sábado, 28 de septiembre de 2019

El cuentito de fin de mes



- No le cuentes a tu madre -


Mi vida cambió cuando mamá se casó con Emilio, a tres años de la muerte de papá.
Odié a ese hombre desde que lo conocí. Ella estaba obnubilada con él. Nunca pude saber si era verdadero amor lo que sentía porque para mí aquella era una relación inexplicable. Lo cierto es que ella no tenía ojos más que para Emilio. Cuando cumplí diecinueve años de edad ya llevábamos cuatro conviviendo los tres bajo el mismo techo. Emilio era un hombre temperamental casi hasta la violencia. Tenía cuarenta y cinco años y era menor que mamá, algo que yo hallaba inexplicable y que me sacaba de quicio. Su aspecto era desaliñado, de contextura corpulenta, alto, de músculos definidos, y siempre lucía la cara sin rasurar. La barba cerrada le sombreaba la mitad del rostro y le otorgaba un aspecto temible. Era habitual verlo vestido con una camiseta musculosa blanca, haciendo ostentación de su transpiración casi constante que mojaba la tela y transparentaba toda esa maraña de pelos que tenía en el pecho. Los puntiagudos pezones se le marcaban siempre y como no era de cambiar su atuendo muy seguido, a veces esas prominencias se sombreaban con una mugre particular que hacía juego con sus otras innumerables manchas de incierta naturaleza. De rasgos duros, viriles, casi de boxeador, era la imagen misma del macho desinhibido, prepotente y desarreglado. Virgen de educación y dueño orgulloso de modales toscos, el único trabajo que había hecho en toda su vida era el de repartidor mayorista de embutidos. Salía por la mañana con su camioneta a hacer las entregas, y volvía a media tarde a casa.
La vida era muy rutinaria. No éramos lo que se dice una familia feliz, y mamá se esforzaba cada día para que eso no se notara, fingiendo muchas veces que todo estaba bien, minimizando todo conflicto y haciéndome constantes reproches por la mala relación que yo tenía con mi padrastro:
-Pero Tonio, ¿cómo le contestás así a tu padre...? él trabaja todo el día, viene cansado, y...
-¿Tu padre, decís? Mamá, ya te dije mil veces que Emilio no es mi padre.
-Pero siempre están discutiendo. Un poco de esfuerzo de tu parte no estaría de más.
-¿Y de su parte... qué?
-Tonio, él es un buen hombre.
-Un buen hombre, sí, claro, que te maltrata todo el tiempo y que, estoy seguro, un día de estos no dudará en levantarte la mano, y entonces...
-¡Antonio, te prohíbo que hables así de Emilio, él jamás me maltrata!
-Está bien, me callo, sé que cuando vos me decís “Antonio”, es porque no querés entrar en razones, pero después no me vengas con que no te avisé. Mamá, te lo digo de nuevo: él no es mi padre, y ni siquiera por darte el gusto podría decirle "papá" algún día. Eso nunca.
-Basta. Yo no te eduqué como te eduqué para que me hablaras en ese tono.
-¿Cómo creés que me siento diciéndote estas cosas? Lo siento, pero digo lo que siento. Nunca tendré afecto por ese hombre.
-Podés decir lo que quieras. Ya veremos cómo termina esta historia, y quién de los dos tenía razón.
-Es eso lo que querés en realidad. Tener razón. Pero tu razón es ficticia, despertá, mamá, despertá de una vez.
-No soy yo quien tiene que despertar. Algún día comprenderás que Emilio sólo quiere ser un padre para vos.
Quedé atónito al escucharle decir esto, sacudí la cabeza y huí de allí. Mi madre alzaba los brazos y se encomendaba a los santos siempre que yo me encerraba en mi cuarto. Desde allí, yo escuchaba la llegada de mi padrastro. Y tenía que volver a oír, una y otra vez, la misma retahíla de siempre: ¿Y el vago de tu hijo? ¿Otra vez metido en su cuarto? ¿Cuándo va a ir a trabajar? ¿Pero se puede saber qué hace ahí metido todo el día?
Lo cierto es que mi cuarto era no sólo un refugio sino una suerte de fortín donde me acuartelaba. Emilio, por alguna extraña razón, jamás franqueaba mi puerta. Desde allí escuchaba las justificaciones tímidas de mamá para no despertar la cólera de ese hombre tan imprevisible. Él, sobre todo cuando mamá no estaba, me hablaba siempre a los gritos y hasta con empujones para hacerse entender. Se creía con derecho a tratarme como su esclavo, es así que yo iba a comprarle su cerveza, cigarrillos, lavaba su camioneta, y todo lo que se le viniera en ganas, aduciendo que yo era un vago que no hacía nada en todo el día.
