domingo, 27 de noviembre de 2016

El cuentito de fin de mes



ATHANAEL 
-------------------
Cuento inédito, 2016
-------------------



Alto Egipto, mediados del siglo XVIII

Determinados y rápidos, con el único y terrible objetivo de degollar a su presa, los diez mamelucos se arrojaron sobre su víctima. Sólo opondría una irrisoria resistencia a aquellos asesinos profesionales al servicio de un pequeño tirano local que alentaba sus fechorías. Alocada sí, pero que le valió un milagroso escape de inesperada agilidad e ingenio brillante.
El barón Heinrich von Lachner jamás hubiese imaginado que allí, en pleno desierto, sería atacado por una banda de malvivientes. Llevaba un arma de fuego, una hermosa pistola de tres cañones que, estaba seguro, era el botín codiciado, un botín por el que lo matarían sin detenerse a pensar. Pero él prefería mantenerse fuera del alcance de sus agresores, aunque sabía que, llegado el caso, haría fuego sobre ellos para defenderse.
El tiempo desaparecía bajo la arena de las dunas; el sabor de la eternidad brotaba de la inmensidad silenciosa, apenas turbada por el vuelo de los ibis.
Lachner corrió hasta perder el aliento. Puesto que tenía una importante ventaja, el conocimiento del terreno, sacó de ella el máximo beneficio. Con el brinco digno de una gacela, cruzó el lecho seco de un uadi y, luego, trepó por la pedregosa ladera de una colina.
Sus perseguidores, demasiado gruesos, sudaban la gota gorda. Uno de ellos se torció el tobillo, y arrastró en su caída a tres de sus compañeros. Los demás se ensañaron con él, vociferando contra aquella maldita presa de inagotable aliento. Pero Lachner era un viajero incansable que aprovechó su excelente estado físico, una vez más, un hecho que le salvaba la vida.
Flanqueó una extensión de arena blanda en la que se hundieron dos mamelucos, socorridos por sus congéneres. Furioso, un obstinado no renunció: cuando vio que el barón se le escapaba, lanzó colérico su sable.
El arma falló por poco su blanco.
Lachner corrió mucho tiempo aún, evitando dirigirse hacia el monasterio, pues no quería ponerlo en peligro. Sin aliento ya, se arrodilló al pie de una acacia e invocó a Dios. Sin Él no habría escapado de aquellos depredadores. Cuando hubo recuperado el resuello, el hombre volvió sobre sus pasos y se aseguró de que los mamelucos hubieran dado marcha atrás. Acostumbrados a victorias fáciles, temían a los demonios del desierto y detestaban permanecer allí.
Al caer la noche, Lachner, al límite de sus fuerzas con las que apenas podía caminar, se dirigió al monasterio fortificado de San Teófilo, un sitio que siempre tomaba como referencia en sus viajes y que conocía bien por sus reiteradas visitas a través de los años.
Dio tres golpes a la pesada puerta de madera y vio aparecer al guardián del umbral, uno de los tantos monjes que habitaban el monasterio, en lo alto de la muralla. A la luz de una antorcha, éste identificó al recién llegado.
-¡Santo Cielo! ¿Qué ha ocurrido?
-He escapado de una pandilla de agresores.
El guardián del umbral abandonó su puesto de observación para entreabrir la puerta del monasterio, y llevó a Lachner hasta el gran abad, que estaba estudiando un papiro repleto de jeroglíficos. Era un anciano de casi cien años y pocas veces salía ya de su cámara, convertida en biblioteca.
-Padre, el Señor sea contigo, una vez más imploro vuestro asilo – exclamó el noble.
-Que el Señor también sea contigo, hijo mío. Sabes que eres bienvenido y no es necesario que implores para que te abramos las puertas de San Teófilo. Somos nosotros quienes siempre hemos estado en deuda contigo.
-Mi gratitud, gran abad.
-¿Otra agresión de esos bárbaros?
-Sí, gran abad – dijo el barón Lachner, a tiempo que dejaba caer su cuerpo sobre una banca.
-Horribles tiempos vivimos. Desde que Bizancio fue aniquilada, el Imperio otomano reina tiránicamente. La amenaza también se extenderá hacia vuestras tierras, tú lo sabes.
-Muchos nobles como yo seguimos informando a nuestros soberanos de lo que aquí sucede. He visto agonizar Egipto, su población perece bajo sus altos impuestos, el pachá deja que actúen los beys de El Cairo, esos explotadores a la cabeza de milicias armadas que pasan su tiempo matándose entre sí.
-Para nuestro infortunio, es el tiempo de los mamelucos. Sus fuerzas son implacables y están bien equipadas. Miseria, hambre y epidemias estrangulan las Dos Tierras. El alto y el Bajo Egipto, y la gloriosa Alejandría ya sólo cuenta con ocho mil habitantes.
-Gran abad, hoy mismo he probado esa furia. Yo… - balbuceó Lachner, pero sus fuerzas cedieron y se desmayó desplomándose en el piso.
Inmediatamente asistieron dos monjes que, pese a su avanzada edad, lo sostuvieron para llevarlo a un sitio donde pudiera descansar.
-Llevadlo con Athanael – dijo el gran abad, sin necesidad de levantar la voz.
-Sí, Athanael. Él lo cuidará – exclamó uno de los monjes, haciendo señas al otro para maniobrar el peso muerto del barón.
-¿Podrá hacerlo? el muchacho no es más que un pobre infeliz que tiene por mente una nuez - dijo uno de ellos.
-¡Llevadlo con Athanael! - repitió el gran abad, y tal aseveración terminó con el estéril debate.
Lachner, saliendo apenas de su desmayo, pero sin poder ponerse en pie, había escuchado a los monjes y temió encomendar su estado deplorable a un inepto. Su cuerpo, lacerado y sucio, estaba dando cuenta de lo pasado los últimos días. Sin llegar a pasar hambre, había comido poco y las pocas fuerzas que le quedaban las había agotado en la desesperada huída. Volvió a perder el conocimiento, abatido por el cansancio.
Los monjes lo transportaron hasta un cuarto grande apenas iluminado por una lámpara de aceite cuya llama estaba próxima a extinguirse. Depositaron al barón sobre un gran camastro y uno de ellos batió palmas para llamar a quien reinaba sobre ese oscuro y pobre lugar. Enseguida apareció un muchacho desde las sombras de la habitación, como si se tratara de un espejismo o, mejor dicho, de un feérico espíritu. No le dijeron nada. Le indicaron su trabajo con un conocido gesto al que el chico sólo respondió con una bajada de párpados, sin decir palabra.
Los monjes desaparecieron una vez cumplida su tarea, dejando a Lachner a solas con el muchacho, que, mirando seriamente al barón y tocando levemente su brazo con la punta de los dedos, consiguió despertarlo.
-Tú debes ser Athanael.
-Sí, mi señor.
-Y bien, espero que puedas al menos darme un plato de comida. Sólo te pido que procures no envenenarme.
-Oh, no, mi señor, será un honor serviros - dijo suavemente, mientras iba hasta el hornillo para atizar sus brasas para poner luego una olla sobre el fuego.
-Entonces hazlo. Dios santo, mi estado es desastroso - balbuceó - ¡malditos mamelucos!
-Si me permitís, barón Lachner, os puedo asegurar que estáis a salvo entre estos muros. Esos salvajes son demasiado supersticiosos y jamás osarían siquiera asomar desde lejos sus mugrosas cabezas hacia el monasterio.
-¿Cómo sabes mi nombre?
-Sé quien sois, noble señor, aquí todos os conocemos. Os he atendido en vuestras visitas más recientes.
-No te recuerdo.
-Es lógico, y en cierta medida me alegro orgullosamente de ello, la presencia de un sirviente jamás debe ser notada.



