viernes, 28 de septiembre de 2018

El cuentito de fin de mes



- Secreto de Confesión -


(N. del A.: Este relato puede herir
la sensibilidad de algunas personas)

El hombre con negra sotana atravesó la iglesia, haciendo una leve genuflexión al mismo tiempo que se santiguaba al pasar frente al altar. Entró al confesionario y cerró la puertecita y la breve cortina tras de sí.
Enseguida unas pocas personas se acercaron al rincón oscuro, organizándose tácitamente en una fila para recibir la ansiada absolución.
En un lugar apartado, un muchacho permanecía de rodillas sobre el reclinatorio. Él aún no se decidía. Pero la fila no era muy larga, tendría unos minutos para pensarlo. Poco a poco el tiempo fue pasando y por el confesionario fueron transitando esos pocos fieles que después iban a purgar sus pecados de cara al altar mayor, recitando en voz baja sus penitencias.
Después de un rato ya no quedaba nadie. El cura se asomó a través de la cortinita para ver si quedaba alguien por confesar. Entonces el muchacho lo vio. Es el cura más joven, el gallego, se dijo. Si hubiera estado el cura viejo, habría salido corriendo de allí, pero ese le caía bien y tal vez podría entenderlo mejor. Eso le hizo tomar coraje.
El religioso -alto, de tez muy blanca, con unos pequeños lentes dorados y una morena cabellera enrulada algo canosa- ya se estaba yendo cuando el muchacho abandonó el reclinatorio y se apresuró a presentarse ante él.
-¡Padre, padre!
El cura se dio vuelta y observó de arriba a abajo a ese muchacho algo asustado que lo miraba interrogante.
-Ah ¿eres tú?, dime, hijo.
-¿Ya se va? Es que quisiera confesarme...
El cura asintió con esa resignación perenne de los religiosos y lo invitó a arrodillarse volviendo a entrar al confesionario.
-Has crecido. ¿Cómo están tus padres?
-Bien.
-¿Y tu tía Edelmira?
-Sigue buscando novio... aunque a su edad...
-Bueno, bueno, comencemos.
El muchacho miró para ambos lados, como queriendo corroborar que nadie podía oírlo.
-Perdóneme padre, porque he pecado.
-Hace bastante que no vienes por aquí, ¿verdad? - musitó, con su acento español.
-Un poco, padre.
-Bueno. Te escucho, hijo mío.
-Mire que he pecado mucho, ¿eh?
-¿Ah, sí?, no me digas...
-Si no le digo, no sé cómo va a saber lo que hice.
-Estoy aquí para escucharte - dijo, divertido por la desfachatez ingenua del joven.
La voz del cura sonaba calma, segura y acariciante a la vez. Esto animó algo al muchacho, que no dejaba de temblar por lo que iba a contar, nervioso aún por abrir su corazón ante ese extraño.
-Padre. Estoy muy confundido.
-¿Por qué, hijo?
-No sé que está bien o que está mal. Tal vez usted me lo pueda decir...
-Pues, muchacho, cálmate y como siempre digo, empecemos por el principio.
-Sí... no sé si podré calmarme, es que...
-Tranquilo. Cuéntame todo. Y no olvides que Dios te quiere porque eres su hijo y Él te perdonará siempre.
-Ahí está la cosa. De eso no estoy tan seguro. Yo ya no sé lo que es perdonable y lo que no.
-Pues calma, hijo, que de eso me encargo yo, con la ayuda del Señor.
-Sí, disculpe, tiene razón. ¿Usted cuántos años tiene?
-¿Qué has dicho?
-Usted no es muy viejo, ¿verdad?
-Virgen Santa, ¿a qué viene semejante pregunta?
-Digo, usted es viejo, ya lo sé, pero no es tan viejo como el otro cura que es más viejo, ¿no?
-Pero... ¿por qué quieres saber mi edad?
-Porque me parece que alguien joven me va a entender mejor. Sea bueno y dígame cuántos años, padre ¿sí?
-Tengo cincuenta y dos.
-¡Uf!, es una bocha de años.
-¿Qué?
-Uy, perdón. No quise ofenderlo. Sí, son un montón, pero bueno, creo que es de los más jovencitos aquí. Tal vez funcione.
-A ver, hijo, que nos vamos de tema. Si quieres que tu confesión "funcione", por favor, concéntrate y recógete.
-¿Qué dice?
-Que el sacramento de la confesión no se puede tomar a la chacota. Requiere más espiritualidad de tu parte.
-Ah, le había entendido otra cosa.
-Dime ¿cuánto tiempo hace que te has confesado por última vez?
-Hace un año. A ver..., no, un año y medio... ¡no!, debe hacer dos años... creo...
-Hijo mío, ¿tanto tiempo ya?, a ver si procuras venir más seguido por aquí. Y dime ¿qué pecados has cometido?
-Bueno, a veces falto al colegio y me quedo vagando por la calle.
-Ajá...
-Y no me gusta estudiar. Me gusta dormir hasta tarde y...
-Y...
El muchacho sabía que estaba evitando contarle al cura lo más importante.
-¿Cuántos años tienes?
-Ah, ¿ve?, ahora es usted el que se quedó con la intriga de la edad...
-Hijo... ¿quieres responder, por favor?, concéntrate...
-Sí, disculpe. Voy a cumplir dieciocho.
-Ya eres todo un hombre... como pasa el tiempo. ¿Tienes novia?
-Todavía no.
Sí. Él sabía que le haría esas preguntas. Todo llevaba al mismo lugar. Empezó a intranquilizarse.
-¿Hijo mío, has cometido actos impuros?
-¿Qué?
-Digo, si le has faltado el respeto a tu cuerpo...
-No entiendo...
El cura volvió a controlar su paciencia.
-Vamos, hijo... ¿se puede saber qué es lo que no entiendes?
-No entiendo lo de los actos impuros.
