martes, 31 de enero de 2017

El cuentito de fin de mes

El relato erótico "Dos hombres casados", fue de los primeros que escribí, allá por 2000, cuando tal vez ninguno de nosotros siquiera imaginaba que algún día en la Argentina dos personas del mismo sexo podrían contraer matrimonio. Por tanto, el hombre casado, reconocible por su anillo de oro en el anular izquierdo (y por otras señales casi infalibles), sólo tenía una sola connotación y es de suponer que hoy el título de este relato resultaría, quizá, inapropiado. Prohibidos, deseados, o disfrutados en silencio, los hombres casados significaban otra cosa. Este es uno más de mis tantos relatos que pusieron el acento sobre esas seducciones vividas desde la complicidad del closet, esa mezcla de glorias y miserias, de privilegios y carencias, de dulces torturas, únicas por sus extrañas y complejas bellezas.

--- Dos hombres casados ---


Buenos Aires había quedado atrás, finalmente estábamos en el mar. Descanso, tranquilidad, las vacaciones al fin, irrumpían después de un largo año en el  que el trabajo me había agotado. Como de costumbre habíamos alquilado una casita cerca de la avenida costanera y una carpa de playa en el balneario de siempre. Yo no soy muy amigo de los clubes de playa y esas cosas, pero para mi mujer las vacaciones eran sencillamente impensables sin la oportuna reserva de una carpa en el balneario, cosa que le parecía ideal y sobre todo muy práctica cuando se tienen dos niños. En cierto modo tenía razón, en el servicio estaba incluido el uso de los vestuarios, la cocina, las parrillas, el refrigerador para las bebidas, un locker para guardar el variopinto armamento playero, y tantas otras comodidades que ella no dejaba de alabar. Cuando el día de playa terminaba, aprovechábamos las duchas del balneario para después volver a casa como nuevos, sin tener llevar la arena con nosotros. Esto era como un rito. Yo me encargaba de Pablito, que a sus siete añitos todavía hacía algún capricho para bañarse aunque después le gustara y había que volver a disuadirlo para que saliera del agua; mi mujer hacía lo propio con Clara, nuestra hijita mayor, y así, con esa organización sectorizada por sexos y vestuarios correspondientes, en efecto, lográbamos más rápidos resultados que cuando la hora del baño se llevaba a cabo en la casa. Cuando yo terminaba de duchar, secar y vestir a Pablito, lo liberaba para que regresara a sus últimos juegos y entonces aprovechaba para meterme bajo el agua caliente, siempre bienvenida cuando la piel se cansó ya de la brisa marina.
El vestuario de hombres era más o menos cómodo aunque no muy espacioso. Los lavabos estaban a la entrada, a un lado de los retretes y los tres mingitorios. Una cortina de baño dividía ese sector del de las duchas. Había seis en total, con sus correspondientes receptáculos dispuestos en ele. Ahí había una banca de madera justo debajo de unos percheros donde siempre dejaba mi bolso con mis cosas.
Ese lugar tan húmedo y reducido, bajo la clara luz que se filtraba desde una claraboya en lo alto, iba a ser el escenario inesperado de una experiencia extraordinaria. Algo que nunca olvidé.
