martes, 28 de febrero de 2017

El cuentito de fin de mes


- El oso -


-Por aquí, por favor
La sinuosa figura de una mujer de largos cabellos y sonriente expresión, aunque artificial, nos precede a mi esposa y a mí y nos introduce en el interior del restaurante. Es un lugar tranquilo, refinado y con clase.
-¿Le agrada esta mesa, señor?
-¿No tendría otra un poco más iluminada?
-Sí, por supuesto, aquella, pero está cerca de la cocina.
-No hay problema.
Me dirijo a mi esposa ¿te parece bien esta, amor?, ella asiente y nos sentamos finalmente en la mesa elegida.
-Enseguida serán atendidos – dice la mujer, sin dejar de sonreír lejanamente.
Mi mujer está espléndida, vestido nuevo y un par de sencillos y elegantes pendientes. Yo luzco sobrio, con mi camisa de seda algo abierta y envuelto en un sutil perfume de Dior. Al sentarnos nos miramos y nos sonreímos. Aún sin pronunciar palabra, pero dando comienzo a la celebración: una cena romántica en honor a nuestros diecinueve años de casados. Las velas dan un valor especial al momento, y todo reluce agradablemente.
-Mi cliente tenía razón. El lugar está muy bien. ¿Te gusta, amor?
-Sí, mucho. ¿Él viene habitualmente?
-Creo que sí. Me dijo que se come muy bien – contesto tomándola de la mano, a tiempo que el camarero se nos acerca con las cartas en la mano. Nos presenta las sugerencias del chef con estudiada amabilidad.
Mi mujer me devuelve la caricia en la mano mientras lee la carta, comentando uno u otro platillo. Yo sigo observando la sencilla pero elegante decoración del lugar. Justo detrás de mi esposa, hay una barra sobre un mostrador de caoba y una pared tapizada de vinos.
Detrás del mostrador: un hombre. Enseguida toda su persona me llama la atención. Es de mediana estatura, cabellos castaños, tupida y muy cuidada barba, bigote completando el conjunto, y algo corpulento. Es el encargado de controlar las cuentas de cada mesa. Presumo que es el dueño del restaurante. Está detrás de un ordenador y además escribe sobre un anotador.
Mientras repaso la carta de vinos, levanto nuevamente mi mirada hacia él. Constantemente echa unas ojeadas sobre todo el movimiento de la cocina, controlando cada pedido. Viste una camisa en un tono claro y corbata color ocre.
-Querido, que sea el malbec de siempre.
-Claro, amor – respondo, disimulando mi leve sobresalto e indicando el pedido al camarero.
De reojo, vuelvo a mirar hacia el mostrador, siendo consciente ahora de la atracción que ese hombre ejerce sobre mí. Es un perfecto oso, con rasgos increíblemente bellos. Un ejemplar que regenera en mí el gusto casi atávico que tengo por ellos. Dos ligeras entradas en su amplia frente, nariz recta, ojos cafés de grandes pestañas, cejas pobladas, labios rosados y una sonrisa de dientes resplandecientes.
-¿Los señores desean ordenar la entrada? – espeta el camarero de perenne sonrisa.
Mi mujer consulta acerca de la ensalada paysanne, mientras yo calculo a grandes rasgos la edad del oso.
-¿Y qué desea ordenar como plato principal, señora?.
¿Treinta y ocho años? Tal vez cuarenta. No más.
-Amor...
Dos buenos pectorales se evidencian bajo la fina tela de la camisa. Y coronándolos, los deliciosos bultitos de los pezones. Como dos pequeñas estacas. Casi taladran la prenda. ¡Ah, qué maravilla!
-¡Amor...!
-Sí, .... perdón, querida.
-¿Qué vas a ordenar?
-El carpaccio y... luego... la lasagna, por favor.
-Muy bien, señor. Enseguida estoy con ustedes – contesta el camarero.
A partir de ese momento, la cena es para mí un constante ir y venir entre la atención que puedo prestar a duras penas a la charla de mi mujer, y a cada movimiento del oso del mostrador. Mi cliente no había mencionado al oso, obviamente. Converso con mi mujer, sonrío, me muestro adorable, seductor, pero a la vez intento dosificar mis ojeadas sobre distintas direcciones, a fin de que ella no pueda darse jamás por enterada de que mi creciente interés está puesto en un solo punto y que la única mirada que me interesa es la que dirijo hacia ese macho impresionante.
El oso es muy atractivo. Pienso eso mientras lo miro una y otra vez. ¿Qué me pasa? Concentración. Es mi aniversario de bodas. Caramba. He cumplido 19 años de matrimonio con la mujer de mi vida. No puedo – me repito – dejarme llevar por esa imagen irresistible.
Pero ¡ay!, por más que me lo impongo, no puedo dejar de mirar a ese macho.
