miércoles, 31 de agosto de 2016

El cuentito de fin de mes


-- Preludio, Fuga y Final --


I – Preludio.

Hizo su entrada en el escenario con su hermoso chelo rojizo. Llegaba tarde al ensayo, justo cuando el director estaba a punto de dar la entrada inicial, y de inmediato acaparó la mirada de todos los músicos presentes. Es que ese hombre, que a pesar de su impuntualidad tomaba tranquilamente su sitio en el primer atril de su fila como si el planeta entero girara alrededor de sus movimientos, además de arrogante, era inquietantemente bello.
El director, batuta en mano, lo miró tan seriamente que todos nos quedamos paralizados. Su severidad dio paso a un gesto, como si dijera “este tipo no tiene remedio”, cuando miró hacia arriba con los ojos en blanco, meneando la cabeza. Entonces el resto de los músicos de la orquesta se sonrió y e hizo comentarios y chistes socarrones dichos entre dientes, de los cuales pocos podían participar. Yo, en mi sitio frente al piano desde hacía varios minutos, estaba listo para comenzar, pendiente de que, desde el podio, la mano del maestro Vermont marcara el primer tiempo para que atacase mis lentos arpegios. Miré de soslayo al solista de chelo que ya estaba, atento y bello, perfectamente acomodado en su puesto.
¡Qué hombre! Alto, de presencia imponente, anchos hombros y con una piel cautivadoramente blanca, era poseedor de una personalidad que no pasaba inadvertida. Tenía el cabello largo, inmaculadamente rubio, cayendo en estudiada y prolija soltura para descansar sobre sus hombros. Cejas largas y expresivas escoltando los azulados ojos, claros, muy claros. Sus labios, finos y rosados, estaban rodeados de un dorado bigote que se continuaba con la cuidada barba; todo en armonía exquisita con los gráciles rasgos de su cara. Con el chelo en sus manos, parecía salido de un óleo del siglo XIX.
Comenzó el ensayo y tuve que obligarme a apartar la atención de ese hombre demoledoramente atractivo. Obviamente, a través del piano abierto y en pleno proscenio, la fila de chelos quedaba frente a mí, pero sobre todo “él”, precediéndola, era más visible que cualquier otro integrante de la orquesta. Su pelo brillaba, dorado como el sol. ¿Cómo quitar la vista de esa luz cegadora?
Me miraba, y casi siempre que yo dirigía mis ojos hacia él, me encontraba con los suyos, así que un poco turbado me forcé a concentrarme en las armonías sutiles y etéreas de la obra que había elegido para tocar en esa oportunidad: Liszt, segundo concierto. Inmediatamente después, vino el primer cambio de movimiento, la obra comenzaba a fluir, el enérgico levare propiciado por el maestro Vermont y mis acordes vigorosos respondiendo.
Fue la primera interrupción de Vermont. Era famoso por su mal genio, por su intolerancia y su manía por la perfección interpretativa. Con un buen español, pero enrarecido por el fuerte acento francés, dijo a toda la orquesta:
-Señores profesores: si vosotros no escucháis al solista – gritó, señalándome con la batuta – yo no puedo hacer milagros. ¡Escuchad! No basta con mirarme, tenéis que escuchar. No quiero tener que volver a deciros esto en todo el ensayo. Por favor, ¡da capo!
Extendió las manos exigiendo atención y miró a sus músicos, desafiante. Yo miré al chelista, percatándome de que también me miraba con una extraña sonrisa. Sus ojos azules me penetraban y me perturbaban. Como comentando la actitud del director, alzó sus cejas y acentuó su sonrisa torciendo la boca hacia un lado, sin dejar en ningún momento de mantener su fijeza en la mía.
La orquesta, mucho más alerta y algo temerosa a cada movimiento de batuta, siguió tocando sin mayores inconvenientes. De todos modos, Vermont seguía protestando y lanzando comentarios irónicos. Poco a poco se fue acercando el solo de chelo. ¡El solo de chelo!, prácticamente un diálogo entre chelo y piano en un clima musical de lo más intenso y melancólico. Cuando pensé en ello, comencé a sentir una rara excitación. No eran nervios. No. Después de tantos años de trayectoria como pianista, y habiendo tocado con muchas orquestas y músicos por diversos escenarios del mundo, había superado esa sensación de intranquilidad producida por los nervios desde hacía tiempo. Esto era otra cosa.
Siempre tuve la idea, algo loca, pero no del todo irreal, que cuando uno hace música con otra persona, ya sea en conjuntos reducidos y especialmente en dúos, se experimenta una peculiar sensación: si la interpretación es muy intensa y se logra la misma idea consiguiendo así una unión muy estrecha entre sí, tal sensación es como hacer el amor. Lo digo porque yo he sentido esa pasión, esa comunión, ese lazo existente entre los músicos – más allá del sexo al que pertenezca – que se abocan a esa maravillosa experiencia que se desprende de tocar y sentir, a la vez, que se es parte vital de una misma obra de arte. Sea eso subjetivo o no, la cuestión es que sentí un particular miedo, un inquieto sentimiento de vulnerabilidad, un temor por llegar a sentir todo eso con ese bello chelista. En ese momento no supe el por qué de ese temor.
Mientras seguía tocando, en mi mente se agolpaban estas teorías, y mi dúo con el bello solista se aproximaba a cada compás. Finalmente llegó. El rubio y atractivo chelista respiró profundo, echó con un gesto su larga cabellera hacia atrás, y a una seña precisa del director, se introdujo en el tema con pasión. Mi parte, sencilla en su acompañamiento, me permitió mirarlo en todo momento. Cuando le tuve que responder con mis trinos, él me devolvió la mirada, y me volvió a sonreír con expresión rara. Vermont se dio cuenta de nuestro diálogo visual, y me miró con resignada aceptación. Dejó que la música fluyera sin intervenir demasiado con su marca, respetuoso, retomándola sólo cuando el resto de la orquesta se sumó a nosotros.
Pero Vermont me miró nuevamente, se volvió al chelista, e hizo un gesto de desaprobación. Interrumpió todo, visiblemente molesto.
-¡No, no, no! Chelo solista, – dijo en voz muy alta, dirigiéndose al sensual rubio, pero sin mirarlo – le pido, por favor, que no sea tan “extravagante” en su fraseo.
Ay, ¡qué comentario tan duro!, pensé para mis adentros. Levanté la vista y para mi asombro, el chelista, en vez de mirar a su director, tenía la vista clavada en mí. Vermont continuó:
-No queremos otra de las tantas versiones superficiales que se hacen de este concierto, le ruego, limítese solamente a tocar lo que está escrito… sobrio, con altura, con vuelo, por cierto… apele a su buen gusto, si es que lo tiene.
El chelista, con expresión de autosuficiencia, torciendo la boca, y sin dejar de mirarme, dejó caer cansinamente sus párpados:
-De acuerdo, maestro.
-Continuemos, por favor. Letra G. – dijo Vermont, retomando nuevamente el solo de chelo.
Sí, a mí tampoco me había gustado, pero algo de esa pasión y de esa manera exteriorizada de tocar, me había seducido. ¿O en realidad, era que ese tipo me estaba calentando irresistiblemente?
El ensayo prosiguió y el director hizo todo lo que pudo para sacar a Liszt adelante. La orquesta no ayudaba mucho, no era una gran orquesta por cierto, pero finalmente y gracias a Vermont que era un músico de jerarquía, la obra fue afianzándose con claridad a pesar de todo. En mis compases de espera, aprovechando los tutti, yo volvía a fijarme en mi chelista. Ora calmo, brioso, pensativo, pero siempre seductor. Cuando terminamos la obra, yo ya había descubierto que a él le gustaba saberse, precisamente, seductor. Ese parecía ser su principal talento.
El maestro Vermont, después de terminado el ensayo, mientras los músicos estaban guardando sus instrumentos, se me acercó para saludarme. Fue amable, pero seco y distante. Aprovechó para consultarme acerca de algunos pasajes retenidos, algunas aceleraciones y comas de respiración. De reojo, mientras el director me hablaba y gesticulaba sobre la partitura, yo no perdía detalle del chelista. Nadie habló con él, ninguno lo saludó. Se limitó a enfundar su chelo y a mirarme todas las veces que pudo. Está demás decir que a esa altura, estaba más que interesado de llevarme ese rubio a la cama, sin importar cómo.
Mientras Vermont me hablaba sin parar, el chelista me hizo una seña que no entendí bien, una inclinación de su cabeza, y un sugerente arqueo de cejas. Se retiró saliendo por una de las patas del escenario. Antes de desaparecer por completo, volteó su cabeza, con el consecuente movimiento de su cabellera, y otra vez sus ojos me atravesaron. Luego salió.
Cuando al fin pude deshacerme de Vermont, salí del teatro para regresar a mi hotel. Ni bien estuve en la calle, sentí un chistido que me hizo voltear la cabeza. Parado frente a un blanco automóvil, estaba mi guapo chelista, sonriente y encantadoramente viril.
