martes, 30 de mayo de 2017

El cuentito de fin de mes


Mi suegro: un macho irresistible


¡Llego tarde, llego tarde, llego tarde...!, me repetía a mí mismo una y otra vez, mientras mi auto apenas podía marchar entrecortadamente entre el endemoniado tránsito matutino de Buenos Aires. ¡Carajo!, ya imaginaba la agria cara de mi jefe, esperándome con ese eterno habano entre los labios. Mi cita con él a primera hora sería seguramente para hablar de mi nueva nota, o ¿quién sabe?, ese cabrón siempre tomaba decisiones de último momento y nadie podía saber qué mierda hacer para satisfacer sus deseos, o mejor dicho sus caprichos.
No sé como hice para llegar, estacioné el auto en el subsuelo del edificio y como torbellino, en minutos que me parecieron años, alcancé el ascensor que me conducía al piso de la redacción del diario, donde tenía su oficina mi jefe: el siempre nervioso y exasperado señor Battaglia.
Al cruzarme con su secretario, alcancé a escuchar que me decía sobresaltado: ¡Preparate, hoy no está en un buen día!. Me serené por un momento, me pasé la mando por la cabeza, respiré hondo, me ajusté la corbata y golpeé la puerta sin dejar de refrendarme: llego tarde, llego tarde, llego tarde...
-¡Llegás tarde! – me golpeó la voz de Battaglia cuando abrí la puerta.
-Lo siento, Enrique, disculpame, pero...
-Sí, sí, te topaste con una manifestación, ¿no?
-Y... sí....
-No cambiás más, querido – me dijo sin mirarme, atento a una crónica de varias páginas – Esta ciudad ya no es la “Reina del Plata”, m’hijito, sino la reina de las manifestaciones. Hay una cada media hora y para todos los gustos...
-Sí, la calle es un desastre – susurré entre nerviosas risas.
-Exacto, y precisamente por eso tendrías que salir con más tiempo de tu casa ¿no te parece?
Mi jefe pitó su habano y se sentó tras el escritorio lleno de papeles. Mientras ordenaba y revisaba varias cosas a la vez, me habló en tono monocorde:
-Vayamos al punto, Darío. Te vas para la Patagonia.
-¿Qué? ¿A la Patagonia? ¿Pero... entonces...? ¿Qué pasa con mi nota?
-Precisamente, vas a “ir a buscar” la nota. Vos sos bueno en eso, en encontrar notas de color, insólitas, raras... ¿O no te acordás la última que te publicamos en la revista?.
-Sí, claro, sobre la ruta del oro nazi en Córdoba. Pero... a la Patagonia... ¿y me mandás sin más, a la deriva?
-¿Y qué querés?, ¿una invitación impresa en letras doradas? Dejate de joder.
-Pero Enrique, vos sabés que habíamos hablado de otra cosa...
-¿Qué cosa? No sé.
-Sí que sabés.
-¿Te referís a la cobertura de la Cumbre Latinoamericana?, no, querido, estás en pedo, olvidalo... para eso está Domínguez. Vos sos mejor en otro tipo de notas.
-Pero es que le prometí a Sonia que en estos días...
-Mirá, Darío, más vale que le pongas garra a tu trabajo, y ya que hablás de Sonia: ¡justamente!, esa sería una manera ideal de arreglar tus líos matrimoniales. Ella estaría feliz de que hicieras carrera aquí - dijo, volviendo a meter su habano entre los labios.
¡Bien sabía yo que tenía que ser el número uno en mi trabajo! Y no precisamente para salvar mi matrimonio en crisis, sino porque yo había ingresado al diario gracias a mi jefe. Por recomendación exclusiva y deferente del gerente de redacción del diario y de la revista Mundos, él, el Sr. Enrique Battaglia, nada menos que... ¡mi suegro!. Y yo hacía malabares para sobresalir como periodista ante los ojos de todo el personal, para que nadie dijera “Darío sólo está aquí porque es el yerno de Battaglia”. no podía permitir eso, si yo trabajaba allí tenía que ser por mi capacidad y no dar motivos para pensar de que el mío fuera un caso más de burdo y flagrante nepotismo. No sólo tenía que soportar eso, sino que ahora el tipo se metiera también con mi matrimonio a punto del fracaso.
Lo peor era que el cabrón me tenía a su merced. No solo con sus antojos dentro del diario. Con Enrique Battaglia me pasaba algo especial. Cada vez que lo veía, mi identidad sexual entraba en zonas cada vez más inciertas.  ¡El muy cerdo me atraía terriblemente!
-Tenés que hacer algo parecido a cuando viajaste la otra vez a... ¿Córdoba, dijiste?
-Sí.
-Bueno, algo así ¿me entendés, querido? - Enrique tenía una forma de decirme "querido" que me irritaba sobremanera, porque, vamos, usaba esa palabrita todo el tiempo conmigo, pero en realidad estaba claro que no me quería nada - Te dejo libertad de acción y no dejes de enviarme noticias tuyas. ¿Alguna pregunta?
-No ninguna.
-Bueno entonces...
- ¿Tal vez podría retomar aquella idea que tuve de trabajar sobre la inmigración galesa de 1865 sobre el valle del Río Chubut?
-¡Perfecto! ¿ves lo que te decía? no, si vos sos especial para esas cosas raras. Chubut sea.
Era evidente que me quería lejos. Sí, bien lejos, no me asombraba el destino patagónico que me había asignado, la cosa era dejar el terreno libre para su protegido: Domínguez, un tipo que en el medio periodístico estaba de moda por sus apariciones constantes en tevé más por ser carilindo que por periodista de raza. Battaglia me dio un papel con un memorando, indicaciones, direcciones, y el perfil que debía tener la nota. Lo miré mientras él seguía mordisqueando su habano, inmiscuido en sus asuntos. Su actitud hacía sentir perpetuamente que cualquier asunto suyo era más importante que los otros.
