lunes, 30 de abril de 2018

El cuentito de fin de mes (2ª parte)




- El Oficinista -

Un cuento erótico en XII episodios
(continuación)



VII – A orillas del río.

Por fin había llegado Enero. Había llegado para ambos. Y había traído el sol, el río, los árboles, todo ese verde que se les metía por los poros.
Javier armó la carpa en dos minutos. Asombrado, Tomás lo miraba queriendo intervenir pero sin saber cómo. Por fin, resignándose, prefirió dejarlo hacer, y se sentó en la hierba contemplando maravillado la escena. Sería cerca de las diez de la mañana y el día los abrasaba calurosamente. Toda esa enorme ración de naturaleza ya estaba transformando a Tomás. Por un momento pensó, maravillado, en lo lejos que había quedado el umbral de la facultad, el límite franqueado de la gris oficina. Todo eso era tan distinto y lleno de vida.
-¡Listo! - dijo finalmente Javier.
-Nuestra casa.
-Así es. No es el Ritz, pero sirve perfectamente.
Tomás ayudó al muchacho a acomodar las cosas: mochilas, ropa, provisiones, linternas; todo dentro de la carpa.
Estaba encantado. Aquellos días había estado ansioso por que ese momento llegara. Soñaba con eso, después de todo Javier se había transformado en algo muy especial para él. ¿Qué clase de relación era esa? Una amistad, un afecto filial, un amor de almas, ¿era tal vez algo distinto...?
Javier estaba transpirando. Había estado muy activo levantando la carpa, y además el día era caluroso. Resoplando se quitó la remera con grandes gestos. Era la primera vez que Tomás veía su torso desnudo. De hombros anchos y pectorales bien formados, sus prominentes pezones rosados y perfectamente redondos resaltaban entre la leve vellosidad que crecía en el centro del pecho. Llevó sus manos a la hebilla del cinturón y empezó a desabrocharla. Tomás siguió paso a paso sus movimientos sin poder quitarle los ojos. Javier se quitó los pantalones y quedó solo cubierto por un bóxer blanco. Su cuerpo era muy armonioso. Las piernas eran su zona más peluda, los vellos eran ahí tan tupidos como en sus axilas y en su abdomen. Le dijo a Tomás que se iba a poner el traje de baño y entró a la carpa. Tomás, sin poder reaccionar, se había quedado de pié con la respiración agitada.
Ahora lo sabía. Sabía que Javier lo atraía irresistiblemente.
En la oficina ese interés era como entre padre e hijo, amistoso tal vez, él sabía que desde que se conocían buscaba su compañía, disfrutaba de sus charlas... pero aquí, todo eso quedaba superado por otro tipo de atracción que no podía ocultarse con otras cosas. Sabía ahora que sentía por Javier un interés sexual casi incontenible. Era el primer día de campamento y ya estaba sospechando que no había sido una buena idea el haber aceptado la invitación de Javier.
-¿No tiene calor? – dijo Javier, saliendo de la carpa ajustándose el traje de baño.
-Eh... Sí...
-¿Y qué espera para quitarse la ropa?
Tomás balbuceó algo y buscando su mochila, entró al interior de la carpa.
Estaba temblando. No podía sacarse la imagen de esa desnudez juvenil, desbordante, casi altanera. Javier era un ángel, se dijo, pero un ángel que despertaba en él sus más ocultos y secretos impulsos. Entonces comprendió por qué en un momento había pensado que estar ahí era un error. Hasta ahora, Tomás jamás se había dejado llevar por impulso alguno. Su mente reaccionaba antes, siempre y en cualquier situación. Y ahora, tenía un miedo aterrador de no poder controlar sus propios deseos.
Fue desabrochando su camisa espiando un poco por la abertura de la carpa. Javier estaba entrando al agua. Se quitó los pantalones y el calzoncillo. Se excitó con su propia desnudez y se sintió un poco mareado por tantas sensaciones juntas. Tan intensas como nuevas. Su miembro estaba semi erecto, húmedo y pesado. Lo miró, pero no quiso tocarlo por temor a que despertara del todo. Se puso su anticuado short y salió al exterior. Su larga figura se desplegó al salir por la diminuta abertura de la carpa. Javier lo vio desde el agua y Tomás sintió vergüenza de mostrase casi desnudo. No era por Javier, era su timidez natural, ante cualquiera le hubiera pasado eso. A la luz clarísima del sol, su cuerpo parecía aún más blanco. El contraste con el negro vello que cubría sus brazos, pecho, abdomen y piernas, era llamativo. Tanto, que Javier le balbuceó algo acerca de que tuviera cuidado de cuidar su piel de los rayos solares. Tomás, en vez de zambullirse en el río, prefirió sentarse a la orilla, mirando y gozando de todo el entorno. Aún estaba incómodo. Todo le parecía maravilloso, pero se sentía perdido, semidesnudo en ese contexto extraño a sus costumbres.
Javier salió del agua al poco tiempo. Parecía un semidios emergiendo de legendarias profundidades. El traje de baño mojado se adhería a sus genitales, marcándolos por primera vez ante la vista de Tomás. Se notaban perfectamente sus bolas y el tronco de su pene, bastante largo por cierto, descansando sobre ellas. El agua había peinado el vello de su pecho, haciéndolo parecer más abundante. Desde el ombligo salía una gruesa hilera de pelos que se ensanchaba hacia abajo, el traje de baño se había bajado un poco y los vellos del pubis asomaban insolentes.
Tomás, que lo miraba sonriente, pensó que a partir de entonces, cada cosa, cada movimiento que hiciera su joven amigo, sería una torturante prueba para él, y que debería controlarse para no abalanzarse sobre ese cuerpo tan ansiado y ser ganado por la atracción tan intensa.
Javier, ebrio por la naturaleza a la que estaba acostumbrado, estaba feliz. No sospechaba absolutamente nada de aquello por lo que se debatía Tomás en ese momento. Se tendió despreocupado y agitado sobre la hierba de la orilla, a pocos centímetros de su amigo. Cerró los ojos y sintió la calidez del sol. Su cuerpo brilló, dorado por las gotas que, como piedras preciosas, adornaban cada curva, cada pliegue, cada pelo de su hermoso y excitante cuerpo.
Después de almorzar, Tomás se durmió, agotado, bajo la sombra de un árbol. Javier caminó un poco por los alrededores y volvió después de un largo rato, al tiempo que su amigo despertaba. Había traído agua, pan, queso y frutas. Después armaron las cañas, los anzuelos y Javier le enseñó pacientemente a Tomás eso que él no había hecho jamás, tirar una línea y disfrutar de la paz circundante pescando en la orilla. Pero no pescaron nada, y la tarde pasó perezosa y quieta ante ellos como mudo testigo de sus frecuentes y tranquilas charlas. Para Tomás, ese oleaje de lujuria inicial se había aplacado un poco y realmente estaba gozando todo lo que hacía. Estar juntos para él era la gloria. Cada gesto, cada movimiento o cualquier cosa que dijera el muchacho, lo dejaba embobado. Me estoy enamorando, entonces, se dijo a sí mismo. Su interior entraba en conflicto todo el tiempo, no sabía que sentir, que permitirse, que censurarse. Todo era desconocido para él. En medio de esas cuestiones, sintió caer la tarde. Después de cenar comieron frutas bajo la chispeante luz de la fogata. Sus charlas eran interminables, disfrutables y desplegaban todo tipo de temas. Había oscurecido ya y el fuego los pintaba con cambiantes sombras y tonos rojos. Vencido por el sueño, Javier quiso retirarse a dormir.
-Andá, Javier. Yo me voy a quedar un rato más. No te preocupes que yo apago el fuego.
-Buenas noches, Tomás – dijo entrando en la carpa, pero, al instante, como olvidándose de algo importante, se volvió nuevamente hacia Tomás y le dijo – ¡Lo estoy pasando muy bien!
Tomás le sonrió dulcemente.
-Yo también. Que descanses Javier.
Se quedó solo y en silencio, mirando el fuego. Giró su vista hacia la carpa cuando advirtió que Javier había encendido una linterna. Un marcado contraluz le devolvía su silueta en sombras. Sabía que ahora vendría la prueba más difícil. Dormir juntos. ¡Cielos!, dormir con ese ángel del que estaba cada vez más enamorado. Vio la figura de Javier desnudándose a través de la fina tela de la carpa. Habría saltado sobre él en ese momento. Por supuesto se contuvo, pero su verga no y se puso dura instantáneamente, entonces se mordió los labios, tragando saliva dificultosamente. Sentía latir su corazón como si se le quisiera salir del pecho. La luz de la linterna por fin se apagó. Ahí estaba Javier. Estaba con él. Cuanto había cambiado su vida aquel jovencito. Ahora ¿cómo podría volver hacia atrás?
Después de estar largo tiempo pensando, su erección permanecía inalterable. El fuego, casi extinto, terminó consumiéndose hasta las pequeñas brasas. En la oscuridad casi absoluta aprovechó la calidez de la noche y se desnudó en la entrada de la carpa, para no despertar a Javier. Cuando entró, desnudo, sintió el aroma de su muchacho inundando todo el recinto. Eso hizo palpitar aún más a su dura verga que se bamboleaba con cada movimiento suyo. Entró en su bolsa, pegada a la de Javier que ya dormía profundamente, y, sigilosamente se cubrió con ella. La oscuridad era absoluta, pero allí estaba él, durmiendo, pensó, a escasos centímetros. Sentía en su cara el movimiento del aire que exhalaba. Era delicioso. Se animó entonces a estirar una mano sobre él. Pero enseguida se contuvo y la retiró. Sintiendo su miembro a punto de eyacular ante el recuerdo de su cuerpo joven y esbelto, bello, lozano, controló nuevamente su irrefrenable deseo, se volvió de espaldas, e intentó dormir.