Mi mujer no se ha dado cuenta. ¿Por cuánto tiempo?. Me pregunto eso no sólo ahora, sino que me lo he preguntado durante años. Nada. Parece no advertir aquello que me perturba. Siempre fue muy intuitiva, inteligente, sensible, y si ahora no disimulo lo suficiente, corro el riesgo de ser descubierto. Bueno, en diecinueve años se pueden ocultar cosas inimaginables dentro de la vida marital. Y bien lo sé yo.
Vuelvo a mirar, aprovechando que mi esposa retoca su maquillaje tras un pequeño espejo. Me siento totalmente atraído por el oso. ¿Qué es lo que tiene, que me fascina de esa manera? Repaso sus cualidades. Sera la manera en que se mueve, discretamente, pero a la vez sin mucho cuidado. Habla en voz baja con uno u otro camarero, da indicaciones, escribe, tipea en el teclado, hace cuentas en el anotador. Está muy concentrado en su continua ocupación. Me encanta observarlo, estudiarlo. Sí, estudiarlo, aunque sea en interrumpidas y rápidos avistajes. Son tan rápidos que aprendo incluso a sacar de esas atisbos el mayor provecho y la más intensa atención para archivar en mi mente sus gestos y su apariencia.
-El otro día llamó Martha... – continúa mi mujer, derivando la conversación hacia otros lados.
-Ajá... – contesto yo, aparentando estar muy interesado en la charla que venía.
-Sí, y ella me comentó que... – la voz sigue llegando a un cierto registro de mis oídos, mientras que mi mente se aleja de sus frases, a punto tal que solo distingo su bella boca moverse pero casi sin escuchar demasiado, por lo menos, no el significado. Mis ojos siguen posándose intermitentemente sobre el ya irresistible oso. ¡Qué bello es!. Sus pechos redondos me ganan. Imagino una y otra vez los duros pezones. Solo tengo la pista de sus marcas enhiestas.
Entonces, así, en medio de la historia de Martha, en medio de los tragos acompasados del malbec que enjuga mi garganta, por primera vez mis ojos chocan con los del oso.
¡Me está mirando!
Él me mira, seriamente, sin perturbación alguna, deteniéndose un instante en mis ojos. ¿Un instante? ¡No, es como un siglo! Mi copa tiembla y vuelvo, nervioso, la mirada a mi mujer que sigue hablando totalmente ajena a la situación. Le sonrío. Hago un comentario amable. Vuelvo a mirar al oso. Su mirada sigue clavada en mí. Disimulo. Me inquieto un poco, intuyendo que el oso percibe mi inquietud. Miro hacia otras mesas. Alguien que pasa. Otra sonrisa a mi esposa... Y regreso siempre al oso. Ahí están sus ojos, su barba, sus pectorales abultados... su...
-Su ensalada, señora. Su carpaccio de salmón, señor. Que lo disfruten. – interrumpe el camarero. Le sonrío tenuemente, pero en realidad lo quiero matar por haberse interpuesto entre el oso y yo.
-Como te decía, querido..., Martha no soportaría viajar sola, vos sabés como es ella..., es por eso que... – continúa mi mujer mientras yo corto mi salmón con el dorso del cuchillo, dividiendo mi mente en dos partes: 30% para Martha y sus viajes, y 70% para el oso. No es fácil hacer eso, claro está, pero tampoco imposible. Obviamente, es mucho más interesante el porcentaje correspondiente al oso.
-No deja de hacerse un mundo de problemas por los precios de los pasajes..., pero ¿qué más da? le dije, la vida hay que vivirla... parece que eso la hizo pensar...
En mis pensamientos intento imaginarlo en otras situaciones. Las marcas de sus duros pezones a través de su camisa siguen guiando mi intuición que crea en mi mente un pecho sin igual. Sus velludas manos me anuncian que su torso es muy peludo. Eso es obvio. Es el oso perfecto. Hasta creo ver algunos pelillos asomar por su camisa cerrada, ahí, justo por encima del nudo de su corbata. Ahora me intriga saber en qué cantidad se esparce ese vello por semejante tórax. ¿Hasta dónde llegaría mi imaginación?
-... Francia en primer término, aunque también ella quiere conocer Grecia... claro, le dije, estando tan cerca... ¿cómo no vas a ir a Atenas? Entonces...
Entonces, la mujer que nos había conducido a la mesa, se acerca hasta el mostrador del oso y le sonríe de otra manera. Aquella sonrisa automática ahora se convertía en auténtica al dirigirse al oso. Agudizo al extremo mi oído – no es fácil hacerlo por encima de los proyectos de viaje de Martha que me expone mi mujer – y logro percibir algunas palabras entre ellos. El oso le devuelve la sonrisa y la come con los ojos. Logro descifrar un "Querido, quedan sólo dos mesas libres. ¿Te ayudo en algo?". Ella se acerca a él y le arregla amorosamente el nudo de la corbata. "No, mi cielo", responde el oso.