Lachner se volvió asombrado hacia Athanael y lo observó con fijeza. Iba vestido con unas túnicas rústicas pero pulcras y bien dispuestas sobre el cuerpo imponente. Bajo un turbante ceñido a su cabeza, dos ojos de una claridad perturbadora lo miraban con una inquietante fijeza. Eran ojos inteligentes y bellos que transparentaban la simpleza de su alma. Había algo extraño en esos ojos que llamaban poderosamente la atención, pensó Lachner, pero no se detuvo a pensar qué era. La tez oscura del muchacho contrastaba con lo que parecía una luz intensa salida de sus pupilas. La manos fuertes y ágiles, estaban cubiertas de fino vello que se perdía en el confín de sus amplias mangas. El rostro, signado por la hermosura fascinante de sus rasgos, estaba sombreado por una barba delicada y negra, que a la vez servía de límite para el rojo oscuro de su boca perfecta.
-Por cómo hablas, por cómo miras, por cómo eres, no pareces ser un tonto como dicen los monjes.
-No, no lo soy, mi señor. Pero ellos creen que sí, o, mejor dicho, creo haberles hecho creer que sí. Es mejor así. Si para ellos fuera un hombre normal, seguramente a estas alturas sería uno de ellos. Yo no quiero ser monje.
El muchacho fue hasta una mesa y trajo consigo un recipiente con agua limpia, paños y frescas toallas.
-¿Cuántos años tienes, Athanael?
-No lo sé. Fui recogido por los monjes hace unos quince años. Me abandonaron frente a estas puertas, y entonces yo no tendría más que seis o siete años. Todos dicen que provengo de la aldea, que nunca tuve ni padre ni madre, pero, si bien mucho no recuerdo de aquellos años terribles de hambre y miseria, el rostro de una mujer que posiblemente fuera mi madre, está aún presente en mi mente. Estaba sucio, hambriento,  medio desnudo, y como yo no pronunciaba palabra alguna, los monjes me creyeron un disminuido mental. Con los años, me acostumbré a ese tratamiento, y con algo de ingenio y oportunismo, supe sacar provecho de ello.
-Comprendo. Y descuida, tu secreto está seguro conmigo.
-Gracias, mi señor. Si no supiera eso, no os habría confiado mis palabras.
-Es raro que los monjes te hayan adoptado.
-Oh, ellos no tenían intención de hacerlo. Pero supe despertar cierto cariño en uno, el padre Flaviano, quien fue el único que se ocupó de mí, de alimentarme, vestirme y darme algo de afecto.
-¿Flaviano, dices? - preguntó Lachner, levantando las cejas.
-Sí, mi señor.
-Conocí al padre Flaviano. Lo conocí bien - hizo una pausa, mientras su mirada se ensimismaba. Luego movió su cabeza pensativamente. - Lamento que muriera tan joven. Él, ciertamente, debía conocer tu secreto.
-¿Mi secreto?
-Es decir, que tú no eres un idiota, como todos aquí piensan.
-No lo sé. El padre Flaviano era un ser extraño y contradictorio. Él me enseñó muchas cosas, pero a la vez, parecía arrepentirse de hacerlo, y muchas veces pasaba de un cariño sincero a una frialdad casi cruel.
-¿Y tú le querías?
Athanael bajó la mirada y se incorporó para ir a mirar la olla. Consideró que el caldo estaba listo y vertió una buena porción en un cuenco. Al regresar junto al barón, ayudó a que pudiera incorporarse un poco, gracias a unos cojines que había puesto bajo sus hombros. Luego balbuceó:
-Es mejor que no habléis tanto, mi señor. Tomad este caldo caliente, os hará bien.
-Gracias.
El muchacho sostuvo por la nuca la cabeza de Lachner y lentamente fue dándole de comer en la boca. El barón parecía haberse abandonado sumisamente a él, mientras sentía que un cansancio incontrolable lo invadía palmo a palmo. Tomó el caldo con costosos sorbos, pero como tenía hambre, finalmente dejó el cuenco vacío. Athanael puso el trasto sobre la mesa, y con movimientos cortos y esenciales, se arrodilló junto al camastro.
-¿Qué haces?
-Voy a limpiaros y refrescaros, mi señor.
Poco a poco, las fuerzas iban abandonando a Lachner. Sintió un placentero bienestar cuando Athanael empezó a pasar un paño húmedo y fresco sobre su frente polvorienta. Se relajó completamente y dejó hacer al siervo, que abrió su camisa y apartó la sucia tela hacia los costados. El pecho del barón quedó desnudo. Athanael encendió dos velas nuevas y observó como los vellos descubiertos parecían dorarse con la luz danzante. Humedeció nuevamente el paño y lo frotó suavemente sobre los pectorales de Lachner. Los pelos se dejaron modelar formando zigzagueantes dibujos. Dos botones enhiestos y rosados captaron la atención del joven. Repasó cuidadosamente los pezones, sin dejar de mirarlos fijamente. Lachner echó la cabeza hacia atrás y entrecerró los ojos. Lo fue ganando el sopor y pronto estuvo dormido.

Athanael prosiguió con lo que estaba haciendo. Más guiado por su propia curiosidad que por continuar el curso del aseo, desajustó el grueso cinturón de Lachner y lo apartó a un costado. Desanudó los cordeles del pantalón y desabotonó los flancos. Cuidadosamente quitó también las botas y los soquetes. Se apresuró a quitarle por completo los pantalones. Todo estaba sucio de tierra y polvo, incluso la ligera ropa interior. La desajustó y enseguida la apartó. Finalmente terminó por desnudar completamente al barón que había sido ganado por un sueño demasiado profundo como para despertar.
Athanael contempló el cuerpo de Lachner con un detenimiento absoluto. Allí, recostado en un muelle colchón de pelos abundantes y oscuros, descansaba el grueso miembro sobre abultadas pelotas. Casi oculto por esa selva negra, atrajo toda su atención desde el primer momento.


Enjugó nuevamente el suave paño y lo deslizó dulcemente por todo el torso. El barón pareció aquietar su respiración, que cobró una profundidad calma y pausada. Athanael descendió como guiado por el cerrado sendero de pelos y, ladeando el contorno de los genitales, prosiguió camino de los muslos. Allí trabajó bastante, limpiando toda la piel velluda, alzando y levantando cada pierna y cuidando que las pantorrillas, los tobillos y por último los pies quedaran libres de todo rastro de tierra. Giró con mucho cuidado el cuerpo y enjuagó también las blancas nalgas. Con esmero e idoneidad pudo llegar también a la espalda.

Varias veces había tenido que enjuagar el paño. Después, eligió otro, de una tela especialmente suave. Lo empapó en agua tibia, mezclada con aromáticos aceites y lo esparció mojado sobre el peludo pubis del barón. Lachner pareció suspirar a tal contacto. Sus piernas se separaron un poco, levemente, ajenas a toda voluntad. Athanael acercó más las velas para poder observar mejor lo que tenía ante él. Repasó suavemente la pelvis del barón, y merodeó por el límite boscoso de sus pelos ensortijados y humedecidos por el aceite cálido. Luego fue acercándose al gran pene y lo sopesó dulcemente. Lo tomó entre sus manos y sintió de inmediato una suavidad nueva entre sus dedos. Quiso mirarlo mejor y se acercó lo más que pudo. Frente a sus ojos, el capullo sutil de su piel se abría como una rosa tímida. En sus manos, dominó esa apertura como él quiso para limpiar los pliegues del prepucio. El glande rojo y brillante se mostró finalmente. Aprovechó entonces para frotarlo y aceitarlo. Luego siguió por los testículos y el sendero inferior que comenzaba desde allí hasta el borde del ano. Necesitó levantar las piernas para adentrarse más en la íntima zona. Cuando lo hizo miró nuevamente el miembro de Lachner. Se había endurecido.


Athanael abrió los ojos como lunas. No daba crédito al nuevo tamaño que el falo había conseguido. Maravillado con la visión, advirtió como la verga seguía poniéndose cada vez más rígida en medio de latidos persistentes. Palpó el contorno del ano y como respuesta, la punta de la lanza emitió un goteo cristalino y persistente al tensarse nuevamente. El muchacho sonrió, conmovido por esa nueva manifestación viril. Tomó las gotas entre sus dedos y olió el líquido al acercarlo a su nariz. Por misteriosa razón sintió deseos de sentir también su gusto. La punta tímida de su lengua se asomó y probó un poco. Sabía a dulce. Miró el rostro de Lachner. Tenía, sumido en su sueño, una expresión plácida y de sosiego.
Athanael untó el resto del cuerpo de Lachner con el aceite y se encargó de que cada centímetro de su piel se sintiera reconfortado por la nueva frescura del líquido. La verga del hombre, enhiesta y temblorosa, parecía implorar su contacto. Entonces el joven acercó nuevamente su cara al inquietante sexo. El perfume tenue del aceite mixturado con el de hombre lo invadió por completo. El impulso fue simple y contundente: sus labios se abrieron y se posaron apenas sobre el glande descubierto del barón Lachner. De inmediato el pene se arqueó en una tensa vibración y como por encantamiento, apareció un chorro de semen que se derramó enérgicamente entre los labios de Athanael, que, hechizado como si hubiera hecho una infantil travesura, no dejaba de sonreír.

***

Un monje enviado por el gran abad se apersonó esa mañana en el recinto donde Heinrich von Lachner seguía dormido. Athanael, que no se había separado de su lado, levantó la vista y se apresuró a poner un velo negro sobre su boca. Miró al monje y esperó.
-¿Cómo sigue?
El joven hizo un gesto y movió la mano sobre el rostro de Lachner.
-Tiene buen semblante. Seguramente estará restablecido en pocos días - musitó el viejo monje - informaré de esto al gran abad. Cuídalo.
Athanael levantó las cejas y su cabeza se ladeó. Pero esto no fue advertido por el monje que se retiraba lentamente sin presarle atención. El joven sabía que la aparente calma de su paciente, podría ser la antesala de algún mal inesperado.
Y así fue.
Durante los siguientes días el barón cayó en un estado de fiebre intensa que lo sumió en delirios y alucinaciones. Athanael se entregó a su cuidado hora tras hora, velando por él todas las noches y alimentándolo pacientemente durante los breves momentos en que Lachner despertaba, ido y ausente. Preparó densos ungüentos que untaba sobre su pecho. Elaboró sus habituales jarabes con hierbas raras y buenas que sólo él conocía y que suministró estratégicamente al enfermo en estudiadas dosis. Combatió las altas temperaturas del quemante cuerpo con agua fresca del pozo, día tras noche, y así durante más de una semana.
La vida del monasterio no se había alterado un ápice por esto, y los monjes, poco a poco, fueron acostumbrándose a no esperar siquiera una mejoría, preparándose para, de un día a otro, desayunarse con la noticia de que el barón había muerto. Oraban y esperaban.
Athanael, no oró. En cambio hizo todo lo posible para que Lachner volviera en sí, y, a pesar de su agotamiento, lograr alejar el mal de su cuerpo. Él sabía que no podía dejar que muriese. Volvió la vista hacia un lugar secreto de la habitación, y como si fuese una visión, pareció ver el rostro transfigurado del padre Flaviano. Sí, era imperioso que Lachner viviera.
Una noche, en que el joven siervo se había dormido al reclinar apenas su cabeza sobre el borde del lecho, el viento cesó de repente y reinó un silencio de muerte. Depertó, sobresaltado y, a la luz mortecina de las lámparas, vio con espanto que Lachner estaba pálido como la leche. Su rostro no tenía expresión alguna y el pecho apenas daba cuenta de su pobre respiración. Pasmado, llevó una mano hacia la frente. Estaba helada. Rápidamente buscó una pesada manta y la acomodó sobre el lecho. Fue hasta el hogar y atizó el fuego en tanto agregaba más leña. Desesperado, se quitó toda la ropa y se metió bajo las cobijas junto al barón, abrazándolo fuertemente para transmitirle todo su calor. Con las manos recorrió todo el cuerpo, frío como una tumba, y lo frotó enérgicamente mientras apretaba sus acaloradas mejillas contra las descoloridas de su paciente.
Athanael estaba angustiado, pero no por eso había perdido la calma. Con infinito celo siguió abrazándose a Lachner, fundiendo ambas desnudeces bajo las mantas del lecho y transmitiendo su propio calor durante un buen tiempo. Con tanto rozamiento, pronto se dio cuenta de que una erección empezaba a endurecer su miembro. Lejos de sentir alguna represión por ello, interpretó eso como la cosa más natural del mundo. Los pelos restregados entre sí, los de él y los de su pobre protegido, dejaban oír un rumor sordo, único ruido en toda la habitación.
El siervo deseó con toda su alma la salvación de Lachner, sabía que podría morir en cualquier momento o bien superar la crisis milagrosamente si conseguía reanimar la circulación de su sangre. Miró nuevamente la cara del enfermo. Inerte. Parecía partir de este mundo. Sin pensarlo se puso a horcajadas sobre él y lo cubrió enteramente son su caliente cuerpo, rodeándolo con brazos y piernas. Su duro pene se instaló sobre el otro, dormido y débil. Temió lo peor y maldijo, silencioso, al destino. Entonces, como si quisiera en un intento extremo insuflar su propio aliento a través de aquella boca entreabierta y seca, posó allí su labios y besó a Lachner, entregándole así parte de su propio aire. Se detuvo por un momento. Quiso, esperanzado, ver algún atisbo de vida en la cara indolente. Nada. No sabía qué hacer. Desesperado, invocó mentalmente un ruego: "padre Flaviano, por favor, ayúdame..., no dejes que él muera".
Entonces, finalmente, y justo cuando el último parpadeo de la llama cercana se extinguía fundiéndose en la tiniebla del cuarto, el pecho de Lachner tembló y se hinchó violentamente al inspirar una profunda bocanada de aire que lo hizo gemir en una queja sonora. Abrió los ojos y vio sobre sí la sombra de Athanael a contraluz. Ya no estaba frío. El joven lanzó un sonido de sorpresa y volvió a abrazar a Lachner.