VIII – Sobre un viejo bote.

Al día siguiente, Tomás despertó temprano, pero su adorado amigo no estaba a su lado. Al salir de la carpa, advirtió que Javier tampoco estaba por ahí. Se preparó un café que junto con unas galletas constituyeron su breve desayuno. Al rato vio aparecer un bote que venía por el río. ¡Era Javier!. Lo saludaba con la mano acercándose remando.
-¡Buen día!
-¡Buen día! ¿Pero... de dónde sacaste ese bote?
-¿Le gusta?
-¡Formidable!
Javier le tiró una cuerda y Tomás ayudó a acercar el bote a la orilla.
-¡Suba!
Tomás, dando un salto, subió al bote entusiasmado, sin poder dar crédito a sus ojos, y juntos iniciaron un paseo.
-Javier, esto es grandioso, ¿Pero, cómo conseguiste el bote? ¿no lo habrás robado, no?
-¿Cómo se le ocurre? ¿Me cree un delincuente?
-La verdad que sí...
Rieron. Javier comandaba el bote, remos en mano.
-No, no lo robé, quédese tranquilo. Es prestado. Yo le dije que me encargaría de todo, ¿no? Al levantarme salí a caminar y llegué hasta lo de Don Fermín, un viejo amigo de la familia que tiene su casa a metros del río, a cambio de un poco de conversación me prestó el bote. Ahora podremos pescar en medio del río, ¿qué le parece?
-Me parece que no podía ser mejor – respondió Tomás con la alegría de un adolescente.
-Qué bien. ¿Sabe? Me gusta verlo contento, feliz.
Tomás se sonrojó y suspiró sonriente.
-Sí, estoy feliz. Este lugar... vos...
-¿Yo?
-Sí... te debo todas mis risas.
Se quedaron en silencio. Javier remaba, por lo que quedaron frente a frente en la reducida capacidad de la barca. Y decidieron callarse al percibir tanta calma y quietud. Solo se oía el canto de los pájaros, el zumbido de cigarras y el chapotear de los remos al franquear la calma superficie del agua. Pero Tomás no pudo escuchar nada. Nuevamente tenía ante él, la imagen deseada de Javier, que remaba lentamente de cara al sol.
Disimuladamente lo devoraba con la vista. Aprovechaba los momentos en que el joven se quedaba viendo el paisaje circundante. Javier se había quitado la remera e iba con el torso desnudo. Al remar abría sus largas piernas peludas y sin darse cuenta ofrecía un festín visual a su amigo. Sus brazos jóvenes contraían sus definidos músculos al accionar los remos. Sus pectorales se tensaban virilmente a cada vaivén. El sol daba de lleno en su cuerpo y según el movimiento, la tela de su pernera se abría revelando una entrepierna ensombrecida de pelos cada vez más espesos. Por debajo, el comienzo de sus nalgas se dibujaba perfectamente, y no era difícil imaginar lo que el short ocultaba. Tomás, que había empezado a sentir mucho calor, comenzó a sudar, y no sólo por la alta temperatura. La vista tan excitante del muchacho remando hizo crecer su verga. Pensó en quitarse la camisa, pero, Javier se daría cuenta de su abultada dureza.
De pronto, Javier alzó los remos y dejó que el bote se deslizara bajo la sombra que daban las largas ramas de un sauce. Tocando la orilla apenas, la embarcación quedó quieta entre unos juncos. Sin decir nada, se dejaron habitar por tanta paz. Pronto, los ojos de Javier se toparon con los de Tomás, que lo miraba dulcemente. Se sonrieron tiernamente.
-Gracias por traerme aquí, Javier. Nunca creí que esto fuera tan hermoso.
Entonces, Javier se incorporó un poco y estiró su mano hacia el muslo de Tomás. Su mano chocó firmemente con la piel de Tomás y allí se mantuvo. Sosteniendo con fuerza ese contacto, ante la sorpresa absorta de Tomás, le dijo dulcemente:
-Nada de eso, Tomás. Yo me alegro mucho de que haya aceptado venir conmigo.
La mano del joven quemaba. Sentirla hacía que la verga de Tomás latiera con fuerza, agrandándose y humedeciéndose. El muchacho prosiguió:
-De veras, quiero que sepa que yo no tengo muchos amigos, y usted... bueno, usted... es diferente a todos los amigos que yo tuve. Lo siento como un padre. Pero también como un amigo de mi edad. ¿Raro, no?. Más que eso, a veces siento como si tuviéramos idénticos pensamientos. Como le dije una vez, creo que tenemos algo importante en común.
Y no dudó en avanzar su mano en dirección a la entrepierna de Tomás. Continuó:
-Yo me siento verdaderamente muy bien a su lado. Es como si me diera seguridad, confianza en mí mismo, yo... yo...
Su mano siguió avanzando, casi inconscientemente. Y el extremo de sus dedos, rozaba ya la abertura del short. Tomás, que se sostenía con las manos hacia atrás para no caer vencido por la emoción, bajó su vista hacia esa mano sin animarse a respirar siquiera, conteniendo todo su ser para evitar desmayarse. Quedó inmóvil, esperando lo inevitable, con un torrente de sensaciones y pensamientos encontrados. Javier, de repente, notó la vista de su maduro amigo sobre su mano, y al mirar en la misma dirección notó el enorme bulto que se levantaba ante él. La primera reacción de Tomás fue la de cerrar las piernas, pero miró a su amigo y la timidez en ese primer instante dejó paso a un instinto más vital, y entonces fue abriendo sus muslos lentamente, lo que hizo que la tela de su short dejara el paso libre entre los dedos de su amigo y sus lugares más íntimos. Dirigió nuevamente su intensa mirada a los ojos de Javier y abrió más aún su pierna, apoyando su pié en el borde del bote. El short se abrió más. Algo asomó, Tomás lo sabía porque la curiosidad de Javier hizo que no pudiera dejar de observar su entrepierna. Él bajó más la cabeza, como buscando mejor ángulo de visión. Un misterioso impulso dirigió la punta de su dedo mayor hacia el contacto con esa piel oscura, suave y tapizada de vello. Fue solo un pequeño roce, un leve, suave toque con la punta de ese dedo indiscreto. Tomás se estremeció al sentir ese contacto mágico y tuvo que entrecerrar los ojos para aguantar el embate de emociones.
A lo lejos, se escucharon algunas voces, y detrás de ellas, todas las voces del río, de los árboles y de los pájaros, que hasta ese momento parecían haberse callado.
Entonces Javier volvió a la realidad y retiró la mano. Tomando nuevamente los remos, hizo alguna que otra broma, y más tranquilo, como si nada hubiera pasado, volvió a dirigir el bote hacia el centro del río.
Ni Javier ni Tomás hicieron referencia o comentario alguno sobre lo que había pasado esa mañana en el bote. Prefirieron obviar las incómodas palabras sobre ese acercamiento tan particular. Los dos pasaron el día tranquilamente, pero muy pensativos y reconcentrados. Pescaron por la tarde en silencio, alejados uno del otro, sin embargo festejaron muy alegres la captura de un par de bagres. Tomás leyó un poco, Javier aseó el interior y los alrededores de la carpa, y así las últimas luces de la jornada dejaron paso a la envolvente claridad del fuego en medio de la oscuridad nocturna. Esa noche se fueron a dormir muy tarde, retrasando sin darse cuenta el momento de irse a acostar, alargando cada minuto con un temor casi infantil. Por fin, sin desvestirse, se metieron en la carpa. Apagaron las linternas enseguida y se dieron las buenas noches con voces tímidas, casi formalmente.

IX – En la carpa.