-¡Marcelo Devrient! – dijo, permaneciendo recostado sensualmente en el auto, sin sacar sus manos de los bolsillos ni descruzar sus tobillos – ¡Vaya, vaya, vaya… me alegré mucho cuando supe que el gran pianista Devrient venía a tocar con nosotros…!
Me acerqué con gesto extrañado ante tanta efusividad.
-Pero ¿cómo? ¿No te acordás de mí? – dijo sonriente y seguramente orgulloso de su blanca y perfecta dentadura.
-¿Nos conocemos? – pregunté, intentando disimular mi creciente excitación.
-Sí, nos conocemos. Hacé memoria, maestro.
-No sé…
-1982, curso de música de cámara en la Universidad de Cuyo, con Vogelman.
-¿Vogelman?, sí, sí… lo recuerdo ¿Pero fue en Mendoza?
-Sí.
-¿En el ’82…?
-Exactamente. Vos eras un jovencito muy flaco, muy alto, con anteojos culo de botella y todavía tenías pelo – rió.
Yo también reí, intentando recordar su cara, toqué mi parcial calvicie y me avergoncé un poco.
-No te preocupes, te queda mucho mejor así. Te hace muy interesante – volvió a sonreír.
-Pero no te recuerdo – dije, esforzándome por reconocerlo.
-Yo no tenía barba entonces, ni el pelo largo, y en realidad era bastante gordo. Hacía cuarteto con Iris Graziani, Máximo Larroca y Elio Bustamante, todos compañeros del Conservatorio Nacional. ¿Te acordás ahora?
-¡Sí! ¡Hacían el cuarteto de Borodin! ¡Claro que me acuerdo, y tocaban muy bien… bueno, ellos siempre fueron excelentes músicos…! ¿y vos eras el chelista…? entonces vos sos…
-¡Finalmente!
-¡Alejandro, Alejandro Estévez! – exclamé asombrado, tendiéndole la mano – pero ¡qué cambiado estás!
-Tenía diecisiete años entonces.
-Y yo… ¿a ver…? Dieciocho.
-Y mirate ahora: ¡te has convertido en un pianista famoso!
-Te hacía en Italia, Alejandro. Alguien me comentó que vivías en Trieste.
-Volví hace unos meses. Hubo concurso en la orquesta, me presenté, gané el puesto de solista..., y aquí estoy.
-¿Por qué volviste?
-Subí, te lo cuento en el camino. ¿Dónde estás parando?
-En el República.
-¿En ese hotel de mierda?
-Bueno, podría haber sido peor… ya sabés: falta de presupuesto.
-Aún con falta de presupuesto, aquí en Rosario hay hoteles mejores que ese.
Subimos al auto. Todavía estaba sorprendido por el descubrimiento. Recordaba a Alejandro, pero nunca me había fijado en él especialmente. Vaya que había cambiado, pensé. Mientras él hablaba sin parar y gesticulaba de manera exagerada, yo me lo comía con los ojos. Su rostro, sus expresiones y todo en él despertaba en mí el tremendo deseo de desnudarlo al instante. Me contó de su ida y vuelta de Europa, un regreso decidido como la mayoría, por extrañar nuestras cosas, nuestros lugares, aunque el país pareciera hundirse sin aparente salvación. Eso me dijo al principio, aunque después terminó reconociendo que su contrato en la orquesta había terminado, y sin vislumbrar otras alternativas, no le quedó otra cosa que regresar a su ciudad natal.
Me habló de él, de él y solo de él. En fin… a veces no se puede tener todo, cavilé. Un tipo despertador de tanto morbo, precioso por donde se mire…, algún defecto tenía que tener. Es que Alejandro hacía gala de un egocentrismo notable. Me contó toda su vida en menos de cinco minutos, y era de esas personas que no dejan que uno pueda meter palabra alguna en la conversación. De pronto, en el rojo de un semáforo, se volteó hacia mí y me indagó:
-¿Por qué me mirabas tanto en el ensayo? – me preguntó sin rodeos.
-¿Por qué te miraba? – dije, sorprendido, dándome tiempo a pensar una rápida y creíble respuesta – bueno… porque vos me mirabas también.
Él siguió cuando el semáforo cambió a verde, y por primera vez se quedó en silencio.
-Yo te miraba para saber si me reconocías. Y bueno… después…
-El solo de chelo.
-Sí, me dieron muchas ganas de tocar ese solo con vos. ¿Quién no quiere tocar con el famoso Devrient?
-No me jodas, che…
-Te lo digo de verdad. Siempre estuve al tanto de tu carrera y de tus logros. Es una pena que no hayamos coincidido en Europa. Me hubiera gustado poder hacer algo con vos. Bueno, no pierdo las esperanzas.
-Claro ¿Por qué no? – dije impensadamente.
-Llegamos.
-Gracias por traerme, Alejandro.
-¿Qué hacés esta noche?
-Eh… ¿esta noche?
-Voy a dar un concierto y quiero invitarte.
-No me digas. ¿Qué tocás?
-Es un recital. El pianista no es tan bueno como vos, claro, pero… en serio, me gustaría que vinieras. Necesito que me des tu opinión.
-Yo disfruto de escuchar los conciertos, pero no de opinar sobre ellos, si no, me hubiera hecho crítico, ¡vade retro! – le dije riendo, pero incómodo al ver que Alejandro no se riera con mi broma.
-Por favor, sería muy grato para mí que vinieras, sería un honor… sería…
-No exageres, che. Por supuesto que iré, será un placer escucharte ¿Qué vas a tocar?
-Bueno, nada del otro mundo: Sonata de Debussy, Sonata de Prokofieff, la Op.65 de Chopin…
-¿Nada del otro mundo? Eso es un “programón” ¡Son todas obras inmensas…!
-¿Vas a venir? – dijo, extendiéndome un folleto.
-Ya te dije que sí, no te preocupes – dije saliendo del auto.
-Fantástico. Dejaré una entrada a tu nombre. Y después…
-¿Después qué? – sonreí con intención.
Alejandro me miró, muy pensativo, con sus encantadores ojos azules.
-Después del concierto, prometo dedicarte una noche encantadora.
Quedé de una pieza, inmóvil, en la puerta del hotel mientras el blanco automóvil se alejaba. ¡Cielos! ¡Una noche encantadora! Pero claro, antes tenía que pasar por semejante concierto. ¿Quién quería escuchar tocar a Alejandro? No yo. Eso lo tenía muy claro. ¡Sólo quería ir a la cama con él! Aunque… sí, lo admitía, Alejandro era uno de esos individuos que queda en el centro, y todos los demás debemos girar alrededor de él, como planetas en derredor al astro sol. ¿Iba a poder resistir eso? Bueno, de alguna manera había que descubrirlo. Era evidente que estaba interesado en verme. Claro. ¿Por qué dudar?
Fui a almorzar, dormí un poco, estudié en el teatro por la tarde y regresé al hotel para ducharme y prepararme para el recital de Alejandro. Acababa de salir del baño cuando sonó el teléfono.
-¿Qué estás haciendo? - me preguntó la voz en línea.
-Alejandro ¿sos vos?
-¿Quién si no? ¿Conocés a otros chelistas en esta ciudad? – dijo con intención.
-Eh… ¿a ver? Sí, conozco unos cincuenta y pico, pero ninguno tan afinado como vos – dije riendo. Pero, nuevamente, él no se rió. Otra vez me extrañó. ¿Es que estaba hablando en serio?
-Estoy ansioso por verte.
-¿De veras? – dije recostándome en la cama y secándome los pelos del pecho con la punta de la toalla.
-Sí.
-¿Es que no me miraste lo suficiente en el ensayo? – exclamé seductor, acariciándome los pezones.
-Lo siento si te molesté.
-No, hombre, para nada – dije ablandando la voz, y soltando mi toalla anudada a la cintura.
-Es que cuando tocás, te transformás en una persona muy atrayente.
-¿Ah, sí?
-Tenés algo que hace que uno no pueda dejar de mirarte.
-Algo así me pasó con vos – contesté, jugando con los vellos de mi pubis.
-Sí, creo que me di cuenta. Me lo han dicho otras veces. Una energía como electrizante, cautivadora. Y eso que mi solo es muy breve.
-Así y todo, lo tocaste con pasión. Vermont estuvo un poco…
-¡El viejo es un imbécil! Ese franchute no sabe lo que es la música romántica. Para ellos cualquier repertorio se debe tocar embrumé, nébuleux, todo babita y lleno de mariconadas. Vermont es un estúpido.
-Sin embargo, algo de razón tenía – dije un poco contrariado.
-¿Eso pensás? A mí me parece que Vermont es un…
-Bueno, bueno… no hablemos de Vermont, si te molesta tanto.
-¿Te gustó como toqué mi solo?
-Sí, pero fijate que…
-De todos modos es, como te dije, una muestra pequeña de lo que soy capaz de hacer.
-¿Sí? – dije con un suspiro, mientras acariciaba mi verga, que estaba empezando a endurecerse.
-Por eso quiero que vengas esta noche, Marcelo. Quería decirte eso, por eso te llamé.
-Iré. No te preocupes – contesté, excitado, sin pensar realmente en su concierto.
-Porque me encantaría demostrarte que soy un gran chelista.
-¿Qué? – pregunté perplejo.
-Ya lo verás. Te espero esta noche.
-Ok. Y después del concierto…
-Después del concierto, te propongo ir a un lugar tranquilo, así charlamos.
-¿Charlar?
-Claro, así nos ponemos al día.
-Bien, como digas.
-Hasta luego, Marcelo, estoy muy contento de nuestro reencuentro – me dijo en tono algo misterioso, y colgó.
Me quedé ensimismado, con media erección en la mano, y con un montón de dudas con respecto a ese hombre que empezaban a hacerse temerarias. En fin – me dije – no hay que ser pájaro de mal agüero, ¿por qué sospechar de cada persona que uno conoce? El caso es que este es un hombre que me calienta como un burro, y la cuestión es ver de que manera podemos terminar en la cama, pensé.
Y todo ese tiempo, no dejé de cavilar si sería posible seducir a un seductor.