Sin embargo, ¡qué macho irresistible! Llevaba una camisa blanca arremangada hasta antes del codo. Sus brazos anchos y llenos de pelos negros se movían en todas direcciones, activos y decididos. Su corbata gris colgaba poco elegante y con el nudo flojo, por lo que los dos primeros botones desabrochados dejaban asomar algunos vellos rebeldes. La tela de la camisa era muy fina y traslucía la oscuridad de un torso hirsuto. Estaba sudada y bajo los sobacos podía ver la aureola húmeda de su transpiración.
No dejaba de mirarlo. ¡Qué atrapantes me parecían esas puntas rematando los prominentes pectorales! Ahí también la tela se oscurecía, dejando poco trabajo a la imaginación y mostrándome el círculo perfecto de sus fabulosos pezones. Aprovechando que su vista estaba atenta a anotaciones ocasionales, miré su rostro viril y anguloso. No era una beldad, pero nada en ese hombre maduro podía pasar desapercibido. ¿Serían sus ojos marrones y pequeños? ¿Las hendiduras verticales a cada lado de su perfecta boca? ¿Su bigote ancho y generoso? ¿Serían esos labios grandes y pulposos? ¿O la continuación de su cabeza sobre el cuello firme y grueso? De todos modos, ese tipo me producía una cosa extraña y excitante a la vez. Rechazo y atracción. Ira y reflexión.
-Señor Battaglia, tiene su reunión de las nueve con los directivos de la Agencia Telam – sonó una voz desde el conmutador.
-¡Mierda! – murmuró mi suegro entre dientes, y presionando un botoncito habló sin quitarse el habano y acercando su boca al aparato, mientras se quitaba la corbata - ¡Tráigame una camisa limpia, Iriarte!
Tan rápido como le daban las piernas, el secretario entró sin llamar con una nueva camisa blanca en la mano. Mi jefe, que ahora atendía una llamada de larga distancia, se puso de pié y empezó a desabrocharse la camisa. Quedé inmóvil en mi asiento y sin perder detalle de los movimientos del hombre que alimentaba todas mis fantasías. Su torso era corpulento y algo rollizo, muy peludo y anchísimo. Sus pezones marrones eran como mamas que me miraban indiscretamente. Sonia los tenía del mismo color, pensé. Me puse el memorando en el regazo porque quería ocultar mi erección incipiente. Iriarte le tenía la camisa preparada y extendida, y seguía cada movimiento de su superior a sus espaldas, servicial y reverencial como si Battaglia fuera un alto representante de la realeza.
Pero mi suegro discutía cada vez más acaloradamente con su interlocutor telefónico, olvidándose de que estaba semidesnudo. Con el habano en la mano, discutía a los gritos un asunto imposible de descifrar para mí, y más aún al prestar toda la atención a ese pecho que desbordaba testosterona. Por un momento tomó conciencia de que debía cambiarse de camisa, entonces desabrochó su pantalón. ¡Maravilla!, al abrirlo asomó su calzoncillo celeste, y la hilera de pelos que descendía desde su abdomen se contorneaba en dibujos fantásticos hasta desaparecer debajo del elástico.
Por fin, Iriarte pudo embocar los agujeros de las mangas en los brazos inquietísimos y el jefe terminó por calzárselas. Por un rato estuvo de aquí para allá con la camisa abierta. Yo estaba en la gloria ¡Qué hermoso varón! Con alguien así, no dudaría en hacerme gay – elucubraba en mi más profundo interior – sí, de eso estaba completamente seguro. Él se abotonó lentamente la camisa y su descarada semidesnudez quedó enfundada otra vez bajo la nueva e inmaculada prenda. Metió los faldones de su camisa entre el pantalón semiabierto y se acomodó nuevamente haciendo calzar su bulto en los límites de su bragueta. Iriarte le alcanzó la corbata que conservaba aún el nudo, se la puso por sobre la cabeza y la ajustó un poco al cuello. Battaglia hizo una seña a su secretario que corrió comedido a buscarle el saco. Cuando colgó el teléfono, me miró indiferentemente, terminando de vestirse:
-¿Qué hacés aquí todavía?
-¿A mí me hablás?
-No, al Papa... - dijo, blanqueando los ojos - ¡sí, a vos! ¿Alguna otra cosa?
Sí,... ¿por qué no vamos a la cama?, pensé para mis adentros. Pero, lógicamente, no se lo dije.
-Ninguna, Enrique... - balbuceé, intentando ocultar el estado de excitación al que me había sometido su pecho peludo - solo quería decirte que...
-¿Qué? ¡Hablá, que no tengo todo el día!
-Me parece que tenés la bragueta abierta – dije metiendo mi cabeza levemente entre los hombros.
-¡Mierda! – vociferó poniendo su pantalón en orden. Miré con indecible interés el espectáculo de sus manos maniobrando por sobre el bulto - Gracias, por fin dijiste algo útil. ¿Algo más?
-No.
-Entonces nos vemos a la noche.
-¿Qué?, ¿a la noche?
-Sí, en tu casa. ¿No te acordás que Sonia nos invitó a cenar?
¡Joder! ¡me había olvidado! El día no podía terminar peor.
-Ah, cierto – dije de mala gana – sí, nos vemos a la noche.
-Y ahora, por favor, te ruego que te vayas, tengo cosas importantes que hacer y no puedo perder más tiempo con vos.
Claro, lo mismo de siempre, esos comentarios de mierda. Quedaba bien en claro que uno no era más que un cero a la izquierda para él. Todo lo demás era lo importante. Lo saludé pero él ya estaba con la atención en unos papeles que le daba su solícito secretario. Iriarte, levantando las cejas, me saludó escuetamente y yo desaparecí del despacho.
Pasé todo el día en la redacción, entre el trabajo atrasado y la organización de mi nueva nota. En eso estuve todo el tiempo hasta la hora en que mi cabeza no daba más.
Cuando llegué a casa, ya entrada la tarde, estaba agotado. Y para peor, aún quedaba la cena con mis suegros. ¡Lindo ambiente familiar!, mi matrimonio en el peor de sus momentos, Sonia con un humor de perros, sus eternos reproches, ¡y después...! tendría que soportar la histeria eterna de mi suegra y la presencia (como si no fuera suficiente sufrirla en mi trabajo) de mi descalificante suegro. Cartón lleno, pensé, mientras entraba a mi dormitorio y me quitaba la ropa para meterme debajo de la ducha. Me sumergí bajo el chorro de agua casi fría, quedándome ahí con las manos apoyadas en la pared. No habían pasado cinco minutos cuando detrás de la cortina, escuché:
-¿Darío, vos te fijaste la hora que es? Hoy podrías haber llegado más temprano.
