lunes, 29 de febrero de 2016

El cuentito de fin de mes



- El vecino -


A través del cerco, se lo veía perfectamente desde el jardín.
El hombre estaba recostado y los brillantes rayos solares bañaban todo su cuerpo, apenas cubierto por ese short pequeño y holgado.
Marcos se asomó un poco más, cuidando de no ser visto por su vecino. Hacía dos años que se había fijado en él por primera vez: venía cada verano y ni bien llegaba se quitaba toda la ropa que podía. Le gustaba andar en cueros, siempre con ese short de correr, cavado desde la entrepierna hasta casi llegar a la cintura, que evidenciaba que ese cuerpo trabajado, armonioso y tonificado era su orgullo y no tenía ningún problema en mostrarlo.
Marcos aún sostenía en sus manos las tijeras de podar. Se ocultó tras un arbusto, apenas visible para su vecino, que al otro lado de la cerca seguía asoleándose en el patio trasero de su casa. Para Marcos, ese era el habitual atractivo que matizaba su estadía en su casa de verano. Esos sofocantes toques de erotismo masculino eran perlas valiosas día a día. Sí, espiaba a su vecino, un macho que lo atraía sobremanera y despertaba en él inconfesables fantasías sexuales. No podía dejar de observarlo. Un cuerpo hermoso sin duda, bronceado permanentemente, el sol abofeteaba esos vellos blancos haciéndolos brillar como hilos de plata. Era una mata que tenía en medio del pecho. Miró su cara. Tenía los ojos cerrados. Su rostro era duro, de facciones rígidas, acentuadas por ese espeso bigote también blanco y su seño siempre tenso, afilado. Calvo, con el cabello que le quedaba a los costados cuidadosamente rapado. Las largas piernas separadas, a sendos costados de la reposera, y entre ellas, las prometedoras aberturas de ese short tan conocido, albergando un bulto apretado.
Pero no sabía nada de su vecino, salvo que se llamaba Roque, tal como había oído tantas veces cuando su mujer y su hijo adolescente lo llamaban. En torno a su vecino Marcos había ya imaginado miles de historias, pero todas inciertas, ideales, ya que nunca, en esos años que habían pasado desde que había comprado la casa, había podido entablar siquiera una charla que no fuera más allá de los parcos buenos días que escuchaba cada tanto de su voz pequeña y seca. La esposa era algo más simpática. Marcos y su esposa habían podido hablar algo con ella. Roque esquivaba esos momentos de cortesía, y si andaba cerca, saludaba con una seña y se alejaba o entraba hoscamente a la casa.
Marcos aguzó la vista. A unos escasos metros tenía a Roque en todo su esplendor. ¿Cuántos años tendría? Tal vez unos años más que él, pensó: unos cuarenta y ocho, cincuenta, tal vez más. ¿Era importante eso? ¡Claro que no!, a Marcos le fascinaban esos hombres maduros, bien puestos, buen “lomo”, y físico privilegiado. Sobre todo le interesaban aquellos hombres inaccesibles, casados, bien viriles, de pelo en pecho, tímidos, y bien plantados en su estilo de vida matrimonial e inalterable. Casi tan inalterable como la suya. Bien, su vecino encajaba a la perfección con esas preferencias.
Roque acomodó su bien formada humanidad en la reposera, notando a la vez que algo molestaba su completo bienestar. Llevó sus manos hacia el cordel del short que ceñía su cintura, seguramente estaría muy ajustado, así que lo desató en un solo movimiento. Marcos tragó en seco. La prenda se abrió y dejó al descubierto el inicio del vello púbico de Roque. Largos y brillantes pelos, más oscuros que los del pecho y mucho más abundantes. El cuadro era atrapante. Marcos acarició su bulto creciente, y entrecortó su respiración como si esta perturbara su máxima atención. La piel dorada de Roque lucía deslumbrante, brillante por el sudor, y uno podía imaginarse fácilmente la sensación que se tendría al tocar esa resbaladiza superficie. Marcos se mojó los labios.
-¡Querido! ¿Ya terminaste con eso?
Marcos se sobresaltó al escuchar la voz estridente de su mujer y volvió en sí como si le hubieran echado encima un chorro de agua fría. Roque también escuchó la voz de Anita, y entreabrió los ojos pesadamente, desviando enseguida su mirada. Marcos respondió:
-No, amor, todavía no.
-Bueno, nosotros nos vamos a la playa. ¿Vas a venir?
-No sé, quiero terminar de podar hoy, si me queda tiempo, los alcanzo después.
-Hay un sol espléndido – dijo acercándose donde estaba Marcos.
-¿Se van ya?
-Sí, los chicos ya están un poco salvajes, necesitan un par de olas inmediatamente – dijo Anita riendo.
Tras la cerca, Roque se acomodó incorporándose un poco y volvió a ajustarse el short disimuladamente al sentir que las voces perturbaban su íntima tranquilidad. Marcos advirtió eso mirándolo de reojo. Anita entonces se fijó en la presencia del vecino, quiso ser amable y le gritó sonriendo:
- ¡Hola! ¿Qué tal?
-Buenas tardes – contestó Roque con una seña, siempre serio.
Anita se acercó más a su esposo para hablarle a media voz:
-Qué tipo tan agrio, siempre con esa cara de oler mierda – se rieron cómplices, pues siempre habían comentado entre ellos lo antipático que era el vecino.
-Callate, te va a escuchar… - rió socarronamente Marcos, pero ninguno de los dos podía dejar de reír.
-Para mí que se lleva muy mal con la esposa, ¿será frígida?
-¡Basta, Anita! – dijo Marcos, tentado.
-Tal vez sea él… no se le debe parar – dijo Anita en voz baja, aunque sus carcajadas ya eran más que sonoras. Marcos volvía a reírse sin poder contenerse:
-Algo le pasa, sin dudas…, tal vez no sean tan felices como nosotros, amor.
-No, mi vida, en fin, una pena... – contestó Anita dándole un leve beso en la boca - A propósito… anoche estuviste increíble.
-Y vos también, amor.
-Mi hombrote… - balbuceó Anita a la altura del cuello de Marcos, tomándolo por la cintura y palpando aquella incipiente erección.
-Pero Anita… ¿Qué hacés?
-¿Ves lo que digo? Siempre listo, amor… ¡mi hombrote calentón!
-Bueno, bueno, andate… que los chicos se ponen inquietos.
-¿”Se ponen”, dijiste?, mi amor, estos chicos ya eran así de inquietos antes de nacer. No se ponen, "son". Me voy, sí ¡hasta luego! Cuidate del sol.
-Vos también, linda. Diviértanse.
-¡Y cuidado con el “perro”…! – dijo alejándose y haciendo una seña hacia el vecino.
Marcos se aguantó la risa haciéndole señas de que se callara y saludó a su familia con la mano.
Sí. Anita y Marcos hacían del matrimonio algo envidiable. Tal vez por eso Anita ni sospechaba que a su esposo le gustaban los hombres.
Cuando por fin quedó solo, Marcos dirigió nuevamente su mirada hacia la casa de su vecino. Roque tomó una toalla y empezó a frotársela por su cuerpo. ¡Ah!, eso era demasiado. Se levantó de la reposera quedando de espaldas. La toalla fue recorriendo cada una de esas zonas que Marcos hubiese querido tocar con sus manos. La espalda era ancha y tenía forma triangular. Fina cintura, firmes glúteos… y… ¡ese short! Olvidate, Marcos, se dijo a sí mismo en resignados pensamientos, el señor Roque es de esos que te gustan tanto: otro hombre inalcanzable.
Como otras, esas vacaciones pasaban más o menos felices que las anteriores, y Marcos se dedicó, cuando la ocasión se daba, a oficiar de voyeur desde la cerca que dividía la casa del vecino y la suya. El cuerpo semidesnudo de Roque iba y venía ante los ojos siempre escrutantes de Marcos, siempre deseándolo en su mente, y siempre recordándolo en sus masturbaciones.
El primer acercamiento fue pocos días después. Una mañana Roque se disponía a hacer algunas reparaciones en su casa. Tenía que poner unos estantes y fijar unas maderas para recubrir una pared. Cuando fue a usar el taladro eléctrico, éste no quiso responder, estaba totalmente muerto. Roque maldijo e intentó una y otra cosa para revivir a su taladro, pero todo fue en vano. Todo su trabajo estaba a medio hacer y eso lo sumió en un mal humor insoportable. Su esposa intentó calmarlo, pero tampoco pudo. Pero a ella se le ocurrió una idea: su vecino Marcos.
-¿Quién?
-Marcos, nuestro vecino – dijo con el rostro iluminado la esposa de Roque.
-¿Y qué pasa con Marcos? – preguntó Roque.
-¿Te acordás que un día nos dijo que tenía muchas herramientas en su taller y que cualquier cosa que necesitemos le avisáramos?
-No.
-Bueno… yo sí – dijo mirando para el techo – y seguro que tiene un taladro eléctrico.
-No creo…
-Bueno, con preguntarle nada se pierde.
-No creo que vaya a tener un taladro…
-Roque… sos terrible, siempre el mismo parco, ¿no le vas a preguntar?