II – Fuga.

Me vestí cuidando de verme muy bien, me puse unos toques de perfume entre los pelos de mi pecho y salí para el concierto. Al cruzar el lobby del hotel, me di cuenta que en la barra del bar estaba Vermont. Ya me había visto, así que me acerqué a saludarlo.
-Buenas tardes, maestro Vermont, no sabía que estábamos en el mismo hotel – exclamé con mi mejor sonrisa.
-¿Cómo está usted, Marcelo, ha podido descansar? – me dijo él, amable, pero siempre serio y con rictus severo.
-Sí, maestro.
-Estamos en el mismo hotel, ya ve. De hecho, en el mismo piso.
-Ah… - dije extrañado, y pensando en irme pero sin querer ser descortés.
-¿Sale?
Noté que su voz se hacía algo más blanda.
-Sí, me invitaron a un concierto.
-Qué bien. Parece que en esta ciudad hay una notable actividad musical. – dijo, volviendo a su rudo acento y tomando un sorbo de coñac, y luego, con algo de intención, mirando un poco al vacío preguntó - ¿De algún conocido de la orquesta?
-Sí, del solista de chelo.
Vermont oscureció su rostro y levantó una ceja.
-Alejandro Estévez – me dijo con cierta sonrisa, mirando el fondo de su copa.
-¿Ah, lo conocía usted?
-Sí, lo conocí en Italia – después, cambiando de tono, continuó - Bien, Marcelo, no lo entretengo más. Vaya pues a su concierto.
Un reflejo de amabilidad estuvo a punto de decirme que lo invitara. La verdad es que el hombre parecía muy solo y sentí cierta lástima por él. Pero, ni pensarlo. No tenía el menor interés de aparecerme en el concierto con el director de orquesta que tanto odiaba Alejandro.
-Bueno, se me hace tarde.
-Sí, claro. Nos vemos mañana.
-Buenas noches. – dije saliendo.
-A las nueve ¡Puntual!
Carajo. Qué grosero era ese hombre. Era una falta total de delicadeza señalarme la hora del ensayo, decirme “puntual” como si yo fuera un estudiante. En fin – pensé – ¡que se quede solo con su coñac!
El lugar del concierto era la sala pequeña, pero muy agradable, de una biblioteca pública. En un pequeño escenario, un gastado Steinway esperaba la entrada de los dos artistas. Me situé en la mitad del auditorio mientras iba llegando el público. No había ningún conocido a la vista, por fortuna, y pronto las luces bajaron anunciando el comienzo.
Alejandro salió en primer término, seguido por un joven y tímido pianista. El contraste de las personalidades fue evidente ya que Alejando se mostró todo el tiempo dueño de la escena. Uno extrovertido y el otro todo lo contrario. Alejandro, un poco estrafalario también, vestía demasiado elegante para la sencillez de la sala.
El programa no sólo contenía las sonatas que me había anunciado, me di cuenta de eso cuando iniciaron las Fantasiestücke de Schumann. Cuando miré el programa de mano, en la segunda parte, además de Chopin, figuraba la Elegie de Fauré. Abrí los ojos sorprendido. ¡Santo cielo, aquello iba a ser más largo que la muralla china! Respiré profundo y con cierta resignación.
Alejandro tocó con pasión, pero al cabo de un rato, me agobió tanta efusividad y perdí interés en su discurso. Sin embargo, toda mi atención la acaparó el pianista desde las primeras notas de la obra de Schumann. Era exquisito, y su compenetración intimista siguió jugando a su favor en la sonata de Debussy. Alejandro, que tocaba como si la vida le fuera en ello, miraba a la concurrencia, sudaba, y sacudía su cabellera de forma sobreactuada. Cuando la propuesta del pianista no le conformaba, acribillaba a éste con una mirada de tigre enjaulado. El joven, desde el piano, empalidecía y se inhibía mientras duraba ese escrutinio fatal.
A lo largo de casi dos horas, la situación no cambió mucho durante el recital. El público, que era mayoritariamente femenino, estaba magnetizado, y al final aplaudió con exagerados bravos, implorando a los músicos concederles un encore. Afortunadamente no lo hicieron. Pero ahora venía la peor parte. Seguramente Alejandro me buscaría pidiéndome que le expresara mi opinión. ¡Cómo detesto esas situaciones! En fin, no me quedaba otra escapatoria que acercarme al camarín para saludar a los artistas. Estaba lleno de gente, amigos, estudiantes y familiares. Alejandro, rodeado de personas, no daba abasto para recibir los elogios. En un rincón, el joven pianista permanecía apartado y absorto ante tanto gentío amontonado. Sin dudarlo me acerqué a él con la mano extendida.
-¡Bravo! ¡Sos un excelente pianista!
-¡No lo puedo creer! ¿Maestro Devrient? ¡Encantado! – me respondió el muchacho.
-La música brota naturalmente de tu alma, te felicito – le dije desde mi sinceridad más absoluta.
-Gracias, maestro… viniendo de usted, es un honor… Alejandro me dijo que probablemente iba a venir, en realidad, él sólo lo esperaba a usted… hasta adelantó la fecha para que coincidiera con su venida a la ciudad, y…
-¡Marcelo! – interrumpió Alejandro viniendo hacia mí.
-Felicitaciones, Alejandro.
-¡Qué alegría que vinieras! – y enseguida me tomó de los hombros y giró hacia la gente - ¡Damas y caballeros, tengo el agrado de presentarles al pianista Marcelo Devrient, que el jueves tocará el segundo concierto de Liszt con nuestra orquesta!
Algunos de los que estaban allí, los más superficiales, lanzaron una bobalicona exclamación y hasta comenzaron a aplaudir. Saludé con un gesto, en medio de la inhibición y el fastidio. Alejandro me tomó de los hombros y me apartó un poco. Me tomó sensualmente de la mejilla y acercándose a mi oído, con una voz terriblemente seductora me susurró:
-Tengo tantas ganas de estar con vos. Larguémonos de aquí, a un lugar más tranquilo. ¿Estás de acuerdo?
-Sí, claro – dije con excitación – te espero afuera.
Sin embargo, esperé a Alejandro más de treinta minutos. Cuando apareció, al fin, con su chelo a cuestas, despidiendo con la mano a sus admiradores, nos dirigimos a su auto. Al detenernos frente a un restaurante, lo miré diciéndole:
-Pensé que íbamos a ir a tu casa.
-Después. Primero comamos algo.
El sitio era un lugar frecuentado por artistas y músicos, algo pretencioso y bastante snob. Cuando entramos, Alejandro estuvo en su ambiente preferido: mucha gente lo conocía y él, en su salsa, aprovechaba cada ocasión para pavonearse junto a mí delante de todos. Me presentó a una docena de adulones, sólo para hacer notar que era mi amigo.
Bien… – me dije a mí mismo – calma, calma, no prejuzguemos. Sólo es un restaurante. Un horrible y ruidoso restaurante lleno de idiotas. Comemos algo y después…
-Lo de siempre – ordenó Alejandro al camarero, sin preguntarme que quería cenar.
La cena no estuvo mal, pero tampoco fue fabulosa. Alejandro se encargaba de criticar cada sabor y cada textura de la comida mientras seguía contándome todo tipo de anécdotas personales que no me interesaban en lo más mínimo. Pero yo tragaba en seco y aguantaba al ver el comienzo exquisito de los vellos de su pecho, asomando por la fina camisa entreabierta. Había elegido un lugar apartado y algo oscuro, por lo que mi deseo lujurioso sobre ese hombre tan bello, me volvía a atrapar una y otra vez. Despreocupadamente desabrochó unos botones de su camisa. Al ver un poco más de ese pecho sorprendente, mi verga respondió inmediatamente con un sacudón involuntario, como preludio de una inminente erección. Él me hablaba en toda su extroversión, y también saludaba cada tanto a algún conocido del lugar, pero otras veces se dirigía a mí con una voz lenta y casi susurrada que terminaba por conquistarme y despertar todo tipo de fantasías entorno a su persona.
Cuando finalmente pagó la adición, me miró fijamente y me dijo:
-Vamos a tomar algo a casa.
-De acuerdo – dije, alegrándome de que lo propusiera. Me di cuenta de que no había sido una propuesta, pues su voz tuvo el tono de una orden, pero a mí no me importó, estaba tan caliente con ese tipo que lo hubiera seguido a cualquier parte.
Vivía en un departamento modesto con dos habitaciones pequeñas. Sobre el mobiliario básico, había objetos de todo tipo, vasos o platos sin lavar, partituras, libros caídos de sus estantes, restos de envoltorios, pero él no se disculpó por el desorden, en realidad Alejandro era un tipo al que no se le escuchaba nunca una disculpa. Pero hasta el momento, yo no me había dado cuenta de ese detalle.
-Puedo ofrecerte un buen vino mendocino – me dijo, tomando mi abrigo.
-Como en las viejas épocas.
Trajo unas copas y una botella de vino. Miré la etiqueta. No era tan bueno el vino, pero al menos era mendocino.
-Abrila, por favor, enseguida vuelvo.
Descorché el vino y serví las copas, esperándolo ansioso en un sofá de cuero gastado. A los diez minutos Alejandro volvió y yo me quedé boquiabierto. Estaba vestido con una robe de chambre corta, que apenas le cubría medio muslo, anudada a su cintura. Se sentó a mi lado, abandonando sus largas piernas desnudas sobre los almohadones del sofá. Aparentemente no llevaba nada puesto debajo de su bata, o al menos eso quise pensar. Me inquieté, y seguramente él lo había notado. Obvio, es la práctica de cualquier seductor que se precie de serlo. Sí, seguramente ya sabía que iba ganando la partida.
-Perdón, pero ya no aguantaba más esos zapatos.
Era evidente que tampoco había aguantado ni la camisa, ni sus pantalones, ni nada. Me aventuré a mirarlo de un modo más descarado. La abertura de su bata mostraba el comienzo de su pecho blanco, bellamente ornado con suaves pelos y exquisitamente definido. Era en sus piernas donde el vello era intensísimo, delicadamente dorado, igual que sus manos y sus blancos brazos, que emergían cada tanto de sus mangas holgadas.
Brindamos bajo su encantadora e irresistible mirada.
-Por nuestro reencuentro, Marcelo – me dijo al chocar las copas.
Me acerqué más a él, mirándolo sin temer ser obvio.
-Sí, por nuestro reencuentro – contesté.
Bebimos unos sorbos, quedando luego en un denso silencio.
-¡Entonces...! – dijo de improviso, iluminando su rostro, con una estridente voz que alejó toda posibilidad de intimidad - ¿Qué te pareció mi recital?
-¿Perdón?
-Mi recital… ¿te gustó, verdad?
-Sí, sí… bueno, me pareció un poco largo, pero considero que…
-Claro que si hubiera tocado con vos, Marcelo, otro habría sido el resultado. Ese pianista hace lo que puede, pero el chico está bastante verde y todavía tiene mucho que aprender.
-Sí – dije recostándome en el apoyabrazos – pero ese chico, como lo llamás, es muy buen músico.
Alejandro borró la sonrisa autosuficiente de su cara.
-Y además – continué – tiene recursos técnicos de primer nivel. Esa coda de acordes repetidos en el primer movimiento de Chopin es tremendamente difícil, sin embargo la tocó de una manera magistral. No tiene nada que envidiarle a varios pianistas consumados que conozco que, en ese pasaje, por ejemplo, naufragan estrepitosamente.
-Sí, puede ser… pero, en otros momentos, estuvo a punto de arruinar mi recital – dijo mirando hacia la ventana y tomando otro sorbo de vino.
A esa altura, yo ya estaba bastante molesto. Entonces, él se levantó y fue hasta unos estantes. Su corta bata me dejó ver por un momento la parte superior de sus muslos y su unión con los velludos glúteos. Lo miré otra vez, y mi verga segregó unas gotas de líquido cristalino. Se volvió a mí diciéndome que me pusiera cómodo, mientras buscaba un disco compacto. La bata se le había abierto un poco y sus pezones rozados aparecieron a la luz. Ah, qué sabrosos han de ser, me dije.
-¿Vas a poner algo de música?
-No. “Algo” no. Quiero que escuches el disco que grabé en Italia. Así verás la diferencia con el pianista.
¡Este hombre está realmente enfermo!, me dije. No podía salir de mi asombro. Inmediatamente, mi expectativa a una noche de sexo desenfrenado, mis deseos, mi calentura, todo se iba esfumando rápidamente. Ahí estaba yo, sin saber exactamente que coño hacía en el departamento de ese hombre insoportable, ya arrepentido de haber aceptado la invitación.
-Mierda – repetía Alejandro, totalmente ofuscado – apenas ayer estaba en este lugar ¿dónde puede estar ese puto CD?
Me levanté del sofá, conteniéndome para no mandarlo al carajo, y respiré para imponerme calma a mí mismo. Me acerqué a Alejandro, y lo tomé por el hombro. Él, algo sobresaltado, me miró extrañado.
-Mirá, Alejandro, mejor lo dejamos para otra vez, ¿sí? Me gustaría escuchar tu disco, pero ya es tarde. De hecho, también me hubiera gustado, no sé, hacer otra cosa con vos, pero no te diste mucha cuenta de eso. Será mejor que me vaya, mañana tenemos ensayo a las nueve y debo estar lúcido para seguir a Vermont, al “viejo” Vermont, como le decís vos.
-¿Otra cosa conmigo?
-Dejémoslo ahí, Alejandro.
-Pero ¿te vas a ir tan pronto?
-Sí – dije abriendo la puerta.
-¿Estás enojado conmigo? ¿Por qué? ¿Qué hice? ¿Fue algo que dije?
Lo miré, y lancé un suspiro entrecerrando los ojos. No tenía caso intentar explicarle nada. Miré sus ojos expectantes, su bata abierta, la tentación de su blanca piel, esos pelos sugerentes que bajaban hasta su ombligo, ahora más visible. La bata se le abría bien suelta y podía percibir el comienzo de su peludo pubis. La vista prometía cosas deliciosas y hasta estuve a punto de volver a entrar. Pero no, ya no podía seguir con todo eso.
-No, Alejandro. No estoy enojado. Estoy cansado, sólo eso.
-Ah, bueno. Okey, okey, nos vemos mañana.
Me tomé el primer taxi que pasó y regresé al hotel.