***

-¿Cuántos días estuve así?
-Ocho, mi señor.
-No puedo recordar nada.
-La muerte estuvo rondando todo ese tiempo, pero finalmente se alejó.
-¿A ti, muchacho, debo agradecer que la espantaras?
-Oh, no. Nadie puede espantar a la muerte, mi señor. Ella sola decide qué hacer: quedarse o irse,
-Athanael...
-Aún estáis débil. No habléis.
-Tengo frío.
-El sol os dará calor, pero tenéis que ayudarlo un poco. Ahora es menester que comáis algo.
Athanael procuró que su paciente se sintiera cómodo sobre los cojines del gran sillón en el que estaba recostado. Estaba sentado a sus pies, desde esa posición le alcanzó un recipiente con un guiso tibio. Los rayos del sol vespertino aún descendían cálidos sobre ellos en la gran galería del patio.  Lachner obedeció sumisamente las suaves consignas del joven y comió todo lo que había en el plato. Luego bebió de una jarra que Athanael puso solícito en sus labios.
-Sabe extraño. ¿Qué es esto?
-Medicina para que el alma quiera quedarse definitivamente en el cuerpo. Contiene algunas hierbas buenas, beleño, cerveza y vino.
-Por lo visto sabes cómo hacer para que mi alma se quede.
-Sí, mi señor.
-Bendito seas ¿Y cómo lograrás que con esto se quede también mi cabeza?
Athanael no pudo contener la risa. Lachner también sonrió y miró con gratitud a su abnegado sanador. Sabía que le debía la vida.
El joven, después de procurar que su paciente bebiera todo, hizo un gesto amable y se alejó en dirección al huerto. Desde su cómodo sitio, Lachner podía ver a lo lejos la figura de Athanael trabajando junto a otros monjes. Lachner sonrió, complacido y absorto por ver en plena actividad a su joven salvador, que, bebiendo un largo trago de agua, se abocaba al cuidado de las tantas hortalizas que eran la base de la alimentación monacal. Fuerte, lozano, de cara al sol, y siempre dispuesto con el mejor humor. Había algo en ese muchacho que lo incitaba a una natural revitalización en su convalecencia. Tal vez porque viera reflejada en él su primera juventud. Le atraía su persona, su ánimo fuerte y seguro, propio de una persona mucho mayor, de esas cuyo espíritu ha sabido forjar la sabiduría de la vida vivida.
Estaba inmiscuido en esa visión. No pudo advertir que un observante se había dado cuenta de su interés.
-¿Tanto os interesa el muchacho, señor?
El barón se volvió sobresaltado al escuchar esa voz cascada y algo cavernosa.
-¿Quién sois?
-El hermano Macario, barón.
-No os había visto antes.
-Debéis cuidaros de él.
-¿De Athanael?
-De Athanael, sí.
-Hermano, no veo qué peligro pueda amenazarme estando a su lado.
-No es más que un bastardo con la mente retrasada, señor.
-Vaya, por lo visto, lo conocéis bien - dijo, riendo para sus adentros.
-Conozco su espíritu rebelde, el mismo que suele conducirlo por los caminos del diablo.
-Tengo entendido que el gran abad me confió a sus cuidados. ¿Pensáis que él me pondría en las manos del mismísimo demonio?
-No os molestaré repitiendo otra vez mi consejo, pero tengo que advertiros, no os fiéis de él. No es raro que la maldad a veces se oculte bajo la más angelical de las apariencias, de la hermosura de un rostro inocente, de unos ojos transparentes y bellos como los de un querubín, y de formas y pieles tan fascinantes como pecaminosas.
Lachner se asombró ante el tono casi lascivo que había adquirido la voz del hermano Macario, a la vez que encontraba exactas las palabras que había usado para describir la apariencia de Athanael. El monje continuó, con la voz más serena:
-Sí, el gran abad os ofreció con él su infinita misericordia, y es por eso mismo que tenéis que honrar su gran hospitalidad. Tened cuidado, barón. Tened cuidado.
El monje se alejó tan sigilosamente como había aparecido, borbotando oraciones y ocultando sus manos bajo el faldón delantero de su hábito raído. Lachner se quedó de una pieza ante semejantes advertencias, y también incómodo como quien ha sido descubierto haciendo algo malo. Miró nuevamente a Athanael, queriendo entender un significado lógico en las palabras intrigantes del hermano Macario.
Cuando la tarde cayó y los primeros fríos anunciaron las sombras de la noche, Athanael regresó de la huerta y de un sólo movimiento alzó a Lachner en brazos mientras le decía que era la hora de entrar. El barón se sujetó a él, abrazando el cuello del joven y sorprendido por la maravillosa fortaleza de Athanael que, con sumo cuidado lo llevó al lecho del mismo recinto donde habían comenzado sus primeros cuidados. Con esmero acomodó allí a Lachner y dispuso algunas cobijas envolviendo su cuerpo. Sin decir palabra hizo un gesto dócil y fue hasta un rincón donde había agua fresca en un cubo. Inmediatamente se fue desprendiendo de su ropa hasta quedar desnudo y se dispuso al aseo.
Lachner, desde su cama, cambió su expresión y no perdió detalle del ritual de Athanael. El cuerpo desnudo del joven era de una perfección absoluta. Lachner reparó enseguida en la vellosidad de ese cuerpo magnífico. Sus pelos eran negros y profusos en cada sector, acentuándose en brazos, piernas, el centro del pecho y en la definida hilera descendiente hacia el perfilado pubis, un triángulo tan oscuro como delineado. Los glúteos generosos separados por una tajante raya negra eran la armoniosa continuación de los dos pilares largos y firmes de sus piernas. Athanael se inclinó sobre el cubo de agua y ahuecando sus palmas formó un cuenco que llenó y volcó enseguida sobre su cabeza. El agua se derramó por su espléndida anatomía morena. El joven respiró hondo y se deleitó con la frescura deseada. Con un paño claro repasó las distintas partes de su cuerpo. Repitió la operación varias veces, hasta quedar satisfecho rápidamente. Entonces se volvió y Lachner lo pudo ver de frente. En el centro más atrayente de esa desnudez impúdica, el sexo de Athanael, un portentoso miembro flácido y mórbido, se balanceaba descollando por sobre la pelambrera hirsuta. El barón asistía a ese espectáculo como si estuviera viendo un espejismo del desierto, pues la luz difusa que escaseaba cada vez más en la habitación, parecía confabularse con una suerte de sortilegio ilusorio fijado en sus retinas, contribuyendo a que la visión se presentara mucho más irreal de lo que parecía. En su mente, el límite entre ensueño y realidad, había dejado de existir. Debajo de las mantas, y a pesar de que aún estaba muy débil, Lachner experimentó una erección poderosa. Sin quitar la vista de Athanael, comprendió que desde ese momento le resultaría inevitable adorar al muchacho.


Athanael se envolvió con una tela de lino con la que secó su cuerpo limpio. La brisa del crepúsculo irrumpió desde la ojiva elevada y la amplia tela se levantó como por encantamiento. Entonces la visión que parecía haber salido de un sueño se empezó a hacer más real cuando Athanael se acercó al lecho de Lachner, atónito y expectante. Athanael sonrió y su hilera blanca de perfectos dientes se asomó por entre sus labios. Lachner, embelesado, le devolvió la sonrisa. Miró el generoso pecho del joven, cubierto de pelos hasta la nuez de su cuello. Sus pezones, grandes y oscuros, parecían dos guardianes erectos. Dos puntas afiladas que se posicionaban triunfantes por encima de la selva espesa de sus vellos negros. Toda su piel era una invitación a tocar, a sentir, a oler..., al deleite.
-Mi señor, ¿cómo os sentís?
Lachner palpó su duro falo por debajo de las cobijas y se asombró al sentirse tan pleno.
-Estoy muy bien, Athanael. Creo que, definitivamente, has logrado curarme.
Athanael suspiró satisfecho, se vistió, y preparó una cena liviana para los dos.