El día siguiente fue muy parecido al anterior. Incluso Tomás decidió remar solo y Javier hizo una de sus largas caminatas, manteniéndose separados gran parte del tiempo. Hacía calor, y las nubes oscuras que asomaban por el oeste, presagiaban tormenta. Eran las cinco de la tarde cuando cayeron las primeras gotas, en medio del creciente viento, que pronto transformó esa leve lluvia en un cerrado aguacero. Tomás remó de regreso y tocó la orilla casi en el mismo momento en que Javier llegaba a la carpa.
-¡Tomás, apúrese! – gritó Javier, intentando poner al resguardo algunas cosas que habían quedado dispersas.
-¡Voy! ¡Vos entrá, que tengo que amarrar el bote!
Cuando Tomás entró corriendo al interior de la carpa, la lluvia caía torrencialmente desde hacía un buen rato ya. Ambos se miraron con una tensa sonrisa. Estaban empapados y chorreando agua. Los truenos presagiaban que el chubasco no sería pasajero. Tomás sacó unas toallas y observó que Javier tiritaba de frío.
-¡Estás temblando!
-¡Qué tormenta...!
-¿Tenés mucho frío?
-Sí..., sí...
-Vení – dijo Tomás, y con una toalla envolvió la cabellera de Javier.
Sacudió su cabeza, cubriéndola con la toalla y la secó enérgicamente. Después secó su cuello y sus brazos. Como ambos estaban de frente sentados en cuclillas, Tomás restregó también la toalla por los muslos de Javier.
-¿Mejor?
-Un poco – contestó Javier temblando todavía.
-Yo también tengo frío. ¡Caramba! Con esta lluvia, creo que va a refrescar.
Tomás empezó a secarse la cara, la cabeza, los brazos. Miró a Javier, que castañeteaba los dientes y le dijo:
-Creo que tendríamos que quitarnos esta ropa mojada.
Lo dijo de tal manera, con tanta simpleza e inocencia, que Javier no pensó en otra cosa más práctica y aliviadora que aceptar la sugerencia. El que tomó la iniciativa fue Tomás, comenzando a desabotonarse la camisa. Cuando Javier tuvo a su amigo frente a sí con su peludo torso desnudo, sin pensarlo tomó el borde de su remera que chorreaba por todos lados, y se la quitó rápidamente. Los dos se sentaron y se quitaron los shorts. Fue en ese momento que Tomás advirtió que era la primera vez que veía a Javier desnudo. Tomaron sus toallas y casi sin mirarse continuaron secándose. Estaban algo avergonzados por esa proximidad tan íntima, por eso, sus movimientos eran un poco forzados, enérgicos, resoplaban e intentaban mover sus brazos, frotándose con las toallas para darse calor. Cuidando de que Javier no lo advirtiera, Tomás pudo lanzar algunas miradas de soslayo hacia el sexo de Javier. No podía evitarlo, el impulso era más fuerte que él y la atracción era inmensa. Por el rabillo del ojo, adivinaba la zona oscura de esa entrepierna que era demasiado tentadora, e involuntariamente sus pupilas insistían en desobedecer sus propias órdenes llamando a la compostura. En un nido de suaves pelos negros, estaba el más hermoso miembro que Tomás recordara haber visto. Era evidente que no estaba del todo en reposo, sino que la tensión que se vivía en el interior de la carpa, había hecho que ese pene, proporcionado y bastante largo, comenzara a verse más grande que lo habitual. El glande, cubierto por completo por la delicada piel, se marcaba perfectamente, revelando una forma cónica que ocupaba más del tercio de la longitud total de la verga. Sus bolas estaban ocultas por tanta vellosidad y por la posición de sus piernas, que se mantenían juntas, como queriendo tapar -inútilmente- esas partes tan íntimas. Pero a diferencia de su amigo, Tomás no intentó ocultar su desnudez. Permaneció acuclillado con los muslos abiertos, mientras sus manos seguían secando lentamente su torso, sin que esto fuera necesario ya.
Javier fue ganado entonces por la curiosidad de conocer el sexo de Tomás. La misma curiosidad que lo había inducido a probar ese acercamiento tan sutil en el bote. Cuando fue bajando la vista por ese cuerpo desnudo, lo vio más claramente que otras veces, más velludo y viril, y más hombre. Lejos quedaba aquella primera impresión en la oficina, cuando casi se había reído de la simpática torpeza de ese ser atribulado y tímido hasta el colmo. ¿Era ese oficinista? Ahora tenía ante él a una persona totalmente distinta, y entonces cayó en la cuenta de que nunca lo había visto así. Y justo en el momento en que la claridad de un rayo inundó el lugar, se animó a mirar más. Fue extraño, pero no se sorprendió de ver el miembro de Tomás en el esplendor de su máxima erección. Eran no menos de veinte centímetros de hombría dura y gruesa. Su punta enrojecida lucía a medio descapullar coronando un tronco recto que apuntaba descaradamente hacia arriba. Pesadas bolas colgaban por debajo. El vello, que en densa maraña enmarcaba la enhiesta hombría, era el remate de una línea frondosa y estrellada que descendía desde aquel otro bosque situado en el medio de sus pectorales. En el pubis, los pelos adquirían una forma casi de cúpula, y junto a los que había en la cara interna de sus muslos, tapizaban toda el área, cubriendo de manera aterciopelada la piel de los testículos.
La singular escena duró unos cuantos minutos.
Era obvio que ninguno de los dos sabía cómo continuar aunque Tomás había dado un importante paso mostrándole, con total entrega, lo que Javier producía en él. Javier, turbado y sin atinar a nada, sintió que su verga comenzaba a despegar de la base de sus testículos con involuntarios latidos. Pero no tuvo valor para develar su creciente erección delante de Tomás. Dejó caer disimuladamente la toalla para cubrir su sexo y se abandonó recostándose sobre la bolsa de dormir. Así quedó en reposo y mirando al infinito, apenas cubriendo su dureza con la toalla, sin saber qué paso dar o qué pensar, y con el temor de que esa lluvia, que los mantendría más juntos que nunca, no cesara jamás.
Tomás siguió un rato frotando la toalla por su cuerpo. Escuchando el agua que caía copiosamente, se sintió raramente feliz y aliviado de poder haberle dado a Javier una prueba de lo que sentía por él. Sí, era extraño, pero una sensación de alivio lo embargó por completo.
Por primera vez en su vida, el significado de lo que sentía era dicho por su cuerpo y no por su palabra.
Entonces él también se tiró sobre la bolsa de dormir y rozando apenas su brazo con el de su joven amigo. Mirando al techo de la carpa, Tomás rompió el insoportable silencio:
-Parece que esto no se detendrá enseguida.
-Sí... y se desencadenó todo de repente...
-Cómo íbamos a saber que...
-¿Qué llovería así?
-No. Hablo de...
-¿Usted siente frío ahora?
-Pero... Javier...
-¿Qué?
-¿Es que nunca te vas a animar a tutearme?
-¿A tutearlo? Bueno... no... digo ¡sí!, es que... bueno, lo que sucede es que llevo tanto tiempo tratándolo de usted y...
-Está bien. No te preocupes. Podés tomarte todo el tiempo que quieras para hacerlo. A mí no me molesta en lo más mínimo, y creo que también me gusta que me trates de usted. Pero... no sé porqué, ahora siento como si nuestros comportamientos naturales se hubiesen invertido.
-No entiendo.
-Sí. Es como si de repente yo fuera el desinhibido y vos el tímido.
Rieron algo distendidos, sabiendo perfectamente de qué estaban hablando. La lluvia había menguado un poco, pero hasta el anochecer siguió cayendo sin cesar. Cada tanto se miraban a los ojos con una complicidad sutil y tierna. Así los encontró la noche.

X – El río.