***

Al día siguiente, llegué al teatro un poco antes de que comenzara el ensayo para calentar un poco los dedos. El maestro Vermont entró al escenario y lo saludé con una sonrisa. Él me miró terriblemente serio, y asintió con la cabeza, ordenando sus partituras sobre el atril del podio. Los músicos fueron llegando y el ensayo comenzó puntual. Alejandro, desde su atril, me sonrió nuevamente y yo le devolví el gesto. Seguía hermoso e irresistible, pero el solo hecho de recordar el tedio de la noche anterior  me hacía reafirmar el rechazo que sentía hacia su persona, a pesar de que fuera el tipo más apuesto de la tierra. Vermont nos observaba y sacudía levemente la cabeza. ¡Viejo amargado! Seguramente ya se había hecho todo el rollo con nosotros. Pero ¿qué tenía que importarle la vida privada de la gente? Capté perfectamente todo lo que su mirada sentenciaba y eso, en medio del ensayo, me parecía una falta de profesionalismo irritante.
Era el último ensayo, al día siguiente iría el general y a la noche, la función. La versión del concierto fue mejorando. Así y todo, Vermont se mostraba seco y adusto, sobre todo conmigo. Yo no entendía muy bien cuál era la razón para que me tratara con semejante frialdad. Al finalizar el ensayo, me saludó con un hosco ademán, y cada uno partió por su lado. Yo salí rápidamente para no tener que toparme con Alejandro nuevamente. Él me había estado mirando toda la mañana, pero ahora había algo libidinoso en su mirada que volvía a perturbarme. Me pregunté entonces: si quería acostarse conmigo, ¿por qué no lo había hecho anoche?
Descansé en mi habitación después del almuerzo. Me había desvestido para tomar una ducha cuando de pronto llamaron a la puerta. Supuse que era la camarera, así que me envolví en una toalla y abrí. Pero no había ninguna camarera allí.
-¡Alejandro!
-¿Puedo pasar?
-Sí, claro, es decir…, bueno…, estaba por darme una ducha.
-Ya veo – me dijo, mirándome de arriba a abajo.
-¿Qué hacés acá?
-Quería disculparme por lo de anoche.
-¿Disculparte? – dije secamente, aunque sin poder creer que él se estuviera disculpando por algo.
-Creo que estuve un poco mal – dijo, tomándose la libertad de sentarse en la cama deshecha.
-Sentate, nomás – dije irónico, apartando mi ropa interior de allí, sentándome también en un sillón, frente a él.
-Sí, me entusiasmé porque te quería mostrar mi disco, y bueno, al final no pudimos hablar…
-¿Hablar?
-Claro, no pudimos hablar de… no pudimos hablar de nosotros…
-Alejandro, francamente, no te entiendo.
-Tenés razón, tal vez no fui claro. Anoche, entre una cosa y otra, no te pude decir que me gustaría emprender algunos proyectos con vos.
-¿Proyectos? ¿qué proyectos?
-Quiero que toquemos juntos, que hagamos un dúo.
-No sé, Alejandro, la verdad es que...
-El dúo Estévez - Devrient. Suena genial ¿no?
-¿Te parece? Mirá, nunca pensé en tener un dúo estable con nadie, porque un dúo así sería...
-Bueno, entonces que no sea estable. Por ejemplo…, podemos armar algo para algún festival internacional.
-¿Cuál, tenés alguno en mente?
-No sé… vos sabés más que yo de festivales internacionales, tocás en los más importantes…
-Pero, Alejandro, creo que no entendés, yo…
-¿Qué tengo que hacer para que toques conmigo? ¡Decímelo, yo estoy dispuesto a hacer lo que quieras!
Sí. Todo iba aclarándose. Pero de pronto, frente a él, ante su mirada indagatoria, su temblor en los labios, y esos ojos azules que eran toda la perdición del mundo… me sentí excitadísimo y totalmente vulnerable. Quise cubrirme, ya que sólo tenía una diminuta toalla de mano puesta sobre mi cintura. Prácticamente estaba desnudo. Intenté volver en mí:
-No se trata de eso, Alejandro… - intenté explicar.
-Marcelo – interrumpió, cambiando abruptamente el tono de su voz, y apaciguándolo en uno divinamente embriagador - ayer cuando te pregunté por qué me mirabas tanto, vos me dijiste que era porque yo también te miraba.
-¿Y bien? – balbuceé, cada vez con menos fuerzas para resistirme a su voz sibilante.
-¿No te das cuenta?
-¿De qué?
-¿Querés saber por qué te miraba? te miraba por la misma razón que ahora te estoy mirando. Te estoy mirando en este momento que no estás sentado al piano, ya no como músico, sino como hombre.
-¿Qué decís, Alejandro?
-Creo que me gustás desde la época del conservatorio…
-No te puedo creer.
-¿Por qué?
-Porque en la época del conservatorio no me dabas ni bola.
-Pues creeme, es la verdad. Sé muy bien que también despierto algo en vos, no lo niegues, anoche tus ojos me devoraban.
Dijo todo eso con una voz invitadora e irresistible. Entonces no dije más nada.


Alejandro se acercó a mí, adelantándose hacia borde de la cama. Sin dejar de mirarme a los ojos, avanzaba enfrentando nuestros rostros. Me quedé inmóvil, sospechando que cada avance, tanto de él como mío, no tendría retroceso alguno. Su mano se apoyó firmemente en mi rodilla, y fue subiendo por mi muslo hasta llegar al nudo de la toalla en mi cintura. Nada le impidió desatarlo fácilmente, y menos yo mismo. Apartó la toalla, dejándome sin aliento, la tiró al suelo y yo quedé totalmente desnudo. Su otra mano avanzó por mi otro muslo, y lo mismo hacía su boca hacia la mía. Ya sus dedos tocaban el comienzo de mis vellos, y apenas podía respirar, sintiendo mi erección inevitable. Se arrodilló en el piso y sin dejar de mirarme fijamente a los ojos avanzó lentamente hacia mi sexo con la boca abierta. Sos ojos me hechizaban. Engulló mi miembro erecto de un solo bocado. Entrecerré los ojos y me estremecí al sentir su boca caliente alrededor de mi glande. Cuando abrí los ojos, Alejandro había desnudado su torso dejando la camisa a un costado. Yo sabía que finalmente estaba siendo su presa, que había caído en sus redes, pero en ese momento me fue imposible resistir su mirada encantadora.
-¿Te gusta que te la chupe, verdad?- dijo sin dejar de mirarme.
No tenía que responderle, pero también pensé que la pregunta estaba fuera de lugar. No importaba ya. Sus labios me masturbaban recorriendo todo el largo de mi pija, recibiendo cada gota de mi transparente fluído. Entonces abandonó mi verga que quedó balanceándose en plena erección, se puso de pie y miré su escultural torso. La piel blanca e inmaculada era un espectáculo bajo la luz matinal que entraba por la ventana. Resplandecía como un dios, encandilándome con su maravillosa refulgencia. Sus dos pezones claros, rosados y perfectamente circulares, me invitaban a deleitarme en ellos. Él sabía bien que yo estaba bajo sus encantos y que no me podía defender.
Lentamente, como para probar hasta donde era capaz de hacerse desear, llevó su mano a la abultada entrepierna y acarició su sexo por encima de la tela de su pantalón. Después de lograr que su erección estuviera en el punto máximo de dureza comenzó a desabrocharse el cinturón. Siguió con su bragueta. Yo permanecí inmóvil, asombrado, sentado frente a él con mi verga latiendo y chorreando líquido cristalino. Cuando concluyó de desabrochar la hilera de botones, comprobé que no llevaba ropa interior. Unos pelos rubios y abundantes dejaron verse entonces y él empezó a bajar lentamente su pantalón. Afloró despaciosamente todo el largo de su pene hasta quedar liberado, y así se disparó como un resorte, cabeceando un par de veces antes de apuntar como vara rígida hacia el techo. Instintivamente mojé mis labios con saliva.
-¿Te gusta, maestro Devrient?



No pude responder. Alejandro se regodeó del triunfo con media sonrisa y se levantó para que su verga dura quedara a la altura de mis ojos. La dejó apuntando a mi cara, palpitando en el aire. Era hermosa. Un matorral dorado la envolvía delicadamente, cubriendo su base y ascendiendo por su tronco. Los pelos seguían extendiéndose hacia más abajo, ocultando apenas dos bolas colgantes y sonrosadas que se movían con movimientos oscilantes. El glande rojo estaba totalmente descubierto, resplandeciente y húmedo. Puso sus manos en la cintura, cuidando de mostrarme todo lo que yo quería ver. El espectáculo era soberbio. Después giró sobre sí mismo para mostrarme el culo. Se agachó, abrió sus piernas y ayudado por sus blancas manos se abrió las nalgas violentamente para mostrarme su espléndido hueco rodeado de vellos suaves y rubios. Su ano apretado y rosado como la piel de un bebé era un alarde de belleza masculina. La visión era arrobadora. Me dejé llevar inconscientemente hacia ese agujero que todo parecía atraerlo, y avancé sin pensar deseando probar el gusto en mi hambrienta lengua. Ya estaba abriendo involuntariamente mis labios para devorar ese manjar excelso. Fue cuando escuché su voz, fría, automática, como sacada de todo contexto:
-Sí, maestro Marcelo Devrient, haría cualquier cosa con tal de…
Entonces todas las alarmas sonaron dentro de mí.
-¿Qué estás diciendo? ¿Qué carajo estás diciendo? – dije casi gritando, como si alguien me hubiese abofeteado de pronto y vuelto a la realidad. Alejandro se dio vuelta, mirándome intrigado con las manos en gesto de pedir una explicación y su irónica sonrisa una vez más en el rostro. Entonces desperté del hechizo. El encanto había desaparecido tan brutalmente que mi miembro se bajó de inmediato como si hubiera recibido un baldazo de agua fría.
-¿Harías cualquier cosa, decís? ¿también me darías tu culo? No, gracias, yo no juego a esas pendejadas. Andate – dije sacudiendo la cabeza. Me levanté y me volví a cubrir con la toalla – Desaparecé ya mismo de mi habitación.
Alejandro quedó de una pieza. Pero no parecía avergonzado en lo más mínimo. Tomó su ropa y se vistió.
-Muy bien, Marcelo. De acuerdo. Pero yo no voy a olvidarme de esto, esto no va a quedar así ¿sabés?
-Vamos, Alejandro, no seas patético, el papel del malo de la telenovela no te va bien. Ni siquiera tenés el coraje.
-Preguntale a Vermont si no tengo el coraje.
-¿Vermont? ¿Qué tiene que ver él en todo esto?
-Vos preguntale no más - repetía, mientras se terminaba de vestir.
-Basta, no te soporto.
-Es una lástima que estés tan confundido. Primero se te caía la baba cuando me mirabas, se te puso al palo y me querías coger..., y ahora me echás de tu cuarto ¿quién te entiende?
-Estás enfermo, Alejandro. Andate, ya mismo salí de mi habitación, estás loco.
-Sí, debo estar loco para haberme fijado en un histérico como vos. A mí nadie me rechazó nunca ¿sabés?
Me enfurecí:
-Entonces me diste el enorme privilegio de ser el primero en rechazarte. ¡Fuera!
Abrí la puerta mirándolo con toda mi ira. Él pasó frente a mí con una mirada despreciativa. Mi fijeza le dio la oportunidad de confrontarme, estuvo a punto de decirme algo, pero no pudo hacerme frente y huyó por donde había entrado, acomodándose la ropa.
Cuando iba a cerrar la puerta, vi que alguien se acercaba por el pasillo. ¡Era Vermont!
¡Mierda! ¡Tenía que aparecer justo ahora!, me dije. Alejandro le hizo un gesto irónico al cruzarse con él, lo saludó con una venia y desapareció en el ascensor. Vermont, sorprendido al ver a Alejandro salir de mi habitación, me miró sin atinar a decirme palabra alguna. Me quedé inmóvil. Sabía que el tipo estaba interpretando lo peor y me sentí terrible por eso.
-Buenas tardes, Maestro – saludé, intentando contener mi rabia.
-Buenas tardes - me dijo, y me miró inspeccionándome de pies a cabeza - regrese a su habitación, Marcelo, no vaya a tomar frío.
Fue cuando me di cuenta de lo ridículo de la situación, apenas cubierto con la toalla como estaba. Sonreí estúpidamente y entré enseguida al cuarto, mientras el director, levantando una ceja, se metía en el suyo.