Ya había terminado el colegio secundario, pero aún tenía materias pendientes, y hacía todo lo posible para seguir estudiando y poder entrar a la universidad. Mi padrastro, obviamente, se oponía a eso, pues no quería saber nada de que yo estudiase, y aprovechaba cualquier oportunidad para explotarme como mano de obra gratuita en algunos de sus negocios.
La verdad es que yo le tenía miedo. Quizás por eso lo detestaba tanto. A la vez no podía imponerme en rebeldía frente a él. Su apariencia osuna, de hombre compacto y fuerte, siempre me amedrentaba y me inhibía. Tenía miedo de que algún día llegara a ser víctima de su fuerza bruta, y por eso yo soportaba estoicamente cada una de sus humillaciones. Llegué a pensar que su maltrato era una forma de provocarme, como si quisiera probar hasta dónde era yo capaz de soportarlo sin rebelarme. Detestaba mi resignada obediencia, decía que no tenía sangre en la venas, que no era hombre. A la noche, cuando me quedaba solo, lo maldecía con todas mis fuerzas, jurando y perjurando que un día daría cuenta de él. Soñaba con el momento en que, sacando valentía de quién sabe dónde, le daría su merecido..., me vengaría de todo..., lo lastimaría como fuere. Después, cuando estaba frente a él..., todo eso se esfumaba, y yo quedaba como paralizado ante su fiera mirada. Me odiaba a mí mismo por eso.
Mamá no escuchaba mis tácitos pedidos de auxilio, es decir, no quería escuchar. Cada vez que yo intentaba hablar sobre Emilio, ella ponía un muro entre nosotros. Pero, curiosamente, ella no era una mujer doblegada por los maltratos de su marido. Era extraño, pero aquella bestia tenía por mi madre un respeto excepcional. Jamás le levantaba la voz.
Un día mi madre me despertó más temprano que de costumbre. Entró a mi cuarto y me sacudió levemente por los hombros.
-Tonio, levantate, que tenés que ir con tu padre en la camioneta y ayudarle con una entrega.
-¿Qué? ¿A estas horas?
-Sí, hijo, apurate, que tienen que salir de viaje.
-¿De viaje? ¿Pero en dónde es la entrega?
-Córdoba.
¿Córdoba? Todo un día de viaje, ¡o más!, a juzgar por el estado calamitoso de la camioneta de mi padrastro. De nada sirvieron los motivos que aduje para no ir, hasta discutí largo rato con mi madre, pero nada. Incluso intuí una cierta felicidad cuando me hablaba, pues seguramente estaba convencida de que ese viaje, en el que Emilio y yo estaríamos tanto tiempo a solas, serviría para lograr un entendimiento mejor entre nosotros. Pobre ilusa, pensé, ella seguía armándose la película en su mente.
Me levanté maldiciendo, me di una ducha rápida y quise desayunar, pero enseguida apareció mi padrastro.
-¿Estás listo? Ya cargué toda la mercadería en la camioneta. Yo solo, como de costumbre.
-No, no estoy listo, aún no desayuné.
-No hay tiempo, lo siento, en todo caso después paramos en la ruta – me dijo con un tono seco y despectivo.
Mamá me despidió con un beso. Apenas pude darle un abrazo, pues Emilio me llamaba a gritos desde la camioneta y tuve que salir corriendo. Emprendimos el viaje. Mi padrastro estaba serio, fijaba su vista en el camino y llevaba con él su constante malhumor. También cada tanto me propinaba algún sermón, siempre humillante, siempre haciéndome sentir como un inútil. Yo hacía oídos sordos, era lo único que podía hacer para preservar mi entereza. Lo detestaba tanto que me costaba dirigirle la mirada. Su aspecto era el de siempre. Llevaba puesta su perenne camiseta, y sobre ella una camisa deslucida y abierta. Por encima del redondo y estirado escote, sus grasosos pelacos asomaban abundantes e insolentes. Pantalones vaqueros, de un color incierto, y sus viejos borceguíes. Le gustaba llevar un mondadientes en la boca, paseándolo infinitamente de lado a lado. Ese detalle, infaltable, terminaba por repugnarme. Apenas podía soportar su presencia, y menos escuchar su voz ronca y grave. Volteé la cabeza y me dediqué a mirar todo el tiempo por la ventanilla. En Córdoba él tenía que hacer dos importantes entregas y no sé qué negocios. Había preferido ir conmigo. ¡Seguro! No era porque le encantara mi presencia sino porque a mí no me tenía que pagar como a sus peones. No podía dar crédito a mi propia situación. Allí estaba con ese energúmeno, forzado a servirlo en todo el viaje ¿podía acontecerme algo peor?