Todo empezó aquel día, luego de mi acostumbrada ducha después de un feliz y espléndido día de playa. El vestuario había quedado sin gente, por lo que mi ducha había sido muy placentera en ese silencio retumbante del recinto. Yo estaba terminando de secarme cuando vi entrar a un hombre y sus dos hijos que tendrían entre seis y ocho años. Era cosa de todos los días, claro, el hecho de comprobar que yo no era el único padre que seguía el ritual obligado de meter al baño a los niños. Entre indicaciones, juegos y regañadas, el hombre se encargó de poner bajo el agua a sus hijos, traviesos y movedizos como el mío. Yo observaba la escena divertido. Por supuesto que el pobre tipo sufría las mismas desventuras que yo tan bien conocía: el jabón cayendo eternamente al piso, el shampoo perdido entre las cosas del bolso, un alud de ropa infantil que jamás se termina de guardar, toallas que caen al piso mojado... en fin, lo normal, digamos. Finalmente, después de un rato y de varias luchas cómicamente ganadas y perdidas, pudo sacar a sus chicos del agua y envolverlos con toallas. Los niños se vistieron, y entonces él, se preparó para el baño. Recuerdo que nos sonreímos e hicimos algún comentario. A todo esto, yo había terminado de vestirme y de recoger mis cosas disponiéndome a salir. Alcancé a ver como el hombre mandaba a sus hijos con su madre mientras empezaba a quitarse el traje de baño. Era su turno de entrar a la ducha. Fui hasta el espejo y me peiné. Estuve listo enseguida. Sin embargo, los pasos que me iban a llevar afuera, no terminaban de agilizarse. Fui consciente de que quise mirar a ese hombre otra vez. De reojo volví a mirar al tipo, pero ya había desaparecido detrás de la cortinita de la ducha. Dije hasta mañana, pero no tuve respuesta, entonces salí del vestuario sigilosamente.
Pasaron algunos días, y aunque me había olvidado del episodio, me di cuenta que la carpa del hombre que había visto en el vestuario estaba cerca de la nuestra. Su mujer era muy bonita y parecían una feliz familia. Me quedé mirándolo. Era muy jovial, reía todo el tiempo y jugaba con sus hijos cual modelo de padre. Desde mi reposera, detrás de mi libro, sonreí al ver la alegre escena. Ahí quedó todo.
Una tarde, al entrar al baño como todos los días, me preparé a bañar a mi hijo cuando el hombre entró con los suyos, casi al mismo tiempo que nosotros. Cumplimos el ritual diario casi en paralelo, como si lo hubiésemos ensayado. Después de su ducha los niños salieron del vestuario como ráfagas cuando los terminamos de vestir. Quedamos solos, en medio del alivio que nos brindaba el repentino silencio del vestuario. Después de poner en orden nuestras cosas y de recoger las que habían quedado tiradas por doquier, nos miramos sonriendo y comentamos las peripecias en común de la hora del baño. Esa complicidad hizo que tomáramos algo de confianza y por vez primera reparáramos amablemente el uno en el otro. Entonces advertí que se había quedado mirándome. Por un momento quedó callado, quieto. Después, como volviendo de algún pensamiento lejano, se reconcentró en sí mismo y empezó a disponer sus cosas para su baño.
Yo empecé a quitarme el short. Estaba ya bastante bronceado por el sol y me sorprendí al ver el contraste de los pelos negros de mi pubis sobre la piel bien blanca oculta bajo la malla. Me metí ya desnudo en una ducha y, despreocupado, dejé la cortina semiabierta. Al volverme para cerrarla vi como él deslizaba hacia abajo su traje de baño. Estaba de espaldas. No era muy alto pero tenía un cuerpo proporcionado y armonioso. Su trasero, también blanquísimo y delineado por los límites de su bañador, era lampiño, contrastando con sus piernas velludas, de pelos largos y lacios. Calculé que tendría mi edad y que le faltarían unos años todavía para llegar a los cuarenta. Cuando entró a la ducha, cerró la cortina tras de sí. No había pasado ni un minuto cuando sentí su voz:
-Perdón, pero creo que mis hijos se llevaron el jabón ¿Te molestaría prestarme el tuyo?
Nuestras duchas estaban una frente a otra en diagonal. Él había abierto su cortina y avanzó unos pasos hacia la mía. Lo miré abarcando con mi rauda mirada su desfachatada masculinidad. Entonces mi sonrisa se disolvió en un gesto más serio. Tragué saliva para contestar:
-Sí claro, no hay problema, tomá - dije, alcanzándole lo que me pedía.
Al entrar nuevamente en el agua pude ver que no había corrido su cortina tras de sí, y yo, que intentaba reprimir mi bajo instinto de fisgón, pude ver todos sus movimientos disimuladamente. Iniciamos un baño largo y placentero, es decir, desde ese momento, tuve la sensación de que compartíamos tácitamente el hecho de disfrutar algo nuestro, como el íntimo placer de descansar de las travesuras de los niños, del agua caliente corriendo por nuestro cuerpo, del silencio, sí, cosas personales, pero que en ese momento y por esas casualidades especiales, coincidían para ambos en lugar y tiempo.


