domingo, 29 de junio de 2014

El cuentito de fin de mes




El guardabosque
- Parte I - 

A mis quince años yo era un chico bastante tímido y totalmente introvertido.
Vivía en el seno de una familia tan tradicional como rígida, tutelada por la mentalidad recalcitrante de mi padre, militar de profesión y hombre muy severo. De sus siete hijos yo era el menor y el que más lo preocupaba. Decía que yo era su gran decepción, y no tenía ningún inconveniente en hacérmelo saber. Es que yo no cubría ninguna de las expectativas que según él consideraba óptimas para desempeñarse en la vida. Y es que lejos estaba yo de aspirar a alguna de las profesiones que él había impuesto a mis hermanos mayores: las leyes, la carrera militar o la ingeniería. Yo era un muchacho solitario y con una gran vida interior que cultivaba mediante lecturas y un amor especial por la música. No encajaba en los cánones de la usanza parental. Por el contrario, había encontrado ya a esa edad, un placer recóndito en disfrutar de mi propio mundo. No era demasiado sociable, me había acostumbrado a la soledad y no me interesaba mucho cambiar eso.
Pero la historia que quiero contar es la que cambió definitivamente la vida de ese jovencito  acomplejado y algo perdido en su perimetral mundo.
Todo comenzó una noche en casa. A cenar había venido Tío Antonio, el hermano menor de mi padre. Cuando estaban tomando café en la sala y mis hermanos se habían retirado ya, yo me quedé hojeando un libro nuevo que había retirado de la biblioteca del colegio. Mi tío reparó en mí y por decirme algo, me preguntó:
-¿Y qué leés con tanto interés?
-¿Rafael? – irrumpió con disgusto mi padre, mientras se servía otro terrón de azúcar – él lee de todo. En realidad no hace más que leer. Y cuando no está leyendo se encierra en su cuarto a escuchar música. Yo ya no me preocupo en entenderlo. No me digas que no es un bicho raro, porque ¿dónde se ha visto un chico de quince años que escuche ópera? Nosotros a su edad nos la pasábamos en el potrero jugando a la pelota.
Yo permanecía mudo e intentaba ocultarme tras las tapas del libro. Mi padre continuó bufando:
-Antonio, yo estoy muy preocupado con este chico – le dijo, hablando de mí como si yo estuviese ausente– no tiene amigos, ¡tampoco amigas! no le interesa nada salvo estar tirado todo el día con sus libros y sus disquitos... no hace deportes, no tiene amigos, no sale nunca... en fin ¡yo no sé que hacer con este muchacho!
Mi tío puso un gesto de extrañeza y me miró de soslayo.
-¿Por qué no me lo mandás al sur?
Asomé un ojo por encima del libro, alarmado.
-¿Qué? – dijo papá levantando la ceja izquierda.
-Sí. Dejámelo unas semanas y vas a ver como cambia por completo.
-¿Que vaya a tu casa en Neuquén?
-Sí, claro. Para mí no habría problema alguno en recibirlo y el contacto con la naturaleza le va a hacer muy bien – y volviéndose a mí me preguntó - ¿Te gustaría ir, Rafael?
Me encogí de hombros por toda respuesta.
No, definitivamente yo no quería ir. Aunque de todos modos agradecí interiormente a mi Tío por habérmelo preguntado. A mí nunca nadie me preguntaba nada, y menos algo semejante. Entonces la voz de mi padre sentenció, inexorable:
-Ni bien terminen las clases te vas a pasar el verano a la casa de Tío Antonio. ¡No se hable más!
Y así fue como un día me pusieron en un avión y llegué al aeropuerto de Bariloche, donde me recibió Tío Antonio con los brazos abiertos.
Él era una persona agradable, sí, tan distinto a mi padre, pero eso me resultaba indiferente entonces. Era un hombre de fortuna. Cuando no estaba en Buenos Aires, se instalaba en su residencia cercana a Villa La Angostura, a veces durante varios meses al año. Su casa, rodeada de varias hectáreas de bosques maravillosos, dominaba una colina privilegiada a orillas del lago Nahuel Huapi.
Tío Antonio acomodó mi maleta en su camioneta 4 x 4, y me invitó a subir. Era amable conmigo y comprendía mi timidez, por eso valoré su silencio y su sonrisa cuando me indicó con un gesto que me abrochara el cinturón de seguridad. Pronto tomó por un desértico camino de ripio y al cabo de una hora y media divisamos la entrada a sus tierras, señalizada con un arco de troncos y una tranquera que daba paso a una larga avenida bordeada de piedras. Al atravesar la tranquera nos internamos en un sombrío bosque de coihues, alerces, robles y cipreses. Yo miraba asombrado por la ventanilla. Poco a poco la espesura se fue abriendo y apareció la casa junto al lago en un claro verde y soleado.
-Llegamos. Bienvenido a casa, Rafael, espero que lo pases bien aquí.
Cuando bajamos de la camioneta se nos acercó el matrimonio de caseros, Romualdo y Celia, que nos recibieron con reverencias y saludos.
Mientras estaba bajando mi valija, escuché el galope de un caballo que se aproximaba. Me di vuelta instintivamente.
Era él.
Siempre tendré presente ese momento imborrable: fue la primera vez que vi a Emanuel.
Yo estaba tan intrigado por saber quién era ese inesperado jinete que me quedé observando con la valija a medio camino. El hombre no se bajó en ningún momento del caballo y, sin sonreír, llevó la mano al ala de su sombrero de carpincho en señal de saludo a su patrón.
-Hola, Emanuel ¿Todo bien?
El hombre asintió, siempre serio y adusto.
-Vení..., quiero presentarte a mi sobrino. Se llama Rafael y viene de Buenos Aires. Va a pasar una temporada con nosotros – y se volvió haciéndome seña de que me acercara.
-No tengas miedo, sobrino, esto es un caballo – rió al ver que yo estaba petrificado delante de ese animal enorme –  y no te va a hacer nada, tranquilo. Ya vas a aprender a no tenerles miedo. Te presento a Emanuel. Él es el guardabosque que cuida todo este lugar que ves aquí – dijo señalando la espesura con su mano en alto–  es mi hombre de confianza y mi mano derecha.
-Mucho gusto, joven – me dijo el guardabosque, ofreciéndome la mano con expresión seria. Yo se la estreché y susurré un “mucho gusto”.
-Pero cuánta formalidad ¡Déjense de pavadas! Ustedes van a pasar mucho tiempo juntos..., así que no pensarán tratarse de usted, ¿no? – dijo mi tío, a tiempo que Emanuel y yo lo mirábamos extrañados. Después dijo, tomándome por los hombros:
-Mirá, Emanuel, resulta que mi sobrino necesita un poco de actividad al aire libre, ¿me explico?, así que me gustaría que te encargaras de él. Ya hablaremos de esto, pero quisiera que te acompañe en las recorridas, que aprenda a montar, que nade un poco, que ejercicio, enseñale el bosque y encargate de que todo este aire le entre en los pulmones, ¿sí?, en fin, lo dejo en tus manos... vos sabrás...
-Sí, señor. – afirmó Emanuel respetuosamente, aceptando la orden sin ningún entusiasmo. Después me miró. Hizo que su mirada me intimidara. Era evidente que no le caía nada bien. Vaya tarea que le había dado su patrón... y en cuanto a mí: ¡qué días de mierda me esperaban!
-Muy bien- exclamó mi tío, restregándose las manos resueltamente- Rafael: desde ahora, Emanuel va a cuidarte y hacer de vos un amante de la naturaleza.
Mi Tío estaba muy feliz con su determinación, sonriendo de oreja a oreja. No pude evitar poner un gesto agrio, mirando hacia todos lados y maldiciendo íntimamente mi desdichada condición.
Luego, los dos hombres se pusieron a hablar de cosas de la finca. Yo me fijé en Emanuel con sumo detenimiento. Si iba a estar con ese tipo, por lo menos quería estudiarlo un poco.
