Stephen Ritts, desde hace tiempo, sigue siendo un papi que me subyuga cada vez que encuentro alguna de sus imágenes (y sí... un papi al que no tendría inconveniente alguno en proponerle matrimonio). Imposible resistirse a la fuerza de su seducción, incluso a la que se vislumbra en sus fotografías de menor letalidad. Maravilla del encanto que ejercen los vellos grises, la blanca barba de dos días, el cabello entrecano, y la calma irresistiblemente erótica de un hombre que entra a su segunda madurez en pleno poderío de su masculinidad. Sí, quiero.