miércoles, 30 de septiembre de 2015

El cuentito de fin de mes


Lo que sucedió con papá

Él apareció a través de la ventana que da a la piscina. Yo estaba en el escritorio y trabajaba en mi nuevo artículo, pero mis ojos no pudieron apartarse ni un minuto de ese hombre. Había llegado a casa sudado y cansado. Totalmente ensimismado, no se daba cuenta de que lo estaba mirando. Llevaba un vaso de whisky en la mano, que saboreaba cada tanto. Se quedó frente a la piscina un momento, iluminado por el sol del atardecer y vino hasta la galería, quedando a pocos metros de mi oculta curiosidad. Entonces, lentamente, y como disfrutando de cada movimiento, dejó el vaso sobre la mesita mientras pisaba entre sí los talones de sus zapatos para quitárselos sin la ayuda de las manos. Quedó descalzo enseguida y comenzó por los botones de su camisa, desabrochándolos uno a uno. La prenda fue abriéndose como por presión, tal vez porque era un poco justa para tan abultado pecho. Emergieron así unos pelos tupidos, sedosos y algo entrecanos. El proceso se interrumpió un momento para beber otro trago de whisky. Yo llevé las manos a mi cara, restregué mis ojos como para aclarar la visión y luego las dejé sobre mi boca, acariciando inconscientemente mi barba. Él siguió desabrochando la camisa que al abrirse fue liberando dos pectorales grandes y carnosos. Sobresalían de su tórax en sendas curvas pronunciadas. Apenas un poco más de volumen los habría asemejado a pechos femeninos. Había mucho pelo allí, arremolinándose alrededor de unos grandes y oscuros pezones. Las tetillas eran generosas y sus aureolas de considerable diámetro, aunque a duras penas podían divisarse a través de sus vellos. Había momentos en los que el sol atravesaba esa vellosidad, haciéndola brillar y tornándola mágica. Se quitó por completo la camisa y la tiró sobre uno de los sillones de madera. Había visto su torso desnudo algunas veces. Pero ¡qué magnifico me parecía ahora! Tal vez antes no había apreciado su armonía, o no había reparado en esa musculatura perfecta, deliciosamente desdibujada por algunos kilos adquiridos los últimos años, o no me había fijado en esa espalda firme, ancha, corpulenta..., tal vez antes no había tenido necesidad de buscar allí algo que me interesara. Sin embargo, en ese momento era presa de su persona, y por alguna razón, todo en ella me parecía inevitablemente atractivo.
Por un momento intenté desistir de esa atrapante visión, con culpa, (Dios sabe que lo había intentado otras veces) pero cuando advertí que él seguiría quitándose la ropa hasta quedar desnudo, me fue imposible obedecer a mi propia resistencia.
Seguí mirando, mientras experimentaba una reconocible vibración en la parte más baja de mi vientre.
Antes de proseguir con la hebilla de su cinturón, se desperezó lentamente. Sus brazos subieron apuntando hacia el techo mostrándome el dibujo impecable de sus sombreadas axilas, otras dos matas de pelos mojados y oscuros. Mirando sin ver hacia ninguna parte, se acarició perezosamente el pecho, hundiendo sus dedos en ese bosque peludo, palpando suavemente su musculatura, tanteando quizás, el rastro de alguna gordura no deseada, intentando vigilar que su cuerpo no hubiera cambiado mucho, que siguiera esbelto, erguido, firme. Desabrochó entonces su cinturón y soltó uno a uno los botones de la bragueta. El pantalón fino y liviano, cayó al piso. Me asombró que no llevara ropa interior. Pero más me asombró ver a ese hombre enorme totalmente desnudo. El camino de pelos que descendía por todo su pecho, se ensanchaba y espesaba en su abdomen algo prominente, y conducía mi vista hasta un intrincado nido que cubría todo su pubis. ¡Qué maravilla ver ese matorral sobresaliendo largamente de la blanca piel! Y más, porque los pelos se extendían hacia los costados, y bajaban tapizando las ingles para mezclarse más abajo con los duros pelos de sus muslos. ¡Qué visión! Y allí, asomando descaradamente, colgaba esa verga que no podía dejar de observar ¡Un cautivante espectáculo!
Tomó otro trago, y quedó casi de perfil frente a mí. Su miembro reposaba sobre dos mullidos testículos, casi tan velludos como su pubis, y se proyectaba un poco hacia adelante, como si fuera a despertar de su letargo. Cubierto por un generoso prepucio, todo su glande se adivinaba por la forma insinuada. Una vena levemente abultada surcaba el pene en toda su longitud. La verga era receptora de cada mínimo movimiento que él hacía con su cuerpo, sacudiéndose con lentos balanceos, larga, pesada, inquietante. Me maravillaba que ese estupendo cuerpo llevara sobre la tierra cincuenta y cuatro años. Escultural, corpulento, y armonioso por donde se lo mirase, había provocado (y aún lo hacía) la envidia y la atracción de hombres y mujeres. Había despertado pasiones y fanatismos. Y bien lo sabía yo. Ese cuerpo, fotografiado y filmado cientos de veces, admirado y comentado hasta el hartazgo, ahora estaba frente a mí, expuesto en toda su natural belleza.
Él siguió de pié, inmerso en sus pensamientos. Subí mi mirada para verle el rostro. Su cabeza aún conservaba toda la cabellera. La había cuidado obsesivamente mediante masajes y tratamientos carísimos. Llevaba el pelo corto, su estilista lo cuidaba con celo, y su color grisáceo le daba el justo toque irresistible. Al verlo de perfil, comprobé que su nariz era noble y muy proporcionada con el resto de la cara, encuadrada en una mandíbula fuerte y dos surcos profundos a los lados de la boca. Sus increíbles ojos verdes, sus pestañas y cejas tupidas, su frente amplia y cruzada con expresivas arrugas, su tez bronceada y magnífica, rasgos todos que nunca pasaban desapercibidos para nadie.
Giró hacia la piscina y se encaminó hacia ella. Me regaló la hermosa imagen de su trasero amplio, generoso y apoyado en dos macizos muslos. La vellosidad allí se acentuaba entre las nalgas dejando asomar algún que otro mechón más poblado. Acompañé con mis ojos ese andar lento hasta el borde del agua. Dejó su vaso allí y, de un salto, desapareció bajo la superficie.
Volví en mí y comprobé que estaba molesto conmigo mismo por haber espiado toda la escena, escondido, como un delincuente. Pero aún más cuando comprobé que bajo mi pantalón se había endurecido toda mi hombría. Me abrí la bragueta y mi miembro salió disparado agradeciendo la liberación. Estaba durísimo, enorme, y lo anidé con la mano descorriendo el prepucio. Al hacerlo, el líquido preseminal que había estado aprisionado entre los pliegues de la piel, se derramó por todo el tronco y se perdió entre los largos pelos de mi pubis. Tomé un pañuelo de papel y empecé a limpiarme, un poco escandalizado por lo que me había pasado ¿Cómo me había permitido entregarme a esa excitación? Miré de nuevo por la ventana y vi que él estaba saliendo del agua. Mi pija lanzó un nuevo chorro de líquido, y se estremeció entre mis dedos. No atinaba a masturbarme. Pero las manos se me iban solas, como obrando por voluntad propia. ¿Qué estaba haciendo? ¿Estaba loco? Reprimí mis deseos, intentando mirar para otro lado. No pude, él caminaba desnudo hacia la casa. Su desnudez era casi prepotente, insinuante, atrapante, contundente. Lo oí entrar y subir las escaleras para dirigirse a su habitación. Cerré los ojos, y me repetí una y otra vez que no debía abandonarme a tales instintos. Y no porque me había excitado al ver un hombre desnudo. Al fin y al cabo, eso me había sucedido otras veces. La lucha interna que se estaba librando en mí, tenía su razón de ser. Después de todo, ese hombre, irresistible, bellísimo, contundentemente viril: era mi padre.
Mi propio padre.
Y en ese momento, pensé que se trataba del hombre más deseado de la tierra. ¿Cómo había llegado a esas instancias? Sabía que en ocasiones, esa obsesión sexual por la figura paterna aparecía en el despertar sexual de los varones, pero yo tenía ya treinta años, era un hombre adulto, estaba felizmente casado, seguro en mi sexualidad, y completamente formado en las cosas más básicas de la vida. Entonces, todo eso escapaba a mi comprensión. Pero ¿es posible racionalizar lo que las emociones, con su enorme poder, pueden llegar a decidir, soberanas, absolutas, sobre cada acción del deseo?