El guardabosque era un hombre de unos treinta y cinco años. Tal vez aparentaba algunos años más por llevar una barba muy tupida que crecía muy naturalmente y que llevaba sin especial cuidado. Nariz recta y rostro de facciones fuertes. El sombrero de ala ancha cubría una abundante cabellera que le llegaba casi hasta los hombros. Era ondulada y de color castaño, un castaño muy claro. Sus ojos verdes lo escrutaban todo y miraban siempre desconfiados desde sus dos profundas cavidades, casi ocultos bajo sus cejas amplias, pero bellos y de una transparencia atrapante. Llevaba una camisa a cuadros a la que le había arrancado las mangas, por lo que sus hombros, desnudos y bronceados, brillaban al sol. No solo los brazos, de resplandeciente y dorado vello, sino todo su cuerpo se imponía con definida musculatura. Usaba pantalones vaqueros y calzaba botas de caña alta sobre ellos. Montaba esbelto su oscuro caballo con porte majestuoso. Un centauro no me habría impresionado más que él, tal era su imponente figura.
Por fin, los dos hombres se saludaron y Emanuel se fue por donde había venido, no sin antes echarme una de sus miradas penetrantes. Mientras lo veía alejarse por la avenida, le pregunté a mi tío:
-¿Emanuel vive aquí?
-Vive en una cabaña en el bosque muy cerca de la entrada. Ya lo conocerás mejor. Ahora entremos, debés tener hambre ¿no es cierto?, le diré a Celia que te prepare algo, enseguida Romualdo te mostrará tu habitación.
Me asignaron un cuarto grande en la planta alta con vistas al parque y al lago. Me di un baño, me recosté en la cama y pronto me rindió el sueño hasta la hora de cenar.
A la mañana siguiente me desperté temprano. Bajé las escaleras e intenté encontrar el comedor, cuidando de no perderme entre tantas puertas y habitaciones. Desayuné solo, y luego pude saber, según Romualdo que “el Señor Antonio fue a San Martín de los Andes a atender sus negocios”, y que no había dejado dicho el horario de su regreso.
Recorriendo un poco la casa descubrí un estudio muy amplio con un bello escritorio antiguo y una gran biblioteca. ¡Vaya! –pensé– ¡esto está mucho mejor! Me puse a revisar los libros y algunos me parecieron imperdibles. Saqué uno al azar, era “El amante de Lady Chatterley” de Lawrence. Enseguida empecé a hojearlo, contento de tener nuevamente un libro en mis manos.
-Joven Rafael – interrumpió Celia – afuera lo busca Emanuel.
¡Mierda!, así que ya empezaba “el tratamiento”. Echando maldiciones dejé el libro en su lugar y me apresuré a salir de la casa. En efecto, Emanuel estaba allí, pero esta vez sentado en un Jeep descapotado, indiferente y mascando una pajilla entre sus labios.
-Hola – dijo casi sin mirarme - ¿Vamos?
-Está bien.
-¿Vas a subir, o qué? – me contestó, viendo que yo me quedaba inmóvil.
-¿Adónde vamos?– atiné a preguntar cuando el Jeep arrancó. Emanuel no contestó. Evidentemente era un tipo de pocas palabras. Se acomodó el sombrero e hizo un mínimo gesto como diciendo “ya verás”. Vestía la misma ropa del día anterior. Manejaba tranquilamente con una sola mano apoyada en el volante, inmerso en su eterno gesto adusto.
El sol doraba sus finos vellos. Miré también sus manos toscas y grandes que mostraban las huellas de un trabajo rudo y constante. La mañana estaba fresca y hubiera necesitado un abrigo, pero jamás habría dicho nada al respecto, viéndolo a él con la camisa abierta hasta la mitad del pecho. Miré ese detalle, observando esa porción curtida de piel velluda. No sé por qué sentí vergüenza y enseguida miré para otro lado.
El bosque era imponente y el camino se hizo cada vez más estrecho.
-¿Y todo esto es de mi Tío? – dije asombrado. Emanuel me miró extrañado.
-Sí, claro. ¿No habías venido nunca?
-No.
Emanuel detuvo el Jeep en un claro del bosque y me hizo señas de que lo siguiera. El paisaje era bellísimo. Enseguida me llamó la atención un inmenso árbol caído. Emanuel sacó una motosierra del Jeep, siempre circunspecto y parco. 
-¿Qué le pasó al árbol?
-Lo tiró una tormenta al año pasado y lo estoy aserrando para acopiar leña para el invierno – contestó poniéndose a trabajar duramente. Aserraba los troncos más gruesos y apilaba los fragmentos en otro sector donde se veía un hacha, era evidente que ya había estado trabajado anteriormente allí.
-Vení. – ordenó
-¿Yo?
-¿Hay alguien más aquí? ¡Sí, vos! Movete y andá llevando estos troncos hasta esa pila.
Con no poca dificultad fui cargando los troncos aserrados. Emanuel seguía trabajando enérgicamente bajo el sol. Pronto estuvo cubierto de sudor que cada tanto apartaba de la frente con el dorso de su mano. Yo también había entrado en calor y a duras penas podía con cada tronco. Algunos pesaban tanto que los hacía rodar por el suelo para llevarlos a la pila.


-Bien. Ahora prestá atención, te voy a enseñar a cortarlos con el hacha – dijo empuñando la herramienta-¿No tenés calor?
-Sí, un poco – dije enjugando mi cara.
-Quitate eso, entonces – dijo él, haciendo lo mismo con su camisa. Yo obedecí, quedando solo en camiseta de mangas cortas. Él me dio el hacha que yo apenas podía sostener. Al verme tambalear sacudió la cabeza en señal de desaprobación.
-Ahora... dale al tronco...
-¿Así? – y levanté como pude la herramienta asestando un golpe con todas mis fuerzas. El hacha quedó clavada y no la pude sacar.
-Podría estar mejor si no tuvieras tanto miedo – me dijo – el hacha no te va a comer.
Su caliente cuerpazo se situó detrás de mí, sus manos sujetaron las mías y por primera vez sentí algo muy raro, sin saber si era placentero o me producía rechazo... o si más bien era la mezcla de las dos cosas. Lo cierto es que de pronto me vi envuelto entre sus músculos dorados sintiendo el olor invasivo de su transpiración.
-No lo estoy haciendo bien ¿no es cierto? – pregunté.
No. Pero ya vas a aprender – me contestó, liquidando mi malogrado hachazo  – Así, ¿ves?, el golpe debe ser seco, pero a la vez flexible.
Se apartó para dejarme solo, mientras descansaba sus manos en la cintura. Nunca sonreía, y yo me sentía cohibido por eso. Probé con otro tronco y entonces logré partirlo en dos.
-No está mal – dijo sin entusiasmo –ahora seguí con los otros.
Me indigné un poco al esperar mayor aprobación de mi profesor de hacha. Airado continué con los otros troncos con tanta resolución que terminé en menos de quince minutos. Emanuel quedó algo impresionado, aunque cuidó en todo momento no demostrármelo.
Entonces lo volví a mirar: su cuerpo al sol me provocaba admiración y envidia. Solo había visto a alguien así en alguna película por televisión. Era perfecto y, secretamente, deseé ser como él. Sí, ahora que lo pienso, creo que a partir de ese momento, de esa visión casi feérica, Emanuel pasó a ser – aunque no tenía muy en claro por qué – el centro de mi atención.
Ese día me mostró los caminos que delimitaban la propiedad de mi tío. En un momento llegamos a un paraje en donde fue imposible seguir con el Jeep, así que se detuvo y me dijo que seguiríamos a pié. Mientras caminábamos le pregunté:
-¿Y hace mucho que trabajás con mi tío?
-Trabajo “para” tu tío - corrigió, sin mirarme.
-Perdón, “para” mi t..
-Desde hace unos cinco años – interrumpió.
-¿Qué hacías antes?
-¿Por qué querés saber eso? – me miró, siempre con expresión críptica.
-No sé, pero si te molesta la pregunta...
-Siempre fui guardabosque, como ahora, pero trabajaba para la provincia en el Lanín.