-Quiero decir si te haces la paja.
El muchacho supo que el cura de pronto había llegado al punto tan temido.
-Sí - respondió resignado.
-¿Cuántas veces a la semana?
-No sé.
-¿Cómo "no sé?"
-Bueno, a veces me toco un poco, y otras veces me hago varias al día. Pero, le mentiría si le digo una cifra exacta, porque la verdad es que no las conté nunca.
-¿Estás solo cuando te la puñeteas?
-¿Cómo?
El cura respiró hondo y volvió a preguntarle más calmo.
-A ver... cuéntame que es lo que haces cuando te pajeas.
-¿Qué? ¿Tengo que contarle?
-Hijo... ¿cómo quieres que Dios te perdone si no me cuentas todo lo que te pasa?
-Tiene razón padre, es que...
-Cuéntame, sin miedos. Veremos a ver.
-Bueno, a veces estoy en el baño, voy a hacer pis y la tengo dura.
-Ajá.
-Entonces no puedo evitar tocármela y bueno... usted sabe...
-¿Qué, hijo?
-A veces estoy caliente y... largo la leche ahí.
El cura no pudo evitar abrir los ojos, estupefacto, pero a la vez un poco divertido por la inocencia del muchacho. Sí, una cierta ternura lo hizo interesarse por el jovencito y una curiosidad extraña lo invadió al intuir la personalidad del muchacho. Enseguida quiso saber más.
-Y ¿en qué piensas cuando te haces la paja?
-¿A qué se refiere?
-Quiero, es decir, necesito que me cuentes en que te inspiras para masturbarte.
-Bueno, ese es el punto.
-¿Sí?
-A veces pienso en alguna chica que conozco... pero otras veces...
-¿A veces qué?
-Bueno, que sea lo que Dios quiera, ¡yo le cuento! - dijo al fin, resuelto.
-Claro, hijo, esa es la idea, adelante.
-El otro día, por ejemplo, había tomado el colectivo para ir hasta lo de un amigo y venía repleto de gente, como siempre. Entonces a un metro de distancia, vi a un tipo como de unos treinta años que me miraba. Era un hombre que me atrajo mucho, Padre, no sé lo que me pasó.
-¿Pero me estás diciendo entonces que te atraen los hombres?
-Qué se yo. Yo le cuento, usted después me dice.
-Creo que tienes la edad suficiente como para saberlo tu mismo.
-No se crea, padre. Mi papá dice que aunque pegué el estirón, y que a pesar de que me desarrollé rápido, mi cabeza sigue siendo la de un niño medio retardado.
-Demuéstrame que no es así.
-Y..., no sé si podré...
-A ver, sigue, hijo mío - dijo el sacerdote, con la mano sobre su frente.
-Bueno, resulta que el colectivo se iba llenado de gente más y más. Y al rato, vi que el tipo ese que me miraba se iba acercando hacia lugar donde yo estaba. Yo sentí que la pija se me empezaba a parar. ¡Uy! ¡perdón, no debí decir eso..., estamos en la casa de Dios!
-No te preocupes, hijo. Yo ya estoy acostumbrado al lenguaje que usan hoy en día los jovencitos como tú. Supongo que cuando dices "pija" te refieres a la polla, ¿no es así?...
-No sé qué es la polla, Padre. ¿Vendría a ser la esposa del pollo?
-No. La polla es como le decimos a la pija en mi tierra.
-Qué gracioso. Bueno, para que me entienda entonces, cuando vi que ese tipo se me acercaba, se me empezó a parar la polla.
-Sí, sí, ya entendí, pero puedes decir pija, que te sigo perfectamente. ¿Así que se te empalmó? Por todos los cielos, ¡allá vamos...!
-¿Adónde, padre?
-Que es un decir, hijo. Pero tu prosigue de una vez y no te disgregues, ¿quieres?
-Bueno. Como le decía, ya tenía la pija dura. La polla, perdón. El tipo se las ingenió para acercárseme y yo sentí que de pronto, estirando la mano, me agarraba el bulto.
-¿El paquete?
-No. Yo no llevaba ningún paquete. El bulto, eso me agarró el guacho.
-Que ya entendí, hijo. Qué barbaridad..., las cosas que suceden por los caminos del Señor.
-Bueno, en realidad era el camino a lo de mi amigo, como ya le dije.
El sacerdote sonrió y tuvo que reprimir una carcajada. El muchacho, que había notado eso, empezó a sentirse mejor. Ese cura le daba confianza. Era evidente que iba desinhibiéndose poco a poco y sentía que el religioso lo escuchaba con creciente interés.
-Y dime chaval... ¿Qué pasó luego?
-Luego... el tipo me empezó a bajar el cierre de la bragueta.
-Dios mío, ¿eso hizo?
-Hoy la gente no tiene vergüenza. Increíble, pues estaba atestado de pasajeros. Y él metió la mano y me agarró la pija. Entonces... empezó a tocarme suavemente primero y después me bombeó más fuerte, hasta lo miré suplicante para que no siguiera, pero el tipo siguió y cada vez más acelerado. Se me acomodó desde atrás y yo sentía que me apoyaba el bulto en mi culo. Podía sentir que el tipo estaba...
-Empalmado.
-No, estaba al palo, padre. Pero cuando le digo al palo, le digo bien al palo ¿me entiende? se notaba que la pija se le quería salir afuera, encerrada como estaba. Ese hombre seguía tocándome, el movimiento del colectivo y los empujones de la gente hacían que mi pija casi explotara con tantas frotaciones...
-¿Eso duró mucho?
-¿Que si duró mucho? ¡una eternidad, Padre! no sé la cantidad de cuadras que habremos estado así, y cuando el ómnibus frenaba, enseguida sentía como su pija se incrustaba entre mis cachas, a la vez que su mano me apretaba más y más.
-No lo puedo creer.