- Qué lindo osito.
-¿Qué...? - miro a mi esposa súbitamente sorprendido.
- Le dije que el osito era lindísimo..., el que Martha le compró a su ahijadito - prosigue mi mujer -. No era de esos ositos de peluche medio bobos, era un primor, todo peludito. Pero enseguida, el tipo de la agencia de viajes nos interrumpió y nos dijo que...
Entonces la mujer abandona un poco más sus manos alrededor de su cuello y le dice algo que no puedo entender. El oso la toma por la cintura y la acerca hacia sí. Por un momento me dejo llevar por esa imagen, saboreando la manera con que la toca. Imagino – y casi siento – esas velludas y grandes manos sobre mí, con los mismos movimientos, con la misma presión, con la misma infinita ternura que no dejo de observar; sintiendo como algo empieza a vibrar en mi interior. También imagino al oso teniendo sexo con esa mujer, penetrándola, haciéndola gozar. Pero vuelvo a la realidad. Sus bocas se acercan, y a punto de besarse, la mujer le dice algo entre risas. Ella está casi de espaldas. Se besan en la boca. No es un beso largo, pero lo que me deja atónito es que en medio del beso, el oso gira un poco a su mujer como buscando un determinado ángulo. Y se da ese momento. Único. Irrepetible. El oso abre sus ojos y ¡fija su mirada en mí mientras está besando a su mujer!.
-Yo no lo podía creer. ¿Te das cuenta? una promoción de un 30% menos sobre el valor del segundo pasaje...
Si su vista hubiera sido un rayo, me habría partido en dos. Ese rayo tan contundente penetra a través de mis ojos y siento como desciende hasta mi pubis, haciéndolo temblar como si fuera a experimentar un orgasmo. La involuntaria contracción de mi miembro, termina por ensimismarme aún más.
-...Entonces, ¿qué te parece, amor?
-¿Qué me parece... qué?
-Que yo viaje con Martha....
-Ah..., eh..., yo...
No me explico cómo mi mujer había llegado a ese punto de la conversación, pero asiento con mi cabeza, abriendo los ojos y levantando las cejas, como evaluando el proyecto.
-No tendría que acompañarla en todo el trayecto, pienso yo. ¡Semejante viaje!. Al fin y al cabo, yo quiero estar en Buenos Aires en junio. Pero pienso que podría encontrarme con ella en Atenas a partir de los primeros días de julio.
-Eh... sí, sí... sí, creo que está perfecto... y... si vos tenés ganas....
-Sabés que adoro Atenas, cielo... desde aquel viaje que hicimos, siempre quise volver... es lo que me decía Martha, que uno no se puede quedar con las ganas de volver a ciertos lugares... porque fijate que....
Mi mujer sigue hablando y la inercia de sus palabras cada vez es mayor. El tema sigue y nos traen el plato principal. Ella está tan entusiasmada que no advierte que yo sigo con mis miradas furtivas en dirección al oso. La mujer ahora está con él en el mostrador. Cada tanto hablan e intercambian tareas diversas. Él va a buscar algún vino, o desaparece en la cocina, para volver a su ordenador.
Me mira.
Hace que me excite. Siento como mi verga late intensamente entre mis piernas, formando un bulto escondido bajo el mantel de la mesa.
Me mira ahora insistentemente.
Entiendo entonces que él ha percibido mi obsesivo interés sobre su persona. Es evidente que se dio cuenta. Enseguida hay entre nosotros una tácita complicidad. Sus ojos se clavan en mí. Yo le contesto las miradas, y entre los dos, mantenemos un diálogo silencioso, sin gestos, sin seña alguna, es sólo el encuentro de nuestros ojos, son escasos movimientos pupilares, raudos, tocantes, que apenas coinciden por segundos, pero hablando un idioma que sólo dos hombres pueden entender perfectamente. Para esa tarea despliega toda su habilidad, como yo. Tiene al lado a su mujer, como yo. Luce una alianza de oro en su anular izquierdo, como yo.
-Entonces yo le dije – insiste mi esposa – si tu marido va a estar trabajando en Estados Unidos, aprovechá, Martha..., ¿qué vas a hacer sola?...
Parece ser que él tiene una actitud imperturbable con cada mirada. En cambio yo, cada vez que nuestros ojos se juntan, tiemblo de cabeza a pies. Siento que me entiende, que no lo asusto, que no me rechaza.
-No sé..., creo que las cosas entre ellos dos no andan muy bien que digamos...
