30.9.14

El cuentito de fin de mes


"Nuestro Secreto"



a misteriosa atmósfera de los vestuarios, el etéreo erotismo de los varones desnudos yendo y viniendo, la inconsistencia de las toallas como breve y única vestimenta, los sonidos que reverberan como en un sagrado claustro: silbidos, vociferadas, cantitos, diálogos perdidos…, los olores de distintos sudores mezclándose con perfumes corrientes, lociones y desodorantes, el ruido del agua cayendo constante, el vapor, la luz, el clima… ¿Por qué todo eso me despierta tanto morbo?
Ahora que escribo estas líneas, creo encontrar la respuesta a eso.
Los recuerdos de mis primeras vivencias en los vestuarios masculinos fluyen, innumerables. En esos escenarios vi por primera vez la desnudez adulta de un hombre. Pero siempre vuelvo a un recuerdo en particular, una vivencia especialmente significativa.
Papá trabajaba entonces siendo agente de propaganda médica, un oficio conocido comúnmente como “visitador médico”, o “valija”, como se decía en la jerga de sus compañeros. El gremio que nucleaba a estos trabajadores disponía de un soberbio club deportivo en Moreno, a pocos kilómetros de Buenos Aires. Era un lugar hermoso, verde y arbolado, sobre unas cuantas hectáreas en pleno campo y con excelentes instalaciones. Cuántos años pasaron desde entonces... Tenía aún la edad en que todavía salía con mis padres, y era de lo más común que los domingos fuéramos al club de Moreno, sí, era la salida en plan familiar por excelencia: asado, actividad al aire libre, tenis y piscina.
Yo tenía dieciséis años y transitaba esa etapa en la que todavía me perdía con algunas cosas de la vida (si no las más importantes). Era un joven introspectivo, bastante tímido, pero con miles de cosas dentro de mí que querían aflorar. Era la época de los vaivenes emocionales, de los cambios de humor, de búsquedas, de frustraciones. Yo aún no podía discernir si en realidad disfrutaba u odiaba esas salidas familiares. Creo que sentía las dos cosas, alternándose continuamente.
Aún confuso en mi sexualidad, sobrellevaba como podía las incertidumbres, los miedos y todas las vacilaciones que avivaban la poca educación sexual, pobre y temerosa, que mis padres me había dado. Mi hermanito, cinco años menor que yo, siempre tenía amigos para divertirse en sus juegos. Pero a mí..., bueno, no me era fácil hacerme de amigos. De vez en cuando jugaba al tenis con alguno de los chicos de mi edad que frecuentaban el campo, que no eran muchos, pero no encontraba mi lugar entre ellos, casi todos jugadores de fútbol, deporte que yo aborrecía con aprehensión obstinada.
Así las cosas, recuerdo esos fines de semana como un ir y venir de diversas situaciones, buscando un lugar entre la gente, sin saber cómo relacionarme, y generalmente optando por los momentos en que me aislaba en la inmensidad del campo y en la profundidad de mis propios pensamientos.
Después del asado de rigor, venían las actividades deportivas. Podíamos elegir entre la piscina, el básquet, o el tenis, por ejemplo. Papá era un buen jugador de tenis, y siempre se organizaban torneos, con compañeros de trabajo. Todo giraba entonces entorno de esas actividades y el ambiente era invariablemente familiar.
Ese día estábamos todos mirando el juego que se había armado en la cancha. Mamá, al sol, charlaba animadamente con las otras esposas que se contentaban con participar como espectadoras. Era lo habitual. Yo estaba con un aburrimiento enorme. Lamía automáticamente un helado de limón, mirando cada tanto algún saque que otro.
El partido estaba en su tiempo central, y papá formaba pareja con un tipo que era agente de un importante laboratorio y que a través del tenis se había hecho bastante amigo de él.
Era Pepe. Todos le decían así. Pepe era un asiduo contrincante que esta vez, jugaba a la par de él.
Pepe, la simpatía en persona, siempre caía bien a todo el mundo y era el más divertido de los amigos de papá. Un poco más joven que él, era un excelente tenista. Yo admiraba su saque, impecable, y su agilidad para correr. Papá intentaba, si no superarlo, por lo menos estar a su altura. Parecía que daba resultado, porque ambos estaban aventajando notablemente a sus contrincantes.