-¡Pero, carajo! ¿Ni cuando me doy una ducha puedo estar dos minutos tranquilo?
-¿Trajiste el vino, por lo menos?
-No.
-Claro, yo sabía, debí adivinarlo, ¿y ahora?
-Pero Sonia, tu padre siempre trae el vino.
-¿Y si no trae el vino?
-No te preocupes, todas las veces que lo invitamos a cenar siempre trajo del malo. Por lo menos ya debemos tener media docena de botellas sin abrir de esa mierda que trae tu papá. ¡Poné en la mesa una de esas y listo!
-A vos te da lo mismo, y la vergüenza la paso yo.
-Sonia, tuve un día terrible...
-Ya veo... se diría que sos el único que tiene días terribles... si al menos te hubiera importado llegar un poco más temprano...
-Preguntale a tu padre por qué no llegué temprano, después de todo, fue por culpa de él que llegué a esta hora...
-Sí, claro... ahora la culpa la tiene papá...
-¡Sonia! ¡Dejame en paz! ¿Querés? – grité, y de una manera tal, que ella quedó sin palabras y se retiró del baño mascullando maldiciones.
Sí, ya era bastante tarde. Enseguida escuché el timbre de la puerta y a mis suegros que ya estaban entrando a la sala. Los gritos de mi mujer corroboraron el hecho: “Querido, ya están aquí...!”. Ya están aquí, ya están aquí, repetí remedando con voz chillona. Cerré el agua de la ducha y me envolví en una toalla. Coraje, me dije, hay que salir al ruedo. Me eché un poco de colonia y salí del baño. Me estaba poniendo el calzoncillo cuando de pronto se abrió la puerta de mi dormitorio.
-¿Se puede? – gritó mi suegro con su habano en la boca y sin llamar a la puerta – Pero querido ¿todavía estás en bolas? bueno, no sé de qué me sorprendo, sabía que te iba a encontrar en bolas.
-Acabo de ducharme, es que llegué tan tarde que...
-Sí, sí, vos siempre llegás tarde. Ya lo sé, es tu especialidad - Battaglia se había acercado y apoyado en el respaldo de la silla en la que estaba sentado poniéndome las medias, me hablaba con un tono de voz suspicaz - ¿Estás bien?
¿Si estaba bien? Me extrañaba mucho que él, justamente, se preocupara de cómo estaba yo.
-¿Por qué? – le pregunté.
-Bueno, Sonia tenía una cara cuando entramos, que...
-¿Ah, sí? – contesté indiferente.
-Decime, Darío ¿qué carajo pasa con ustedes dos?
-¿A qué te referís, Enrique?
-Quiero decir que... los problemas de los matrimonios, generalmente empiezan aquí – dijo, apoyando la palma de su mano sobre la cama.
Yo lo miraba, indagando sus maquinales expresiones, mientras me ponía una camisa limpia y buscaba mis pantalones. Mi suegro me miraba también esperando una respuesta, que yo no quería (aunque hubiera sabido) responder.
-¡A la mesa! – gritó Sonia desde el comedor.
-¿Dónde están? ¡Enrique, Darío, que se enfría la comida! – recalcó la voz de guacamayo de mi suegra.
-Después hablamos, ¿de acuerdo? – me dijo Enrique, mirándome seriamente a los ojos y haciéndome un gesto con sus cejas levantadas.
-Vayamos a la mesa – dije turbado, terminando de acomodar mi ropa. Enrique se quedó observándome, se quitó el habano de la boca, y empezó a asentir con la cabeza:
-¡Qué rico perfume que tenés hoy! – me susurró, dejándome asombrado por semejante observación. ¿Qué se traía entre manos ese hombre tan irónico? Quedé perplejo mientras me sonreía detrás del humo de su cigarro y nos encaminábamos hacia el comedor.
La cena estuvo insufrible, como siempre. Mi mujer, que no se caracterizó nunca por ser siquiera una modesta cocinera, se lamentaba por lo horrible (en eso no podía estar más de acuerdo con ella) que le había salido el pescado. Mi suegra, por otra parte, no encontraba ningún defecto en las habilidades gastronómicas de su hija, por cierto, y no paraba de querer convencernos – inútilmente – de que la cena estaba exquisita. Enrique sonreía, como persona que sabe con qué bueyes está arando, dejaba pasar la situación, y me miraba de vez en cuando. Yo me había quedado confuso con esa irrupción suya en mi cuarto, esas preguntas, su tono de voz..., me sentía examinado por él, más que nunca.
Comimos el postre, que no estuvo tan mal, y mi mujer propuso tomar el café en la sala. Mientras las dos mujeres se encargaban de llevar las cosas a la cocina, mi suegro aprovechó para sentarse conmigo en el sofá. Encendió un nuevo habano y respiró profundamente, como un amo dueño de la situación. Se abrió dos botones de su camisa azul, y me miró con una leve sonrisa.
¡Ahí lo tenía de nuevo ante mí...! Me sentí terriblemente incómodo y hasta estúpido por desearlo tanto. Alcancé a mirar subrepticiamente los pelos maravillosos que asomaban por entre su camisa y me turbé aún más. Creí percibir que se había dado cuenta, bajé la vista y me encerré en mí mismo, sin saber qué decir. Era claro que él esperaba la continuación de nuestra charla. Levantó una pierna a horcajadas y apoyó su tobillo sobre la rodilla de la otra, abriendo sus muslos de tal manera que mi vista hizo un gran esfuerzo para no escaparse hacia su suculenta entrepierna.
-¿Entonces? ¿Listo para irte de viaje?
-Aún no se lo dije a Sonia.
-No te preocupes, yo se lo digo si querés.
-No hace falta – dije, tajante.
-Está bien, está bien – respondió mi suegro levantando las manos y subiendo los hombros – como ustedes no están teniendo buena comunicación..., sólo quería ser útil...