Nuestra primera parada fue al mediodía. Tenía mucha hambre, después de todo había salido de casa sin desayunar, pero claro, esto ni siquiera le había preocupado a mi padrastro. Estacionó la camioneta en una estación de servicio con un pequeño restaurante de mala muerte. Sin hablarme en ningún momento nos sentamos en una mesa y pedimos algo para comer. Después de estar largo tiempo en silencio, se calzó un nuevo mondadientes en la boca y me dijo de mala manera:
-¿No sabés hablar? Hasta un perro es mejor como compañía de viaje.
Lo miré. Casi murmurando, le dije:
-Te manchaste la camiseta.
Emilio se miró el pecho y maldijo. Tenía una mancha de salsa justo en medio de la camiseta. Enseguida se levantó y fue hasta el baño para limpiarla con agua. Al rato volvió con toda la prenda empapada y la mancha casi intacta.
-Carajo..., y no traje otra de repuesto. ¿Quedó mejor?
Yo estaba un poco sorprendido por ese extraño interés que de pronto demostraba por verse bien. Es que ese hombre tenía esas contradicciones.
-Sí, está un poco mejor.
-En la camioneta hay jabón, después en algún lugar me la lavás bien.
-Está bien.
-Tengo que negociar cosas con un nuevo cliente y quiero estar presentable.
¡Presentable!, pensé casi riéndome. Era cómico.
-Si tenés que estar presentable, tendrías que afeitarte un poco.
-¿Te parece? – dijo sin mirarme, con la boca llena, mientras migas de pan se escapaban de ella.
Lo miré detenidamente. Su imagen era tan calamitosa que hasta me dio pena. Sin embargo llegué a pensar que con un buen baño, una afeitada y un corte de pelo, hasta podría llegar a ser buen mozo. Físico y porte no le faltaban. Pero al fijarme en él nuevamente me reí para mis adentros, pensando que estaba loco al pensar una cosa semejante. De la camiseta mojada, emergían dos grandes tetas velludas que se transparentaban dejando ver los oscuros pezones. Su pecho era enorme, ancho y abultado. El vello se acentuaba en la parte central y hacia arriba, casi juntándose en el cuello con su barba crecida. Los pelos se le pegaban a la tela empapada acentuando su desaliñe, como si estuviera sudado. Sus brazos musculosos y también muy velludos, eran largos y se movían toscamente. Pero a pesar de todo, tenía rasgos muy delineados. Sí, había que hacer un verdadero esfuerzo para notar eso, pero allí, como una materia prima que tiene su nobleza y que alguna vez había provocado la atracción de mi madre, podía intuirse un rostro bien proporcionado. Tal vez por andar siempre con esos palillos entre los dientes, ostentaba una dentadura perfecta. Sus cejas eran espesas y se unían encima de su nariz aguileña. Ojos claros, grandes. Siempre había buscado algún rasgo de dulzura en ellos, pero eran duros y fríos a pesar de su hermosura.
Cuando retomamos el viaje, hicimos unos cuantos kilómetros pero enseguida la camioneta empezó a andar mal. Emilio se detuvo y paró en la banquina. El automóvil echaba humo por todos lados. Yo temblaba. Con ese inesperado desperfecto no quería imaginar la furia que montaría mi padrastro. Estuvo horas intentando arreglar el desperfecto mientras me elegía como blanco de todas sus maldiciones y palabrotas. Así pasó el día, estábamos en medio del campo y pronto la noche nos cubrió. Por fin, un viejo Chevrolet de auxilio que pasaba de casualidad se detuvo a nuestras señas. Era de un taller cercano. El mecánico, de mala gana, arregló el desperfecto en una media hora. Mi padrastro le pagó el servicio y retomamos el camino. Pero ya era noche cerrada y habíamos perdido todo el día. Además a Emilio, después de todo lo que había lidiado y maldecido, se lo veía agotado. A lo lejos se perfilaban unas luces que se fueron acercando y mi padrastro me balbuceó entre dientes:
-Aquello debe ser una estación de servicio. Será mejor que paremos para descansar, estoy molido.