Empezó a hacer calor y, cuando terminé mi helado, rumbeé desganadamente hacia la piscina. No había mucha gente ese día. En realidad el club generalmente no era muy frecuentado, tal vez, a causa de estar bastante alejado de la capital. Nadé un poco, teniendo toda la pileta para mí, sólo había un par de mujeres que más que nadar, cotorreaban animadamente en los escalones de acceso.
Alguien más estaba ahí: el corpulento y apuesto guardavidas.
Mientras lo miraba, regodeándome con su cuerpo sólo cubierto con el speedo rojo de rigor, pensaba “afortunado tipo, se necesita suerte para tener un empleo así, sin hacer nada por horas y sentado al sol todo el día”. Pasé un largo rato braceando frente a él y mirándolo de tanto en tanto.
Recuerdo, como si lo viera ahora mismo, que el tipo estaba muy bien. Tenía su cabeza completamente rapada por lo que todos los chicos del club le decíamos “el pelado”. Su cara era hermosa a la vez que demoledoramente masculina, ojazos verdes y penetrantes, talante circunspecto, seguramente muy estudiado para provocar ese aire de misterio y distancia, barba cerrada e impecablemente rasurada, todo conformaba un conjunto irresistible a mi vista.
Su cuerpo era impresionante, obviamente esculpido por su propio oficio. Me maravillaban sus abultados pectorales coronados por dos grandes pezones, redondos y puntiagudos. Del ombligo bajaba una fina hilera de pelos que se internaba en línea recta bajo el bañador. Me asombraba siempre que a pesar de tener el cuerpo lampiño, sus torneadas piernas y brazos eran extremadamente peludos.
Sí, me llamaba mucho la atención. Mis pajas juveniles tenían en él un material motivador inagotable. Infinidad de veces había fantaseado con encontrármelo desnudo en el vestuario, cosa que hasta ese momento no había pasado nunca.
A esa edad, mis erecciones eran casi crónicas, y por supuesto, estaba teniendo una muy potente en ese momento. Mientras flotaba en la parte más honda de la piscina, con la intención descarada de tenerlo más cerca, seguía mirando al guardavidas furtivamente, imaginando con poco trabajo la forma de su verga oculta debajo de su apretado speedo.
Estuve bastante tiempo así, temiendo que mi pija se me escapara afuera de mi traje de baño por haberse agrandado tanto. Me preguntaba si el tipo se había percatado de que yo me estaba haciendo la película con su bulto, es que a veces abría las piernas y yo no podía distinguir si esos movimientos eran intencionales o no. El fugaz espectáculo era magnífico: podía ver entonces esa tenue y oscura sombra de pelos delinear su divina entrepierna.
Las erecciones adolescentes vienen y van, casi involuntariamente, así que aproveché un momento en que mi pija se había calmado un poco para salir del agua. Me quedé un rato al sol, advirtiendo que las mujeres se habían ido y ya no había más nadie en el natatorio. Fue cuando vi que el guardavidas bordeaba la piscina en dirección al vestuario.
Miré a mi alrededor.
Ni un alma.
Y seguramente el vestuario también estaría desierto. ¡Dios! Podría ser la oportunidad de intentar algo con el pelado, pensé. Pero ¿sería capaz de hacerlo? Seguirlo al vestuario era un poco obvio. Me daba mucha vergüenza hacerlo, yo era tan tímido, tan poco experto… y nunca había tenido una experiencia sexual con persona alguna. Era virgen muy a pesar mío y mis hormonas me exigían dejar de serlo cuanto antes. Recuerdo haber sufrido mucho con esa diatriba, no tenía ni idea de cómo seducir ni como dar a entender mi interés por alguien. Por otra parte era terriblemente paranoico, vivía encorsetado en una inseguridad casi agotadora, cosa que tampoco permitía asumirme como homosexual sin sentir culpas apocalípticas.
Me quedé un rato sentado al borde de la piscina sin saber qué hacer. Finalmente junté todo el coraje del mundo y siguiendo sobre todo el impulso de mi deseo incontrolable, me levanté y fui acercándome con pasos lentos a la puerta de los vestuarios.
Cuando entré no vi a nadie. Era un recinto muy amplio. La zona de los baños y duchas, estaba al final de un corredor más allá de los bancos para cambiarse. Agucé mis oídos. Tampoco percibí ninguna señal auditiva. Nada. Sentí una mezcla de inhibición, vergüenza y decepción. Pero igualmente me encaminé para los baños. Nadie había allí. De pronto sentí el ruido de un depósito de agua que se descargaba en uno de los baños.