El deseo se había instalado en sus días, en sus horas, en sus minutos.
Esa mañana, a pesar de algunas nubes, el día había amanecido claro y cálido. Cuando Javier despertó, escuchó afuera el ruido de chapoteos en el agua. Se puso un short seco y cuando salió vio a Tomás nadando en el río. Él lo saludó con una sonrisa. En una cuerda improvisada entre dos árboles, había puesto a secar todas las prendas mojadas.
Javier se quedó mirando a su amigo y pronto advirtió que estaba nadando desnudo. Pensó enseguida que el oficinista que él había conocido, jamás se hubiera animado a hacer semejante cosa, a pesar de que en ese lugar tan solitario nadie podría verlo de todos modos. Tomás se arrimó a la orilla y sumergido hasta la cintura dijo con una voz estrepitosa que retumbó en la otra orilla del río:
-¿Dormiste bien?
-Sí. Buen día...
-Nunca hice esto. Bueno, sí, sí, ya lo sé, nunca hice demasiadas cosas en mi vida, pero esto... jamás lo hubiera pensado.
-¿Nadar en el río?
-¡Nadar en bolas!
-¿No? Bueno, a decir verdad, yo tampoco.
-¿Y no querés probar?
-¿Ahora...? no...
-¿Y cuándo vas a hacerlo, cuando terminen las vacaciones? ¡Dale, no te vas a arrepentir! – gritó Tomás internándose más adentro y animándose a salpicarlo desde lejos - ¿Qué estás esperando? ¡No me digas que te da vergüenza!
-Bueno, ahí voy...
Javier se bajó los pantaloncitos, sabiendo perfectamente que su amigo no perdería detalle de sus movimientos. El cuerpo desnudo de Javier era una imagen de ensueño enmarcada en el verde de los árboles. Se lanzó rápidamente al agua, lanzando un grito al sentir el frío contacto.
-¿No es maravilloso? ¿sentiste alguna vez semejante sensación de libertad?
Javier se sumergió por completo, desapareciendo de la superficie del agua. Por unos segundos Tomás perdió de vista a su amigo, no le dio importancia al principio, pero al ver que éste no salía, buscó inquietantemente en la superficie circundante.
-¡Javier! ¿Javier? ¡Vamos! ¡Ya está bien! ¿dónde estás? ¡Javier...!
Fueron unos segundos, sí, pero Tomás sintió el principio de una pesante angustia al no ver a su Javier salir a la superficie. Y cuando giró una vez más para buscar su figura en el agua, Javier saltó violentamente hacia él, emergiendo como un delfín y chocando casi rostro contra rostro en medio de su risa compulsiva.
-¡Sos un tarado! Estuve a punto de asustarme...
Javier, riendo a carcajadas, jugó como un niño nadando a su alrededor y salpicándolo en la cara con pesadas olas.
-¿A punto de asustarse? ¡Mmmm...! Yo creí que usted ya no se asustaba más, Señor Desinhibido.
Los dos rieron jugando uno a hundir al otro en medio de forcejeos. En esas viriles maniobras, propias de dos niños que están jugando a los luchadores, sus cuerpos se rozaban, se chocaban y repetidas veces los miembros se encontraban bajo del agua. Estuvieron así durante largo tiempo, y los roces se fueron intensificando a medida que crecía la resistencia del uno o del otro por no querer terminar abajo del agua. Javier lo tomaba por detrás con sus fuertes brazos alrededor del pecho. Tomás sentía entonces como el miembro de Javier golpeaba su cintura, sus nalgas y según los movimientos, se ubicaba entre sus glúteos. Tomás logró zafarse de esa ingenua toma y se colocó frente a frente con su muchacho, que no paraba de reír y gritar como si estuviera reviviendo una zaga de una película de aventuras. Era un niño. Pero un niño hecho hombre. Y un hombre con cara de ángel. Tomás lo abrazó siguiendo el violento juego, aferrándolo entre sus velludos brazos. Tanto exageró su fuerza, que Javier no podía salir de esa prisión. Sus vergas se juntaron. Javier miró entre risas a Tomás con sus divinos ojos verdes. Tomás sintió una dulce oleada de placer en todo el cuerpo, su pija, que se frotaba apretadamente con la del muchacho, empezó a cobrar consistencia. Javier lo supo, era imposible no notarlo, pero no estuvo seguro cual de las dos vergas había tomado la iniciativa de ponerse dura. Jugaba a zafarse, sin el menor éxito, apenas Tomás sentía que su presa iba a escapar, renovaba su vigoroso abrazo. Sus risas estaban apenas a breves centímetros y podían fundir entre sí sus respiraciones. Bajo el agua, muslos, pubis, sexos, se entrechocaban sin despegarse, las vergas eran lanzas que espadeaban sin tregua, en tanto que las manos, inquietas, aprovechaban el juego para tocar los sectores prohibidos. Sus pechos también se juntaban, fundiéndose y frotándose entre sí. Los negros pelos de Tomás, torso contra torso, acariciaron delicadamente el pecho de Javier, que siguiendo la travesura se soltó como pudo y amagó a salir del agua, fingiendo un gran escape. Tomás, se arrojó aún sobre él, queriendo recuperarlo como prisionero a toda costa. Sus manos asieron fuertemente parte de su trasero. Tomás pudo palpar fuertemente la turgencia de esos firmes glúteos, incluso tuvo oportunidad de separarlos un poco, reteniéndolos sobre la superficie del agua para no perderse la magnífica vista de su blancura y del peludo hueco que salía a la luz con su invitadora puerta rosada. Tomás, entre gritos y carcajadas nerviosas, intentó jalarlo por detrás otra vez, y sus manos llegaron hasta los pezones, pero Javier logró soltarse escapando rápidamente hacia la orilla. Comenzó a subir con dificultad la recortada ribera y Tomás lo siguió. Pudo advertir la magnífica erección de Javier. El bello falo era muy largo, no tan grueso como el de él. Tenía una perfecta forma de curva ascendente. Cuando Tomás salió detrás de él las blancas nalgas quedaron a la altura de su rostro. Así pudo admirar mucho mejor y por unos segundos la redondez de tan velludos glúteos. Los pelos parecían emerger desde la raya perfecta que los separaba. Sintió su verga latir.