No. Mi mujer no está al tanto de mi "comunicación" con el oso. Me asombro de poder simular una apariencia exterior totalmente distinta a la conmoción que llevo por dentro. Llevo mi mano disimuladamente a mi entrepierna. El oso lo advierte, o mejor dicho, sólo ve que mi mano desciende bajo la mesa. Me toco por encima de mi sexo. Late y se agranda. Sé que no tendré una erección, pero mi miembro está listo para actuar si fuera necesario. El oso me mira y sé que también lo comprende. Miro como él también lleva su mano que, oculta por el mostrador, seguramente va a posarse sobre su entrepierna. Me mira otra vez, me devora, diría yo, apenas parpadeando. Él cierra los ojos por un momento. Vuelve a mirarme. Su mujer se acerca por detrás y lo rodea cariñosamente con sus brazos. Le da un pequeño beso en el cuello, y él responde con una sonrisa dulce y tenue. Tuvo que interrumpir su mirada hacia mí, pero ni bien la mujer retorna a sus tareas, él me vuelve a mirar. Y así toda la cena. Es enloquecedor.
Mi esposa sigue contándome su entusiasmo con ese viaje, y me pregunta si me voy a sentir muy solo cuando ella se vaya. El camarero regresa con la carta de postres. El oso está de espaldas, buscando algo en un armario del fondo. Puedo verlo de cuerpo entero. Sus abultadas nalgas hacen que el pantalón oscuro tenga una caída maravillosa. Una ancha espalda completa el armonioso conjunto.
El camarero vuelve, solícito, por enésima vez. Mi esposa ya ha elegido el postre.
-Por favor tráigame el crumble de manzanas con crema helada de limón.
-Muy bien, señora. ¿Para usted, señor?
-Eh... no sé... no había pensado en nada todavía.... ¿qué me sugiere? – pregunto al camarero, pero siguiendo a mi oso en todos sus movimientos.
El camarero me da una lista detallada de las delicias que elabora la casa, y se queda finalmente esperando mi decisión. Pero como yo no he escuchado palabra de lo que me ha dicho, opto por lo más sencillo:
-Hum..., nada, gracias. – entregándole la carta, a tiempo que el camarero arquea las cejas con los ojos entrecerrados, intentando disimular su indignación.
-Qué raro que no comas postre.
-Es que últimamente me siento algo pesado después de las comidas.
-¿En serio? ¿Te sentís mal?
-Nada de importancia.
-Brindemos, amor.
-Sí, mi vida. Por estos maravillosos diecinueve años juntos.
-Te amo.
-Y yo.
Bebemos, y al hacerlo encuentro mi mirada con la de mi mujer, sabiendo que sobre mí está la del oso.
-¿Cuánto tiempo pensás estar de viaje, cariño? – pregunto a mi mujer.
-No menos de tres semanas...pero no sé... ¿A vos qué te parece?
-Disfrutá los días que quieras.
-Gracias, amor, sos un ángel.
El oso me sigue mirando. Persistentemente. Mi mano, como movida por voluntad propia, se separa de la mano de mi mujer y va hasta mi pecho. El oso no pierde detalle de eso, lo compruebo lanzándole breves ojeadas. Mi mano desabrocha un botón de mi camisa y tropieza con alguno de mis pelos del pecho. Entro por mi camisa abierta, como acariciándome levemente, mientras finjo no perder palabra de lo que sigue diciéndome mi esposa. Es un gesto natural, claro, todo hombre lo hace, pero en ese momento se transforma en una poderosa arma de seducción.
-Su crumble, señora. Que lo disfrute – dice el camarero, siempre impertérrito - ¿no cambió de idea, señor? ¿desea algo?
-Querido, el mozo te está hablando.
-¿Eh?
-Que si deseás algo.
¿Que si deseo algo? no paré de desear desde que me senté en esta mesa, pienso.
-Ah..., no, no, gracias.
El mozo se va y mi esposa hunde la cucharita en la tibieza de las manzanas. Busco mi pezón. Está ahí, listo y duro, esperando ser tocado. Miro fugazmente al oso. Se está mordiendo el labio inferior, mientras agrega el precio del postre a nuestra cuenta. Mis dedos juguetean alrededor de mi tetilla. Separo un poco los suaves vellos que la rodean. Lo vuelvo a atrapar, lo hundo, lo pellizco. Me vuelvo loco solo de pensar que el hombre que me está mirando podría tomarlo entre sus dientes y meterlo en la boca. Sé que él sigue observándome. Y yo, movido por un impulso incontrolable, me excito enormemente al estar usando solo un movimiento tenue de la mano sobre mi pezón.
Tomo otro trago de vino, como si quisiera apaciguar la sed que siento entre mis labios. Pero no lo consigo porque se trata de otra sed. Llevo la copa a mi boca con indecible sensualidad y lentitud.
-Amor, agradecele mucho a ese cliente tuyo por haberte recomendado este lugar. Esto está delicioso, y la comida estuvo muy bien. Tenemos que venir más seguido.
