viernes, 31 de marzo de 2017

El cuentito de fin de mes


- CABAÑA EN ALQUILER -

Mar Azul, Provincia de Buenos Aires, noviembre de 1997.

Al recordar todo esto, no puedo dejar de pensar en lo que él me dijo esa noche. Bienvenido sea el peligro. Lo miré, en medio de todos mis temores, todos ellos, hasta los más lógicos, y comprendí que hablaba con la razón. También hablaba con la verdad, que ahora, finalmente comprendo.
Bienvenido el peligro, pienso. Y comienzo a repasar todo una vez más, como con esas películas que uno nunca se cansa de volver a ver.
Desde la guantera del auto asomaba el papel con la dirección y recorte del periódico sujeto con un clip: "Cabaña en Mar Azul se alquila, mes de enero, completamente equipada, dos dormitorios, terreno arbolado, a pasos de la playa". Ya había hablado por teléfono con el dueño, el señor Américo, que me esperaba ese sábado para cerrar el trato. Quería conocer el lugar para decidirme, aunque entre todas las posibles casas que había marcado, esta cabaña parecía ideal para pasar el verano con mi familia.
Había salido de Buenos Aires por la mañana temprano. Era alrededor de las doce del mediodía. El sol de noviembre, radiante, parecía presagiar unas vacaciones brillantes. Cuando entré a Villa Gesell tomé hacia el sur por la avenida 3, viendo como paulatinamente la edificación se hacía menos densa. Tampoco había mucha gente, aunque cada tanto me cruzaba con algunos bañistas que se dirigían a la playa.
Pronto estuve en Mar Azul y me alegré de haber elegido ese sitio aislado, boscoso y tranquilo para descansar después de todo un año de trabajo. El aire me hizo sentir bien. Abrí la ventanilla para sentir la brisa marítima que dio sobre mi cara y mi pecho. Doblé a la izquierda dejando la avenida principal y la frondosa sombra de los pinos logró que me quitara las lentes oscuras y las dejara sobre el asiento delantero, junto al pequeño bolso con mis cosas. A los pocos minutos llegué al lugar buscado.
Era verdaderamente un sitio encantador. Me quedé un instante sentado en el auto, contemplando todo en derredor. Me invadió el silencio y sentí que mi entrecejo se distendía, y luego, todo mi cuerpo parecía relajarse, en resonancia con la calma circundante. Entre los altos pinos, la cabaña casi oculta emergía como un santuario de paz. Toqué la bocina y de atrás de la casa se asomó un hombre alto, no muy mayor, gafas doradas, con el pelo rubio oscurecido llevado muy corto y barba tupida. Mientras descendía del coche vi como el hombre se acercaba sonriendo. Vestía remera holgada y unos shorts de jean cortajeados desprolijamente a la altura de sus muslos.
-¿Américo?
-¡Sí! ¡Adelante, te estaba esperando!
-Hola, mucho gusto – le dije estrechando su derecha.
-¿Qué tal? ¿Viajaste bien?
-Muy bien. La ruta estaba tranquila y la mañana fresca.
-Sí. Acá también estuvo fresco, sobre todo anoche, pero ahora está haciendo calor. Si el tiempo sigue así, estando en pleno noviembre, enero promete ser fabuloso.
Mientras me hacía pasar, acompañándome entre los árboles que nos rodeaban, me empezó a hablar de la casa.
-Hace tres años que compré este terreno y dos que construí esta cabaña. Este es el primer año que la alquilo. Mi mujer y yo decidimos viajar al sur este verano.
-¿Estabas trabajando? - le pregunté, al ver que traía un par de herramientas en la mano.
-Sí, revisando las luces en la parte de atrás.
Me invitó a recorrer la casa. Era una construcción de troncos combinada con piedra, con una rusticidad cuidada y con todo el confort que me había anticipado por teléfono. Era evidente que tenía un cariño especial por esa casa. Intenté mirar cada rincón, pero enseguida me cohibí percatándome de que en realidad él era el que estaba inspeccionando a quién iba a confiar su propiedad. Pero no me molestó, porque Américo era un tipo muy agradable y cortés.
-Como habrás advertido, Mar Azul se está loteando aún y no hay gente cerca. Es muy tranquilo y la calle principal, con un par de negocios, está apartada de aquí. Y como verás, esta casa es la única en toda la manzana. Es como estar en medio del bosque.
-¿Y el mar?
-¿Es la primera vez que visitás Mar Azul?
-Sí.
-Acá el mar está siempre cerca, ¿ves esos médanos?
-¿Cruzando la calle?
-Sí. Escuchá.
Nos quedamos en silencio y él me miró sonriendo, maravillado por los sonidos que nos acariciaban, la brisa entre los árboles, los pájaros, y como un canto constante y subyacente, el mar.
-El mar.
-Sí, no se ve por la altura del médano, pero cruzás y ya estás en la playa.
Era una maravilla. Los altos médanos ascendían justo donde finalizaba la frondosidad de los árboles, a pocos pasos de donde estábamos charlando. Paseamos por todo el predio y luego entramos a la casa. Yo quedé fascinado, la casa me pareció hermosa, cómoda y acogedora.
-Américo, debo decirte que en un principio el precio del alquiler me pareció un poco alto, pero ahora que estoy aquí, veo que todo vale lo que pedís.
-Así es, así es - dijo riendo Américo - por eso es tan importante cerrar estas operaciones in situ, y no a través de un teléfono desde Buenos Aires ¿verdad?
-Tenés razón. Ahora..., si querés hacerme un precio especial, yo encantado - dije con intención y un guiño en la mirada.
-Astuto inquilino - rió, mostrándome la impecable blancura de su sonrisa -  ya veremos, ya veremos.
Luego sirvió un humeante café y nos sentamos alrededor de una gran mesa hecha con un gran tablón de madera que conservaba aún restos de corteza. Cada detalle de la casa era de un gusto simple, refinado y cálido. La luz del día se colaba por entre los vidrios de las ventanas, algunos eran de colores, por lo que la sala se teñía de tonalidades suaves y alegres. Las cortinas estaban hechas en telar y enmarcaban el atractivo protagonismo de unos sillones amplios vestidos con suaves almohadones que hacían juego con esas telas, cercanos a una portentosa y antigua salamandra custodiada por atizadores y trozos de leña. El ambiente olía a un perfume rico y extraño, mezcla de distintas esencias naturales, de canela y madera, y frescores traídos desde el exterior por la primavera reinante.
