4.5.15

El Palacio Aráoz VII


Capítulo VII – Los amigos del Doctor


Esa noche, el Doctor recibiría invitados. Se trataba de dos de sus más cercanos amigos: el canciller Ordóñez y monseñor Rafael Vanossi, dos personalidades que siempre salían en los diarios por sus actuaciones en diversos ámbitos nacionales. Para esa ocasión habría un servicio especial comandado por Germán, el camarero. El mayordomo recibiría en recepción junto con las mucamas, Reinaldo y Germán. Se serviría una cena en el salón comedor más pequeño y después los cafés, licores y chocolates en la biblioteca, donde los hombres, inmersos en mullidos sillones, intercambiarían charlas hasta la madrugada.
Todo transcurrió normalmente. Después de la cena, me encontré con Ramón en el baño, y me preguntó si no me habían asignado el servicio de la cena del Doctor. Yo no había sido requerido, por cierto, por lo que le dije que afortunadamente estaba libre.
Ramón me caía muy bien. Era un chico casi de mi edad, con una expresión reconcentrada y algo melancólica. Hacía dos años que había venido del campo, como yo, y el único amigo que se le conocía era Germán, quien le había tomado afecto y protegía como a un hijo. Pero esa noche, se había animado a hablar conmigo.
-¿Entonces vinieron el canciller y el cura? – le pregunté.
-Sí. ¿Los conocés?
-Bueno, de leer sus nombres en las noticias.
-Vienen seguido por aquí, con muy amigos del Doctor. A veces concurren a reuniones donde hay más gente. Pero parece que hoy es más íntimo – dijo con una expresión significativa.
Ramón se quedó pensativo. No sé por qué de alguna manera me hice cargo de su introspectivo carácter al darle charla, o si movido por una atracción subyacente, tal vez, se me ocurrió estar con él.
-¿Querés salir a caminar un poco? – le dije amablemente.
-Pero por aquí nomás, ¿está bien?
-Sí. La noche está fresca, oscura, y nadie nos verá por los jardines. Además Gutiérrez está en la casa con los invitados.
-No, a esta hora, ya los deben haber dejado solos.
-¿Los dejan solos?
-Claro. Después de la cena, los amigos del Doctor pasan a la biblioteca. Y ahí...
-Ahí ¿qué? – pregunté excitado por mi curiosidad, mientras salíamos al parque.
-Bueno, ahí, no admiten ser molestados por nadie.
-Supongo que hablan y hablan hasta muy tarde.
-Entre otras cosas – me decía Ramón con un tono irónico.
-¿Pero... "qué" cosas?
-¿Querés ver?
-¿Si quiero ver?, no pensarás que nos metamos en la casa...
-No hace falta. Podemos espiar por las ventanas desde el jardín.
-¿Estás loco? ¿Y si nos descubren?
-Nunca nos descubrirían, Fermín. Son aquellas ventanas ¿ves? Está todo cercado por arbustos que te hacen invisible desde afuera, y el lugar es tan oscuro que no se puede ver nada desde adentro.