-Sí, justamente estaba pensando en eso – contesto escrutando los bellos pectorales osunos que están a escasos metros de distancia. ¡Qué hombre!, tan atractivo, tan masculino. "Tenemos que venir más seguido" ¡Claro que sí! Siempre que él esté allí, podría volver todos los días. Todo en él es firmeza, corpulencia, virilidad. La base de su abdomen prominente pero esbelto, sostiene su pecho que, con los hombros, forma proporciones apolíneas. Es inquietante recorrer todo su cuerpo. Mis ojos se detienen, siguen, bajan, suben. Ese recorrido, intenso, implacable, lo acaricia... es como si mis ojos cobraran el valor de manos que lo tocan por completo.
Por un momento cierro los ojos. Y viajo inconscientemente hacia los brazos del oso. Estamos desnudos. Mi pene da otra sacudida. No estoy aquí, no veo ni escucho nada. ¿Cuántos minutos pasan? No lo puedo saber. Sólo vuelvo en mí cuando la voz de mi mujer me repite:
-Amor, amor... ¿te sentís bien?
Abro los ojos. La imagen se desvanece.
-¿Eh?... ah, perdoname, querida... yo... no, no me siento bien. No es nada, solo un leve mareo. Será el calor del ambiente, el vino... no sé..., tal vez me cayó mal la comida.
-¿No querés ir a mojarte la cara con agua fría?
-Sí, claro. Necesito ir al baño. Ya vengo.
Algo agitado, cierro la puerta del baño tras de mí, en medio de imágenes sensualísimas. Me mojo un poco la cara. El espejo me devuelve mi rostro enrojecido. Siento ganas de orinar. Sólo hay un cubículo con un inodoro y me dirijo allí, abriendo mi bragueta. El compartimiento es muy pequeño y dejo la puerta abierta. Busco mi miembro y compruebo que está todo mojado. Mojado y algo tieso. Un generoso chorro invade el silencio del baño al caer sobre el agua del inodoro. Me relajo y acaricio levemente mi verga. Termino de orinar. Sacudo mi miembro. Vuelvo a sacudirlo. Y, no puedo dejar de pensar en el oso. Inmediatamente siento que mi pija ya no puede parar de endurecerse.
¡Un ruido! ¡Alguien entra!.
-Señor, disculpe...
Me vuelvo, extrañado de que alguien me hable, a tiempo que comienzo a decir algo así como ¿no ve que está ocupado...?, pero me quedo de una pieza al ver al oso de pié detrás de mí.
-Perdón. Pero el depósito del baño no funciona muy bien... – me dice con su voz gruesa, retumbante en todo el baño.
-¿Qué? – digo aún inmóvil por la proximidad del oso, entre absorto y excitado.
-Le pido disculpas, señor, pero es que el depósito se descompuso hoy y no funciona. – me repite con leve y encantadora sonrisa.
-Ah... – respondo, con mi verga dura entre las manos, oculta a su visión.
-Le sugiero que cuando lo accione, lo haga tomando el botón de manera firme y presionándolo hacia abajo, muy lentamente... pero sólo hasta la mitad. Con cuidado, porque puede lanzar algún chorro indeseado..., por eso quería prevenirlo.
-¿Chorro indeseado?
-Sí, señor... sólo tiene que...
-¡No, no, no....! ¡Son demasiadas indicaciones para mí!. Si usted sabe cómo hacerlo, por favor, le ruego que me ayude.
-Claro, cómo no, señor. Permítame.
El oso se mete al cubículo y yo me hago a un costado para dejarlo entrar. La situación es increíble, totalmente excitante, y mi verga no para de latir en mi mano. Por supuesto, no hago nada para meterla nuevamente dentro del pantalón. El oso me mira a los ojos. ¡Otra vez esa mirada infartante, pero ahora a tan pocos centímetros! Mi pija da un sacudón imperceptible pero intenso al tacto.
-Sólo hay que... – dice, mientras maniobra con dificultad el botón del depósito.
-Parece muy difícil... – susurro, mientras pienso: ¿Realmente funciona tan mal?
-Sí, señor... es que...
-Está rebelde...
-Y muy duro...
-Así parece – digo, sintiendo mi propia dureza entre los dedos.
-Sí. Le pido mil disculpas.
-No tiene por qué. Supongo que me salvó de empaparme por completo.
-Así es.
-Entonces no tiene porqué disculparse. En cambio, yo soy el agradecido.
-Bueno, viéndolo de esa manera – me dice, sonriendo, a tiempo que su vista baja involuntariamente hasta mi sexo. ¡Ups! ¡te vi, te vi, osito! ¡me miraste la verga!, me digo, divertido.
-¿Está muy duro?
-Sí. Durísimo – contesta el oso con una mirada inconfundiblemente seductora.