III – Final.

Cuando por la noche salí a cenar, me encontré nuevamente con el maestro Vermont en el lobby del hotel.
-Vaya, maestro Devrient, parece que hoy nos encontramos todo el tiempo – me dijo socarronamente.
Cada vez que Vermont hablaba, dejaba una estela de ironía tras sus palabras. No solo  me molestaba eso, sino que me inhabilitaba totalmente para continuar cualquier conversación. Me hacía sentir fatal. Obviamente, me veía venir lo que preguntó.
-¿Cómo estuvo el concierto de anoche?
-Interminable – dije intencionalmente.
-Oh, oh, oh, cuánto lo lamento. Al menos – agregó irónicamente – la habrá pasado bien después, veo que Alejandro Estévez y usted se han hecho buenos amigos.
-Se equivoca, maestro. Y no la pasé nada bien anoche – contesté, visiblemente molesto.
Vermont cambió de actitud y bajó la vista.
-Oh. Disculpe. Le ruego me perdone, por favor, son cosas personales y no debí…
-Está bien, maestro, no tiene por qué disculparse – sonreí sin ganas. Vermont realmente se había avergonzado y de pronto su voz denotaba un cambio en su aparente dureza.
-De todos modos, no fue mi intención, perdón, que tenga buenas noches.
-Maestro, un momento.
-Sí, dígame, Marcelo.
-Perdón, pero ¿está solo esta noche?
-Verá usted, no conozco a nadie en esta ciudad, salvo al director del teatro, así que…
-Ay, maestro, el director del teatro es un idiota puesto ahí por el político de turno, no le servirá mucho de compañía, ¿verdad?
Vermont rió con ganas. Era la primera vez que lo escuchaba reír.
-Tiene razón, Marcelo.
-¿No quiere que cenemos juntos?
-¿Lo dice en serio, o es por mero cumplido?
-Et qu'est-ce que pensez-vous, monsieur Vermont?
-Vaya, Devrient, usted es más sorprendente de lo que pensé.
Sus ojitos grises se iluminaron de pronto. Sonrió y asintiendo entusiasmado aceptó mi invitación. Pasamos una velada encantadora. El maestro Vermont era un hombre increíblemente culto y su conversación fue siempre interesante. Pero lo curioso es que a partir de esa noche, Vermont había llamado mi atención como persona. Pareció distenderse conmigo, y entonces comprendí que sus frases irónicas o su gesto adusto, sólo eran recursos que usaba a manera de escudo cuando intentaba relacionarse con la gente. Lo había sospechado y ahora lo confirmaba.
Cuando regresamos al hotel quiso invitarme a tomar algo en la barra pero el bar estaba cerrado.
-Qué pena, maestro, justo en lo mejor de nuestra conversación.
-Bueno, en mi habitación tengo algunas “provisiones”…, digamos…, de tipo alcohólicas – me sonrió con intención - ¿desea usted acompañarme?
-Encantado.
Su cuarto estaba impecablemente ordenado. Todo lo contrario al caos que había visto en la casa de Alejandro. Me sonreí cuando recordé eso. Vermont me invitó amablemente a sentarme en uno de los sillones, mientras destapaba las botellitas de whisky.
-Quiero decirle que estoy muy complacido de trabajar junto a usted, Marcelo.
-Gracias, maestro. El placer es mío. Y un privilegio. Tengo una gran admiración por usted y me encantaría volver a tocar bajo su dirección en alguna otra oportunidad.
-Así será, así será, moi aussi, je l'espère.
-Ya que hablamos de tantas cosas hoy, ¿le puedo hacer una pregunta, maestro? – dije acomodándome en el sillón.
-Bien sûr, mon ami. ¡Oh, perdón!, a veces me sale el "franchute", como decís vosotros y me olvido del español.
-Lo domina perfectamente ¿dónde aprendió a hablar tan bien?
-Me casé con una española, y viví en Madrid unos años, antes de establecerme en Lyon. Pero no era esa la pregunta que quería hacerme, ¿verdad?
-No, no era esa, pero tal vez la que pensaba no sea muy cortés.
-Vamos, Marcelo, haga usted esa pregunta, ya le diré yo si se la respondo o no, además, ya nos vamos conociendo mejor, así que intuyo un poco por donde viene la cosa – dijo riendo.
-Está bien, está bien.
-Escucho.
-Usted me dijo que ya conocía a Alejandro Estévez, ¿no es así?
Vermont sonrió cerrando los ojos, con un gesto que me hizo constatar su buena intuición.
-Sí. Dirigí en un festival en Trieste donde él formaba parte del ensamble.
-Si no lo considera atrevido de mi parte ¿puedo preguntarle qué opinión le merece?
-Claro que sí. ¿Como músico, o como persona?
-Usted se preguntará por qué quiero saber su opinión.
-Me lo imagino.
-¿Ah sí?
-Le diré, Alejandro no se portó bien conmigo. Hace unos años de esto, en esa oportunidad, quiso seducirme para obtener un beneficio personal a través de mis influencias. Me avergüenza un poco decirlo, pero fue así. ¿Se da cuenta, Marcelo? Es horrible.
-Supongo que ese sujeto no tiene remedio, pero vea, no me causa sorpresa lo que me dice. Sé que es un oportunista.
-No es esa la palabra, mi amigo. Alejandro es algo peor: una mala persona de la cual conviene mantenerse lejos.
-Es un hombre muy bello – dije entrando más en confianza.
-Es hermoso. Sí, bello, como usted dice, pero yo diría “peligrosamente” bello. Nadie podría resistirse a sus encantos. Él lo sabe, y usa esa arma con estudiado arte.
-¿Cómo alguien puede manejarse así? Si hasta le diría que me da lástima.
-No hay que tener lástima, hay que tenerle cuidado. Mire, Alejandro, seré muy sincero con usted: yo mismo perdí la cabeza por él.
Me quedé estupefacto. No imaginaba a Vermont en esas lides.
Vermont se quitó el saco y se cruzó de piernas, abriéndose un poco más la camisa. Hasta esa noche, como dije, no me había fijado en él, después de todo, sentía que ese hombre estaba desvelando para mí cosas muy personales. Y me gustaba la manera que tenía de hacerlo. De pronto el insufrible Vermont había pasado a ser una persona fascinante. Tal era así que pronto empecé a estudiar más su persona, no sólo interiormente, como dije, sino también su apariencia física. De unos cincuenta y cinco años o más, tenía una presencia sólida y afirmada. No era un hombre apuesto. Sin embargo tenía un atractivo que para mí empezaba a ser extraordinario. Era de esos hombres en los que, al principio, no se repara, pero que después, misteriosamente, terminan magnetizándolo todo por su personalidad especial. Entonces emanan un tipo de belleza atrapante y cautivadora. Tenía cabellos ondulados y grises, barba y bigotes muy cuidados y prolijamente recortados. Sus ojos brillantes y de color gris claro eran pequeños pero muy profundos y vivaces. Los había visto endurecerse como un estilete, y ahora conocía también su blandura y honestidad. Se había abierto los primeros botones de la camisa, y de su pecho emergían canosos y largos pelos, que también se repetían de manera más suavizada en sus manos, gesticulantes siempre. Ellas atrapaban la atención de cualquiera. Era lógico. Desde la expresividad de sus manos había construido su profesión. Cada vez que decía algo, Vermont encontraba el movimiento justo, limpio y preciso para acompañar cada significado de sus palabras.
-¿Y qué sucedió? – quise saber, pero luego, temiendo abusar de su confianza me detuve - Ah, perdóneme, maestro, no tengo derecho a preguntar cosas tan privadas, lo que pasa es que hoy Alejandro, en medio de una discusión que tuvimos, lo nombró.
-Me imagino. Verá, realmente no me importa mucho lo que haya dicho. Y no me molesta para nada hablar de esto con usted, es más, creo necesario hacerlo. Una persona de su inteligencia no necesita protección de gente como Alejandro, aunque en estos días dudé de eso.
-No entiendo…
-Sí, me había molestado mucho ver que ustedes dos parecían entenderse. Él es una persona nociva, y creí que usted no se daría cuenta. Pensé que había caído en sus trampas. Me molestaba eso porque no merecía estar con alguien así. Afortunadamente usted es muy listo, y ahora que lo conozco más, sé que nada de eso pasó.
-Maestro, no soy tan listo ni tan inteligente, sólo soy un hombre como todos, demasiado débil a veces.
-¿Quién no lo es? – dijo, tomando un sorbo de whisky, ensimismado – Pero usted me preguntó qué pasó, discúlpeme, prosigo. A propósito de la debilidad de los hombres, bueno, comencé a verme con Alejandro y en esos días nos hicimos amigos.
Vermont hizo una pausa aquí, evidentemente había algo en ese tramo de la historia que él prefería conservar en su interior. Sus ojos parpadearon nerviosamente, mirando al vacío. Luego continuó:
-Él quería a toda costa que yo le consiguiera varias actuaciones como solista en el festival de conciertos que dirijo hace años, en Lyon, así como en otras ciudades. Estévez no tiene nivel para eso. Usted sabe, como yo, que a duras penas puede tocar como solista en una orquesta de provincia, en fin; ante mi negativa, él no dudó en extorsionarme. Fue una pesadilla. A toda hora sonaba el teléfono, o bien recibía misivas, cartas, con todo tipo de amenazas. Mi esposa pensó lo peor, y ese fue el comienzo de su pérdida de confianza en mí. ¿Se da cuenta? Alejandro es un ser detestable.
-¿Detestable? Detestable es poco. Lo que me cuenta, maestro, es espantoso.
-Sí, lo es.
-Precisamente esta tarde, cuando usted lo vio salir de mi habitación…
-No tiene que explicarme nada, Marcelo. Lo que importa es que a usted no le pase lo que a mí.
-Debió haber sido muy difícil para usted.
-Fue peor. Todo eso terminó con mi matrimonio. Mire, Marcelo, mi vida con mi esposa no era un lecho de rosas, por cierto, pero yo la amaba con locura, fue mi compañera de vida durante años. Ella me dejó, sin recobrar jamás su confianza en mí.
-Ay, maestro, cuanto lo lamento.
-Mercì, mon ami, mais voilà, así son las cosas. C'est la vie. Es absurdo, ¿no?, como uno puede errar tan gravemente, y perderlo todo por causa de un idiota como Alejandro. No, Marcelo, créame que no vale la pena – exclamó, absorto, llevando el vaso a sus labios –  Y bien ¿respondí a su pregunta?
-Perfectamente, gracias.
Él bajó la vista, y su rostro se ensombreció en una angustia conmovedora. Me sentí sacudido por ver a ese hombre, duro en tantas situaciones, ahora quebrado a punto del llanto. Me acerqué a él, arrodillándome junto a su sillón. Tomé su whisky y lo puse sobre la mesita. Cerré mis manos sobre las suyas y lo miré conmocionado. Sus ojos estaban húmedos y no pudo seguir hablando. Entonces estiré una mano y me permití acariciarle la mejilla. No sé todavía como tuve el coraje de hacer eso, pero de pronto sentí que se había disuelto una pared entre nosotros y la cercanía era cosa natural. Sentí su barba en mi mano y el calor de su piel curtida por los años. Me miró, y al sonreírme me expresó tiernamente su gratitud.
-Gracias.
-¿Por qué me agradece, maestro?
-Por dos cosas. Primero, por su sensibilidad al escucharme. Y segundo, porque sé que mañana haremos un concierto que hará temblar el teatro – me dijo, recobrando la sonrisa.
Me tomó la mano, que todavía estaba en su cara, y aprisionándola entre las suyas, la besó largamente. Después, con una expresión paternal, pero con un una honda sensualidad, me tomó la otra mano, entrelazando sus dedos con los míos, fuertemente. Así nos quedamos unos minutos. De inmediato sentí con ese hombre una comunión especial. Entonces, nuestros ojos pidieron más. Acerqué mi cara a la de él, sosteniendo la mirada.
-Será mejor que vayamos a descansar – me dijo, dominando su emoción.
-Sí, maestro.
Me acompañó a la puerta. Sentí que quería abrazarme, pero no se animó. Me hizo un gesto con la boca y yo me despedí de él.