-Si nunca intercambiamos una palabra, no puedo ahora ir y pedirle cualquier cosa, así, de buenas a primeras…
-Vos sos el que nunca hablás con nadie, pero yo sí… y me parecen gente muy amable.
-Pero…
-Pero nada. Dejá, dejá… ya sé que voy a tener que ir yo.
Y sin esperar demasiado de su esposo, a quien conocía muy bien, fue hasta la casa de Marcos a quien encontró juntando las hojas del jardín y le preguntó por el taladro.
-¡Claro! – dijo Marcos – te lo presto y no se hagan problema, úsenlo el tiempo que necesiten.
-¡Ah!, gracias… es que Roque tiene todo el trabajo a medio hacer… no sabés como está…
-Sé muy bien cómo está… ¡Digo…!, me imagino, eso da mucho fastidio. ¿Y qué tipo de broca necesita?
-¿Broca? Ah… eso no sé. No tengo idea…
-Para la perforación...
-Uh, no sé qué tamaño tiene.
-¿No?
-Lo único que sé, es que estuvo todo el día dale que dale, y al final se le murió.
-¿Se le murió?
-El taladro.
Marcos no podía evitar pensar en el doble significado de esa conversación, pero contuvo la sonrisa y le dijo entrando en la casa:
-Bueno, bueno, decile que venga cuando quiera, que pase directamente, yo lo espero en el taller y le preparo todo, así él elige la broca que le venga mejor.
-¡Muchas gracias, Marcos…!
La mujer corrió enseguida a avisarle a su marido. Roque la miró con su cara de piedra, y no tuvo más remedio que hacer un gesto de asentimiento muy a su pesar. Y allá fue, casi empujado por su esposa, hasta la casa de Marcos. Cuando llegó al portón de entrada, vio a Anita que se asomaba por la ventana. Iba a explicar su presencia pero ella lo salvó de hablar.
-¡Pasá nomás, Roque, Marcos está en el taller…!
Cuando Roque llegó hasta donde estaba Anita, rojo como un tomate, pudo balbucear a pesar de su gran timidez:
-Buenos días…
-Pasá, pasá… el taller está al fondo. Marcos te espera.
-No quisiera molestar… - dijo ensayando una sonrisa.
-No es molestia, hombre. Para Marcos va a ser un placer ayudarte.
Y vaya que lo era. Marcos estaba esperando a su vecino como si se tratara de una cita de adolescentes. Aún no podía creer que tendría ese intercambio – al menos elemental, pero intercambio al fin – con el macho soñado de tanto tiempo.
-¿Hola?
-¡Adelante, adelante…! – dijo Marcos sonriendo desde el interior del taller.
-¿Cómo estás? – dijo tímidamente Roque extendiéndole una mano.
-Hola – contestó Marcos devolviéndole el gesto con un apretón - ¿Entonces, necesitás el taladro?
-Sí… si no te incomoda prestármelo.
-Por favor… - Marcos quedó titubeando, sin poder dar con el nombre de su vecino, que había olvidado en el preciso instante en que se miraron a los ojos.
-Roque.
-Sí, sí, Roque – dijo con una sonrisa – ya era hora de que nos fuéramos conociendo mejor, ¿no? Mi nombre es Marcos.
-Sí, ya lo sabía
-¿Sí?
-Se lo escucho a tu mujer todo el tiempo – dijo a tiempo que se ponía colorado, ya que después se dio cuenta que ese comentario podría sonar como invasivo.

La insolencia de esos pelos largos y blancos en medio del tórax...

Marcos miró a Roque con estudiado detenimiento. Estaba con el torso desnudo, como siempre. El solo hecho de tenerlo tan cerca, le provocaba un temblor extraño. Ahora podía ver mucho mejor sus ojos, de un bello color gris claro. Roque se sintió algo incómodo sin saber por qué. Su reacción inconsciente fue cruzarse de brazos, gesto que acentuó aún más la definición de sus increíbles pectorales. La musculatura de sus brazos sobre el pecho, la piel bronceadísima, la insolencia de esos pelos largos y blancos en medio del tórax, y una finísima línea de piel blanca justo sobre el elástico algo bajo de el short azul, hundía a Marcos en un montón de imágenes que maravillaban su libido.
-Acá tengo el taladro… veamos, ¿dónde estaba? creo que acá arriba…
Marcos estiró los brazos para tomar el taladro que estaba en un estante superior. Era algo alto, por lo que tuvo que ponerse en puntas de pié. Sin darse cuenta, algunas cosas apiladas sobre el taladro amenazaron con caérsele encima. Rápidamente Roque fue en su ayuda y como era más alto que Marcos, se estiró junto a él, atajando el taladro e impidiendo que las cosas se cayeran. Marcos sintió el cuerpo de Roque junto al suyo, el roce de sus vellos contra sus brazos, y el calor corporal que casi podía quemarlo. Tragó en seco y tuvo que contener el aliento ante el aroma a hombre que embriagó su olfato.
-Gracias, me salvaste la vida – bromeó Marcos – es mi culpa: siempre apilo las cosas desordenadamente.
Roque, sosteniendo el taladro miró a su alrededor.
-Qué buen lugar tenés aquí.
Marcos, que no dejaba de observarlo, se maravillaba de escuchar a su vecino intentando entablar conversación con él. Esa timidez abrumadora le despertaba ternura. Físicamente tenía la imagen de un hombre recio e intimidante, pero después de todo, ese machote enorme encubría a un niño vergonzoso. Después de un silencioso instante, Marcos respondió:
-Sí. Es pequeño, pero tiene todo lo que necesito. Me gusta estar aquí. Es un lugar muy mío.
-¡Cuántas herramientas!
-Cualquiera que necesites, está a tu disposición.
-Me hubiera gustado tener un tallercito así, pero nuestra casa no es tan grande, y no tengo terreno donde hacerlo. Y en Buenos Aires vivimos en un departamento.
-Con más razón te invito a que uses mi taller cuando quieras. Para eso estamos los vecinos, ¿no? – Marcos temblaba un poco, pero siguió hablando para calmarse a sí mismo - Acá están las brocas. ¿Cuáles necesitás?
-Para madera, de seis milímetros, y para pared, de ocho. Pero ya tengo.
Igualmente Marcos le alcanzó las brocas. Por un minuto se quedaron en silencio, sin saber qué decir. Roque miró a su vecino. También Marcos llevaba un short corto, pero encima tenía puesta una camiseta sin mangas. No era tan musculoso, claro… pero, a sus cuarenta y tantos años, era un hombre con buen porte y su rostro siempre tenía una expresión amable. Cuando ambos empezaron a sentirse algo incómodos, fue Marcos el que rompió el silencio:
-Hace calor, ¿querés tomar algo?
-No, no… yo…
-Tengo todo acá, ¿ves?
Efectivamente: debajo de una mesa de trabajo había una pequeña heladerita. Marcos sacó unos vasos del estante y una jarra de té helado.
-Qué equipado que estás… me encanta tu lugar, pero no te molestes, por favor.
-¿No te gusta el té helado?
-Sí, y mucho…
-Entonces, acá tenés. Un brindis – sonrió Marcos, acercando el vaso al de Roque y guiñándole un ojo.
Bebieron en silencio. Marcos no podía apartar la vista de ese pecho tan magnánimo que Roque ostentaba despreocupado. Su timidez parecía no abarcar esa soltura corporal. Sobre esa piel oscurecida por tanta vida al aire libre, emergían dos tetillas rosadas y prominentes. La maraña de pelos descendía por el firme abdomen y se perdía bajo el short.
Roque miró la mesada de trabajo:
-Veo que estás haciendo un mueble.
-Ah, nada importante, es sólo una biblioteca pequeña con puertas.
-Te gusta trabajar la madera…
-Mucho, puedo pasar horas aquí, trabajando.
Roque acarició la superficie recién lijada, observando cada detalle de la pieza.
-¿Te gusta? – preguntó Marcos, acercándose.
-Es una excelente madera ¿Cedro?
-Sí, de una vieja puerta que tenía en mi casa de Buenos Aires
Marcos se puso justo al lado de Roque, sus cuerpos podían rozarse. Apoyó también la palma de la mano sobre las rojizas vetas de la madera y como si siguiera el camino que trazaba la mano de su vecino, repasó la superficie lisa y sensual de la madera.
-Me gusta sentirla al tacto… si no toco la madera a cada paso que doy no puedo saber si está lista.
Marcos sintió el flanco de Roque en el medio de su torso, pero ninguno de los dos se retiró. Las manos, que se deslizaban lentamente sobre el mueble, pronto se encontraron, accidentalmente, o al menos eso creyeron los dos. Un momento de quietud y nerviosismo los envolvió y los dejó mudos. Hasta que Roque invadió el silencio:
-Bueno, ya me voy… te dejo trabajar tranquilo.
-¿Necesitás que te ayude?
-No, no… creo que puedo solo. Además, está mi mujer…
-Ah, claro.
-Digo… está mi mujer…, que me da cada tanto una mano en lo que puede cuando me pongo a hacer estas cosas.
-Bueno, como quieras.