Algo comentamos, no sé qué cosa intrascendente. Y me di el lujo de mirarlo abiertamente. Supuse que él no se daba cuenta. Tenía el pecho cubierto de pelos, algunos blancos en el centro sobre los oscuros que eran mayoría. Hombros firmes y muy quemados por el sol, demasiado, pues su piel lucía brillante y enrojecida. Se enjabonaba muy despacio, disfrutando de hacerlo lentamente. Su miembro, rodeado de una increíble mata de pelos negros, colgaba flácidamente y se contoneaba con cada movimiento. Por un momento creí ver que se agrandaba. No, me dije, son ideas mías. Entonces presentí la primera pulsión. La visión que tenía me parecía soñada. Mi verga opinó igual, y seguramente por eso, no dudó en comenzar a levantarse. Increíblemente, no me preocupé mucho. Las erecciones en los vestuarios son cosa común, pensé, así que no me haré problema alguno por algo tan natural en nosotros los hombres, me dije. Mientras, no dejaba de mirarlo. Ahora se estaba enjabonando el abdomen. Sus manos siguieron bajando hasta llegar a su pubis. Enjabonó toda su entrepierna hasta que su pene se perdió en la espesa espuma blanca. Pelos y jabón se confundieron en textura. Masajeó con movimientos circulares toda la zona y lavó su pija. La frotó como si fuera una masturbación, de arriba abajo, procurando que el jabón la cubriera totalmente. Descorrió una y otra vez su tierno prepucio. El glande, de un rosa claro cautivante, jugaba a salir y esconderse, bajo el chorro de agua caliente. Así estuvo un largo rato. Era fascinante ver como la hermosa pieza era constantemente acariciada, la tomaba con una mano, con la otra, enjabonaba, enjuagaba y cuando parecía que todo había concluido, volvía a comenzar. Por fin pasó a sus testículos. Un ritual parecido recomenzó allí. Creo que pude adivinar el inmenso placer que sentía. Ese es mi jabón, pensé, ¿quién le dio permiso para usarlo tan descaradamente sobre sus partes más íntimas? El caso es que él -afortunadamente- había prescindido de mi permiso, y la prueba de esto fue evidente al seguir el enjabonado sobre su mismísimo culo. Estuvo haciéndolo durante largos minutos, y tal fue el tiempo empleado, que me maravillé de que el jabón no se disolviera por completo entre sus glúteos. Enseguida todo su cuerpo estuvo enjabonado. Fue cuando salió de la ducha y vino hasta mí. Lleno de espuma, sus vellos habían quedado estampados bajo figuras zigzagueantes.
-Gracias – me dijo devolviéndome el jabón. Yo estaba con mi pija a medio parar, pero no hice mucho por ocultarlo. Cuando él me dio el jabón, sentí como sus ojos se clavaban brevemente entre mis piernas.
-De nada – le respondí - ¿Necesitás shampoo? – Le pregunté. Regresando a su ducha como si nada, me contestó que no. Vi como se enjuagaba y, bajo el agua, su verga reapareció ya sin rastros de jabón. Sí, ahora no tenía duda alguna, esa pija estaba más grande, no eran ideas mías.
Fue mi turno de enjabonarme. A duras penas podía controlar que mi pija no subiera más. Ahora sí empezaba a sentir pudor, porque la erección total era inminente, y sabía que una vez comenzada la escalada iba a ser difícil emprender el descenso.
Me enjuagué rápidamente y cerrando el agua me apresuré a manotear la toalla. Él salió de la ducha al mismo tiempo que yo y comenzamos a secar nuestros cuerpos. Fue cuando retumbó su voz en el recinto:
-Qué placer absoluto el de este momento de descanso de los chicos, ¿no?
Lo miré, un poco cortado todavía, intentando cubrir mi sexo con la toalla.