***

La noche siguiente, ante un teatro rebosante, salimos a escena con el maestro Vermont cuando ya la orquesta estaba lista para atacar el concierto de Liszt. Desde su atril, Alejandro miraba tanto al director como a mí, y vi la indignación a través de su rígido rostro. Pero lo más interesante de esa noche no fue precisamente el solo de chelo que Alejandro tocó con su habitual ampulosidad, sino que desde que yo había comenzado a tocar, estaba compenetrado fuertemente con la imagen de Vermont en el podio. Estaba dirigiendo como nunca, haciendo honor a su inmensa reputación. Eso inspiró y alimentó constantemente mi predisposición interpretativa. Creo que hasta esa noche no lo había visto tan brillante, tan efusivo, ni tan expresivo. Vermont puso la vida en ese concierto. Sí, vivió cada nota como si saliera una por una de su mismísima alma. La orquesta, que había sido parte de este proceso enriquecedor, se dejó llevar y los músicos comprendieron que era el momento de dar lo mejor de sí. Alejandro hizo esfuerzos denodados para llamar la atención desde sus intervenciones, pero sus intentos no fueron más que pobres aspavientos vacíos. Vermont me daba cada entrada. Nos mirábamos, nos comprendíamos, nos seguíamos y complementábamos, iluminados por cada detalle del discurso musical.
Fue entonces que cada inflexión, cada ligadura, cada articulación, trasuntaron en arte. A medida que el concierto iba fluyendo, mi emoción crecía más y más, hice míos sus brazos, su respiración, su vibración, y entre nosotros dos hubo una unión casi mística, que exaltó nuestro interior de tal manera que yo ya no tuve dudas de que cuando se gesta algo así con otra persona, es, efectivamente, comparable a cuando uno está inmerso en el más apasionado de los actos amatorios.
Hicimos la música como si estuviéramos haciendo el amor.
Alejandro enseguida había detectado ese hilo invisible entre nosotros, y tragaba hiel, iracundo, ante cada una de nuestras miradas.
Hubo un insólito silencio al escucharse el apoteótico final. Y luego, la audiencia estalló en un aplauso cerrado y emocionado. Me puse de pié, casi extasiado, y reparé –volviendo en mí- en que debía estrechar, como era de rigor, mi mano con la del primer violín. Luego, dirigiéndome al podio para saludar al director, miré los ojos húmedos de Vermont. Extendí también la mano, pero él avanzó con los brazos abiertos y me estrechó en un abrazo sentido y conmovido.
Después, en la zona de camarines, hubo un gran gentío que se peleó entre sí por llegar hasta mí. En la otra punta del pasillo, Vermont también estaba rodeado de gente. Dejé que todos me saludaran y hasta firmé algunos autógrafos. Después, pude al fin refugiarme en mi camarín. Sin embargo, no podía dejar de pensar en Vermont. Tenía que verlo al menos un momento. Salí en su busca, golpeé su puerta y él me abrió extendiéndome los brazos otra vez. Me abalancé hacia ellos y nos fundimos nuevamente el uno con el otro. Él cerró la puerta tras de sí, y me tomó de las manos, diciéndome entusiasmado:
-Marcelo, usted es un gran artista, lo que hizo esta noche fue algo grandioso.
-No lo hice solo, maestro, lo hicimos juntos - dije, sonrojado.
Nuestras caras estaban tan juntas que podíamos sentir nuestros propios alientos. Puso su pesada mano en mi mejilla, palmeándola dulcemente, evidentemente emocionado y con una luz muy especial en los ojos.
-Sí, yo sabía que nos iba a pasar esto.
-¿Qué cosa, maestro?
-Debo seguir con la sinfonía ahora, ¿nos vemos al finalizar el concierto?
-No me moveré de aquí, maestro. Escucharé desde el palco, junto al estúpido director del teatro – dije riendo y haciendo reír a Vermont.
La Heroica de Beethoven sonó afiatada y con un apasionado vigor en manos de Vermont. La gente volvió a aplaudir, fascinada. ¡Cuántas emociones las de esa noche!
Terminado el concierto fui a buscar a Vermont para salir de allí juntos. Me crucé con Alejandro que se dignó a hacerme una actuada reverencia con su más irónica sonrisa, bajo esa mirada seductora que ya no provocaba el más mínimo efecto en mí. Yo seguí mi camino pero me detuve al segundo, quise decirle algo, y finalmente decidí que no tenía sentido.
Vermont estaba rodeado de personas del público y músicos de la orquesta que querían saludarlo. Él me miró por sobre todas las cabezas de la gente, agobiado por tanta efusividad, y le dí a entender que lo esperaría a la salida del teatro. Por fin nos reencontramos quince o veinte minutos después. Tomamos un taxi en dirección al hotel y hablamos de cenar juntos. No más que eso, porque estuvimos bastante callados, y en un momento él me tomó la mano y me la apretó.
-Gracias por este concierto, Marcelo.
Emocionado, retuve su mano en la mía, casi hasta que llegamos a la entrada del hotel. Subimos a nuestras habitaciones para cambiarnos de ropa.
-¿Nos vemos en diez minutos? – le dije.
-Sí, claro. El que esté listo antes, que golpee la puerta del otro. ¿De acuerdo?
-De acuerdo – dije entrando a mi habitación. Me cambié rápidamente con un atuendo casual y con mucha excitación salí para tocar a la puerta de Vermont. Cuando me abrió, todavía tenía puesta la camisa del concierto, abierta, y con la corbata de lazo desatada a ambos lados del cuello. Me hizo señas de que pasara y me pusiera cómodo. Estaba en medio de una llamada telefónica con Francia. Cuando terminó de hablar, me miró y se disculpó.
-Le pido disculpas, Marcelo, pero tuve que atender el llamado, era de mi agente en París, sea la hora que sea, siempre me llama después de un concierto. Ya ve usted, ni siquiera he podido quitarme esto - me dijo, apartando del camino los zapatos que se había quitado.
-No se preocupe, maestro. ¿Quiere que lo espere abajo?
-No, no. Póngase cómodo, por favor, estaré listo en un minuto. ¿Quiere tomar algo?
-No, gracias, no se moleste.
-Sólo necesito quitarme esta ropa empapada y darme una ducha – dijo, desabrochándose la camisa y yendo hacia el baño.
Yo me senté en uno de los sillones, mirando algunos objetos de la habitación: un par de libros en la mesa de luz, varias partituras y lápices sobre el impecable escritorio, el frac aún sobre el respaldo de la silla, y otras cosas: un paraguas enorme, el abrigo en el perchero; todo perfectamente en orden, en espera de ser usado a su turno.
Vermont estaba ya en el baño y el ruido de la ducha, junto con algo de vapor, salía por la puerta entreabierta. Demoró solo unos breves minutos, pues enseguida el rumor del agua cesó por completo. Pude sentir entonces el siseo de la toalla al frotarse sobre su cuerpo. Entonces… entonces experimenté, casi sin darme cuenta, una creciente excitación y algo que me mantuvo a la expectativa, intuyendo de pronto que todo lo que tenía que ver con ese hombre se había vuelto repentinamente interesante para mí.
Agudicé mi oído. Adiviné cada uno de los sonidos que llegaba hasta mí, leves pero claros, como el cerrar o abrir del espejo, apoyar sobre el mármol una loción o el desodorante, repasar el cabello con el cepillo… y entonces mis ojos no se apartaron de la puerta del baño.
Finalmente, la puerta se abrió del todo y Vermont salió, sólo cubierto con una toalla a la cintura, mientras se estaba terminando de secar la cabeza con otra más pequeña.
Me sobresalté, mirándolo asombrado. El torso desnudo de Vermont, que veía por primera vez, ejerció en mí el detonante necesario para saberme, sin dudas ya, atraído definitivamente por él. Su pecho, muy velludo, era sólido, amplio, pero sin llegar a ser musculoso. Tenía la piel clara, lo cual acentuaba cierto contraste con las zonas más oscurecidas por su vello. Sobre todo en su abdomen, donde los pelos formaban un sendero que se ampliaba al descender, oscureciéndose con tonos negros donde se hacía más tupido. Tenía pezones generosos, puntiagudos, muy rojos y salientes. Las aureolas delineaban eróticamente los botones carnosos y prominentes entre el nido de pelos. En medio de los pectorales, su vello era gris, con pinceladas blancas que brillaban al pasar cerca de alguna luz más intensa. Ese cuerpo semidesnudo me embriagó de deseo. Un deseo despertado en ese instante, por lo cual me sentí raro e inquieto a la vez.
Él volvió a disculparse por su retraso. Lo miré, sonriéndole, y me apresuré a decir:
-No hay prisa alguna, maestro, no se preocupe.
-Es que no quiero hacerle esperar más – me dijo.
-Tenemos toda la noche, maestro.