***

Al pasar los días, el barón Lachner se fue recuperando visiblemente y pronto pudo volver a caminar. Los monjes, sabiendo de su mejoría, le asignaron una celda ya que al parecer no requeriría de los cuidados del joven Athanael. Lachner, respetando la voluntad de sus anfitriones, aceptó de mal grado dormir en la celda, lamentando que ya no pudiera estar cerca de Athanael. En realidad el joven llenaba ahora sus pensamientos. Había cultivado por él un fuerte afecto, y eran muy pocos los momentos del día en los que no pensara en él. De hecho, su pasatiempo predilecto en aquellas horas de convalecencia, era el de sentarse a ver como el joven trabajaba en el huerto.
Era consciente de que tenía que evitar la mirada del hermano Macario, que, subrepticiamente, seguía espiándolo en cuanto movimiento hiciera. Este misterioso accionar del monje lo inquietaba sobremanera, y, a decir verdad, también lo hacía dudar a veces de la transparente inocencia de Athanael, solícito siempre a sus necesidades.
Una tarde, al volver a su celda, Lachner se encontró con el insidioso monje. Intentó evitarlo, pero fue imposible en la estrechez del pasillo.
-Veo que ya estáis recuperado, barón.
-Sí, hermano Macario.
-Loado sea el Señor.
-Si me permitís, ahora debo ir a mi celda.
-¿Vuestra, habéis dicho? ¿Sabéis, señor, quién ocupó esta celda antes que vos?
-Lo ignoro.
-¿De veras?
-No tengo por qué mentiros.
-No lo digo por eso, sino porque me extraña que Athanael no os lo haya dicho.
-Sabéis que Athanael habla muy poco. - mintió Lachner.
-Es verdad, aunque muchas veces lo dudo - Macario observó atentamente la mirada de Lachner, sonriendo con una leve mueca - Pues bien, esta fue la celda del padre Flaviano.
Lachner no dijo nada. Bajó la vista haciendo lo posible para ocultar al monje lo que la mención del padre Flaviano producía en su interior. Macario levantó las cejas, triunfal. Indagó con su mirada de estilete cada pequeño gesto en el rostro de Lachner, intentando meterse en su interior. Luego, al cabo de un silencio prolongado, dijo con cierto tono irónico:
-Bueno, os dejo en paz.
-Hermano Macario.
-¿Sí, barón Lachner? - dijo volviéndose.
-Exactamente, ¿qué había entre Athanael y el padre Flaviano?
El monje ladeó la cabeza y acentuó su sutil sonrisa mientras el ceño se le contraía. Levantó el mentón y dijo con estudiada naturalidad:
-Extraña pregunta, en verdad. Pero, humildemente, barón, no es este simple monje el que deba responderla.
-¿Y quién entonces?
-No dejéis que os atormente el ansia. Reprimid vuestra inquietud, señor. Entre estos muros, no debería existir más que la calma y la tranquilidad de espíritu. Pero no os preocupéis, seguramente el gran abad disipará vuestras dudas mañana, si Dios quiere. Tengo entendido que él desea hablar con vos después del Ángelus. Estoy seguro que tiene algo que deciros al respecto. Mientras tanto, ofreced al Todopoderoso la incertidumbre que ahora os descompone. No creáis que no os comprendo. Pero, barón, recordaréis que hace días os previne. Si me permitís, también yo oraré por vos. Y ahora, disculpadme.
Lachner se retiró a su celda, abrumado por sus pensamientos, por sus recuerdos y por sus dudas. Miró esas paredes pálidas y rústicas, el humilde crucifijo, el breve y esencial mobiliario de cedro... el lecho donde antes durmiera Flaviano. Se recostó sobre él y acercó su cara a la almohada, como queriendo capturar en su nariz algún aroma lejano y familiar. Pero no pudo percibir nada.
En su mente fueron apareciendo imágenes de antaño. Los momentos vividos con Flaviano, a quien había querido primero como a un verdadero hermano y después, con el tiempo, como se ama a un alma gemela. Flaviano había sido parte de su vida, y una parte muy importante. Ahora, intuía una conexión muy estrecha entre Flaviano y Athanael que no podía comprender y que, muy a su pesar, lo inquietaba. La noche lo sorprendió deambulando de un lado al otro de la pequeña habitación. Se desnudó y se vistió con su camisa de dormir. Pero no pudo conciliar el sueño. La luz de una luna creciente teñía de melancolía el recinto.
Se levantó del camastro y fue hasta la puerta de la celda. Oscuridad y silencio. Ni un alma. Decidido salió del cuarto y fue hasta donde Athanael. El perfume de la noche lo invadió y su piel se refrescó con una brisa que lo volvió repentinamente a la vida, esa vida que, finalmente había decidido quedarse en su cuerpo. Recordó las palabras de Athanael cuando se había referido a la muerte. Sí, él había conseguido, finalmente, que su alma se quedara. Sintió a la muerte muy lejos. Y toda la fuerza de la vida cobraba ahora un nuevo impulso.
Su corazón latió con fuerza indómita. Estaba ahí, en el umbral de ese recinto donde el joven vivía. Estaba allí, a pasos de él. Necesitaba verlo.
-Athanael.
-¡Mi señor!
-¿Por qué ese rostro?
-¿Qué hacéis aquí, mi señor?
-No lo sé, Athanael. ¿Lo sabes tú?
El joven estaba semidesnudo. Después de su ritual de aseo, el mismo que hacía todos los días luego de sus labores en el huerto, no se había molestado en vestirse y aún estaba cubierto por la blanca tela de lino sobre sus hombros. Los dos hombres se miraron, con una expresión en el rostro que parecía hablar por sí misma. Athanael asomó su cabeza hacia el pasillo solitario y se cercioró de que nadie rondara.
-Mi señor, debéis iros ya mismo.
-Tenía que verte, Athanael.
-Por piedad, no permanezcáis un sólo minuto más aquí, os lo imploro.
Lachner, lejos de responder al ruego, avanzó y en tres grandes pasos estuvo en medio de la habitación. La luz tenue de la lámpara perlaba el sudor de su frente. Los ojos implorantes, se posaron sobre el joven que visitaba sus sueños. La belleza de su cuerpo apenas cubierto por el lino impactó de lleno en su deseo creciente. Athanael rogó una vez más con sus ojos, esta vez con  renovada angustia.
-Por favor, no tengas miedo de mí. No te causaré daño alguno - dijo Lachner con voz amable.
-Lo sé, mi señor. No es eso. Temo que un peligro os alcance. Nada puede pasarme, pero a vos...
-No, muchacho, nada malo me ocurrirá, descuida.
-¡Silencio! - dijo tajante el muchacho, con la mano atravesándole la boca.
-¿Qué sucede, Athanael?
-¡Callaos!
-¿Qué es?
Unos ruidos sordos se escucharon entre las paredes del pasillo. Pronto se hicieron más nítidos. Los pasos se acercaban. Lachner los oyó esta vez. Miró alarmado a Athanael que lo tomó del brazo enérgicamente e indicándole con un gesto que permaneciera callado lo guió hasta un rincón en penumbras detrás de una ruinosa columna y varios inservibles objetos amontonados.
-¡Ocultaos pronto, señor! - alcanzó a decir a media voz.
En un instante, apareció una figura oscura en el umbral. El joven se volvió y fue hasta ella, rápidamente. Ocultó su semidesnudez bajo una manta raída y esperó callado de frente al visitante. El hombre dio un paso y habló:
-¿Aún despierto?
Athanael asintió con un leve gesto.
-No temas - continuó, hierático - hoy no requeriré tus favores. Estoy cansado.
Entró al recinto fisgoneando todo lo que había en él, ante la quietud sumisa de Athanael que había bajado sus ojos hacia el piso. Lachner, petrificado, escuchaba atento cada palabra y presintiendo cada movimiento del hombre. Conocía esa voz.
-No soy digno de interponerme ante la voluntad del gran abad. Lo sabes. No debería importarme la suerte corrida por el barón, ese extranjero..., ese... intruso. Pero él ha sido confiado a tus cuidados, Dios lo quiso así y yo, servilmente debo aceptarlo. El barón Lachner sobrevivió. No gracias a ti, por cierto, no creas que mereces ese crédito. Él es un hombre fuerte. Conozco cada una de sus aventuras, de las cuales ha salido indemne una vez tras otra. Ésta ha sido una más. - el hombre hablaba como para sí mismo, sin mirar a Athanael, que permanecía callado e inmóvil - He visto como pusiste especial esmero en su recuperación. ¿Qué? ¿pensaste que no me había dado cuenta?. He visto demasiado, Athanael. Sí, poseo esa virtud, la de ver demasiadas cosas. ¿Comprendes lo que te estoy diciendo? No, no lo creo. A veces olvido que le hablo a un idiota. No importa. De todos modos he venido a darte un consejo.
El barón, oculto, apretó los dientes e intuitivamente cerró fuertemente sus puños sobre el pecho. El hombre, que hablaba lentamente, se acercó a Athanael. Tomó la manta que lo cubría y la tiró al piso. El joven cubrió con sus manos su zona púbica como un reflejo de auto protección. El hombre también lo despojó del blanco lino y Athanael, desnudo y temblando, permaneció así intentando respirar cada tanto. El hombre extendió su mano y acarició con el dorso la vellosidad de uno de los juveniles pezones. Su voz, pausada y apenas audible, continuó resonando en la habitación:
-Sí, he visto cómo te estudia. He visto también como lo miras, como le sonríes. Querido niño, ¿cómo podré convencerte de que persigas la luz del bien? hijo mío, ¿no ves que estás caminando al borde de la perdición? ¿no te has dado cuenta de que un paso en falso te condenará por siempre? tienes que confiar en mí. Sé que mis palabras te resultan incomprensibles. ¿Es así realmente? ¿Por qué nunca me miras de frente? A veces temo yo mismo mirarte a los ojos. Busco tu mirada y también la temo. Quiero saber en qué piensas ¿Pero realmente eres capaz de pensar? Sin tu mirada me es difícil saberlo. No obstante en tu mirada, en tus ojos diabólicos, temo también encontrar mi propia perdición - hizo una pausa, conmovido, luego afirmó con mayor vehemencia - por tu bien, por el de todos, y sobre todo por el bien de Heinrich von Lachner, te advierto: aléjate del barón, Athanael, o lo lamentarás. No, no serás suyo. No te tendrá. Tú bien sabes de lo que soy capaz. No hace tanto tiempo ¿recuerdas?, desoíste mi consejo  - Athanael se estremeció, pero cuidó que ese indicio le fuera ajeno a su interlocutor - El Eterno recibió mis oraciones, sí, Athanael, oré tanto por ti, para que Dios te recobrase de aquella relación malsana, y, finalmente la Justicia Divina obró (¡bendito sea el Señor!) por mi mano. Soy un bendecido, sí. Y ahora, me tienes nuevamente. Sabré cuidarte de nuevo con mi infinito amor. Pero apártate y deja que Lachner siga su camino, un camino que no querrás termine para siempre en este monasterio - el hombre guardó silencio. Contempló nuevamente la bella desnudez de Athanael bajando la vista hacia su sexo semioculto y respiró como conteniéndose. Fue hasta la puerta y se detuvo un momento - Veo que ya no llevas el amuleto que te dio el padre Flaviano. ¿Por qué? ¿Lo has extraviado? - Athanael hizo un breve gesto - Qué pena.
El hombre ladeó la cabeza, miró otra vez hacia el interior del recinto, observándolo todo, y desapareció en la oscuridad del pasillo, como un espectro silencioso.
Lachner salió de sus escondite y rápidamente fue al encuentro de Athanael, que a duras penas podía sostenerse en pie. Abrazándolo le preguntó en un murmullo:
-¡Era Macario! ¿Te hizo daño?
-Oh, señor, no preguntéis nada. Idos, os lo suplico.
-No, Athanael. Escuché todo. No te dejaré así, estás temblando.
-Mi señor, corréis peligro.
-No le temo a Macario.
-Él es capaz de cosas terribles. Vos no sabéis...
-Tranquilo. No hablemos de ese infame ahora. Ven conmigo. Siéntate en el camastro.
-No. Debéis iros.
-No me iré. Me quedaré aquí contigo. No puedo abandonarte en este estado.
El muchacho estaba al borde del llanto. Sus ojos húmedos miraron al barón con una angustia indecible. Lachner se sentó junto a él en el camastro y le puso las manos sobre ambas mejillas. Le dijo con infinita dulzura:
-Nadie te hará daño ya, Athanael. Yo mismo te protegeré. Y Macario no podrá hacerme nada, no debes tener miedo.
Acarició una y otra vez el rostro preocupado del joven y fue calmándolo hasta que sintió que el temblor de su cuerpo poco a poco se apaciguaba.
-Debemos apagar las lámparas - dijo Athanael - la oscuridad, nuestra aliada, nos resguardará.
-Sí, mi muchacho - dijo Lachner, y fue a extinguir las dos lámparas de aceite que aún brillaban en el sitio. Quedaron completamente a oscuras. Sólo un pequeño rayo lunar resplandeció débilmente desde la ojiva. Un silencio mágico los envolvió enseguida. Lachner volvió junto a Athanael.
-Tengo miedo de que él regrese.
-No lo hará, descuida. Ahora tranquilízate en mis brazos.
Athanael ocultó su rostro en el caliente pecho del barón. Se sintió seguro y protegido. Con sus manos rodeó el torso de Lachner y su respiración se hizo calma. Lachner, que no dejaba de pasar su mano por el denso cabello de Athanael, cada tanto besaba sutilmente la frente morena.
-Mi señor, ya no tengo miedo ¿os quedaréis conmigo esta noche?
-Sí, Athanael. Mi salvador, mi ángel...
-No soy vuestro salvador, señor.
-Oh, sí, lo eres. Macario, ese traidor, dice que eres la perdición..., que te alejas de la luz de la verdad... ¡insano!, yo te diré algo, querido Athanael: la luz eres tú.