-¿Cómo qué no? ¿O acaso no sabe como manejan esos brutos?
-Hijo, que lo que no puedo creer es lo de ese degenerado.
-¿Cuál de los dos? ¿el colectivero o el tipo que me apoyaba?
-Ya. No importa. Sigue, hijo mío, que pensaré que tu padre tenía razón.
-Ahí estaba yo, que, frenada va frenada viene, estaba cada vez más ensartado. Su mano era increíble, ¡qué arte para tocar pijas!, con decirle que sus dedos llegaron hasta por debajo de mis bolas. No sé como lo hacía, pues como le digo...
-Estaba lleno de gente... ¡Válgame Dios!
-Sí, claro, pero en un momento creo que nos olvidamos de eso y gracias a los movimientos del viaje, los sacudones y todo eso, nos pusimos más que calientes. El tipo no dejaba de tocarme. Yo estiré una mano por detrás y alcancé su entrepierna, entonces...
-¿Entonces?
-Padre, tenía una pija enorme, podía notarlo a través del pantalón.
-¿Y qué hiciste?
-Y nada, ¿qué iba a hacer? lo toqué y lo froté como pude. Entonces no pude aguantarme más y acabé en su mano, quedando todo embadurnado con mi propia leche.
El religioso tenía la boca abierta. Apenas pudo reaccionar, asombrado:
-Hijo, hijo..., ¿no pudiste controlarte?
-¿Controlarme? Supongo que los curas saben controlarse todo el tiempo, padre, usted lo debe hacer todo el tiempo, usted sabe, por eso de la castidad..., pero...
-¿Pero qué?
-Que yo no soy un cura, padre.
-¿Y entonces cómo te las arreglaste?
-Yo intenté disimular y entonces todo me dio mucha vergüenza. Después el tipo se bajó, me guiñó un ojo desde la vereda, y no lo volví a ver más.
-Bueno, hijo, degenerados... los hay en todas partes...
-Es que usted no entiende, Padre. Él sería un degenerado, todo lo que usted quiera, pero... ¿y yo? ¡yo quería que él me tocara!. Esa noche, y al día siguiente, y al otro, me hacía la paja pensando una y otra vez en esa aventura del colectivo... me acordaba de su pija dura apoyándome el culo... y..., y...
El cura intentó que su voz no sonara muy destemplada cuando le dijo que siguiera. Pues había empezado a sentir un raro calor. Le pidió que le contara más:
-¿Te has masturbado en algún otro sitio que no fuera el retrete?
-Generalmente en mi cama. Me gusta desnudarme por completo, sentir mi cuerpo libre de ropas y tocarme por todo el cuerpo. Tengo una pija bastante grande, el otro día me la medí. Dormida mide trece. Pero cuando se me despierta alcanza los diecinueve.
Al oír esto, el cura tragó en seco.
-¿Diecinueve centímetros?
-Así es, Padre.
-Caramba, hijo. Eso sí que es un buen tamaño - exclamó mordiéndose el labio, imaginando al muchacho desnudo en la cama y sin poder evitar llevar una mano hacia su entrepierna. Tocó su miembro y notó que se ponía duro. Pero se serenó una vez más y continuó diciendo:
-Sigue, hijo, para alcanzar el perdón divino es necesario que me abras tu corazón.
-Sí, Padre, le prometo que lo abriré todo lo que pueda. Siento que a usted puedo contarle mis cosas. Al principio tenía miedo, pero veo que usted es muy comprensivo y me da mucha confianza. A veces le he contado algo de esto a mi tío, que siempre se muestra muy interesado, pero...
-¿Pero qué, hijo?
-El otro día me llevó a su departamento. Yo le pedí que habláramos, que me sentía un poco confundido con algunas cosas. Con mi papá no puedo hablar de sexo ¿sabe?. Siempre termina diciéndome lo mismo: que use preservativos y que me cuide. Pero yo tengo tantas preguntas que hacer...
-¿Y qué pasó con tu tío, hijo de mi alma?
-Pasó que me convidó un whisky, se sentó al lado mío y me dijo que me relajara mientras él iba a ponerse ropa más cómoda. Probé un sorbo de whisky y me pareció horrible. Iba a pedirle un poco de coca-cola cuando lo vi venir con una bata muy corta.
-¿Una bata muy corta? - se regodeó el sacerdote.
-Sí, Padre. No me diga que en España le dicen de otra manera a la bata.
-No, hijo, ya he comprendido, sólo que estaba un poco sorprendido. ¿Qué pasó entonces?
-La bata estaba abierta y yo veía ese pecho todo peludo, entonces, él me dijo que me notaba un poco nervioso. Me preguntó qué me pasaba. Le dije que no sabía muy bien, sin dejar de mirar como se acariciaba lentamente los pezones por entre la fina tela de la bata.
El cura, oculto dentro del confesionario desabrochó los botones inferiores de su sotana, desajustó el cinturón y desabotonó su bragueta. Bajó un poco los pantalones y, franqueando la blanca ropa interior, su miembro salió por entre las prendas. Estaba a media erección. Era una verga gruesa y pesada rodeada de largos pelos negros. El peso hacía que colgara como el badajo de una campana.
-¿Entonces, qué sucedió, hijo?
-Le dije a mi tío que tenía miedo de ser gay. Miedo de que me gustaran los hombres.
-Sí... sí...
-Entonces, él dijo que lo mejor sería que lo comprobásemos ahí mismo. Se puso de pie y desajustando la bata la deslizó por entre sus hombros. ¡Mi tío quedó en pelotas, padre! ¿Se lo imagina?
-Sí, hijo, me lo imagino muy bien - contestó, mientras empezaba a acariciar su verga morcillona.
-Me preguntó si me gustaba lo que veía. Ay, padre ¿qué hubiera respondido usted en mi lugar? Yo vi ese cuerpo desnudo frente a mí y me puse loco de excitación.
