jueves, 30 de junio de 2016

El cuentito de fin de mes



-- Manos --



Mi cuñado es kinesiólogo.
Hacía un tiempo ya que le había pedido una sesión de masajes porque estaba sintiendo mucha tensión en la espalda, pero inexplicablemente, él dilataba el encuentro, posponiendo la cita una y otra vez. Incluso, me llegó a decir que no tenía tiempo y me derivó con un colega suyo, cosa que no acepté, naturalmente, pues sabía, a través de varias personas y entre ellas, obviamente, mi propia hermana, que Ramiro poseía una técnica asombrosa para las contracturas acumuladas por del trabajo, el cansancio, el estrés cotidiano, y todas estas dolencias tan comunes a los cuarenta. Es curioso, siempre bromeábamos entre nosotros con que yo era un cuñado pesado y el colmo de lo terco, pues bien, me dije, echemos mano de mi fama de hombre porfiado. En vez de llamar a su asistente, marqué su número personal.
-Hola, Ramiro, habla tu cuñado. El pesado.
-¿Cómo estás?
-Ramiro, no entiendo por qué no me das bola.
-¿Cómo decís?
-Sí, hace meses que vengo persiguiéndote para que me des un turno. Tengo mucha tensión en mi cuello y necesito que me hagas un buen masaje.
-Disculpame, es que...
-No aceptaré negativas esta vez. Siempre me dijiste que ante cualquier problema que tuviera, no dudara en llamarte. ¿Entonces?
-Creeme que fue imposible atenderte de tan ocupado que estoy, además pensé que...
-Pensaste que lo mío no era urgente. Sí, claro, tenés razón, no lo es, pero no quería consultar con otro especialista sabiendo que tus masajes son formidables.
Ramiro hizo un silencio, y yo pude casi adivinar su sonrisa.
-Está bien, cuñado, pero va a tener que ser para la semana que viene, pues...
-¿Qué? ¿No tenés un turno antes?
-Lo siento, yo...
-Es que la semana que viene tengo que viajar, y no quisiera esperar, me quedaría más tranquilo si pudiéramos vernos antes de mi partida.
-Comprendo. Bueno, a ver... mirá, lo que se me ocurre es que te vengas después de hora, mañana, cuando termino con mi último paciente, a eso de las ocho. ¿es muy tarde?
-No, es perfecto, allí estaré. ¿Pero no es una molestia para vos?
-Claro que sí, pero es mejor eso que seguir soportando tus hostigamientos.
-Bueno, ya sabés que soy el pesado de la familia.
-Eso sí, después intercedé con tu hermana a favor mío, porque no admite que llegue tarde para la cena - rió Ramiro.
-No te preocupes, de eso me encargo yo.
-Mentira, no te creo.
-Seré pesado pero no mentiroso, no me ofendas.
-Okey, okey, te espero entonces.
Al día siguiente, me levanté con mi sesión de masajes dando vueltas en la cabeza. Estaba un poco nervioso. Yo no tenía mucho trato con mi cuñado, salvo las amables e intrascendentes conversaciones de rigor que se daban en las reuniones familiares. Y estuve todo el día pensando en cómo iba a ser esa experiencia.
De tanto pensar en eso, me di cuenta de pronto que nunca le había prestado atención a Ramiro. Seguramente porque no se había dado la oportunidad de conocernos mejor. También era evidente que ninguno de los dos había propiciado esa posibilidad. Después de cinco años de conocerlo, ahora me daba cuenta que ese llamado telefónico me había hecho pensar en él, más de lo que hubiera pensado. Por un momento imaginé sus manos sobre mi cuerpo desnudo y un escalofrío recorrió mi cuerpo y llegó a estremecer mis genitales.
Por aquel tiempo Ramiro tendría unos treinta y seis años. Nunca había notado nada especial en su aspecto físico. Era alto, bien proporcionado, de abundante pelo oscuro y cuidada barba. Siempre estaba impecable, vestía admirablemente y cuidaba mucho de su imagen. Usaba anteojos permanentemente. Yo siempre lo fastidiaba cuando,  bromeando, le decía que con esa pinta parecía un arqueólogo, pero lo cierto es que las gafas le daban un aspecto interesante y resaltaban perfectamente su personalidad tímida e introspectiva.
Aquel día había sido bastante agotador, por lo que cuando finalmente salí de la oficina, ya no pensaba en otra cosa que en mi sesión de masajes con Ramiro. Me abrió la puerta su asistente y me invitó amablemente a pasar. Esperé unos diez minutos, quince, veinte. La asistente debió haberme visto un poco impaciente porque desde su escritorio bajó sus gafas deslizándolas por su nariz a tiempo que me alcanzaba con su vista.
-El doctor lo atenderá en un momento, señor.
Le agradecí con una inclinación de cabeza. Por fin se abrió la puerta del consultorio. Salió un joven rubio de unos veinte años. Me fijé especialmente en él, porque era muy atractivo. Tenía un cuerpo envidiable de definidos músculos y vellos rubios que se aventuraban más allá de sus ropas un poco desordenadas. Me divirtió su aspecto, desprolijo y descarado, como si se hubiera tenido que vestir muy de prisa. Seguí observándolo mientras arreglaba con la secretaria su próxima visita. Después, cuando el rubio paciente cerró la puerta tras de sí, la secretaria tomó sus cosas y por el intercomunicador habló con Ramiro.