-Enrique, por favor – empecé a decir exasperado, poniéndome de pié – las cosas entre Sonia y yo...
-¡Van como la mierda! – interrumpió Enrique - ¿o te creés que ella no me cuenta?
-¿Qué? – pregunté azorado.
Enrique me miró torciendo y meneando la cabeza con total naturalidad, en señal de omnipotente comprensión. 
-¿Pero qué cosas te cuenta Sonia? – insistí viendo que él se cruzaba de brazos y me echaba el humo casi en la cara.
-Darío, ¿vos tomabas el café con azúcar, no? – preguntó mi suegra que volvía de la cocina con una cafetera enorme.
-Pero si sabés que yo no tomo café. – le dije mirando hacia el techo.
-¡Ay, es cierto, que tonta, me había olvidado! – dijo estúpidamente – ¡Sonia, entonces traé sólo tres pocillos!
-Yo tampoco quiero café – dijo Enrique a Sonia, que entraba a la sala – me llevo una cerveza, y también me llevo a Darío al jardín, tengo que hablar algunas cosas con él.
-¿De trabajo? – preguntó Sonia
-Sí – dije yo, mirando a mi jefe – el diario me envía a la Patagonia.
-¡Ay, qué bien! – dijo mi suegra riendo como una idiota y uniendo varias veces sus palmas – ¡acordate de traer chocolates y torta galesa!
Sonia se sintió contrariada, pero al ver la mirada triunfante del padre, enseguida exclamó con agrio humor:
-Me alegro. Supongo que a los dos nos vendrá bien unos días de descanso.
-¿Descanso? – preguntó la madre.
-Sí, y no vernos por un tiempo – le contestó mientras mi suegra hacía una tonta mueca como quien no entiende mucho.
-Ya venimos. – dijo Enrique finalmente – Salgamos un momento, querido.
La frescura de la noche, contrastante con el clima asfixiante de la sala, restauró un poco mi humor. La oscuridad nos envolvió y caminamos por entre los arbustos altos que no había tenido tiempo de podar en semanas.
-Qué linda noche – susurró abriendo los brazos y respirando bajo la cálida brisa nocturna.
-A mí no me parece una linda noche.
-Escuchame una cosa, Darío...
-¡No. Escuchame vos! ¿Qué mierda querías decirme con eso de que Sonia te cuenta cosas de nosotros?
-Eh... bajá el tono de voz, querido..., no te olvides con quién estás hablando.
Tragué saliva, pero más tragué mi bronca. Ante ese hombre siempre me sentía inferior. Sus pequeños ojos castaños me miraban como sacando chispas. El resplandor nocturno acentuaba la sensualidad que solo yo sabía ver en su hermoso rostro. Hermoso sí, pero terrible a la vez. Y en ese momento sentí una clara mezcla de odio y de irresistible atracción física.
-Está bien – repuse, con contenida calma – perdoname si me pongo así, pero es que no me gusta que ella comente con vos ciertas...
-Ciertas cosas que suceden en todo matrimonio. Dejate de joder, hombre, ¿o te creés que yo nací ayer? En el matrimonio las cosas son de una manera, hay que aceptarlas y punto. Yo tengo muchos más años que vos, y no me voy a asombrar con nada a esta altura de mi vida ¿me explico?
-¿Pero ella qué te contó?
-¡Que ya no cogen más! – dijo Enrique. Lo tajante de su expresión, mientras tomaba un sorbo de su cerveza, me hizo odiarlo más, y me mordí el labio por no gritarle ahí mismo.
-Así que eso te contó...
-Es como yo te decía, querido – continuó irónico – cuando la cama no funciona...
-Pero sí funciona...
-¿Y cuándo fue la última vez que funcionó?
-Bueno...
-Querido... – dijo acercándose más a mí, en un tono más confidencial – yo no sé qué carajo les pasa a ustedes dos: son jóvenes, sin hijos, todo por delante... ¿qué problema tienen?
Entonces, apoyando una mano sobre mi hombro y fijando su vista en mis ojos de una manera que me hizo temblar, me preguntó casi en secreto:
-¿O el problema lo tenés vos?
-¿Qué?
Y él, se sentó en un extremo de la banca e hizo una seña con la botella de cerveza de que me sentara junto a él. Yo obedecí, intimidado, y a la vez presa de su seductora superioridad.
-¿Tenés problemas de verga?
-¿Qué decís?
-¿Se te para?
-¡Claro que sí!
-¿Entonces? Sonia me cuenta que ya ni la tocás, que parecería que perdiste todo interés en ella, que te es totalmente indiferente...
-No es eso, Enrique... lo que pasa...
-¿Es que ella no te gusta más?
-Yo...
-O... – y se acercó más y más a mí, pasando un brazo por encima de mi hombro y juntando su cuerpo al mío - ...o es que... ¿hay otra mujer?
-¿Otra mujer?, Enrique, no sabés lo que estás diciendo. Pero, por favor, ¿Cómo voy a tener otra mujer?
-Bueno, no sería nada extraño. Sabés que los hombres somos así – me decía cada vez más interesado y concentrado en el tema. ¿Qué estaría tramando?  De pronto veía en él esa actitud coloquial, patriarcal, y no entendía qué estaba pasando. Sin embargo algo en mí iba haciéndose cada vez más vulnerable y experimentaba algo parecido a una cierta entrega. - A los hombres nos cuesta mucho ser fieles. Es más, a veces pienso que el concepto de fidelidad es una utopía.
-¿Por qué me decís eso? ¿Acaso vos...?
-Claro... yo me he tirado alguna que otra canita al aire – me dijo en tono socarrón y extrañamente cómplice – si no... ¿cómo creés que pude aguantar tanto tiempo a mi mujer? ¿Vos entonces no...?
-¡No! – dije categóricamente – y yo no creo que haya que “aguantar” a las esposas.
-De acuerdo. Entonces, decime ¿cómo hacés, a tu edad, para soportar la abstinencia? Vamos, Darío, ¡no tenés ni treinta años!, yo a tu edad cogía cinco veces a la semana, no me vas a decir que te las arreglás pajeándote, porque no te creo...