-¿Por qué? ¿Tanto te apetecía?
-No sé si me apetecía, pero me gustaba con locura.
-¿Y cómo es tu tío?
-Mi tío es alto, con el pelo rapado, bigotes anchos, tiene todo el cuerpo lleno de pelos y... no sé, todo en él me gusta. Sí, me gusta, me gusta mucho. Padre, seguro que me iré al infierno por eso. Pero si usted lo viera, me daría la razón. No, discúlpeme, no quise decir eso, con todo respeto, padre. Lo que pasa es que todo el mundo lo adora. Sí, mujeres y hombres por igual. Es corpulento y sus brazos musculosos y fuertes. No pude evitar mirar su pija. Nunca había visto una pija parada, padre. Era hermosa. Rodeada de esos pelos, ¡aluciné!
-¿En serio?
-Es que jamás vi una pija tan peluda. No sabía que los hombres podíamos tener tantos pelos ahí, yo, que apenas tengo una pelusita. ¡Y esas bolas perfectas colgando! llenas de venitas azules. Volví a mirar esa vergota mojada y me mordí el labio. Mi tío me dijo entonces que se la chupara. ¡Y lo hice, padre! Yo no quería hacer otra cosa que no fuera tragarme ese aparato, padre.
El cura tomó su verga y ésta terminó de endurecérsele.
-¿Y qué hicisteis?
-De todo, Padre... y si quiere saber más, a mí me gustó mucho todo lo que hicimos. Pero la verdad es que enseguida yo me sentí mal, con culpa, ¿me entiende? Él me dijo que no tenía por qué sentirme con culpa. Que ese era nuestro secreto y que nadie más iba a enterarse. Pero yo me pregunto: si no hay por qué sentirse culpable, ¿por qué debíamos ocultar en secreto lo que habíamos hecho?
-Hijo... hay tantas razones...
-¿Qué?
-Nada, nada. Prosigue, hijo, prosigue.
-¿Qué razones, padre?
-Bueno, los secretos son necesarios... imagínate qué sería de este santo sacramento si no fuera por el secreto de confesión.
-Tiene razón.
-Claro que la tengo. Pero me estabas contando...
-Ah sí. Nos besamos también, Padre. En la boca. Con la lengua.
El cura se masturbaba cuidando de que el muchacho no se percatara de nada. Con cada una de sus frases, se inflamaba más.
-Entonces él me empezó a quitar la ropa. Yo no quería, padre, pero él intentaba tranquilizarme diciéndome que no tuviera miedo y esas cosas. Pronto estuve totalmente desnudo en sus manos.
-¡Ahhh!
-¿Cómo dijo, Padre?
-Que no dije nada...
-Pero...
-¡Que nada...! Continúa, por favor...
-Luego de desnudarme me abrazó apasionadamente y empezó a lamerme todo el cuerpo.
-¿Hostias! ¿y?
-Y entonces se metió mi pija en la boca y empezó a chupar. Me dijo que la tenía muy grande y que así le gustaban las pijas, digo, las pollas. No dejaba de chupar, mientras, con su mano libre se masturbaba él mismo. Me chupaba de una manera tan intensa que si hubiera sido un campeonato de chupadas él habría sacado la medalla de oro, padre.
-No seas ridículo, que no existen los campeonatos de chupadas.
-¿No?, pues debería haber, ¿no le parece?
-Hijo, por favor..., no te vayas por las ramas.
-Sí, disculpe, padre. ¿Dónde estaba?
-Estabas desnudo, tu tío que te lamía todo y te chupaba la polla - dijo el cura, que a duras penas podía contener su agitación.
-Sí, la polla, como dice usted. Era tan excitante eso, que yo ni pensaba en impedírselo. Yo miraba como su verga mojada subía y bajaba entre sus propios dedos... ¡qué espectáculo, padre! Lo curioso es que a punto de acabar, él no aceleró su movimiento, sino todo lo contrario, entonces pude ver bien cuando el semen le brotó a borbotones de la pija mientras la mía resonaba toda con sus gritos dentro de su boca. Empecé a sentir que me venía la leche. Le avisé, pero él, en vez de soltarme, se aferró más aún y siguió succionando fuertemente. Acabé en sus labios. Fue la sensación más increíble que tuve hasta ahora, padre. Después mi tío lamió toda la leche. El muy chanchito se la tragó toda. Después me limpió toda la pija con su lengua. Quedó como nueva.
Mientras el joven hablaba entusiasmado, el cura se había ido desabrochado por completo la sotana. La fina tela negra de la camisa dejaba traspasar la marca de sus endurecidos pezones. Una de sus manos acarició esas tetillas, mientras la otra bombeaba lentamente la rígida verga, que chorreaba cada vez más un abundante líquido transparente.
-Hijo mío, cuando haces esas cosas, ¿no sientes arrepentimiento en tu corazón? – dijo el religioso, sabiendo que en realidad se lo estaba preguntando a sí mismo.
-¿Yo?
-No, coño, el querubín de la columna..., ¡pues claro que tú! ¿a quién le estoy preguntando? ¿al vecino?
-Sí, padre, disculpe. Y ahora que usted nombró al vecino...
-Qué... ¿también habéis follado tú y el vecino?
-Sí Padre.
-Ay, muchacho ¿pero tú me quieres matar de un infarto?
-No, padre, no me diga eso, y menos que se va a morir, que yo necesito que alguien me perdone. ¿No se da cuenta la cantidad de pecados juntos que le he contado hasta ahora?
-Sí, me he dado cuenta, y por lo visto todavía hay más guarrerías.
-Sí, lo siento, hay más.
-Venga, cuéntalas ya.
-Sí, yo no tengo problema. Ahora que le estoy contando todo, ya me cuesta menos. Pero ¿usted no se me aburre?
El sacerdote, con la respiración pesada por la excitación que cada vez crecía más y más, intentaba volver a hablarle con calma.