Mi mano seguía sobre mi sexo, erguido y anhelante. Comencé a moverla instintivamente..., la imagen de mi padre desnudo aún estaba allí, mi mente no tenía que hacer mucho esfuerzo por reconstruirla, como si él se encontrara todavía frente al ventanal. Mis dedos, entonces, obraron por voluntad propia, recorriendo la lubricada extensión de mi verga erguida. No me resistí, ya no, y en intensas vibraciones,   alcancé enseguida un gozo estremecedor. Las manos se me llenaron de esperma, desbordándolas y no pudiendo evitar un repetido goteo hasta la alfombra del piso. Me quedé un momento absorto. Jadeante. Pleno.
Volví en mí luego de unos segundos. Sólo atiné a limpiarme torpemente con los pañuelos de papel que tenía sobre el escritorio. Pero me detuve sobresaltado por el sonido estridente del timbre que llamaba desde la puerta de calle. Intenté poner en orden mi alteración y en un santiamén metí como pude mi verga, aún pegajosa y húmeda, dentro del apretado pantalón. Saqué mi camisa afuera para ocultar el bulto y alguna mancha delatora, me repasé el cabello, bebí un trago de agua, y fui a atender la puerta.
-¡Tío Octavio (*), qué sorpresa! – exclamé con una sonrisa.
-Hola, Edu ¿Cómo estás? – me gritó en un abrazo. El hermano menor de mi padre me devolvió una sonrisa amplia y blanca.
Yo adoraba a mi tío, las circunstancias de la vida me habían llevado a quererlo mucho, indefectiblemente. Es que, por sobre todas las cosas, mi tío Octavio se había transformado, hacía años, en la presencia paternal que siempre me había faltado.
Pasamos a la sala, donde le ofrecí un trago. Sus ojos verdes, como los de papá, escrutaban cada detalle de la casa. Me preguntó como estaba, y luego se puso más serio.
-Y tu padre ¿Cómo sigue?
-Igual, tío. Disculpame, pero no sé si fue buena idea la de pedirme que viniera a pasar estas semanas con él. Sigue bebiendo, sigue en su depresión. A veces sale de ella como si obrara por efecto de una milagrosa medicación, y yo me ilusiono porque me digo que todo va a andar mejor, pero después, se hunde en su interior, y, no sé. No sé si mi presencia lo ayuda.
-Seguro que sí, chiquito. Dale un poco de tiempo..., tenés que entender que desde que él llegó de México, nada le ha sido fácil. Sé que venirte a Buenos Aires desde Mendoza fue difícil para vos, dejando a tu mujer allá, pero el hecho de que estés aquí le hará muy bien, ya lo verás, y estoy seguro que un acercamiento entre ustedes va a serle muy beneficioso. Y no sólo para él. Sería tan bueno para ambos que pudieran rehacer su relación…
-Tío, todo comenzó antes de venir a Buenos Aires. Y vos lo sabés. Esto viene de mucho antes. Papá nunca se interesó por mí. Me reencontré con él gracias a vos, porque me lo pediste. Pero nunca supe quién era, y él nunca supo de mí, salvo por nuestras dos cartas anuales desde entonces, una que le enviaba para su cumpleaños, y la otra que recibía para el mío. Nada más, una mera obligación de cortesía. Él hizo su gran carrera como actor. Una deslumbrante carrera, por cierto, pero lejos de este país. Lejos de mí. Todo lo importante en su vida, lo hizo lejos de mí. Tuvo tres matrimonios, éxitos, televisión, teatro, fama, dinero...
-Sí, una y otra vez repitió esos logros. Pero nunca tuvo ningún otro hijo. Y personalmente, Edu, no creo que todo lo que mencionaste sea más importante que haber tenido un hijo como vos.
Por un momento me quedé sin palabras. Mi tío me miró a los ojos, y ambos asentimos con la cabeza. Luego sonreí irónicamente.
-Tal vez sea así, pero no creo que él se haya dado cuenta.
-No sabés lo que estás diciendo, Edu.
-Ojalá, tío.
-Decime, ¿tuvo esa entrevista con su agente? – preguntó preocupado.
-Sí. Acaba de llegar. No hablé con él todavía. Pero por la cara que traía no creo que haya conseguido nada. Pero tío, él todavía cree que es aquel joven galán que enamoraba a todas sus fans. Los papeles que le ofrecen están muy lejos de eso.
-No sé, él sigue siendo muy apuesto.
-Sí, lo es –dije bajando la vista, como si mis pensamientos pudieran salir a la luz – pero el medio es cruel y la televisión de hoy en día tiene otros parámetros. Ya sabés, le ofrecen roles de padres, abuelos, o papeles secundarios que él no está dispuesto a aceptar. No olvides que papá es, además, un tipo muy orgulloso.
-Vaya si lo sabré. ¿Está arriba? – me preguntó tomándome de la mano
-Sí – dije un tanto emocionado, al sentir ese contacto suyo.
-Vení, vamos a verlo – me dijo, y cuando nos levantamos del sillón, me agarró por los hombros. Yo no pude resistirme y me abandoné a su abrazo. Me apretó bien fuerte y yo lo rodeé con mis brazos. Sentí todo su calor y afecto. Era muy parecido a papá físicamente, salvo las diferencias de su calva y canosa barba. El mismo físico corpulento. Los mismos ojos..., pero en ellos, definitivamente, yo encontraba otra mirada. Entonces posó sus labios sobre los míos, como cuando yo era chico, y me besó con todo cariño. Sentí su bigote sobre mi barba y el calor de su boca contra la mía. Respondí a su beso, que a la vez atrapaba toda mi sensualidad.
– Gracias por venir, Edu – me dijo, tomándome de la barbilla - … vas a ver como yo tengo razón. Que vos hayas venido es algo muy bueno.
Cuando entramos a la habitación de papá, él se encontraba semidesnudo con una toalla a la cintura, recostado en la cama, y bebiendo su whisky enésimo.
-¿Se puede? – preguntó sonriente mi tío.
-Te traje una visita, papá.
-¡Pásale, hermanito! – contestó divertido -¿pero llamas a este pesado "visita"?
-Pues pesado o no, me tendrás que aguantar – dijo Octavio.
-Mira nada más estos tipos – dijo papá señalando hacia la televisión, con el vaso en la mano – es que hoy en día ¿nadie les enseña cómo deben actuar? Ni modo. Una manga de pelotudos, che.
Papá combinaba el acento adquirido en esos años vividos en México con un lunfardo porteño bastante raro ¡y cómico! Muchas veces eso provocaba la sonrisa cómplice con mi tío.
-¿Cómo te fue con el agente? – le pregunté.
-¡Pinche cabrón! Fíjate que me ofrece un rol secundario en una obra de teatro, donde tengo que hacer de padre del protagonista. Unas pocas escenas sin importancia alguna. Se quedó mudo cuando yo le pedí el papel principal. Me dijo que ahora yo tenía que hacerme conocer, que soy muy famoso en México, pero que aquí no, que esto, que lo otro..... ¡carajo!, no sé como no lo mandé a la mierda. Para ese idiota, yo tendría que empezar todo desde abajo.
Mi tío y yo nos miramos. Papá seguía enfrascado en la tele, señalando los errores del actor de turno, de la iluminación, del manejo de cámaras, de todo. La diminuta toalla apenas le cubría su prominente sexo. Los ojos se me iban solos hacia el tentador bulto. Mi tío se acercó y le dijo cariñosamente:
-Vamos, Gastón. Dejá ya el whisky y apagá el televisor..., Edu, andá a preparar el baño para tu padre.
-Ya, hermanito... ya. Es que... estoy tan cansado... de todo. Nomás bebo para no pensar tanto...
-Estás muy tenso – dijo mi tío ayudándolo a incorporarse. Mi padre estaba algo ebrio ya, pero se dejaba hacer – a ver, sentate, que te voy a dar un masaje ¿te gusta esto?
-Como en las viejas épocas.
-Sí, como en las viejas épocas – le dijo, mientras me miraba y con su expresión me hacía señas de que no me preocupara. Mi tío se sentó detrás de su hermano y lo sostuvo un poco para que no se cayera. Le pasó un brazo por delante, para sujetarlo desde su tórax, mientras que con la otra mano le masajeaba la espalda por detrás. El brazo velludo de mi tío, atravesando el pecho, se hundía en los abundantes pelos de papá en una hermosa y masculina mixtura. Por un momento pensé en lo que daría yo por poner unir mis manos allí mismo.