Roque miró a los ojos a su vecino. Por un momento, Marcos estuvo tentado de avanzar y volver a acercarse a su cuerpo. Pero desistió, inseguro y temeroso de alguna consecuencia no deseada. Incluso pensó en acompañarlo hasta el portón, pero prefirió saludarlo allí, y quedarse en el taller. Estaba agitado y tenía que poner un poco de calma a sus emociones.
No era una novedad para él, pero en ese momento tuvo exacta consciencia de cuánta atracción sentía por su vecino.
Roque salió llevándose el taladro. Su cuerpo esbelto era igualmente atrapante incluso de espaldas y Marcos, apoyándose en el umbral de la puerta, lo vio alejarse hacia la calle. Cuando Marcos volvió en sí, se dio cuenta de que su sexo estaba en el principio de una erección. Se tocó instintivamente, y en un leve estremecimiento su mente viajó por un momento hacia la visión imaginaria de la desnudez de Roque.
Ya no pudo detener la intensidad de ese deseo.
Ese día hizo mucho calor, y cuando anocheció la leve brisa alivió un poco el agobio. Después de cenar, y una vez que todos se habían ido a la cama, Marcos salió al jardín a tomar el aire nocturno. Un aroma maravilloso de jazmines lo atrajo hacia el cerco donde la planta ofrecía sus cándidos brotes. Desde ahí podía ver las luces de las ventanas traseras de la casa de Roque. Vio el patio en penumbras, la reposera vacía de su vecino, una soga con ropa tendida, y allí: el short inconfundible de Roque, goteando después de un lavado. Fantaseó con esa prenda al ver la malla interna colgando hacia afuera. ¡Pensar que esa redecilla blanca soportaba todo el peso del sexo de Roque…! Cortó un jazmín y se lo llevó a la nariz. La acción era una alegoría de lo que hubiera hecho con el sexo de su vecino, aunque fragancia y texturas no coincidieran. Sintió la suavidad de esos pétalos rozando sus labios. ¿Cómo se sentiría la piel de Roque en ellos? ¿Qué suavidad prodigiosa percibiría su boca si tuviera la afortunada posibilidad de posarla sobre ese miembro soñado?
La luz en la ventana del vecino se había apagado. Marcos deambuló aún lentamente por su jardín. Volvió su mirada a la casa: todos dormían. Salió a la calle y miró la oscura y estrellada cúpula de la noche. No estaba solo, aún no se había dado cuenta de que Roque también estaba parado junto al umbral de su puerta. Cuando Marcos caminó unos pasos, decidió hacer un paseo nocturno hacia la playa. Al pasar por la casa de su vecino, instintivamente giró su cabeza. Para su sorpresa encontró a Roque suavemente recostado en la entrada a su casa, mirándolo fijamente.
-¡Ah, vecino!, hermosa noche… ¿no es cierto? - dijo Marcos, asombrado aún con el encuentro. Roque lo saludó con la mano, en la otra sostenía una lata de cerveza. Miró hacia el cielo y asintió.
-Voy a caminar hasta la playa – continuó, caminando un poco más lento.
-Buena idea, la noche es agradable para caminar – dijo Roque, intentando ser cortés.
-¿Entonces?
-¿Qué?
-¿Porqué no venís conmigo?
Roque levantó las cejas, perplejo. Luego miro instintivamente hacia el interior de su casa rascándose la cabeza.
-En mi casa también todos duermen – dijo Marcos, como respondiendo a su gesto.
-Esperá – dijo tímidamente Roque. Luego de unos minutos olvió con otra lata de cerveza que ofreció a Marcos y cerró la puerta tras de sí – ¡Está bien, vamos!
Marcos abrió su lata y mojó los labios en la cerveza helada como para tomar ánimos, sin dar crédito aún de que estaba caminando al lado de ese hombre tan deseado. Se sintió en la gloria.
Roque no hablaba mucho. En realidad no había pronunciado palabra desde iniciada la caminata. Marcos captó eso, pero, en vez de llenar ese vacío hablando y de atosigar a Roque con comentarios que habrían resultado laxos o fastidiosos, se abandonó a ese silencio en común. Un silencio raro, cómplice e inusual en él; pero que Roque enseguida supo agradecer aunque seguramente de manera inconsciente. Sin saberlo, ambos rubricaron con ese silencio una comunicación espontánea, sobreentendida, tácita y sugestiva.
Cuando por fin llegaron a la playa la oscuridad los rodeó. Pasaron a través de los médanos, y mirando las estrellas se dejaron caer en la arena fresca. La vegetación de las dunas los ocultó del resto del mundo y continuaron en ese silencio descubierto y aceptado entre ambos durante todo el tiempo en que bebieron sus cervezas. Luego Roque sacó un atado de cigarrillos y le ofreció uno a Marcos. Él no era fumador, no aceptó, pero su gesto dio a entender a Roque que no le molestaba que él fumase. La brasa del cigarrillo era la luz más intensa en ese momento. Otros vestigios de luces, provenientes de balnearios vecinos y de alguna calle lejana, clareaban la playa y las crestas blancas de las olas. El momento era tranquilo y sólo escuchaban el rumor marítimo. Marcos observaba de tanto en tanto a su vecino. Sus piernas desnudas estaban cruzadas de tobillos, extendiéndose tranquilamente sobre la arena. Recostado como él, también se inclinaba sobre uno de sus codos. El vecino pitaba su cigarrillo y miraba hacia el perdido y oscuro horizonte. Marcos quería decir algo, iniciar alguna conversación, lo cual le daba cierto temor a romper esa paz obtenida casi por casualidad, pero al fin no pudo contenerse.
-¿Y cómo quedó tu trabajo?
-¿Qué?
-Los estantes que estabas haciendo esta tarde.
-¡Ah…!, bueno, bien, creo que mañana terminaré, ya me falta poco. ¿Necesitás el taladro?
-No, no… podés quedártelo todo el tiempo que necesites, yo…
-¿Sabés? – interrumpió bruscamente Roque – siempre me pregunté cómo sería tener un matrimonio como el tuyo.
Marcos quedó callado y ni siquiera atinó a moverse, sorprendido por el brusco cambio de tema. Roque no lo miraba, sólo abandonaba sus claros ojos a la oscuridad infinita de la costa. Él prosiguió, con tono suave y ritmo lento:
-En estos años, no pude evitar escucharte, sentir tus risas compartidas con tu esposa, ver lo bien que se llevan, la relación hermosa que tienen con los niños, en fin…
-Caramba, Roque, no sabía que…
-¡Oh!, perdón, no creas que soy un fisgón, no soy de esos tipos que andan todo el tiempo espiando a los vecinos, no, no…
Marcos quedó de una pieza. Hasta el momento creía que él había sido el único que constantemente miraba a través del cerco para no quitarle el ojo a Roque cada vez que aparecía.
-Lo que quiero decirte es – continuó Roque – que…
-¿Sí?
-¡Mierda… es difícil explicar las cosas…! te habrás dado cuenta que yo no soy una persona que habla demasiado. Pero eso no quiere decir que sea inexpresivo, o que no sienta o perciba ciertas cosas.
-Nunca pensaría eso, Roque.
-Lo que quiero decir, es que… he llegado a sentir cierta envidia de lo que vos y tu familia disfrutan estando juntos.
-Bueno, sí, estamos muy bien juntos. Pero ¿por qué me decís esto? ¿Acaso no sos feliz en tu matrimonio?
Roque guardó silencio y Marcos sintió que había hecho una pregunta demasiado osada, o tal vez demasiado prematura.
-Perdón, Roque, creo que no es asunto mío preguntarte eso…
-No.
-Lo siento.
-No, quiero decir, “no”. Digo..., mi respuesta es “no”. No soy feliz. Hubo una época en que lo éramos, pero supongo que la rutina hizo muchos estragos. Siempre que los veía a vos y a Anita… No. Perdón, me estoy metiendo en un terreno que no me incumbe – dijo avergonzado Roque, apagando la colilla en la arena con ojos bajos.
-¿Qué cosa?, Vamos, seguí, no tengas miedo de decirme lo que sea.
-Siempre que los veía a vos y a Anita, imaginaba lo dichosos que serían en la cama.
-¿Nos imaginabas a Anita y a mí en la cama? – el corazón de Marcos se aceleró.
-Sí – dijo más animado Roque, esta vez girándose para mirar fijamente a Marcos – los imaginaba teniendo excelentes relaciones y gozando mucho. ¿Acaso el sexo no es la base de toda relación en pareja? Me refiero a que ustedes dos para mí representan todo lo feliz que puede ser un matrimonio, es por eso que pienso que son excelentes amantes ¿o me equivoco?
-No, no te equivocás.
-¿Cómo se hace eso, entonces?
-No sé, pienso que en el sexo, hay cosas que cada uno tiene que cuidar, y también aportar para reciclar el interés y el deseo.
-Perfecto. Muy bien. Eso es claro, y todo el mundo lo sabe. Pero ¿qué cosas?
-¿Te gusta tu mujer?
Roque quedó pensativo unos minutos.
-Sí. Me gusta.
-Eso es muy importante. ¿Hacen el amor?
-Sí. Pero…
-¿Pero?
-Es un sexo rutinario, tradicional, repetido… y lo peor es que a ninguno de los dos se nos ocurre cambiar nada.