-¿En el Parque Nacional Lanín?
-Así es. ¿Conocés?
-No. Lo estudié en geografía. Yo nunca salí de Buenos Aires.
Emanuel giró apenas sus ojos, asintiendo con la cabeza.
-¿No te gustaba ese trabajo?- pregunté.
-¡Claro que me gustaba!, pero... las cosas a veces no se dan como uno quiere. – dijo, y guardó un denso silencio. Yo seguí caminando a su lado, pero desde mi ingenuidad quise saber:
-¿Y allá también vivías solo?
Emanuel respiró profundo y se detuvo mirándome torvamente, con un gesto que me hizo temblar.
-Mirá, aclaremos algo: cuando yo quiera contarte mis cosas te lo haré saber. Pero que te quede claro: va a ser cuando yo quiera ¿entendido?
No respondí, solo asentí con temor. Tragué en seco y lo seguí entre el espeso follaje.
Así llegamos a un cerco de troncos que estaba caído y que él empezó a reparar. En silencio, lo ayudé para alzar los troncos otra vez y asegurarlos en su sitio. Mirar sus rudas manos y brazos haciendo esos trabajos despertaban en mí todo tipo de sensaciones, a la vez que por mi parte me sentía un debilucho de ciudad que no podía hacer nada sin cansarse.
-Estás agitado. Será mejor que descanses un poco. Tomá – me dijo secamente y me dio una cantimplora para que bebiese agua. Después se la pasé y la echó sobre la cabeza, refrescándose y haciendo resbalar el agua por el desnudo torso.
-Seguime, te voy a mostrar algo – me dijo súbitamente.
Intrigado, obedecí y nos internamos en la semioscuridad del bosque. Después de unos cinco minutos sentí un creciente rumor de agua que corría y al poco tiempo llegamos a un sitio realmente increíble. Me quedé boquiabierto ante el espectáculo que Emanuel me señalaba con la mirada.
-Aquí vendremos a nadar pronto – me dijo, bajando por la pendiente.
Se trataba de una cascada de cinco metros semioculta por inmensos coihues. La cascada daba de lleno sobre un conjunto de rocas para luego formar una profunda olla natural de unos seis metros de diámetro. El sol daba de lleno sobre la superficie, haciendo brillar las rocas del fondo a través de la increíble transparencia del agua. Seguí al guardabosque que saltaba entre las piedras llegando a la orilla.
-¿Nadar? Es que... ¡yo no sé nadar! – dije avergonzado. Emanuel levó sus ojos hacia arriba meneando la cabeza y luego dijo, suspirando con resignación:
-Bueno... supongo que tendré que enseñarte.
Yo estaba fascinado ante la belleza del lugar, incrédulo de que todo eso me hubiera impactado tanto.
-Qué lugar increíble… – me animé a decir.
Miré a Emanuel, y él, por primera vez, hizo una leve mueca parecida a una sonrisa, que luego borró de inmediato volviendo a su seriedad apabullante.
Después anduvimos por los alrededores y otras partes del bosque. Nada escapaba a la vista de Emanuel: árboles, ramas caídas, flores, pájaros o insectos. Obervaba cada cosa como si estuviera repasando un conocido inventario. Pasamos esas horas juntos y siempre el guardabosque se mantuvo muy circunspecto. Hablaba lo indispensable y cada tanto me miraba fijamente, como estudiándome. Me llevó de vuelta a la casa, muy pasado el mediodía, y se despidió con su habitual saludo tocándose el sombrero.
Comí con un apetito feroz y después dormí bastante.
Por la tarde seguí leyendo a Lawrence, feliz, sabiendo que esa lectura hubiera estado totalmente vedada en mi casa. El personaje de Mellors, el guardabosque amante de Constance, me fascinaba, y poco a poco empecé a asociarlo inconscientemente con la imagen de Emanuel. Es verdad que la descripción de uno no coincidía demasiado con la apariencia del otro, pero en mi mente, tuve la sospechada certeza de que Emanuel se estaba apoderando de mis pensamientos y mis fantasías, era lógico que también lo viera insertado en la trama del libro.
Pasaron algunos días. Esa la semana continué viéndome con el guardabosque que permanecía fiel a la consigna de su patrón de encargarse de mí. Yo lo acompañaba en sus habituales recorridas, o al pueblo, o a cortar leña, cosa que ya había aprendido a hacer bastante bien. Hablaba poco y nada, y yo ya me había habituado a su expresión siempre hermética.
Una mañana me senté debajo de un árbol a orillas del lago a leer las últimas páginas del libro de Lawrence. El día estaba espléndido y el paisaje lleno de sol reconfortaba el alma. Al cerrar la última página decidí ir a caminar, ensimismado y pensativo, motivado por la amable brisa que traía todos los aromas del lugar. Fui en dirección a la entrada con el interés de descubrir la cabaña donde vivía Emanuel.


Al rato divisé un pequeño y débil sendero saliendo de la avenida principal. Me aventuré en él y pronto estuve bajo las oscuridades del bosque. El aire se hizo más denso y enseguida sentí la frescura del entorno en la piel. El sendero serpenteaba entre los árboles, cómplice de sonidos irreconocibles de pájaros, bichos y vientos. Entonces divisé la cabaña: seguramente era la casa de Emanuel, casi oculta entre ramajes y arbustos. Era pequeña, umbría, como salida de un libro de cuentos, en medio de ese fresco santuario de troncos gigantes. El sol, que se filtraba con dificultad, la acariciaba mágicamente otorgándole destellos pictóricos. Yo estaba a pocos metros y al sentir un ruido me oculté detrás de un pino joven. Apareció Emanuel cargando un gran recipiente lleno de agua que apoyó sobre una silla.
Repentinamente vino a mi mente aquel fragmento de “El amante...”:
“...El hombre se estaba lavando, ajeno a todo. Estaba desnudo hasta la cintura, con el pantalón colgando de sus esbeltas caderas. Su espalda blanca y delicada se inclinaba sobre una palangana con jabón en la cual metía la cabeza... veía los toscos pantalones colgando sobre las caderas blancas, puras y delicadas, los huesos algo salientes; y el sentido de soledad, de una criatura que vive sola, interiormente sola...”
Estaba en calzoncillos, unos blancos calzoncillos largos desabrochados por delante que lo cubrían desde la cintura hasta algo más abajo de las rodillas. Empecé a respirar agitadamente, sin darme cuenta, ignorando lo que me sucedía. Los botones desabrochados de su ropa interior dejaban ver el inicio de su pubis poblado de pelos dorados. La vellosidad en su pecho no era demasiado abundante, se acentuaba entre los pectorales y el cuello, dispersándose en el centro del torso pero volviendo a oscurecerse intensamente en el abdomen, donde se ensanchaba, hasta perderse bajo la tela clara.
Quedó de espaldas a mí, entonces pude ver el comienzo de fuertes glúteos, asomando apenas sobre el calzoncillo. Emanuel sumergió las manos en el agua y empezó a lavarse. Dejó correr el agua por su cabellera y tórax, y sus pelos se alisaron en zigzagueantes diseños. Se enjabonó y volvió a enjuagarse. Pronto, su calzoncillo le estorbó, y de un solo movimiento se lo quitó dejándolo sobre la silla.
Abrí los ojos, emocionado al ver por primera vez un hombre desnudo. Su trasero era blanco, sin demasiados rastros de vello. Un surco definido lo dividía con una simetría exacta. Nuevamente recordé los pasajes de mi libro, sintiéndome inmerso en sus escenas, solo que en vez de Mellors estaba Emanuel, totalmente desnudo y bello ante mi vista.
“...Y, más allá, una cierta belleza de una criatura pura. No la materia de la belleza, ni siquiera el cuerpo de la belleza, sino un esplendor, el calor y la llama viva de una vida individual que se manifestaba en contornos que uno podía tocar: ¡un cuerpo!”
Finalmente Emanuel entró a la casa para secarse y el encanto se rompió. Quedé absorto y conmovido. El corazón quería salírseme del pecho. No pude más que respirar hondamente para recuperar el aire.