-Doctor, yo ya me voy. Aquí lo espera su cuñado.
-Sí, que pase, por favor. Hasta mañana, Celia.
-Hasta mañana, doctor - dijo, poniéndose un saco, volviéndose a mí mientras salía - ya puede pasar, señor.
Entré al consultorio y vi a Ramiro detrás del escritorio escribiendo unas notas.
-Hola, Ramiro.
-¿Cómo estás? Pasá, pasá, ya estoy con vos.
Cuando terminó de escribir, dejó prolijamente sus cosas acomodadas en el escritorio y fue a lavarse las manos. Lo hizo cuidadosa y parsimoniosamente, frotando y repasando el jabón una y otra vez entre palmas y dedos. Sus manos eran grandes y blancas. Las secó minuciosamente, sin prestarme atención.
-¿Mucho trabajo hoy? - dije después de un rato de silencio.
-Sí.
Otro silencio. Cuando empecé a incomodarme intenté hablar de algo.
-Ese muchacho que salió recién, ¿también necesitaba masajes?
-Sí, claro- dijo sin mirarme, mientras se secaba las manos.
-¿Tan joven?
-Sí, son los peores.
-¿Cómo es eso?
-Están todo el día con las computadoras, los jóvenes tienen muy mala postura, siempre sufren de dolores en las manos, brazos, en los hombros...
-No pensé que un muchacho con ese físico envidiable, necesitara este tipo de sesiones.
Sonriendo vino hacia mí.
-¿Por qué te llamó tanto la atención?
Me sentí un poco descubierto y respondí con evasivas. Me di cuenta entonces, que era la primera vez que estaba a solas con mi cuñado. Su mirada parecía indagarme cuando intenté justificar tontamente que el rubio me había llamado mucho la atención. Enseguida él percibió mi incomodidad, y hasta sentí que se regodeaba con eso. Pero siguió con las preguntas de rutina que me hicieron sentir cierto alivio, y respondí acerca de mi alimentación, hábitos corporales, si hacía o no gimnasia, si seguía sin fumar, en fin. Después de que había anotado todos esos datos y otros en su cuaderno, se levantó del escritorio y me sonrió.
-Bueno, vamos a verte un poco.
Sin saber por qué, temblé con sus palabras, pero enseguida me levanté y lo miré expectante.
-Por aquí. - me dijo, indicándome la camilla - Dejá el saco en el perchero, desajustá la corbata y sentate en la camilla.
Obedecí, un poco nervioso. Qué tontería, pensé, insistí tanto para venir aquí y ahora me pongo nervioso. Se puso detrás de mí y empezó a auscultarme. Al sentir sus manos en mis hombros, empecé a relajarme instantáneamente sintiendo un placer sedativo y calmo. Él me preguntaba por la familia, mis cosas, el trabajo. Lo hacía como parte de su rutina profesional, no porque le interesaran mis respuestas. Al menos eso me parecía percibir. Bajo esas presiones tan sutiles y a la vez tan firmes, yo apenas podía balbucear algunas contestaciones al tradicional interrogatorio. Sus manos empezaron a hacer más presión y por momentos permanecía en silencio, como pensando la estrategia a seguir ante lo que iba descubriendo al tacto. Yo dejé de hablar y entrecerré los ojos. Sus manos descendieron por el camino de mi columna vertebral, inspeccionando cada tramo. Cuando llegó a la zona lumbar, mi placer fue casi completo. Cuando ya me sentía en el quinto cielo, él terminó la revisación.
-No tenés nada grave. Simplemente algunas contracturas sin mucha importancia.
-Ahá.
-Podés ir tranquilo.
-¿Y...?
-¿Y qué?
-¿Y esto es todo?
-Sí.
-Ah, no..., pensé que al menos me darías un masaje. Mis contracturas podrán ser leves, pero a mi espalda la sigo sintiendo tensa. Y el cuello, no te digo. ¿Me vas a dejar así?
Mientras hablaba, Ramiro esquivaba mi mirada, echando alguna ojeada al reloj de la pared. Pero finalmente levantó su vista hacia mí  y se puso un poco más serio. Por un momento permaneció así, como si tuviera que decidir qué hacer. Luego sonrió y me dio unas palmaditas en el muslo.
-Olvidaba que sos mi cuñado pesado.
-Eso, por lo menos, tendría que meritar un tratamiento algo más especial ¿no?
-Es verdad. De mis tres cuñados, sos el más especial.
-No sé si ponerme contento por eso.
-Vos sabrás.
-Demasiadas evasivas, doctor Ramiro. ¿En qué queda mi masaje?
-Está bien. Voy a darte un masaje.
-¿Completo?
Ramiro, extrañado, abrió los ojos, conteniendo la risa.
-Ya veremos con qué me encuentro. Quitate todo, quedate sólo en ropa interior y recostate en la camilla.