Cuando aparcó la camioneta, nos dimos cuenta de que no estábamos en una estación de servicio, sino en un motel. El lugar estaba descuidado. Más allá de un cartel que decía "Habitaciones disponibles", se veía una construcción alargada con alineadas puertas y ventanas mal iluminadas.
-Es un hotel- dijo con un tono de alivio.
-Sí, parece el hotel de Norman Bates.
-¿Norma qué…? ¿Quién carajo es esa Norma?
-Nada, no me hagas caso.
Se encogió de hombros y escupió el mondadientes por la ventanilla. Cuando entramos a la oficina un tipo barbado de mediana edad salió a nuestro encuentro.
Emilio lo miró sin saludar.
-¿Tiene una habitación disponible?
-Sí, pero mire que todas las habitaciones son con cama matrimonial. ¿Le doy dos?
Yo iba a responder que sí, cuando Emilio, enseguida se apresuró a contestar:
-No tengo dinero para dos habitaciones. Dormiremos los dos en la misma cama si no queda otra. -Claro, entiendo - balbuceó el hombre, con una media sonrisa.
-Es mi hijo - se apresuró a aclarar Emilio.
-Ah. ¿Una habitación, entonces?
-Una habitación.
-Como desee.
Pensé que iba a caer muerto en ese mismo instante. ¡Pasar la noche en la misma cama con ese pedazo de animal! Era demasiado.
El encargado nos guió hasta la última puerta del edificio. Al quedar solos en la habitación, tuve ganas de llorar. Mi padrastro se estiró, se sentó en la cama probando su blandura (que era demasiada) y encendió la televisión. Emilio se quitó la camisa y luego la camiseta.
-Tomá, Tonio, lavame la camiseta. Quitale todas las manchas con cuidado y colgala en la ventana, con el viento que hay mañana va a estar seca.
Yo moví la cabeza en señal de asentimiento. Él miraba atentamente la pantalla, no pudo ver mi cara de repulsión al tomar la camiseta sudada y sucia. Yo fui al baño y cumplí sus órdenes. Cuando volví a la habitación vi a Emilio recostado en la cama. Se había quitado el pantalón y solo estaba vestido con un slip que alguna vez había sido blanco. No atiné a moverme. No había otro sitio para sentarse en la habitación que la cama donde él estaba.
-Vení.
-¿Qué?
-¿Me tenés miedo?
-¿Miedo? No.
-Sí, me tenés. No seas estúpido, vení, sentate.
-Estoy bien así.
-Dije que vengas.
Por primera vez temí que iba a suceder algo que me asustaba mucho. El miedo empezó a invadirme como si me estuviera poseyendo un espíritu maligno. Sin mirarlo, me acerqué a la cama y me senté a su lado, intentando concentrarme en el programa de televisión.
-Lo siento, Tonio, pero ya ves, vamos a tener que compartir la cama – me dijo con ironía.
Nos quedamos en silencio mirando la pantalla y después de un rato agregó:
-Supongo que al señor no le molesta, ¿no?
-No. – mentí.
-Si querés comer, ahí  quedó algo de la vianda que nos preparó tu madre.
-No tengo hambre.
-Bueno, entonces acostate. Mañana nos tenemos que levantar temprano. Yo tampoco tengo hambre. Esa mierda de camioneta me quitó el apetito, carajo.
Al ver que yo me quedaba con la mirada en el piso, me dijo:
-¿Seguro que no vas a comer nada?
-No, Emilio.
-"Emilio"... – repitió con voz burlona – ¿Sabés que tu mamá quiere que me digas papá, no?.
-Sí.
-Bueno, mirá..., hacé lo que quieras..., pero la pobre piensa que en este viaje nosotros íbamos a congeniar. Eso me pidió. Un poco de esfuerzo de tu parte, al menos, no estaría de más.
Estaba harto de ese versito. Mi madre me pedía un poco de esfuerzo de mi parte, ahora Emilio me pedía también un poco de esfuerzo de mi parte..., y así podían estar semana tras semana. Me preguntaba ¿cuándo ellos dos harían algún esfuerzo de su parte por mí?