Fui al baño para disponerlo todo. Llené el gran jacuzzi circular y preparé las sales. Al volver a la habitación, me detuve en la puerta, absorto por lo que veía. Mi padre se había abandonado totalmente a las manos de mi tío, quien lentamente le acariciaba los hombros y la espalda, pasaba las manos por los flancos hasta llegar a sus amplios pectorales; y todo lo hacía con una delicadeza muy especial. Papá se arqueaba a cada contacto y por momentos llevaba su cabeza hacia atrás, de modo tal que esta reposaba en un hombro del tío Octavio. Pero lo que más me llamó la atención, fue que debajo de la toalla de papá, el bulto había aumentado de tamaño considerablemente. El nudo de la toalla estaba por soltarse y, a cada movimiento de mi tío, la insinuada erección de papá cobraba vida con pequeñas sacudidas. El tío Octavio tenía su boca muy cerca del cuello de papá y le decía cosas muy tenues al oído. Era evidente que así lograba una más suave relajación y que ambos estaban muy a gusto. De pronto él tomó con sus manos los pezones de mi padre y los masajeó suavemente en forma circular, los amasaba, pellizcaba, y los volvía acariciar en continuas variantes. Mi papá tomó los brazos de mi tío y empezó a acariciarle los vellos, como retribuyendo el placer recibido.
-Ah, Octavito, siempre hiciste unos masajes réquete padres – dijo, pero al verme, tuvo un pequeño sobresalto y pegando una leve palmada de alerta a su hermano me dijo – Edu, ¿ya está listo ese baño?
-Sí, papá.
-¿Sabes una cosa? El otro día me ofrecieron un papel donde tengo que hacer un desnudo. ¿Qué te parece? ¿Tu padre todavía está en condiciones? ¿O piensas que haré el ridículo y que todo el mundo pensará que soy un viejo patético?
¡Hacer el ridículo! ¿Viejo patético?, vaya, estuve a punto de decirle que todo el mundo iba a ir al teatro solo para verlo desnudo, que su cuerpo era espectacular, que era el hombre más atractivo que conocía, y que yo mismo iba a estar en primera fila. Pero me contuve, porque tenía pánico de que mi verdadero pensamiento quedara al descubierto.
-Vos ya hiciste desnudos en tu carrera, Gastón, ¿no es cierto? – dijo mi tío, ayudándolo a salir de la cama.
-Sí, pero tenía varios años menos, Octavio. Además... éste desnudo es frontal – dijo, mirándome como esperando aún mi respuesta. Yo bajé la mirada, y no atinaba a contestar, pero como el tío me hacía señas para que le respondiera, empecé a balbucear:
-Papá, creo que vos estás en condiciones de hacer eso y mucho más– dije, intentando sonreír. Era todo lo que me salía decir, y en el fondo, lamentaba eso.
-Mi hijo no me conoce lo suficiente – le dijo al tío Octavio – ¡si ni siquiera me vio encuereado...! ¿Cómo puede darme una buena opinión?
-Gastón, vamos, estás borracho, vamos, a bañarte...
-¡En serio!, a ver, Edu, ¿no es cierto que nunca me viste en pelotas?
-Sí, es cierto – mentí.
-Entonces, a ver... ¿Qué opinas? ¿Tu padre todavía puede hacer un desnudo frontal? – dijo seriamente, a tiempo que desanudaba la toalla y la tiraba al piso. Mi tío hizo un gesto de desaprobación meneando la cabeza y mi padre se paseó desnudo frente a los dos, tambaleándose un poco, pero con una maravillosa media erección. Su pija se balanceaba, enorme, pugnando por crecer más. Había quedado bamboleándose en el aire y parecía mirarme con su pequeño agujerito, apenas cubierto por el prepucio tirante.
-Gastón. ¡Ya basta! Vamos, ¡al baño! Edu, prepará un café bien fuerte – dijo mi tío, y llevó a su hermano hacia el baño en contra de sus protestas.
La escena era patética, pero así y todo, algo me había impactado de ella. Había visto el miembro de mi padre rígido, casi erecto, y eso sí que era nuevo para mí. Trastornado, con una mezcla de excitación y tristeza, bajé a la cocina con esa confrontación de emociones. Me puse a preparar el café en medio de cientos de pensamientos. Pasó un tiempo bastante largo. Afuera la noche siguió al atardecer, y estaba en mis más íntimas meditaciones cuando oí bajar a tío Octavio.
-Lo dejé en la cama, creo que está dormido, me dijo que no iba a cenar. Si todavía está caliente el café, necesito uno, y doble.
Sonreí débilmente, serví dos tazas y nos pusimos a tomar el café sentados en la barra del desayunador. Después de unos minutos en silencio, mi tío me pasó la mano por el brazo, advirtiendo mi turbación, y me acarició como si yo aún fuera un niño.
-¿Qué sentís, Edu?
-Tristeza. Y una mezcla de cosas.
-Creo que tenés una necesidad enorme de tener un papá. Y allí lo tenés, pero todavía no sabés como acercarte a él – me dijo esto, y lo miré con los ojos húmedos. Entonces se acercó y me sostuvo fuertemente entre sus brazos.
-Vamos, chiquito, vamos. Todo va a estar bien. A veces los hombres nos ponemos un poco estúpidos con la edad, no es nada más que eso.
Podía entender eso, sí, era una persona adulta, pero en ese momento me sentí como un niño. Un niño que, además, estaba muy bien bajo la protección de esos peludos brazos. La voz de tío Octavio me reconfortaba pero también me hacía saltar las lágrimas. Sentí el calor de su cuerpo emanando de su camisa abierta. Él seguía abrazándome y había puesto una mano sobre mi cabeza, acariciando mi nuca. Mi mejilla rozaba levemente los vellos entrecanos saliendo de su pecho. Tío Octavio era un ser increíble, lleno de ternura y acostumbrado a regalar afecto. Tan diferente a papá. O al menos, eso pensaba yo. Siguió acariciando la cabeza y me habló muy cerca del oído.
-Sé que es difícil, querido. Supongo que él es un extraño para vos.
-No, tío. Entre un hijo y un padre hay una conexión tácita. No diría que es un extraño para mí. Pero tenés razón en que todo es difícil. Ya van tres semanas que estoy en esta su casa, y sigo sintiéndome muy lejos de él. Si tan solo me abrazara como vos. Quiero tocarlo, sentir su abrazo, que me bese, que me acaricie..., por todas esas veces que no lo hizo y por todas las veces que lo necesité – al decir esto, inconscientemente, yo recorría la espalda de mi tío con mis manos, acariciándolo, y mi cara buscaba el hueco entre su cuello y el hombro, sintiendo su rico perfume y acariciando con mi barba su piel áspera. Mi tío me devolvía las caricias tiernamente. Las sillas en que estábamos sentados eran altas por lo que no nos costó descender de ellas y quedarnos de pié, siempre fuertemente abrazados. Entonces ocurrió algo entre nosotros que nunca había pasado. Nuestros pechos, su panza contra la mía, las piernas que estaban casi entrelazadas, y sobre todo la presión que ambos hacíamos inconscientemente al acercar nuestros sexos, nos embargó en un soplo de íntima unión. Cuando finalmente me di cuenta de eso, mi miembro estaba tan tieso como el de él. Me asusté, sin poder dominar las sensaciones que se estaban disparando en mí, pero por otro lado, a decir verdad, en ningún momento pensé en soltarme de ese abrazo. Me sentía muy bien, espléndidamente reconfortado, y toda la firmeza del cuerpo de mi tío me hacía vibrar inconteniblemente. Yo temblaba, y al percibir eso, sus brazos, inmensamente contenedores me sujetaban para darme la calma sanadora, y, sin quererlo, el remedio producía todo lo contrario a la calma. Sentía su verga sobre la mía y la presión era casi frenética. Entonces mi tío me dio un primer beso en el cuello, siendo un poco más alto que él, su boca cayó lógicamente en ese sitio, por lo que lo recibí con toda naturalidad. Fue un beso corto, leve, con los labios rozando apenas la piel abandonada a su boca. Me estremecí al sentir el suave contacto de su bigote y lo apreté más contra mí. Él respondió con caricias en toda mi espalda y cintura y me susurró al oído:
-Edu, chiquito, siempre te quise mucho. Sos mi único sobrino, y sabés que siempre voy a estar aquí para lo que necesites.
-Sí, tío. Vos fuiste como un padre para mí. Siempre lo sentí así. Lo sabés.
-Pero este no es un abrazo de padre. Para eso está mi hermano, que también se muere por abrazarte aunque vos no lo creas. Es así, solo que, claro, tal vez eso le llevará un tiempo, tal vez no, tal vez en cualquier momento te de una grata sorpresa. Pasé gran parte de mi vida junto a él, y lo conozco mucho.
-Entonces, si este no es un abrazo de padre... ¿por qué me siento tan bien en este abrazo?
-Porque este un abrazo de hombre. Simplemente es eso. ¿No sentís que somos dos hombres necesitándose?
-Sí. Pero tengo miedo.
-Es lógico, los sentimientos más profundos provocan algo de miedo. Yo también lo tuve alguna vez. Está todo bien. Te quiero mucho, y me querés: nada de malo puede haber en eso.