Entre sorbos de café, ultimamos los detalles del alquiler. Hablamos un poco de nuestras respectivas familias. Américo había viajado esos días a Mar Azul para reacondicionar la cabaña, dejando a su esposa y sus tres hijos en Mar del Plata, donde residía. En medio de esa charla se levantó, acomodó cuidadamente algunas cosas y trajo un cenicero de una repisa para volver a sentarse.
-¿Fumás?
-No, gracias - dije con un gesto.
Prendió un cigarrillo.
-Intento venir aquí tantas veces al año como me permita mi trabajo.
-¿Venís solo?
-Sí. La mayoría de las veces. A mi mujer no le gusta venir en invierno. Pero para mí es ideal. Y la mejor manera de desconectarme de todo, de descansar, y estar conmigo mismo. Solo, con mis pensamientos.
-Yo también disfruto la soledad.
Nos miramos por un momento, acariciados por las vetas de humo de su cigarrillo. Sus ojos claros tenían una profundidad increíble y de pronto advertí que había algo en él que me atraía mucho, pero de una manera inexplicable. Fue en ese momento que algo, misteriosamente, cortó un poco ese clima impalpable que se había instalado entre los dos. Él bajo a vista y yo también, desviando la mirada hacia la pequeña biblioteca del rincón. Había varios libros allí, una pipa, un reloj antiguo que no funcionaba y algunos adornos de bronce.
Cuando terminó su cigarrillo, se levantó como si ya fuera la hora propicia para algo. Después fue hasta la cocina. Regresó con quesos, pan y una pieza de jamón serrano. También trajo vino y con su sonrisa blanca y clara me convidó a compartir el frugal almuerzo. Acepté de buen grado porque estaba hambriento.
Al sentarse a un costado y cruzarse de piernas, recién en ese momento, me fijé en sus muslos, que sobresalían un poco por encima de la mesa. Américo no se dio cuenta, pero mi mirada se posó estratégicamente en sus piernas. Eran grandes, velludas y algo tostadas por el sol. Su voz me sobresaltó.
-¿Regresás hoy mismo a Buenos Aires?
-Sí, claro.
-Pensé que aprovecharías también el domingo para quedarte.
-No había pensado en pasar la noche en un hotel.
-¿Hotel? eso es ridículo habiendo aquí una habitación libre donde te podés quedar.
-¿Quedarme aquí?
-Sí, ¿cuál es el problema? ya sabés que vine solo, y si lo deseás podés dormir aquí.
-Américo, te agradezco mucho el ofrecimiento. Pero no sé, pensaba recorrer un poco el pueblo y regresar en un rato.
-¿A esta hora y con el calor que se está levantando? Como quieras, pero yo te diría que viajes un poco más tarde.
-Sí, creo que tenés razón.
-Mirá, hagamos una cosa, descansás un rato, y cuando baje un poco el sol, salís tranquilo. E incluso, si querés reconsiderar pasar la noche aquí, todavía estarás a tiempo de quedarte.
-De acuerdo, gracias.
-Y no te hagas problema, de paso vas a ver qué cómodos son los dormitorios.
-Espero que así sea - dije socarronamente.
-Disculpá, pero, más allá de que no me iba a perder la oportunidad de seguir promocionando la casa, vas a tener la oportunidad de corroborar la calidad de los colchones por vos mismo - dijo entre risas, mientras cortaba unos trozos de queso y me los ofrecía sobre la cuchilla que acercaba a mi boca.
Américo era un tipo tan simpático que uno se sentía inmediatamente cómodo y a gusto con él. Siempre sonreía, su voz era sonora y amable, pero sobre todo era en esa mirada clara donde habitaba un natural halo seductor que todo lo atraía. Le agradecí nuevamente y terminamos de comer. Luego me estiré un poco, viendo que él hacía lo mismo.
-La cabaña me gusta mucho. Te felicito porque veo que pusiste lo mejor de vos para tenerla así.
-Eso es verdad. Y me alegra mucho que te guste. Realmente creo que la vas a pasar muy bien aquí. Digo, vos y tu familia.
-Sí, lo sé.
-¿Sabés? te confieso que tenía como... un pequeño temor.
-¿Temor?
-Bueno, sí, me preocupaba un poco esto de alquilar a un extraño, uno nunca sabe a quién le estás dejando tu casa. Pero ahora que te conozco, me quedo tranquilo.
Mientras me decía eso, su mirada se iluminó de una manera especial.
-¿Querés descansar un rato? - me dijo.
-No quiero incomodar, Américo.
-Por favor, nada de eso, la habitación de los chicos está lista. Vení.
Lo seguí hasta el cuarto. Él fue hasta la ventana y cerró las cortinas.
-Vos descansá, debés estar rendido. ¿Cómo vas a conducir hasta Buenos Aires sin haber dormido un poco?
-Gracias.
-No hay de qué. Yo voy a acomodar un poco la cocina y después también voy a dormir una siesta.
-¿Te ayudo, Américo?
-¡No! andá nomás – dijo sonriendo – hasta luego.
Entonces, cuando se dirigió a la puerta, y como la habitación no era muy grande, casi chocamos de frente, en medio de las dos camas. Riendo, algo nerviosos, nos rozamos y para evitar que él no cayera sobre una de las dos camas, rápidamente lo sujeté por los hombros. Sentí sus músculos firmes por encima de esa fina tela de la remera. Su cuerpo estaba caliente, firme, agradable. Olía muy bien, casi era una invitación para quedarme un rato más disfrutando de su aroma. Por suerte, eso duró muy poco, la habitación había quedado a media luz y él no pudo advertir que yo me sonrojaba ante ese contacto efímero y no poco extraño para mí por las raras sensaciones que me provocaba. Américo salió y entornó la puerta.
Me recosté en una de las camas. Me abrí la camisa para estar más fresco y me acaricié el pecho, jugando con mis vellos. Seguí con la mirada a Américo que podía ver a través de la puerta entreabierta, mientras ordenaba las cosas en el comedor y la pequeña cocina contigua. Desde mi cama, podía ver todo. Viendo a ese hombre alto y corpulento, llevé los dedos a mis pezones, que inmediatamente se endurecieron con el suave contacto táctil. Mi otra mano fue a posarse sobre la bragueta. Palpé mi pene que debajo del pantalón dio algunos corcoveos. Mi mente voló, impresionada por la visión de ese hombre barbudo, ajeno a mi mirada. Me preguntaba cómo luciría desnudo. Su remera no impedía que yo pudiera tener una idea de la forma de su pecho. Los pectorales, perfectamente dibujados, abultaban debajo de la tela y las puntas de sus tetillas se intuían justamente en donde cada tanto marcaban un punto sobresaliente donde era imposible abandonar toda atención. Los brazos, fuertes y moldeados por tareas viriles, estaban sombreados por una pelambrera generosa, que le otorgaba el inconfundible sello masculino refrendado también en sus piernas descubiertas. Calculé que tendría una edad parecida a la mía. ¿Cuarenta? ¿Cuarenta y cinco?, tal vez un poco más. Me reiteré esta pregunta, como para después hacérsela a él directamente. Américo repasó silenciosamente la mesada de la cocina con un trapo húmedo y cerrando las cortinas se dirigió a su cuarto, que estaba lindero al mío. Como no había encendido ninguna luz vi su silueta que se recortaba a través del tenue resplandor que ingresaba por la ventana.
