una leve sonrisa de eterna complicidad, esa complicidad que nunca habían perdido... miró a su amigo a los ojos. Todo estaba dicho entre ellos.
-Tu pija... mirá tu pija, Alejo.... ¡está completamente dura...!
-Por favor, Claudio, te lo pido..., por favor, no… - rogó Alejo, rojo de vergüenza, palpitando de excitación.
-No te avergüences, querido amigo mío... ¿querés ver la mía? – dijo, repitiendo aquellas palabras que una vez habían retumbado en el cuarto de Alejo.
Alejo volvió a elevar su mirada hasta posarla en los ojos de Claudio. Inmerso en un silencio denso y lleno de mudas palabras, su rostro cobró una expresión más blanda y vulnerable. Pero esta vez fue Alejo el que no pudo decir nada. Entonces Claudio, sabiendo que en realidad no eran necesarias las palabras, lentamente se desnudó ante Alejo. Su hermoso cuerpo emergió entre las ropas y una verga completamente dura se mostró en todo su esplendor.
-Vos también estás excitado – dijo tímidamente Alejo.
Claudio, sin responder, se acercó a su amigo y comenzó a desanudarle la corbata. Alejo estaba aún recostado sobre la biblioteca, con los brazos imposibilitados de reaccionar, inerme, quieto, emocionado y excitado como nunca. Claudio fue desabrochando su camisa botón por botón. Sí. Su pecho era ahora velludo, sus pezones ya no eran rosados, sino más oscuros, grandes, perfectamente redondos. Era más ancho, más corpulento, todo hombre. Sus ropas fueron a dar al piso junto a las de Claudio. Ambos hombres permanecieron de pie, uno frente al otro. No dejaban de mirarse... de querer rescatar aquel cuerpo de niños hombres que guardaban en su memoria.
Claudio dijo, apenas balbuceando:
-Es momento de que yo tome la iniciativa ahora.
Y al decirlo, tomó la mano derecha de Alejo y la condujo a su pecho, invitándola a hacer un recorrido por sus dos pectorales. Alejo sintió esa firmeza tan masculina, bajo su mano palpó el suave vello rubio de Claudio... y se asombró ante la erección súbita de los pezones acariciados. Con su otra mano, Claudio tomó el rostro de Alejo y lo atrajo hacia sí. Desde ese rostro, unos ojos marrones suplicaron por última vez..., pero, vencidos finalmente, debieron cerrarse involuntariamente ante el tierno y prolongado beso que una boca buscó en la otra. Siempre conduciendo la mano de su amigo, Claudio la llevó más abajo. Atravesó el abdomen... se detuvo un momento en el ombligo... y siguió el camino de pelos cada vez más frondoso hacia los del pubis. El miembro de Claudio era enorme. Estaba rodeado de largos vellos enmarañados y más oscuros que en otra parte de su cuerpo. Se elevaba audaz, venoso y recto hacia arriba, mientras que los pesados testículos colgaban balanceándose. El prepucio se había descorrido totalmente y los dedos de Alejo abandonaron la mano que los había guiado amablemente para así independizarse en su exploración. El glande suave y rosado fue lo primero que apresaron. A cada paso ambos hombres volvían a inspeccionarse, como si necesitaran corroborar los cambios de sus cuerpos, de reconocer sus desnudeces otra vez, o recuperar un tiempo perdido a través de cada año transcurrido desde su adolescencia.
Volvían a ser ellos mismos. Y ese impulso unió sus bocas. El beso, que había empezado lento y tímido se hizo cada vez más apasionado. No obstante, era delicado y de una ternura infinita. Las lenguas se volvían a juntar finalmente, y ahora sentían su nuevo sabor.