Cuando me moví tropecé con una rama que crujió en el silencio del bosque. Emanuel salió vestido con sus vaqueros y la toalla sobre los hombros.
-¿Quién anda ahí?
-Yo – dije tímidamente, saliendo detrás del pino.
-¿Rafael? ¿Pero qué hacés acá?
-Salí a caminar. Pero ya me iba... – respondí cercano al pánico.
-No, esperá. Estaba por comer algo y después pensaba pasarte a buscar. Quedate así me ahorro ir hasta la casa.
-Está bien.
-¿Comiste?
-No.
-Entonces pasá.
-No tengo hambre.
-Como quieras. Esperame afuera entonces – dijo en tono seco.
Al poco rato salió masticando un pan, ya se había puesto su camisa y su sombrero.
-Tomá, comé algo, sino después vas a tener hambre – y me dió pan y queso – Vení conmigo.
Fuimos hasta la parte de atrás de la cabaña, donde, bajando por un sendero, llegamos hasta un corral con caballos.
-Sí, sí... ya sé que no sabés montar. ¡No pongas esa cara de susto!
Yo les tenía pánico a los caballos, así que me apegaba a Emanuel lo más que podía. Él ensilló dos yeguas y volviéndose a mí me dijo con autoridad:
-¡No seas cagón, vení y subí! – se agachó entrelazando sus manos para que pisara en ellas. Pese a mis ruegos y mi cara de terror, tuve que montar. Me elevó con tanta fuerza que estuve a punto de pasar al otro lado del animal. Se quedó mirándome no sin cierto sarcasmo -Ahora esperame aquí, voy a montar el mío.
-¡No me dejes, Emanuel!
-No seas mariquita, quedate quieto ahí!
-¡Por lo que más quieras!
-No te va a pasar nada.
-¡No voy a poder, tengo mucho miedo...!
Entonces Emanuel me vio tan nervioso que comprendió al fin que estaba aterrorizado. Con un gesto resopló, poniendo los ojos en blanco.
-Está bien. A ver..., mandate para adelante y haceme lugar – y enseguida se subió montando detrás de mí en la mitad trasera de la silla.
-Pero vamos despacito, ¿sí?- supliqué.
-Está bien, está bien – dijo Emanuel a regañadientes. Tomó las riendas y me rodeó con sus brazos. Eso no solo me tranquilizó, sino que me dio más seguridad, sobre todo al sentir su pecho grande sobre mis espaldas.
-Primero iremos al paso, ¿está bien? – me dijo, haciendo un esfuerzo por ser paciente.
-Lo que vos digas – contesté.
Pero pronto seguimos al trote, y él no dudó en salir al galope ni bien estuvimos en la avenida. Creí que saldría despedido por sobre la cabeza del caballo. Temblé de miedo y todos mis músculos se tensaron. Me sujeté fuertemente a sus brazos y me volví para cerciorarme de que ese hombre no estuviera loco.
Pero Emanuel miraba al frente, seguro y hermoso.
Sus ojos relampagueaban con un brillo arrebatador, su cabello se agitaba al viento, todo en su expresión me tranquilizaba… y me maravillaba.
Sentía su pecho frotarse con mis espaldas y golpearme levemente ante cada galope, sentí su calor sobre mí, y sentí el contacto estrecho de su pelvis contra mis nalgas. Estaba fascinado y pronto pude olvidar mis temores al sentir como propios los movimientos del animal. El viento fue partícipe de mi emoción nueva y liberadora. Reí con ganas y me aturdí con lo que estaba sintiendo.
A lo lejos vi que una valla de troncos cerraba nuestro paso. No parecía muy alta pero lo inquietante era que nos estábamos acercando a todo galope. Emanuel, en vez de sosegar al animal, lo azuzó con todas sus fuerzas, lanzando un fuerte grito que me paralizó. Temí lo peor y me vi, como en una película de cine, chocar contra la valla para caer a un tremendo precipicio junto a mi guardabosque con yegua y todo… era el fin, pensé. Cerré los ojos e intenté refugiarme más aún contra Emanuel. Pero él dominó magistralmente al caballo y cuando creí que nos íbamos a estrellar contra los troncos, nos elevamos sobre ellos y de un solo tranco traspasamos la valla rota.
Respiré, feliz, y con el corazón en la boca.
Dejamos atrás las tierras de Tío Antonio y Emanuel me llevó a un promontorio desde donde se podía divisar un panorama imponente con el blanco cerro Tronador a lo lejos. Por fin bajamos del caballo. Yo estaba muy emocionado y miré con todo mi agradecimiento al guardabosque.
Entonces supe que sin haberle dicho nada, había captado mi mensaje de gratitud. Miré la inmensidad del paisaje, arrebatado y sonriente, y luego lo miré a él. Sus ojos, sin encontrarse con los míos, se hicieron más blandos.
Nos tiramos a descansar en la hierba bajo suaves rayos de sol. No se me había  borrado la felicidad de la cara. Emanuel se recostó sobre su brazo izquierdo, cruzó sus tobillos y empezó a mascar una hierba mirando hacia la lejanía.
-¡Gracias! ¡Fue increíble! – atiné a decirle. Me miró asombrado:
-Entonces, no era tan feo andar a caballo...
-¡No! ¿Me vas a enseñar a montar solo?
-Está bien. Parece que te gustó.
-¡Mucho! ¡Y ese salto! ¡Realmente sos un jinete extraordinario!
-No es para tanto - dijo, con la misma expresión de lejanía en sus pupilas.
Me abandoné sobre el verdor fresco, de cara al cielo.
-¿Emanuel?
-¿Sí?
-Te quiero pedir disculpas – dije, haciendo dibujitos entre la hierba.
-¿Por qué?
-Por preguntarte, el otro día, cosas que no tenía que preguntar. Por favor, perdoname.
Emanuel me miró. En su rostro ya no había tanta dureza. Volvió a mirar al horizonte y me contestó:
-No te preocupes. No tenés la culpa de nada. No tenías porqué saber que hay cosas que prefiero olvidar.
-Entiendo.
-Contame de vos – dijo, intentando ocultar su interés.
-¿De mí? Bueno... no sé bien qué contarte. Mi padre, que cree que soy un chico problemático, me mandó aquí con Tío Antonio, para que me curara.
-¿Curarte? ¿Estás enfermo? – me miró alarmado.
-No, no es eso... bueno, para él sí, supongo. Es que a mí me gusta hacer todo lo que él considera síntomas de una enfermedad aberrante.
-¿Cómo qué?
-Como leer, por ejemplo.
-Pero si leer es bueno...
-Y escuchar música..., preferir la soledad al bullicio... No sé, si yo prefiero estar solo, es porque no me siento bien con la gente que tengo a mi alrededor. ¿Cuál es el problema en buscar esa soledad? Al contrario, tengo problemas cuando tengo que estar con ellos.
-¿Con quiénes?
-Mis padres. Mi familia. Para todos ellos soy un bicho raro. Sobre todo para papá. Pero eso no es nada. Ya sé que soy medio extraño. Eso no me molesta tanto. Lo más difícil de soportar es que a veces siento que no existo, y que si estoy o no, les dé lo mismo.
Guardé silencio, porque me estaba empezando a angustiar.
-No digas eso, estoy seguro de que te quieren. Sos su hijo.
Yo asentí, con una sonrisa irónica.
-No, Emanuel, a mí nadie me quiere. Lo más cómico es que no sé por qué. Si yo no les hice nada, y mirá que busqué y recontra busqué y le dí mil vueltas al asunto, pero no sé, nunca supe por qué carajo ellos no me quieren… y creo que ya nunca lo sabré. Es cómico, pero a veces siento lástima por ellos, por ser incapaces de sentir amor. La verdad es que nunca les interesé. En toda mi vida, la única persona que realmente me quería con toda el alma era mi abuelo. Por eso lloré tanto cuando se murió, ya hace años.