Entre sus idas y venidas por la habitación, Américo se quitó la remera. Mi mano, sobre mi pubis, abrió el cierre del pantalón, despaciosamente, sigilosamente. Ahora veía como él deslizaba su short, dejándolo caer al piso. No podía verlo con nitidez, pero entre las sombras, Américo se quedó un instante de pie solo vestido con un calzoncillo blanco, que era todo lo que resaltaba en la penumbra. Metí mi mano por entre la abertura de la bragueta y nerviosamente tomé mi pene. Lo sentí húmedo, bañado en líquido preseminal y a mitad de su erección. Pero Américo desapareció de escena cuando finalmente se acostó. La cama estaba fuera de mi visibilidad. Tenía unas incontenibles ganas de ir hasta la cama de Américo. Me froté más fuerte la verga que prontamente había alcanzado toda su rigidez y mi excitación creció incontenible y liberada. Pero sabía que si seguía, no podría aguantar el deseo de estar con ese hombre. Él estaba sólo a unos pocos metros, semidesnudo, y la tentación era enorme. De pronto sacudí mi cabeza. ¿Qué estoy haciendo?, me dije. Me froté la cara con las manos, como intentando apaciguar -o eliminar del todo- mis pensamientos. Estaba muy excitado, pero prefería no seguir pensando en algo que me podría llevar a un camino equivocado. Deseaba a Américo, y cuanto más pensaba en eso, más locamente quería estar con él. Estábamos los dos solos, en esa cabaña apartada de toda visión humana, con todo el tiempo del mundo..., toda la situación me enardecía. Sin embargo, y muy a pesar mío, Américo no se me había insinuado para nada. No podía cometer la chifladura de lanzarme a su lado. No como otras veces había hecho ya, en mi torpe e inexperto pasado con otros hombres. Bien sabía lo caro que había pagado esas estupideces. Después de todo, no tenía idea de qué podría pasar, o si lo que yo imaginaba, sólo existía en mi calenturienta cabeza. No, definitivamente no podía arrojarme a su cuarto. Y a la vez..., quería correr el riesgo, como un adolescente sin raciocinio alguno. Suspiré, tapando mis ojos afiebrados con mis brazos. Me di vuelta, intenté tranquilizarme, a pesar de mi sexo duro y latiente, y decidí pensar en otra cosa. Cerré nuevamente el zipper de mi bragueta y apacigüé mi entrecortada respiración. En minutos el sueño me ganó. Transcurrió alrededor de una hora y media. Desperté algo sobresaltado, con esa sensación extraña y momentánea de no saber bien en donde estaba. Pero enseguida recordé el cuerpo semidesnudo de Américo y comprendí que por suerte no había ocurrido nada. A veces ciertas cosas se desencadenan como una tormenta incontrolable dentro de nuestro interior, y luego, cuando uno comprobó que eso no existió más que en la imaginación, que todo escaló sobre cimientos irreales,  nos sobreviene entonces una sensación de absoluta calma, y el alivio que sentimos es conciliador y bienhechor. Pero hasta qué punto, me pregunté, ese alivio no era más que un premio a la cobardía más absoluta.
Me levanté y fui hasta el baño. La temperatura había subido y me mojé la cara y la cabeza con agua fría. Al orinar, mi pija, algo agrandada, chorreó una gran cantidad de líquido transparente. Al contacto con mi mano, mi verga se animó un poco más y retomó unos tres cuartos de erección. Aún en mi mente estaba el eco visual del torso desnudo de Américo. Pero al oír unos pasos, volví en mí y acomodando mis pantalones salí del baño. Américo se había vestido con lo que llevaba puesto antes y desde su sonrisa me dijo:
-¿Pudiste descansar?
-Sí. Dormí profundamente.
-Claro. Hay un silencio, una quietud aquí..., y además es el aire, uno inmediatamente entra en una calma corporal muy notoria, cuando vengas en verano no vas a extrañar nada la ciudad.
-Ya me está costando regresar.
Américo me miró, un poco serio, y después de un largo silencio me sonrió:
-Me alegro. Eso es muy bueno.
-Es que este lugar tiene algo especial.
-Tal vez sea especial por las cosas que "no tiene", precisamente.
-¿Qué cosas pueden faltarle a este lugar?
-Bueno..., teléfono, internet, televisión por cable... - dijo riendo, de una manera adorable.
-Perfecto - reí - es todo lo que estamos buscando con mi familia.
-Qué bien..., porque todo eso es lo que busca el común de las familias - dijo lacónicamente.
Américo me puso una mano en el hombro. Me sobresalté, mirándolo a los ojos. Una vez más, allí estaba su clara sonrisa. Me dijo, en un alarde de seducción que me pareció irresistible:
-¿Querés que caminemos hasta la playa?
-¡Sí, me encantaría!
-Vení. Te voy a mostrar mi lugar.
-¿Tu lugar?
-Es un sitio donde suelo pasar horas. Entre los médanos. ¡Viene incluido en el precio! Pero eso sí, después de usado, deberá ser devuelto en perfectas condiciones.
Salimos de la casa y atravesamos la calle de arena, internándonos enseguida en los médanos. Eran dunas altas y vírgenes. Grandes y cerrados arbustos crecían entre ellas. Después de ascender unos metros, el mar estuvo frente a nosotros. La ancha playa se veía inmensa desde esa altitud. Y más inmenso aún, el mar, en toda su plenitud. Todo era soledad, sol, viento, horizonte.
-En esta época del año, no se ve un alma por aquí - dijo, como si fuera necesario aclararlo.
-¡No hay nadie! – exclamé sorprendido. Sólo podían verse unas lejanas siluetas hacia las playas del norte.
Estuvimos caminando un poco. El viento nos azotaba. A pesar del sol intenso, la fuerte brisa producía escalofríos.
-Vení, volvamos a los médanos.
-¿No ibas a mostrarme "tu lugar"? – le pregunté, sintiendo un temblor interno y una rara excitación.
-Así es. Seguime.