Claudio dejó por un momento ese manjar nuevo y acarició la cabeza de Alejo. Entonces, se agachó, y acercó su rostro a la desafiante verga del amigo. Con su mirada a unos pocos centímetros de esa dureza, lanzó como un suspiro:
-Cómo ha cambiado esta vieja amiga. Alejo, qué hermosa es. ¿Qué misterio existe en nuestros sexos que hacen posible estas increíbles transformaciones?
El pene de Alejo, completamente duro, aún tenía el glande cubierto. Las gotas cristalinas asomaban en la punta. La prodigiosa longitud llegaba a unos veinte centímetros, y era, en efecto, una verga extraordinariamente bella, ensanchada en la base y un poco más fina en el extremo, donde se arqueaba hacia arriba. Latía y parecía feliz de haber crecido tanto, y con cada latido mantenía su firmeza, anhelante y estoica. Claudio observaba maravillado.
-¿Te acordás, Alejo, que casi no tenías pelos aquí?
Ambos sonrieron, mirando juntos el peludo pubis. Sí. Había crecido un bosque allí.
-Claudio. Estoy tan duro que casi siento dolor.
-Yo también. ¿Ves? ¿no tenía razón? Ese dolor también lo siento yo, pero es un dolor bello y extático.
-Nunca te escuché hablar así.
-Nunca nos dimos la oportunidad de hablar así.
Entonces tomó el pene de Alejo por el tronco. Al hacerlo, éste lanzó un gemido e inmediatamente sintió que el líquido preseminal se derramaba por el apretado meato. Claudio se asombró nuevamente ante la aterciopelada dureza de Alejo, y descorrió hacia atrás el tirante prepucio. La cabeza salió lustrosa y palpitante, completamente húmeda.
Claudio no lo pensó dos veces. Abrió su boca y empezó a lamer y limpiar con su lengua toda la resbalosa superficie. El gusto salado del líquido alimentó apenas su hambre excitado. Poco a poco, su boca se iba abriendo más y a pesar de la inexperiencia fue metiéndose todo ese palo hasta la garganta. Alejo lo sostenía tomándolo por la cabeza y movía su pelvis rítmicamente, gimiendo de gozo. De su voz ronca, entonces, comenzaron a hilarse algunas balbuceos entendibles:
-Sí, Claudio, lo confieso. No sabés cuánto deseé volver a sentir tu boca alrededor de mi verga. Sí, ahora lo sabés. Secretamente, lo deseé hasta la locura… por favor, no te detengas…
Estuvieron así durante largos minutos, creyendo perder el sentido ante tanto placer compartido. Volvieron a mirarse y nuevamente juntaron sus bocas, esta vez locamente exaltados, jadeando entrecortadamente y sujetándose mutuamente los rostros. Claudio tomó a Alejo por los hombros que, sumiso, se dejó guiar dulcemente hasta el escritorio. Dejó que reposara sobre su torso desnudo y le brindara expuesto su blanco trasero. Al ver esas nalgas firmes, redondas y entregadas a su vista, Claudio lanzó un nueva exclamación de asombro. Se arrodilló ante ese altar de masculinidad para admirarlo detenidamente. Por entre las piernas abiertas, el miembro durísimo de Alejo daba pequeñas sacudidas entre sus grandes testículos colgantes. Un vello suave y parejo cubría los glúteos de Alejo acentuándose en el vertiginoso centro. Esa divina oscuridad parecía establecer la invitación a más placeres, allí donde su ano todavía escondido y la base de su peludo escroto confluían tan armónicamente.