Él sigue intentando accionar el depósito. Y yo, aunque parezca ridículo, sigo con mi verga en posición de orinar, cuidando que quede estratégicamente a la vista.
-¿Mucho trabajo en el restaurante?
-¡Uf!, sí, señor. Ha sido un día muy duro– dice, mientras mira de reojo mi erección.
-Caramba. Parece que todo hoy está duro... – digo mirando mi verga. Ambos reímos.
-Ha venido mucha gente hoy, así que sí, tuvimos mucho trabajo.
-Es lógico que esté lleno de gente... es un restaurante muy bueno... – digo acariciando mi verga y descorriendo su prepucio una y otra vez.
-Gracias, señor. Todo muy bien, lástima los baños ¿no? – dice sonriendo. Lanzo una suave carcajada.
-En serio. La comida estuvo deliciosa.
-¿Es la primera vez que viene con su esposa?
Bandido. Sabe que es mi esposa, y disfruta nombrándomela ahora, pienso.
-Sí.
-Espero que no sea la última – dice, a tiempo que escuchamos el ruido del agua caer en la taza.
-¡Bravo!. Al fin pudo con el depósito. Qué habilidoso es usted – digo en voz más alta, mostrándole mi glande mojado.
-Sí, es cuestión de maña, no de fuerza.
-Apuesto que si es por fuerza, usted no tendría problemas – digo mirando sus fuertes brazos.
-Pero no es el caso, claro.
-¿Hace mucho que trabaja aquí?
-Tres meses.
-Con su esposa..., ¿verdad?
El oso me mira cómplice. Baja un momento la mirada para ver como yo acaricio mis huevos y vuelve a mis ojos:
-Sí.
Miro cada expresión de su cara. Su boca es inquietante y estamos tan cerca que puedo sentir su fresco aliento en cada frase. Quiero continuar la conversación porque me parece que es la única manera de seguir el juego. Ese juego por demás sensual, que no estoy dispuesto a interrumpir. Sus furtivas miradas caen también sobre mi pecho, insinuado a través de mi camisa abierta. Desciendo mi vista hasta su entrepierna. Un bulto apretado y voluminoso estira a más no poder la tela de su pantalón. Por un momento pienso en llevar mi mano hasta ese impresionante paquete, pero me contengo.
-Pero, perdón – digo abriendo los ojos de repente – usted quería usar el baño ¿no es así?
-Sí, pero no se preocupe. Usted estaba primero.
-Por mí no hay problema. Ya que estamos compartiendo el baño... adelante – exclamo, haciéndole señas de que no se inhibiera por mi presencia. Qué juego tan extraño, y tan excitante, me digo.
El oso lleva su mano hacia su abultado paquete y empieza a sobarlo lentamente, mientras no pierde detalle de mi pene duro entre mis dedos.
-Hace algo de calor aquí – digo con un suspiro.
-Sí, es que estamos justo arriba de la cocina.
-Entiendo – digo, y me quito la chaqueta. Al hacerlo, mi miembro queda libre y como un palo en el aire. Duro, recto y apuntando hacia el techo. Algunos rizos se escapan fuera de mi bragueta entreabierta. Coloco mi chaqueta en el perchero del compartimiento y también aprovecho para desprender dos botones más de mi camisa. El oso traga en seco y se desajusta su corbata color ocre.
-Sí, es verdad. Siempre sube mucho la temperatura aquí.
-Tal vez si mantuvieran abierta la ventana... – digo abriéndome por completo la camisa.
Su bulto crece y es inmenso. La blanca prenda interior apenas puede contener lo que oculta aún. Aparta a un lado su camisa. Su vientre queda descubierto y puedo seguir el camino de su vellosidad hasta la zona del pubis. Sus manos bajan el elástico del calzoncillo y entonces su erección maravillosa salta en el aire, satisfecha de sentirse libre al fin.
-Será mejor que cerremos esta puerta. Discúlpeme – me dice cortésmente.
-Cómo no.
Quedamos los dos metidos en ese pequeño cubículo. El oso empieza a acariciar de arriba a abajo su endurecido miembro. Es más ancho que largo, sí, pero tiene una forma perfecta. Todo su pubis está increíblemente lleno de pelos ensortijados. Ahora está bajándose más el pantalón junto con su calzoncillo, y libera también sus pesados testículos, finamente tapizados de no menos cantidad de pelos. Son algo rosados y le cuelgan pesadamente. Una luz nos atraviesa ayudando a que nuestras miradas no pierdan detalle de cada verga. Tomo mi cinturón y comienzo a aflojarlo. Me bajo el bóxer junto con mi pantalón y éste cae hasta mis tobillos.
-Tal vez si pusiéramos un extractor, no haría tanto calor – me dice siempre atento a mi lenta masturbación.
-Tal vez – digo, quitándome la camisa y poniéndola junto a mi chaqueta.