-Mira hijo, aquí no se trata de que yo me aburra o no. El camino del perdón es algo que se debe emprender con tesón y resignación - decía, mientras bombeaba con firmeza su duro falo - y es mi deber ayudarte y comprenderte. Pero para eso necesito que me cuentes todo, y vamos..., que me lo cuentes todo detalladamente.
-Gracias, Padre. Yo estaba seguro de que usted me iba a comprender, lo sabía. Es más. Lo vengo observando desde hace tiempo y siempre me gustó. Bueno... no me malentienda. Digo que...
-Sí, hijo, te entiendo, te entiendo bien. Sigue, por favor.
-¿Por dónde iba?
-Por lo de tu vecino, y concéntrate, no olvides que el confesionario es sitio de profunda compenetración con tu interior.
-¿Cómo supo que la historia era con penetración?
-¿Qué dices?
-Nada, padre. Digo que usted me sorprende. No sé, será por el acento, esa forma de decir las cosas que tiene.
-Aquí el sorprendido soy yo, menuda confesión me estás haciendo.
-Bueno, yo le avisé, no se me haga el asombrado ahora. Dígame, ¿las confesiones aquí tienen un horario?
-¿Cómo?
-Digo, porque es un poco tarde, todavía me falta mucho, y no sea cosa de que nos cierren la iglesia con todo por la mitad.
-Estaremos aquí el tiempo que haga falta, ¿me has entendido? Y ahora déjate de gilipolleces y sigue contando, ¿quieres?
-Sí, padre. Sigo. Yo había salido al balcón. Era una noche calurosa y no podía dormir. En eso veo que la luz del vecino de al lado estaba encendida. Tenemos los balcones linderos, sólo separados por una mampara, ¿sabe?. Me había apoyado sobre la baranda a tomar aire y entonces veo que mi vecino sale también al balcón.
-¿Cómo es tu vecino? ¿Cuántos años tiene?
-¿Importa eso?
-Cállate, chaval irrespetuoso, que si tiene importancia es asunto mío decidirlo.
-Será asunto suyo, pero esta es mi confesión.
-Lo que quiero decir es que me dejes hacer mi trabajo.
-No sabía que confesar era un trabajo ¿le pagan bien? ¿cobra por confesión? pobre..., entonces hoy no debe haber recaudado mucho, ¿no?
-¡Hijo, por favor!, ya déjate de pavadas y responde.
-Sí, perdón. Mi vecino es rubio, de ojos azules, profesor de gimnasia y deberá tener cerca de cuarenta.
El cura resopló con los ojos hacia el cielo y se desabrochó el cuello.
-¿Tiene calor?
-¿Yo?
-Es que desde hoy que no para de resoplar.
-¿Has dicho rubio de ojos celestes?
-No. Azules. Por favor, preste atención, que no quiero que después me dé mal la penitencia y yo me vaya derechito al horno.
-Muy bien, muy bien - protestó el cura - ojos celest..., digo, azules. Sigue, por favor.
-Empezamos a hablar y me dijo que él tampoco podía dormir con tanto calor. Es muy simpático. Y me pareció también muy desinhibido. Yo había salido en pantaloncitos sin nada arriba ¡pero él estaba en calzoncillos, padre! Y así, charlando, le dije que para colmo de males, en casa se había terminado el hielo y las bebidas estaban calientes. Él, entonces, me contestó que si quería beber algo fresco me invitaba con una cerveza helada. Acepté gustoso y sonriente, que yo también soy muy simpático, bueno, usted ya se habrá dado cuenta. Entonces mi vecino me extendió una mano y yo me trepé hasta saltar hacia su balcón. Él me sonreía y me preguntaba por mis padres, a manera de cumplido. Le dije que ya estaban durmiendo, así que no notarían mi ausencia. Me sonrió de nuevo y pareció ponerse muy contento por eso. Fuimos a la cocina y él, abriendo la heladera, sacó dos latas de cerveza. Yo miraba sus musculosos pectorales. Padre, eran tan lindos...
El religioso empezó a desabotonarse la camisa. Metió su mano por entre la tela y acarició su pecho peludo. Se tocó los pezones que seguían duros como acero. E imaginó así que estaba tocando los del profesor de gimnasia.
-¿Y qué pasó entonces?
-Y... él me miraba, creo que se daba cuenta de que me gustaba mucho. Imagínese, padre, un rubiazo así, todo velludo, y en calzoncillos. Por un momento la bragueta se le abrió y pude ver la piel de su pija y algunos pelos que se le escapaban por la abertura. Por encima del elástico también se le asomaban unos cuantos pelos rubios. Era una delicia. Él me sirvió la cerveza en un gran porrón con manija, pero yo estaba tan nervioso que se me aflojaron los dedos y, temblando, volqué toda la cerveza sobre mi pecho. Quedé empapado y también mi pantalón se había mojado todo. Él vino hacia mí y ayudándome amablemente me condujo en dirección al baño. Yo estaba muy avergonzado, imagínese...
-Me imagino, me imagino todo... ¿Entonces?
-Entonces él, con el pretexto de limpiarme el pantaloncito con agua, me dijo que me lo quitara. Astuto el tipo, ¿no? Yo me desabroché enseguida. Quedé en slip, pero también vimos que estaba mojado.
-¿También los calzones?
-Y sí. Era como medio litro de cerveza, padre.
-No deberías beber a tu edad. Ya ves las consecuencias.
-Sí, padre, lo sé. ¡Ahí tiene! ¿Ve? Otro más.
-Otro más ¿qué?.
-Otro pecado más. No me había dado cuenta de ese. Anótelo en la lista.
-¿Quieres seguir, por el amor de Dios?
-Ah, sí. El slip estaba mojado. Entonces me sugirió que me lo quitara también.
-¿Eso te pidió?