Ramón
Era evidente que Ramón ya conocía ese escondite desde donde podía ver lo que pasaba en el interior de la mansión. Cuando estuvimos cerca de las ventanas iluminadas de la biblioteca, me lancé a correr diciéndole en voz baja a Ramón:
-¡Vamos! ¿Qué estamos esperando? – Por primera vez, vi que Ramón se reía con ganas y me siguió a paso veloz.
Nos pusimos en un sitio, ocultos por arbustos tupidos, desde donde podíamos ver y escuchar todo, dado que la ventana estaba abierta. La majestuosidad de la biblioteca era el lujoso escenario de una conversación pausada entre los tres amigos. Ramón tenía razón, nadie nos podía ver.
El Doctor Aráoz vestía informalmente. Llevaba una camisa de seda blanca abierta hasta la mitad del pecho y un pantalón negro de exquisita elegancia. Recordé una vez más esos pectorales que tanto me habían gustado aquel día en que lo había conocido. Servía vino a sus invitados, que estaban sentados en un gran sofá de cuero. Era un anfitrión perfecto, amable y de soltura admirable. Tanto el canciller como el obispo charlaban animadamente riendo y gesticulando a cada frase.
El canciller Ordóñez parecía mucho mayor que el Doctor. Vestía traje oscuro, camisa celeste y corbata color bordó. Llevaba una cuidada barba casi blanca, mucho más canosa que su prolijo cabello. Personalmente me parecía más joven que lo que aparentaba en los medios. Su manos se movían con cuidados ademanes, y sus ojos grises observaban todo con una vivacidad siempre alerta. Había encendido un habano que paladeaba con deleite, y nunca dejaba de mirar al Doctor. Era un hombre mayor muy atractivo, de buen cuerpo y muy interesante.
Monseñor Vanossi bebía de vez en cuando su vino, saboreándolo con fruición. No llevaba la típica sotana, sino un traje común y corriente de color negro, solo alterado por el tramo blanco de su cuello y una dorada cruz omnipresente. Su cabello castaño claro estaba prolijamente peinado hacia atrás, y me llamó la atención lo largo de sus brazos y piernas.
Ramón se asomaba como yo, lleno de curiosidad, y seguía la escena como si conociera lo que iba a venir. Estaba con la camisa abierta, me encantó espiar también su pecho casi lampiño y juvenil muy cerca de mí. El resplandor de las luces de la biblioteca daba de lleno en sus tetillas rosadas, tersas y puntiagudas.
El Doctor Aráoz dejó el vino sobre el bar y al volverse exclamó con una sonrisa:
-Bueno, caballeros, creo que nos podemos poner cómodos – dijo desabotonándose la sedosa camisa. Dejó que la prenda resbalara con gracia por su hermoso torso sin preocuparse de que cayera en la alfombra.
Yo abrí los ojos, totalmente incrédulo de lo que estaba viendo. Ramón me miró fugazmente, como diciendo "te lo dije".
-¿Ya despediste a los sirvientes? – preguntó el sacerdote.
-Claro que sí. Además mi mayordomo ya sabe perfectamente que cuando pasamos a la biblioteca queremos estar solos.
-Un tipo muy interesante tu mayordomo – dijo el canciller, entrecerrando un poco los ojos y llenándolos de una expresión libidinosa – no estaría mal que un día lo invitaras a pasarla con nosotros... supongo que él entenderá...
-Descartado, querido, algo me dice que me debo cuidar de Gutiérrez.
-Si es así..., es una lástima – suspiró el canciller algo frustrado. Se puso de pié y sosteniendo el habano con sus dientes, se aflojó la corbata y se quitó el saco.
-Ha pasado tiempo desde la última vez, ¿no? - dijo el religioso. El Doctor, se situó detrás del respaldo del sofá, justo donde estaba sentado el cura, y tomó la copa vacía de su mano. Mirándolo desde lo alto de su metro ochenta, dejó la copa sobre la chimenea, y con una sonrisa seductora se llevó las manos a la cintura desabrochando el primer botón de su pantalón negro.
-Muchas ocupaciones y obligaciones, todas juntas, Rafael, muchos asuntos me dejaron sin dormir, pero esta noche es para relajarse y olvidarse de todo eso. De todo. – susurró el Doctor Aráoz, mientras llevaba sus manos a la solapa del presbítero, quien había cerrado los ojos escuchando la acariciante voz del patrón. Lentamente abrió el saco de Vanossi y se lo quitó suavemente. 
Se había quitado la corbata y desabrochaba los primeros
botones de su impecable camisa.