-No se trata de cambiar. Tal vez se trate de agregar algunas cosas.
-No entiendo.
-Quiero decir que la seducción entre dos personas no tiene porque cambiar, la manera de acercarse uno a otro tampoco, el comienzo puede ser el mismo, lo importante es el curso de los acontecimientos. Uno tendría que poder sentir la libertad de torcer el curso de las cosas o ser dueño de la creatividad suficiente como para no entrar en un mismo camino rutinario una vez iniciada la relación. Hay tantas cosas con las que podés jugar…
-“Jugar” ¿Y a vos?, ¿a qué te gusta jugar?
Al oír esa pregunta, Marcos se estremeció. Estuvo a punto de responder con la verdad más absoluta, pero después se dio cuenta de que tal vez su respuesta no coincidiría con la indagatoria de Roque. Sacudió la cabeza y evadió la pregunta.
-A ver… ¿a vos te gusta el sexo oral, por ejemplo?
-Ahí está el problema. No me animo a pedirle a ella que me practique sexo oral.
-¿Vos se lo hiciste a ella?
-Creo que no le gustaría.
-¿Ves? Tal vez muchas veces ella pudo haber pensado lo mismo. ¿Te das cuenta que ambos prefieren que lo mejor para el caso es continuar haciendo lo conocido ante el temor del rechazo o el enfriamiento?
-Sí – dijo Roque bajando la vista y volviendo a pitar su cigarrillo.
-Pero es el temor el que frena las cosas – continuó Marcos tomando suavemente el brazo de Roque – el temor a cosas nuevas y placeres que no están dentro de lo “tradicional”.
-¿Cómo cuales?
-Amigo, no me digas que tus fantasías sexuales terminan en la típica posición ella abajo y vos arriba…
Roque sonrió. Marcos lo miró maravillado, ya que era muy raro encontrar una sonrisa en el rostro de su vecino.
-¿Has visto? – rió Marcos – yo sabía que detrás de esa personalidad tan adusta se escondía un legítimo fauno.
Roque rió con ganas, siempre tímido, como si todo el mundo fuera a leerle la mente. Si hubiera habido suficiente luz, Marcos habría notado su rostro sonrojado.
-Pues las fantasías hay que llevarlas a la realidad, Roque.
-Es verdad.
-¿Entonces…?
-Si tan solo pudiera…
-Se puede. Y no solo eso, hoy en día, hay muchas cosas que los hombres estamos dispuestos a experimentar, placeres nuevos, o no tan tradicionales.
-¿De veras?
-Basta con leer alguna página en Internet que hable del tema.
-Y vos…
-Bueno, supongo que querrás saber qué cosas hago yo…
-¡Me interesa muchísimo! – se apresuró a contestar Roque, acomodándose mejor. Marcos respiró hondo. Sintió un leve temblor en todo el cuerpo, y no precisamente por la fresca brisa marina. Miró hacia la costa, como si quisiera confirmar en la soledad de la playa que nadie los escucharía, luego, instintivamente bajó la voz:
-Bueno, ya que estamos en tren de intimidades, una de las cosas que hemos experimentado con Anita últimamente, es el descubrimiento de mi zona anal.
-¡Vaya! ¿Tu zona anal? – dijo Roque abriendo los ojos y fijando su atención a cada expresión en el rostro de Marcos.
-Todo comenzó un día en que estábamos cogiendo en la posición más común del mundo, ya sabés, y de pronto sentí que ella empezaba a tocarme el culo.
Roque quedó inmóvil por el creciente interés del relato.
-Al principio no le dí importancia. Luego me dí cuenta de que Anita quería realmente meterme un dedo ahí. ¡Santo cielo! ¡Cuando sentí su presión, no di crédito a que eso me diera tanto placer! Mi culo se dilató y me abrí tanto, que ella pudo meterme no solo un dedo, sino dos, y hasta tres. Tuve una acabada increíble. ¿Alguna vez experimentaste algo así?
-¿Yo?
-Pues no hay nadie más en la playa a quien preguntarle, amigo – dijo riendo Marcos.
-Eh… ¡No!, definitivamente no. Nunca se me ocurriría, eso es de…
-“De putos”, vamos, decilo…
-No, no quiero decir que vos…
-No importa lo que quieras decir. Lo que sucede con esas cosas, es que no son cosas de putos, ni de machos, ni de nada… simplemente el cuerpo humano tiene zonas tan sensibles que bien vale la pena explorar. ¿Entonces, no conocías ese placer?
-No, nunca probé – dijo Roque, mientras Marcos adivinaba su rubor.
-Pues, podés empezar por tocarte – prosiguió Marcos, que comenzaba a sentir como su pija se endurecía. Ver las reacciones de Roque lo elevaba a una gran excitación. Se acercó más a su vecino, como si de esto dependiera su camaradería en la charla.
-¿Tocarme?
-Claro, cuando te masturbes. Me imagino que te masturbás, ¿verdad?
-Sí, claro.
Marcos respiró profundo mientras intentaba poner su mente en orden.
-Probá tocarte el ano mientras te masturbás. No hace falta meterte los dedos, es solo cuestión de ir despertando zonas inexploradas. Sólo apoyá la yema en esa piel tan delicada, podés acariciarla con movimientos circulares, presionar, y…
-¿Sí?
-Tenés que tener en cuenta que es mucho mejor cuando la zona está lubricada. Mojala con saliva, o alguna crema…
-Caramba, Marcos… ¡ahora estoy ansioso por probarlo!
Ambos rieron a carcajadas. El tema era demasiado comprometido y necesitaban relajarlo con unas risas. Pero era evidente que la curiosidad de Roque estaba descubriendo cosas que no había imaginado nunca.
-Vale la pena hacerlo, ya verás. Desde ese día en que Anita me penetró con sus dedos, el descubrimiento siguió. No se detuvo ahí, por supuesto, porque una noche se apareció… ¡con un consolador…! Yo creí que lo iba a usar ella, ¡pero imaginate mi sorpresa cuando me dijo que lo había comprado para mí!
-Marcos, no me digas que…
-Sí. No te asombres. La práctica con consoladores es cada vez más común entre hombres heterosexuales. ¡Y no podía ser de otra manera!
-¿Por qué?
-¿Por qué decís? ¡Porque es increíblemente placentera! Sólo imaginate estar penetrando a tu mujer mientras ella te penetra a vos. Es asombroso el placer al que se llega.
-¿Pero... no duele?
-Todo es cuestión de práctica, o más bien de desear fervientemente que eso te de placer. En fin, todo está en la cabeza, no tanto en el esfínter.
-No sé… creo que no podría…
-¿Por qué? ¿Pensás que sos muy estrecho?
Marcos se llevó una mano atrás y la introdujo por el elástico de su pantaloncito hasta llegar a su ano. Roque lo miró extrañado, pero definitivamente maravillado.
-Mirá, yo me toco ahora, me toqué muchas veces y creo que mi agujero es bastante apretado. Pero eso no importa, de ninguna manera. ¿Cómo es el tuyo?
Roque hizo lo mismo que Marcos. Metió la mano en su short y alcanzó el contorno de su ano, llevando sus ojos hacia arriba. Ni un adolescente podría haberlo hecho de manera tan adorable. Marcos siguió embobado todos sus movimientos. Seguramente el efecto de la cerveza estaba favoreciendo lo que ambos hombres hacían, casi como un juego entre adolescentes.
-No es muy abierto, eso es seguro – contestó Roque, como la cosa más natural del mundo.
-Pues intentá abrirlo un poco – dijo, mientras él iba haciendo lo mismo.
-Ah, está bastante cerrado. No, no creo que entre nada por ahí.
-Como te dije, todo es cuestión de práctica. Yo acabo de meter tres dedos en mi culo en este momento.
Nuevas risas, esta vez era notorio el efecto del alcohol.
-¿Y alguna vez probaste estimular tus pezones? – lanzó Marcos, poniéndose un poco más serio, y sin disimular el bulto de su erección.
-¿Estás loco? ¿Qué placer podés encontrar en los pezones?
-¡Pues amigo, preguntale a cualquier mujer, y te responderá!
-Las tetas de una mina son muy sensibles, más que los pezones del hombre.
-Puede ser, aunque tengo mis dudas, pero aún así, los hombres tenemos mucha sensibilidad ahí.
-No lo creo – afirmó Roque, aunque dudara un poco de su propio escepticismo.
-Peor para vos. Anita me estimula mucho. Es delicioso cuando me chupa los pezones.
-¿En serio? ¿Te chupa ella a vos?
-Por supuesto. Sabe hacerlo muy bien. Una mujer sabe hacerle a un hombre lo que más le gusta que le hagan a ella – contestó Marcos, llevando sus manos al pecho y haciendo sutiles círculos alrededor de sus pezones.
-Me estás dando mucha envidia – dijo sonriendo Roque, con cierto temblor en la voz.
-¿Ves? – dijo Marcos, mostrando con un gesto – basta con algunos roces para que los pezones se endurezcan.
-No veo bien – dijo Roque, intentando vencer la oscuridad al acercarse. Entonces Marcos se subió la camiseta hasta el cuello. Sus pezones redondos y generosos podían entreverse a través de la escasa luz.