-Sí. Yo tenía vergüenza, la pija se me había puesto un poco dura. Pero él insistió tanto que me bajé rápidamente el slip. Él tomó las dos prendas y las puso en el lavatorio. Me dijo que las iba a lavar y después las pondría en el secarropas. Mientras las sumergía en agua con jabón yo me quedé ahí desnudo sin saber qué hacer. Yo notaba como en vez de poner atención en lo que hacía, mi vecino me comía con los ojos. No podía apartar su vista de mi pija. Entonces vi como su bulto crecía y crecía. Pronto tuvo una enorme carpa entre las piernas. Me dijo: Creo que mi calzoncillo también necesita una limpieza. Era verdad, padre, porque ahí, justo en la punta más alta del bulto, había una mancha enorme. Y entonces... ¡se lo quitó! ¡Oh!, qué maravilla, qué culo tan perfecto, qué verga tan hermosa. Le juro que cuando vi eso, mi palo terminó de levantarse, padre. No lo pude detener.
-No debes jurar, hijo, o tendré que aumentarte la penitencia...
-Bueno, entonces no le juro nada. No es que quiera escatimar en penitencias, si para quedar absuelto debo rezar tres días seguidos, todo bien, pero tampoco es cuestión de hacer penitencia de más así porque sí. Pero con juramento o sin él, créame, ese macho era un verdadero modelo Playgirl.
-¿Qué dices?
-Perdone, supongo que no sabe lo que es una Playgirl. Es de esas revistas con hombres en pelotas que vienen con una página central desplegable que...
-Ya, ya... que ya entendí. ¿Y tú andas por ahí leyendo esas revistas? ¿Pero de dónde sacas esas cosas?
-De la mesita de luz de mi tía, padre.
-Por San Antonio, ¿tu tía Edelmira? ¡No te puedo...!
-Puédame, padre. Mi tía Edelmira tiene una colección increíble.
-Caramba, ella nunca me dijo nada de eso en confesión - murmuró para sí.
-¿Qué dice, padre?
-Nada, nada. ¡Anda, que ya te he dicho que te concentraras...!
-Sí, perdón. Decía que mi pija seguía endureciéndose. Subió y subió. Mi vecino dejó de lavar, se detuvo ante mí y miró mis diecinueve centímetros apuntando hacia el techo. Yo le hice un gestito medio tonto, como disculpándome por tamaña erección. Él se me acercó, se agachó, y abriendo bien la boca se tragó de un saque toda mi verga. Después de un rato, cuando pareció haberse quitado el hambre de pija, me la agarró y empezó a masturbarme frenéticamente. Yo también le agarré la verga, dura como acero, y caímos al piso.
-Hijo mío... no... te... detengas... ahora - dijo el cura entrecortadamente.
-Es lo mismo que le dije a mi vecino en ese momento, padre. Yo se la chupaba y él me la chupaba a mí. No sabe lo que es eso. Bueno, no, por supuesto que no sabe.
-No te creas.
-¿Cómo?
-Bueno, hijo mío, los sacerdotes comprendemos las cosas de la vida mucho más de lo que tú imaginas. No te olvides que damos siempre consuelo a las almas descarriadas.
-¿Como la mía? ¿usted cree que tengo el alma descarriada?
-Ya te lo diré después.
-¿Después de qué?
-De que acabemos.
-¿Entonces sigo?
El cura, inmerso en las visiones que tan bien describía su interlocutor, se había abierto la camisa por completo dejando libre su torso. Se había bajado aún más el pantalón dejando que cayera hasta sus tobillos. Se estaba masturbando a buen ritmo y todo el confesionario empezó a vibrar un poco. Tuvo que morderse los labios para no dejar salir sus gemidos de placer.
-Padre ¿me escuchó? ¿sigo?
-Sí, sí... sigue. Pero antes dime una cosa.
-¿Qué quiere saber?
-¿Te ha penetrado?
-No, Padre. ¡Yo lo penetré a él!
-Válgame. ¿En serio?
-Sí. ¿No le dije que la historia venía con penetración? Fue cuando se dio vuelta y me abrió bien su culo. Miré ese agujero tan peludo y mi pija debió haber crecido más aún, porque me volví loco de excitación. Yo se lo chupé bien para lubricarlo todo y le metí mi pija sintiendo como chocaba contra el fondo de su culo.
-¡Aaaaah...!
-¿Cómo dice, Padre?
-Aaaa ....mén.
-Ah, sí, amén, por supuesto. Fue una cogida gloriosa.
El padre sudaba copiosamente acalorado por semejante confesión.
-Pero...dime. Aún no has respondido a mi pregunta.
-¿Qué pregunta, Padre?
-Si te has arrepentido en algún momento.
-A veces sí que me arrepiento. Pero la mayoría de las veces no.
-Pero si no te arrepientes me será difícil perdonarte, hijo.
-Vamos, padre ¿cómo podría arrepentirme de lo que me pasó el otro día con mi amigo?
-¿Con tu amigo? ¿Con qué amigo? Por San Expedito, chaval ¿Aún hay más?
-Sí, hay más.
-¡Pero qué bien!
-¿Qué bien, dice?
-Digo que: Qué bien, ¿no? ¿le parece bien hacer esas cosas, jovencito?
-Es justamente lo que vengo a averiguar. A nadie le conté estas cosas.
-De acuerdo, hijo, de acuerdo. Has venido al lugar indicado. Prosigue, prosigue, por favor.
El cura ya tenía tal calentura que se había quitado sotana y camisa. En la oscura penumbra se excitó aún más cuando se vio a sí mismo desnudo hasta los tobillos.
-¿Qué es lo que sucedió con tu amigo? - preguntó, secando el sudor de su torso con un pañuelo.
-Sucedió algo más. Algo que nunca había experimentado hasta ahora, padre. En realidad es por esto que vine a confesarme.