En pocas escaladas, estuvimos entre los médanos. Era un claro entre los arbustos, al reparo del viento, y Américo, allí mismo, se dejó caer en la arena caliente. Parecía un sitio escondido y secreto, al que nadie habría osado acceder.
-Aquí es. ¿Te gusta?
-¡Es perfecto!
Entre las ramas, podía verse el mar. Miré a nuestro alrededor. La abertura por la que habíamos entrado, era el único acceso a ese pequeño espacio cercado de paredes verdes.
-Vengo aquí seguido, porque es un lugar donde nadie puede verme ¡ni encontrarme!
Yo sentí que se aceleraban mis latidos. Me tumbé junto a él. Lo observaba mientras él miraba el horizonte. Se puso a jugar con la arena, deslizándola entre sus dedos. Permanecimos en un silencio único, ensimismados, compartiendo tácitamente el devenir de cada minuto. Sólo el ruido cercano del mar, sonaba como natural y persistente música de fondo. Una música perfecta y única, que siempre había estado allí, por siglos, y que ahora disfrutábamos juntos.
-Es evidente que te gusta mucho la soledad - dije, sonriéndole.
-Veo que ya te diste cuenta de eso.
-No me fue difícil, creo que en eso somos muy parecidos.
-Se siente lindo, ¿verdad?
-Sí.
-Y es tan necesario tomarse esos respiros, descansar de todo, y de todos. Cuando hablo de esto con algún amigo, por más que nos unan otras cosas, afectos, trabajo, no sé, a pesar de eso es como si nadie me entendiera. Conozco mucha gente, bueno, a todos los que conozco, en fin; que no se separan nunca de su familia, que todos los programas, salidas, todo, lo hacen con sus esposas, o con sus hijos, nunca una salida solitaria, ni siquiera con amigos, no sé. Para mí eso es inconcebible. La necesidad de estar solo me nutre como si fuera un alimento necesario. Quiero a mis hijos, a mi esposa, pero...
-Pero a veces no soportás tenerlos cerca tuyo, ¿verdad?
-¡Sí!, ¿a vos te pasa lo mismo?
-Por supuesto. Y nada tiene que ver con el amor profundo que les tenés.
-¡Exacto!
-Sin embargo, sentís que te asfixiás un poco en ese estar con ellos cotidianamente...
-Día tras día...
-Semana tras semana.
-¡Ah!, vos sí que me comprendés.
-Perfectamente, Américo.
Nos miramos, cómplices. Sonreímos sin necesidad de decir mucho más. Estaba todo claro.
El sol de las tres de la tarde se hizo sentir enseguida. Protegidos del viento, el calor abrasó enseguida. Américo se quitó la remera. Me miró nuevamente, sin decir nada, haciendo un gesto que decía muchas cosas.
Sí – le dije, como respondiendo a lo que acababa de hacer – está haciendo mucho calor.
Entonces me desabroché la camisa y me la quité.
Américo volvió a tenderse sobre la arena, extendiendo sus brazos y apoyando su nuca sobe las manos. Su excepcional torso estaba ante mis ojos. Era ancho. No muy musculoso, pero bien definido. Tenía mucho vello sobre el pecho. Pero más en torno a sus redondos pezones que estaban rodeados de pelos suaves. Ese sombreado espeso brindaba a sus tetillas un destaque maravilloso, con un efecto que parecía agrandar más aún las rojas aureolas. El vello volvía luego sobre su ombligo construyendo una carretera de pelos sobre una fuerte línea que se perdía bajo el short. Tenía las piernas abiertas frente a mis ojos por lo que mi mirada se abismó en la profundidad de sus ingles, o al menos, hasta donde mi vista podía llegar.  Ahí, los pelos de sus piernas se hacían más cerrados, pero ¡lástima! no alcanzaba a ver nada más. La verdad es que no quería mirar demasiado. Tenía temor a que él descubriera mi impertinencia. Me reí para mis adentros por la contradicción que eso encerraba, pues por otra parte, deseaba con locura que mi interés por él fuera descubierto finalmente.
Pronto, mi jean se hizo insoportable. Lo desabotoné y lo abrí un poco. Américo advirtió esto y me dijo:
-Pero, hombre, ponete cómodo. ¡Tirá ese pantalón!
Un poco nervioso por la situación, pero motivado a la vez, me quité los pantalones. Hice un rollo con ellos y me los puse de almohada. Quedé sólo con mis boxers de algodón. Me recosté y me abandoné como él a los rayos solares. La paz, arrullada por el murmullo del mar, sobrevino enseguida.
Retomamos nuestra charla y tuvimos curiosidad de saber a qué se dedicaba cada uno. Así me enteré de que él era un abogado que si bien había dejado de lidiar en las contiendas de los juzgados, ahora se dedicaba a asesorar jurídicamente varias empresas de su ciudad y de localidades cercanas. La conversación se hizo más animada, entonces Américo se incorporó y se sentó frente a mí, con  las piernas abiertas y los codos apoyados sobre sus rodillas. Yo también hice lo mismo. Mientras hablaba gesticulaba con sus viriles manos. Sus ojos, achinados por el resplandor del sol, escrutaban hábilmente mi persona. En un momento, una de las piernas cayó sobre la arena y la consiguiente abertura de su short prometió visiones deliciosas. Me acomodé mejor, no quería perderme esa oportunidad. El bulto entre sus piernas era apretado y grande, un espectáculo inquietante que me atrapaba. Yo también debí haber abierto mucho las piernas,  porque sentí el frescor del aire por las aberturas del bóxer. Se metía por mis entrepiernas y me llegaba a las bolas. Estaba seguro de que desde donde estaba Américo, tendría una vista perfecta de una parte de mis testículos. Me di cuenta que él miraba más de la cuenta cuando en un momento lo pude ver disimuladamente de reojo. Entonces me excité mucho, a tal punto que mi pija empezó a endurecerse. Intentaba ocultar mi bulto entre las piernas cruzadas, pero no me era muy fácil. Américo se recostó sobre sus codos y yo seguí gozando con la visión. Mi imaginación logró más que mis ojos, pero lo que intuía, siguiendo el recorrido de sus macizas piernas, atizaron mis ganas de echarme encima de él. Américo seguía hablando y contándome cosas del lugar, de la casa, de Mar Azul, y yo, asintiendo mecánicamente, lo deseaba cada vez más. Me perdía en la visión de su tórax, en esos puntos rojos rodeados de pelos dorados por el sol. Los hombros extendidos hacia atrás, marcaban aún más la prominencia de sus pectorales, redondos, amplios, coronados con esos picos que invitaban a la degustación más detallista.