Suspiré un poco, con ojos húmedos, pero enseguida me repuse:
-Pero, bueno, tampoco es terrible, Emanuel. Supongo que un padre tiene que amarte siempre de una manera incondicional, pero si de todos modos eso no ocurre, es uno mismo el que tiene que darse cuenta y buscar por todos los medios el lugar donde finalmente caliente el sol.
Emanuel me volvió a mirar, consternado. Guardó silencio y volvió a morder la brizna entre sus labios, lleno de pensamientos internos. Quiso saber más:
-¿Sos hijo único?
-No. Somos siete hermanos, y yo soy el menor. Mis hermanos mayores ya dejaron la casa paterna, felices de independizarse y no tener nada que ver con papá.
-¿Siete hermanos? – me dijo asombrado y mirándome repentinamente con una expresión divertida. Era la primera vez que lo veía así – entonces... ¡sos un “lobizón”!
-¿Que soy qué? – dije con sorpresa.
-Sos un lobizón – continuó, sentándose con las piernas cruzadas – ¿no conocés la leyenda del lobizón?
-¿Qué leyenda?
-La que dice que todo séptimo hijo varón se transforma en “hombre lobo” al salir la luna llena.
Me reí con ganas... y Emanuel sonrió regalándome la blancura de sus dientes prefectos. Fue la primera vez que lo vi sonreír así. Me quedé maravillado, por un momento absorto, luego, riendo, seguí hablando.
-Es verdad... la leyenda... ¡Vaya, me descubriste! ¡Sí, ahora lo sabés, soy un hombre lobo!
-Más bien sos un lobito... ¡Lobito!, porque todavía sos un pendejo...
-Claro, un pendejo…
-No te preocupes, para tener quince años, pensás las cosas muy adultamente.
Lo miré sonriendo. Después de tantos días casi sin hablarnos, no podía dar crédito a ese acercamiento entre nosotros. Por fin conocía su sonrisa. Por fin él me miraba y empezaba a saber que existía. Eso significó mucho para mí, ¿Cómo no? Si toda la vida el mundo entero me había ignorado siempre.
-Y decime, Lobito... ¿te gusta estar acá?
-Bueno, al principio no me gustaba un carajo, pero ahora no quiero volver, la estoy pasando tan bien..., además…
-¿Además, qué?
-Además, me gusta estar con vos – dije, descendiendo los ojos.
Emanuel volvió la mirada hacia mí, con un gesto de extrañeza. Después miró hacia la lejanía, esbozando una sonrisa.
-¿Qué querés que hagamos mañana?
-No sé...
-¿Querés ir a nadar?
-Pero...
-No te preocupes, Lobito, ya sé que no sabés nadar, yo te voy a enseñar...
-Pero...
-Vos y tus peros... ¿y ahora qué...?
-¿El agua no está helada?
-Bueno... está un poco fría, sí... pero comparada con la del lago, el agua de la cascada te parecerá como estar en un plato de sopa. Además después de un rato te acostumbrás.
-Bueno, entonces sí – contesté desconfiado.
-Demos un paseo – me dijo, y volvimos a montar los dos en la yegua. Esta vez anduvimos sin prisa, mirando el paisaje y recorriendo rincones espléndidos. Yo apoyaba mis manos en los brazos de mi guardabosque sintiendo sus finos pelos sobre mis palmas. Él cada tanto me rozaba sin querer con su barba, en el cuello, en la mejilla. Eran roces casuales pero que yo prefería imaginarlos como intencionales. Detrás de mi pequeño trasero tenía latente la fuerza de su virilidad que todo el tiempo se tropezaba contra mí.
Con el traqueteo del caballo mi sexo había cobrado rigidez, y cada contacto me otorgaba el acariciante efecto de una masturbación deliciosa. Recordé la imagen de Emanuel, desnudo, sin poder borrarlo de mi mente. El andar lento seguía..., y yo estaba cada vez más excitado, embriagadísimo con el calor corporal de mi protector, rodeado de verde, de brisa, de los aromas de la naturaleza y de otros más humanos... y así iba entrando en un trance de gozo absoluto. Permanecíamos en silencio y tácitamente le agradecía esto a Emanuel: cualquier palabra hubiera roto esa magia de sensaciones. En un momento, una de las manos sosteniendo las riendas bajó demasiado y chocó sin querer con mi enhiesto sexo. Fue apenas un toque. Más allá de si él había notado o no mi erección, yo creí desmayar de placer. Y con unos cuantos movimientos más y algún otro oportuno choque de su pelvis contra mis nalgas, mi sexo largó un chorro de esperma en un increíble momento de gozo absoluto. Respiré conteniendo el gemido y me mordí los labios para disimular lo que me estaba pasando.
-¿Estás bien? – me acarició su voz.
-Sí – dije tímidamente.
Y ya no hablamos más. Yo estaba avergonzado y miraba hacia abajo para ver si mi semen había traspasado la tela del pantalón o si mi piel erizada era demasiado evidente. Me cubrí con la camiseta que llevaba, pero estuve intranquilo hasta que llegamos a la casa.
Nos despedimos hasta el día siguiente.
Al entrar a la casa, tuve que sostenerme de una columna para retomar el aire, desconcertado y radiante. No sabía con certeza qué me había pasado, pero no me importaba, había gozado como nunca, y desde ese día ya no pude dejar de pensar en el guardabosque ni un solo instante.
Por supuesto, esa noche no pude dormir, agobiado por todo lo que había vivido ese día, e inquieto por lo que vendría el día siguiente.
Desayuné más temprano que nunca y salí casi corriendo camino a la cabaña de Emanuel. Antes de llegar, vi que él venía hacia mí en su Jeep.
-¡Buenos días! – le dije sonriendo.
-¿Qué tal, Lobito?
-¿Entonces ya quedó?
-¿Qué cosa quedó?
-Digo... ¿ya quedó el sobrenombre “Lobito”? – contesté, subiendo de un salto al Jeep.
-Si no te gusta...
-Sí. Me gusta mucho si me lo decís vos – dije mirando hacia el camino, intuyendo mi sonrojo.
-De acuerdo ¿estás listo para nadar? El día está hermoso y hace mucho calor por suerte.
-Sí. Pero si me ahogo...
-¡Si te ahogás: te mato! – dijo riendo Emanuel.


Cuando llegamos me quedé un instante quieto y embelesado por la frescura del lugar. Un tajo de sol atravesaba la olla de verdes aguas. El salto de agua parecía tronar con más elocuencia esa mañana. Emanuel dispuso unas toallas sobre las rocas y comenzó a desvestirse. Me quedé mirándolo, embobado. Cuando iba a quitarse las botas, me miró:
-¿No te desvestís?
-Sí, claro – dije retraídamente, avergonzado de mirarlo tanto. Emanuel se quitó todo pero se dejó puesta la ropa interior, un breve slip blanco que apenas contenía sus más viriles atributos. Se lo acomodó un poco y sin más, se zambulló en el agua.
-¿Qué esperás? ¡El agua está divina!
Venciendo el pudor también quedé rápidamente en calzoncillos, unos boxer claros y de tela muy liviana.
-Disculpá, pero yo no tengo traje de baño – dije, cohibido, con media sonrisa en la cara.
-No seas tarado, che, y dale de una vez – recibí por toda respuesta.
Me quedé sin moverme en la orilla mientras Emanuel me salpicaba desde el agua, gritándome e instigándome para que me metiera al agua de una vez por todas.
-Pero... no puedo, Emanuel... si yo...
-Ya sé que no sabés nadar, Lobito... ¡Qué pesado sos!... pero tirate, yo te atajo...
-¿De veras? Pero mirá que es muy profundo...
-“Pero, pero”, el chico de los peros… ¿No confías en mí?
“No confiar en él” ¡Cómo podía decir eso! Con nadie en el mundo me había sentido más seguro que con él.
-Sí, confío en vos – dije más como ruego que como afirmación.
-Entonces, tenés que ser valiente y saltar.
Tenía razón. No había por qué temer si él estaba allí.