Allí estaba. Tenía que ser el pelado. Me sentí como un estúpido, sin saber cómo actuar, y volví sobre mis pasos. Entonces se me ocurrió algo. Con mis oídos vigilantes tomé mi bolso del locker y me senté en un banco. Me quité el traje de baño y cubrí mi desnudez con una toalla envuelta en la cintura. La situación había quitado otra vez flacidez a mi verga. Con el evidente bulto zarandeándose a mi paso, me encaminé hacia las duchas.
Justo en ese momento vi salir al bañero de los baños. Estaba esplendoroso. Su bronceado se acentuaba con esa luz diáfana del vestuario. Tenía el speedo algo flojo, un poco bajo, y pude verle el comienzo del vello púbico. La visión sacudió mi miembro y temblé todo, rojo como un tomate.
Al cruzarnos en sentido contrario nuestros ojos se cruzaron por un instante. Fue apenas un segundo. Pero nada más. Ni una sola insinuación. Pero yo no me desesperancé tan fácilmente, tenía la expectante convicción de que el tipo intentaría algo conmigo, lo deseaba con desesperación.
Dejé mi toalla colgada, entré a uno de los cubículos y abrí la ducha.
El agua caliente reanimó mi circulación y mi verga ya se sostenía en alto, oscilando bajo la lluvia de vapor.
Esperé, atento.
La caída del agua a duras penas me permitía escuchar si él se acercaba. Fantaseaba con que se metiera a la ducha de enfrente, que dejara abierta la cortina y que me diera el espectáculo de mi vida.
Por fin escuché algo. Alguien se aproximaba. Mi corazón empezó a latir, descontrolado. Sin poder dominar la excitación, seguía fantaseando con el pelado, imaginé lanzarme sobre él y lamer cada centímetro de su escultural cuerpo, quería sentir de una vez por todas una verga en mi boca, quería tocarlo, abrazarlo, hacerle de todo, demostrarle mi inexperiencia y humildemente asumirme su discípulo en el arte de amar a un hombre.
Caliente a más no poder, y avergonzado, me di vuelta y puse las manos contra la pared. Dejé que la presión del chorro de agua resbalara por mi cabeza y el ruido estrepitoso me ensordeciera. Pensé en cerrar la cortina, pero, no, era demasiado cobarde eso. Tenía que dar algún paso para evidenciar alguna señal de mi parte. Escuché entonces el rumor del agua que corría en la ducha de enfrente. Me puse como loco. Yo estaba feliz, finalmente el pelado estaba ahí. Aún de espaldas a mi vecino, sentí también que silbaba. Era un silbido fuerte, de los que se escuchan comúnmente en todos los vestuarios e inmediatamente retumban en el recinto como si fuera una catedral. Tenía una sonrisa involuntaria en mis labios, enardecido, no me animaba a darme vuelta. Pero internamente libraba una estéril batalla: ¿Y si el tipo finalmente se interesaba en mí? ¿Qué haría yo? No tenía idea de cuáles serían los pasos a seguir estando con un hombre. La melodía que silbada era algo conocido para mí. Seguía escuchándola. ¿Era una melodía de Chopin? Sí, en efecto, una melodía que me era demasiado familiar. De pronto pensé que esa música no encajaba para nada con la imagen que yo tenía del pelado. No era Chopin lo que un atlético hombrote silbaría. No sé porqué pensé esa tontería, pero lo pensé. Entonces tuve una duda atroz, me di vuelta y miré abiertamente hacia la ducha de enfrente.
¡Era Pepe!
Mi decepción rayó en lo cruel.
Ni rastros del guardavidas. Joder. Ahí no estaba él, estaba Pepe, bajo la ducha, silbando ese vals, detrás de la cortina a medio cerrar. Se estaba enjabonando enérgicamente, cubierto de espuma. Cuando volteó la mirada hacia mí, me hizo un guiño a manera de saludo por entre la cortina entreabierta.
-¡Hola! – me dijo sonriendo, y su voz retumbó en todo el lugar.
-Hola… – contesté, y mi expresión de sorpresa debió haber sido bastante evidente, porque Pepe se quedó algo cortado, deteniendo sus movimientos, pero enseguida continuó enjabonándose y después siguió silbando estrepitosamente.
Yo estaba fastidiado y desilusionado. Frustrado porque mis esperanzas de ver desnudo al pelado se me esfumaban. Deslicé a desgano el jabón por mi cuerpo, volviendo a mi posición contra la pared. Enojado, estiré la mano para cerrar la cortina, pero al hacerlo miré por un instante a Pepe. Me quedé con la mano sobre la cortina, no pude continuar, y sin querer, mis ojos siguieron fijos en él.
Pepe estaba de espaldas y ahora se enjuagaba la cabeza. Mi mirada se posó en su blanco trasero. Era verdaderamente soberbio. El contraste de esa blancura con la espalda bronceada y los muslos oscuros y velludos, me fascinaron. Dejé la cortina en su sitio, descorrida, para poder seguir observándolo todo desde mi sitio privilegiado.