Entonces, como si se tratara de un descuido, en un movimiento natural, desabrochó sus shorts. No pude evitar abrir más los ojos. Él se abrió la bragueta y comenzó a bajarse los pequeños pantaloncitos. Yo miré toda la acción embobado. Américo tiró los shorts a un costado y quedó cubierto sólo con su slip blanco. Creí desmayar. Ahora podía ver mejor su abultada entrepierna. Bajo la tela vi sus bolas, y hasta la posición de su verga, que reposaba hacia un costado. El bulto era prominente y estaba tan apretado que los bordes del slip se habían separado un poco de la piel. Mis ojos lo devoraban, creo que él se daba cuenta de eso. Intenté decir algo, tragando en seco, pero sólo me salió una tontería.
-¿No te preocupa que puedan verte? - dije, arrepintiéndome al instante de haberlo dicho.
-¿Verme en bolas? Es tanta la tranquilidad por aquí, que podés estar seguro de que nadie te verá. Nadie viene por este lado ni se aventura entre estas ramas espinosas, son acacias, pinchan mucho.
Américo volvió a recostarse levemente con las piernas abiertas y flexionadas. La tela del slip cubría apenas su entrepierna.
-Sí, es lo que pensé. Pero no tomarás sol en bolas... ¿o sí?
-Realmente me gustaría. Pero en esta playa tan familiar, te podrían llevar preso por eso.
-Entiendo.
-Pero de todos modos, de vez en cuando, cuando sé que esto está más desierto que el Sahara, me quito toda la ropa.
Tragué en seco, temblando de sólo imaginarlo desnudo bajo el sol.
-Claro que esto es algo ilusorio - continuó.
-No entiendo.
-¿Alguna vez probaste estar desnudo al aire libre?
-No - dije un poco avergonzado.
-Ah, tenés que hacerlo. Es una sensación de libertad plena e indescriptible. Aquí, sabiendo que no se puede hacer, esa libertad queda aprisionada por la necesidad de ocultarse siempre. Sí, me pongo en bolas siempre que nadie me vea, pero no puedo salir de este lugar, al que llamo "mi" lugar, pero que ni siquiera es mío. Por eso digo que ese nudismo es ilusorio, es placentero de todos modos, pero no es lo mismo. No lo llamaría sentirse libre. Aunque la libertad tiene muchos significados, muchos factores convergen para hacer que algo se defina como libre. Así que miles de veces me pregunto si se puede ser libre dentro de un sinnúmero de límites, que aunque uno quiera no podrá franquear.
-Creo entenderte.
-Sé que sí, amigo. Pero alguna vez te has preguntado ¿cuántas facetas nos muestra la palabra libertad?
-Innumerables.
-Es verdad. ¿Y quién puede diferenciar objetivamente una de otra? Al fin y al cabo, cada uno conoce su propia libertad. Y por lo tanto, sabe cómo disfrutarla. Practicar nudismo supone un ejercicio de esa libertad, me gusta hacerlo, claro, pero al esconderme ¿qué queda de esa libertad en realidad?
-Al menos, lo podés hacer de vez en cuando.
-A escondidas.
-Uno a veces necesita ocultar ciertas conductas, sin embargo, lo importante es no ocultarse a uno mismo todo aquello que tenga ganas de hacer realmente.
-Lo que sería, en cierta forma, una manera de ser libre. Aún con esa parcialidad.
-¿Parcialidad? No sé. Como vos dijiste, hay muchas formas de libertad. Puede que para muchos eso no sea sólo una parte, sino el todo.
-Yo sé que no es total, porque la libertad parcial es, en cierta medida, tranquilizante. Y la libertad total es... peligrosa.
Por un momento nuestras miradas se cruzaron intensamente. Los dos estábamos conmovidos. Quise decir algo, pero Américo desvió la vista hacia el mar.
-No me hagas caso - dijo con un suave gesto en sus labios.
Guardé silencio. Lo miré, y creí entender lo que quería decirme con esos pensamientos a viva voz que había expresado casi encendidamente, y más aún, cuando al saber que él no me observaba, yo podía mirarlo con total libertad. Y sí, me sentí realmente libre de mirar sus piernas abiertas descansando sobre la arena. Sí, había asomado una porción breve de piel velluda, una de sus bolas, y no sé si fue idea mía, pero creía ver que su bulto estaba notoriamente más grande. Llevé despaciosamente una mano a mi sexo. Creo que él ni se dio cuenta. De pronto se levantó con un movimiento rápido.
-Me voy a dar un baño, estoy todo sudado. Quedate si querés, disfrutá del sol.
Me sentí desconcertado y quedé tendido en la arena sin poder moverme mientras Américo desaparecía por el sendero. La cabeza de mi verga había asomando por la abertura del bóxer sin ayuda de mis manos. Mi erección era plena, vibrante. La miré, sintiéndome solo y decepcionado. Volví a poner mi miembro en su sitio, tomé mis cosas y me dirigí hacia la casa.
Cuando entré, oí el rumor de la ducha. La puerta del baño estaba inexplicablemente entreabierta. Me debatía entre indecisiones y giré en círculos por unos instantes. Fui hasta la habitación, volví, me senté en un sillón, me volví a levantar. Américo estaba ahí, a unos pocos pasos, desnudo. ¡Desnudo! ¡Dios!, quería ver a ese hombre desnudo. ¿Debía resignarme a no tener nada con él? y esa puerta entreabierta ¿debía interpretarla como una invitación? Todo era propicio para la aventura ideal. ¿Pero... si él me rechazaba? ¿había habido entre los dos algo más que una simple conversación, o era sólo una idea loca atizada por mi incontenible deseo?
No lo pensé más. Casi involuntariamente empecé a caminar, decidido, hacia el baño. Empujé la puerta. El vapor me rodeó y el calor reinante fue un estímulo más para mi excitación. Américo se duchaba detrás de la cortina de baño. Podía adivinar sus movimientos por como cambiaban los sonidos de la caída del agua sobre su cuerpo. Sin pensarlo avancé, dispuesto a meterme con él en la ducha. Entonces tropecé con un pequeño banco, y Américo asomó, extrañado por el ruido, de detrás de la cortina.
-Ah, estás ahí ¿querés darte una ducha? Buenísimo. Yo ya salgo. ¿Me alcanzás la toalla?
No osé decir nada, estaba demasiado confundido para hacerlo, estiré la mano hacia el perchero y le acerqué la toalla. Él sacó una mano y oí que cerraba el agua. Cuando Américo descorrió la cortina, estaba allí, sonriéndome, con la toalla anudada a la cintura, mojado, y por lo tanto mucho más irresistible que antes. Miré el bulto insinuado de su verga.
-Es toda tuya - dijo, saliendo de la bañera.