Empecé a desabrocharme los botones de la camisa y miré a Ramiro más atentamente, aprovechando que él no lo notaba, pues estaba acomodando algunas cosas en su escritorio. No podía decir que era un hombre bello, pero de ninguna manera tampoco era feo. Mientras me desnudaba -tal vez por eso mismo- comenzaba a descubrir en él un atractivo que me llenó de interés. Su impecable delantal blanco le llegaba al comienzo de sus muslos. No llevaba nada puesto debajo de él. El escote en V, sobre la piel, dejaba ver el comienzo de su pecho blanco y joven, apenas engalanado con un vello muy fino. Dos firmes pezones se le marcaban en la tela del delantal. Eran dos deliciosas puntas que invitaban al tacto casi inevitablemente. ¡Cielos! ¿Cómo es que nunca me había fijado antes en ese hombre? y lo más curioso ¿por qué justo en ese momento empezaba a despertar toda mi atención? Miré sus dedos ágiles apilando unos papeles y manipulando distintos objetos. Pronto estarían tocándome. Me intranquilicé. Me sentí perturbado por una súbita excitación. Entonces comprendí que él ejercía en mí un atractivo cada vez mayor. Sentí un poco de miedo. Se trataba del marido de mi hermana. De mi hermano político. Me asombré de mí mismo e intenté reprimir el deseo que, inexorablemente, ya me había invadido todo.
Al sentarme en la camilla, observé que Ramiro venía hacia mí.
-¿Listo?
-Listo.
-Muy bien, ahora recostate boca abajo, brazos a los costados, respirá con tranquilidad, e intentá relajarte lo más posible.
¿Relajarme? no sabía cómo iba a hacer eso, ansioso como estaba de sentir esas calientes manos sobre mí. Pero obedecí como si fuera su esclavo.
Cuando apoyó sus manos no pude dejar de soltar un "ah" de placer. Ramiro respondió a esto con mayor fimeza. Sus manos comenzaron por recorrer todas mis vértebras. Una por una, comenzando con las cervicales. Enseguida sentí el abandono total de mis fuerzas y una plenitud muy especial al sentirme entregado a sus cuidados. En algunos sectores sentía dolor. Ramiro llevaba al límite esos umbrales, pero después, al aflojar su dedos, el efecto era tan placentero que me abandoné totalmente confiado.
-Ramiro, qué bien que lo hacés..., siento como si me estuvieras abriendo todo.
-¿Sí? Todavía no cantes victoria. Esperá a ver lo que sigue.
-Eso me suena un poco a amenaza.
-Algo de eso hay - dijo sonriendo.
-Sólo te pido que tengas piedad de mí, del pesado de tu cuñado, que en realidad, nunca quiso ser pesado, es que...
-Silencio, silencio. Ahora estás en mis manos.
Y esas palabras causaron sobre mí un efecto tremendo, y desde ese momento sentí que cada cosa que hacía, cada toque, cada presión de sus dedos, repercutían invariablemente en mi zona púbica. "Ahora estás en mis manos" ¡Oh, Dios!, espero que no se me vaya a parar..., pensé asustado.
Ramiro abría y deshacía mis nudos con la destreza milagrosa de un mago. Por momentos hacía una presión dura e insoportable, y al segundo, como por lógico contraste, pasaba por la zona suave, casi tiernamente, pero sin dejar de ser firme y preciso. Luego de las cervicales se dedicó a masajear detenidamente mis hombros, el sector de los omóplatos, para proseguir por todo el centro de mi espalda.
Estaba a un costado de la camilla. A veces rozaba mi brazo izquierdo con sus muslos. Yo luchaba por quedarme quieto teniendo cuidado de no tocar mucho sus piernas. Pero era encantador sentir a aquel hombre tocarme así, y rozar cada tanto esas piernas que iban y venían.
Por fin, llegó a la zona lumbar. Mi respiración se entrecortó cuando sentí sus manos en mi cintura. Estaban tan calientes...
Iban recorriendo desde el centro hacia los flancos, hasta casi doblar y meterse por debajo, como buscando mi ombligo. Pensé que iba a morir de estremecimiento, y más cuando escuché su voz.
-Voy a bajarte un poco el bóxer.
-¿El bóxer?
-¿Te molesta que lo haga?
-No, no, claro que no.
-Sólo serán unos centímetros más abajo.
-Está bien.
-¿Siempre lo llevás tan ajustado?
-No sé, no me di cuenta de que está ajustado.
-Deberías usar algo más holgado. Yo siempre uso un número más grande.
Imaginé a Ramiro en calzoncillos y sentí un oleaje movilizador dentro de mí. Él tomó el elástico de mi bóxer y lo deslizó, pero, claro, no fueron unos pocos centímetros, sino varios, porque él, sin ningún problema, bajó la prenda hasta por lo menos la mitad de mi culo. Sentí como quedaba ante su vista gran parte de mi raya. Respiré muy hondo y contuve la respiración para no gemir. Mis pelos se erizaron y sentí que se me ponía la carne de gallina en todo mi cuerpo. Seguramente, él había notado eso. También sentí vergüenza por exponerme tanto a él, pero intenté no pensar más y tan solo relajarme, como me había dicho él, cosa que yo seguía repitiéndome en mi cabeza.