Javier se abandonó dejándose caer sobre la hierba, cansado de tanto luchar y reír, y Tomás, con la verga en alto, se arrodilló junto a él. Javier lo miró y la erección que se erguía a su lado atrajo toda su atención. Tomás también miraba a Javier, no perdía detalle de ese cuerpo desnudo que goteaba frescura. No se avergonzaban en lo más mínimo de mostrarse así, palpitantes, agitados, desnudos y con sendas erecciones.
-Voy a buscar una toalla – dijo Javier. Se levantó y se dirigió hacia la carpa.
Tomás lo siguió con la mirada. Dudó unos momentos... y fue tras él.
Cuando Tomás entró a la carpa Javier se sobresaltó un poco, se volvió hacia él, y vio que entraba mirándolo muy fijamente. Tomás se arrodilló con las piernas bien abiertas, como descansando sobre la bolsa de dormir. Su pija, más firme que nunca, se balanceaba anhelante y mojada. Javier estaba también de rodillas, pero de espaldas, intentando encontrar la bendita toalla. Tomás alargó una mano y la posó en el hombro de Javier. Al sentir este contacto, Javier creyó desmayar, se arqueó levemente y luego se quedó completamente quieto, expectante, casi sin respirar. En silencio, Tomás apoyó la otra mano en su espalda y subió para acariciar su cuello lentamente, resbalando por entre las gotas de agua. El cuerpo del muchacho estaba fresco y olía a hierba. Se acercó un poco más y lo rodeó desde atrás con sus muslos abiertos. Los pelos de Tomás se entremezclaron son los de las piernas de Javier, que iba sintiendo estos tiernos contactos con los ojos entrecerrados y abandonándose a esas nuevas emociones. Se miró la verga, enhiesta y palpitante. Parecía estallar, el glande brilloso y en la máxima tensión estaba enorme, se veía totalmente descubierto y las gotas de líquido transparente lo adornaban haciéndolo más luminoso.
Entonces, un leve temor asaltó la mente de Tomás:
-¿Puedo tocarte? - preguntó, con un hilo de voz.
El silencio de Javier lo inquietó. Reintentó otra vez:
-Javier, ¿no te molesta que te toque? Tenés la piel tan suave... y yo...
-No, Tomás. No me molesta en absoluto. Seguí.
-¿Me tuteaste?
Javier sonrió, entre sensaciones que atentaban contra su cordura.
Las manos de Tomás avanzaron hacia delante, buscando los pezones. Al encontrarlos, los tomó entre sus dedos pulgar e índice y comenzó a masajearlos girándolos suavemente. Cuando los sintió duros, los pellizcó aún más, y eso hizo que Javier lanzara su primer gemido.
-¿Te gusta?
-Sí. Me gusta mucho, querido Tomás...
-¿Cómo me llamaste?
-Querido Tomás...
Tomás creyó ascender a los cielos.
Posó una mano en el centro del joven pecho y rozó el tenue vello. El tacto se deleitó largamente peinando, desordenando y alisando el breve conjunto de pelos que Javier tenía allí. El muchacho sentía la respiración de Tomás en su nuca, esa proximidad lo excitaba cada vez más. La pija de Tomás se posó naturalmente entre los glúteos de Javier, y ambos no pudieron evitar el movimiento pélvico que acentuaba el dulce roce. Entonces Tomás deseó con toda su alma acercar su boca aún más. Al posar sus labios en el cuello del joven, primero sintió el gusto fresco del río, y luego todas las sensaciones se mezclaron. Abrió la boca y su lengua exploró palmo a palmo cada sitio en la nuca, cuello, orejas y parte del rostro amado. Javier elevó aún más su trasero y le verga de Tomás invadió todo el espacio entre sus nalgas. Por fin se detuvo en la hermosa depresión de su agujero, que se estremecía entre espasmos involuntarios. Tomás, mientras besaba a Javier, sintió como los más íntimos pliegues que tiene un varón, rodeaban ardorosamente su pija. Por propia dureza vertical, se abría paso, sin siquiera efectuar la más mínima presión. Javier giró un poco más su cara hacia la boca de Tomás, y por primera vez, esos dos hombres que habían estado atrayéndose por tanto tiempo, se besaron apasionadamente, uniéndose en un coito bucal largo y exploratorio.
-¡Te quiero mucho, Javier! – le dijo al oído. Al momento que susurraba esto, la cabeza temblorosa de su pija se había anidado en el cálido y velludo ojo anhelado. Entró unos centímetros y sin dificultad alguna gracias a la lubricación que su jugo transparente le había proporcionado. Ninguno de los dos había contribuido voluntariamente a eso, fue como si los caminos de miembro y ano, se hubieran unido lógicamente. Jugaron y gozaron en esa posición por un momento interminable. Javier fue girando sobre sí mismo con mucho cuidado de que el glande de Tomás se quedara en su culo. Así pudo quedar frente a él, cara a cara y con las piernas abiertas extendidas hacia arriba. Había mucha profundidad en su mirada y una vez más Tomás pudo perderse en ese verde cristalino, sintiendo sus propios ojos marrones humedecerse al sentir el amor brotado de esa mirada. Se devoraron entre gemidos entrecortados y lamieron cada centímetro de sus caras, sosteniéndose las cabezas mutuamente. Tomás tomó la verga de Javier y amorosamente, entre las dos manos comenzó a explorarla. Sintió la suavidad de su piel, jugó con ella, zambullendo sus dedos ávidos en la profundidad de su vello pubiano, y, mientras con una mano descorría el prepucio una y otra vez, con la otra sostenía las aterciopeladas bolas, que se perdían en su palma abierta. Tomás no quiso penetrar a Javier, temió hacerle daño, por lo que levantó levemente a su amigo con sus brazos y lo depositó suavemente sobre la bolsa de dormir, acostándolo boca arriba. Se colocó a horcajadas sobre él y nuevamente reanudaron el beso interminable que habían comenzado. Sintieron sus sexos latiendo al unísono, uno sobre otro. Sus agitadas respiraciones acompañaban cada movimiento. Pero todo era calmo, no había una sola acción violenta o desmedida. Se estaban amando y a la vez se estaban conociendo, examinándose mutuamente, interiorizándose de algo que, sin embargo, parecían conocer de memoria.