Cuando sentí esas palabras lo miré fijamente a los ojos. Su boca estaba entreabierta muy cerca de la mía, bajo ese bigote espeso y canoso, tentadora, mostrándome una fila perfecta de dientes blancos y brillantes. Me tomó de la mejilla y sentí que se acercaba a mí. Su aliento cálido e irresistible me embriagó, y sin querer fui abriendo la boca al aproximarme más a él. Mi pija dio una sacudida, aprisionada y dura bajo el pantalón. Enseguida sentí la respuesta de mi tío, que prensaba mi bulto con el suyo. Fue cuando nuestros labios se unieron y nos besamos larga y tiernamente. A ese beso siguió otro, y otro, y cada vez nos besábamos con más pasión. Abrí tanto la boca, que la entrada de su lengua fue algo deseable y natural. Entonces me animé a acariciársela con la mía. Su mano llegó hasta mi sexo, y adivinándolo bajo la tela, me frotó fuertemente la pija con movimientos que me hicieron alucinar de placer. Yo también palpé su agrandada verga. Estaba rígida como un palo. Sobé toda la zona y recorrí toda la extensión de su tronco, huevos y entre sus piernas. Volvió a abrazarme y sin dejar de besarme me estrechó contra sí hasta casi hacerme doler. Sus dedos, sin atolondramiento alguno, bajaron el cierre de mi bragueta, y cuando terminó, sentí el alivio de mi pantalón abierto, lo dejó así, con el gran bulto presionando la tela de mi calzoncillo. Entonces él hizo lo mismo con su pantalón y yo bajé la vista, ávido por ver lo que él quería mostrarme. Apartó sus ropas y buscó debajo de su bóxer. Una verga venosa y grande salió enseguida, íntegramente mojada en su propio líquido transparente. En respuesta, yo bajé mi ropa interior y dejé emerger mi poderosa erección. Juntamos nuestros calientes sexos y los frotamos entre sí, mientras nos devorábamos las bocas otra vez más. Nuestras lanzas espadearon una con otra, chocando y resbalando en mantenida contienda. Su verga, que tenía una dureza increíble, restregó la mía y humedeció mi matorral púbico. Mis manos desbrocharon algunos botones de su abierta camisa. Metí mis exploradores dedos que se adentraron en una jungla de piel y pelos. Al llegar a los pezones mi tío lanzó un largo gemido. Eran carnosos y grandes. Seguramente así se debería sentir tocar los pezones de papá, pues eran muy parecidos. Los amasé y los acaricié largamente, sin dejar de besarlo, recibiendo en mi boca cada exhalación de la suya. Él no dejaba de tocarme la pija. De inmediato su mano quedó toda pegajosa con mi líquido que ayudaba a que se deslizara y patinara sin problemas. Lo abracé, sintiendo que iba a acabar en cualquier momento. Agarré con las dos manos su dura verga y recorrí toda la zona sin dejar de pasar por cada centímetro de su piel, incluyendo sus pesadas y velludas pelotas.
-Te quiero, tío, te quiero mucho – dije entrecortadamente.
-Yo también, chiquito – me respondió poniendo los ojos en blanco.
Nuestras manos siguieron trabajando uno y otro palo, hasta que fuimos llegando al umbral de nuestro goce mayor. Estábamos a punto de estallar, pero entonces, mi tío abrió los ojos y en un momento abandonó mi miembro dulcemente para abrazarme.
-Sí, te quiero mucho, Edu – me susurró dentro de la boca. Luego, se calmó un poco, y tomándome de los hombros, me miró profundamente - ojalá hubieses sido el hijo varón que nunca tuve. Sabés que te quiero como si lo fueses.
Yo lo abracé de nuevo, fuertemente agitado, en una unión como nunca había tenido antes con él. Nos quedamos así, extáticos, erectos y plenos. Luego, me besó paternalmente en la mejilla, me sonrió con una dulzura infinita, y me dijo:
-Arriba está tu papá. Andá con él. Yo tengo que volver a casa.
Y con un cuidado esmerado, me empezó a acomodar la ropa. Tomó amorosamente mi falo enardecido y vibrante, y con no poco trabajo lo enfundó nuevamente en mi ropa interior, y después me subió el pantalón, abrochando cuidadosamente la bragueta.
-No sigamos, Edu. Será mejor.
-Está bien, tío, lo que vos digas.
-Tu papá te necesita ahora.
No dije nada. Lo miré profundamente. En su expresión sin palabras, entendí todo lo que quería decirme. Le di otro abrazo muy fuerte, y lo besé en los labios, muy emocionado.
Cuando mi tío se fue, yo quedé inmóvil y sin saber qué hacer. No podía asombrarme por lo que había pasado. Me había parecido muy lógico, muy natural, había sido un efusivo choque que no había tenido origen más que de nuestro mutuo afecto. Tío Octavio había dejado mi cuerpo y mi alma en un estado de excitación arrobador. Sí, había sido más que un abrazo, pero ahora no podía detenerme a pensar en lo que había sucedido. Dejé eso para después. Miré hacia las escaleras. Estaba temblando. Pero tomé coraje y me dirigí al cuarto de mi padre.
Dormía. Aún estaba encendida la lámpara que iluminaba levemente su cara y parte de su hermoso pecho semi descubierto. Mi tío lo había tapado con una fina sábana blanca, y todo el contorno de su cuerpo se dibujaba en la tela. Entré y pensé preguntarle si necesitaba algo. Me senté en la cama, mudo, y entonces mi padre se volvió hacia mí con los ojos semi cerrados. Le acaricié tenuemente el dorso de la mano. Al hacerlo él abrió un poco más los ojos y me miró. Sonrió y me dijo:
-Edu, eres tú...
-Sí, papá. ¿Necesitás algo? ¿Te preparo algo de comer?
-No, por favor, quédate aquí conmigo.
No lo podía creer, pero estaba escuchando otro tono en su voz. Mucho más calmo, más dulce, y me gustaba.
-Sí, estoy aquí, papá.
-Ahora que estás aquí, sí, estoy bien. Pero ven más cerca. Recuéstate junto a mí.
Me recosté a su lado, un poco más incorporado que él, apoyándome sobre el respaldar de la cama.
-¿Estás bien, papá?
-Sí. No te preocupes, estoy bien. Estuve platicando con tu tío.
-Eso pensé.
-¿Sabes Edu?, creo que te di un mal espectáculo. Perdóname.
-No, papá, quedate tranquilo, no te...
-No, no; no hablo solo por lo de hoy, sino por estas semanas. He estado como siempre, mirando mi propio ombligo. Quiero pedirte perdón. No fui un buen padre en todos estos años, ¿verdad?, es más, creo que ni siquiera tuviste un padre en mí...
-Todos hacemos lo que podemos, papá. Yo hubiera querido...
-Ya sé, ya sé. Yo nunca estuve para estar junto a ti. ¿Crees que es demasiado tarde?
-No sé, papá, decímelo vos.
-Ven aquí..., quisiera darte un abrazo. No sé si es tarde o no. Pero, hijo, espero que no lo sea para el bien de los dos – me dijo esto, y algo se movió en mí.
Nos abrazamos y por primera vez, ese torso desnudo casi quemaba en mi propio pecho. Sentí una mezcla extraña de sensualidad y una necesidad real de protección paterna. Una mixtura increíble de sensaciones confrontaba violentamente en todo mi ser. Mi mente no podía con todo eso. No pude pensar más, sólo me limité a sentir.
-¿No quieres venir a la cama? Quédate a dormir conmigo esta noche, por favor..., como cuando eras pequeñito, pequeñito, y venías a nuestra cama porque te daba miedo la oscuridad. ¿Quieres?
-Claro – respondí asombrado después de quedarme absorto por unos segundos – Pero papá, ¿qué has estado hablando con tío Octavio?
-Qué curioso eres, hijo mío. Nada. Ha sido una plática corta, pero muy bella. Hablamos de ti. Pero no hizo falta de que él me dijera nada. Yo conozco a mi muchacho, le dije. El resto fue un hermoso silencio. Tú sabes que con Octavio nos entendemos casi sin decir palabra. Somos muy unidos. Siempre lo hemos sido, desde la infancia.
-Entiendo – respondí mientras mi padre abría la cama para que me metiera adentro – pero, papá, no pensarás que me meteré entre las sábanas limpias vestido como estoy, ¿no?
-¿Y qué esperas para desvestirte, hijo?, ven – y diciendo esto, se sentó en la cama y empezó a desabrocharme la camisa. Yo bajé mi vista. La sábana llegaba a cubrir justo hasta la zona donde sus vellos se poblaban más. Sentí el principio de una erección pero recé para que no siguiera avanzando. Mi peludo pecho quedó desnudo, mientras yo me desabrochaba el pantalón.
-Mira nada más. ¿Cuándo te salieron todos esos pelos, hijo?
-Hace mucho, papá. No te olvides que ya estoy un tanto grandecito – dije a punto de reírme.