Cuando dije esto, él se detuvo a mirarme por unos segundos, luego prosiguió. Mientras se secaba, pude mirarlo más de cerca. La toalla estaba anudada un poco por debajo de su cintura, marcándose el bulto de su sexo, y dejando asomar esos dos surcos descendentes custodiando el bajo vientre que en su cuerpo se definían extraordinariamente. Los años le habían quitado a su cuerpo la firmeza de la que aún había rastros. Pero era un espectáculo altamente sensual ver su torso completamente sacudido por los movimientos que hacía al secarse. La blandura de sus carnes invitaba a sentir esa textura no sólo a través del tacto. Todo en su piel velluda era suavidad y virilidad. Los pelos de sus axilas, aún goteaban mojados, se apresuró a secarlos levantando uno por uno los brazos, y dándome un banquete visual demoledor. Sin dejar de admirarlo, le dije, intentando mantener la calma en mi voz:
-Puedo esperar tranquilamente, aún no tengo hambre.
Alzó la toalla sobre su rostro, mirándome por debajo:
-Yo tampoco. Jamás tengo hambre después de un concierto.
-Me pasa lo mismo. Más bien necesito tomar algo.
-Entonces…
-¿Entonces?
Vermont se dejó caer en el otro sillón, y suspiró.
-Entonces podemos ir a cenar más tarde…, o tal vez desee que pidamos algo a la habitación…
-Sí, tal vez…, después.
-De acuerdo. Después. – me dijo, sin aclarar, ninguno de los dos, a qué nos referíamos con la palabra “después”. Dejó la toalla pequeña a un lado y se recostó, retomando aire, cómodamente en el sillón. La visión de su torso, peludo y aún húmedo, me invadió la mirada. Abrió sus brazos abandonándolos sobre los del sillón y otra vez la imagen de sus axilas desbordantes de largos pelos negros envió ondas inconfundibles a mi zona genital. No seguí hablando, sólo lo miraba. También él me miró, poniendo un gesto de extrañeza, como queriendo averiguar mis pensamientos más internos. Nuestros ojos se cruzaron, en medio de la iluminación suave de la habitación. Bajé la vista, no lo pude evitar. Estaba frente a mí con las piernas tal cual habían quedado al sentarse, abiertas e invitadoras. No podía ver mucho por la falta de luz, pero sí buena parte de sus muslos abiertos, que se esfumaban justo en el límite donde empezarían a verse sus más íntimos atributos, invisibles y en sombras. Me regodeé en ese misterio insondable y atrayente.
Repentinamente Vermont se levantó y fue a servir unos tragos. Cuando volvió con los dos vasos, se acercó a mí para ofrecerme uno. Alcé la vista para mirarlo nuevamente. De pié, ante mí, me devolvió la mirada, serio, con unos ojos increíblemente bellos. Los míos descendieron cuando fui a tomar el vaso, y entonces no pude apartarlos de allí. A la altura de su sexo se formaba un abultamiento imperdible. Sentí la garganta seca y tomé un sorbo de mi trago, sin dejar de mirar esa sugestiva y ahora más grande protuberancia. Dejé el vaso en la mesa, Vermont hizo lo mismo. Levanté la cabeza y lo volví a mirar a la cara. Él se quedó quieto, expectante, como yo, ambos flotando en un clima extático que pareció durar horas.
Los dos supimos qué nos pasaba.
Vermont parpadeó, y yo seguí sus lentos movimientos.


Fue increíble, él llevó sus manos al nudo de la cintura y lo deshizo de un solo movimiento, sin dejar de estudiar mi atónita reacción. La toalla, resbalando lentamente por su piel, cayó al piso y mi rostro, a la altura del sexo de Vermont, quedó inmóvil.
Abrí los ojos, fascinado por el colgante galardón que me mostraba. Era largo y grueso. La erección era inminente, pues el miembro ya había alcanzado algo de dureza, moviéndose y cabeceando hacia arriba. Liberado y seguramente muy a gusto, su pene empezó a levantarse en visibles latidos. Pronto, la piel del prepucio se fue descorriendo para mostrarme una rosada cabeza humedecida y tensa.
Rodeada de pelos abundantes y todavía oscuros, la verga de Vermont me saludaba, poniéndose dura y cada vez más grande. Me quedé absorto, boquiabierto a pocos centímetros de ella, y me deleité mirando como siguió hinchándose e irguiéndose más y más, hasta quedar gloriosamente erguida, palpitando y latiendo en toda su rigidez. Las bolas, tapizadas de pelos más blancos, largos e hirsutos, se movían sensualmente, despidiendo un aroma a jabón que yo podía distinguir claramente.
Suspiré hondo, y totalmente decidido, me acerqué a ese palo robusto con la boca abierta. Vermont empujó suavemente su pelvis hacia mí, y su sexo se perdió entre mis fauces de un solo movimiento. Locamente excitado, chupé su falo de una manera enardecida. Lo tomé por detrás, sujetando firmemente sus blandas y lampiñas nalgas, a tiempo que las exploraba un poco y las abría masajeándolas. Vermont se apoyó afirmando sus manos sobre mi cabeza y comenzó a agitarse enseguida. Tragaba su palo duro con fruición y deleite, sin dejar de acariciar su culo y aventurándome en la profundidad de su raja. Mis dedos llegaron hasta su cálido y peludo agujero, abriéndolo y sobándolo amorosamente. Era muy suave. Él ayudó a abrir bien el surco que ocultaba su ano. Giró su pelvis y ofreció su trasero a mis dedos a tiempo que con las manos se separaba los glúteos. Sin dejar de mamarle su tranca durísima, inspeccioné tiernamente su ano metiendo un dedo. Poco antes, jugueteando en el borde, había sentido como se estremecía ante ese reiterado contacto. El ojete de Vermont estaba caliente y dilatado, no me fue difícil introducir dos dedos más.
Luego sentí como me levantaba en peso desde mis axilas. Rostro contra rostro, me miró con un ansia devoradora. Entonces tomé su cabeza dulcemente y lo besé con pasión. Él me abrazó de una manera casi posesiva. Hizo que inmediatamente supiera que le gustaba dirigir, también en cuestiones amatorias, porque sentí su tranquilizadora presencia de macho dominante, pero un macho que a la vez se deshacía en caricias plenas de ternura.
Su boca enseguida respondió a mi lengua, acariciándola, sorbiéndola e investigándola con la suya. Sus manos me recorrían febrilmente, intentando percibir cada parte de mi cuerpo a través de mi ropa. Cuando éstas comenzaron a ser un impedimento, no dudó en desvestirme ávidamente. Todo lo hizo sin dejar de besarme, y pronto yo estuve completamente desnudo. Ahora sí, Vermont pudo dar rienda suelta a su ávido tacto. Pero no fue directamente, como suponía, a mi sexo, que lo esperaba en total erección, sino que fue explorando todo el camino hacia él desde el cuello, pecho y abdomen, regodeándose con mi vello y quedándose en mis pezones.
Poco a poco fue descendiendo hasta mi bajo vientre. Se hundió en mi abundante vello púbico como queriéndose perder en esa mata. Mi verga pedía a gritos que sus dedos la tocaran, pero él rodeaba toda la zona, tenue, delicadamente…, no haciendo más que endurecer como roca mi miembro que derramaba su jugo transparente cada vez que algún roce casual lo palpaba.
Después de esa larga sesión de toqueteos, de exploraciones y rodeos táctiles, de frotaciones exquisitas por todo mi cuerpo, Vermont abandonó por primera vez mi boca y se arrodilló frente a mi verga enhiesta. Sus ojos la contemplaron atentamente. Poco quedaba de aquella primera mirada con la que había intimidado a los músicos de la orquesta en aquel ensayo inicial. Sus ojos y toda su expresión ahora transmitían dulzura y un inquietante deseo sensual. Ante su cara, mi pene se estremecía y contraía, ajeno a mi voluntad, expectante y encrespado.
Me hizo desear cada segundo, y yo, desesperado, no aguantaba más. Anhelé con pasión cualquier cosa que él quisiera hacerme, pero lo quería ya.



Finalmente, la boca de Vermont se acercó lentamente hasta su dura presa. Cuando sentí su tenue contacto, que fue apenas un leve roce de sus labios, mi sexo se convulsionó en una rápida contracción y tuve que controlarme para no eyacular. Inmediatamente salió una generosa gota de líquido. Él lo notó enseguida y sacó su lengua para recibirla. Sentí desfallecer y mis piernas se aflojaron. Ese hombre hacía todo con extremada y torturante lentitud, pero al mismo tiempo el goce que me proporcionaba era inenarrable.
Abrió más la boca y apoyó sus dedos levemente en la piel de mis bolas. El roce de mis pelos entre sus yemas era tan sutil como embriagador, y mientras, iba introduciendo poco a poco mi glande violáceo entre sus labios cálidos. Sentí el recorrido de su lengua explorando la punta de mi verga y metiéndose en el pequeño orificio que no paraba de secretar su jugo. Se quedó allí, proporcionándome mil delicias. Sus dedos, que seguían acariciando mis bolas, pasaban superficialmente por toda la zona sin ejercer presión alguna. ¡Qué delirio! Entonces su nariz avanzó muy despacio hasta entreverarse con los pelos de mi pubis. Mi palo había quedado totalmente sumergido en su boca. Él casi no se movía. Sólo deslizaba su lengua para masajear todo el largor de mi miembro atrapado en sus fauces. Ignoraba como lo hacía, pero era un verdadero maestro en ese arte.
Sólo después de un rato comenzó a zarandearse sobre mi sexo y sus movimientos siguieron acompasadamente un vaivén de bombeo sobre la vara que se estaba tragando. Fue acelerando el ritmo y yo no podía dejar de responder arqueándome de placer. Cuando lo creyó oportuno agregó mis pelotas a su recorrido lingual. Succionó cada una como si se tratara de manjares deliciosos. Tantos deleites al mismo tiempo me hicieron tambalear. Perdí el equilibrio y él me hizo caer sobre la cama a tiempo que se encaramaba sobre mí.
Con la misma maestría Vermont desplegó su técnica oral atrapando ahora mis tetillas. Las excitó, lamió, chupó y hasta las mordisqueó con el soberano dominio de quien sabe proporcionar placer a un hombre. Mis pezones se erizaron poniéndose duros como rocas. Él los amasaba entre sus dedos mientras volvía a meter una y otra vez su lengua entre mis labios, alternando pezones y boca. Tenía el particular talento de manejar a la perfección los umbrales del dolor cuando me aplicaba reiterados mordiscos, deteniéndose en el preciso momento que estos serían insoportables, y la inmediata caricia dulcísima de su lengua reparadora. Así me tuvo bastante tiempo, y yo me debatía entre el goce adolorido y la ternura más relajante. Mis pezones ardían, nadie jamás los había sensibilizado de esa manera.
Evidentemente, en la cama Vermont también llevaba la batuta.
Yo me abandoné a esa situación con total entrega, halagado con sus caricias, excitado por su virilidad avasallante y paralizado por su personalidad segura y protectora. Nunca hubiese imaginado que detrás de ese rígido e intimidante director de orquesta, estaba ese hombre increíble, capaz de hacer llegar al cielo a su amante.
Yo estaba extasiado, en medio de un estado de inhabilitación completa que me llevaba a un limbo de placer extremo y me hacía experimentar sensaciones que no creía tener en mi haber. Pero mi corazón empezó a latir fuertemente cuando él me giró con decisión hasta ponerme boca abajo sobre la cama. Y todas las delicias de su boca se me ofrecieron en el punto más vulnerable de mi ser, allí donde un hombre elige entregarse total y definitivamente.
Vermont abrió mis nalgas delicadamente, como si fuesen de porcelana y pronto se sumergió allí donde el surco acuna el orificio del placer. Su aliento caliente me erizó el vello de mis pliegues más íntimos. Me abrí instantáneamente ante su boca. Su lengua no se hizo esperar. El placer era tanto que no podía dejar de gemir, a tiempo que mordía las sábanas y las agarraba hasta retorcerlas fuertemente.
Su lengua era deliciosa. Actuaba con sapiencia en cada punto crucial de mi sensibilidad. A veces con sutiles toques, otras con fuertes sobadas, manejando pausas, continuidades o insistencias… era estremecedor. Como hombre, él conocía perfectamente aquellos sitios donde otro hombre sentiría un gozo inevitable. Sus labios, la aspereza de su barba frotándose en mis glúteos y en las proximidades de mi ano, su abrasador aliento que lo abarcaba todo, fueron las eróticas armas que iba alternando dándome a entender que uno podría enloquecer de placer si él así lo quería.
Entonces tomó mi sexo, que a esa altura parecía querer estallar, duro como acero y mojado completamente, y empezó a masturbarme con movimientos estudiados y rítmicamente perfectos. Con su otra mano, recorría mis testículos, mi perineo, cada pliegue y cada vello circundante. Después, con magistral dedicación, empezó a alternar su lengua con algunos dedos al introducirlos por turno en el umbral de mi agujero dilatado. Yo no tenía noción de nada, ni del tiempo que pasaba, hasta por momentos perdía toda sensación espacial al olvidar en qué sitio me encontraba, tal era la conexión con el placer que estaba experimentando.
Por debajo de mí mismo, alcanzaba a ver el portentoso miembro de Vermont, alzado en dura erección y meneándose muellemente a cada acción de sus movimientos. Era inquietante, como si estuviera esperando dar la estocada final en mi retaguardia cada vez más a merced de su conquistador.
Vermont intensificó sus actividades orales, a la vez que me metía más dedos en mi ardiente hueco. Mi ano estaba tan abierto que todo el borde se me había proyectado hacia afuera, lubricado en saliva y caliente por tanta fricción. Acompañé con movimientos de la pelvis toda esa tarea tan excitante. Él seguía masturbándome, cuidando atentamente cuando debía acelerar o disminuir sus movimientos para que yo no me derramara en semen. Todo eso hacía que mis piernas se abrieran en su punto máximo. Creo que por primera vez sentí con una intensidad desconocida lo que significaba entregarse completamente a un hombre. Él hacía que yo pudiera abandonarme de esa manera sin temor ni impedimento alguno, me prodigué a sus manos y a su boca con una confianza absoluta.
No tuve una idea certera de cuánto tiempo había pasado, pero en un momento dado, dejé de sentir la lengua de Vermont en mi culo. Toda la zona había quedado tan sensibilizada que yo seguía lanzando bramidos sin parar. Quedé a la espera de la próxima delicia, pasivo e inánime. Entonces Vermont se acomodó perfectamente a horcajadas detrás de mí. Su duro sexo empezó a rozarme el ano y podía escuchar en cada fricción el ruido de la lubricación pacientemente obtenida. Sentir su pija probando suavemente cada encaje con mi entrada me llevó a otro éxtasis de ansiedad. Deseé profundamente y de una manera frenética que me poseyera cuanto antes, y para eso movía mi pelvis en busca de su ariete inflamado. Vermont, que no hacía nada desaforadamente, se tomó todo el tiempo del mundo para que yo deseara incontrolablemente, y cada vez más, la penetración inminente. Su firmeza y pasión por lo que hacía eran impresionantes. Y a la vez, se notaba claramente que él gozaba muchísimo con esa ardiente metodología. Elegía siempre los movimientos pausados, minuciosamente estudiados, definitivamente tiernos, pero firmes y convincentes.
Por fin, cuando todos los dulces juegos fueron intensificándose, él comenzó una penetración cuidadosa y lenta. Su tronco era fuerte, contundente y se había puesto increíblemente grueso, por lo que al principio no le fue fácil avanzar sobre mi ano. Pero el deseo mutuo fue definitorio y entre ambos pudimos seguir introduciendo ese mástil durísimo en mi más íntimo interior.
Mis nalgas sintieron el contacto de su pelvis y sus bolas se acurrucaron entre las mías, confundiéndose vellosidades, texturas y temperaturas. Una vez adentro, Vermont comenzó a moverse desde el meneo más imperceptible posible hasta, poco a poco, el ritmo apasionado de un bombeo enfurecido.
Nunca había sentido un placer, que por creciente y lentamente concebido, disparara y desarrollara tantas sensaciones de plenitud y goce exacerbado. Me penetró intensamente besándome cada tanto en la nuca, hombros, cuello, espalda… y yo me sentí inmensamente deseado.