Ramiro continuó su exploración táctil por toda la franja de mi cintura. Pero sus manos acariciaban ahora el comienzo de mi cola. Sentía sus dedos mezclarse con mis vellos negros. Instintivamente abrí las piernas para mostrarle la zona más íntima y vulnerable de todo macho. No podía creer que mi propio cuñado estuviera sobre mi culo, tocándolo y sobándolo. Sus manos eran sublimes. Poco a poco sentía que mi cuerpo se derretía como manteca, a la vez que algo en mi entrepierna pugnaba por endurecerse gracias a que en sus movimientos, los dedos se metían circunstancialmente por debajo de la fina tela del bóxer. No sé cuanto habrá durado eso, pero fue una eternidad.
Sus espléndidas manos me frotaban, ya violenta o suavemente, en círculos, en líneas rectas, curvas, diagonales o punteando mi piel, llegando con vértigo cerca de mi ano sobre la tela de mi bóxer, y otorgándome una paleta variadísima de nuevas sensaciones.
Fue cuando los movimientos se hicieron más lentos, más suaves, insoportablemente tenues y delicadamente torturantes. Mi mente escaló a nuevas sospechas. No. ¿Sería posible? entonces sentí de pronto que sus manos tomaban la tela de mi ropa interior y con un leve tirón los deslizaba todavía más abajo. Sus manos se apresuraron a tocar mis nalgas a medio cubrir. Las separó delicadamente. Sentí un delicioso frescor sobre mi ojete que quedaba expuesto ante él. Insistí en preguntarme ¿sería posible?
Mi propia respuesta fue permanecer atento y a la expectativa de lo que siguieran haciendo las manos de Ramiro. Fue masajeando tenuemente toda la zona hasta que tuve mi culo completamente relajado.
Después de cumplir su cometido, respiró fuerte y tomó firmemente cada uno de mis muslos, sobándolos violentamente. El inesperado contraste en la intensidad del tratamiento hizo que los pelos de mis brazos y mis piernas se me pusieran de punta, produciendo en todo mi cuerpo un estremecimiento eléctrico indescriptible. Trabajó sobre mis piernas largo rato, lo hizo de una manera mucho más intensa que en mi espalda y mi culo. Mi cuerpo se sacudía como una hoja ante los enérgicos movimientos. Tomó cada uno de mis talones y los tonificó de manera sorprendente. Se dedicó entonces a cada pierna. Cuando masajeaba la parte interna, yo me sentía morir. Tal vez había notado mi estado ante ese contacto, porque se detuvo precisamente ahí, en la parte interna de los muslos. Poco a poco fue subiendo. No podía creer la sensación de bienestar que sus dedos provocaban en mí. Este hombre debía ser un excelente amante, pensé, ahora comprendía la razón del cambio que mi hermana había hecho después de casarse con él, y cuando no se cansaba de decir lo bien que le había sentado el matrimonio. Mientras pensaba esto, sus manos seguían ascendiendo por el interior de los muslos. Me preguntaba hasta dónde iban a llegar.
Sus dedos examinaban cada musculatura hundiéndose entre las vellosidades de mis piernas y exploraban cada centímetro de piel que encontraban a su paso. ¡Estaban tan cerca de mis bolas!
Inconscientemente - o, tal vez, no tanto - roté mi pelvis hacia arriba, como invitando a que sus dedos visitaran zonas más íntimas. Esperaba deseoso sentir su contacto allí. Y así fue. Porque sus dedos llegaron justo a la deliciosa unión de la entrepierna y el comienzo del muslo, provocándome fuertes palpitaciones.
Las manos masajearon mis isquiones, tocando de vez en cuando alguna de mis bolas con el dorso de sus manos. La sensación era fascinante. Abrí más las piernas, a punto de dejar los pies colgando fuera de la camilla. La tela del bóxer estaba bien floja, beneficiando la entrada de los dedos por debajo de ella. Por momentos sentía sus dedos tocar mi piel. Tocaban mis bolas, se enredaban con mis pelos, hacían pequeños círculos y volvían a salir.
Pero, de pronto, sus movimientos se detuvieron.
Abrí los ojos, extrañado, y esperé un momento, pero Ramiro no se movía.
Entonces, apenas murmurada, escuché su voz.
-Se nos ha pasado el tiempo volando. Mirá la hora que es.
Su voz estaba como quebrada. Tenía la mirada en el piso.
-Ramiro, por favor, seguí.
-Otro día.
-¿Por qué?
-Yo...
-Está bien. Perdoname, me estás haciendo el favor de atenderme después de hora y yo...
-No es eso, no te preocupes por la sesión.
Me di cuenta de lo turbado que estaba porque apenas podía hablar. Entonces también decidí callar.
-Disculpame, voy a llamar a casa.
Salió cerrando la puerta tras de sí. Escuché que hablaba por teléfono, pero no entendí lo que estaba diciendo. Al rato regresó y se acercó a mí.
-Sigamos.
Me volví hacia él y nuestras miradas se quedaron suspendidas en silencio.
-¿Estás seguro? - pregunté.
-Sí.
Y lentamente continuó con el celestial tratamiento. Pero ahora, después de esa mirada, comprendíamos tácitamente que estábamos pasando un límite extraño y delicado, aunque supremo y exquisito.