No dije nada. Tenía, como yo, los ojos fijos en la televisión. Al rato murmuró, sin mirarme:
-No sé ni para qué te digo todas estas cosas. Es evidente que nunca pondrás nada de tu voluntad para mejorar las cosas entre nosotros. Ni siquiera entendés que vos sos como un hijo propio para mí, ¿acaso no te das cuenta de eso?
Yo escuchaba, aterrado, sin poder dar crédito a sus palabras.
-Pero vos, claro, te quedás callado, mudo... ¿Así como voy a saber lo que estás pensado?
Silencio.
Emilio se estiró en la cama y puso sus brazos por debajo de la cabeza. Yo podía oler su sudor. Cuando vinieron los comerciales, Emilio dijo con voz más fuerte:
-Me quedé pensando en lo que dijiste, eso de que tenía que estar presentable para la entrevista con mi cliente. Creo que mañana me voy a afeitar.
Yo había ido hasta la cómoda, donde empecé a sacarme la ropa.
-¿Venís a la cama?
-Sí- dije, cerrando los ojos y respirando hondo.
Mientras me desvestía, lo miré de reojo. Había dejado de ver televisión y ahora me miraba fijamente. Yo me avergoncé e hice todo lo posible por acelerar mis movimientos. Quedé sólo cubierto con mi slip.
-Desde que fuimos a veranear hace dos años no te veía en bolas. ¡Mirá como creciste! Estás hecho todo un hombre. ¿Desde cuando tenés tantos pelos?
Yo no tenía tantos pelos, pero sí me estaban creciendo entre mis tetillas, en el medio del pecho y en mi ombligo, ahí mucho más que en otros sitios.
-¿Ves lo que te digo? Si con esas patas peludas, es como si fueras un hijo mío... - me dijo.
Emilio estaba intentando ser amable. Lo conocía lo suficiente como para saber que eso era así. Yo temblaba, pues esas señales de amabilidad nunca presagiaban buenas cosas, me sentí tenso y nervioso, mientras él seguía mirándome descaradamente.
-Vení, acercate, así te puedo ver a la luz.
Yo fui hasta la cama, y enseguida quise meterme dentro de las sábanas para terminar con esa tortura.
-¡Momentito! – me dijo, con una irónica sonrisa – dijimos que tengo que "estar presentable" para la entrevista con mi cliente, así que me vas a ayudar. En el bolso hay unas tijeras – e indicándome sus manos prosiguió – cortame las uñas, que a mí me dan mucho trabajo.
Yo obedecí maldiciendo internamente. Corté las largas y mugrosas uñas de sus manos, intentando ocultar mi repugnancia. Cuando terminé, amagué a dejar la tijera sobre la mesita.
-No tan rápido. Ya que estás, seguí con las uñas de los pies.
Sentí náuseas solo de pensar en tocar sus pies olorosos.
Emilio se quitó las medias y se puso cómodo, siempre con las manos detrás de su cabeza. Mientras yo me acomodaba a sus pies él retomó la atención sobre la pantalla de televisión. Me puso un pié sobre el muslo y yo comencé por el meñique. Su larga pierna pesaba mucho. Los pies estaban sucios y cada tanto me venían arcadas que tenía que contener con mucho trabajo. Así iba pasando de dedo en dedo. Emilio se había relajado y había abierto extremadamente sus piernas. Sentí una morbosa curiosidad, casi ajena a mi voluntad, y no pude evitar dirigir mi vista hacia sus pesadas y velludas piernas. Aprovechando que él no se daba cuenta, me fijé con avidez en su entrepierna. El slip a duras penas podía contener su enorme carga. Un bulto enorme se marcaba ahí, era una montaña que se elevaba por entre sus muslos abiertos. Al separar las piernas, por entre las aberturas de la prenda surgía una brevísima parte de sus testículos. Podía distinguir también su miembro, ladeado a un costado. La anchura de su órgano me impresionó. Sendas ingles estaban cubiertas de oscuros pelos, gruesos como alambre. Eran la continuación hirsuta de los vellos que tapizaban sus abultados muslos. La piel más suave de sus tremendas pelotas también estaban tapizadas de vello, incontenibles dentro del calzoncillo.
Sí, esa visión me dejó perplejo. Sentía una gran repulsión por ese individuo, sin embargo, lo que veía me era irresistiblemente atractivo. Cuando terminé con su pié, enseguida me dio el otro, diciéndome:
-Muy bien, muy bien, mi hijito, así. ¿están muy largas?
-Bastante.
-Bueno, concentrate, no vaya a ser que me cortes un dedo...