Javier siguió lamiendo el rostro de Tomás y fue bajando por su cuello. Se detuvo en sus pechos. Chupó los redondos pezones, acariciándolos con sus manos, alisando sus pelos... Tomás, que permanecía sobre el cuerpo tembloroso de Javier, estaba a punto de perder el conocimiento. Tanto placer lo confundía, anulaba su intelecto y sus pensamientos, no podía hacer más que a ese goce nuevo y avasallante. Javier siguió bajando y Tomás experimentó la maravilla de ver desaparecer su sexo en la boca del joven. Éste lamió y chupó ese inmenso tronco como si fuera el más rico manjar del mundo. Su lengua iba desde la base del tronco, donde se unía a las bolas, hasta la pequeña y alargada hendidura en la punta misma de la verga. Después lo volvía a engullir golosamente haciendo desaparecer nuevamente el miembro. Con la ayuda de sus manos introdujo las dos grandes pelotas en su boca y las saboreó a pleno. Su nariz chocaba y se adentraba en el bosque de pelos púbicos de Tomás. Olía maravillado ese aroma tan particular y tan masculino entre las profundidades de esa negra selva. Luego su lengua fue bajando más y más, y lentamente llegó a ese camino delicioso y voluptuoso entre el escroto y el ano. Tomás tuvo que contenerse para no sucumbir en un orgasmo.
-¡Un momento... Javier... esperá un poco.... quieto, quieto, por favor...!
Javier obedeció al momento. La verga de Tomás, suspendida en el aire sobre el rostro del muchacho, latía frenéticamente. Si se movía un solo centímetro ahora, él lo inundaría con chorros de semen. Querían prolongar más el momento increíble que estaban pasando. Y cuando supo que podía proseguir, encaminó su boca raudamente hacia la oscura y peluda zona entre los glúteos. Abrió las nalgas con sus manos y penetró a Tomás con su lengua, como si fuera el filo de una suave y mojada navaja. Tomás gritó esta vez, sin contenerse, agitándose en amplios y violentos movimientos, a horcajadas sobre la cara de Javier. Entonces giró sobre sí mismo y quedaron listos para comerse mutuamente. Las bocas se abrieron y sin dar abasto a sus apetitos voraces se atragantaron con sus propios sexos, ultrajando sendas gargantas. Estaban ávidos de sí mismos. Se gozaban como platillos suculentos que no saciaban su hambre sexual. De las pijas pasaban a los ojetes, se mordían las nalgas, se abrían paso entre sus entrepiernas, oliéndose, frotándose, y gimiendo de placer.
Fue en esa postura que sintieron próximo el culminante fin de sus disfrutes. Entonces empezaron a acelerar sus movimientos. Querían derramarse uno dentro del otro y beber sus propios líquidos, querían sentir los espasmos de sus sexos en sus bocas, abrirse, entregarse, brindarse enteramente, querían amarse así, en ese estado de abandono y pérdida del conocimiento tan reveladoramente viril. Pero tardaron aún varios minutos. Aceleraban, se detenían, proseguían y aceleraban nuevamente una y otra vez. Por fin, sin poder ser dueños de sus propias olas de emociones, Tomás sintió -él fue el primero- que Javier iba a derramarse en su boca. Agitó sus movimientos todavía más, y su lengua se preparó para recibir el anhelado y querido líquido. Javier abrió la boca sin dejar su gran y duro juguete, y estalló en un grito ronco y largo al verter todo su espeso y caliente semen dentro de la boca de Tomás. Éste recibió gustoso y loco de pasión los borboteantes chorros con que su amigo regaba su glotis. Tragó todo, o parte, pues era tan abundante la descarga que gran cantidad de leche se escapó fuera de su boca, cayendo por los costados de su cara. Entre los sacudones de su amigo, Javier, ayudado con su mano, y chupando desesperadamente esa verga descomunal que invadía su boca, gritó a Tomás:
-¡Ahora quiero sentir yo el sabor de tu leche! Quiero que me la des toda. ¡Quiero tragarme todo tu semen... ahora, dámelo, dame todo tu jugo, no te aguantes, quiero que descargues todo en mi boca... Tomás, Tomás.... Sí, sí, así, así...
Tomás no quería acabar en la boca del muchacho, sentía esto como un ultraje, quiso liberarse de sus labios enardecidos pero Javier se lo impidió con sus manos y sus movimientos cada vez más enérgicos. Consiguió aprisionar fuertemente a su presa y Tomás ya no pudo evitar el impulso inevitable que desbordaba en su sexo. Imposibilitado de contenerse tuvo un espasmo y se arqueó violentamente sobre su adorado amante. Tomás gritó con una voz desconocida. Uno, dos, tres grandes chorros de semen inundaron la boca de Javier, que se deshacía en violentas succiones, abarcando apenas la magnitud de esa creciente. Creyó poder tragarlo todo, pero del duro miembro de Tomás seguía fluyendo leche. Finalmente lo consiguió, satisfecho, y además limpió toda la que se había volcado afuera, lamiendo y enjuagando las pelotas, ingles, y muslos de Tomás.
Tomás miró a Javier con sus nuevos ojos.
Entonces el muchacho pudo notar, absorto, como aquellas pupilas habían recuperado el brillo otra vez.