Yo no respondía. Ese hombre estaba invadiendo mi intimidad con tanta naturalidad que yo explotaba de ira, de indignación, de impotencia... y quise abofetearlo pero permanecía pasivo ante sus palabras como un perfecto idiota. Prefería estar con él muy a pesar mío, escucharlo, ver dónde desembocaba esa suerte de charla "de hombre a hombre", porque aunque la situación me parecía una especie de parodia, sentía una excitación indescriptible y rara al lado de ese hijo de puta. Cada tanto él tomaba un sorbo de cerveza de su botella, alternándolas con pitadas a su habano.
-Ay, ay, ay – dijo suspirando vagamente - ¡Pero qué linda está la noche! - Mi suegro desabotonó lentamente su camisa. De reojo pude advertir su magnífico pecho entre las sombras de la noche. La brisa nocturna agitó sutilmente los largos pelos y él se echó hacia atrás, suspirando al sentir esa frescura sobre la piel. Metió una mano por entre la abertura y la deslizó suavemente por esa vellosidad, acariciándose despacio – No, Darío... yo no me creo que vos no cojas con nadie.
-Si ya te dije que...
-Es claro que no te gusta tu mujer, eso lo puedo entender, y lo siento mucho porque al fin y al cabo se trata de mi hija... – yo iba a responder, pero él continuó sin dejarme hablar – está bien, está bien..., yo  todo eso lo puedo entender, pero... ¿no será que a vos... no te gusta “ninguna” mujer?
Me quedé de una pieza y no pude articular palabra. Él me atrajo insistiendo con la presión de su mano sobre mi hombro:
-¿Es eso? ¿que no te gustan las mujeres acaso?
Ante mi silencio, Enrique miró hacia la casa, como asegurándose de que no hubiera nadie cerca. Yo estaba aterrado, y él continuó diciéndome, en voz más baja todavía:
-A mí me parece que es eso, ¿no? Vos sabés que desde que te conocí, siempre sospeché que vos eras “medio rarito” - yo estaba inmóvil, atónito - ¿Por qué no me contestás? - me dijo, tomándome de la barbilla y apuntando mi rostro hacia el suyo - ¿te pone nervioso que te pregunte esto? No te preocupes, esta es una charla de hombre a hombre. Esto queda entre vos y yo.
Yo sentía su aliento a cerveza mezclándose con el mío y su mano pesada y firme sobre mí. Ese hombre me repugnaba y me embriagaba de deseo a la vez. Era increíble, hablaba abiertamente sobre un tema que había sido conflictivo durante toda mi vida ¡él!, la persona más odiada y a la vez más deseada que había conocido jamás. Por fin, cobré valor y empecé a decir:
-Enrique...
-Sí, Darío, hablá, hablá. Sabés que podés hacerlo con toda confianza, querido.
-No sé que responderte..., no es un tema fácil para mí.
Enrique sonrió levemente, asintiendo con las cejas en alto:
-Lo sabía ¿Te gustan los hombres entonces? ¿Es eso?
-Yo...
-Si ves un hombre en pelotas, ¿te excitás?
-No sé...
-Y si un hombre te toca... ¿no tenés ganas de tocarlo también? – su mano seguía presionando mi hombro - ¿qué te pasa, por ejemplo, cuando ves a esos machos haciendo deportes por televisión? ¿y cuando te pajeás? ¿pensás en tipos en bolas?
-Esto es ridículo ¿Por qué me preguntás todo eso?
-Hacía mucho que quería preguntarte esas cosas.
-¿Por qué? ¿Para qué?
-Para saber si alguna vez te encamaste con algún tipo.
-¡No, nunca!
-¡Pero te gustan! ¿Los preferís jovencitos? ¿O tal vez maduros, como yo? – me decía aferrándome por los brazos, con una firmeza que me hacía vibrar entre hormigueos de toda mi piel.
-Dame la mano – me dijo, con tono firme.
-¿Para qué?
-¡Dame la mano, te digo! – repitió con más vehemencia. Yo obedecí. Él la agarró, entreabrió la tela de su camisa y me la llevó a su pecho desnudo. Yo sentí hundirme en esa pelambrera increíble y él me la restregó por sus dos pectorales -¿Qué sentís? Estás tocando a un hombre... ¿te gusta?
-Enrique, por favor... - supliqué, intentando retirar la mano que él aprisionaba fuertemente contra el bosque de sus pelos.
-¿Te gusta? – insistió. Yo respiraba angustiado. Sí, me gustaba mucho lo que tocaba pero no me animaba a decírselo. Mi suegro dejó la botella en el suelo y se quitó el habano que aún tenía en la boca dejándolo en el borde de la banca. Me miró muy serio y yo bajé la mirada. Entonces él me volvió a tomar de la pera y me obligó a mirarlo de frente. Con una voz que no le había escuchado nunca, sensual, acariciante, me volvió a interrogar:
-Te lo pregunto de nuevo: ¿te gusta, Darío?, respondeme.
Sus ojos me miraban muy fijo, implorantes. Jamás había visto en él ese tipo de miraba. Me debatí durante largos segundos. Pero él esperó y bajó su vista hasta mis labios, anhelante, queriendo escuchar una respuesta.
-Sí – le dije con voz imperceptible, después de ese silencio que había durado siglos.
-Entonces, no tenés que sentirte mal por eso, seguí  – me dijo, apartando los lados de su camisa abierta.  
-Pero... – intenté decir, mirando preocupado hacia la ventana de la sala.
-Aquí estamos solos. Ellas no vendrían nunca hasta aquí – me dijo mirándome a los ojos. Sin dejar de tomar mi mano, la condujo hasta bajar a su entrepierna. Sentí la dureza de su erección y creí morir.
-¿Y esto también te gusta?
-Sí – le contesté cada vez más agitado, pero con mayor firmeza en mi voz.
-¿Alguna vez le tocaste la pija a alguien?
-No.
-Sentí, sentí lo dura que está...