El canciller, sentado a unos metros de ellos, los miraba pitando su oloroso habano, se había quitado la corbata y desabrochaba los primeros botones de su impecable camisa. Fue hasta donde estaba el Doctor y se situó a su lado. Aráoz lo miró a los ojos, sin dejar de sonreír complacientemente. Detrás de las espaldas del Doctor el canciller llevó sus manos al pantalón desabrochado. Siguió desabotonando la bragueta hasta el final, y abrió un poco más el pantalón, dejando ver la blanca ropa interior del Doctor. Ordóñez metió una mano por debajo del calzoncillo del Doctor y con un ágil movimiento sacó afuera su miembro endurecido, que quedó bamboleándose a pocos centímetros de la mejilla de Vanossi. Aráoz acariciaba la sedosa cabeza del cura, y tenuemente lo invitó a que buscara la punta de su pene. El cura volteó la cara y se topó con la grandeza creciente de la verga del Doctor. Abrió la boca y se la tragó hasta los huevos. Ordóñez, acariciaba los pezones de su anfitrión, que se retorcía de placer mirando como el sacerdote le mamaba la polla.
-¡Ramón! – dije sin poder dejar de mirar con los ojos como platos - ¿Y vos ya habías visto esto?
-Muchas veces – respondió Ramón con la mirada perdida en los tres hombres y sonriéndome inocentemente – Yo sabía lo del Doctor – me dijo con los ojos abiertos y expresivos - Cuando yo empecé a trabajar aquí, el me llevó a su baño.
-¿A vos también?
-Sí – dijo Ramón bajando la cabeza.
-No te avergüences. No es tu culpa.
-Un poco sí – confesó Ramón – porque...
-¿Por qué?
-Porque me gustó. Y porque el patrón nunca me forzó a nada– dijo inocentemente, volviendo a mirar al trío con un dejo de tristeza en su mirada.
-Mirá, tal vez te sientas mejor con lo que te voy a decir, pero, a mí también el Doctor me llevó al baño, y... no solo me gustó, sino que lo disfruté mucho.
Ramón me miró asombrado y sonrió como quien se saca un peso de encima, contento de que alguien lo estaba comprendiendo. En la complicidad de nuestro escondite, él estiró tímidamente una mano, y tomó la mía. Yo la apreté enseguida, aferrándosela con fuerza. Le pasé una mano por el hombro, y así, continuamos viendo por la ventana.
Después de chupar ávidamente la verga del Doctor por un largo rato, Vanossi se incorporó buscando el pecho de Aráoz con la boca. Ordóñez le indicó el camino con su mano, ofreciéndole un pezón, que fue aceptado gustosamente entre lamidas y besos. El canciller se dedicó entonces a despojar de sus ropas al sacerdote. Rápidamente, Vanossi quedó con el torso desnudo, así que el canciller siguió con los zapatos y el pantalón. Ahora teníamos al cura totalmente desnudo dándonos la espalda. Sus hombros eran anchos y su figura se afinaba en la cintura, donde continuaba un trasero muy bello, cubierto de un tenue y fino vello. Sus muslos abiertos se apoyaban sobre los almohadones mullidos del sofá, y por debajo de ellos, colgaban sus grandes testículos rojizos.
Ordóñez sostuvo por un momento el puro entre sus manos, y con la otra atrajo el mentón de Aráoz hacia sus labios. Unieron sus bocas con un largo beso. Esos dos hombres besándose, hicieron que mi pija quisiera salir de mi apretado bulto. Instintivamente miré hacia la entrepierna de Ramón, y a él le pasaba exactamente lo mismo.
El Doctor tomó a Ordóñez por el cuello de la camisa y en un minuto le desabrochó todos los botones. La abrió violentamente, sin dejar de lamer y chupar su cara. El abultado pecho del canciller, un poco entrado en carnes, salió a la luz e inmediatamente fue amasado y sobado por dos manos ávidas que se hundían en una mata hirsuta de pelos grises y blancos. Las tetas del canciller Ordóñez salían hacia fuera, redondas y grandes. Eran macizas, pero una cierta laxitud acompañaba los movimientos producidos por las caricias del Doctor. Los durísimos pezones de un color rojo oscuro fueron engullidos uno a uno, y se ve que el Doctor también los mordía fuertemente a juzgar por los quejidos del canciller que había vuelto a meter su habano en la boca.
El cura se puso de pie y pudimos admirar su larga pija, bien parada, recta y desafiante en ángulo recto bajo el abdomen firme. Rafael Vanossi también tenía lo suyo. Los pelos de su pecho se aclaraban entre los agitados pectorales, y un contundente camino negro descendía por su torso conduciendo al premio mayor, un matorral frondoso en la base de un duro báculo de carne. Fue hacia Ordóñez, y en pocos movimientos le bajó el pantalón y el slip. La pija del canciller estaba algo flácida, descansaba pesadamente sobre sus pelotas, ¡no obstante, era una verga inmensa! Carnosa y con un prepucio que se extendía más allá de su glande, tenía venas abultadas que la recorrían totalmente. Pendulaba sobre sí, enmarcada en largos pelos oscuros.