-Yo no tengo los pezones tan desarrollados como vos.
-¿A ver? – dijo Marcos, y sin dudar estiró una mano, tomó la blusa de Roque y la levantó para dejar al descubierto su pecho.
-Son pequeños – repuso Roque, tocándose los pectorales. A pesar de la exigua claridad Marcos vio como las manos de su vecino se hundían en ese matorral de vellos blancos.
-Son pequeños, sí, pero bien puntiagudos. Especiales para chupar. Estoy seguro que si se trabajan, en poco tiempo estarás aullando de placer cuando te los toquen.
-Nunca pensé que se podían disfrutar placeres así.
-Sí, amigo, está todo ahí, en nosotros, sólo hay que usarlo – dijo con intencionalidad – por otro lado: sólo tenés que echarte un vistazo… ¡mirá el cuerpo que tenés! Un cuerpo así está pidiendo a gritos que se lo goce al máximo. Un cuerpo así puede ser el deleite supremo de cualquier persona… ¡y estoy seguro que debajo de ese pantaloncito, guardás algo impresionante! – balbuceó Marcos, con una voz que delataba su deseo más preciado.
-Yo no diría “impresionante”, pero… tengo lo mío, es verdad.
-Bah, no seas modesto..., estoy seguro que es una verga formidable – exclamó Marcos, fijando descaradamente su vista en la entrepierna de Roque.
-Bueno, a mi mujer le gusta mucho lo que llevo entre las piernas.
Marcos entrecerró los ojos, imaginando ese miembro anhelado.
-¿Cómo es tu verga? ¿La tenés muy grande? ¿Es muy ancha?
-¡Marcos! – contestó Roque dando pequeñas y nerviosas carcajadas – ¡ya está bien por hoy… creo que es momento de volver a casa! ¡Así y todo, hacía mucho que no me reía tanto!
-Es bueno verte reír - Marcos suspiró, disimulando su excitación con risas forzadas. - De acuerdo, tenés razón, ya es tarde y será mejor que volvamos…
Acomodaron un poco sus ropas, y se ayudaron mutuamente para levantarse. Después, estirándose un poco, emprendieron el camino de vuelta a sus casas.
-¿Sabés? – comentó Roque – me dejaste muy impresionado con lo del consolador.
Ambos rieron fuertemente.
-¿Ah, sí?
-Definitivamente. Me tenés que mostrar eso.
-¿Qué cosa? – preguntó ansioso Marcos, mientras se sostenía del hombro Roque para no caerse al tropezar con un matorral.
-El consolador, tonto.
Nuevas risas.
-Ah, sí, sí…. El consolador. Pues, mañana vení por casa, te lo tendré preparado. Sólo para vos.
Riendo, volvieron a sus hogares.

***

Esa noche había nacido entre ellos una peculiar unión. Aún no era amistad. Era algo que a ambos los hizo pensar y retrasar el sueño.
Al día siguiente, Marcos sacó el consolador de la mesita de luz de Anita y lo guardó en una caja que tenía en el tallercito. Fue a la playa con su familia por la mañana. Allí estaba Roque con su esposa. Mientras los niños jugaban, las dos parejas se acercaron a charlar un rato con esa indispensable cortesía entre dos familias vecinas. Cuando dos matrimonios se encuentran hay una cierta agrupación natural de sexos, así que las mujeres se apartaron conversando animadamente, mientras que Roque y Marcos quedaron juntos en la orilla, charlando de nimiedades.
Después de almorzar, ya en su casa, Marcos se recostó a dormir su siesta, de la que despertó con un desacostumbrado buen humor y renovada energía. Hacía calor, tomó un refresco y se fue al taller. Estaba a punto de retomar su trabajo con el mueble, cuando oyó la voz de Anita:
-¡Amor, aquí está Roque!
¿Roque, aquí?, pensó Marcos. Inmediatamente una agitación alteró su respiración.
-¡Decile que pase, estoy en el taller!
Marcos sintió que el pecho se le salía por la boca. Luego, más tranquilo, se pasó la mano por la cara, e intentó respirar más calmamente. Enseguida sintió golpear a la puerta y se apresuró a abrir. Roque apareció en el umbral con su imponente altura. Vestido con una camiseta sin mangas y su short de correr saludó con su habitual gesto tímido y recatado.
-¡Adelante, adelante! ¿Cómo estás, Roque?
-¿Qué tal, Marcos?, bueno, te vengo a devolver tu taladro. Me fue de mucha utilidad, así que muchas gracias. Ya veo que vos seguís con tu mueble… - dijo, mirando la mesa de trabajo.
-Sí, estaba a punto de comenzar.
Sus miradas se cruzaron por unos segundos, luego Roque, bajó la vista y se acercó a las herramientas sobre la mesa.
-Disfruté mucho la charla en la playa – comentó Roque, como al pasar.
-Ah, sí… aunque los chicos estaban un poco revoltosos, Anita siempre dice que…
-¡No, no…! – interrumpió Roque, con una sonrisa reprimida – me refería a la charla de anoche, sentados en la arena y tomando cerveza…
Guardaron silencio por unos minutos. Roque volvía a observarlo todo en el taller, y con la mirada perdida en su interior logró balbucear:
-Me hizo pensar mucho...
Marcos alzó las cejas. Se reprochó no haberse dado cuenta de lo que Roque quería decirle y comentó torpemente:
-Sí, fue muy agradable. Podríamos repetirlo, ¿no es cierto?
-Sí, claro. Yo estoy acostumbrado a acostarme muy tarde.
-Yo también. Generalmente me siento a leer algo o me quedo viendo televisión.
Ambos se quedaron callados, un poco cortados, pues no sabían como continuar la conversación.  Marcos miró de reojo la caja del estante en donde había guardado su consolador. Quería retomar ese tema, sólo que no sabía como. Ahora no tenía la complicidad de la oscuridad nocturna, ni el coraje que le daba el alcohol.
-¿Querés tomar algo?
-¿Eh…? no, no te molestes… yo solo pasaba un momento…
-Quedate, mi trabajo con el mueble puede esperar…
-Al contrario… no lo interrumpas por mí, en realidad, y si no te molesta, me gustaría ver como trabajás – dijo, pasando la mano sobre la veta del mueble.
-¿En serio? - Marcos sonrió, complacido y ansioso.
-¿Puedo ver cómo lo hacés?
-Sí, claro. Acabo de levantarme de la siesta, aún no me puse la ropa de trabajo.
-Claro. No me había dado cuenta – dijo Roque, mirando a Marcos, que tenía puesta una camiseta azul y como de costumbre, su traje de baño – quiero decir, que yo nunca uso ropa de trabajo, bueno, las cosas que yo hago son muy simples.
-En realidad, yo uso ropa vieja para trabajar – dijo Marcos, poniendo algunas herramientas sobre la mesa, y girando el mueble para situarlo bajo la luz. Preparó las lijas y mientras las ordenaba según su grosor, se animó a decir:
-Anoche estuvimos hablando de muchas cosas.
-Sí – asintió Roque con un rictus en su boca.
-Tal vez hablé demasiado… es que nunca bebo, apenas tomo un poco de cerveza y…
-No, no hablaste demasiado, de hecho, pienso que me habría gustado que me contaras más. Estuve pensando mucho en lo que me dijiste, en todas aquellas cosas que uno no se anima a probar, en todas aquellas en las que uno se arrutina, ¿sabés?, a veces siento que estoy hastiado de todo.
Marcos sintió que ya estaban en tema de nuevo. Evidentemente, Roque estaba pasando por un momento de su vida en el que necesitaba sacar afuera todo lo que sentía, tener respuestas, tener preguntas que hacer. Mientras pensaba en esto, comenzó a lijar una de las maderas.
-¿No te ponés la ropa de trabajo?
-¡Ah, sí!, tenés razón – sonrió Marcos – la tengo aquí, en el perchero de la puerta.
-Yo te la alcanzo – dijo Roque tomando una camisa raída y manchada de pintura y un pantaloncito viejo que colgaban de un clavo oxidado – me gusta el “perchero” – dijo sonriendo y alcanzándole la ropa a Marcos.
-Sí, es diseño personal – rió Marcos.
Roque miró de reojo a Marcos, que comenzaba a quitarse la camiseta. Marcos, con el torso desnudo, tomó la camisa vieja e indicó con un gesto:
-Cerrá la puerta con el pasador.
Roque fue hacia la puerta e hizo lo que Marcos le había dicho. Pensó que era lógico eso, ya que Marcos se estaba cambiando, aunque se extrañó un poco. Cuando giró sobre sí, Marcos se había puesto la camisa, pero no había abrochado sus botones. Desajustó la cuerda de su traje de baño y se lo quitó enseguida. El sexo de Marcos quedó expuesto bien a la luz y Roque lo miró. Los dos estaban callados, y nuevamente ese silencio entre ambos, tan natural, tan especial, afloró instalándose con un clima de complicidad.
Mientras Marcos intentaba poner al derecho el pantaloncito que iba a ponerse, Roque balbuceó…
-Habías prometido mostrarme tu juguetito…
-Vaya, es verdad – dijo Marcos, riendo. Su miembro dio un visible cabeceo de alerta.