Las manos de Athanael buscaron el pecho de Lachner. Las posó en el escote abierto de su camisa, sintiendo los suaves vellos bajo las palmas. Lachner desanudó los lazos de la prenda y facilitó el libre recorrido de esas manos fuertes. Athanael apartó la rústica tela hacia los costados y el aroma corporal del barón lo invadió por completo. Besó el pecho maravillándose con ese contacto entre el matorral de pelos. Aspiró, embriagándose con el olor tan preciado. Entonces Lachner con precisos y rápidos movimientos se despojó de la camisa. Frente a frente, desnudos, se sintieron más unidos que nunca.
-¿Puedo tenerte en mis brazos?
-Sí, sí..., os lo suplico.
La penumbra cerrada les devolvía la pobre visión del contorno de sus cuerpos. Pero eso no tenía importancia. Sus manos se aventuraron sobre la piel cercana y transitaron contornos, curvas, pliegues y huecos. A través del tacto, sus ojos vedados de luz pudieron tener otra vez la imagen ya conocida de sus cuerpos desnudos. Casi al mismo tiempo se toparon con sendas columnas. Un suspiro compartido dio cuenta de ese contacto. Los sexos, duros y levantados, vibraron vigorosamente al ser tocados. Comenzó entonces una caricia mutua que duró un tiempo largo y sostenido. Cada miembro fue debidamente inspeccionado, acariciado, frotado y reconocido. Los fluidos preliminares no se hicieron esperar y pronto los dos penes estaban resbalosamente lubricados. Las palmas ahuecadas sostuvieron, hermosearon y mantuvieron las dos magníficas erecciones, a tiempo que la agitación de ambos pechos se hicieron difíciles de controlar. Las bocas, cada vez más próximas, respiraron una el aliento de la otra. Hasta que finalmente se ensamblaron, vorazmente, en una unión apasionada y loca. Compartieron su dulce saliva en un beso lento, y la sala se llenó con pequeños sonidos de chasquidos y breves gemidos contenidos.
Lachner se levantó del camastro e invitó a hacer lo mismo a Athanael. Los dos se buscaron entonces, mejor posicionados para tocarse sin impedimento alguno. Volvieron a abrazarse y al hacerlo sus cuerpos temblorosos quedaron pegados uno al otro. La intensa vellosidad de los dos cuerpos se frotaba entre sí con un inconfundible rumor seco. Se besaron nuevamente, chocando también la dureza de sus enormes falos. El barón se arrodilló frente a su muchacho. El escaso resplandor lunar alcanzó a perfilar un definido contraluz sobre la verga de Athanael, palpitante y mojada. Lachner, sobreexcitado por esa visión tan íntima, abrió su boca para abarcar tamaño volumen y tragó el miembro juvenil hasta la peluda base. Athanael gimió asordinadamente y se arqueó de placer. Sintió que las rodillas se le doblaban y que iba a caer al piso, pero Lachner lo asió fuertemente por los antebrazos y dejó que se sostuviera apoyándose sobre su propia cabeza.




El barón dio rienda suelta a su avidez de virilidad. Lamió cada extensión de piel trémula y se transportó al paraíso bajo el efluvio misterioso que emanaba el falo de Athanael. Pudo acariciar la selva de su pubis, sopesar los testículos, viajar por el notable perineo y llegar justo allí, donde el vertiginoso contorno del ano se hacía más velludo y más blando. Toda la zona estaba húmeda por un sutil sudor y sus dedos corrían ágiles por la piel resbaladiza. Cuando aventuró un dedo hacia el más íntimo orificio, Athanael sufrió un espasmo involuntario. Lachner siguió avanzando y presionó la yema entre los suaves pliegues. Con la verga en su boca, seguía libando el delicioso manjar, mientras ya un segundo dedo se posicionaba junto al primero. Athanael se abrió las nalgas con las manos y ayudó a que toda la franja quedara ofrendada en su totalidad. Lachner metió los dos dedos y penetró el umbral rojo. Athanael gimió una y otra vez. Los dedos entonces fueron tres. Lachner abandonó su mástil y fue a buscar más alimento siguiendo el camino que se abría debajo de las pesadas bolas del joven. Así alcanzó el dispuesto culo y para empezar a horadarlo con la lengua. Sintió el calor intenso en sus labios y la creciente dilatación de ese hueco que parecía no tener fin. Cuando estuvo totalmente lubricado, se incorporó ascendiendo tras las espaldas de Athanael. Fue besándolo desde la cintura y subiendo por la guía continua de la columna vertebral, así, su propia verga dura encontró por sí misma la entrada que había preparado su boca y la punta mojada se alojó en el velludo umbral. 