XI - En el departamento de Tomás.

A los dos meses, Javier mudó sus cosas al departamento de Tomás, cerrando así el capítulo de la obligada convivencia con su tío. Habían retomado su trabajo en la oficina y al comenzar el otoño Javier volvió a sus estudios en el conservatorio.
Vivían juntos y se amaban.
La gris monotonía de su trabajo volvió e intentó hacer de ellos unos títeres ajados y sin objetivos inminentes.
En pocos meses fueron alcanzados.
Rutina, hastío y sin sabores fueron otra vez los conocidos ingredientes en la vida de Tomás y el principio de la decadencia para Javier.
Un día, después de hacer el amor, tendidos en la cama, Javier buscó con su mano el pecho todavía agitado de su amante.
El viejo reloj de pared en la sala, rezongó sus campanadas.
-¡Ya, basta! - dijo, con las lágrimas en sus ojos verdes, como si con ese grito susurrado hubiese querido responder al sonido del reloj, o más bien, a algo mucho más inaudible pero igualmente inexorable.
Tomás, queriendo despertar, con gran esfuerzo, no pudo ya desoír ese llamado tenue pero desgarrador que salía del interior de Javier.
Se volvió hacia él, vio a su muchacho, a su Javier, volvió a ver al ángel, al hombre-niño, a su adorado amor, y enseguida supo que él lo estaba salvando otra vez. Pero esta vez, el cambio tenía que ser total.
Por eso, al día siguiente, cuando los dos presentaron su renuncia formal en la oficina de personal, ambos sonrieron. Apenas podían mirarse a los ojos, temblando de miedo por la decisión tomada como quien sabe que no habrá vuelta atrás. Pero de algo estaban seguros, sentían una felicidad inmensa.