-Vaya, todos los machos de esta familia somos bien peludos. Supongo que la culpa la tuvo tu difunto abuelo, que era como un oso.
-No tengo tantos pelos como vos.
-Cuando yo tenía tu edad, era como tú. Ya verás en unos años, los pelos no dejan de salir, y por todos lados. – me dijo, mientras me miraba sonriendo – Pero, desnúdate de una vez, y métete en la cama. ¿Has cenado ya?
-No tengo hambre  – dije, mientras que con cierto pudor me disponía a quitarme el bóxer.
-Yo tampoco – me dijo, y volvió a recostarse sin dejar de mirarme, orgulloso de descubrir todo un hombre en su hijo.
-Mi hijo, un hombre. Mi Edu. Y yo no estuve para ver cómo ibas creciendo. ¡Nada más mírate...!
Entonces me quité el bóxer. Mi pija estaba un poco más grande de lo que yo creía y saltó un poco cuando la liberé por encima del elástico. Me puse colorado y noté como mi padre se interesaba mucho en mi morcillón pene. Pero no le di tiempo a observar mucho más porque en un santiamén me metí bajo las sábanas, totalmente avergonzado. Él no dijo nada y sonrió complacido.
Por un momento, quedamos los dos acostados boca arriba mirando el techo. Mi padre había llevado las manos bajo su nuca, reposando la cabeza sobre ellas. Un perfume delicioso se esparció entonces. Miré una vez más sus velludas axilas y su aroma emborrachó mi nariz. Los pelos, largos y negros, se le ensortijaban allí, con un precioso diseño en remolino. No podía creer que estaba al lado de ese hombre. Sentía una atracción irresistible. Mi pija latía y se agrandaba contra mi voluntad. Instintivamente había subido las rodillas para evitar que el bulto se marcase en la sábana.
-Edu, ¿no me guardas rencor por haber desaparecido de tu vida durante tantos años?
-¿Pero por qué lo hiciste, papá?
-Por miedo. No me sentí capaz de educarte. Como siempre, confié en Octavio. Él hizo de padre para ti. Él me iba escribiendo sobre ti, de tus logros, de tu vida. Pero ahora veo que he perdido muchos años, y para siempre. No estuve a tu lado. Cuando recibí esa oferta de trabajo en México, me apresuré a empacar, sin pensar. Sin pensar en nada. Vi en esa carta la excusa perfecta para justificar mi huída. Fue un error.
-¿Te arrepentiste, entonces?
-¿Que si me arrepentí? Hijo, creo que siempre voy a tener remordimientos contigo.
-Yo pensé que ni siquiera te acordabas de mí, que te resultaba indiferente. Nunca me dijiste nada de eso.
-Tienes razón. Fui un cobarde. Pero siempre te tuve en mi mente y en mi corazón.
-¿De veras?
-Siempre.
-¿Y ahora también?
-Más que nunca. Solo espero que no sea demasiado tarde para nosotros, Edu. Quisiera volver a ser tu papá...
Lo miré. Él seguía mirando el techo, pero sus ojos estaban húmedos. Puse una mano en su pecho. Sentí un estremecimiento al tocar esa suavidad acariciante. Esos pelos debajo de mi palma, me producían algo inexplicable. Lo cierto era que mi pija ya estaba completamente dura. Él me miró, me sonrió, y me dijo:
-¡Ven aquí! – y me atrajo hacia su pecho pasando un brazo por debajo de mi cuello. Mi cara fue a dar contra su mullido pectoral, y nuestros cuerpos desnudos se juntaron por primera vez bajo la fina sábana. Enseguida cuidé de situar mi muslo junto a su pierna antes que mi duro pene, pues no habría sabido qué decirle si él sentía mi erección. Estaba embriagado por su olor corporal. Por su calor. Me relajé completamente al contacto con esa suave piel.
-Edu, Edu..., todos estos años estuve castigándome por haberte abandonado. Y hace semanas, cuando nos reencontramos, al verte tan hombre, tan adulto... pues, no sabía cómo hablarte. Todo lo que tenía que decirte, me quedaba adentro. Porque para hacerlo tenía que reencontrar al Edu pequeñito que había dejado hacía años cuando salí del país. Era como si no te reconociera, ¿entiendes?
-Soy yo, papá.
-¿Eres tú?
-Sí, aquí estoy – le dije, mientras me abrazaba más fuerte contra él.
-¿Eres aquel pequeñito de nariz sucia con el que jugaba a la lucha en la cama? ¿El que se me trepaba a la espalda y me hacía una "llave mortal" asfixiándome con sus manitas?
-¿Te acordás? – le pregunté entre la risas y la emoción profunda.
-Claro que sí. Eras mi campeón. ¡Cómo disfrutaba esos momentos cuando te llevaba a la cama!
-Luego venía el cuento.
-Y después...
-El beso de las buenas noches.
-Cuántos besos que tendría que haberte dado, hijo – y al decirlo, sonriendo todavía por la emoción del recuerdo, me dio un largo beso en la frente. Al sentir sus labios húmedos sobre mí, y sus manos atrayéndome aún más a él, mi temblor se hizo incontenible, notando como de mi verga dura como un palo emanaban gotas de líquido preseminal.
-Papá, todo va a estar bien. Podemos empezar todo otra vez.
-No, no empezará todo de nuevo. Lo que he perdido, nunca se recuperará. Debo ser realista. Por eso, a partir de ahora, quiero ser un verdadero padre para ti. No el que "no he sido". Sino el que soy ahora.
-Sí, papá. – dije, y me abandoné a sus brazos.
-¿Pero comprendes lo que intento decirte?
-Sí, papá, lo comprendo, y para mí está perfecto.
-Gracias..., gracias, hijo - me dijo emocionado.
Apoyó una vez más sus labios en mi frente, y sus manos me acariciaban tiernamente. Mi cara sentía los latidos en su pecho, recibiendo la suavidad de sus vellos, el calor de su piel y el aroma a agua de colonia de todo su cuerpo. Era todo tan placentero, que hubiera estado así por semanas enteras. Cuando niño, habíamos tenido una relación hermosa ¿Podíamos intentarlo ahora? ¿Estaba recuperando a mi padre, finalmente?
Él me estrechó tanto contra sí que mi sexo quedó de pronto apoyado contra su muslo. Nos quedamos quietos. Él había sentido mi húmeda erección, claramente sobre sí. Pero ninguno de los dos dijo nada. Él solo atinó a acariciarme la cabeza y darme un beso en la mejilla. Entonces. Apagó la luz, y así, abrazados, nos fuimos durmiendo.
Así pasó la noche. Con una latente felicidad avanzando en la oscuridad.
La luz del sol se filtró por la ventana y algunos rayos fueron a dar sobre la cabeza de mi padre. Al despertar, pude ver como él había quedado recostado sobre mi pecho. Dormía como un ángel. Su boca estaba a pocos centímetros de mi rosado pezón, podía sentir en él su aliento, era delicioso, y una de sus manos descansaba pesadamente en mi bajo vientre, allí donde comenzaban mis pelos más íntimos. Miré un poco por debajo de la sábana, embelesándome con la vista de su cuerpazo casi encaramado sobre el mío y su mano tan cerca de mi sexo dormido. Esto me excitó otra vez, y en pocos segundos, mi verga estaba bien levantada. Me dio mucha vergüenza y un raro temor cuando mi miembro llegó a posarse sobre el dorso de su mano. Pero a la vez, esa imagen llevó mis fantasías a lugares extraordinarios. Besé a mi padre en la frente, dulcemente, y empecé a deslizarme fuera de la cama, cuidadosamente, para no despertarlo.
Desnudo y erecto como estaba me metí en la ducha. Después, ya más calmo, me cubrí con una bata de toalla y silenciosamente salí del cuarto. Bajé a la cocina a preparar el desayuno y dispuse todo en una bandeja: café, tostadas, manteca, dulce de leche, ese que siempre prefería, y subí al cuarto nuevamente.
-Buen día papá, te traje el desayuno – dije, mientras abría un poco las cortinas.
Papá entreabrió los ojos, estirando los brazos.
-Buenos días, Edu… ¡Pero qué maravilla! ¡Cuánto hacía que no me traían el desayuno en la cama!
-Aquí está tu café.
-Con leche, hijo...
-Ya lo sé... ¿Así está bien? ¿Con qué querés las tostadas?
-¡Con dulce de leche, por supuesto! ¿O acaso no “sabés” que sigo siendo argentino, "che"?
-Claro, claro... ¡el loco del dulce de leche! – dije, mientras reíamos– hay ciertas costumbres que no se te borraron. Tomá. ¡Y no te las tires encima...!