Abrazó el pecho desde atrás y tomó con ávidos dedos los pezones firmes de Athanael. Con un preciso y tenue movimiento de pelvis enterró su glande en el ano del muchacho. Lachner besaba la nuca y los hombros de Athanael con una ternura conmovedora. Pasaba las manos por el amplio pecho, por las axilas, embriagando sus sentidos por ese contacto que, finalmente, llegaba esa noche, después de tanto anhelar despierto y dormido. Pronto la verga desapareció totalmente en el culo de Athanael, que le dio la bienvenida con sensuales sonidos de su lubricación. En un momento, se dejaron caer sobre el lecho y entonces fue cuando los movimientos se hicieron más intensos y desaforados. Agitados, se aparearon intempestivamente. Athanael giró sobre sí mismo y quedó acostado frente a su amante, que tomó delicadamente sus tobillos para apoyarlos en sus hombros. El culo del joven pareció abrirse mucho más en esa posición y Athanael sintió que el largo y grueso miembro del barón lo partía en dos mitades desde su interior. Sintió dolor, pero era un dolor que deseaba con una necesidad casi animal. Un dolor buscado que finalmente se diluía sin límites concretos en un increíble gozo jamás experimentado.
Lachner, reprimiendo el momento próximo al máximo placer, abandonó el interior del muchacho. Cambió de posición y, puesto a horcajadas sobre el borde del camastro, ofreció ahora su trasero. Athanael se colocó detrás de él y abrió con las manos los fuertes glúteos de Lachner. Instaló allí su boca y quiso paladear también ese alimento divino. Lo hizo con una maestría absoluta, saciando su propio apetito pero también suministrándole el mayor de los placeres a Lachner, que, a punto de gritar, se obligaba a morder las mantas del camastro para silenciar su voz. Se abrió los gajos del culo e invitó a Athanael a que lo penetrase. El joven no dudó en avanzar con lanza en mano. Ensartó así a su adorado barón de un solo envión y hasta chocar los dos pares de testículos. La cópula persistió un tiempo que ellos jamás pudieron concientizar. Mutando de posiciones, probando e indagando distintas maneras de penetrar y ser penetrado, así pasaron toda la noche, sometidos a infinitas maneras de amarse, hasta que la luna quedó del otro lado del monasterio.
Finalmente, y llegando a ese punto en que el agotamiento y la máxima excitación son imposibles de sostener por más tiempo, se volvieron a abrazar por enésima vez. Boca sobre boca, pecho sobre pecho y verga contra verga. Apenas tuvieron que moverse para llegar juntos al supremo clímax. Sus miembros, casi al unísono, descargaron uno sobre otro, grandes cantidades de esperma caliente. Bañados en sudor, vibrantes, aún hambrientos de besos y caricias, continuaron amándose por horas hasta que escucharon el canto inconfundible de la alondra.
Entonces, aún en penumbras, se quedaron quietos.
Era tiempo de separarse.
El alba inminente convocaba al peligro. Lachner besó otra vez la boca adorada de Athanael que se colgó de su cuello como afrontando una despedida fatal. Pero él mismo, avergonzado por esa impensada resistencia, volvió también a la realidad, dándose cuenta de que era una locura la permanencia de Lachner en ese lugar. Acarició la mejilla del barón y le dijo en un murmuro que se fuera de allí de inmediato. Lachner, con el alma henchida de júbilo, se vistió, sonrió a su amante, se despidió con miles de pequeños besos, y regresó sigilosamente a su celda sin ser visto.

***

Las luces del día apenas se habían insinuado cuando Heinrich von Lachner, en su celda, escuchó ruidos inusuales tras la puerta: eran voces, tumultos y rumores que extrañaron sobremanera al barón. Cuando salió al pasillo, advirtió las idas y venidas de los monjes, una actividad extraña que alteraba las acostumbradas rutinas monacales. Quiso llegar hasta el gran abad para averiguar qué había sucedido. Alcanzó entonces a interceptar a un monje que venía del sector donde se encontraba la cámara del gran abad. Tuvo que tomarlo firmemente del brazo para que se detuviera.
-Os lo ruego: quiero saber qué acontece, decidme dónde puedo encontrar al gran abad.
-Oh, señor, ¿buscáis al gran abad? el gran abad ha muerto. Dios lo ha llamado a su lado - dijo, haciendo la señal de la cruz.
-¡Por todos los cielos! ¿qué decís? ¿muerto? ¡Gran Dios!
El monje siguió su camino con un gesto servil, dejando a Lachner inmóvil en medio del pasillo. Otros monjes pasaron a su lado sin prestarle atención. Él se tomó de la cabeza, confuso. Caviló. Ató cabos. Fue a su celda y aprontó sus pertenencias y su morral. Espantado, descubrió que su pistola ya no estaba donde la había guardado. Sin embargo, sus pocas prendas, documentos importantes, su brújula, oro y objetos de valor, ¡todo eso estaba allí!, en el pequeño gabinete de cedro. Por más que revisó todo el cuarto, no pudo dar con su arma.
Vistió rápidamente su ropa de viaje y, cargando sus cosas salió como una turba hacia la habitación de Athanael. Pero el muchacho no estaba allí. Observó en derredor, vio una banca ladeada en el piso, un cuenco roto, cosas en desorden, y temió lo peor. Salió de allí y lo buscó por cada rincón del gran monasterio sin éxito alguno. Nadie sabía decirle acerca de él, nadie lo había visto desde el día anterior. Entonces una idea terrible asaltó su mente. Preguntó a varios monjes si habían visto al hermano Macario. Ninguno de ellos tampoco había visto al misterioso monje. Con la desesperación en los ojos, siguió buscando, entre la confusión reinante del monasterio.
Así llegó a la capilla, que con el débil reflejo del alba permanecía en sombras aún. No, tampoco allí había un alma. En todo el convento no había rastros ni de Athanael ni de Macario. De pronto recordó que tras las tumbas contiguas al camino del huerto, había una cripta donde descansaban los restos de los miembros más célebres de la orden. Se dirigió allí de inmediato. Descubrió que la puerta enrejada estaba sin llave. Penetró en el lugar mohoso y oscuro descendiendo los peldaños que conducían a la parte soterrada. Se desanimó al no divisar persona alguna. Ya iba a subir cuando un pequeño rumor lo hizo girar. Bajo la luz que se filtraba desde una ojiva pequeña se hallaba un sepulcro nuevo. Se acercó lentamente. Sobre la losa estaba esculpido el nombre del padre Flaviano. Un estremecimiento frío recorrió todo su cuerpo al leer el querido nombre. Avanzó unos pocos pasos y con sorpresa advirtió que una sombra se ocultaba tras la piedra. ¡Era Athanael! Estaba en cuclillas y desfalleciente de miedo.
-¡Mi señor! ¡Sois vos!
-¡Por todos los santos, Athanael, finalmente te encuentro!
-Mi señor, sucedió algo terrible.
-Sí, lo sé.
-Tuve miedo, me oculté aquí huyendo de Macario, sé que las tumbas lo aterrorizan.
-Gracias a Dios, Athanael, mi niño..., ¿estás bien?
-Sí. Pero, mi señor, hay algo que debéis saber. Sospecho que el gran abad iba a revelaros algo concerniente al padre Flaviano. Iba a hablar con vos después del Ángelus.
-¿Cómo lo sabes?
-Porque él mismo me lo dijo ayer al pedirme aquello que el padre Flaviano, en su lecho de muerte, dejó para vos y que yo atesoré todo este tiempo en el lugar más secreto de mi estancia.
-¿Algo que Flaviano dejó para mí?
-Sí. El gran abad me confió su cuidado, sabiendo que debía llegar a vos sin interferencias maliciosas.
-¿Qué cosa es, Athanael?
-Un cofre.
-¿Un cofre? Cielos. De todos modos, ya no importa, quien truncó la vida del gran abad ya debe tener en su poder ese cofre y jamás llegará a mis manos.
-Os engañáis, mi señor. En las primeras horas del día tuve una premonición fatal. Ni bien os retirasteis a vuestra celda, me escabullí a la cámara del gran abad y recuperé el cofre. Macario, que inexplicablemente rondaba la celda del gran abad, me vio. ¡Sí!, él me vio, mi señor, y yo, aterrado, escapé. Es viejo, no pudo alcanzarme, por eso pude perderme en la oscuridad.
-Dios santo, ¿y el cofre?
-Aquí lo tenéis, es vuestro.
-¡Athanael, bendito seas!
-Es el pequeño cofre que el padre Flaviano dejó para vos.
-Está cerrado.
-Solo yo he tenido la llave todos estos años - Athanael buscó entre sus ropajes y extendió la llave a Lachner - aquí está la llave, mi señor.
-¿Que es lo que contiene el cofre?
-Jamás lo abrí, mi señor. Veréis el lacre intacto. El padre Flaviano dijo que lo cuidara con mi vida, y me confió que el contenido del cofre era tan importante como el amuleto de plata que yo llevé siempre en el cuello.
-¿Un amuleto de plata, dices?
-Sí, un amuleto que tuve desde niño. Sé que me lo había dado el padre Flaviano.
Athanael hizo una pausa y bajó la vista. Luego miró a los ojos de Lachner lleno de remordimiento.
-¿Qué tienes, Athanael? ¿por qué me miras así?
-¡Oh, señor, castigadme con vuestra maldición, porque no soy digno de vuestro perdón! Días atrás comprobé aterrado que había extraviado el amuleto.
-Athanael, mi amado niño, eso ya no cuenta, ahora lo importante es que estás a salvo. Loado sea Dios por eso.
-Pero el amuleto, mi señor..., se ha perdido... y ahora... - el muchacho irrumpió en llanto.
-Athanael, quédate aquí y no salgas por nada del mundo. Estos muertos te protegerán de Macario; el mismo padre Flaviano lo hará, lo sé - dijo, poniendo una mano sobre su sepulcro -  Intuyo donde puede estar ese amuleto. Iré por él y regresaré contigo.
-¿Qué haremos entonces, mi señor? el destino parece obrar en nuestra contra.
-No, no es así, tranquilízate. Vendré enseguida. Ocúltate y espérame aquí.
Lachner se adentró en el monasterio y cuidando de no ser visto por nadie fue hasta las celdas de los monjes más viejos. No sabía cuál era la de Macario, hasta que uno de los bedeles, el más sordo y ciego, le indicó la que buscaba. Se cercioró de que estuviera desierta y entró. Revisó toda la habitación pero no dio con el amuleto. Ya iba a desistir y regresar a la cripta pero se detuvo: sabía que el amuleto le ayudaría a comprender el mensaje que el padre Flaviano había dejado para él, un mensaje que por lo visto cada vez tenía más peso en ese lugar, a tal punto de cobrarse la vida del gran abad para silenciarlo. Entonces, como último recurso, dio vuelta el camastro, y allí, entre los flejes del bastidor, encontró un envoltorio de lienzo protegido con varias cuerdas anudadas. Sin dudas el amuleto estaba dentro de ese extraño embalaje. Alarmado, oyó pasos. Salió rápidamente de la celda y corrió a reunirse nuevamente con Athanael. Después fueron al establo. Athanael se sorprendió al no encontrar allí al caballo negro. Lachner ensilló entonces a la única yegua que podría conducirlos por el arduo camino. ¿Pero cómo salir del monasterio con la gran puerta custodiada?
-Mi señor, conozco otra puerta por donde podréis huir.
-Mi niño, no huiré solo. No habrás pensado que iría a abandonarte en este infierno: tú vienes conmigo.
-¿Qué?
-¿Deseas tú venir conmigo, Athanael?
-¡Ah! ¿Habláis en serio? ¡Yo os seguiría hasta el fin del mundo! - exclamó el joven, con la felicidad en su cara.
-Rápido, no hay tiempo que perder.
-¡Por aquí, señor!