-Sí. También en eso mismo estaba pensado.
-Son adorables, claro...
-¡Pero terribles!
-Gracias por el jabón, espero no habértelo gastado mucho.
-No hay problema. Además del jabón, parece que tampoco trajiste protector solar...
Rió poniendo un gesto cómico.
-Mi mujer trae todo tipo de cosas para el sol, pero yo siempre me olvido de usarlas ¿te parece que estoy muy colorado?
-Parecés un camarón.
-Uy, sí, creo que hoy se me fue la mano.
-Te estuve mirando y...
-Sí, ya vi.
-No, digo, que te estuve mirando - dije, tragando en seco -, y me dolía un poco a mí de verte tan rojo ¿no te arde?
-Un poco sí, sobre todo la espalda.
-Tengo una crema muy buena, ¿querés que te ponga un poco?
-No, gracias, está bien...
-En serio, es excelente, te va a aliviar - dije, sacando la crema de mi bolso.
-Esperá, – me dijo, y fue a cerrar la cortina que separaba los mingitorios con las duchas – es que cuando entra alguien al vestuario, se ve todo desde afuera.
Al escuchar esto, anudé instintivamente mi toalla a la cintura. El comentario que había hecho me había excitado sobremanera. Mi mente pergeñó todo tipo de fantasías y algo en el pecho empezó a galopar.
Él se dio vuelta y dejó su toalla en la banca, ofreciéndome su espalda colorada y la desnudez de su bellísimo trasero.
-Ahora sí, dale.
Respiré profundo, ganado por el intenso erotismo de la escena. Cuando lo toqué en los hombros con la crema entre mis dedos, él se arqueó involuntariamente al sentir el intenso frío sobre la piel ardida. Le di un poco de crema y le dije que se la pasara por los brazos.
-Estás terrible – le dije arqueando las cejas.
-Sí, estuve mucho tiempo caminando bajo el sol - dijo, mientras se frotaba los brazos.
Comenté no sé qué asunto sobre la capa de ozono, y esas cosas, y él también algo sobre el calentamiento global. Lentamente, mi mano acarició con mucho cuidado su espalda, mientras él interrumpía sus comentarios para dar algunos ayes entrecortados. Mientras le daba el delicado tratamiento bajé mi vista hacia su culo. Era magnífico: sin un sólo vello, suave la piel como la de un bebé. La insolente raya dividiendo tajantemente los glúteos se mostraba perfecta, recta y seductora. Quería apartar mis ojos, pero no podía. Él se quedó muy quieto. Yo me contenía a más no poder para que mi verga no se subiera más. Ahí estábamos los dos: solos en medio de un silencio perturbador. Seguí frotándolo lenta y suavemente como cosa natural. Luego bajé hasta la cintura pero evité su trasero. Le seguí poniendo crema en los muslos. Era osado, sí, pero al ver que él no se inmutaba, no pude contenerme. Al agacharme bien cerca de sus redondas y pulcras nalgas no me privé de observarlas sin perder detalle alguno. Salían algunos pelos por entre la admirable raya, sólo ese indicio piloso, presagio de profundidades vertiginosas que se intuían mucho más velludas ahí adentro. Toqué sus piernas sintiendo su firmeza, animándome también a frotar los lados interiores del muslo, un poco más arriba de las rodillas. Seguí subiendo lentamente y pasé la mano muy cerca de las bolas que colgaban a pocos centímetros. Entonces él hizo algo inesperado. Abrió sus piernas ante mi pasmado asombro. Si era o no una invitación, no importaba, así la interpreté yo. Sus bolas quedaron frente a mí, balanceándose y colgando pesadamente. Me animé más, cobrando inusitado coraje, y pude rozar con el dorso de mi mano esas pelotas cubiertas de vello negro. Mi mano avanzó un poco más todavía y salió por delante tocando apenas su entrepierna. Este movimiento me atemorizó, y avergonzado, me detuve. Pero el deseo, me envalentonó nuevamente, y no sé de donde saqué fuerzas para decirle:
-Date vuelta.