Él capturaba mi mano contra su sexo duro a través de la fina tela de su pantalón. Yo sentía todo el contorno de su miembro, su textura caliente y la blandura mullida de sus grandes bolas. ¡Qué sensación única! Mi cuerpo apenas daba señales de obedecer a mi razón. No podía dejar de temblar y apenas podía respirar, tal era la emoción alienante que me ganaba.
-Tranquilo, tranquilo... – decía mi suegro con la voz más sensual del mundo, a tiempo que miraba en dirección a la casa, vigilante en todo momento. Entonces escuché el ruido del cierre abriéndose. Inmediatamente me llevó la mano poniéndola adentro de su bragueta. Ahora sentía aún más firme y más cercana esa verga apenas cubierta bajo el calzoncillo, la tela era tan ligera que creí tocar sus genitales directamente. Enrique se desajustó el cinturón y abrió por completo su pantalón. Mi mano, que estaba inerte y con pánico de moverse, fue nuevamente guiada, esta vez hasta la abertura del calzoncillo. Primero choqué con una mata de pelos duros e impenetrables, y solo después, cuando avancé apenas, me topé con la carne firme de un tronco acostado hacia la derecha.
-Es toda tuya, sacala afuera – me indicó mientras su mano trepaba hasta mi cuello.
-No puedo, Enrique..., es una locura, me parece que no debemos hacer esto...
-¿Tenés miedo de que alguien nos vea?
-Tengo miedo de todo...
Mi suegro cavilaba rápidamente. Pero sin dejar de mirarme lascivamente. ¡Esa cara! ¡Si al menos no tuviera esa cara irresistible!, pensé. Como yo no reaccionaba, me dijo con un tono más enérgico:
-¡Levantate...!
-¿Para qué?
-Por favor, levantate – su tono era ahora casi suplicante. ¿Era el mismo Battaglia? ¿Había dicho “por favor”? Yo obedecí. Permanecí de pié frente a él. Sus manos buscaron mi pubis y lo frotaron por encima de mi pantalón. Yo estaba entregado pero también paralizado, no podía hacer nada, menos resistirme. Encontró la hebilla de mi cinturón, la jaló torpemente, desabrochó la traba y bajó la cremallera. Apartó mi ropa y ante mi abrumadora vergüenza sacó mi sexo afuera. Lo miró y luego me indagó subiendo la mirada hasta mis asombrados ojos. Mi pene estaba flácido, aunque bañado en abundante líquido preseminal. Me abochorné por no poder mostrarle de qué era capaz mi hombría, iba a pensar que sí era impotente después de todo. Miré hacia abajo y pude percibir su gran bulto reventando entre la abertura de su pantalón, mientras que mi pobre pitín seguía cada vez más arrugado.
-No tengas miedo, Darío. ¿No te das cuenta de que ya no podés tenerme miedo? ¿no te das cuenta de que a mí también me gusta esto? – decía mirando lo que sostenía en sus manos. Entonces, abrió la boca y decididamente engulló por completo mi retraído nabo. ¡No lo podía creer! ¡Enrique Battaglia chupando una pija! ¡Y era la mía!. ¿Quién lo creería? Lo tenía arrodillado a mis pies, al gran macho argentino, al mujeriego y machista número uno, ¡al engreído, insoportable, intocable e incuestionable señor Battaglia...!
-Solo un hombre sabe cómo provocar el mayor placer a otro hombre ¿te das cuenta?, no te resistas, te aseguro que los dos podemos gozar juntos – y volvió a tragarme dejándome sin respiración. Saboreó magistralmente cada centímetro de mi sexo, engullendo también cada una de mis bolas, siempre raspándome con el cepillo de su bigote enloquecedor. Pronto me abrasó el ardiente calor de su experta boca al sentir su lengua entre mi glande y mi prepucio. Solo eso bastó para que mi verga despertara inmediatamente y alcanzara su erección más glamorosa. Cuando apenas la pudo contener en su boca, Enrique se apartó, mirando el tremendo palo que le ofrecía a la vista.
-¡Carajo! ¡Y yo que pensé que eras impotente! ¡Qué buena verga, yerno! ¡Así... así me gusta! ¿Ves?, no había nada que temer, querido. ¡Dámela otra vez! – dijo abriendo bien la boca y sacando la lengua chorreante de saliva.
Por toda respuesta, avancé mi pelvis y se la metí nuevamente hasta que mis pelotas golpearon su áspera barbilla. Me enardecí y comencé a bombear mi palo entre sus labios resbalosos. Le iba a mostrar que no era impotente. ¿Así que te gusta la pija? – pensé – ¡qué descubrimiento! ¡Battaglia, hijo de mil putas, voy a hacerte pagar todas las que me hiciste! ¡comé, pero comé bien, hasta que no puedas más, la verga de tu yerno, es el gran carajo de este cero a la izquierda, que apenas podés tener en tu boca! ¡Sí! ¡Chupá, chupá hasta que te ahogues, reverendo e irresistible cabrón!
Battaglia me miraba, ajeno a cada uno de mis pensamientos, pero muy concentrado en su tarea de meter y sacar ese manjar de su boca abierta a más no poder. Desde la casa, se escuchaban los cotorreos de nuestras esposas. Él se levantó y se quedó frente a mí. Me sonrió, increíblemente seductor, mientras me desabotonaba la camisa. Seguí embelesado los pequeños movimientos de sus dedos al desnudar mi torso agitado. Al ver mi pecho, retrocedió un poco para admirarlo detenidamente. Mordió su labio inferior y pasó sus manos por toda la piel velluda de mi tórax. Tomó mis pezones y los pellizcó firmemente. Estuvo acariciándolos, rotándolos, haciendo una deliciosa presión sobre ellos. Después siguió con su boca, lamiendo y chupando con maestría mis tetillas. Era subyugante, con cada succión, mi pija daba sacudidas a modo de respuesta, largando chorritos de líquido transparente. Él tomó mis manos, y como si estuviera impartiéndoles cátedra, también las colocó sobre cada una de sus tetillas. Agarré esas puntas firmes sintiendo como se endurecían más al contacto con mis dedos. Mis pezones, al lado de los de él, eran unos simples botoncitos. Apreté, rocé, froté sus tetas, enredándome en la pelambrera que las cubría. Sus pezones se hincharon inmediatamente poniéndose duros y afilados.