-¡Allá vamos!, ¿quieres decir que nada de lo que me has contado hasta ahora te ha movido a confesión? Hijo, que tienes coraje...
-No, padre, no dije eso, bueno, más bien quería decirle, que lo que me pasó con mi amigo me está rondando en la cabeza desde entonces y no me deja estar en paz conmigo mismo.
-Comienza por el principio. ¿Quién es tu amigo?
-Es el hijo de mi profesora de matemáticas. Lo conocí el año pasado, cuando yo iba a estudiar a su casa. Nos hicimos muy amigos y este año estamos juntos en el mismo curso. Un día él se quedó a dormir en mi casa, después de haber estado preparando un trabajo para el colegio. Mi habitación no es muy grande, así que cuando pusimos una camita para mi amigo, quedó bien pegada a la mía.
El cura, que ya estaba completamente desnudo dentro del confesionario, se imaginaba lo que vendría. De su verga enorme seguían brotando largas gotas de líquido transparente que descendían hasta su pubis hirsuto, ya antes mojado por el copioso sudor. El muchacho prosiguió.
-Bueno, cuando llegó la hora de dormir, mi amigo se desvistió y yo hice lo mismo. Nos acostamos en calzoncillos. Estábamos tapados solo con una sábana, en mi casa siempre hay muy buena calefacción, padre. Estuvimos hablando un poco, pero enseguida nos dio sueño. Apagamos la luz. Sin embargo ocurrió que en vez de dormir nos desvelamos por completo. Era raro, pero a veces pasa ¿no?, fue apagar la luz y empezar a dar vueltas en la cama. Así estuvimos largo tiempo. Empezamos a tener calor y pronto nos tuvimos que destapar, comentando lo fuerte que estaba la calefacción. Estábamos muy juntos, podíamos sentir uno el calor del otro. Entonces, sin querer..., le juro que fue sin querer...
-Ya te dije que no jures.
-Uy, lo siento, quería decirle que fue sin querer...
-Sin querer... ¿Qué?
-Sin querer, mi mano, entre tantas vueltas, cayó sobre la pierna de mi amigo.
-La retiraste, claro.
-No, Padre. La dejé ahí. Enseguida me di cuenta de que mi amigo no se movía, ni se apartaba al contacto de mi mano.
-Sigue, muchacho, sigue... ¿Qué pasó entonces?
De pronto el muchacho empezó a darse cuenta de que la voz del cura sonaba algo rara, destemplada, y ronca de a momentos, además de sentir como entrecortaba su respiración cada vez más. Siguió contando, pero estuvo ahora atento a la voz del sacerdote.
-Entonces pasó que mi amigo se fue acomodando lentamente, de manera tal que mi mano fuera quedando sobre su entrepierna, como quien no quiere la cosa. Yo dejaba quieta mi mano, haciéndome el desentendido, tal vez él pensaría que yo estaba dormido ¿no?
El chico hizo un silencio y escuchó atentamente los asordinados movimientos del cura detrás de la rejilla del confesionario que ya a estas alturas se sacudía inequívocamente. Esperó a que le dijera algo, pero el cura no pronunció palabra. En cambio sintió el ruido de quien se frota la piel, y, de vez en tanto, el sonido de sus exhaladas en silencio. Sólo atinó a continuar su relato.
-Mi amigo se fue acomodando más y pronto mi mano sintió un gran bulto bien duro. Yo no podía ni respirar, padre. Y fue entonces que él, para mi gran sorpresa, empezó a bajarse el calzoncillo. Yo dejé mi mano ahí, como dormida, estaba tan nervioso que no me animaba a nada, y bajo el dorso de mi mano, pude sentir como el calzoncillo se deslizaba y en vez de la tela empezaba a tocar su piel caliente. Sentí como mi mano recibía toda esa zona tan peluda. Debajo de ese vello tan espeso toqué un tronco duro y grueso que se levantaba dando latiditos.
El muchacho hizo una pausa. Se había encendido una pequeña luz en la nave central y el tenue resplandor caía débilmente sobre el confesionario. Esa luz permitió que el chico percibiera unas formas en movimiento a través de la ventanita calada. Intentó poner más atención, pero se sobresaltó cuando el cura lo instó a seguir.
-¿Entonces?
-Yo agarré esa pija durísima y mi amigo me tomó por la nuca. Suavemente me acercó a su pija y yo se la chupé, padre.
Sin poder contenerse, el muchacho pegó sus ojos a la ventanita y entonces vió...
-¿Y él que hizo, hijo? - quiso saber el cura.
Sin dejar de observar, el muchacho prosiguió, embelesado.
-Él me abrió el culo, sintiendo el calor de mis nalgas en la oscuridad, y me dijo que tenía un agujero maravilloso, que mi cuerpo lo excitaba mucho. Después me dijo algo que me dejó sin habla, padre.
-¿Qué fue lo que te dijo?
-Que creía que estaba enamorado de mí. Eso me llenó de ternura, padre. Usted me entiende, ¿no?
-Sí, hijo.
-¿Y sabe lo que hice entonces?
-No.
-Lo besé.
-Me imagino que lo habrás penetrado. Es como si os estuviera viendo...
-No, Padre. Fue al revés. Él me pidió, me rogó, y lo hizo de una manera tan dulce que yo dejé que me penetrara. Creo que fue un acto de amor. ¿Usted qué piensa? ¿lo fue, padre?
En ese momento el muchacho, que no había apartado sus ojos de la ventanita, pudo ver nítidamente como el tenue reflejo caía sobre el cura dentro del confesionario. Comprobó con dulce asombro que estaba desnudo y que su mano subía y bajaba por toda la longitud de su endurecido miembro, mientras que con la otra se apantallaba con el pañuelo. El muchacho casi no podía hablar de la sorpresa.
-Hijo, cuéntame cómo te penetró.