Cuando volví a sentir sus manos sobre mi cuerpo, me estremecí de nuevo. Sentí que mi pija despertaba, pero ya no hacía esfuerzos por impedirlo. Sus movimientos se hicieron cada vez más lentos y sus dedos, ávidos y acariciantes, recorrían toda la extensión de mi cuerpo. Eran toques maravillosos, apenas insinuados por sus calientes yemas, que me sumían en un embelesamiento de ensueño total.
Al detenerse por un instante y no sentir ya sus manos, pensé entonces que otra vez quería desistir seguir adelante. Pero de inmediato esa pausa angustiante se vio compensada por una recompensa inusitada. Tomó mi bóxer y me lo quitó. Quedé tan sorprendido como excitado. Sentía esa mezcla rara a causa de la incertidumbre de no saber si todo eso era parte todavía de un tratamiento formal de masoterapia, o si habíamos arribado a un terreno más jugado. Confieso que en ese momento aún no lo sabía. Pero la intuición seguía guiándome, y mi verga le respondía.
Ahora estaba desnudo. Me excitaba mucho eso, pero también me avergoncé un poco al sentir que mi erección latía ahí abajo. Ramiro, siempre en silencio, sostuvo mi brazo izquierdo en sus manos. Lo masajeaba como desmenuzándolo entre los dedos. El éxtasis que me provocaban sus movimientos era formidable. También hizo lo mismo con mi otro brazo hasta que al fin los dejó completamente relajados y reposando a los costados de mi cuerpo. Con leves toques, nuevamente sus yemas fueron palpando mi espalda, mis hombros, mi cintura, y seguía bajando. Posándose en mis nalgas, todavía hizo allí maravillosas delicias. Suavemente me tomó los glúteos y los amasó. En cada movimiento circular mi ano quedaba al aire, gracias a los desplazamientos que conseguía de cada uno de mis gajos. Sus pulgares, próximos a mi agujero, se iban acercando entre sí y aproximando más al caliente centro.



Yo intentaba quedarme quieto, pero eso me costaba mucho. Mi verga ya estaba durísima y sentía como los pequeños chorritos de líquido preseminal brotaban mojando la tela que cubría la camilla. Por fin, sus pulgares llegaron al borde de mi ano. Pero estuvieron largo tiempo allí, sin animarse a entrar. Bordearon toda la periferia, acariciados por mis gruesos pelos. Era como una pequeña muerte, casi al borde de la expiración. ¿Cómo se podía brindar tanto placer a alguien? Ese hombre tenía una técnica asombrosa, llegaba hasta puntos de éxtasis inigualables, pero tenía la habilidad de detener todo en el momento límite, justo cuando el clímax llegaba a su máxima cúspide. Y eso era precisamente lo que lo hacía enloquecedor e inexorablemente deseable. Cuando creí que iba a desmayarme y a punto de ser violado por esos dos duros pulgares, Ramiro se detuvo dándome una leve palmadita y haciendo sonar suavemente su voz.



-Date la vuelta, por favor.
¿Qué? ¿Darme vuelta? ¿y ahora? Me quedé inmóvil, sin saber qué hacer. Mi pija, latente bajo mi propio peso, estaba grande y dura.
-¿Me escuchaste?, ¡Date la vuelta!
-Te escuché, es que no puedo.
-Vamos. Vení, que te ayudo.
Y suavemente me tomó por los costados de mi espalda, ayudándome a girar, interpretando que mi imposibilidad se debía no a mi vergüenza sino a mi extrema relajación. Me di vuelta y me dejé recostar boca arriba. Toda la erección de mi verga quedó ante su vista. Rojo como un tomate, fijé la vista en el techo. Los dos guardamos silencio, un silencio que parecía cortarse con el aire, y por el rabillo del ojo, me di cuenta de que él se quedaba absorto ante mi sexo rígido. Pero al posar otra vez sus manos en mí, respiré profundo y recobré la calma. Me entregué nuevamente a él y ya no me dio vergüenza mostrarle mi excitación escandalosa.
Sus manos recorrieron mi pecho, entre sus dedos se deslizaban mis pelos largos y negros. Giró sobre mis pectorales, avanzó sobre mi abdomen y siguió bajando, pero, no tocó jamás mi verga erecta que se sacudía en intensos latidos. Rozó toda la zona pubiana y se perdió entre mis vellos espesos, masajeando el pubis de una manera exquisita. Abrió levemente mis piernas para adentrarse en el interior de mis entrepiernas acariciando toda la zona con una habilidad magistral para no chocar con el palo central que obstaculizaba sus movimientos. Largo rato se dedicó a trabajar en todo el sector. Mi sexo apuntaba desafiantemente hacia el techo derramando continuamente líquido transparente.
Entonces pasó una palma por detrás de mis hombros y me sostuvo firmemente por detrás de la espalda invitándome a que me incorporara. Me hizo sentar en la camilla, me giró hacia él con un cuidado extremo, y sosteniéndome como un niño que podría caer, mis piernas colgaron al costado de su cuerpo.
Permanecimos frente a frente.