Me sobresalté, pero inmediatamente me di cuenta de que se refería al agua de la ducha. Yo lo miré, maravillado una vez más de su semi desnudez, cortado por su desorientadora actitud, excitado y absorto. Sacudí mi cabeza, y desde mi interior me llamé a la calma.
-En el estante tenés toallas - me dijo, saliendo apresuradamente del baño.
Me metí bajo la ducha y dejé que el agua fría me trajera a la realidad. Lo necesitaba. Habían sido demasiadas fantasías en el día y no creí poder soportar ninguna otra.
Cuando terminé, me sequé enérgicamente y quise vestirme, pero me di cuenta de que había dejado la ropa sobre el sofá. Cuando salí del baño, vi a Américo sentado en los sillones, algo pensativo, aún envuelto en la blanca toalla. La luz del exterior, daba de lleno sobre sus portentosas piernas. Fui hasta él. A un costado del sofá se apilaba mi ropa. Quise tomarla, quería largarme cuanto antes, pero él me dijo:
-Vení, sentate.
Obedecí, ensimismado. ¿Hasta cuándo duraría todo eso? Ese hombre seguía ahí, cubierto sólo con una toalla, como yo, y ya no podía dar cuenta de mi propio control. El cuerpo me exigía cosas que mi mente no podía cumplir.
-Me voy en un rato, Américo - dije, rendido, dejándome caer en el mullido sofá.
Américo puso su mano en mi brazo, tomándolo dulcemente. Lo miré, serio, debatiéndome en mostrar u ocultar lo que dentro de mí sentía.
-Pensalo bien. ¿No querés llamar a tu esposa y avisarle que viajás mañana? - dijo, indicándome su celular que estaba sobre la pequeña mesa ratona.
-¿Qué es esto?
-Un teléfono móvil, hombre.
-No sé cómo se usan estas cosas.
-No es difícil, para nada.
-Supongo que no. Hace un rato te dije que...
-Que te estaba costando irte.
-Sí- musité, asombrado de que él supiera lo que iba a decir.
Me miró profundamente. Su mano seguía en mi brazo, firme, y a la vez delicada.
-Entonces, hacele caso a tus ganas. Vos y yo somos parecidos, ¿no lo creés?, y sabemos que a veces hacemos más caso a lo que pensamos, que a nuestras ganas verdaderas. Algo parecido a esa libertad trunca de la que hablábamos hace un rato.
-Sí, pero después...
-Después terminamos lamentándolo. Lo sé.
-Yo hago caso a lo que está bien, a lo que es correcto.
-A lo que es correcto, sí.
Nuestras palabras iban descendiendo de tono y cada discurso iba atenuando su ritmo. Escuché nuestras voces más suaves, casi susurrantes. La mano de Américo subió un poco, hasta llegar a mi hombro. Sentí que su piel ardía en la mía. Miré su mano, como si ésta amenazara todo lo que yo creía y era.
-Me parece que lo correcto es que me vaya ahora.
-Quedate esta noche.
-¿Por qué?
Américo me soltó de pronto. Bajó la mirada y no dijo más nada. Como por instinto busqué mi ropa. Miré su pecho, que subía y bajaba algo agitado. Descendí la vista, justo ahí, donde se marcaba una prominencia inequívoca. Yo ya tenía la camisa en la mano, a punto de ponérmela. Entonces él, sin responderme, se estiró un poco, tomó su celular y me lo alcanzó, sin animarse a levantar sus ojos. Yo tampoco dije nada, dejé que pasara un tiempo, luego tomé el celular y marqué el número de casa.
-Hola, amor, soy yo - balbuceé. De reojo, noté que Américo me miraba, no a la cara, sino que recorría mi cuerpo, deteniéndose sobre lo que mi toalla cubría. En el teléfono, mi esposa me preguntaba por el alquiler - Todo bien, estoy en la cabaña..., con el dueño..., sí, el lugar te va a gustar mucho, es perfecto... - Mi mano dejó a un lado la camisa y fue involuntariamente hacia el nudo de la toalla - Amor, quería decirte que me voy a quedar en Mar Azul esta noche.
Américo hizo un gesto inclinando la cabeza, a tiempo que retraía su labio inferior y tomaba aire sonoramente por la nariz. Continué:
-Sí...; no te preocupes, tengo donde quedarme, el dueño me ofreció una habitación...; bueno...; porque estoy un poco cansado por el viaje...; ¿Cómo?...; no sé...; mañana...; quiero viajar descansado...; me pareció prudente...
Como jugando, lentamente, desanudé mi toalla mientras seguía hablando, con la vista puesta en el bulto de Américo. La voz de mi esposa sonaba muy presente, yo le respondía como un autómata:
- No te preocupes...; es muy gentil...; sí, muy amable...; también lo es, sí, muy simpático...; sí...; ¿cómo están los chicos?...; me alegro...
Abrí mi toalla, abandonando mis manos y dejando a la vista los primeros vellos. Américo se quitó los anteojos, observaba, absorto, mientras yo proseguía:
- No sé...; supongo que saldré por la mañana...; no...; después te cuento...
Mi verga, al sentir un próximo escape al exterior, pareció desperezarse y comenzó a latir, abultando la toalla que apenas la cubría.
-No, cariño...; ya arreglé todo...; cruzando la calle...; sí, muy cerca...; se puede escuchar el mar desde la casa...
Mi erección saltó por fin, y ambos lados de la toalla dieron paso a mi sexo, enhiesto. Un oportuno rayo de sol iluminó el glande, perlado y tenso, y un brillo feérico pintó la punta. Con una serenidad controlada, me despedí de mi esposa:
-Está bien...; sólo quería avisarte...; chau, amor...; hasta mañana...; yo también...; un beso...; sí...; sí...; y cariños a los chicos...; chau.
Cerré el celular y me levanté del sofá. Con mi erección cercana a la estupefacta cara de Américo, le devolví el teléfono.
-Me quedo - susurré.
Él puso nuevamente el celular sobre la mesita y también se puso de pié, frente a mí. Desanudó su toalla, lentamente, mirándome a los ojos, y dejó que cayera al piso. Su verga, levantada, grande y dura, se midió con la mía. Las dos pijas se enfrentaron, casi tocándose, latiendo casi al unísono.
-Qué bueno que decidiste quedarte ¿por qué no querías?
-Culpas.
-Lo entiendo - me dijo. Y estiró una mano para acariciarme la mejilla con el dorso. Enseguida cerré los ojos, abandonándome a él, y le tomé la mano para besársela. Se acercó más a mí y nuestros miembros chocaron.
Nos abrazamos, sin poder aguantar más, y él me besó en la boca.