Era una delicia verlo tan contento. Los dos estábamos muy felices de compartir así ese desayuno. Más cerca, más cómplices..., las risas, las bromas, y todos los comentarios de nuestra conversación. Tan ensimismados estábamos, que pasó lo de siempre: a mi padre se le había caído la tostada untada con dulce.
-¡Pos mira nada más!... ¡qué mierda...! ¿será posible que siempre me pase lo mismo?
-Es así, papá, las tostadas siempre se caen del lado del dulce.
-¡Y fíjate tantito dónde ha caído!
Yo me moría de risa. Pues la tostada había ido rodando por todo su pecho, embadurnando de dulce el camino de pelos de su abdomen, hasta instalarse bien pegada debajo de su ombligo.
-Esperá, esperá – dije entre carcajadas – voy a traer algo con qué limpiarte, no te muevas, que vas a hacer un desastre.
Volví con una toalla húmeda y como si mi papá fuera un niño, empecé a limpiarle el pecho. Él había apartado la bandeja y la había apoyado en la mesa de luz. La sábana lo cubría hasta la cintura. Yo fui limpiando con dificultad su pecho, pero el pegote en medio de los pelos era tal, que tuve que ir a enjuagar la toalla.
El agua mojaba el pecho de papá, alisando sus hirsutos pelos, él reía y hacía bromas burlándose de sí mismo y haciendo chistes sobre su senilidad prematura. Yo le daba letra, muy divertido, mientras me concentraba en la tarea de pasar esa toalla por cada parte de su pecho. Limpié sus pectorales. Sus redondas y grandes tetillas no estaban sucias, pero me dediqué a frotarlas también, con la excusa de que las tostadas habían hecho un gran estrago. Seguí con su torso, intentando retirar todo el dulce. Bajé por su abdomen, lentamente, y al bajar un poco más, nuestras risas fueron disminuyendo y casi por reflejo nos pusimos más serios. Froté casi con temor su ombligo y seguí para bajar más aún. Entonces retiré un poco la sábana y su pubis quedó a la vista. Pasé por allí la toalla, mientras que poco a poco mis movimientos se iban haciendo muy lentos y mucho más tenues. Sus pelos se iban humedeciendo con la toalla, y yo me maravillaba de peinarlos para un lado y para el otro. Todo era muy sensual. Él entonces, apartó un poco más la sábana y dejó al descubierto el miembro que reposaba pesadamente sobre sus grandes pelotas. Abrió exageradamente las piernas, como para facilitar mi tarea. Respiré hondo y proseguí limpiando. Mi padre estaba muy serio y callado, sin dejar de observar todo lo que yo hacía. Yo estaba totalmente dedicado a mi trabajo, como si de ello dependiera mi vida. No dejaba de fijarme en su sexo. ¡Qué hermoso que se veía, recostado y durmiendo pesadamente sobre las velludas pelotas...! Cuando noté que se estaba moviendo, llevé la toalla más abajo y le froté en las entrepiernas. Ahora su pija estaba más gorda, supe que era el comienzo de una erección. Esto me enloqueció y bajo mi bata, yo sentí palpitar mi propio miembro.
Entonces su voz resonó en mí, casi como un esperado alivio:
-Creo que ya está todo limpio, Edu – me dijo en un susurro.
Yo dejé de limpiarlo e hice un silencio. Después, volviendo a mirarlo, no sin cierta sorna, le contesté:
-Mirá que sos torpe, viejo. No vas a aprender nunca a comer tostadas con dulce de leche.
Y al decir esto, mi padre cambió su rostro circunspecto por uno pícaro y asombrosamente risueño, fingiendo un enojo que más que intimidante, era cómico.
-¿Qué has dicho?– me dijo con un tono burlón en su voz, y el brillo juguetón en sus ojos.
-¡Torpe! ¡Que sos un viejo torpe! – dije con risitas nerviosas.
-¿Qué has dicho? – me repetía mientras se incorporaba imitando la actitud amenazadora de temible luchador.
-Lo que escuchaste, no sabés ni sostener una tostada – le dije, sin poder parar de reír, y atajándome con las manos al ver que él se abalanzaba sobre mí.
Entonces mi padre se me tiró encima cuan largo y grandote era, y comenzamos a jugar como antaño.
-¡Ahora verás, mocoso imberbe! ¡Yo te voy a arreglar!– gritó, volviendo a repetir voces para mí lejanas, olvidadas años atrás, pero que regresaban reconocibles y entrañables. Me tomó de la cintura a tiempo que yo me lanzaba en cuatro patas sobre la cama. Le grité algunas obscenidades, haciendo alusión a su edad, bromeando, y resistiéndome a sus amenazas. Me preparé para la ridícula contienda, y me di cuenta de que en ese momento había vuelto el tiempo atrás y éramos otra vez padre e hijo jugando a los luchadores en la cama. Me sostuvo entre sus brazos a tiempo que me hacía cosquillas. Yo me zafaba pero él, más grande que yo, siempre me volteaba sobre la cama, que a ese punto ya era un verdadero caos de sábanas y cobijas. Nos dejábamos ir, abandonados a nuestro juego infantil, entre risas y gritos. Volví a quedar bajo su cuerpo y comenzó a hacerme cosquillas otra vez. Caí de espaldas y en vano intenté defenderme, descompuesto ya de risa. Al verlo sobre mí, desnudo, mi risa fue calmándose. Papá se reafirmó a horcajadas encima mío, y mi sexo, bajo la bata, había quedado exactamente bajo el suyo. De un tirón me la abrió para aplicarme sus dedos sobre la piel y torturarme a cosquillas. Nuevamente me retorcí entre risotadas, mientras sentía que de a poco estaba quedando tan desnudo como él. Sus manos se me metían por los flancos, hurgaban mis axilas…, y también empezaron a bajar. Mi padre me había quitado por completo la bata y me invadía con sus manos de una manera enloquecedora. Pronto dejé de tener cosquillas para desear que sus manos me tocaran más y más. Las llevó hasta mis caderas y me tocó el culo intentando abrirlo con sus forcejeos. Yo seguía riendo, una risa algo fingida que tal vez él había descubierto. Abrí las piernas y lo rodeé con ellas hasta entrelazarlas detrás de su espalda. Cuando lo hice, mi pija quedó adosada a su peludo abdomen. La froté bien contra sus pelos mientras lo amenazaba siguiendo el juego:
-¡Te tengo, esta es mi toma secreta!
-Sí, la recuerdo. ¿Me tienes, dices? Lo que tienes es una cara de bodoque... – me dijo, mientras volvía a hacerme cosquillas. Llevé mis manos a sus axilas, buscando defenderme. Pero en realidad lo hacía para probar hundir mi tacto en esos dos matorrales peludos. Papá no tenía cosquillas. Me volvió a provocar.
-¿Crees que con eso me intimidarás? ¡Pobre niñito...!
-Ya no soy un niñito – dije un poco cabreado – y te lo voy a demostrar...
-¿Cómo? ¿Sonándote los mocos?
Entonces, fingí enfurecerme de verdad y me zafé de su peso para treparme sobre él y montarlo como un caballo. Tantas veces había hecho eso de niño, y ahora, ya hombre…, lo volvía a hacer, maravillado de que todo aflorara desde un interior muy mío y cercano.
-Ahora probarás el rigor de mi llave mortal – le dije, mientras él quedaba en cuatro patas, forcejeando, y yo me afirmaba sobre su espalda. Él respiró fuertemente al sentir mis setena y cinco kilos sobre sí, pasé mi brazo alrededor de su cuello y fingí ahorcarlo, con todo el peso de mi cuerpo.
-¡Ay, qué miedo!
-¿Te rindes, anciano?
-Oich, parece que hay mosquitos...
-Repito: ¿Te rindes?
-No mames, cabrón...
-Entonces verás, cuate mexicano, sabrás lo que un gaucho de las pampas es capaz de hacer – dije... y empecé verdaderamente a cabalgarlo, haciendo fuerza sobre él. Mi padre se reía a carcajadas, pero de pronto cayó en la cuenta de que el chiquillo que tenía encima, era todo un hombrote peludo. Mi pija, empezó a dar muestras de dureza con tantas frotaciones, y quedó instalada entre su culo y su cintura. Papá hacía fuerza para sostenerse incólume, bufando y vociferando como un verdadero luchador en el ring..., entonces..., bajé mi mano hacia su culo y lo tomé por detrás entre las piernas. Al hacerlo, froté sus pelotas bien pesadas y con la otra mano lo tomaba por el cuello, intentando tumbarlo de espaldas. Mi brazo quedó restregándose entre sus nalgas. Podía sentir su velludo ano abrirse ante las frotaciones de mi largo brazo. Él se resistía, sin dar tregua a sus forcejeos que ya dejaban de ser un juego. También él había dejado de ser el papá consentidor y se resistía de verdad, por lo que me costaba mucho tumbarlo en la cama. Mi mano, bien metida en la entrepierna, con mi brazo incrustado en toda la raja de su enorme culo, rozaba su verga, y sentía como ésta se golpeaba violentamente contra mí en cada movimiento. Mi pija, que ahora se apoyaba en su muslo, estaba durísima, pero ya no me daba vergüenza alguna ese contacto, sobre todo porque yo sabía que la suya también estaba poniéndose cada vez más rígida. Miré por debajo de su soberbio tórax agitado y pude ver la grandiosidad de esa verga colgando y bamboleando entre los muslos bien abiertos. Esto me excitó sobremanera y no pude quitar mi vista de ese carajo. ¡Cada vez se ponía más duro! Su tronco golpeaba a veces contra su abdomen, y podía ver claramente como babeaba un abundante líquido transparente.