El oso se quita la corbata y me la da para que la ponga en el perchero.
-¿Podría ponerla ahí, por favor?
-Por supuesto. Vaya, qué pequeño es este sitio, ¿no?
-Sí. Disculpe, señor.
-¿No me quiere dar su camisa? Creo que está sudando un poco.
-Sí, tiene razón – me dice, y lleva sus manos a los botones. Su pija está enhiesta y bamboleándose. Su glande está completamente descubierto y por debajo sus bolas son la perfecta base para ese gran mástil. La impresionante verga, que sale de esa pelambrera intrincada, es verdaderamente gruesa, y se va afinando un poco en la punta. Se arquea deliciosamente hacia arriba, y está tan alta que faltan pocos centímetros para tocar su bajo vientre.
-¿Y cuál es la especialidad de la casa? – digo, siguiendo la conversación como si nada.
-Cualquier plato a base de carnes. Toda la carne que tenemos es de primera calidad. – me contesta. Entonces abre su camisa, dejando que se deslice por sus hombros hasta sus muñecas. Sigo sus movimientos. Contengo la respiración al ver el espectáculo de su pecho. Está cubierto de pelos suaves desde la garganta, largos y de un color castaño claro. Los pezones que podía adivinar antes bajo su camisa, son asombrosos al desnudo. Parecen dos penes pequeños. Están duros, son portentosos, carnosos y rodeados de un círculo rojizo que sobresale del pectoral. Los vellos se le ponen más tupidos hacia el centro del pecho, y allí tienen un largor de seis centímetros. Un oso así, corta la respiración a cualquiera. Al tenerlo tan cerca corroboro que decía la verdad con lo de las carnes de primera calidad.
-¿Es lo que la gente más pide? – le pregunto, tomando la camisa y retomando la charla.
-La gente pide de todo, y los gustos son siempre muy personales, claro, pero... – me dice, mirándome a los ojos, y después descendiendo por todo mi cuerpo.
-¿Pero? – digo, acercándome un poco más a él.
-Pero bueno, ya que hablamos de gustos...
-Sí, me interesa mucho saber sus gustos, por supuesto – le digo, separando un poco mis muslos y sin dejar de acariciar mi verga, viendo como él hace lo mismo.
-¿Por qué le interesa tanto?
-Nadie mejor que usted puede comentarme lo mejor de este lugar.
Mientras hablamos, nos vamos quitando por completo lo que nos queda de ropa, quedando totalmente desnudos.
-Bueno, a veces pienso que lo que disfruto de este trabajo, no es tanto por la buena comida que servimos.
-Qué interesante – contesto, llevando una de mis manos hacia mis pezones.
-No sé si soy claro - el oso se apoya en la pared y alza descaradamente su pubis y su enorme erección hacia mí.
-Si me lo explica mejor...
-Bueno, a ver, yo disfruto mucho cuando un cliente está conforme con el servicio – el oso se abre de piernas y apoya un pie en el borde del inodoro.
-Ya veo – le digo observando cómo sus espléndidos huevos quedan pendulando entre sus muslos bien separados.
-Y me siento muy bien cuando el cliente se va satisfecho.
-Entiendo.
-Después de haber bebido buenos vinos... – su voz se hace más lenta y acariciante.
-Sí... – replico mientras me pierdo en sus ojos.
-Saboreado una buena comida... – me dice, acariciándome con su baritonal timbre de voz.
-Sí...
-Y haberse deleitado con nuestros postres... – exclama, tomando desde la base su pesada verga con ambas manos y apuntándola a mi cara.
-Creo entender. Es decir que la especialidad de la casa.
-Es hacer que el cliente se sienta en la gloria, siempre.
-Pues debo decirle...
-¿Sí?
-Que aún no me siento satisfecho del todo.
-¿No le gustó entonces la comida?
-Sí. La comida estuvo muy bien.
-¿La atención?
-Impecable
-¿Entonces?
-Lo que pasa es que aún no probé el postre.
Nos miramos profundamente. Hacemos un largo silencio y nos acercamos levemente, dejando nuestras manos a los costados. Las dos pijas, erectas en su máxima grandeza, relucen bajo el haz de luz a pocos centímetros una de la otra. Llevo las manos a su peludo pecho y masajeo suavemente los pezones. El oso se arquea hacia atrás y suspira al fin. Apenas puedo contener sus pezones en mis manos. Mis dedos se hunden entre esos pelos larguísimos y siguen descendiendo por el camino que marcan claramente hacia la pelvis. Atrapo con mis manos el "postre" y lo tomo desde los huevos, apuntando su cabeza hacia arriba. Me inclino. Abro mi boca... y hago desaparecer esa tremenda tranca dentro de ella. El oso lanza un gemido de placer y me pida que siga. Y yo sigo. Pruebo cada uno de sus huevos, me los meto alternadamente en la boca, uno, otro, nuevamente los dos. Su glande no deja de segregar líquido cristalino. Es dulce, almizclado, verdaderamente exquisito. Es la "salsa" perfecta para ese manjar magnífico.