-Darío, ¡cómo me pusiste! ¡estoy durísimo! ¿querés ver...? – y se bajó rápidamente el pantalón y el calzoncillo. Cuando descendí mi vista, ya su enorme verga estaba pendulando en el aire, completamente libre de todo ropaje. ¡La verga de mi suegro! ¡Por fin la conocía!


-¿No querés tocarla? – me dijo suavemente, y guiando mis manos hacia su pubis, me invitó a agarrar su sexo. Choqué mis torpes manos con esa dureza deliciosa, e impresionado por el contacto, me aferré por primera vez a una verga, ¡y qué verga!, como si mi vida dependiese de eso.
En ese momento la noche hizo su prodigio. Como en un encantamiento,  las nubes se apartaron y la luna clara y refulgente irrumpió blanquísima en el cielo, irradiando una luz casi sobrenatural. Descorrí la piel del sexo de mi suegro y el glande brilló con ese resplandor mágico. Era un miembro portentoso lleno de venas y rugosidades. Bajo la base, colgaban dos bolas muy pesadas, se me antojaba que por el mismo peso la piel del escroto se había alargado extremadamente y que por eso se balanceaban ahora vertiginosamente.
Entonces Enrique me tomó de la nuca, muy cuidadosamente, y empezó a atraerme hacia su monumento. Mis labios se abrieron casi intuitivamente. En mi boca sentía como la saliva se me hacía más abundante. Cada vez más cerca, pude sentir su calor en mi rostro, y de pronto... ¡ah!, metí ese sabroso fruto rojo en mi boca. Su sabor era raro, nunca había probado cosa semejante. Abrí más la boca..., el bocado que tenía que tragar lo ameritaba. Media verga... tres cuartos... ¡toda entera!, y enseguida sentí el cosquilleo de los abundantes pelos púbicos de mi suegro en mi nariz.
No sé cuánto tiempo habré estado comiéndome su duro mástil, perdí toda noción del tiempo... y casi del espacio, si no hubiera sido por alguna que otra risotada de mi suegra, desde la casa.
-Sí... sí... así, ¡cómo te gusta tragarla toda, cabroncito! ¿cuántos años estuviste deseando hacer esto? ¿No era lo que querías, después de todo? – me decía Enrique, en medio de movimientos pélvicos y acariciando con las manos sus propios pezones. El muy hijo de puta sabía que tenía razón en todo lo que decía. Después de todo, me conocía más de lo que yo pensaba - No te preocupes, querido, yo también me moría por hacerlo.
Mientras chupaba, lamía y succionaba semejante aparato, mis manos lo sujetaban por el velludo culo. Cada tanto iba acercando mis dedos hasta que finalmente empecé a metérselos bien dentro de las dos nalgas. ¡Qué hospitalario era su cálido surco! Uno de mis dedos tocó su ano... y él lanzó un suspiro contenido. Acerqué otro y volví a recibir su violenta exhalación y su arqueo. Entonces tomé coraje y abriéndole bien los glúteos, dirigí allí varios dedos que empezaron a horadarlo sin piedad. Mi suegro estaba loco de placer, y yo lo abría más y más, sin dejar de saborear su erección.
-Vení – me dijo de pronto, tomándome de la mano. Lo seguí y nos metimos en la zona más oscura y apartada del jardín, justo entre los arbustos más tupidos. Allí se desnudó por completo ante mi asombro temeroso. Se dio vuelta, y abriendo su culo formidable me dijo:
-¡Quiero que me cojas!
-¿Qué?
-No tengas miedo, querido.
Ahora, la palabra "querido" sonaba de una manera muy distinta. Su tono de voz ya había cambiado por completo. Era más dulce, era más tierno, y ¡por Dios!, era infinitamente más masculino.
-¿Estás seguro?
-Sí.
No podía creer lo que me estaba pidiendo. Más que pedir, me lo estaba exigiendo, como era su costumbre con todo..., y por un momento me quedé inmóvil sin poder reaccionar.
-¿Qué esperás? ¡Vamos, Darío, meteme esa verga enorme que tenés..., haceme gozar como un hombre, carajo...! – insistió abriendo bien los muslos y entregándome su retaguardia.
Entonces me agaché frente a su trasero que apenas podía vislumbrar y le separé desmesuradamente los firmes gajos para alojar ahí mi cara. Empecé a chupar como poseído. Mi suegro se contoneaba involuntariamente presa del placer más intenso. Era evidente que mi boca lo ponía como loco. Mi lengua exploró su peludo y caliente ano. Lo tenía muy abierto y dilatado, un culo pleno de experiencia, era innegable que le había dado mucho uso a esa parte de su cuerpo. Cuando sentí que estuvo bien lubricado, me levanté y puse mi verga entre sus nalgas. Él mismo se fue ensartando en mi miembro que rápidamente desapareció en su interior. ¡Qué delicia!, sentí el calor de su interior y su abertura adaptándose al tamaño de mi pene que a esa altura había crecido hasta su punto máximo. Mi suegro lanzaba gritos contenidos:
-Ah... sí, sí... ¡qué bien que cogés, querido! ¡qué verga, macho! ¡dámela toda, la quiero hasta el fondo... así, así...! – exclamaba con voz ronca. Yo ardía. Me movía frenéticamente entrando y saliendo de su culo y sujetándolo por las tetas, a las que ya intuía totalmente coloradas. Sí, estaba cogiendo al señor Battaglia. Estaba penetrando al cabrón de mi jefe. ¡Ah!, pensé, si me viera ahora el boludito de Domínguez, quien más de una vez bajó la vista ante sus gritos; o Iriarte, sumiso y atemorizado siempre ante su escritorio..., o todo el personal de redacción, tantas veces paralizado bajo sus autoritarias miradas. Ahí estaba Battaglia, gozando inconscientemente con mi verga metida hasta las bolas adentro de su ojete. A mi merced. Totalmente mío, entregado a mí, suplicante de placer. ¡Sí, cabrón, sí, hijo de puta, gozá, sentí como te pongo a mil..., y no te olvides nunca de quién te está haciendo sentir así!, pensé.