-Ah... -susurró mientras me acariciaba ávidamente - me gustaste desde que te vi..., pero no sabía...
-Américo...
-No sabía si te pasaba lo mismo.
-Es como dijiste..., somos muy parecidos.
-Me hubiera lanzado encima tuyo en la arena.
-Yo estuve también a punto de hacerlo. Y antes, cuando te quitaste la ropa en tu cuarto.
-No pude dormir, quería ir a tu cama... - me dijo, emocionado.
-Yo sentí lo mismo.
Lo aferré contra mi cuerpo. Nuestras vergas no cesaban de frotarse. Me tomó del brazo y me llevó hacia la habitación. Allí caímos en su cama. Entonces todo desapareció de pronto, olvidé dónde estaba y cómo había llegado hasta ahí, sólo sabía que estaba con él. El tiempo se detuvo, o no importó en absoluto. No sabía qué pasaba, pero estaba en sus brazos. Al fin.
Yo besaba su boca, chupaba, lamía sus labios, restregaba mi cara contra su barba. Le repetía cuanto lo deseaba. Me apoderé de su pija. Estaba enorme, dura, generosa. Tuve que apartar un poco los largos vellos de la base para besarla. Empecé a moverla, a bombearla suave pero firmemente. Américo hizo lo mismo. Empezamos a jadear y a gemir. Su cuerpo aún estaba húmedo. Entonces mi boca empezó a recorrerlo, sorbiendo y bebiendo todo resto de agua que pudiera haber quedado de la ducha. Pasé mi lengua por sus pechos. Me detuve en sus pezones. ¡Ah, cómo había deseado meterlos en mi boca! Américo gimió cuando mi boca caliente los mordisqueó. Sentía esos duros pelos que rodeaban cada tetilla en mi boca, mi saliva los alisaba, mi lengua los apartaba y los volvía a buscar, pronto estuvieron empapados de saliva y, formando arabescos, quedaban pegados a su piel. Bajé un poco más e hice lo mismo con los vellos de su ombligo, metiendo bien la lengua en ese hoyo profundo y apretado. Américo se contorsionaba de placer, tomando mi cabeza entre sus manos. Mi lengua se movía hábilmente, succionando y mojando cada tramo recorrido. Bajé guiado por la hilera de pelos que se ensanchaban hacia abajo. Pronto, mi boca estuvo llena de pelos ensortijados y duros. Casi todo su peludo pubis entró a mi boca. Sorbí las gotas de agua que tenía todavía en sus pelos con la certeza asombrada de que mi sed era imposible de calmar. Paladeé sus pelos, limpiándolos y maravillándome con el rico aroma a jabón que inundaba mi nariz. Américo había quedado acostado y casi inerte boca arriba, con las piernas y brazos extendidos. Su cuerpo se arqueaba y movía suavemente respondiendo a mis caricias. Sentía el calor de su verga sobre mi mejilla. Retrocedí un poco admirando por un instante ese erguido mástil, gordo y venoso, entonces tomándolo fuertemente por la base lo sentí latir, prisionero de mi mano. Sin dudarlo me lo metí entero en la boca. Así estuve un largo rato, succionando ese tronco tieso, que apenas podía ladear. Me comí sus bolas, metiéndolas una y otra casi hasta la garganta. Eran grandes y flácidas, y se dejaban mover complacidas dentro de mi cavidad bucal. Los pelos se me atragantaban en lo profundo de mi garganta, pero así y todo, no podía parar.
Sentía que mi verga iba a explotar. Durísima, casi inmóvil, pensé que iba a acabar en cualquier momento. Américo se incorporó y me empezó a lamer el borde de mis tetillas. No se las metió en la boca, su lengua, experta y sensible, rodeaba despacio la aureola rosada de mis pezones, logrando endurecerlos y sensibilizarlos al máximo. Era una dulce tortura, porque yo deseaba que me los mordiera o me los chupara por completo de una sola vez. El muy cruel dejó eso para el final, después de haber estado lamiendo y lamiendo mis tetas como un tierno e interminable preludio. Casi grité cuando se comió los pezones. Sentí un placer indescriptible. Y enseguida, se apresuró a chuparme la verga. Eso fue demasiado. Su barba rozaba mis bolas y cada envestida de su boca me producían largos y embriagadores estremecimientos.
Me abrió las piernas y me giró dulcemente. Mi culo quedó ante su boca. Me lo abrió con sus manos y con la punta de la lengua hizo un progresivo trabajo de toques leves, apenas unos roces calientes y húmedos sobre el borde del ojete, que temblaba ante cada contacto. Fue enloquecedor. Mi ano empezó a contraerse y dilatarse alternadamente, cada contracción dejaba paso a una abertura más relajada, y finalmente sólo sentí una profunda sensación de distención completa, entonces su lengua pudo entrar mucho más. Observó lo que tenía frente a él por un momento y aparentemente estuvo muy satisfecho de lo que había logrado. Fue cuando me dio sonoros besos entre los pliegues de mi agujero para después  penetrarlo por un tiempo largo con su lengua rígida, en un constante entrar y salir. Cuando toda la zona estuvo lubricada con su saliva, me volvió a besar y mirándome a los ojos me rogó con extrema dulzura:
-¿Puedo?
-Sí, Américo, estoy listo.



Entonces se montó encima mío y con infinita ternura empezó a introducir su miembro en mi culo. Yo estaba muy relajado y mi ojete se había agrandado perfectamente gracias a las caricias linguales, sin embargo, era el fuerte deseo de sentir su verga en mi culo lo que facilitó la dulce maniobra. Pronto, su verga estuvo bien metida adentro mío. A cada movimiento mi pija se frotaba contra las sábanas, y el placer era completo. Su punta viril no dejó interior sin acariciar. El placer fue absoluto cuando tomó un ritmo constante y ágil que hizo que yo me sintiera en el paraíso. Todo mi interior vibraba en un indecible disfrute. Después de unos cuantos minutos de mutuo goce, Américo salió de adentro mío y me dijo:
-Ahora vos. Quiero sentirte adentro mío.
Me volvió a girar tendiéndome boca arriba. Mi pija quedó balanceándose hacia el techo, manteniendo su más alta erección.