Su cabeza, a unos centímetros más arriba que la mía, estaba muy próxima a mí. Ramiro tomó mi cuello con sus cálidas manos y empezó a masajearlo con una firmeza avasallante. El dolor de las primeras presiones daba paso inmediatamente a una distensión maravillosa, y yo dejaba caer casi por completo el peso de mi cabeza entre sus palmas. Sabiamente iba a los puntos que necesitaban atención, por lo cual poco a poco mis tensiones fueron desapareciendo.
Podía sentir su aliento. Me embriagó y llenó mi nariz como una droga exótica. Lógicamente que eso, unido a las acariciantes presiones de sus dedos y el calor que emanaba toda su persona tan cercana a la mía, contribuía a sostener mi erección de una manera indecorosa. Entre las piernas abiertas, mi pija permanecía dura como una estaca, chorreando gotas de cristalino fluido y latiendo a medio descapullar. Cada tanto se me contraía involuntariamente, entonces se ponía más tensa, crecía, se enderezaba aún más, el glande se hinchaba y lanzaba otro goteo de líquido. Pronto mi vellosidad púbica y mis bolas estuvieron mojadas y pegajosas.
Ramiro abandonó mi cuello para seguir sobre los hombros. No era ajeno a todo lo que mi cuerpo estaba manifestando. Cada tanto yo advertía que él bajaba la vista hacia mi miembro que estaba cada vez más tenso y brilloso. Emergía de mi mata de pelos con las bolas bien compactas, impacientes ya por descargar todo su contenido.
Lo miré, yo tenía la cara justo delante su pecho, y cuando él descendió sus manos hacia mi espalda, yo no tuve más remedio que aproximarme más hacia él. Sentía como si él me estuviera dando un abrazo. Sus manos me rodeaban, masajeando mi columna entre los omóplatos y haciendo que mi nariz prácticamente se apoyara sobre su plexo solar. Sentí su aroma. Era un perfume muy tenue, riquísimo, muy varonil, que enseguida me pareció como proveniente del paraíso. ¿Cuánto tiempo estuvimos así? No lo puedo saber con exactitud. Yo no atinaba a hacer nada. Intuía que si en ese momento decidía avanzar movido por mi incontenible deseo, seguramente rompería la magia que se había creado entre nosotros. Inseguro y embelesado, no pude vencer mi cobardía y elegí la opción de que todo siguiera su curso natural.
Ramiro me dejó por un instante (que creí horas), rodeó la camilla y se situó detrás de mí. Siguió trabajando con mis brazos, llevándolos hacia atrás y hurgando con sus dedos por debajo de mis omóplatos abiertos por esa elongación. Bajé instintivamente la cabeza, pero él me la sostuvo y la colocó nuevamente en su eje. Por primera vez me tocaba la cabeza. Me sentí entonces como un niño asistido por un ángel guardián. Cerré los ojos y me entregué a esas delicias. Cambió de brazo haciendo lo mismo, haciéndome sentir otra vez el calor de su aliento por la proximidad de su cara con la mía. Después volvió a los hombros, siguió hacia mi cadera, masajeó mi cintura, siempre situado a mis espaldas. De puro placer, abandoné la cabeza hacia atrás, encontrándome con uno de sus hombros, que contuvieron mi peso.
Ansié tocarlo. Lo deseaba con todas mis fuerzas. Sí, había decidido contenerme, pero esa tarea no me era nada fácil. Excitado al límite, mi pija estaba tan levantada que tocaba mi ombligo en repetidos toquecitos, según los vaivenes de mi cuerpo masajeado. El precum ya había humedecido la sábana fina de la camilla. Mi glande se inflaba como un globo cada vez que yo cerraba el esfínter, poniéndolo rojo y tirante, ayudando a descorrer del todo el prepucio protector, y volviendo a lanzar uno y otro chorro del tibio líquido que ahora emergía como una pequeña eyaculación.
Mi asombro y embeleso fue mayor cuando Ramiro volvió a ponerse frente a mí. ¡Había desabotonado su delantal hasta la cintura!
-¿No te molesta, verdad?
La visión de su pecho semidesnudo me elevó a estratos nirvanescos y, obviamente, no pude responder su pregunta. ¿Si me molestaba? ¡Me sentía en la gloria! Estando así, frente a frente, Ramiro bajó hasta tomar contacto con mis muslos, abiertos de par en par a ambos lados de su cuerpo. Con sus dos manos trabajó sobre mi muslo derecho. Al hacerlo, mi verga dio un nuevo sacudón, derramando más gotas. ¡Era demasiado!
Levemente inclinado sobre mi derecha, ahora podía ver lo que su delantal abierto me permitía. Un pezón le asomó entre la abertura. Su pecho no era demasiado velludo, pero una intensa mata de pelos rodeaba la tetilla en inquietante custodia. Qué maravilla, pensé. Ver ese pezón hermoso y rozagante entre los movimientos de la tela del delantal, fue algo inusitado que acaparó toda mi atención. Era redondo, grande, y la punta se destacaba erecta en un tono más claro que la oscura aureola. Los pelos que lo enmarcaban me fascinaban y no podía dejar de mirar sus tetillas.