Entonces subo con mis labios por su pecho, acariciado suavemente por tanta vellosidad, y llego hasta los dos círculos rojos. Con la mano los aprieto hacia mis labios, mientras mi lengua los rodea por completo.
El oso me sostiene con sus manazas. Las pasa por mi espalda y yo siento el calor de sus palmas fundirse con el incipiente sudor de mi cuerpo. Sigo subiendo con mi boca, buscando la suya. Me toma la cabeza y me ayuda a encontrar el camino. Nos besamos apasionadamente. Librando una contienda de lenguas entrelazadas e insaciables.
Se da vuelta y me ofrece la entrega total de su culo. Se lo abro violentamente y empiezo a lamerlo. Es delicioso. Sus pelos no entorpecen para nada la degustación. Todo lo contrario, son el aliciente perfecto para que mi verga se mantenga levantada y palpitante entre mis muslos arrodillados en el piso. Mojo bien todo su ano. Cada pliegue, cada centímetro de esa suave piel. Huele a sudor. Huele a macho. Huele a hombre que necesita otro hombre.
Cuando veo que todo está suficientemente lubricado, él extiende una mano buscando algo en el bolsillo de su pantalón. Me entrega un preservativo que yo me coloco enseguida. Inmediatamente, casi con una ansiedad desbordante, me levanto y apoyo la punta de mi pija en ese agujero totalmente abierto. Cuidadosamente hago presión, pero el oso me pone una de sus grandes manos sobre mi nalga derecha y me empuja hacia sí con un envión contundente.
-¡Ah...! Sí, sí..., deseé esto desde la primera mirada... – suspira el oso.
Mi verga entra hasta el fondo de su culo, deslizándose sin dificultad. Lo tomo desde su bajo vientre, atrayéndolo hacia mi hambriento sexo. Empezamos un movimiento enloquecedor, cada vez más acelerado, cada vez más intenso. Busco con mi mano el miembro del oso. Está tan duro como al principio. No ha bajado ni un milímetro. Eso me excita tanto que el bombeo en su trasero ya es frenético. A la vez, lo masturbo con firmeza, arrancándole gemidos y suspiros entrecortados.
Nos movemos tanto que todo el cubículo tiembla con nuestros enviones. La intensidad crece, nuestras respiraciones aumentan más y más..., y estamos a punto de derramarnos. El oso gira su cabeza y se encuentra con mi cara. Yo hundo mis manos en su espesa barba, y encuentro mi boca con la suya, atrapando todos sus gemidos y entrecortadas bocanadas de aire.
Finalmente, siento que exploto, y todo lo que había estado contenido en mí, se vierte en el interior del oso. Casi al mismo momento, siento en mi mano todo el calor del líquido que fluye de su verga. Me inunda con su semen gimiendo su placer dentro de mi boca. Yo gozo como nunca. El orgasmo es tan intenso que me estremezco involuntariamente ante cada chorro de esperma entregado en su culo.
Nos quedamos un instante abrazados, todavía con mi verga dura dentro suyo.
Nos separamos y nos volvemos a besar frente a frente. El gusto de su boca es extraordinario. Volvemos rápidamente a la realidad, nos limpiamos y nos vestimos.
Cuando vuelvo a la mesa, mi esposa me dice algo alarmada:
-¡Por fin!, ya iba a pedir que te fueran a buscar, amor. ¿Te sentís mejor?
-Sí. Me siento magníficamente, querida.
-Me alegro mucho, amor. Sí, se te ve muy bien. Te han vuelto los colores a la cara.
Veo al oso bajar las escaleras y pasar frente a nosotros. Lo observo, ya sin ocultar mi mirada, levanto un brazo y le pido la cuenta. Al poco tiempo el oso nos trae personalmente la adición con dos copas espumantes. Me mira con la más adorable expresión.
-El champán es gentileza de la casa. ¿Todo estuvo bien?
-Todo estuvo excelente. Felicite al chef de mi parte, por favor – digo sonriendo.
-Gracias. Así lo haré. Lo más importante para mí es que el cliente siempre se vaya satisfecho. Espero que haya sido así y que vuelvan muy pronto.
-No tenga duda de que volveremos.
El oso y yo nos miramos fijamente por unos instantes. Luego, advirtiendo ambos que la mirada no podía sostenerse más sin ser sospechada, nos saluda amablemente y se dirige hacia su puesto en el mostrador. Mi mujer me toma de la mano, y al salir veo como el oso abraza a su esposa, que insiste en acomodarle la corbata color ocre.


FRANCO

Mayo 2006