Me pregunté cuántos años tendría Pepe ¿treinta y cinco?, ¿treinta y ocho?, calculé que su edad no llegaría a cuarenta. En ese momento no entendí por qué no me había fijado en él antes. Su cuerpo bien proporcionado, evidencia de una vida dedicada al deporte, fue inmediatamente revalorizado por mi caliente curiosidad. Pepe era hermoso, recién ahora lo descubría.
Su culo perfecto, firme y proporcionado, quedaba delimitado en la marca del traje de baño con sus contornos bien definidos, era como un imán en el centro de su cuerpo, que todo lo absorbía.
Sin dejar de observar, cada vez estaba más interesado en Pepe. La imagen de su cuerpo desnudo bajo la ducha era formidable. Sin embargo, aún no salía de la frustración terrible causada por la ausencia de mi pelado que, estúpidamente, parecía haberse esfumado de mi vida. Me distraje, pensando que en futuras pajas tendría que seguir armando en mi imaginación mi ideal encuentro sexual con el salvavidas.
En eso estaba, cuando de pronto advertí que Pepe había dejado de silbar. Miré disimuladamente hacia la ducha de Pepe y me di cuenta de que había girado su posición y estaba de frente. Por entre la cortina apenas entreabierta me había echado una furtiva mirada.
Fue un pequeño destello que empezó a disolver mi obsesión con el pelado.
Pepe seguía atareado con su baño, repasando cada sector, enjuagando y volviendo a enjabonar. Todo lo hacía con movimientos rápidos y contundentes.
Por un momento me volvió a mirar, pero al notar que yo había descubierto su mirada, enseguida miró hacia el techo. Me extrañé por esa actitud de incomodidad,  como de quien ha sido descubierto haciendo algo prohibido. Me pregunté si había sido casualidad y entonces quise tomarlo por sorpresa otra vez. Cuando intuí que nuevamente me miraba giré rápidamente clavando mi vista en sus ojos y ¡otra vez!, Pepe desvió, visiblemente incómodo, la mirada hacia arriba como una ráfaga, descubierto por segunda vez. ¿Entonces...? No, era imposible. ¿Pepe me estaba espiando? Había notado como sus ojos se posaban en mi pija. Quise corroborarlo y ¡una tercera vez!, Pepe volvió a ser pescado in fraganti.
Me di la vuelta, casi en un gesto piadoso, para que él pudiera finalmente mirarme tranquilo sin que yo lo atrapara en su curiosidad. Entonces sonreí, y la situación me pareció de lo más cautivante. Estaba sorprendido: Pepe era casado, tenía tres hijos casi de mi edad, se lo veía muy masculino, era amigo de papá, todos lo admiraban..., no me explicaba cómo podría sentirse atraído por otro varón. Sí, yo era un pendejo, todas esas cosas eran interrogantes para mí, como si los cabos de tantos hilos sueltos no se pudieran atar, irreconciliables. Incluso pensaba que los hombres casados eran todos invariablemente heterosexuales.
De todos modos, esos fisgoneos -pensé- no tenían por qué sentenciar que Pepe era puto. Seguí concentrado en mi baño, convenciéndome a mí mismo que todo había sido obrado por mi imaginación y mi calentura de adolescente.