XII – Epílogo. La oficina, como en el episodio I.

Diciembre, la navidad de acercaba. Sí, venía esa época en donde la gente se cansa de cualquier cosa por estar cansada de todo aquello que la cansó en el año. Y también se cansa del asombro. Tal vez por eso la ausencia de Tomás y Javier en esos días no había causado el alboroto que lógicamente se hubiese esperado en la oficina.
Ni uno ni otro volvieron jamás a la tesorería de la facultad. Habían decidido sacarse ese gris cotidiano para poder ver otros colores. Finalmente habían descubierto que eso era imperioso, vital.
Y en apenas una semana, una novedad alteró la mañana de Rita, Hilario y la señorita Liliana, que dio la noticia como si fuese digna de primera plana.
-¡Los nuevos empleados! ¡Ya están aquí! ¡Están hablando con el Sr. Pereyra...!
En la oficina ya nadie recordaba a Tomás y Javier.


Franco.Marzo de 2003

10 comentarios:

Franco dijo...

El día que publiqué la 1ª parte del cuento, no pude volver a entrar para responder los nuevos comentarios (una gran tormenta en Bs. As. nos dejó 24 horas sin electricidad), así que lo hago ahora.

Gracias, Fernando, por haber esperado pacientemente el nuevo relato (como aguas de mayo), y también por tus palabras.

Cisplatino:
Hace tiempo, cuando te dije que tenía un blog, lo primero que me inhibió fue que te estaba desvelando estos "pretenciosos" escritos ¡justo a vos! que hacía desde mucho tiempo atrás. Por eso que ahora me digas que te gustó la historia y encima (arg.), me digas que está bien escrito... AH!, me siento feliz.

Bueno, espero que les haya gustado el desenlace.
Saludos a todos y buena semana...!

tonyitalian1951 dijo...

Franco el cuentito ese de fin de mes me gusto' muchisimo. Esta manana aqui en Silver Spring Maryland cerca de la capital EEUU, me di cuenta que ya la segunda parte estaba lista. Pero trate' de abrirla varias veces pero sis exito. Lleve' a un amigo que se habia gastado la noche en mi apartado en la estacion de Buses y espere para las criadas de limpieza entonces me fui afuera. Al regresar a las tres trate' otra vez y al fin pude abrir el cuentito. Gracias otra vez, y hasta pronto.
Tonyitalian

Franco dijo...

Tony,
me alegro de que te haya gustado el cuentito!
El problema para visualizar el post era de un error de edición que solucioné después de darme cuenta.
Saludos.

Josss... dijo...

Hola Franco! Hola amigos del café!
Estaba ansioso de que publicaras el cuentito fin de mes! Me encantan tus historias, cómo juegas con los tempos y, sobre todo, cómo retratas el "descubrir" de los deseos y el "renacer" de los personajes.
Enhorabuena amigo!

josss...

Franco dijo...

Hola Josss,
Gracias!
En la época en que escribía seguido, esos tiempos de "descubrimiento", y sobre todo, la incertidumbre por posibles equívocos entre los personajes que se atraen terriblemente, eran (y siguen siendo) mis temas favoritos, por lo cual, a veces, los relatos se hacían inevitablemente largos. Y éste es uno de los más extensos que he escrito. Es muy lindo para mí compartir ese interés...!

Anónimo dijo...

Ufa Franco! No sabés como me enterneció este relato! Me vino super bien para este feriado... Un abrazo che, siempre te sigo anónimamente jaja. Pablo, desde Asunción

Franco dijo...

Gracias por tu comentario, Pablo.
Quien puede sentir la ternura, es porque es capaz de darla.
Saludos

Fernando dijo...

Lo dicho: Estupendo. Esperaba que la siguiente entrega sería dentro de un mes. Gracias por tanta generosidad. Y con respecto al comentario"...por lo cual, a veces, los relatos se hacían inevitablemente largos...".¡No puedo estar más en desacuerdo! Para mi gusto(y creo que para la mayoría) es precisamente eso, que te tomes tu tiempo para describir situaciones, personajes, emociones,... lo que los hacen ser tan buenos. Logras que los personajes tengan profundidad, que tengan volumen, que no sean "planos". Si no, se quedarían en otra vulgar descripción más o menos acelerada, más o menos tópica, de un polvo sin más.
Una vez más:¡Muchas gracias!

Franco dijo...

Fernando,
La verdad es que para mí esas extensiones eran necesarias, simplemente lo mencioné porque no a todo el público le puede interesar atravesarlas. Siempre fue un poco mi complejo. Pero a medida que iba escribiendo un relato tras otro, jugaba a decir algo más. Y sinceramente, también me hubiera gustado poder tener la facilidad -o el talento- de escribir de una manera más concisa, fluída quizás, y asimismo poder -como bien señalás- perfilar cada personaje, cada rasgo en menos palabras, y sobre todo el planteo de situaciones emotivas que, en definitiva, cada vez me interesaban más que el sólo hecho de lo erótico. Porque además, pienso que el alto voltaje erótico que pueda lograrse con un relato, depende mucho, en mi opinión, con conocer más profundamente la personalidad de cada uno de sus actores. Lo que piensa, lo que siente, sus inseguridades y sus fortalezas.
Celebro que interpretes sensiblemente estos tiempos, que valores justamente el peso de estas descripciones espaciosas y ver en mis escritos, algo más. Gracias!

seba dijo...

Franco, tal como nos tenes acostumbrados, esperamos los cuentos como los chicos la visita del tío por los chocolatines.... y por lo que exponen los parroquianos de este concurrido café, no soy el único que piensa que son mucho mas que meras descripciones de "atributos" o "revolcadas" (je, que por otra parte las hay y BUENAS!!).... sobre este cuento en particular, esa primera mitad, donde se va "viviendo"la transformación del hombre maduro, ya encasillado en la rutina, removido por tsunami que representa el joven de ojos verdes, digo que me ha tocado bien de cerca... . pero, reflexiono, es un tema original? ..no, .. no pienses que es una crítica a uno de tus mejores cuentos, sino que es un recreación de las figuras del "erastés" y el "erómeno", de las que describen los griegos del VI AC.... Sí, amigo Franco, continúa con estas descripciones detalladas y espaciosas... en esto el tamaño sí importa!!!! Gracias por compartir!!!