Salieron por un pasadizo raro y estrecho que conducía a una puerta maciza de madera. La salida daba a una parte trasera del monasterio, oculta por palmeras, rocas y barrancas. Athanael, cuidando de mantener a buen resguardo el cofre y la llave, montó tras Lachner sujetándose a él fuertemente. Salieron al galope con el primer sol del día.
-¡Mi señor, a prisa..., es Macario... allí!
-¿Macario? Ese alienado no podrá hacernos nada, mi bien, aunque nos alcanzase.
-¡Tiene una pistola!
Lachner, viró la cabeza hacia atrás y vio que el monje los perseguía montando el caballo negro. Reconoció su propia arma de fuego en la mano derecha de Macario. Lachner castigó a la yegua que pronto aventajó al poco hábil perseguidor gracias a hábiles maniobras en los accidentes del sendero. Durante un tiempo tuvieron que sortear hondonadas y colinas. Pero, una vez alejados del monasterio, Athanael se volvió para cotejar la distancia que los separaba del monje. Vio con horror que un grupo de mamelucos daban cuenta de él en una tremenda emboscada bajo las grandes rocas de un uadi.
-Él ya no nos perseguirá, mi señor.
-Igualmente, Athanael, aún corremos serio peligro. Sujétate.
Pronto se alejaron de allí.

***

Había pasado la tarde cuando llegaron al campamento de unos mercaderes de Alejandría. Estaban a salvo. Se unirían a la caravana y emprenderían el viaje hacia esa ciudad al día siguiente.
El jefe de la caravana los alojó en una tienda después de haber negociado con Lachner los costos por su hospedaje y trayecto hasta el puerto. Se refrescaron en el arroyo cercano y luego comieron algo. Después, exhaustos, se metieron en la tienda con las primeras estrellas.
Cuando quedaron solos, se miraron fijamente. Sonrieron, felices. Lachner abrió sus brazos y Athanael corrió a refugiarse en ellos.
-Mi muchacho: ahora eres libre. Puedes hacer lo que te plazca.
-Quiero permanecer con vos, mi señor.
-¿Qué dices? ¿Quieres ir a Salzburgo conmigo?
-Iré donde sea mientras esté con vos.
-Abandonaremos Egipto para siempre ¿Estás preparado para esa nueva vida?
-No hice otra cosa en mi vida que prepararme para otra vida.
Lachner lo besó. Athanael respondió acariciando su boca con la lengua, ávida, hambrienta nuevamente de deleites y goces. Con calma, pero insistentemente, desajustó los ropajes del barón y lo desnudó por completo. Luego se quitó la túnica y pegó su cuerpo al de su amante. Los dos miembros, rígidos y latientes, se volvieron a encontrar, dichosos de frotarse el uno con el otro.



Se acomodaron sobre las mantas dispuestas en el piso y se tocaron ansiosamente, recorriendo sus cuerpos sin dejar de besarse. Lachner aprisionó los portentosos pezones de Athanael entre sus labios. Enseguida se pusieron tensos y el muchacho se convulsionó arqueando su torso. El barón chupó esas mamas masculinas con fruición, mordisqueando de a poco sus puntas, alternando con su lengua la breve tortura de sus dientes y volviendo a martirizar las oscuras aureolas. Después de unos minutos, las tetillas estaban rojas y amorotadas. Athanael giró sobre sí mismo, y sin apartar sus pezones de la boca de Lachner, tomó con la suya los de su amante. Succionaron sus pechos formidables mutuamente y al mismo tiempo, inflamando cada vez más su deseo y subiendo a cumbres indecibles su excitación. Esa ola les hacía olvidar el gran cansancio que tenían. Volvieron a besarse, a palparse, a frotar sus sexos fuertemente, hasta que el barón cambió de posición y ofrendó su parte más vulnerable en dirección al mástil duro de Athanael. El joven lo penetró con pasión, con la sola lubricación que su líquido transparente había aportado al velludo nido. Lachner gritó contenidamente por el dolor que sentía, pero, lejos de intimidarse, retrocedió hacia el pubis de Athanael y terminó de empalarse él mismo entre un gesto que le sacó un largo y profundo gemido. Arqueándose buscó la boca del muchacho y unió su lengua a la de él. El dolor dejó paso al intenso goce. Athanael se movió con un ritmo constante y cada vez más acelerado, mientras Lachner se afirmó en cuatro patas como una bestia en celo. Abriendo en extremo sus muslos, dejó que la lanza de su amante entrara hasta el fondo, sintiendo como las pesadas y bamboleantes pelotas castigaban las suyas en cada choque.
Entonces, en un espasmo largo y maravilloso, la verga dura de Lachner, sin ser siquiera acariciada, eyaculó con tres pesadas descargas. Athanael besó la nuca del barón y tomándolo desde atrás por sus erectos pezones, derramó su extenso orgasmo dentro del profundo interior.

***

Avanzada la noche, Lachner contemplaba el esplendente cuerpo moreno de Athanael. La desnudez del joven era de una hermosura tal, que las lágrimas, incontenibles, anegaban sus ojos impactados ante tanta belleza. Una belleza tan intensa que era capaz de lastimar, pensó. Conmovido, admiró al joven con ternura mientras éste dormía. Descansaba, agotado, después de una jornada llena de vivencias fuertes. Su pene, antes de un tamaño descomunal, ahora reposaba blando y recostado hacia un lado. Así, dormido, era tan fascinante como cuando permanecía inflamado ante la amorosa batalla. La piel del prepucio lo abrigaba por completo, intuyéndose en sus formas el volumen generoso del glande.

El pecho que tan agitadamente había dado incruento combate, ahora se mecía como la superficie de un calmo lago. Sólo los pezones, en punta y enhiestos, seguían firmes y atentos, como centinelas atentos a una próxima contienda. Un balance perfecto de vello y piel lampiña adornaba con magistral gracia la naturalidad de su anatomía. Lachner quedó, una vez más, absorto ante el mudo espectáculo, maravillándose con la expresión infantil de niño dormido que el rostro de Athanael le brindaba, un niño amparado en el cuerpo de un hombre viril y fuerte. Ese contraste lo seducía a punto de llevarlo hasta la más indecible excitación sexual. Lachner sintió la punción de su inminente erección. Supo entonces que era imposible mantener el reposo de su miembro cada vez que la desnudez de Athanael se presentaba ante él. El muchacho, sumido en profundo sueño, suspiró y se acomodó. Entonces abrió sus muslos y sus brazos, involuntarios, subieron hasta sopesar su cabeza. La espesura negra de las axilas aguijonearon la curiosidad lasciva de Lachner. Los pelos allí eran extremadamente negros. Athanael era la imagen misma de la serenidad más pura. El barón se aproximó un poco e, inclinándose, posó delicadamente sus labios sobre el escroto tibio y mullido. El dormido falo, pareció inquietarse ante el contacto y comenzó a palpitar perezosamente. Lachner sonrió con ternura. En cada latido, el miembro cobraba vigor. Se hizo grande y pronto estuvo nuevamente en pie, brioso y agitado como un guerrero. Athanael, entre sueños placenteros, ladeó su cabeza con un gesto de complacencia. Su sexo cobró la máxima dureza, generosamente expuesto entre las piernas abiertas. Lachner, sin poder evitarlo, lo metió en su boca. Apenas se movió, no quería despertar a su amante. La verga rígida, dentro de su boca, enseguida vibró con una sacudida leve y, para sorpresa del barón, llenó su paladar con una generosa entrega de semen espeso, mientras que de la boca entreabierta del muchacho se escapaba un tenue gemido bajo el imperturbable sueño. Lachner tragó el caliente fluido, vencido en un éxtasis de deleite supremo. Sonriente, abandonó el miembro que casi inmediatamente volvía a dormitar otra vez. Relamió sus propias comisuras aprovechando las últimas gotas y miró el rostro de Athanael.



Pobre muchacho, había pasado victoriosamente por difíciles incertidumbres, amenazas, presagios, miedos y, finalmente, la dicha arrolladora. ¿Cuánto más podía aguantar un alma tan virgen de emociones? era como si todas aquellas cosas no vividas en años, se experimentaran todas en el transcurso de pocas horas.
Lachner miró el pequeño cofre que aguardaba ser abierto junto a su llave y al amuleto envuelto en anudados paños. Pensó en esperar a que el joven despertase para desvelar juntos los misteriosos contenidos, pero no, algo le decía que debía afrontar solo ese momento.
Tomó el cofre y lo abrió. El interior pequeño no contenía más que un atado de papeles, era una carta, una simple carta que había esperado allí por años. Lachner respiró hondo, tomó trémulamente la carta, desanudó el lazo y desplegando las frágiles hojas comenzó a leer.

Heinrich, amigo mío del alma, 

Dado que es la voluntad del Todopoderoso que pronto deje este mundo para entrar finalmente en el reposo eterno, aquí, en mi lecho de muerte, presa de un mal extraño que de pronto e inexplicablemente me redujo a un débil reflejo de lo que fuera antes, te escribo, mi amado Heinrich, sabiendo que llegará el día en que leas esta carta, contenedora de verdades que posiblemente cambien para siempre lo que fue tu vida hasta este momento. Leerás estas palabras y comprenderás. Te imploro que aceptes los hechos que inmediatamente vendrán a ti como respuestas esperadas a los interrogantes que, de seguro, habrás tenido los días preexistentes al día en que te sea dado este cofre.