... y un contundente camino negro descendía por su torso
conduciendo al premio mayor,
Vanossi la miró como si se tratara de un obsequio celestial, se agachó entre sus dos compañeros y tomando la descomunal verga del canciller pudo introducirla toda en su boca, no sin cierto trabajo. El Doctor seguía trabajando con sus dientes los irritados pezones del canciller, jugando también con los pelos circundantes y acariciando la cabeza del sacerdote, que alternaba sus masajes bucales entre las dos vergas.
Ramón seguía la escena atentamente, mordiéndose los labios. Mi mano sobre su hombro hizo involuntariamente algo más de presión y él se me acercó un poco más, estirando el cuello para no perderse ningún detalle. Nuestros bultos ya eran como dos tiendas de campaña. Instintivamente, llevé mi mano libre hacia mis pezones por debajo de la camisa. Los acaricié excitándolos uno por uno. Con mi otra mano, pasé del hombro de Ramón a su cuello, sintiendo el contacto con su piel. Mis dedos se movieron casi imperceptiblemente, rozando tenuemente la zona a modo de leves caricias.
Ahora los tres hombres habían cambiado de posición y el canciller y el Doctor habían invadido el culo de Vanossi con sus bocas. Estuvieron allí por largos minutos, devorando, lamiendo, succionando todo lo que sus lenguas encontradas tenían a su alcance. Cada tanto se juntaban en un choque frontal de bocas, gimiendo y respirando entrecortadamente. El cura se retorcía de placer, implorando por más y abriendo los gajos blancos de su culo con sus dos manos. El Doctor fue el primero en penetrarlo, mientras que el canciller, sin abandonar el puro que humeaba en su boca, puso su voluminoso aparato en los labios de Vanossi. Su verga había cobrado algo de rigidez, aunque no había crecido demasiado. Así y todo, se trataba de una cosa enorme, gorda y pesada. Los huevos colgaban por debajo, chocando contra el mentón del religioso cada vez que éste avanzaba con una nueva bocanada.
Mi compañero Ramón se mostraba muy excitado. Acalorado, las manos se le fueron hasta los botones de su camisa y comenzó a desabrocharlos ansiosamente. Entonces yo tomé su prenda y le ayudé a deslizarla hasta el suelo. Inmediatamente, sin dejar de mirar hacia el interior de la biblioteca, Ramón estiró sus manos hasta los botones de mi camisa e hizo lo mismo. Yo terminé de quitármela, mirándolo sorprendido, y los dos quedamos con el torso desnudo.
Ahora el Doctor se deslizaba debajo del cuerpo del cura, y los dos quedaban entrelazados en un magnífico 69. La verga del canciller ya estaba levantándose. Se puso sobre el culo de Vanossi, y restregó repetidamente su brutal artefacto contra la raja abierta y húmeda.
Ramón y yo estábamos expectantes en nuestro escondite sin poder acreditar que ese carajo pudiera meterse con todo su tamaño en algún recinto humano.
-¿Entrará? - pregunté
-Parece imposible, sí, pero ya otras veces entró - me contestó.
Mientras observábamos la atrapante situación, yo retrocedí unos pasos y me puse detrás de Ramón, tomándolo de los hombros y comenzando a acariciar una piel increíblemente suave. Recorrí su suave piel, tomando cuenta de su hermoso cuerpo, que era como el de un niño grande. Me gustaba estar a sus espaldas y abrazarlo desde ahí. Llegaba hasta sus pezones jóvenes y me detenía en ellos, haciendo toda clase de variantes con mis caricias. Cada tanto, y para acrecentar su excitación, le daba tenues besitos en el cuello, apoyando sutilmente mi lengua en todo el sector. Metí una mano por el pantalón, y la punta de mis dedos llegaron a una zona muy cálida, topándose con el comienzo de una suave vellosidad. Entonces me animé a desabrochar el cinturón de su pantalón, abrir los primeros botones, y deslizar su prenda muy lentamente hacia abajo. En el poco resplandor que nos envolvía, vi aparecer el culito de Ramón ante mis ojos. Él estaba absorto mirando hacia la ventana y suspirando con la boca entreabierta.
-¡Mirá eso! – me dijo a media voz.