Cuando hubo terminado con los muslos. Quedó un instante sin moverse, como observando el efecto que había provocado con sus masajes. Mi verga estaba empapada. Entonces hizo algo increíble: Estiró una mano hacia una repisa de donde desenrolló un poco de papel absorbente. Delicadamente, con un cuidado de cirujano, lo fue apoyando sobre mi pubis, mis ingles y mis bolas. Me estaba limpiando.
Lo miré a los ojos y esperé.
Ardía en deseos de tocarlo, de hacer el amor con él.
Pero esperé.
No sé cómo hice, pero esperé.
Entonces Ramiro abandonó mi mirada y bajó la vista hasta mi pija que palpitaba mirando hacia él, como rogando que también la secara con el papel que aún tenía en sus dedos. Yo sabía que si él posaba un solo dedo allí, mi semen saldría a chorros. Lo sentía en toda la extensión de mi miembro y desde la misma base de los cojones, estaba casi a punto de eyacular y derramar sobre él mi contenida leche. Pero él aún tenía las manos sobre mis muslos. Sentirlas quietas allí fue una sensación suprema que agradecí internamente. Los dos estábamos presos de esa mutua comunicación sin palabras. Yo lo miraba a los ojos, y él estudiaba ávidamente mi verga. Exageré la inclinación de mi cara, buscando otra vez sus ojos. Sabía que si me miraba otra vez, podríamos continuar. Sí, finalmente clavó sus ojos en los míos. Así los dos supimos que nada ya podía volver atrás. En total silencio, su cabeza asintió. Tenía su permiso. Podíamos continuar.
Y como ya no podía esperar más para ver lo que ocultaba su ropa, tomándome un tiempo infinito, como si temiera espantar a un pequeño pájaro, llevé mis manos hacia los dos últimos botones del delantal que aún permanecían abrochados. Siguió mis movimientos con su mirada sin dejar de apoyar sus manos sobre mis peludos muslos. Con la lentitud de un rito divino, desabroché un botón... luego el otro, y el delantal, como un telón teatral, se abrió hacia los costados.
Retiré mis manos.
Lo observé unos minutos.
Ahora sus dos tetillas velludas estaban ahí, completamente expuestas. Quedé maravillado ante esa visión. Ramiro no se movía. Nada decía. Pero tampoco impedía ninguno de mis movimientos, dejándome hacer. Entonces continué, y con toda la calma del mundo, tomé el delantal y lo deslicé por sobre sus hombros, dejándolo caer al suelo. Quedé extasiado ante su torso desnudo.
También tenía una tenue vellosidad en su ombligo. Era una hermosa pelusilla que bajaba ensanchándose hacia las partes aún vedadas a mi vista. Sus axilas, haciendo juego con las pequeñas matas de los pezones, eran un reservorio oscuro de pelos negros. El espectáculo era tan espléndido, que no pude más que seguir descubriendo esos tesoros. Justifiqué internamente ese deseo al considerar una injusticia el hecho de que yo estuviera tan desnudo como cuando vine al mundo ante él, que desconsideradamente, aún no me estaba mostrando lo más deseado de su anatomía.
Tomé la hebilla del cinturón y la aflojé.
Desabroché sus pantalones y fui abriendo su bragueta botón por botón. Como la prenda era amplia, enseguida cayó al suelo.
Él miró otra vez el reloj y me detuvo por las manos.
-Esto no está bien.
Bajé la vista y miré su gran bulto, que emergía, incontenible, de su slip blanco. Tenía la verga erecta y estaba ladeada hacia un costado. Podía ver su gran tronco, nada quedaba insinuado, todo era perfectamente reconocible bajo el slip.
-No. Esto no está bien - repitió.
El voluminoso tamaño de sus testículos completaba la redondez del bulto que separaba la tela de la piel de la entrepierna. Por encima del elástico, los pelos eran muy espesos, siguiendo fielmente la línea del ombligo y perdiéndose bajo la tela.
-No está b...
-Ramiro - interrumpí con la voz más suave que encontré - no pienso hacer nada que vos no quieras.
Quedamos por un rato contemplándonos. Sabía que aunque su mente se resistiera, todo su cuerpo, y en especial su sexo, pedía a gritos aquello que su temor censuraba.
Tomé cuidadosamente el slip por debajo. Antes de empezar a deslizarlo para descubrir aquello a la luz, lo miré nuevamente a los ojos. Nuestras pupilas se encontraron, paralizadas. Inconscientemente mi mirada imploraba permiso para seguir, y me bastó entonces un lento pestañeo de Ramiro para constatar que tenía la vía libre. Entonces empecé a bajar el slip, agradecido. Me deleité bajo esta lentitud, viendo paso a paso como se revelaba ante mi vista la zona más anhelada de mi extraordinario kinesiólogo.
Primero descubrí una selva de pelos negros y largos.
Enseguida asomó parte del tronco ladeado.
¡Dios mío, era enorme!
Me detuve un momento para disfrutar bien esa visión. Su verga medio tapada, la cabeza aún oculta bajo el slip, esos pelos negros y ensortijados enmarcando todo aquello... hizo eclosión en mi pecho agitado. Entonces tomé coraje y seguí, temblando, con la boca llena de saliva, y entreabierta porque ya no podía contener la respiración acelerada.
Bajé un poco más, ¡y apareció su pija saltando hacia arriba en toda su dureza!