Sin pensarlo demasiado salté aterrorizado y caí en medio de la olla. Tuve un momento de pánico al sentir que me hundía bajo la agua, pero enseguida dos manos firmes me tomaron por el pecho y me sacaron a la superficie. Lleno de miedo, me aferré al cuello de Emanuel, que se reía a carcajadas ante mi cara de estupor.
-¿Viste que no te ahogaste?
-¡No me sueltes, por favor!
-Está bien, está bien – me tranquilizó, un poco más serio – sujetate de mí.
Me abracé a Emanuel rodeándolo por el cuello. Él me asió firmemente por la cintura y entonces yo me sentí más seguro.
-¡Está fría!
-No digas boludeces – me gritó riéndose de mí – el agua está deliciosa, pero tenés que moverte un poco, eso es todo. Respirá hondo, tomá aire por la boca y largalo por la nariz.
-¡No me vayas a soltar, Emanuel, por favor te lo pido!
-Quedate tranquilo. En mis brazos estás a salvo.
Escuché esa frase de sus labios mojados, tan cerca de los míos, y entonces no tuve más que adoración por ese hombre. Nunca nuestras caras habían estado tan cercanas. Su pecho desnudo emergía cada tanto y mis ojos iban directamente hacia sus erizados pezones, rodeados de pelos mojados. Nuestros ojos se chocaron y de la risa pasamos a una expresión más profunda y calma. Supe que ambos estábamos sintiendo, por un instante que pareció eterno, un raro temor. Tal vez por eso, Emanuel rompió ese clima diciendo:
-Vamos más allá, donde podamos hacer pié. Te voy a enseñar a flotar.
Su voz era otra. Muy distinta a los primeros días. Había cambiado. Había cambiado para siempre.
Así sosteniéndome con las manos, hizo que me estirara boca abajo sobre la superficie y me alentó para hundir mi cabeza bajo el agua.
-¿Ves? Cuando hundís la cabeza, inmediatamente el cuerpo flota solito. Probá de nuevo.
Pero yo aún estaba temeroso, entonces él vino y me pasó una mano por debajo de mi pecho y la otra haciendo soporte bajo mis muslos. Yo me dejé descansar sobre sus seguros brazos.
-Ahora relajate bien – me dijo suavemente – así... así... despacio... tomá aire como te dije y sumergí la cabeza.
Quedé flotando con la cabeza bajo el agua, temeroso aún, pero dichoso de sentir sus vigorosos y suaves brazos sosteniéndome. Volví a respirar y sumergirme. Percibí que ahora solo me sostenía por el pecho. Para equilibrar el peso había descendido hasta mi cintura. Ahora apoyaba su otra mano libre en mi zona lumbar, como para asegurarse de sostenerme bien, el resto de mi cuerpo flotaba. La mano del abdomen buscó un punto más central y se apoyó en el comienzo de mi pubis. ¡Nunca había sentido tantas emociones juntas! Sus dedos rozaban la tela de mi calzoncillo y a veces mi propio sexo. Mientras tanto, había logrado una estupenda relajación y perdido el miedo al agua. Cuando emergí y me incorporé, Emanuel me felicitó:
-¡Muy bien, Lobito! ¡Ya sabés flotar!
-¿De veras? – dije entusiasmado – ¡mostrame como flotás vos!
Entonces Emanuel buceó un poco, salió unos metros más allá y repitió el ejercicio que me había hecho hacer a mí. Sus dos nalgas redondas emergían de la superficie y la tela blanca del slip transparentaba el color de la piel. Entonces se dio vuelta y quedó suspendido en una plancha perfecta. Sólo veía el perfil de su rostro, sus pectorales y más abajo, algo que me cautivó: el bulto mojado de su sexo y la tela mojada transparentando su oscuro pubis. Después dio unas brazadas hasta llegar a mi lado y me sonrió.
-Yo no podré hacer eso nunca – dije moviendo la cabeza.
-¿Qué cosa? ¿Una plancha? Pero si eso es muy fácil. A ver... recostate sobre mis manos.
Obedecí sumisamente. Me tomó en sus brazos como un bebé. Seguí sus órdenes de extenderme y echar hacia atrás la cabeza. Él me sostuvo con firmeza y dedicación. Yo estaba en la gloria. Solo estaba un poco avergonzado porque seguramente el bulto de mi sexo sobresalía ante sus ojos. Miré de reojo y me asombré al ver que su atención se posaba justamente en la zona de mi entrepierna. Mi pene estaba un poco más grande y tuve miedo de que se saliera por la abertura del calzoncillo.
Entonces él quitó sus manos y yo quedé flotando apaciblemente. Abrí los ojos como platos, incrédulo, y me empecé a reír de puro nerviosismo. Entonces perdí el control y me hundí enseguida. Me asusté un poco pero sabía que Emanuel me elevaría a la superficie. Cuando nuevamente estuve colgado de su cuello, ya reíamos otra vez, comentando la experiencia. Fue cuando nuestros sexos chocaron... y yo sentí... ¡sentí su sexo rozarse contra el mío!... un solo segundo... pero fue arrobador.
Después de tantas emociones, Emanuel me transportó hasta la orilla y me ayudó a salir del agua. Me senté sobre la toalla viendo como el guardabosque emergía y se quedaba de pié justo debajo del rayo luminoso del sol.
¿Era un arcángel bañado en oro que había descendido de los cielos? Su esbeltez mojada se acentuó cuando él estiró los brazos para escurrirse la cabellera. Sus peludas axilas, su torso generoso, la línea fuerte de su vello perdiéndose debajo de la tela empapada y transparente, las formas de su sexo tranquilo que adivinaba sin trabajo alguno bajo su prenda interior..., componían un conjunto visual que cortó mi respiración.
-¿Tenés frío? – me preguntó
-Un poco – dije tiritando.
Se puso de rodillas ante mí con sus muslos bien abiertos, sin pudor alguno por estar medio desnudo ante mí, y me frotó fuertemente la espalda con su toalla. Mientras lo hacía sus movimientos enérgicos me envolvieron en un placer indefinible. Siguió con mi pecho mientras su sexo tambaleante se acercaba a mí. Los vellos se le salían por arriba del slip y también por los costados, donde la prenda estaba más floja. No podía apartar mi vista de ese voluminoso bulto. Vislumbré el tronco de su verga, el ensanchamiento de su glande, los testículos abultando por debajo y asomando apenas por las aberturas laterales..., y cada centímetro de su piel más íntima pegada a la tela mojada.
-Cuando tenga tu edad me gustaría ser como vos – susurré.
-¿Qué decís? – dijo, mientras siguió frotándome con la toalla y bajaba a mis piernas.
-¿Te parece que me saldrán pelos así? – dije, zarandeado por sus movimientos y mirando su pecho velludo.
-Bueno, ya tenés unos cuantos, mirá – dijo señalándome las axilas, el ombligo y las piernas – Cuando yo tenía quince era más bien lampiño.
-¿En serio?
-Sí. Pero mirá..., ¿ves estos pelitos casi imperceptibles en tu pecho? – dijo tocándome con el dorso de sus dedos – … ya te están saliendo ¿ves? bueno, en un par de años vas a tener una mata ahí, acordate de lo que te digo.
-Te tomo la palabra. Me encantaría tener tantos pelos como vos. Es bien de hombre.
-No tengo muchos – me dijo acariciándose el centro del pecho y dibujando círculos que quedaban estampados en su piel.
-Sí. Tenés muchos – exclamé, indicando descaradamente su entrepierna.
-Bueno ahí sí – dijo sonriendo de una manera adorable.
-¿Ves que tengo razón?
-Dame tu calzoncillo, así lo ponemos a secar al sol – me dijo con la toalla preparada.
Me quedé boquiabierto, pero sin pensar ni un momento en contradecir la orden. Me bajé el calzoncillo y se lo di, sonrojándome un poco. Él me dio la toalla y fue a poner el calzoncillo mojado sobre una rama. Me cubrí instintivamente.
-No me vas a decir que tenés vergüenza – me dijo al darse vuelta.
Yo me sonrojé, mirando hacia abajo.