El pene del canciller había cobrado su mayor rigidez. No se había alargado, pero estaba aún más ancho que antes. El canciller, que no dejaba de bombearlo lentamente con su mano, descorría rítmicamente su prepucio una y otra vez sobre su lustroso glande, apuntando esa tranca directamente al culo abierto de Vanossi. La boca del Doctor, que estaba justo debajo de las bolas del cura, alcanzó también las del canciller, buscando una alternancia de sabores, tamaños y texturas. Por fin, el falo inquietante del canciller, se introdujo completamente, y de un solo envión, en las profundidades del culo de Vanossi.
-¡Impresionante! – dije al oído de Ramón contemplando la casi animal penetración.
-Nunca vi una cosa tan grande como la pija de Ordoñez, Fermín – balbuceó Ramón.
-Y mirá como se la mete... – seguía murmurándole al oído.
-Cómo están gozando...
Ramón llevó sus manos tras de sí, buscando torpemente los botones de mi pantalón. Por un momento dejé su deliciosa piel y lo ayudé a abrir la prenda. Incorporándome un poco, me bajé los pantalones y el calzoncillo hasta los muslos y dejé liberada por completo toda la erección de mi pija. Mi mano se estiró por delante de él, intentando atrapar la suya. No tardé en dar con ella. No era muy grande, pero estaba tan dura que me enloqueció, tiesa y mojada por completo de líquido pre seminal. Él se acarició su verga y tomó entre sus dedos una buena parte de ese líquido resbaloso. Después se lo llevó a su propio ojete y lo lubricó cuidadosamente. Me tomó con firmeza con un movimiento que era toda una invitación a que lo penetrara. Él no dejaba de observar la escena de los tres hombres cogiendo en el interior de la mansión. Y yo, mojando con abundante saliva toda la longitud de mi miembro, apoyé primero la punta sobre su caliente agujero, para ir deslizándolo lentamente y verlo desaparecer dentro del apretado culo.
Los tres amigos cambiaron nuevamente de postura. Ahora la verga del canciller, levantada solo unos centímetros, pero totalmente rígida, se metió no sin trabajo en el ano de nuestro patrón, mientras su pija permanecía en la boca del cura.
Yo aceleré los movimientos mientras cogía deliciosamente con Ramón. Mi mano lo masturbaba y mis labios besaban su nuca, ahora con lengüetazos más intensos. Él se arqueaba y acompañaba los movimientos cada vez más violentos. No aguantaba más. Entre ahogados gemidos y una respiración sofocada, los primeros chorros de mi orgasmo, salieron incontrolablemente, para dejar paso a un espasmo generalizado de todo mi cuerpo. Casi enseguida, la pija de Ramón, que se agitaba entre mis manos, hizo erupción en un temblor sorprendente y el semen caliente empezó a salir de su glande bañándome la mano por completo.
En la biblioteca, los tres hombres seguían muy ensimismados en su ardiente labor. Aún unidos por nuestros jugos espesos, con Ramón vimos como la posición había cambiado nuevamente, y ahora, mientras el canciller penetraba al Doctor, éste ensartaba al cura, formando una especie de tren humano que vibraba en un solo movimiento.
Cuando volvimos a la calma después de tanta agitación, tuvimos un miedo lógico a ser descubiertos, sobre todo por Gutiérrez, aunque sabíamos que eso hubiera sido imposible. Sin embargo decidimos poner nuestras ropas en orden. Habíamos visto suficiente, por lo que sigilosamente, y protegidos por la oscuridad de la noche sin luna, dejamos nuestro palco de honor, abandonando la escena tan excitante que se había representado ante nuestras desapercibidas miradas. Los tres hombres seguían cogiendo intensamente, transportados y ausentes de este mundo, y seguramente continuarían así durante toda la noche.
Sigilosamente, volvimos a los dormitorios.


Continuará...


3.5.15

Domingo vintage

Destacado de hoy


Suave camino al tesoro.

1.5.15

El empleado del mes


Este mes el elegido es este albañil,
con el que además será un placer celebrar el 1º de Mayo.

29.4.15

Un día con él

Adam Russo nos ayuda a sobrellevar el transcurso de la semana. Pasemos un día con el hombre de los rasgos fuertes.  Bello por donde se lo aprecie, cuerpo infartante, mirada penetrante, dulzura incipiente, masculino y protector. Tres cosas que me encantan de Adam: las canitas entre medio de los pelos oscuros del pecho, los vellos suaves en los dedos de las manos, y ese look tan atractivo cuando se deja la barba contrastando con su cabeza rasurada. Ay, ay, ay...