-Tal vez en otra ocasión, no lo tendrás a mano seguramente…
-¡No, no!, justamente lo traje al taller por si querías verlo – dijo, tan exaltado, que su pantaloncito cayó al suelo.
-¿En serio?
-Claro. ¿Querés verlo ahora?
Roque no contestó, pero hizo un rápido gesto de asentimiento, mientras alzaba sus cejas anchas y mordía apenas su labio inferior. Marcos, no se preocupó por alzar su pantalón del suelo, y se estiró en busca de la caja del estante. Fue consciente de que su redondo trasero desnudo quedaba a la vista de su vecino. Se entusiasmó por seguir ese sensual juego aunque no supiera muy bien si Roque lo estaba jugando también.
-Aquí está – dijo Marcos, presentándole en las manos una verga artificial color piel y de tamaño considerable. La sostenía muy cerca de su propio pene, que ya se había engrosado un poco.
Los ojos de Roque se agrandaron absortos.
-Te quedaste mudo – dijo Marcos.
-Marcos, no puedo creer que esta cosa pueda…
-Puede.
-Pero, realmente vos…
-¿Qué querés saber, Roque? ¿Si me entra todo en el culo? ¿Si verdaderamente esto provoca placer?
-Quiero preguntarte todo. Pensarás que soy un inexperto total, un ignorante… siento un poco de vergüenza – dijo tomando en sus manos ese aparato tan atractivo.
-Nada de eso ¿Verdad que se siente como piel verdadera?
-Sí – dijo Roque, riendo nerviosamente.
-Es la copia exacta de la pija de un actor porno… no recuerdo el nombre, bueno ¿qué importa eso? – dijo con una sonrisita, Marcos, a tiempo que acariciaba sutilmente una de sus tetillas.
-Entonces… ¿con esto juegan con tu esposa?
-Sí. Pero… te confieso que Anita prácticamente no lo ha usado en ella – Decía Marcos, muy atento a cada uno de los gestos de Roque.
-¿Y este juguete te da placer…? – preguntó incrédulo.
-Sí, mucho. Pero también debo decirte, que a Anita le encanta verme gozar con él.
-¿Te lo mete todo?
-Hasta ahora sólo me lo metió hasta un poco más que la mitad.
-¡Vaya!, es que es muy largo.
-Y muy ancho.
-¿Qué sentís?
-Es difícil explicarlo. Es un placer muy intenso. Nada parecido a lo que comúnmente estamos acostumbrados a sentir. Esto estimula tu próstata, así que el goce es muy profundo, muy interno, y realmente podés  hasta llegar al orgasmo, ¡pero desde tu ano…! algo que, como te dije, no te podría explicar. Para saber lo que se siente, nada más fácil que experimentarlo por tu cuenta.
-¡Mi amigo, no puedo ahora aparecerme con esto en casa, mi mujer se espantaría!
-Obviamente que no, ¿cómo se te ocurre? Esto es un proceso que requiere varias etapas. Pero mientras, vos podés ir practicando.
-¿Te parece? – dudó Roque, pero cada vez más interesado.
-Si es tu deseo, claro.
-¿Y no duele?
-Bueno, es importante que vos controles la situación en todo momento, ir relajándote, abrir tu culo hasta que estés preparado para entrar después del primer anillo.
-¿Primer anillo?
-Claro, el sector de tu ano a partir del cual se entra en la parte más profunda.
-¿Cómo sabés todo eso?
-He explorado mucho mi ano, desde que descubrí el inmenso placer que se puede sentir allí, verás, no sólo se goza del sexo con el pene…
-Eso ya lo sé, pero evidentemente, vos sabés más que yo.
-Porque también leí todo lo que pude en Internet, como ya te dije.
Roque, inspeccionando el consolador, al que revisaba por todos lados y no dejaba de tocar, miró finalmente los ojos de Marcos:
-¿Y a vos te parece que yo podría usarlo?
-Con probar, nada se pierde.
-Sí, es verdad…
-Vamos, vamos, Roque, ¡si ya veo que se te hace agua el culo! – dijo riendo Marcos, y palmeando la punta del dildo, continuó - ¿No te animarías con esto?
Ambos rieron con ganas.
-Creo que sí. Pero me gustaría que me enseñes – dijo más serio.
Roque se sintió extraño al escucharse hablar de todas esas cosas, Marcos a esta altura, y por la dirección que había tomado la charla, estaba excitándose perceptiblemente, ya que su verga se había elevado en media erección y su rosado glande comenzaba a asomar.
-Sólo hay que tener ganas – dijo Marcos.
-Sí, lo sé, pero no sabría ni como empezar.
-En principio, todo es cuestión de relajarse. Lo fundamental: usar mucha crema lubricante.
Había un frasco de bronceador olvidado en un rincón. Marcos lo tomó y sacó una buena cantidad de crema, luego restregándosela entre las manos, la aplicó directamente sobre la punta del consolador que Roque sostenía con ambas manos. Marcos acarició el juguete como si fuera una lenta y untuosa masturbación, cuidando de que cada pliegue quedara embadurnado.
Los ojos de Roque centellearon con una luz inusitada. Muy cerca de su entrepierna, el largo aparato emergía entre las manos de Roque, como si realmente fuera su propio miembro. Marcos lo frotaba con total sensualidad mientras clavaba la vista hacia el bulto de su amigo. Vio que estaba ciertamente hinchado. No pudo contenerse más, esa visión, el untar el consolador con el bronceador, hizo que su pija disparara hacia su excitación máxima, subiendo aceleradamente en intensos latidos.
Entonces Marcos quiso dar un avance a la situación y tomó otra porción del resbaloso bronceador en sus dedos, llevándola hacia su culo.
-No te asustes, primero te voy a enseñar como lo hago yo ¿estás de acuerdo?
-Estoy de acuerdo - balbuceó Roque, a tiempo que su ritmo cardíaco se aceleraba considerablemente.
Marcos frotó la crema teniendo el cuidado de lubricar todo el contorno e interior de su ano. Roque, estaba expectante, fijando atentamente los ojos en la erección de Marcos. De un matorral de pelos negros, surgía una columna rígida bien gruesa. El glande estaba brillante por la tensión.
-Ya tenemos todo listo – susurró Marcos. Se dio vuelta, apoyando su abdomen en el filo de la mesa. Al abrirse las nalgas con las manos, aún recubiertas de crema, el ojo del culo se le había dilatado y, cuando contraía el esfínter, parecía una boca que se abría y se cerraba, pidiendo atención urgente.
Marcos quedó de espaldas a su vecino, mostrando sin vergüenza alguna como su ano ya estaba preparado para la penetración. Luego de un momento que pareció eterno, sintió que Roque apoyaba la punta del consolador en su agujero. Por la fricción, el aparato había tomado la temperatura del cuerpo humano. Estaba excitado a más no poder, por lo que llevó la mano a su pija, y comenzó a masturbarse lentamente.
¡Su vecino le estaba metiendo el consolador!
 Roque, tímidamente, hizo un poco más de presión.
-Así, Roque, así… - exclamó Marcos en medio de un suspiro.
-¿No te hago daño?
-No, no… seguí. Podés jugar con la punta por todo el círculo de la entrada… así, sí… ¿te vas dando cuenta? Es importante relajarse mucho. No te detengas… ahora… por favor, penetrame un poco más…
-¿Así? – dijo Roque, obedeciendo…
-Más adentro, por favor…
-Tu culo está increíblemente abierto.
Entonces, Marcos sintió como la mitad del aparato se había introducido en su culo. Pero también sintió que su agujero apenas podía contener ese grosor… ¿Qué importaba? El placer que experimentaba, con su ano abierto al máximo y estrechamente ceñido al miembro artificial, era intenso y ciertamente delicioso.
-¿Hasta el fondo? – preguntó Roque.
-Hasta el fondo, sí – contestó Marcos. Al hundir todo el aparato en el abierto culo, Marcos lanzó un gemido contenido. ¡Qué grande le parecía ahora el consolador! ¡Y con qué intensidad lo empujaba Roque hacia su interior!
Aceleró los movimientos sobre su pija, y al entreabrir sus ojos, ¡vio con asombro que las manos de Roque se aferraban borde de la mesa! ¿Cómo? ¿Si sus manos se afirman en la mesa, con qué está sosteniendo el consolador?, se preguntó. Abrió del todo los ojos, y quedó de una pieza al ver el consolador apoyado sobre la mesa.
-¿Qué…?
Marcos, intentó mirar a través de su hombro: Roque había dejado caer su short al suelo, y lo que estaba metiendo en el culo de Marcos era su propio miembro. Luego miró a los ojos a su vecino que le devolvió una mirada a modo de justificación, como pidiendo disculpas por su repentino impulso.
-Tenía ganas de hacer esto desde hace mucho tiempo, Marcos – musitó en voz baja Roque.
Entonces sintió las manos de Roque sobre su cintura, y fue atraído dulcemente hacia ese carajo duro que se metía más y más en su carne caliente. Ahora se explicaba Marcos porqué su agujero no había reconocido como familiar semejante tamaño. ¡Entonces, Roque tenía la verga más grande que su conocido consolador!
Lo que estaba metiendo en el culo de Marcos
era su propio miembro.