Entonces Américo, poniéndose en cuclillas, se encaramó sobre mí y se sentó sobre mi verga. Lentamente, y ayudándose con las manos, mojándose el agujero con su propia saliva, se fue acomodando hasta tener la punta de mi tronco en su ano. Maniobró mi pija de tal modo, que todo el líquido preseminal que bañaba mi glande, fue frotado contra cada pliegue de su hambriento hueco. Su verga levantada estaba frente a mí, a pocos centímetros de mi cara. Un espectáculo increíble que nutría permanentemente mi morbo enardecido. Hizo tan bien su trabajo, que mi verga quedó oculta dentro de su culo en pocos segundos. Estaba abierto, caliente y mojado por distintos fluidos, incluidos nuestros propios sudores. Al moverse, todo ese enorme palo erecto se balanceó frente a mi vista, lo cual me excitaba más y más. Las bolas, peludas y pesadas, comenzaron a castigar mi bajo vientre, con un tamborilleo delicioso. Su suave interior me ardía alrededor del miembro, y sentí que con mi pija, llegaba hasta el fondo de esa gran cavidad. Me estiré un poco y con algo de trabajo alcancé a chupar la punta de su pija. Américo se inclinó sobre mí y muestras bocas se juntaron en un apasionado beso. Cuando volvió a incorporarse tuve la bella visión de su espléndido torso sobre mí, mientras su verga, ahora apenas movible, llegaba a golpear fuertemente en mi panza a cada sacudida de su pelvis. Pronto aceleramos más los movimientos e involuntariamente llevó la cabeza hacia atrás. Se tocó los pezones erectos, tironeándolos lo más posible. Mis manos lo agarraban por las nalgas, abriéndoselas. Cabalgando sobre mí, veía a semejante macho en éxtasis total como en una especie de halo de ensueño. De pronto me miró, anunciándome sin palabras que estaba listo. Fue cuando de su pija salió un violento chorro de esperma que dio directamente sobre mi cara, bañándola por completo. Atrapé unas gotas con mi lengua y saboreé ese manjar tibio y lechoso. Siguió otro chorro, y otro, y con menos fuerza, los últimos menos abundantes. Parecía que nunca iba a terminar de vaciarse. Todo ese tiempo había contenido mis grandes ganas de eyacular, ahora finalmente era el momento de liberar todo mi líquido. Entonces Américo, que había advertido eso, se levantó y albergó mi pija en sus manos. Comenzó a bombear frenéticamente acercando su boca a mi glande hinchado. No tuvo que trabajar demasiado. Yo ya estaba listo. Me arqueé en sus manos, completamente ido, y en medio de gemidos que me salieron sonoros y entrecortados me desbordé en un gran orgasmo. Américo abrió bien la boca y atrapó el continuo chorro de leche que parecía no agotarse nunca. Tragó todo mi semen, y cuando al parecer quedé vacío, lamió las gotas que habían caído también sobre mi pecho, mis pelos y mis piernas. Limpió todo resto de esperma con su lengua, incluso el suyo, sorbiendo y chupando amorosamente.
Luego se dejó caer a mi lado, y agitados, exhaustos, casi muertos, quedamos tendidos en la cama.
Después de un rato, cuando nuestra euforia desatada había menguado, giró su cabeza hacia mí. Me sonrió.
-¿Cómo estás?
Miré hacia el techo, un poco confundido todavía. Con la piel erizada de placer, mi cuerpo aún no se recuperaba de tanta sensibilidad libertada. Por fin, cuando sentí que podía dominar el lenguaje de las palabras, dije despaciosamente con un largo suspiro:
-Ay, Américo...
-¿Qué?
-Estoy...
-Sí, ¿cómo estás? - me repitió, buscando mi mano para llevarla al beso de su boca.
-Estoy tan bien que tengo un poco de miedo.
-Un poco de miedo, y un poco de culpa.
-Sí, la culpa sigue ahí, lo sé.
-¿Cómo sabés?
-Porque siento lo mismo.
-¿Debemos preocuparnos?
-No lo sé.
-Menos lo sé yo.
-Puedo comprender que quieras irte en este mismo momento. De veras, lo entenderé.
-No - le dije, mirándolo a la cara y girando para abrazarme a él - no quiero irme.
Él me estrechó fuertemente entre sus velludos brazos y me dio todo su calor. Guarecí mi mejilla entre sus húmedos pezones, que besé dulcemente entre caricias y chasquidos, mientras él pasaba su mano por entre los pelos de mi pecho.
-Tenemos toda la noche para estar juntos.
Al escuchar eso, mi pecho vibró en medio de una dicha profunda y nueva. Estaba feliz, inmensamente feliz de estar allí, en sus brazos.
-Sí - dije - y mañana..., dejemos que mañana sea otro día. Pero, Américo, creo que...
-¿Sí?
-No. Nada, nada.
-Decime, ¿qué pasa?
-No sé. Intuyo que algo peligroso acontecerá.
-¿Peligroso?
-Sí, peligroso, un peligro que pueda atentar contra nuestras certezas.
El se quedó pensativo un momento, luego, mirando a la nada, me atrajo hacia él:
-Bienvenido sea el peligro.
Lo miré un instante. Él tenía razón.
-Bienvenido, sí - repuse.
Nos abrazamos, y ya no dijimos más nada.
Hicimos el amor toda la noche.
Cuando el sol entró por la ventana a la mañana siguiente, Américo estaba aún abrazado a mí. Dormía. Era sublime verlo así, con una inenarrable calma en su rostro, y una expresión de sueños intuidos que me hacía verlo dichoso.
Lo besé, lo besé largamente, buscando su boca y despertando su lengua adormecida con la mía, ávida y compañera. Sentí su abrazo más fuerte, y sin abrir los ojos Américo despertó. La lengua se acarició con la mía y las manos de ambos comenzaron su recorrido obligado por los cuerpos entrelazados. Las erecciones, gemelas, hermanadas por el deseo mutuo, se volvieron a unir. Su verga, fisgona, se metió entre mis piernas. Instintivamente las abrí, dejándole el paso libre. Sin dejar de besarme, Américo me penetró de nuevo, había perdido la cuenta de cuántas veces lo había hecho esa noche. Me aferré a él, desesperadamente, y cuando sentí que su líquido me inundaba y se volcaba por los bordes de mi más íntima puerta, no pude evitar descargar lo mío también. Su verga quedó dentro de mí. Dura por un largo rato. Y después fue sosegándose. Y en todo ese tiempo, nuestras bocas habían permanecido unidas, inseparables, y nunca en toda mi vida, había sentido jamás una unión tan cercana. Fuimos uno, los dos, y lo sabíamos.
Cuando me despedí de él, sentí que estaba marcando un punto de referencia sobre mi vida.
Ese verano fue efímero y distintos a todos los otros veranos anteriores. Pasaron las vacaciones y el otoño asomó con toda su melancolía. También a mí me alcanzó esa melancolía. Pero estaba en paz.
Sabía que pronto volvería a la cabaña de Mar Azul.


Franco.

Mayo 2003, reescrito en 2015