Pero enseguida sentí el ruido inconfundible de las cortinas de la ducha al abrirse. Pepe las había descorrido completamente de un solo movimiento. Disimuladamente, lo miré de soslayo. ¿Por qué había hecho eso? Aún no terminaba de ducharse, eso era evidente. No había cerrado el agua. Entre los vahos del vapor su cuerpo mojado parecía haber emergido en un escenario después de descorrerse el telón.
Pepe tenía un rostro muy masculino. Conocía sus expresiones, las asociaba siempre a esa simpatía políticamente correcta que había tenido oportunidad de conocer en muchos asados familiares. Incipientemente calvo, tenía un cuerpo no corpulento pero sí muy armonioso. Entre sus dos pectorales, un precioso mechón de pelos negros caía peinado por la lluvia de la ducha. Los pelos se acentuaban en su pubis. De ahí colgaba y se balanceaba un miembro de tamaño mediano, que se ensanchaba un poco en la punta, ahí donde se marcaba con evidencia el contorno del glande enfundado en suave piel. Sus piernas eran esbeltas, torneadas y cubiertas de pelos, también intensificados por efecto del agua. Cuando levantaba sus brazos, sus sobacos se perfilaban mostrándome el abismo oscuro de sus pelos, una delicia que me perturbó enseguida. Pero el punto más inquietante y atractivo de su cuerpo, sin dudas, estaba en ese triángulo espeso de su pubis, en ese matorral negro y mojado, de donde asomaba el encantador sexo. Enseguida acaparó toda mi atención, me era imposible resistir su atracción.
Pepe me miró de reojo, constatando que era mi mirada la que ahora estaba sobre él. Una y otra vez lo comprobó, pues yo no podía dejar de mirar su verga, enmarcada espectacularmente en esa selva negra. Después de todo, al descorrer su cortina, Pepe estaba invitándome a mirar su completa desnudez. Sí, eso era un hecho…, pero yo aún no lo podía creer. Porque ¿era posible que ese hombre, que podría ser mi padre, estuviera interesado en mí, un mocoso? Sí, yo era muy joven, apenas me había salido una pelusa allí abajo, y él, todo un hombre, y por otra parte, nosotros, nunca habíamos intercambiado más que los saludos bajo la cortesía de rigor, nada más que eso.
Sin embargo, y para mi maravillada sorpresa, el erótico ritual prosiguió.
Pepe giró poniéndose de espaldas nuevamente. Ahora sus movimientos eran más lentos. Yo, a esas alturas, ya me había olvidado del pelado. ¿Qué sería del guardavidas?, no sé, ya no me importaba. Ahora estaba pasando algo que era verdaderamente interesante. Y no sólo era interesante, sino que también era real.
Entonces mi pija comenzó a levantarse otra vez. Pepe estaba allí, desnudo. Ahora, como si me hubieran abierto los ojos de repente, empezaba a atraerme todo de él.
Después de pasar bastante tiempo mostrándome como acariciaba sus nalgas con el jabón en la mano, Pepe giró sobre sus talones, muy despacio, y quedó otra vez de frente. No pude evitar retirar la vista, medio avergonzado. Mi timidez juvenil no me abandonaba, muy a pesar mío. Aunque quise, no pude mirarlo de frente, sólo advertía su figura gracias a mi visión periférica. Me daba cuenta de que sus manos se dirigían a la entrepierna. Me debatí por unos eternos segundos y, finalmente, levanté la vista, dejando que el deseo venciera finalmente mi timidez.