Era esplendorosa. Un hilo de líquido preseminal salía de su pequeño orificio. El slip cayó al suelo, al mismo tiempo que mis ojos no daban abasto para devorar ese cuerpazo.
Ya había sentido sus manos por todo mi cuerpo, excepto un solo lugar. Mi verga. Calculé que él también quería probar su tacto allí, porque vi como lentamente alzaba su mano y decididamente iba a su encuentro. Me inquieté. Estaba tan caliente que temí no poder controlar mi orgasmo. Intenté detenerlo pero su mano llegó primero.
Sí. Apenas sentí que la punta de su dedo mayor rozó mis bolas, mi verga, involuntariamente, dio un espasmo junto con todo mi cuerpo y sentí el orgasmo más delicioso de mi vida. Mi leche saltó en tres, cuatro chorros violentos, saliendo a borbotones en medio de mis gemidos incontenibles. La presión fue tan fuerte que todo mi semen fue a dar de lleno contra su pija erecta, bañando su glande, su vello púbico y sus testículos.
Entonces, todavía conmocionado por mi orgasmo, bajé de la camilla y me arrodillé ante él. Mi boca quedó a la altura de su pija. Ramiro me contemplaba, absorto. Tomando mi cabeza intentó impedir lo que ya sabía que iba ocurrir inexorablemente. Pero yo seguí. Miré su pija erecta al máximo. Estaba empapada con mi propio líquido espeso y caliente. Acerqué mi boca a ella y, abriéndola desmesuradamente, me la metí en la boca. Entonces comprobé que Ramiro había llegado al mismo punto que yo. Bastó que retuviera un segundo su verga en mi boca, casi sin moverme, para sentir que su leche me ahogaba la garganta. Era tanta la cantidad que se derramó fuera de mi boca y cayó sobre los pelos de mi pecho.
Yo tragué todo lo que pude, lamiendo y limpiando el inmenso glande, su tronco, sus bolas y lo que se había chorreado por entre las piernas.
Me puse de pié y quedamos mirándonos frente a frente, agitados y aún temblorosos.
Le sonreí tímidamente bajo un dulce gesto de complicidad. Él me devolvió la sonrisa e hizo un gesto que me conmovió. Lo interpreté como si me estuviera confiando que, después de todo, tampoco él había podido contenerse.
Era verdad, había hecho lo imposible, incluso evitando mis constantes pedidos para concretar una cita en su consultorio. Otro gesto mío le dio a entender que lo comprendía perfectamente. No pude resistir tanta ternura entre nosotros, tanto entendimiento, y me emocioné profundamente. Nos pusimos serios y, luego un cierto juego de impulsos dubitativos, nuestras bocas se acercaron y nos besamos.
Entendí que hasta ahí íbamos a llegar. No más. Pocas veces había experimentado un acto erótico tan intenso. Se lo dije, y él, sonriendo, tuvo que reconocer que había sentido lo mismo.
Nos vestimos, sintiendo que poco a poco recobrábamos nuestro pudor. Cuando me fui a despedir, surgió nuevamente esa especial y deliciosa mirada de complicidad. Nadie sabría jamás lo que habíamos compartido en ese consultorio.
Ya en el umbral de la puerta, me detuve un instante, y me volví hacia él.
-Ramiro, me preguntaba si nos podremos ver otra vez, vos y yo, cuando vuelva de mi viaje.
-No lo creo.
Asentí con la cabeza apretando los labios entre sí en leve mueca de sonrisa. No insistí. Respeté su negativa. Él se quedó aún en el umbral de la puerta mientras yo llamaba al ascensor.
-¿Vas el sábado al cumpleaños de tu papá? - me preguntó.
-Sí ¿y ustedes?
-También. Nos vemos allá.
-Sí. Saludos a Marcela.
-Se los daré.
-Cuidate. Hasta el sábado.
-Hasta el sábado.
Subí a mi auto y me quedé unos minutos cavilando antes de encender el motor. Sí, es mejor que todo haya quedado aquí, pensé, tenés razón Ramiro. Pero por otro lado, todo lo ocurrido entre nosotros hacía unos minutos, había sido muy fuerte. Sabía que no me iba a ser fácil quitarme de la cabeza a mi cuñado. Ramiro, Ramiro, me dije, ¿debo abandonar toda esperanza contigo?
Y como si mi pregunta interna hubiera tenido la fuerza inmensa de atraer inmediatamente una respuesta, el sonido de mi celular sonó estridente, sobresaltándome súbitamente. Sorprendido, no pude más que lanzar un suspiro conmocionado al leer el mensaje de texto de Ramiro: ¿Cuándo regresás de tu viaje?.


Franco. 
Julio 1999 (Rev. Marzo 2016)

miércoles, 29 de junio de 2016

lunes, 27 de junio de 2016

Invernal

Bienvenido sea el invierno. Soy de sus adeptos.
Entre otoño e invierno están los días del año en donde sale lo mejor de mí.
Puedo ser más creativo y trabajo con mayor predisposición, entre otras cosas.
Pero sobre todo, son sus grises, sus lluvias, sus fríos los que propician inevitablemente la búsqueda del calor amado. Ese calor insustituible y necesario.