No respondió enseguida, como si evaluara qué hacer.
-No, dejá, así está bien..., gracias. – balbuceó finalmente.
Callé. Me di cuenta de su turbación. En ese instante pensé en miles de estrategias para insistir, pero me dije que no tenía derecho de hacerlo. Y por otra parte intuí que si franqueaba ese límite, iba a sentir algo parecido a dejar caer una copa de cristal al piso rompiéndola en pedazos. Me quedé un poco cortado, aún medio en cuclillas frente a su magnífico culo. Finalmente me incorporé.
Entonces, en un movimiento delicado, él giró y los dos quedamos de frente. Sin poder evitarlo, bajé la vista hasta su sexo. Se había levantado, medio erecto, y estaba latiendo acompasadamente.
-Gracias, me alivió mucho - me dijo, con voz queda.
-Fue un placer - respondí, y sin dejar de mirar la creciente erección allí abajo le dije: - no sé si te alivió del todo.
-¿Qué es?
-¿Qué es, qué?
-La crema post-solar ¿qué marca es?
-No sé - balbucée, siempre mirando su verga, sin siquiera intentar desviar mi atención hacia el pomo de crema para responderle.
Mis manos, en un acto involuntario, tomaron la toalla y enseguida el nudo se aflojó. Dejé que la toalla se abriera a los costados y mi pija dura se alzó ante él. En un instante que fue eterno, quedamos extáticos, contemplándonos mutuamente..., y ya no dijimos nada. Los sexos llegaron a su erección completa y quedaron palpitando frente a frente, custodiados por nuestras ávidas miradas.
Fue cuando alguien entró al vestuario. Sin exaltarnos, disimuladamente, nos volvimos a cubrir con las toallas. Era un tipo maduro que entró y preparó todo para tomar una ducha. El muy desgraciado no sabía que acababa de hacer trizas un momento único. Se había roto el encanto. Cuando volví a mirar a mi amigo, éste ya estaba sentado en la banca y se estaba vistiendo. Yo tragué saliva respirando profundo. Acomodamos nuestras cosas y, confusos, musitamos un saludo, saliendo cada uno por su lado.

***

Recuerdo que esa noche hice el amor con mi esposa. Ella notó que estaba más fogoso y excitado que otras veces. No sospechó nada, por supuesto, pero mi mente y mi deseo estaban lejos, bien lejos.
En la playa, al día siguiente, estuve alerta todo el tiempo. El sol insistía en ocultarse tras las nubes, perezoso de mostrarse a pleno. Busqué con la vista al hombre del vestuario. Finalmente, después de un rato lo vi llegar con su familia justo en el mismo momento en que los rayos solares dieron de pleno sobre la playa. Me cuidé de no ser obvio, pero me era difícil dejar de observarlo. Me sentía un mirón, sí, pero nada podía hacer ya. De lejos, e intentando que mi curiosidad pasara lo más desapercibida posible, lo miraba charlar con su esposa, jugar con los chicos, correr, meterse en la orilla..., como un fisgón, estuve atento a todo lo que hacía, me fastidiaba eso y me enfadaba conmigo mismo, pero me resultaba inevitable.
Poco a poco las nubes se fueron adensando y pronto el cielo estuvo cubierto de blancas nubes. Miré en derredor y descubrí la playa casi vacía. El hombre seguía allí. Me obligué a no prestarle más atención, así que por un rato lo perdí de vista y me puse a hacer un castillo de arena con los chicos. Pero después de un tiempo, casi sin querer, mis ojos se volvieron a topar con él. Estaba en el mar. Y al momento reparé que él también me estaba mirando. Cuando ambos no pudimos disimular más, decidimos encontrar abiertamente nuestra mirada. Nos saludamos desde lejos con la mano. Casi sin pensar, venciendo por fin mi represión, me fui metiendo paso a paso en el agua, movido por un impulso decidido. Nadé hasta pasar la rompiente y me fui acercando a él. Me tranquilicé un poco más cuando noté que él venía hacia mí. Cuando me pareció que podía escucharme le grité:
-¿Mejor?