Claudio acercó su cara al culo de Alejo. Respiró ese aroma inconfundible sintiendo como cada efluvio inspirado viajaba a través de su cuerpo hasta hacer vibrar su sexo enhiesto. Acarició esos dos montes firmes y tersos. Alejo dejó que sus ojos se entrecerraran y tuvo que apoyarse mejor en el escritorio para no caer al piso, esta vez sobre sus antebrazos. Claudio seguía tocando toda la zona abriendo dulcemente las nalgas, y cuanto más abría, más acercaba su cara como si fuera presa de un magnetismo imposible de manejar. Su nariz, que recibía los olores más íntimos de su amigo, estaba a unos cinco centímetros ahora de su entrada más preciada. Los pelos que allí nacían rozaban de vez en cuando los de su barba. Cuatro centímetros. Sus manos abrían a más no poder el hermoso culo. Tres centímetros. La boca se preparó, generando más saliva. Dos... uno... y la lengua de Claudio, que había asomado instintivamente, se encontró por fin con el borde de esa abertura palpitante, oscura e infinitamente deliciosa. Al sentir este contacto, Alejo se arqueó en dos, movido por una fuerza incontrolable. Persona alguna había tocado su ano con la lengua y ahora, su amigo de la infancia, le estaba proporcionando esa nueva vivencia. De manera instintiva abrió más y más sus piernas y una de sus rodillas escaló altura hasta apoyarse en el borde del escritorio, entre papeles y bolígrafos que caían al suelo. La boca de Claudio se apoderó del caliente hueco. Estaba bebiendo el interior de su amigo, lamía su roja puerta, una y otra vez, bajaba hasta sus suaves bolas, jugaba con los cientos de pelos que poblaban el lugar, mientras sus manos, trémulas, daban cuenta de la fortaleza de sus muslos. El ano de Alejo se iba estirando, abriendo, y ambos amigos se sentían unidos por una entrega que no podría haber admitido marcha atrás. Claudio tomó la verga de Alejo y comenzó a masturbarlo. Su boca seguía dedicándole ese indescriptible placer y su otra mano atendía su propio miembro, subiendo y bajando el capullo húmedo del glande.
Y así, en una fusión de necesidades compartidas, Claudio penetró a Alejo. La unión fue tan fuerte y tan esperada durante tantos años de amor contenido, que sus ojos se empañaron derrotados por las lágrimas.


Cuando cambiaron de posición, Alejo hizo sentar a su amigo sobre su escritorio que había quedado en pleno desorden. Miró significativamente a los ojos a Claudio y sosteniendo siempre la mirada se agazapó hasta meter íntegramente la dura pija de Claudio en su boca caliente. Apartó algunos pelos que también querían mezclarse en esa increíble degustación, cosa que hizo no sin poco trabajo. Agitadamente, llevó a Claudio hasta un clímax insospechado. Recorriendo toda la largura de ese mástil fabuloso, saboreando sus bolas, oliendo y midiendo con sus labios el calor de ese palo que había lubricado con su propia saliva. Cuando Claudio ya no pudo asimilar más placer se volvieron a besar, esta vez en forma casi brutal y violenta. Y por primera vez se deshicieron en un abrazo desesperado. Abatidas, sus manos transitaron hombros, espaldas, nalgas, mientras sus armas tiesas se debatían en un constante frotarse y rozarse, una sobre la otra. Sin abandonar el beso, sus pelvis reaccionaron con persistentes movimientos, y así sintieron que estaban próximos al placer máximo, entre agitados jadeos, gemidos, y espasmos espontáneos. Alejo tomó el rostro de su amigo entre las manos y con una mirada casi desafiante dijo:
-Ya lo sabés, Claudio. ¿Estás satisfecho ahora?
Los movimientos eran intensos y fuera de su control.
-Lo supe siempre, Alejo. Lo supe desde aquella tarde.
Y en un aullido al unísono, su miembro despidió uno, dos, tres, cuatro chorros de semen sobre el otro falo aún rezagado. No lo estuvo por mucho tiempo, porque como respuesta casi inmediata, la verga de Alejo se derramó sobre la de su amigo estallando en varias descargas de espeso líquido que saltaron sobre ellos en repetidos chorros.