-¿Es eso? ¿Te da vergüenza? – me preguntó sonriente e incrédulo – ¡pero... si estamos entre hombres y yo tengo ahí exactamente lo mismo que vos...!
Yo estaba colorado y riéndome de mi propia incomodidad. Entonces, ante mi sorpresa, deslizó su slip hasta el piso.
-Ya está. Estamos iguales – dijo mientras escurría despreocupadamente el calzoncillo entre sus manos.
Sentí un temblor en todo mi cuerpo y pude escuchar los latidos de mi pecho al ver a Emanuel en su más completa desnudez. Su verga quedó colgando espléndida, custodiada por sus dos peludos testículos. ¡Qué espectáculo me daba! De pié ante mí, me sonreía confiado con una encantadora expresión de camaradería, sí, desnudo, deslumbrantemente desnudo y bello.
Mientras él colgaba su prenda en la misma rama, sentí vergüenza, pero ahora por haberme tapado con la toalla, entonces la aparté a un lado para compartir con él mi desnudez. Él se dio vuelta y al verme, sonrió comprensivo. Se sentó a mi lado. Yo temblaba de emoción.
-¿Ves que vos también tenés tus pelos? – dijo mirando atentamente mi pubis.
-Sí, pero... si comparamos... vos me llevás la delantera.
-¿Te parece? – y removió su mata, investigándola como si contabilizara la cantidad de pelo que tenía allí. Al hacerlo, su verga, que me parecía portentosa, se mecía blandamente de un lado a otro.
-Tus pelos son claros y los míos negros... tal vez por eso parezcan muchos... pero mirá... yo solo tengo una mata acá encima... y a vos se te desparrama para los costados y sigue por tus bolas y tus piernas...
Emanuel me miró, estudiando mis genitales. Seguía tocándose, entrelazando sus dedos en sus largos pelos. Yo tomé mi modesta pero tupida pelambrera y tiré de ella:
-¿Ves? No los tengo tan largos. – le dije, observando cada una sus expresiones.
Mi miembro estaba ya un tanto morcillón... sabía que el erótico juego pronto me pondría peor. Él hizo lo mismo que yo, copiando mis movimientos, riendo divertido e intentando medir la longitud de mata de pelos.
-Es verdad. Creo que en el largo te gané – dijo – supongo que tendré que ir a la peluquería ¿Qué me decís?


Ambos reímos. Era una risa contenida y algo compulsiva. Pero yo no dejaba de mirar sus atributos. Su hermoso sexo, flácido pero algo agrandado ya, se acomodaba de formas distintas, ya al costado, o abajo, o hacia arriba... y su mano, que se restregaba contra los pelos, hacía un ruido delicioso al rasparlos.
-Pero así y todo, pensás entonces que en unos años...
-En unos años vas a ser un hombre lobo, ¡pero de verdad! – rió con una carcajada – más peludo que un oso.
-¿Me lo prometés?
-Te lo prometo – me dijo, mirando mi verga, pero un poco más serio.
Bajé la vista, y entre mis piernas, sentí el imparable vigor de una erección en puerta. Mi sexo cobró más tamaño y perdió su blandura. Dejé de tocarme la zona y mi pija quedó apoyada sobre mi bajo vientre. Latió acompasadamente y entre oleadas de sensaciones voluptuosas se fue irguiendo hasta quedar recta y durísima. No tenía vergüenza alguna ya. Me abandonaba por completo a mi excitación. Me eché hacia atrás recostándome sobre las palmas de mi mano. Desde ahí podía ver a Emanuel concentrado en mi erección, serio y callado. Un poco más abajo podía divisar su verga, más voluminosa, comprobando que estaba empezando a sostenerse sola.
Me miró de reojo y con una cara muy pícara sopló sobre mi erección. Sí, sus labios se habían juntado en círculo y me había lanzado un encantador soplo sensibilizando más aún mi virilidad ¡Qué sensación indefinible! Lo miré, sonriendo. Entonces, como si eso hubiera sido mi permiso, volvió a soplar un poco más fuerte. Mis pelitos se agitaron levemente bajo su aliento cálido. Toda mi pija vibró y se arqueó más, goteando líquido transparente.
-¿Qué me hacés? – pregunté riendo entrecortadamente.
-Nada – dijo con cara de inocente, y bromeó – debe ser el viento...
Acercó más su cara hacia mi pelvis y continuó soplando suavemente, lanzando todo su divino soplo directamente al glande que emergía apartando ya de su piel protectora. Luego lanzó su aire entre mis bolas haciéndome separar los muslos casi involuntariamente. Entonces su hálito se metió en mi entrepierna, acariciando mis ingles y llegando más allá. Era una sensación inesperadamente arrebatadora, llena de sensualidad y sutileza.
-Debe ser viento norte... es bastante cálido – remedé entre risas. Él también se rió conmigo, y se acomodó recostándose sobre su brazo. Como era su costumbre, empezó a mascar una pajilla que había arrancado del suelo.
-Me gusta mucho estar con vos, Emanuel...
-Sí, ya me dijiste.
-¿Te molesta que te lo diga?
-No, para nada ¿Pero por qué te gusta estar conmigo?
-La verdad que no sé – bromeé – mirá que me trataste como el orto, ¿eh?
Emanuel hizo un gesto con la boca, alzando las cejas y cerrando los ojos. Viendo que se avergonzaba un poco, proseguí:
-No, en serio, será porque siempre estuve muy solo.
-Ah, ¿era por eso?, pensé que era porque te caía bien... – dijo haciéndome una mueca.
-Mirá que sos tonto, ¿eh? – reí, dándole un tirón en la barba – Lo digo de verdad, es como si te conociera desde siempre.
-¿Y estás muy solo? Algún amigo debés tener...
-No, ninguno. ¿Y vos?
-Sí, tengo un amigo muy querido, pero no lo veo hace años.
-¿Por qué te molestaste tanto cuando te pregunté si vivías solo en el Lanín?
-Me molesté, pero más conmigo que por tu pregunta, porque siempre quise dejar en el pasado ciertas cosas que nunca fui capaz de resolver. Pero ahora pienso que es inevitable que surjan. – me dijo incorporándose un poco y volviendo a mirar mi verga que no había perdido un ápice de su altiva rigidez.
-¿No fuiste feliz allá?
Emanuel suspiró, y como jugando, se quitó la pajilla de la boca y la acercó hasta mi muslo, haciendo dibujitos entre mis vellos.
-No. Te voy a contar algo muy mío – dijo sin dejar de juguetear con la pajilla por mi piel erizada, pero subiendo un poco más hacia mi entrepierna.
-Si vos lo querés, te escucho, Emanuel.
Él dejó un instante de mirar mis ojos, como adentrándose en su propio interior.
-Hace días te dije, enojado, que yo te iba a contar de mis cosas cuando yo quisiera. Bueno, ahora me dan ganas de contarte esas cosas.
Emanuel sonrió un poco y suspiró.
-Yo tenía una esposa – prosiguió – y todo fue bien, vivíamos juntos en la cabaña del bosque, yo hacía mi trabajo y éramos felices. Poco después tuvimos un hijo.
Yo lo miré asombrado. Él no dejaba de hurguetearme con la pajilla, ahora jugueteando entre los vellos de mi pubis.
-Cuando nuestro hijo creció, ella se fue a vivir con él a la ciudad. Eso es inevitable en los matrimonios de guardabosques. No se puede criar un hijo en la soledad en que trabajamos. Vivíamos separados, y eso hizo que poco a poco nuestra familia se rompiera en pedazos. Yo tenía que trabajar, se trataba de nuestro sustento, así que era imposible abandonar mi puesto. Finalmente ella se cansó de criar sola a nuestro hijo y rompió conmigo, llena de un odio que yo nunca le había conocido. Poco después me quitó la paternidad aduciendo abandono paterno ante la justicia. La verdad es que ella ya estaba con otro hombre a su lado – dijo, mirando como la pajilla recorría mi erección de cabo a rabo.