Pepe se estaba acariciando las bolas suavemente. Se miraba la pija, sensual, sobándola y poniéndola bajo el chorro de agua.  Se había agrandado y se mantenía algo levantada sobre las bolas. Tomó el jabón, que a estas alturas ya estaba bastante gastado, y se lo pasó por toda la zona. Lleno de espuma,  todo su pubis quedó blanco. Sus pelos veteaban la nívea claridad del jabón. Cada tanto dejaba su sexo y se pasaba las manos por el pecho, quedándose un poco sobre los pezones, entonces pude ver que la verga empezaba sostenerse en el aire, bastante tiesa.
Loco de excitación, mi pija estaba en plena erección, pero así y todo no atinaba a nada. Me estaba dando el espectáculo que hubiera esperado del pelado, sólo que ahora únicamente me importaba Pepe. Sólo existía Pepe en ese aislado y único mundo del vestuario. Pepe… Pepe… ¿de verdad me estaba dedicando la función? Pepe… ¿Cómo es que nunca antes había llamado mi atención?
Dio unos pasos hacia atrás y el agua cayó de lleno sobre su pecho. Fue hermoso. La lluvia fue desintegrando la espuma y, enhiesta, durísima, apareció la pija más hermosa que había visto hasta entonces. Era la primera vez que veía un hombre en erección. Y estaba frente a mí. Para mí. Sólo a un par de metros, en la intimidad que nos proporcionaba la soledad del lugar.
Él me miró. Pero no lo hizo directamente a mis ojos. Sabía que mi timidez no soportaría ese contacto. Entendí su complicidad, a él también le había pasado lo mismo hacía unos minutos. Sus ojos cayeron sobre mi sexo rígido y percibí un gesto de entrega en su rostro. Dejó sus manos a los costados para exponerse ante mí de una manera más sincera. Entendí el gesto como una alianza para no ocultarnos nada. Entonces hice lo mismo, mostrándole mi erguida desnudez.
En ese momento sentía que dejaba de ser un adolescente para ser un hombre, como él, excitado frente a la visión de otro hombre.
Su miembro había cobrado un tamaño impresionante. Lo tomó con ambas manos y comenzó a masajearlo lentamente. La piel de su prepucio subía y bajaba. Cubría y descubría ese glande redondo, inmenso, que me pareció de un rojo increíble. Por momentos dejaba su pene, para tocarse nuevamente los pezones. Su cara era el reflejo del placer más exquisito. En esos instantes, su verga quedaba suspendida apuntando hacia el techo, balanceándose lentamente, orgullosa y desafiante.
Me maravillaba pensar que esa escena deliciosa estaba siendo montada exclusivamente para mi regocijo, y notaba que también él disfrutaba enormemente de eso. Comencé a masturbarme. Cualquier vestigio de pudor, frente a él, había quedado atrás. Pepe, con una mano en sus testículos, y la otra bombeando su pija, aceleró los movimientos, abriendo extremadamente sus piernas velludas. Era una maravilla ver a ese hombre pajeándose frente a mí. No dejaba de mirarme, sin perder detalle de mi cuerpo, pero a veces se reconcentraba en el suyo, gozando también de su propio erotismo.
De pronto se detuvo.
Dejó sus brazos a ambos lados de su torso agitado y después apoyó las palmas sobre los azulejos de las paredes laterales. Contemplé su escultural cuerpo en toda su atrevida desnudez. Su verga hinchada y gruesa apuntaba hacia mí. Vi las pequeñas venas que recubrían aquel tronco de acero saliendo debajo de la mata de ensortijados y mojados pelos, levantó levemente su pié izquierdo, y atravesó el umbral de su ducha.
Yo comencé a palpitar agitadamente.
Salió de su ducha, y avanzó unos centímetros.
Venía hacia mí, escandalosamente erecto y bello.
Caminó los pocos pasos que nos separaban y se me acercó. Instintivamente, retrocedí, en un involuntario reflejo. Pepe notó de pronto que no debía pasarse de cierta línea, y parpadeó, atento a no atemorizarme. Avanzó sólo lo necesario. Yo repiré hondo y despacio. Me miró de arriba a abajo, ávido en su inspección, asombrado por tenerme tan cerca. Allí se quedó y retomó su masturbación, desnudo y mojado. Pepe estaba muy cerca, hasta mí llegaba el halo de su respiración entrecortada. Su pecho subía y bajaba. Los pezones, estaban bien duros. Rodeados de pelos, eran de un rojo intensísimo. Nuestros ojos se instalaron fijamente en las vergas duras, fuimos acelerando el movimiento de nuestras manos, y por un momento, sublime por cierto, nuestras miradas subieron y se enfrentaron.