Como Roque vio que Marcos no podía salir de su asombro, malinterpretó esto y se sintió avergonzadísimo; se detuvo y se apartó sumido en total perplejidad.
-¡Perdón, no sé lo que me pasó! – dijo, turbado y agitado.
Marcos se dio vuelta, y apoyado sobre la mesa, quedó frente a él. Sus erecciones se tocaban mutuamente. Marcos tomó su cara y acariciándole una mejilla se apresuró a calmarlo, haciendo que su mirada se levantara hasta sus propios ojos:
-No tenés que pedir disculpas, yo también quería esto desde hace mucho tiempo.
Roque, sin pensarlo, como saliendo de su introspección más oculta, de pronto acercó su cara a la de Marcos, y en un movimiento apasionadamente brusco, juntó sus labios a los de él. La vergüenza lo venció de nuevo – después de todo, jamás había besado así a otro hombre – y bajó la cabeza. Marcos lo abrazó, y el rostro de Roque quedó escondido entre sus velludos pectorales. Pero lo buscó con sus labios, y nuevamente sus bocas se unieron fuertemente. De inmediato chocaron sus lenguas, en una frenética unión devoradora.
De pronto, la voz de Anita llamando a Marcos, los paralizó.
-¡Es tu mujer!- dijo Roque subiéndose el short rápidamente.
-¡Shh!, no te preocupes, está la puerta atrancada – se vistió rápidamente y salió para responderle. Roque, sonrojado y tropezando con todo, fue tras él. Pudo decirle a media voz:
-¡Esto es una locura, Marcos! ¿Y si ella se dio cuenta?
-Nada pasó, Roque, ¡tranquilo!                       
-¡Me voy!
-No, por favor.
-¡Aquí estaban! – dijo sonriendo Anita, que venía con los niños, uno en cada mano – Amor, voy a llevar a los chicos a los juegos de la plaza. Les voy a comprar zapatillas después, así que tardaremos un rato. Chau, ¡y no nos extrañen mucho!
-Hasta luego, cariño – dijo Marcos, dando un beso a su esposa y sonriendo a los niños.
-¡Ay, amor! – dijo Anita frunciendo la nariz – ¡te pusiste demasiado bronceador!
-Andá, andá… ¡diviértanse! – se apresuró a decir Marcos, mientras miraba de soslayo la enorme turbación de su vecino. Roque, que hasta ese momento, se había quedado parado como una estatua, solo atinó a despedirse, insistiendo en desaparecer de allí, Marcos lo aferró fuertemente por un brazo, pero nada pudo hacer. Roque se escabulló y con la mirada en el colmo de su circunspección, notablemente confundido, corrió a paso veloz hasta su casa.
Cuando quedó solo, Marcos estuvo pensativo y todo lo que había sucedido pasó nuevamente por su mente y por su cuerpo. En su interior sentía un fuego que sólo podría aquietarse cuando volviera a estar con ese hombre que había escapado tan rápido y dejándolo en la más ardiente excitación. Aún tenía inflamado su sexo, pudo sentir como el semen se le agolpaba queriendo liberarse y al recordar una y otra vez la imagen de Roque penetrándolo, su verga volvía a endurecerse como el acero, goteando y humedeciéndosele por completo.
Esperó a la noche, cuando por fin todos se fueran a acostar. Tuvo que esperar mucho tiempo porque Anita se había quedado viendo televisión, ¡y no se iba nunca a la cama!. Marcos, nervioso e inquieto, saltaba en su sillón, mirando a cada rato por la ventana para ver si la luz en la casa de su vecino seguía o no allí. Finalmente, Anita se retiró a su habitación, y Marcos, como disparado, salió al jardín.
Oscuridad total. No había rastros de su amigo. Marcos se recostó un poco en el álamo sobre el cerco que dividía las dos viviendas, y suspiró, acongojado. Entonces, escuchó un pequeño rumor. Volvió a mirar, y ¡Ahí estaba Roque! Marcos susurró:
-Hola, ¿Cómo estás? pensé que no te iba a ver esta noche.
-Marcos, lo de esta tarde fue una barbaridad – balbuceó Roque.
-Lo sé, pero no puedo sacarte de mi cabeza.
Roque sonrió débilmente, con un dejo de ternura, después de una pausa contestó:
-Yo tampoco.
-¿Qué hacemos entonces?
-No sé, nunca me había pasado esto.
-Me volvés loco, Roque, en serio… quiero sentirte otra vez adentro mío.
-Mi mujer aún no se durmió, me espera.
-Está bien, no te preocupes, andá – dijo Marcos, mirando al suelo.
Roque se alejó para regresar a la casa, después se detuvo, pensativo. Volvió hacia su amigo, y le dijo:
-Veámonos aquí en una hora.
-Aquí estaré, Roque.
Roque estiró un poco la mano a través de la cerca. Marcos la tomó entre las suyas y las retuvo un instante hasta que se separaron en la oscuridad.

***

Marcos se quedó sentado en un sillón del porche, esperando. Pasó algo más de una hora y cuando por fin el silencio indicaba que todos se habían ido a dormir, vio la sombra de Roque en la casa vecina. Saltó como un resorte y su sexo vibró en una exaltada oleada.
Con un gesto, Roque le indicó que fuera a la entrada de su casa. Marcos lo encontró allí, en la puerta del garage subterráneo. Con un dedo sobre sus labios, le pidió que guardara el mayor silencio posible. Entraron, cerrando el portón tras de sí. Adentro había una tenue luz proveniente de una lámpara que estaba sobre una mesita de trabajo. Pasaron por uno de los costados del automóvil, y fueron hacia el rincón iluminado. Ninguno de los dos atinaba a decir algo, sólo sentían como sus pechos parecían explotar de conmoción. Roque cerró la puerta interna con llave y se volvió hacia Marcos.
Desnudo, en  un temblor corporal que era bien evidente...
No se dijeron más nada. Sólo se quedaron mirando, intentando poner sus sentimientos en calma. Marcos le sonrió con toda ternura. Roque estaba librando una dura batalla en su interior. Su mirada y su rictus, daban cuenta de ello. Parecía estar molesto consigo mismo, como quien tiene una decisión insoportable a tomar. Pero de pronto dejó su cabeza quieta y respiró hondo. Tomó su camiseta y se la quitó por encima de la cabeza. Inmediatamente después, sin darse tiempo a volver a dudarlo, se quitó el resto de la ropa a la vez que se despojaba también de sus zapatillas deportivas. Desnudo, en un temblor corporal que era bien evidente, su miembro descansaba entre sus hermosas bolas. Miró a Marcos, quien entendió que era su turno de quitarse la ropa. Lo hizo tranquilamente, pero con decisión. Cuando estuvo completamente desnudo ante su amigo, lo miró y esto fue suficiente como para que su verga comenzara a latir y en cada latido cobrar dureza y tamaño.
-Cómo me gusta tu pija… – dijo Roque.
-Roque, yo adoro la tuya – y haciendo un gesto, se adelantó hacia él. Roque quiso retroceder. Entonces balbuceó anteponiendo una mano en alto:
-Sigo pensando que es una locura… no podemos hacer esto.
-No, no podemos, pero ambos lo deseamos. Y si en verdad no lo deseás como yo, por favor, decímelo ahora y yo me detendré – dijo Marcos mientras seguía acercándose lentamente a Roque.
Roque tragó en seco, estaba jadeante, sus ojos se habían transformado en los de un animalito con miedo, blandos, inquietos y anhelantes. Temblando, tomó el rostro de Marcos con las manos, y no dijo nada. Sólo abrió la boca, y se acercó para besarlo largamente.
Luego volvieron a apartarse para poder mirarse mutuamente. La pija de Marcos estaba completamente dura, mientras que la de Roque, inhibida todavía por un resto de temor, estaba a media erección. Pronto fue subiendo e hinchándose hasta quedar recta y levantada. Los pelos, largos y algo grisáceos, la rodeaban hermoseándola de una manera particularmente armoniosa. Por debajo, sus pelotas eran dos grandes bolsas arrugadas y mucho más oscuras que su verga. Se balanceaban en un temblor constante, y el vello, un poco más oscuro allí, las tapizaba exquisitamente. Marcos, tenía la pija mucho más ancha que su vecino. No era tan larga, y, en la culminación de su dureza, se erguía en forma recta, hacia adelante, en posición casi horizontal. El vello circundante era abundante y más negro que el de Roque. El tapiz de ese vello se continuaba hacia las bolas, grandes, muy grandes, y seguía por el lado interno de los muslos, intenso, ensortijándose hacia las pantorrillas, sí, Marcos era un hombre bastante velludo de la cintura para abajo, ya que el vello de su pecho era mucho más discreto. Esto llamaba la atención de Roque, que estudió con curiosidad esos pelos de macho. Los dos hombres se observaron recorriéndose con la mirada ávidamente. La atracción se hizo incontenible y finalmente Roque quiso saber qué se sentía al tocar un sexo masculino. Tímidamente, estiró la mano. Entonces Marcos, excitadísimo, al ver la vergüenza de su amigo, se la tomó conduciéndola directamente al tronco de su verga palpitante. Ese contacto dejó con la boca abierta a Roque. Aferró el pene con firmeza, probando al tacto cada textura. Se mojó los dedos en su líquido, y atajó también el comienzo del escroto. Sus yemas se hundían en el pelo púbico de Marcos, y pronto consideró que debía inspeccionar toda la zona con ambas manos. Marcos se dejó tocar, descubriendo que Roque hacía eso por primera vez.