Dios sabe cómo te amé. O mejor dicho, cómo nos amamos. Nuestra amistad, nacida en los días de nuestros juveniles viajes, fue deviniendo en un amor que, tal su pureza, nunca creeré ofensivo a los ojos de Dios. Mi vida en el monasterio, donde abracé el culto más alto a la contemplación de la vida cristiana, se regocijaba cada vez que tu nos visitabas en tus numerosas aventuras. Mi alma, mi espíritu, y, tú lo sabes: mi cuerpo, en los últimos años, te esperaban anhelantes, sabiendo que nuestros diálogos y nuestros silencios resonaban en común. A veces, sé que lo recuerdas, sólo una mirada entre nosotros bastaba para saber lo que pasaba en nuestras esencias. Fue así que, sin terciar una palabra, con un entendimiento mutuo y bajo las hermosas estrellas de aquella inolvidable noche, te amé en cuerpo y alma como sólo se aman los esposos. Sellamos nuestra amistad más profunda aquella noche. Tu cuerpo, inerme entre mis brazos, tu maravilloso cuerpo desnudo, vibró en mis ardientes manos y sintieron, no sólo una vez, mi carne en la tuya.
Después nos hicimos hombres. Tú te hiciste grande, un gran señor de bondad suprema al servicio de tu gran país; yo, un humilde y laborioso siervo del amor de Dios que gracias a ti comprendió mejor el amor de los hombres. Pasaron los años. Sobrevinieron nuestras eternas separaciones. Fuimos dos almas gemelas destinadas a sufrir mucho tiempo separadas. Me pregunto hoy si esas grandes separaciones no fueron en realidad el alimento de nuestro perenne amor. Ambos moríamos extáticos de gozo cada vez que el reencuentro nos reunía. ¿Recuerdas esos reencuentros, Heinrich?
Mi amado amigo. Fueron innumerables aquellos encuentros. Y nuestro hambre de vivencias compartidas nunca parecía saciado. Debíamos indagar, explorar, cuestionarnos, experimentar, aún cuando sabíamos que el fracaso era de rigor en algunos casos. Inquietos, aventureros, intelectuales ¿cómo nos llamarías, hoy que habrás alcanzado seguramente una madurez sabia? Sí, recordarás también esa expedición al valle de la perdición, como solíamos llamarlo después. Esa villoría donde deambulamos por horas y, fascinados por aquella casa de placer, dimos rienda suelta a nuestros más bajos anhelos. Efebos y ninfas por igual ¿recuerdas?, nos hicieron sucumbir ante las delicias de la carne. Tú me dejaste en brazos de Nicias, aquel nubio musculoso y velludo cual oso, mientras, ante mi asombro, no dejabas de besar a Myrtale, obsesionado por su impactante belleza. Tenía los ojos claros cual esmeraldas pálidas. Sí, lo recuerdas. Esa noche tuvimos nuestro festín, y compartimos la cama. Fuimos cuatro cuerpos en uno. Pero tú, caíste bajo los hechizos de Myrtale, y no dejaste que nadie la poseyera. Volviste a ella una y otra vez hasta el día de tu partida. Ella jamás quiso tu oro, nunca te exigió pago alguno por sus amorosos favores. Te quiso, sí, te quiso a su manera, siéndote fiel como si la hubieras hecho tu esposa, y ese rechazo a tu fortuna recomponía en su interior el honor de una mujer que, al fin y al cabo, amó a un solo hombre.  

Te preguntarás por qué estoy yo hablándote de ella en este instante tan trascendente de mi vida. Pues bien. Debes recordar, seguramente, que en gesto a su gratitud, tu obsequiaste a Myrtale un amuleto de plata con el escudo de tu estirpe familiar.


¿Vas comprendiendo ahora el sentido de esta carta? ¿ya has unido en tu cabeza los cabos sueltos?


Y un día, a seis años de tu última partida, una mujer, seguramente amenazada por las miserias de la vida, dejó a su hijo en la puerta del monasterio con una esperanzadora fe: la congregación de monjes cuidaría del pequeño, y,  en especial, confiando que "uno" de los monjes tuviera piedad de él. Sí, ella sabía a quién estaba confiando su hijo. Yo era el puente que ella buscaba. Recogí al pequeño, muerto de miedo, en la puerta. Por toda identificación, el niño llevaba atado al cuello un amuleto de plata. En ese amuleto podía verse un escudo, y al ver tu insignia, Heinrich, comprendí todo. Lo miré a los ojos. No, no tenía los ojos de su madre. Tenía los tuyos.


El niño casi no hablaba, a duras penas nos entendíamos con señas. Lo llamé con nombre de ángel: Athanael, y le enseñé todo lo que yo podía enseñarle. Lo quise como a mi propio hijo, o bien, ahora que lo pienso, lo quise como te quise a ti. Y como mi amor por ti era tan intenso como contradictorio, había veces que sentía adoración por él, y otras que sentía odio. Lo odiaba como a ti cuando estabas tan lejos de mí. Lo adoraba como a ti cuando finalmente volvías a mis brazos. Athanael se hizo hombre y yo, seguí amándolo tal como había amado al padre. Al padre que nunca volví a ver. El niño hecho hombre tuvo por mí un afecto que yo no sabría definir muy bien. Pero, amigo, en muchos aspectos, esa relación se parecía mucho a la nuestra.

Todos los monjes creyeron siempre que el muchacho era pobre de mente. Yo no hice nada por que se supiera la verdad. Sabía que eso, en la vida del monasterio, lo beneficiaría de algún modo. Lo cuidé, Dios sabe que lo hice. Pero a veces esa protección quedaba fuera de mi alcance. Sombras sin amor, sin piedad, sin nada, amenazaron y amenazan aún a tu hijo. Uno de los monjes espía nuestros pasos y se resiente cada vez más ante nuestro amor puro. Envidia de manera enfermiza todo lo que tenemos juntos y está en este momento urdiendo algo maligno sobre Athanael. No sé qué pensar, pero mucho me temo que su odio ha contaminado la paz de estos muros. Dios me perdone, pero mis sospechas cada vez son más obsesivas, y - apenas oso pensarlo - creo que estoy muriendo presa de un envenenamiento. Al principio mis desconfianzas erraban sobre terrenos inciertos, pero ahora mi presentimiento apunta en dirección del hermano Macario.
Nadie más sabe de esta espina que atraviesa mi corazón. Sólo a ti puedo mostrártela. Dios quiera que esté en un error. Dentro de este cofre has hallado mis palabras. La certeza la has encontrado en el cuello de Athanael, y la convicción: en sus ojos, que son los tuyos. No sólo eso tiene de ti. También le has dado tu hermosura, tu inteligencia y tu infinita bondad.
He confesado la historia de Athanael al gran abad. Ese hombre santo ha sido, bien sabes, una constante guía en nuestras vidas. Me ha confortado con su absolución que, en todos los sentidos, también es la tuya.
Ahora sabes que Athanael tiene tu sangre. Sé que algún día llegará el momento en que vuestras almas estarán más unidas que nunca. Sólo por eso,  me regocijo aún más con la venida de la muerte, porque voy a su encuentro en paz e infinitamente tranquilo de conciencia y espíritu por haberte dejado este mensaje.
Adiós, mi siempre presente Heinrich, mi norte terrenal, llegue a ti mi amoroso abrazo hasta que Dios nos reúna en su Santa Gloria. 

Flaviano.

Cuando Lachner terminó de leer, estaba sumido en una violenta crisis de llanto. Se arrinconó en una esquina de la tienda y allí intentó ahogar el sonido de sus sollozos para no despertar a Athanael. Luego desató los nudos que envolvían al amuleto plateado y, finalmente, lo sostuvo en sus manos. El escudo de su familia regresaba otra vez a él. El puente que había tendido Flaviano había funcionado. Perdido ante una confusión avasallante miró a Athanael que, ajeno a todo, seguía profundamente dormido. Lachner lloró desconsoladamente hasta el amanecer, incapaz de contener tantas lágrimas.
La claridad matutina iluminó el cuerpo desnudo de Athanael. Lachner, también desnudo, fue a sentarse a los pies de su hijo, y murmuró con convicción:
-Mi amor, mi ángel salvador..., mi sangre.
Athanael suspiró profundamente, y como si hubiese sido llamado a responder, despertó pacíficamente de su sueño. Miró a Lachner y sonrió, en una expresión que ahora el barón comprendía como familiar. Sí, cada gesto era el suyo... y los ojos... "sus" ojos, estaban allí, como detrás de un espejo que le devolvían su propia imagen.
-Mi señor...
Lachner apoyó su mano sobre las velludas piernas de Athanael y fue subiendo guiado por su vertiginosa longitud. Con el dorso rozó apenas el miembro otra vez erecto que había despertado mucho antes que su dueño y, enternecido, volvió a excitarse también. Athanael se incorporó y le echó los brazos sobre los hombros. Se besaron. Lachner, sin dejar de abrazar a su hijo, sonrió y se maravilló de reencontrarse con él después de una noche en que todos los significados de su existencia habían cambiado definitivamente.



-Athanael, mi vida, yo no soy tu señor. Ya no debes llamarme así.
-¿Por qué? ¿hice algo malo? ¿en qué os he ofendido? - preguntó cambiando su expresión y evidentemente angustiado bajo la sospecha de que el barón hubiera abierto el cofre, sin saber exactamente las consecuencias de eso.
-No, por Dios, no has hecho nada malo ni me has ofendido - respondió Lachner -Sigo siendo tuyo, pero no tu señor.
-Entonces...
-No temas, Athanael, amor mío. Antes de que dejemos Egipto, sabrás todo de mi boca. Y comprenderás.
Athanel no se sorprendió por las palabras de Lachner. Sonrió. Con infinita calma miró a su padre. Y esa calma fue irradiada tan claramente que Lachner, asombrado, advirtió que todo estaba dicho entre ellos. Se preguntó ¿desde cuándo lo sabía? ¿y cómo? Se preguntó también si iba entonces a perderlo para siempre. Miró a su hijo, aterrado, con miles de interrogantes en su mirada. Athanael lo tomó de las manos y por toda respuesta dijo:
-Os amo.
Lachner, emocionado, quiso decir "también yo", pero no pudo hacerlo. No pudo hablar más, sólo pudo abrazar a Athanael mientras las lágrimas anegaban nuevamente sus ojos claros.

Franco - Octubre de 2016