Un guiño, ¡un adorable guiño! me volvió a saludar.
Fue demasiado.
Entonces sentí que el final estaba próximo. Jadeando, gimiendo pesadamente, sentí que un líquido espeso y caliente salía de mí, en medio de estremecimientos incontrolables. Luego vi como Pepe, en una convulsión violenta, descargaba también su semen en un chorro espeso y exuberante. Un gemido de voz gruesa retumbó en todo el lugar. Su leche había salido con tanta presión, que impactó sobre uno de mis muslos. Sentir eso, me dio un placer inexplicable, a tal punto que sentí otro orgasmo enseguida, casi superpuesto al que había gozado. Me volví sobre Pepe. Su cara frente a la mía estaba adorablemente roja, mojada y con una expresión de otro mundo. No parecía él, habituado como estaba de verlo en esas situaciones sociales donde sus sonrisas irradiaban luminosidad y simpatía. Esa cara, su otra cara, me mostraba definitivamente su personalidad más íntima, nueva para mí, desconocida hasta el momento.
Su verga, aún dura y palpitante, estaba radiante. De ella salían aún gotas claras, que resbalaban por todo el tronco hasta rebasar sus dedos y caer al piso.
Con pasos lentos, retrocedió, se puso nuevamente bajo la ducha y se enjuagó rápidamente.
Después cerró el agua, tomó su toalla y poniéndosela al cuello vino nuevamente hasta mí. Me miró y me sonrió. De pronto la ternura habitó en sus rasgos. Con ojos blandos y profundos pronunció mi nombre con voz muy baja:
-Franco.
Sin decir palabra lo miré, un poco asustado y serio. Sentía que la timidez volvía a vencerme.
-¿Estás bien, Franco?
Yo asentí tímidamente.
-¿Te gustó lo que hicimos?
Volví a asentir, esta vez bajando un poco la mirada.
-Entonces... ¿no te molestó?
Meneé la cabeza hacia ambos lados.
-¿Te gustó que me masturbara frente a vos?
Por fin, pude hablar y le dije que sí con un hilo de voz. Él sonrió y me susurró:
-A mí también me gustó mucho que lo hicieras también.
Mis ojos, que habían estado contemplando su bello sexo, ascendieron después hasta su rostro. Sonreí, y él prosiguió:
-Gracias por esa sonrisa, Franco. Sos muy lindo. La belleza de las personas es algo que siempre se debe disfrutar, apreciar, gozar. No importa sexo, edad…, nada.
Me quedé mirándolo. Asombrado y conmovido.
Él, alargó una mano hacia mí, pero ya no retrocedí ni un centímetro.
Sólo rozó tenuemente mi pezón izquierdo. Sentí, emocionado, los dedos y el dorso de su mano muy cerca del corazón que parecía salírseme del pecho.
-Adiós, Franquito – Me dijo con una adorable sonrisa, tomándome con infinita dulzura por el mentón. Lo retuvo unos segundos entre sus dedos cuando me dijo:
-No olvides lo que tuvimos hoy.
-No lo olvidaré, Pepe.
-Tampoco olvides que será “nuestro secreto”.
Y desapareció.
Cuando salí de las duchas, flotando entre nubes celestiales, Pepe ya se había ido del vestuario.
Me envolví la toalla a la cintura. Caminé unos pasos, lentos, estáticos y algo zigzagueantes. Cuando llegué al banco donde había dejado mis cosas, advertí que alguien más estaba sentado en un banco apartado. Era el pelado. Lo miré. Él se levantó y me saludó con un gesto. Estaba completamente desnudo. Sólo minutos después, cuando finalmente descendí a este mundo, pude percatarme de ese detalle. Curiosamente, en ese momento, aquello no me había llamado la atención en absoluto.


Franco
Abril 2003

28.9.14

Domingo vintage

Recordando a Rock Granger, hermoso por donde se lo mire





























27.9.14

Destacado de hoy


Resplandeciente

25.9.14

Para todos los días

Hoy en día, hacer un post sobre hombres en jeans no tiene nada de novedoso, y es que todo el mundo, sin importar edades, cuerpos o estatus social, los usa cotidianamente y en infinidad de situaciones. Su popularidad suele trazarle rasgos de uniforme y hasta llegar a neutralizar todo tipo de elegancia. De todos modos, si bien cualquier foto erótica contiene en gran porcentaje imágenes de hombres usando jeans (puestos, a medio poner, o ya quitados), reuní para hoy estas fotos por su particular grado de cachondez, al fin y al cabo, los pantalones vaqueros siempre harán honor a su calificativo de prenda sexy y masculina, antes y ahora.