Entonces la luna se ocultó nuevamente y quedamos en una penumbra casi absoluta. Fue en ese momento que sentí que mi jefe iba a gozar su punto máximo. Estiré mi mano y alcancé la gran verga que colgaba rígida entre sus piernas abiertas. Lo empecé a masturbar con el mismo ritmo con el que sacudía mi pelvis para penetrarlo. Su agitación fue acelerándose más y más, mientras sus gemidos subieron en volumen y densidad. Instintivamente miré hacia la casa. Ningún peligro. Las dos mujeres estaban allí, ajenas a todo lo que sucedía entre nosotros.
-¡Acabo, acabo...! – dijo con contendida exaltación, mientras mi mano recibía grandes cantidades de su caliente esperma. El calor de su líquido me puso aún más excitado y empecé a sentir esa deliciosa punción tan característica en toda la zona púbica, sí, estaba a punto de eyacular. Mi suegro, que aún no había terminado de lanzar su espeso jugo, se zafó de mi invasión y giró rápidamente para arrodillarse ante mi falo. Entonces tomándolo con las dos manos me hizo una paja maravillosa mientras posaba la punta de mi verga entre sus labios abiertos. En esa posición, e intuyendo su cara extasiada, tuve uno de los orgasmos más espléndidos del que tuviera memoria. Todo mi semen fue a parar a su angurrienta boca. Me apoyé en sus hombros, evitando así caer al suelo, sintiendo cómo se me doblaban las rodillas a causa de tanto placer. Enrique me sostuvo firmemente por mis muslos, con sus manazas fuertes y calientes. Me abandoné al más categórico goce, y derramé mi ofrenda viril en el interior de su boca ávida. Luego su lengua fue limpiándome todos los restos de líquido, y repasó prolijamente todo mi glande, los pelos de mi pubis, mis pelotas y la parte interna de mis muslos.
Caímos de rodillas al piso. No pudimos evitar abrazarnos. Y, al mirarnos sentimos nuevamente una atracción muy fuerte. Tal vez por sentirnos amparados entre las sombras reinantes, nos animamos a acercar nuestras bocas. Entonces sucedió. Nos dimos un beso largo y apasionado. Lo sujeté por la cabeza, acariciando su nuca y alcancé sus mejillas hasta transitar cuello, espalda y cintura. Su rostro se alojó en mi pecho y pude sentir el roce de su bigote una vez más entre mis agitados pectorales. Me dio pequeños besos ahí, llenos de indecible ternura.
-Señor Battaglia... – me animé a decir, sorprendido de que el hombre que yo conocía se permitiera esas dulzuras.
-¿Qué pasa? - me dijo levantando la mirada y sonriéndome desde allí.
-No sé... es que no parecés el mismo señor Battaglia que conozco.  
-¿Podrías decir con seguridad que me conocés realmente, Darío?
-Ahora no estoy seguro.
No dijo nada, pero me sonrió con un gesto al que no hizo falta ponerle palabras.
-Creo que es momento de volver a la casa - me dijo, tomando su ropa.
-Sí, Volvamos.
Nos vestimos cuidadosamente y tratamos de serenarnos. Cuando regresábamos por donde habíamos venido, Enrique me sujetó deteniéndome de pronto por el brazo. Me miró profundamente y lo vi abrir la  boca. Nuevamente nos besamos y nos fundimos en un fuerte abrazo, lejos de cualquier mirada. Yo estaba atónito, sintiendo muchas cosas dentro de mí, e intuyendo una cierta peligrosidad: la de haberme enamorado de mi propio suegro. ¿Entonces... ya no lo odiaba después de todo?
Por fin volvimos a entrar a la sala. Mi suegra, que estaba comiendo su enésima porción de tiramisú, nos vio llegar:
-¿Ya hablaron todo lo que tenían que hablar? Santo Dios, los hombres nunca pueden dejar el trabajo en la oficina...
-Pero, mujer, apenas fueron unos minutos. – le dijo, lanzándome una oculta mirada en un gesto adorable.
-¿Unos minutos? ¡Casi una hora! ¿Se puede saber de qué hablaron? – quiso saber mi esposa. Yo empecé a balbucear:
-No queremos aburrirlas con eso, pero bueno..., hablamos del viaje..., de mi nota..., de...
-De que pensé viajar con Darío esta vez – continuó mi suegro.
-¿Qué? – se asombró Sonia, sabiendo lo incompatibles que éramos Enrique y yo. Miré a mi suegro con los ojos como platos.
-Todavía no está decidido, pero si él quiere, me gustaría acompañarlo y colaborar en la nota.
Miré a mi suegro que decía todo esto mientras se ponía su saco, impávido.
-¿Si él quiere, dijiste? Qué raro..., vos nunca consultás a nadie para hacer algo, y menos con las cosas del diario: lo hacés y punto – dijo Sonia, extrañada.
-¡Tenés razón! – repuso más firme Enrique. y frunciendo el seño elevó la voz: - ¡Voy con vos a la Patagonia, Darío, y no se hable más! ¡Listo! ¿Vamos, querida?
-Sí, cariño – contestó mi suegra tomando su bolso – Llamame, Sonia, ¿sí?
-Sí, mamá. Hasta pronto, papá – saludó Sonia, levantando de la mesa las tacitas de café.
Mi suegro se acercó a mí, mirándome con toda la complicidad a flor de ojos.  Por lo bajo me susurró:
-¿Entonces... te parece bien si...?
Sonreí, asintiendo levemente. Mi suegro cambió la expresión de su cara con una sonrisa plena. Todo estaba dicho entre nosotros. De pronto, se repuso, volvió a su ceño adusto, tomó del brazo a su mujer y dijo desde el umbral:
-Bien. Dispondré todo para salir este viernes en el vuelo de las ocho treinta. Te espero en el aeropuerto.
Volví a asentir, conteniendo esta vez la sonrisa que se me quería salir en una carcajada. El señor Battaglia se volvió una vez más y afirmó, con un dedo en alto:
-Y no llegues tarde.


Franco

lunes, 29 de mayo de 2017

Hágalo usted mismo II

Galería de fotos caseras. Uffff...!