Fue cuando, harto de tanto forcejear, él me tomó entre sus fuertes brazos y con un aullido feroz me levantó en vilo girándome hasta ponerme de espaldas, para abalanzarse nuevamente a horcajadas sobre mí. Al hacerlo, la cama sonó en varios crujidos. Nuestras caras quedaron frente a frente y a pocos centímetros, con los ojos encendidos y chispeantes.
-¿Te rindes?
Nuestros cuerpos desnudos se frotaban entre sí.
-¡No!
Nuestras vergas alcanzaban ya su mayor erección.
-¿Te rindes?
Nuestros pechos se tocaban intensamente sintiendo la agitación de nuestras respiraciones.
-¡No, no!
El vello de mi padre se confundía con el mío.
-¡Por última vez! ¿Te rindes?
Nuestras bocas casi se tocaban, y nuestros alientos se mezclaban acaloradamente.
-¡No, maldito seas, no, no y no!
Nuestras piernas se entrelazaban trabándose y chocándose rítmicamente.
-Entonces...
Los sexos, juntos y aprisionados entre sí, libraban una batalla de ondulantes movimientos.
-¿Entonces, qué?
Cada latido de nuestros miembros eran sistemáticamente captados y respondidos entre sí. Aún seguíamos riendo.
-Entonces...
Se hizo un largo silencio, en el que solo podíamos escuchar la aceleración de nuestros pechos. Ya sólo sonreíamos.
-¿Entonces qué, papá?
-Entonces, si no te rindes…
Su voz se extinguió en un susurro lento, atrapada en la agitación de una ternura devastadora, suspiró profundamente y no pudo completar la frase. Y nos miramos, ahora serios, y acercando más nuestras bocas.
¡Dios mío, cómo había cambiado su mirada!
Estábamos muy agitados, y aliento sobre aliento, nuestras respiraciones se confundían entre sí.
Mi padre sobre mí.
Desnudo él, desnudo yo.
Fue un momento único. Sublime. Porque en ese momento nos dimos cuenta de que habíamos vuelto al presente, que él ya no era el papá jovencito que jugaba con su pequeño. Que los dos éramos padre e hijo adultos. Que éramos dos hombres y que el juego se transformaba en otro, tal vez más peligroso, pero mucho más real. Nuestros ojos dijeron todo. Porque dejamos de hablar para comernos con la mirada. Entonces él llevó una mano a mi mejilla y la acarició dulcemente. Yo acaricié su cabello, lo acomodé un poco, y bajé pasando la mano por su cuello.
Un minuto más y todo se habría diluido.
Un minuto más y ambos nos habríamos apartado y, avergonzados, hubiéramos dado comienzo a las disculpas.
Un minuto más y la magia se habría esfumado.
Ambos lo supimos.
Y antes de que ese minuto pasara y que la agitación de nuestros pechos desapareciera mi padre acercó su boca a la mía.
-Está bien, papá, me rindo - le dije, entregado.
Dudamos un mínimo segundo, con la veladura de una breve sonrisa en el rostro, pero después avanzamos enseguida y nos besamos apasionadamente. Lo abracé fuertemente y empezamos a frotar nuestros sexos duros entre sí. Finalmente, su lengua me horadó la boca. Yo la recibí con un frenesí extraño. Era el beso de mi padre, y qué bien se sentía eso. Con sus manos buscó mis nalgas y las fue acariciando en movimientos lentos y suaves. Sentía esas manos repasar mis suaves vellos y me era imposible no acompañarlas con leves movimientos. Besé su cuello ancho y fuerte, mis labios siguieron bajando, buscando explorarlo todo, llegué hasta esas aureolas rojas y grandes, y las rodeé con mi lengua, sus pezones se fueron endureciendo mientras los lamía, los succionaba, los mordisqueaba y los volvía a lamer, pasaba de uno a otro, alternando pausadamente el tratamiento, con las manos, tomaba cada uno de sus pectorales, formando con la presión una verdadera mama abultada y turgente, entonces el pezón sobresalía hacía mí, invitándome para que lo chupara de nuevo.
Papá se retorcía de placer. Seguía sobre mí, moviéndose, frotándose y acariciándome todo el cuerpo con la suavidad de seda de sus pelos. Entonces, vencido por lo que estaba sintiendo, cayó de costado sobre sus espaldas. Su gran verga quedó proyectada hacia el techo, levantada y dura, con el glande totalmente descubierto. Mi mano fue a atraparla. Él lanzó un gemido cuando sintió mis dedos sobre sus velludas bolas.
-¿Alguna vez has tocado así a un hombre, Edu?
-No, papá.
-Vaya...
-Decime si lo estoy haciendo bien.
-Mi chiquito, cualquier cosa que hagas estarás haciéndola bien.
Entonces me incliné hacia su pelvis acercando mi boca a esa poderosa viga de acero. Mi boca se me hizo de agua. Me relamí, dispuesto a tragarme toda la verga de mi padre.
-¿Que vas a hacer, hijo?
-Quiero comerte ¿puedo?
-¿Lo quieres realmente?
-Sí, papá, lo quiero de verdad.
-¿Estás seguro?
-Papá, nunca deseé así a nadie.
-Entonces, adelante, hijo. Eres un hombre y sabes lo que haces – y diciendo esto, dirigió su pija hasta mi boca, y tomándome dulcemente por el cuello, me invitó a saborearla, abriéndose bien de piernas.
Primero chupé todo su glande. Estaba muy hinchado y mojado. Era una fruta roja y deliciosa. El gusto de su jugo cristalino era dulcísimo y me excitaba mucho. Seguí abriendo la boca y me metí la verga hasta la mitad. Vaya si era grande. A duras penas podía con ella. Pero ¡qué sensación indecible!, pronto, y sin saber cómo, aprendí como llegar con mis labios hasta la peluda base. Cuando mi padre sintió mi nariz hundirse en su velludo pubis, lanzó un gemido incontenible. Estuve así un rato, sintiendo su dureza en mi boca, lamiendo y limpiando toda la zona. Su tronco, sus huevos, sus ingles, oliendo su aroma a macho, dejando que penetrara mi boca virgen de falo.
-Bueno, mi hijo, ahora su papá va a darle el mismo placer, venga aquí – me dijo tiernamente. Mi corazón se aceleró y sentí que iba morir en cualquier momento. ¡Mi padre me iba a mamar la verga!, ese hombre de ensueño iba a hacer lo que ningún hombre había hecho conmigo. Se puso boca abajo, quedando perfectamente entre mis piernas, me las abrió con sus manazas y entonces se quedó mirando mi erección que apuntaba directamente a su cara, oscilante y ávida.
-¡Qué hermosura, Edu!  Me acuerdo el adorable pilín que tenías de niño…, mira nada más el chipote que ostentas ahora, y  esos pelos negros, largos, duros, esas bolas colgando... qué precioso se ve… ¡y qué orgulloso está tu padre de ti! Pero ven, acércate más, así, así, quiero darte mucho placer, hijo, sólo como un padre puede darle a su hijo.
Y sin decir más, se fue metiendo mi pija muy lentamente en la boca. Respiré hondo, reteniendo el aire, el placer era demasiado y estuve a punto de desmayar. Sus labios ardían, me iban saboreando muy sutilmente, y poco a poco vi mi mástil desaparecer como por arte de magia en la boca de papá. Lo mantuvo así, adentro, y con su lengua empezó a acariciármelo. La sensación era increíble. Nunca había sentido eso. Después, también muy lentamente, empezó a subir y a bajar, bombeándome con movimientos cada vez más intensos.
-¡Papá, voy a acabar si seguís así!
Él no contestó y siguió muy concentrado en su trabajo. Al poco tiempo, no pude contenerme más y me derramé por completo en su boca sintiendo un delirio de placer. Me sentí totalmente entregado a él. No fui dueño de mis actos en ningún momento, el placer fue tanto que mis lágrimas afloraron. Él lamió y tragó todo mi semen y estuvo largo rato limpiando lo que había caído fuera de su boca.