Él pareció sorprendido, sin atinar a responder.
-¿Estás mejor de la quemadura del sol? - volví a preguntar.
Se quedó un poco perplejo. Finalmente se acercó más,  y me sonrió.
-Tu tratamiento me hizo muy bien - contestó, poniéndose serio.
Seguimos hablando de nimiedades durante un rato, y después, mientras esquivábamos fuertes olas, nos encaminamos a la orilla. Al salir del agua cada uno siguió por su lado. No es novedad decir que a esa altura yo me sentía íntegramente atraído por toda su persona. Y si esa atracción ascendía aún más hacia el terreno de lo irresistible, sin dudas se debía al hecho de que los dos estuviésemos casados. La certeza de lo prohibido termina por teñir todo de un extraño y peligroso magnetismo. Yo sabía perfectamente que él sentía por mí lo mismo. Su erección junto a la mía había sido el aliciente perfecto para intuir eso. Pero, al pasar por mi carpa y ver a mi familia, sacudí la cabeza y me llamé a la cordura. Bueno, basta, me dije, voy a dejar de pensar tonterías. Esto no tiene sentido.
Sin embargo, y muy a pesar mío, seguí pensativo un rato largo. El cielo se empezó a oscurecer lentamente, y una brisa invasiva se hizo sentir en mi cara. No sabía cómo dejar de pensar en él. Una ducha fría, eso era lo que necesitaba. Y enseguida me encaminé hasta los vestuarios, con la cabeza llena de contradicciones y el pecho rebalsado de emociones.
Cuando abrí la puerta tuve que respirar profundo. Aquí sucedió todo, pensé, parado en el mismo lugar donde había visto su erección. Al recordar el episodio cerré los ojos, invadido por la visión que volvía una y otra vez. Después de unos minutos regresé a mis cabales y me metí en la ducha fría sin siquiera quitarme el bañador.
Al poco tiempo escuché que alguien entraba. Por entre la cortina reconocí enseguida de quién se trataba. Era él. Sentí cómo me temblaban las piernas. Siempre de soslayo, lo vi entrar al recinto y correr la cortina divisoria tras de sí. Mi corazón saltaba dentro del pecho.
-Hola.
-Hola - respondí.
-Al fin te encuentro.
-¿Me buscabas? - lo miré, asombrado.
-Sí... No.. Digo, pensé que se habían ido - dijo turbado.
-Tal vez nos vayamos en un rato. El día se puso feo, pero me encanta quedarme en la playa cuando está nublado.
-A mí también.
-¿De veras?
-Sí.
Hubo un silencio. Luego, como para soportar esa tensión, le dije:
-Nadás muy bien, es un placer mirarte.
-Hoy estaba estupenda el agua - dijo, sin reparar en la última e intencionada frase.
-Sí - dije, mientras observaba cada uno de sus movimientos.
Mientras hablaba me miraba, un poco recostado sobre los azulejos.
-Pero estaban bravas las olas.
-Sí - repetí, lamentando que eso fuera lo único que mi turbación me dejara decir.
-Creo que mi malla se llenó de piedritas.
-¿En serio?
-Sí - dijo, a tiempo que se la quitaba lentamente.
Colgó su traje de baño en uno de los percheros y, desnudo, siguió mirándome con unos ojos que me desarmaban.
-¿Y vos?
-¿Qué?
-¿No te quitás la malla?
Me quedé azorado por un instante que me pareció eterno. Sólo atiné a desanudar el cordón de mi cintura y quitarme lentamente el pantaloncito. Mi pija salió disparada hacia afuera, alterada por la situación y buscando expandirse. Ninguno de los dos disimuló mirar abiertamente el sexo del otro.