-¿Te gusta? – le preguntó.
-Sí, pero todo es tan extraño… - exclamó Roque con una sonrisa nerviosa.
-No tengas miedo, podés tocarme todo lo que quieras y como quieras.
Para no perder detalle, Roque se arrodilló frente al sexo de Marcos, quien además, acercó la pequeña lámpara para alumbrar la escena. Roque palpó el tamaño de la pija. La abrazó, jugó con su piel, le dio palmadas, comprobó su rigidez y su elasticidad al verla saltar de un lado a otro. Con una mano masturbaba dulcemente a su amigo, mientras que con la otra indagaba sus pelotas, sus entrepiernas y más allá, en dirección a la oscuridad entre las nalgas. Marcos no podía evitar acompañar las caricias de su vecino con algunos leves movimientos de su pelvis, acercando temerosamente la verga hacia el rostro del vecino. En una de esas aproximaciones, la punta de su glande rozó apenas los mostachos de Roque. Dejó ahí su pegajoso líquido, y Roque no tuvo mejor reflejo que relamerse con su lengua. Comprobó que el gusto era algo dulce, y esto le agradó mucho. Quiso probar un poco más, entonces, alzando la vista, interrogó tácitamente a su amigo, y éste le devolvió una respuesta clara con el asentimiento de su cabeza.
Roque abrió la boca, y apoyó entonces los labios en la punta del viril aparato de Marcos. Fue un contacto apenas perceptible para ambos. Los dejó ahí, sin saber cómo debía seguir, algo paralizado por lo que estaba haciendo. El mismo jugo que lubricaba todo el glande ayudó a que los labios se desplazaran un poco. Roque, que aferraba el mango de la dura verga por la base, movió el tronco un poco, y sus bigotes cepillaron la punta en un sutil movimiento circular. Marcos lanzó un gemido y se tuvo que sostener del borde de la mesita para no perder el equilibrio. Su vecino abrió tímidamente un poco más la boca, siempre cuidando de no perder contacto con la suavidad caliente del glande. Ahora había avanzado un poco más, por lo que la pija empezaba a entrar, sintiendo como el calor de esa boca la alentaba a ir por más. Poco a poco, en un proceso que duró una exquisita eternidad, la verga de Marcos abordó la cavidad bucal de Roque por completo. Como esto lo enloquecía, Marcos sentía como desde su interior fluía caliente el líquido lubricante gota a gota, y se derramaba directamente sobre la lengua de su compañero. Roque empezó a degustar ese licor tan varonil y lo tragaba con fruición. Finalmente, el denso bigote de Roque se confundió entre los largos pelos que rodeaban la pija de Marcos. Roque metía y sacaba, cuan ancho era, el gran vergajo de Marcos, y entonces disfrutó de saborearlo como si toda su vida hubiera hecho eso. Lo lamió, frotó, chupó; siguiendo el contorno de su erección y albergándolo repetidas veces en su boca caliente y llena de saliva. Cada tanto, y como su boca estaba hecha agua, su saliva se le escapaba por entre los labios, y en largos hilos, babeaba su propio pecho. Mientras se tragaba toda la pija, sus manos recorrían las nalgas de Marcos, arqueado de placer. Él miró toda la escena y experimentó un éxtasis que lo debatía entre la realidad y un sensual ensueño. Rogó a Roque que no se moviera  mucho, ni hiciera nada bruscamente, pues estaba seguro de que tendría ahí mismo una polución incontrolable.
Entonces Roque siguió haciendo todo muy lentamente. Con cuidado giró sobre sí a Marcos, y acomodó su culo delante de él, siempre arrodillado. Lo abrió para examinarlo con curiosidad. Ahí también había tanto vello como en la parte delantera. A duras penas encontró el ojete, cerrado y fruncido, pero tembloroso y demandante. Con las manos, masajeó los firmes glúteos. Los abrió, los separó; los frotaba y los volvía a juntar. Ante cada apertura, Marcos lanzaba un nuevo y ahogado gemido. Y cuanto más Roque trabajaba el culo, más se iba relajando y abriendo ante sus observadores ojos. Sin previo aviso, la boca de Roque chocó frenéticamente con el ano de Marcos, que se dobló en dos y apartó ampliamente las piernas. Sus bolas quedaron colgando, peludas y pesadas, mientras que su verga seguía endurecida al máximo y baboseando líquido preeyaculatorio.
Entonces Marcos sintió como la lengua de su vecino daba grandes lamidas en el borde de su ojete. Era increíblemente placentero sentir ahí los duros pelos del bigote de Roque, como si éste le estuviera aplicando un duro cepillo de arriba a abajo. En cada cepillada, el trabajo era completado por la humedad de la lengua, que al pasar parecía quemarle el agujero, que, a estas alturas, suplicaba algo más contundente en su interior. El ano estaba tan dilatado, que Roque se animó a acercar sus dedos y abrirlo aún más. Probó meter uno, dos, tres; a tiempo que seguía saboreando todo con su boca. Pronto el agujero estuvo en su punto más sabroso, blando, caliente, abierto y lubricado. Marcos se abrió él mismo con ambas manos, haciendo fuerza sobre sus nalgas y apartándolas todo lo que pudo. Roque miró ese culo embriagador, y se maravilló cuando el esfínter alternó contracciones con relajación total. El borde inflamado del ano, en un rojo carmesí profundo, se desbordaba hacia afuera, asemejándose a una vulva. Roque deslizó lentamente el pulgar que desapareció en la profundidad. Sin retirarlo, quiso meter su otro pulgar. También desapareció. Entonces con ambos dedos, y separándolos, abrió suavemente el anillo del ano hasta contemplar el hueco grande y oscuro con su profundidad prometedora. Metió la lengua entre sus pulgares, y penetró a Marcos con ella. Estaba listo.
Roque no hizo esperar a su amigo. Se incorporó, y acercando su enorme tranca, que no había perdido un ápice de rigidez, la apoyó en el borde tembloroso de Marcos.
-¿Puedo? – dijo Roque, agitado y en medio de entrecortados suspiros.
-Sí...
Roque avanzó su pelvis y enterró la verga en el abierto culo de Marcos. Y desde ahí, no pudieron parar de moverse acelerando los movimientos hasta llegar a un bombeo frenético y sostenido. Estaban tan calientes que pronto se bañaron en sudor. Roque lo asía por la cintura, y en cada empellón le propinaba un golpeteo sonoro con sus pelotas.
-Más, más, por favor – suplicó Marcos.
Roque lo tomó por los hombros, lo puso de pié, e inmediatamente lo cambió de posición. Marcos quedó tumbado sobre el capó del auto, y elevó sus piernas hasta dejarlas apoyadas en los hombros de su vecino. Roque se las abrió violentamente, y se escupió la mano para salivar otra vez el culo de Marcos. Lo impregnó bien, frotándolo íntegramente, mientras que agitando su propia pija se aseguraba de mantenerla en pie de guerra. La tomó por la base y la apuntó directamente hacia esa abertura que esperaba ansiosa. En un solo movimiento, toda la pija de Roque desapareció otra vez metiéndose de lleno en el culo de Marcos.
Entonces los dos hombres llegaron al máximo placer.
Con una pasión ya desatada, Roque sintió toda la fuerza de sus placeres nuevos. Emocionado, estaba ya a punto de eyacular. En sus manos aferró el ancho mástil de Marcos, y lo masturbó con un ritmo desaforado.
Entonces, los dos hombres llegaron al máximo placer. El culo de Marcos recibió todo el esperma de Roque, que no pudo evitar arquearse en violentos espasmos. Acercó su boca a la de Marcos, y sofocó allí su gozo inmenso. Se besaron fuertemente, como saben hacerlo dos machos en pleno clímax, frotándose y chupándose entre sí, bebiéndose las salivas, mordiéndose los labios, diciéndose roncamente sus nombres y casi chocando sus dientes.
Fue cuando, entre los dedos de Roque, el caliente semen de Marcos surgió en convulsionado manantial. El espeso líquido salió en gran cantidad, como lo hacía habitualmente, pero esa vez había fluido mucho más que de costumbre.
Roque se abandonó cayendo sobre su amigo, y ambos, sobre el auto, se quedaron abrazados hasta que la agitación pareció calmarse.
Cuando tomaron consciencia de dónde estaban, quisieron vestirse enseguida. Salieron, y al despedirse, ocultos por la oscuridad de la noche, se besaron tiernamente. Roque le dijo entre los labios:
-Mañana quiero verte de nuevo.
-Me verás muchas veces, vecino…
-Ahora más que nunca, necesito tus lecciones de sexo – dijo sonriendo.
-¿Querés que traiga el dildo? – preguntó Marcos, con una risita dulcemente irónica.
-No, no va a hacer falta – dijo Roque echando mano al bulto aún inflamado de Marcos – teniendo esto tan verdadero, no admito “imitaciones”.



 Franco, 2008