Entonces cambió de posición, y prácticamente se sentó sobre mi rostro. Ahora tenía todo su culo frente a mi cara y lo había abierto desmesuradamente por sus manos. ¡Qué pelambrera! La vista de su ano abierto y rojizo me excitó enseguida. Era un hoyo con innumerables pliegues. En el centro, un gran hueco, dilatado, oscuro, invitador. Me acerqué a su abismo y empecé a lamerlo todo. Lo penetraba con la lengua, entraba, salía, lamía, chupaba, todo era como degustar el mejor de los manjares. Mis manos subieron hasta su torso y se apoderaron de los duros pezones. Papá arqueó la espalda en señal de enorme placer, incrustándome su ojete en la cara más aún. Sentí su mano sobre mi pija, que ya estaba endureciéndose y cobrando nueva vida. Pronto estuvo dura, y él se la metió nuevamente en la boca. Entonces giré atrapando al mismo tiempo su sexo con mi boca. Y al levantarme los muslos hacia el techo, ambos exploramos oralmente nuestras zonas anales.
Luego de un rato de placeres mutuos, volvió a cambiar de posición y giró sobre sí mismo sentándose sobre mis muslos. Quedamos frente a frente. Tomé su verga y comencé a bombearla. Con una mano alternaba las caricias sobre uno u otro pezón. Hundía de vez en cuando la mano y la enredaba en la mata de pelos del centro de su pecho. ¡Cómo me excitaba eso! Mientras, mi mano en su pija se aceleraba. Me encantaba darle placer, más bien me volvía loco. Poco a poco lo fui llevando al éxtasis. Cerró los ojos levantó al máximo sus cejas como si la expresión fuera la de un dolor intenso. Intuí que estaba llegando al placer supremo. Su pija latió en mis dedos y descargó sus cuatro chorros de espeso semen. Semejantes trallazos dieron contra mi barba, pecho y abdomen. Y sin parar de moverse, papá se acomodó mucho mejor sobre mi pija, abriendo sus nalgas con ambas manos. Quedé con la punta bien apoyada en el agujero sintiendo a la vez el inmenso calor de su hueco acomodándose sobre mi húmedo glande. Él se estiró hacia el cajón de la mesa de luz y sacó de allí un pote de crema lubricante. Rápidamente la untó por todo su culo y sobre mi acalorada verga, que agradeció la frescura. Mientras él repasaba amorosamente cada rincón de mi miembro, no pude evitar retorcerme de placer aunque estuviera casi aprisionado por su peso. Nuevamente se acomodó y mi pija sólo siguió su trayecto, lenta pero firme, hacia su abierto y anhelante orificio. Fue sublime. Papá me miró profundamente a los ojos y me dijo enternecido:
-Mi Edu. Ahora estamos unidos para siempre.
-Papá, esto es increíble.
-¿Estás bien? ¿te gusta?
-Sí... estoy en el cielo...
-Te siento adentro mío, hijo... sigue, sigue...
-Sí, papá. Yo también te siento.
-Te quiero mucho, Edu...
-Y yo, papá...
A medida que me iba moviendo dentro de él, su pija, que quedaba justo enfrente de mi cara, se fue agrandando nuevamente. Había perdido un poco de dureza, pero ahora la estaba recobrando con cada envión de mi pelvis. Su cabeza se levantó orgullosamente, cada vez más dura, y quedó, esplendorosamente grande y gruesa, a pocos centímetros de mi boca abierta. Con los enviones de mis envestidas, la pija chocaba fuertemente en mi pecho. Toda la pesadez de su miembro, resonaba en mi tórax con estridentes y acompasados golpes. Papá empezó a masturbarse y nuestros rítmicos movimientos eran una exquisita sincronía de impulsos. Yo lo sostenía de los glúteos y abriéndoselos, ayudaba así a que mi pija se metiera hasta el fondo, uniendo entre sí las vellosidades de cada uno. Mientras veía su verga agitarse entre sus manos, mi boca se acercaba más y más, bien abierta, lista para recibir una nueva dosis de su más íntimo líquido. Finalmente, y envueltos en sendos jadeos cada vez más gritados, dejé mi simiente dentro del culo de mi padre, experimentando un gozo voluptuoso, fuerte, y mucho más intenso que el anterior. Enseguida papá se arqueó hacia delante y me tomó de la nuca para acercarme a su verga que estaba próxima a eyacular. Entonces salieron calientes y nuevos chorros de su tronco enloquecido y mi boca abierta y sedienta los recibió en su interior. Tragué todo con avidez, cuidando de no desperdiciar gota alguna. Papá se inclinó para besarme en la boca y sentir el gusto de su propio semen directamente de mis labios. Nos abrazamos largamente y fuimos recuperando el aliento.
Estábamos agotados.
Papá llevó mi cabeza para apoyarla en su mullido pecho y yo me acomodé muy a gusto entre sus pelos, con mi boca tocando uno de sus magníficos y enrojecidos pezones. El me acarició tan tiernamente que, poco a poco me fui durmiendo, envuelto en un sopor plácido y de infinita ternura.
Dormimos como querubines, muy juntos y abrazados, hasta bien entrada la tarde. Era un sueño reparador, pero no solamente por la energía desplegada en el intenso choque sexual, sino también por tanto desencuentro acumulado por años. Al fin llegaba la paz entre nosotros. Y si no hubiera sido por el teléfono, no nos habríamos despertado. Atendí, tomando torpemente el tubo con mi mano izquierda, pues con la derecha estaba rodeando aún los hombros de papá. Reconocí la voz de mi tío Octavio.
-¡Tío!, ¿cómo estás?
-Yo estoy bien, bobo. Pero…
-No te preocupes, tío, está todo bien por aquí. Demasiado bien…
-¿De veras? Entonces…
-¿Entonces, qué?
-¿Entonces ya son amigos?
Mi padre lanzó un suave gruñido, despertando e intentando abrir con dificultad un solo ojo. Me miró, tratando de entender qué ocurría.
-Es el tío – le dije, besándolo en la boca muy despacio. Él me tomó por el cuello, atrayéndome a él y me devolvió el beso, pero de una forma muy pasional.
-Papá, ¡es el tío en el teléfono! – pude decir sonriendo y queriendo contener las caricias de mi padre, inútilmente, pues ya ambos teníamos nuestras trancas completamente duras.
-¿Octavio?
-Sí - le dije, e inmediatamente volví a ponerme el tubo en la oreja - tío, esperá un momento.
-Sí, sí, sobrino - contestó riendo - ya veo que están muy bien.
-¿Qué me preguntabas?
-Nada. Te preguntaba si ya son amigos.
-Papá - dije apoyando el tubo en mi pecho- tío Octavio quiere saber si ya somos amigos.
Papá tomó el teléfono y sonriéndome con un guiño contestó a su hermano:
-Mi hijo y yo ya somos amigos "íntimos", Octavio... – dijo, a tiempo que me hacía una dulce caricia sobre los labios - es más, mucho mejor que amigos íntimos, simplemente somos padre e hijo, no sé si me explico, lo cual es mucho más importante..., y si no tienes otra ridiculez que preguntar, déjate de huevadas y vente a cenar esta noche, cabrón. Hay que celebrar que desde hoy todo será para mejor...
Papá me besó con un beso tan sonoro que cuando me puse nuevamente al teléfono escuché la risa complacida del tío.
-Ah, Edu, ¡qué bien sonó eso!
Hice un silencio, sintiendo que me sonrojaba un poco.
-¿Te pusiste colorado? - me preguntó el tío.
-Creo que sí. ¿Cómo sabés?
-Bueno, los tíos sabemos de estas cosas, tonto. Decime, ¿llevo algo para esta noche?
-Si vos querés, pero no hace falta.
-¿Y es formal la cosa?
-El tío pregunta si es formal – le pregunté a papá. Él puso los ojos en blanco y tomó el teléfono:
-¿Estás completamente loco, hermanito? ¿Formal? ¡Vente en pelotas!, que la noche estará ideal para hacer la fiesta en la piscina. Y ahora déjate de molestar que quiero estar con mi hijo.
-Ya lo escuchaste, tío - dije retomando la conversación, sin poder aguantar la risa.
-Sí, me quedo tranquilo, ya recobró su locura habitual. Hasta la noche, Edu.
-Te esperamos, tío...
-¡Ah!, y bien por vos, lindo. Ahora va estar todo bien.
Al colgar el teléfono, papá me rodeó con sus brazos y me besó suavemente en el cuello. Había escuchado las últimas palabras de tío Octavio:
-Sí, ahora va a estar todo muy bien..., gracias a ti, hijo.



Fin.


(*) Nota del A.: Si el lector desea saber algo más sobre Octavio, lo encontrará como protagonista en el relato "Octavio, mi querido suegro"

Franco

Mayo 2006