Luego, sin quitar su pene de mis entrañas, me tomó firmemente por la cintura y fue girándome hasta que quedé acostado de espaldas frente a él. Instintivamente subí mis piernas apoyándolas firmemente en sus hombros. Vermont, arrodillado en la cama, tuvo así mejor campo de movimientos. Ahora me penetraba más profundamente, besándome los tobillos o los dedos de los pies. En esa posición podía deleitarme con la vista de su torso desnudo. Sus vellos eran el aderezo perfecto para sus proporcionadas formas. Él se inclinó y me invitó a atrapar con mi boca uno de sus prominentes pezones. Lo mamé como si fuera a extraer la leche de los dioses. Después pasé al otro, y estuve alternando así mis chupadas mientras veía como él gozaba enormemente cada vez que mi lengua hacía su trabajo.
Entonces hizo algo que me volvió loco. Me acercó la palma de su mano a la boca e hizo que la lamiera llenándola de saliva. Inmediatamente se la llevó a su propio culo, y al repetir una y otra vez eso, fue lubricándolo paulatinamente sin dejar de penetrarme. Cuando consideró que la lubricación era suficiente, abandonó mi ano y me acomodó las piernas extendiéndolas sobre el lecho. Entonces se sentó rápidamente sobre mi sexo, ensartándoselo en el culo de un solo movimiento.
Gemí fuertemente por el tremendo placer que mi verga sintió al quedar enterrada en su caliente agujero. Vermont estaba sentado sobre mi miembro, y rápidamente empezó a moverse de tal manera que su ano bien abierto y lubricado se deslizó sin problemas hasta la base de la rígida erección. Él entrecerraba los ojos y gozaba mordiéndose los labios. Su pija hinchada y siempre dura saltaba de arriba a abajo con grandes sacudidas por los movimientos que él mismo hacía arriba mío. Mi dulce jinete pronto estuvo listo para ofrecerme su líquido más sublime. Arqueó sus cejas en una expresión que nunca olvidaré y comprendí que estaba a punto de eyacular. Bajé la vista hasta el enorme pene que aporreaba mi abdomen, y maravillado observé como su glande inflamado lanzaba sus primeros y tímidos trallazos sin asistencia alguna, pues el único contacto que parecía disfrutar era el que obtenía a través de los fuertes golpes de su verga contra mi cuerpo. En unos segundos esas iniciales gotas se transformaron en un torrente de tres o cuatro chorros violentos. Su semen saltó entonces sobre mi pecho, embadurnando mis pelos y llegó también hasta mi cara. Con un gemido de león, Vermont alcanzó su gozo culminante. La verga, que se sacudía por los aires a causa de sus fuertes movimientos, terminó por desparramar su leche en todas direcciones.
Después de que su esperma se fue agotando, descansó un instante sobre mi pecho y me besó con una dedicación infinita. Sin decir palabra fue descendiendo con sus labios y navegando en sus propios fluídos a través de mi torso hasta atrapar nuevamente mi verga. Yo sabía que no la soltaría hasta que derramara mi orgasmo en su boca. Tomó mi miembro por la base, justo debajo de mis testículos, ejerciendo una presión perfecta. Entonces su boca me fue masturbando con intensidad creciente, y yo, que estaba al borde de la inconciencia, no tardé mucho en dejar paso al máximo placer. Entre espasmos eyaculé y derramé todo mi espeso líquido dentro de su boca.
Vermont entonces me tomó de las manos, apretándolas fuertemente. Sentí una unión muy especial con ese hombre al que había descubierto en tan poco tiempo. Él tragó toda mi ofrenda impidiendo autoritariamente que yo sacara mi pene de su cavidad bucal. Libó hasta la última gota de mi caliente miel, y después siguió atrapando mi sexo entre sus labios hasta que, pasado un largo rato, perdiera su dureza. Luego me abrazó por la cintura y apoyó su mejilla en la mullida almohada de mis genitales, sin hablar, unidos los dos en apacible limbo, comunicándonos todo sin decir nada, y cada tanto acariciándonos mutuamente.
Esa noche me quedé en su habitación. Nos dormimos sin darnos cuenta. Y muy temprano, nos despertamos abrazados y sonrientes, satisfechos hasta la plenitud por lo que habíamos hecho, pero también, nuevamente erectos y calientes. Volvimos a hacer el amor y la segunda vez fue aún más ardiente que la primera. Entonces todo me hizo pensar que con Vermont podría llegar a tener algo mucho más importante que una simple relación ocasional.
-Esta tarde viajo a Buenos Aires y mañana tomo mi vuelo a París.
-Lo sé – contesté, sin ánimo melodramático, pero con cierto temblor en mi voz.
-Mon tendre ami…
Ambos nos quedamos en silencio, aunque estábamos pensando lo mismo.
-Marcelo, ¿y tu cuándo viajarás a Europa? – me preguntó finalmente.
-Europa...  - dije, repasando mentalmente mi agenda – viajo a Ámsterdam dentro de dos meses, voy a hacer una grabación.
-Dos meses…, cuánto tiempo…
-Pasará muy pronto.
-Amigo mío, cuando uno quiere que el tiempo pase cuanto antes, todo se hace una eternidad.
-¿Por qué decís eso? – pregunté sonriéndole, con intención.
-Por nada, por nada… ¿dos meses, dijiste?
-Sí. Después sigo hasta Suiza.
-¿Estarás cerca de Genéve?
-Estaré "en" Genéve.
-¿De veras?
-Sí ¿por qué?
-Hum… ¿puedo ir a verte?
-Claro, voy a hacer el Emperador.
-No, a escucharte no, a verte… bueno, a escucharte también, pero…
-Sí, sí, ya entendí – dije, conteniéndome para no reír.
-¿Podría, entonces?
-Claro que sí. Voy a estar esperándote.
-¿Y dónde vas a vivir en Genéve?
-Creo que pararé en lo de un amigo, aunque todavía no sé si él estará para esa época.
-¿Un amigo?
-Sí, un amigo.
-¿Qué tipo de amigo?
-Uno que tengo en Genéve - dije sonriente, mordiéndome los labios, y notando, divertido, su turbación.
Se quedó callado un momento, acariciándome los pezones mientras yo descansaba mi cabeza en su hombro. Estuvo pensativo un tiempo, inquieto, como queriendo preguntarme algo.
-Genéve está a un paso de Lyon.
-¿Ah, sí? – dije, como si no lo supiera, aguantando mis ganas de reír.
-Oui.
-Ahá.
-No, es que, digo…, si no tienes donde parar, si no sabes si estará o no tu amigo…, y como los hoteles en Suiza son tan caros…
-Ahá…
-Bueno… ¿te parece bien si…? No, no… será incómodo para ti…
-Si me parece bien, ¿qué? – pregunté, desarmado de ternura.
-Si te parece bien quedarte en mi casa. No tendrías que preocuparte por nada… yo podría…
-¿Sí?
-Yo podría llevarte en auto… y…
-¿Y qué?
Entonces él tomó impulso y respiró antes de decidirse a continuar.
-Marcelo ¿Alguna vez has pensado en vivir en Europa?
La pregunta me atravesó dulcemente el corazón. Lo miré, y puse mis brazos alrededor de su cuello.
-De hecho, creo que cada vez estoy teniendo más motivos para establecerme allí.
-¿De veras? Bueno, por supuesto, con tu carrera, tu gran actividad… es lo más lógico.
-Claro, mi actividad… sí – respondía enternecido, aguantando las ganas de comérmelo a besos.
-¿Y tienes pensado vivir en algún sitio en especial?
-Tengo una idea, sí. ¿Pero vos que me sugerís?
Vi como se le iluminaba la cara:
-Definitivamente: ¡Lyon!
Me abrazó fuertemente y hundí mi risa en su mullido pecho, que en ese momento me pareció enorme.


Franco, Bs. As. 2008