Se metió enseguida en la ducha contigua, en diagonal a la mía. Puse la malla bajo el agua y comencé a enjuagarla, él hizo lo mismo, y en todo momento no dejé de observarlo. Bajo la ducha, me regaló una vez más el espectáculo de su blanco trasero. Mi pija incapaz del recuperar el reposo, ascendió a su punto máximo. De pronto él se dio la vuelta y... vi su erección colosal. La verga, rígida por completo, dibujaba un arco hacia su ombligo. Qué grande me parecía ahora. Rodeada por ese inquietante vello negro que con el agua se había puesto más intenso, se exaltaba entre el contraste violento de un magnífico claroscuro generado por la piel blanquísima del entorno. La mata húmeda se esparcía hacia los muslos invadiendo las ingles en suave sombreado. Hacía movimientos despaciosos bajo el agua, sin embargo su falo respondía meneándose constantemente desde su escasa elasticidad. La punta rosa, completamente expuesta, coronaba triunfal la bella visión. Nuestros ojos se encontraron varias veces de manera sostenida. En silencio salimos del agua, con los bañadores en la mano. Yo no había llevado mi toalla. Él lo advirtió y envuelto en la suya me invitó.
-Vení.
-No - dije. Entraba algo de fresco por la pequeña claraboya desde lo alto y sentí frío.
-Vamos, vení.
Me acerqué a él, casi temblando, comprendiendo que mi temblor no se debía al frío. Él extendió su toalla sobre mis hombros y me ayudó a secarlos. Se me acercó tanto que nuestras vergas, durísimas como estacas, se encontraron una con otra. El contacto fue embriagador. Las dejamos así, juntas, bajo la agitación contenida de nuestros pechos. Lo más excitante es que seguíamos el juego como si todo fuera habitual y ordinario. Nuestras respiraciones empezaron a entrecortarse, entonces él alargó su mano y comenzó a secarme por el pecho, como si hacer eso formara parte de sus hábitos más comunes. Miré la blanca toalla recorriendo mis peludos pectorales y recordé cuando lo había visto por primera vez, haciendo lo mismo al secar a su hijo con candor paternal.
Sos muy velludo, dijo con voz muy baja. Vos también, susurré con la misma fascinación. Separó mis pelos con la toalla una y otra vez. Secó cuidadosamente mis pezones. Yo le pasé mi brazo por la cintura y con los extremos del toallón acaricié su espalda. Ya no temblaba, sentía un calor invasivo y abrumador. Estiré la toalla para secar su cabeza y la deslicé por su mejilla. Mirada sobre mirada, la comprensión mutua de lo que pasaba era un grito callado. Nuestros cuerpos, pegados, sintieron el calor que vibraba desde el centro de nuestros abdómenes. Nos miramos las pijas, las acercamos y los pelos se mezclaron en un mismo envión.


Abrazándonos, por primera vez, concebimos un suspiro al unísono. Me tomó la cara con sus manos calientes y la toalla cayó al piso. Su aliento, su aroma increíble, su vello acariciando el mío, todo era como un sueño.
Me sonrió con una ternura indecible. También respondí con una leve y tímida mueca de mi boca. Parecía ser la señal de que todo estaba bien, de que por fin nos podíamos rendir. Era una señal que parecía conceder uno al otro una suerte de comprensión sin límites.