Se sostuvieron en sus propios brazos durante unos minutos más, mezclando los cálidos jugos y sus propios sudores. Casi inmóviles y embargados de profundas emociones, advirtieron como sus miembros, latentes y bañados de semen, no podían volver fácilmente a su estado de reposo. Abrazados y envueltos por su propia respiración, perdieron todo contacto con el tiempo y espacio por unos largos minutos, hasta que la excitación fue descendiendo lentamente.
Fue cuando Alejo se separó repentinamente de su amigo y fue a buscar una toalla en el baño contiguo. Se limpió rápidamente mientras Claudio, en medio de una bruma confusa, parecía no salir de su ensoñación.
Entonces ocurrió algo inesperado. Alejo pareció recobrar la dureza de sus pensamientos, como si la realidad a la que estaba volviendo le resultara demasiado insoportable. Miró el reloj de la pared con gesto sombrío, y comenzó a vestirse, casi rutinariamente. Su cara se acorazó.
-Tenés razón, Claudio, - dijo con la mirada concentrada los botones de su camisa – creo que yo también lo sabía desde aquella tarde. Estamos de acuerdo.
Claudio lo miraba expectante, atónito. Alejo prosiguió, mientras ponía en orden su escritorio y levantaba las cosas que habían caído al piso:
-Sí. Supongo que te sentirás muy satisfecho, sin dudas. ¿Obtuviste lo que buscabas?– decía con voz dura.
Y luego, al subir la mirada hasta la cara asombrada de su amigo, dijo con una sombra en la voz:
-Hemos vuelto a abrir aquel capítulo de nuestras vidas. Así lo quisiste y yo, como un ciego, te seguí. Pero hasta aquí. Esto cierra nuestra amistad. Lo siento mucho. Todo termina aquí.
Alejo ajustó el nudo de su corbata, levantó los trozos rasgados de la carta de Hernán que habían caído al suelo para tirarlos en el cesto. Al ver esto, Claudio pensó en aquellas líneas que había escrito Hernán: "algo me dice que este trozo de papel no será echado a la basura", y movió la cabeza con tristeza. Alejo finalmente puso en orden su cabello y fue a situarse, pensativo y cerrado, al lado de la ventana, mirando sin mirar a través de ella, dando las espaldas a Claudio, que no podía siquiera decir palabra. El silencio que siguió fue cruel e inflexible.
Mudo, triste y demasiado lastimado como para poder responder, Claudio terminó de vestirse y atravesó la puerta del estudio con un dolor indescriptible, saliendo de la vida de Alejo silenciosamente.
Alejo, hierático en su severa postura, tembló al escuchar la puerta tras de sí. Suspiró en su aparente alivio, cerrando los ojos y obligándose a no sentir nada.
Permaneció largo tiempo frente a la ventana, incluso después de ver como Claudio se alejaba y doblaba la esquina. Después, la tarde cayó, rodeándolo de penumbras. El capítulo más inquietante de su vida había tocado su punto final.
Claudio tuvo una semana muy dura, llena de encontrados pensamientos sobre la sexualidad, la amistad, y cada episodio importante de su vida transitada hasta el momento. Y una mañana, cuando deambulaba absorto por los pasillos del hospital, sintió claramente que una indómita parte de sí mismo lo llevaba hacia un lugar. Sorprendido, se dejó llevar por esa fuerza extraña, sin pensar demasiado. No era el momento de pensar, sino de hacer. Por fin se detuvo. Estaba frente a la oficina de Hernán. Respiró, más tranquilo. Abrió la puerta y encontró a Hernán detrás de un pequeño escritorio lleno de biblioratos, atareado con su trabajo, rodeado de otros empleados que iban y venían de un lado a otro. Los pies de Claudio siguieron avanzando, lentos pero firmes, y lo llevaron frente a él. Hernán subió la mirada instintivamente y de pronto su cara adquirió una luz inusitada cuando vio a Claudio delante suyo.
Por un momento el tiempo pareció detenerse.
Luego se sonrieron.
Fue suficiente.

Franco.
Noviembre de 2004