-Sí, padre, se lo contaré todo, no se preocupe - contestó el muchacho, maravillado por lo bien dotado que estaba su confesor - nos empezamos a mover. Nos besamos otra vez. Él me estaba cogiendo de tal manera que sentí una unión muy especial en ese momento, padre, no lo supe muy bien en ese momento, pero ahora no tengo dudas. ¿Usted cree que dos hombres pueden estar tan conectados?
-No sé de esas cosas, hijo.
-Yo pienso que sí, que usted sabe.
-Sigue, por favor...
-Nos acomodamos de otra forma. Nos habíamos puesto uno encima del otro y yo le chupaba el culo y él chupaba el mío. Las manos agarraron las pijas de cada uno. Empezamos lentamente y después...
-¿Después?
-Seguimos cada vez más rápido. Nos lamíamos, nos frotábamos, casi gritábamos de placer, padre. Ahora pienso que es una suerte que mis padres tengan el sueño tan pesado, hubiera sido terrible darles un disgusto así.
-Bien por ti, muchacho, me gusta ver que, después de todo, piensas en tus padres.
-A mí también me gusta verlo - dijo el chico sin pensar, mientras seguía dándose un festín espiando por la ventanita.
-¿Y cómo acabó todo?
-Precisamente, padre, yo ya estaba a punto de acabar, y cuando miré a mi amigo, sentí sus gemidos más fuertes. Se sacudió violentamente y en un espasmo me llenó entero de leche espesa y caliente. Casi al mismo momento yo también me descargué.
El chico, consciente de lo que su historia causaba en el cura, procuró decir cada palabra con el tiempo justo y la entonación provocadora, pausada y sensual. Es que, a través de la rejilla, él podía ver cómo su confesor se estaba haciendo la paja de su vida. En el momento culminante del relato, también el cura descargó un torrente de esperma contenido desde hacía mucho tiempo, por lo que la lluvia de sus fluidos saltó con fuerza hasta la puertita de madera opuesta a su asiento, salpicándola con chorros que se estamparon allí y luego resbalaron lentamente hasta el piso.
Luego de unos instantes en silencio el chico susurró:
-Padre.
-Sí, hijo...
-Creo que nunca estuve tan cerca de una persona como lo estoy ahora de usted.
-¿Por qué dices eso?
-Lo puedo ver bien.
-¿Qué has dicho?
-Digo... que puedo darme cuenta que le puedo contar todo lo que siento.
-Ah..., yo pensé que...
-¿Qué?
-Nada, no me hagas caso - dijo, atareado, mientras se secaba con el pañuelo - Dime, hijo mío, ¿qué pasó con tu amigo? ¿os habéis vuelto a ver?
-Sí. Padre. Y me parece que yo también estoy enamorado de él. Es lo que venía a contarle. Por eso necesito un consejo. Quiero saber si esto que siento es pecaminoso. Me pregunto si es pecado amar así.
-Hijo - dijo el cura, un poco más calmo - yo no puedo darte el perdón.
-¿Cómo? ¿por  qué? ¿quiere decir que estoy en pecado mortal?
-No. No es eso. No puedo perdonarte porque, después de todo..., pienso que todos somos pecadores a los ojos del Señor, "todos", ¿me has entendido? y..., por otra parte...
-¿Qué, padre?
-Creo que tú no has cometido ningún pecado, chaval. Verás, mejor dicho, no estoy seguro de que hayas pecado.
-Pero usted sabe de pecados, padre, y de pecadores, al fin y al cabo estudió eso en el seminario, ¿no?, quién si no usted para dictaminarlo...
-Chaval, soy un hombre de fe, es verdad, pero, vamos, un hombre al fin. Pobre de mí si pensara que soy yo quien debe dictaminar sobre tus pecados.
-Supongo que es por eso de que "el que esté libre de pecado que tire la primera piedra", ¿no?
El cura sonrió, algo sorprendido:
-Bueno, hay algo de eso.
-Entiendo.
-¿Has visto? después de todo, no tienes la cabeza de un niño medio tonto como dice tu padre. No eres de esos.
-¿Y qué soy entonces, padre?
-Tú eres un mozalbete un poco atolondrado e irreverente y que a veces te pasas de la raya con tus insolencias, pero veo que eres inteligente y, sobre todo, de buen corazón.
-Entonces, ¿de verdad me está diciendo que no cometí ningún pecado? ¿por qué?
-Porque no hay pecado en el amor sea cual fuere la naturaleza de ese amor. Dios me perdone si estoy equivocado en lo que te digo.
-¿Puedo irme tranquilo?
-No tan rápido, porque vamos, hijo, ¡todas esas otras guarrerías!, en fin, ya sabes, intenta moderarte, venga, y no olvides rezarle tres padrenuestros al Cristo del altar mayor, ¿de acuerdo? Ahora id en paz, muchacho.
-Gracias, padre. Una cosita: ¿puedo rezar los tres padrenuestros mañana?, es que ahora tengo que irme volando, mire la hora que se hizo.
-Ay, hijo, ¿qué haré contigo? Está bien, vete, pero me prometes que mañana vendrás a cumplir tu penitencia ¿de acuerdo?
-Se lo juro.
-¿Otra vez jurando? ¿pero es que te has propuesto sacarme canas verdes?
-Uy, sí, perdón, le jur..., digo, le prometo que no voy a jurar nunca más.
-Anda, ¡fuera de mi vista!
-Otra cosita, padre.
-Tú y tus cositas... ¿Y ahora que quieres, hijo?
-Agradecerle. Usted, definitivamente, no es como los otros.
-No te entiendo...
-Sí, usted me entiende. Otra cosita...
El cura, que ya había puesto en orden su ropa, se asomó a través de la cortinita, miró al chico sin poder contener su sonrisa y le dijo mientras se acomodaba los lentes:
-Hijo, ¡ya...! ¡qué pesado eres!, ve, ve con Dios.


Franco.
3 de setiembre de 2001 – Revisión 22/3/16