Entonces nos besamos. Sentí su lengua primero temerosa, luego avasallante. Empezamos a movernos levemente, después más, y la intensidad siguió creciendo, frotándonos con ardor. Perdimos la noción del tiempo. También del lugar. Cada movimiento, cada roce, nos hacía gemir de placer. Aceleramos la marcha con pasión y olvido. Boca sobre boca, manos encontradas, verga sobre verga, abrazo fuerte y casi violento, sentimos que los cuerpos celebraban, soberanos, el encuentro esperado. Nuestras vergas se masturbaban mutuamente asumiendo naturalmente esa misión. La fricción frenética entre los dos troncos anuló involuntariamente cualquier otro contacto, aprovechando que las manos se dedicaban ávidamente al recorrido sobre nuestras espaldas, nalgas, pechos, reconociendo las distintas superficies y entreverándose en los pelos diversos de cada paisaje. El silencio sólo era apenas interrumpido por algún leve gemido inmediatamente asordinado, la piel velluda frotada, o el chasquido de nuestros labios besándose. Bajo esa energía creciente, no sé cuánto tiempo habremos estado. Era un choque incontenible y nos abandonamos a él. Asidos en un mismo abrazo, el interminable beso en la boca parecía eterno al no poder saciar tanta hambre. Cuanto más buscábamos eso, más deseo incitábamos. Entonces sentí su creciente vibración. Su respiración se agitó al máximo y me enloqueció su vehemente expresión. Me abandoné al oleaje que iba a embestir todo mi ser y creí que no lo iba a poder soportar, pero él, dándome valor, me asió con más fuerza aún, una fuerza que jamás había sentido en ninguno de mis encuentros sexuales vividos hasta ese momento, algo que me traspasó, dejándome inerme, vulnerable y a la vez extrañamente contenido bajo una sensación de protección bienhechora y total. Y antes de que esa situación llegara a lo insoportable, vino un espasmo profundo que nos abarcó al mismo tiempo. El orgasmo fue uno de los más intensos y largos que recordara jamás. Nos derramamos uno sobre el otro, bajo un placer indecible, sintiendo al instante el calor penetrante que el semen aportaba en cada chorro. Los fluidos se fundieron en espesa mixtura, cayendo sobre nuestras matas púbicas y generando una mezcla pegajosa de extraordinaria virilidad. Durante varios minutos, nuestros palos, que habían hecho todo el trabajo, siguieron deslizándose, duros, entre sí, en caricias necesarias y apaciguadoras luego de la huracanada contienda. Siguieron allí, uno sobre el otro, sin perder su abrasadora rigidez, mientras los jugos, algo más líquidos, caían al piso o se perdían por entre los vellos de los muslos. 
Él me volvió a besar. Sólo tenía que extender un poco los labios que no se habían casi separado de los míos. Y ese beso fue tierno y quedo, con sus manos todavía en mis mejillas y nuestros ojos entrecerrados. Lentamente retrocedimos unos centímetros y los abrimos despacio. Al miramos, con una expresión profunda y bella que ya jamás iba a olvidar, también unimos nuestras sonrisas.
El escenario verdadero se hizo notar. El paraíso se había disuelto sobre lo real y pronto caímos de lleno en lo terrenal. Los ruidos de gente gritando en la playa también se empezaron a escuchar a pesar de que nunca habían cesado. Ahora volvían con toda claridad. Incluso la luz parecía otra, más quieta, más opaca, más cotidiana.
La agitación fue menguando y, al tomar un nuevo contacto con el entorno, nos separamos algo turbados. Una breve sensación de pudor pasó por los dos como un soplido. Entonces caímos en la cuenta de que todo había terminado.
Los días que siguieron fueron extraños. Con las primeras semanas de enero el balneario se llenó de nuevos turistas y la tranquilidad de aquel inicio de vacaciones quedó atrás. Nos cruzábamos circunstancialmente, y me atrevo a decir que hasta tuvimos un raro, delicado y hermoso enamoramiento mutuo, lo intuía, descubriéndolo cada vez que desde cierta distancia, nuestros ojos se encontraban. Las miradas, al igual que nuestras expresiones, entablaban entonces una muda y cómplice comunicación. Pero el tácito diálogo nunca pasó de ahí, ni tampoco tuvimos el valor de intentar otro encuentro. Había días en que, por entre los hombres desnudos del vestuario, nos chocábamos entre tanta gente, o volvíamos a devorarnos visualmente desde nuestras duchas. Disfrutamos eso interpretándolo como una sutil y exclusiva despedida entre nosotros.
Así las vacaciones fueron pasando y un día, desde lejos, volvimos a mirarnos bajo la caída quieta de la tarde sobre el mar. Nos dijimos adiós sin seña alguna, sin palabras, entendiéndonos a la perfección, mientras, sin siquiera encontrarle una sonrisa para mí, él desapareció rodeado de su familia.

Franco
Enero 2000 
(Rev. enero de 2016)

domingo, 29 de enero de 2017

La edad justa

Pero, si bien los jovencitos son adorables y capaces de provocarnos momentos de fascinación absoluta, sé -por supuesto- que los caballeros de Vellohomo los prefieren maduros.