-Como debés haber sufrido – dije conmovido – ¿Y tu hijo? ¿Lo ves?
-No. Hace años que no tengo contacto con él. Tiene un par de años menos que vos, ya debe ser todo un hombrecito.
Lo miré conmovido con toda mi ternura. Todo ese tiempo él había estado jugueteando sobre mi duro sexo con la pajilla silvestre prodigándome una mezcla intensa de emociones en alma y cuerpo. Abrí más mis piernas ofreciéndole paso. Emanuel se acercó más sin dejar de estudiar cada centímetro de mi intimidad.
-Es curioso, Emanuel. Con historias muy diferentes, una coincidencia de carencias nos une. Sos un padre necesitando a su hijo... y yo... nunca supe lo que significaba la palabra padre. No sé, si las cosas hubieran sido diferentes, imaginate lo hermoso que habría sido para mí tener un padre como vos. Y ahora con lo que me decís... pienso que…
Emanuel me miró con los ojos húmedos y me sonrió dulcemente:
-No, Lobito..., mal o bien vos tenés a tu papá, y yo tengo aún a mi hijo. No quiero ser tu padre... y no te engañes, estoy seguro de que vos tampoco quisieras ser mi hijo.
Mucho después supe que él tenía razón, pero en ese momento no comprendí el significado de sus palabras.
-Sos un buen chico. Vení acá... – me dijo emocionado, y ambos nos incorporamos y nos unimos en un abrazo muy largo.
Entonces yo deslicé mi mirada hacia su sexo: lo tenía completamente erecto, apuntando hacia arriba con una perfecta curvatura, grande, generoso, húmedo. Casi chocaba con mi propia erección en esa posición en que estábamos, arrodillados y con los muslos bien abiertos. Acurruqué mi cabeza en su cuello y me acerqué a su mejilla. Cuando fui a darle un beso, él giró su cabeza y mi boca fue a dar contra la suya. La retiré asustado. Pero entonces, como él se mostraba extrañado por mi instintivo rechazo, le sonreí y nos miramos profundamente. Él me acariciaba el pelo y yo apoyaba mis manos entre sus firmes pectorales... fui descendiendo por su torso mientras nuestros ojos se fundían densamente. Al llegar a su pubis, me detuve. Mis dedos anidaron en esa espesura y se quedaron en el cálido sitio un momento. Casi sin respirar seguí mi camino en un paroxismo de excitación hasta toparme con su pene palpitante. Tocar esa suave piel, caliente y delicada, me hizo suspirar entrecortadamente. Abracé el miembro rodeándolo con mis dos palmas. Sentí toda la contundencia de su hombría, temblando y tensándose a cada una de mis tímidas caricias. Su líquido me mojó asombrando mi tacto agradecido, y un jadeo casi imperceptible me susurró junto al oído.
Me quedé inmóvil, expectante, recibiendo el embriagador aroma de su aliento. Entonces él me tomó las manos y las elevó hasta sus labios. Me las besó, diciéndome todo con su mirada.
-Nadie más que yo desea hacer esto, Lobito..., pero...
-Emanuel, perdón... yo pensé que... –titubeé confundido.
-Pensaste bien, yo también quiero lo mismo, y para comprobarlo solo tenés que ver cómo estoy… – dijo señalándome su sexo enhiesto con sus ojos – pero, Lobito, no puedo permitir que esto pase ahora.
-¿Por qué? – pregunté a punto de llorar.
-Porque tenés quince años.
Bajé mi mirada, apenado. Él tomó mi barbilla y me sonrió con una dulzura infinita:
-Sos un hombrecito, sí, pero un hombrecito muy joven todavía. Cuando crezcas, y si seguís queriendo esto, si lo elegiste con toda la seguridad de tu madurez, yo voy a estar siempre esperándote. Aquí. – dijo, llevándome la palma de mi mano para dejarla sobre su pecho.
Me abrazó de nuevo y me besó en la frente. Luego me cubrió con la toalla y ambos nos quedamos mucho tiempo embelesados, abrazándonos, y en una unión más fuerte que si hubiésemos hecho el amor.

Los días pasaron y mi amistad con Emanuel se hizo tan fuerte que no nos podíamos separar ni un solo día. Me enseñó a nadar, a cabalgar, a pescar, el nombre de cada especie de árbol, de los pájaros, de las plantas, me enseñó a moverme solo en el bosque, su historia, sus ciclos, y por sobre todas las cosas, a amar la vida en plenitud.
¡Qué días llenos de felicidad! Nunca antes nadie me había cuidado tanto, y nunca antes me había sentido tan querido. Emanuel era un hombre que amaba con una entrega hechicera y definitiva. De él sentía ese amor raro y a la vez sólido, al cual siempre quería volver y en el cual quería refugiarme.
Casi siempre andábamos desnudos en medio de la naturaleza. Nos movíamos por la soledad del bosque, los arroyos y los sitios escondidos entre rocas, gozando de la libertad y la espontánea sensualidad que nos acercaba uno al otro.
Estábamos habituados a nuestras continuas erecciones que formaban parte de nuestro mutuo conocimiento. Nunca dejaba de atraerme, de acaparar mi atención. Conocía cada accidente de su cuerpo, cada vena, lunar o pliegue en su piel, y sabía que ese conocimiento era mutuo. Cuando teníamos frío nos abrazábamos, cuando nos vencía el cansancio dormíamos entrelazados bajo un árbol..., compartíamos almuerzos, baños, lecturas, y el cuerpo del otro parecía una continuación del propio...,  como si se tratara de una repetición querida y anhelada.
Emanuel nunca quiso avanzar en nuestros apasionados deseos. Cuidó de mí, porque yo sentí eso: un sincero y respetuoso cuidado a mi juventud adolescente e inexperta. Yo me moría de ganas de aprender de él todo lo que mis hormonas demandaban..., ardía por gozar del sexo por primera vez, y sabía que con él hubiese sido sublime, pero, por otro lado, también sentía esa infinita seguridad en su decisión de distancia así como su admirable temor a que cualquier avance pusiera en riesgo mi integridad emocional, y yo, lejos de frustrarme, sentía una plenitud tranquilizadora.
Pero así como los días pasaron fulgurantes en ese halo de dicha inmensa, febrero llegó a su fin y se hizo presente el momento de volver a Buenos Aires.
Mi angustia era indescriptible y el día de la partida fue horrible. Mi tío estaba ya acomodando todas mis cosas en la camioneta para llevarme al aeropuerto y Emanuel permanecía mudo e inmóvil a un lado de la entrada a la casa, sin animarse a mirarme.
Tío Antonio comprendió entonces que nuestra amistad se había transformado en algo muy importante para los dos. Observó todo en respetuoso silencio, y por fin, me hizo entender por señas que era momento de partir.
Miré a Emanuel, que parecía haberse hecho pequeñito. Avergonzado ante su patrón, no osaba decir nada. Sólo miraba hacia el piso, las manos en el bolsillo y una sombra en su expresión.
Finalmente me acerqué a él, nos miramos un instante con la angustia en los ojos, y me eché en sus brazos.
No dijimos nada.
Solo nos quedamos un rato abrazados hasta sentir que nos habíamos dicho todo en ese abrazo. Sentí el calor de su cara y de su llanto contenido. Su respiración, entrecortada, hacía trizas mi corazón. Yo tenía muchas ganas de llorar. Sin embargo, las lágrimas no acudieron a mis ojos, como si la angustia hubiera querido hacerse presente, sola y triunfante, de una manera intensa y hasta cruel.
Finalmente tomé coraje y me separé de sus brazos, subiendo de un salto a la camioneta. Tío Antonio alzó las cejas, conmovido, sin dejar de mirar hacia el camino.
Emanuel se quedó parado en el medio del jardín. Cuando salimos por la avenida, me volteé y lo miré por última vez: tenía la mano firmemente extendida en alto, allí la dejó, inmóvil, hasta que lo perdí de vista.

(Continuará)
  Franco      
Noviembre de 2007



jueves, 26 de junio de 2014

martes, 24 de junio de 2014