Yo seguí la tarea, pero apenas me podía concentrar en ella tal era la vista que me ofrecía aquel urso. Subí más mi vista, disimuladamente para que él no se diera cuenta. Debajo de sus brazos estirados sobresalía la oscuridad de las axilas. Había visto esos matorrales otras veces. El vello se separaba en dos partes, un mechón hacia arriba y otro hacia abajo, y en el medio, un valle angostito de piel blanca que los separaba. Siempre había tenido de oportunidad de ver su torso desnudo, pero de pronto, por primera vez me llamaba mucho la atención. Sus dos pectorales eran como tetas de mujer, amplias, redondas, carnosas. Los pezones eran generosos, nada en ese hombre era sobrio y delicado, tenía la sensación de que todo se presentaba en él de una manera grosera y contundente. Todo era grande en él, y yo a su lado me sentía como un pequeño enanito. Esas tetillas oscuras y bien redondas, estaban coronadas por dos prominencias que medirían como dos centímetros de longitud, sobresaliendo por encima del vello espeso que los rodeaba.
Tan absorto estaba en esa imagen, que sin querer, el filo de las tijeras se desplazó a su piel incontroladamente y rocé un dedo con el filo. Esto lo enfureció y gritando con su horrible vozarrón puso su enorme pié en medio de mi pecho y me empujó violentamente, insultándome y profiriendo palabrotas. El empujón, impulsivo e inesperado, fue tan fuerte que caí de espaldas estrellándome contra el piso.
-¡Imbécil! ¿Ves que no servís para nada? ¡Pendejo de mierda! ¡Pedazo de inútil!
Se levantó rápidamente de la cama y fue hasta el baño. Allí desapareció dando un portazo, mientras yo escuchaba desde el suelo sus puteadas a viva voz. Le había provocado un leve rasguño, pero lo suficientemente doloroso como para provocar una temible tormenta. Me incorporé un poco y me quedé sentado a un lado de la cama, en el piso todavía. Un rato largo pasó. Ya no escuchaba su voz. Y de pronto sentí el ruido del agua de la ducha. Se estaba bañando y eso siempre le tomaba horas. Así que decidí que era el momento propicio para meterme en la cama y dormir, rezando para que ese hombre no me hiciera daño al regresar. Al cabo de una media hora oí abrirse la puerta. Con un ojo entrecerrado vi a mi padrastro salir del baño. Llevaba una toalla enrollada en la cintura. Permaneció allí un tiempo, como observando la escena. Yo me hice el dormido, temblando por dentro y rogando que Emilio se metiera en la cama, se durmiera y me dejara tranquilo. La televisión y el velador todavía estaban encendidos. Emilio apagó el televisor y vino hasta la cama. Sentí como se apoyaba en la orilla y abría las cobijas. Yo estaba de espaldas a él, apenas respiraba paralizado de miedo. Y de repente escuché su voz. Estaba aplacada y casi era un susurro.


-Antonio...
No respondí.
-Tonio..., Tonito...
Su voz sonaba ahora como un cantito para despertar bebés, cosa que en su timbre ronco sonaba ridículo. Pero era evidente que se había serenado. Yo seguía temblando.
-Tonio..., ¿dormís?
Emilio estaba cada vez más cerca de mí.
-Antonio - insistió - yo... eh... yo... no quería hacerte mal, ¿sabés?, es que a veces me pongo un poco nervioso, pero..., no era mi intención tirarte al piso.
Yo cerré los ojos, apretándolos de puro pánico. Entonces él continuó diciéndome:
-Tonio. ¿No te lastimé? no, ¿verdad?
Y posó una de sus toscas manos en mi hombro, sobre la liviana tela del cubrecama.
-Eh, muchacho, no es para tanto ¿no?
Seguí sin moverme y sin responder.
-Pero si estás temblando..., te estoy hablando..., ¿no me escuchás?
Por temor a que se enfureciera me volví hacia él. Me sorprendió lo que vi. La expresión de su cara había cambiado. Su mirada era intensa, rara. Pero a pesar de que estaba muy calmo, como nunca antes lo había visto, sus ojos tenían aún esa violencia tan propia de él.
-¿Por qué temblás así?
-¿Eh?
-Hijo, no te voy a hacer nada – me decía con un tono inquieto en su voz. Podía sentir su respiración agitada, enrarecida por una extraña contención. Temí lo peor. Presagié lo que podría acontecer después de esas palaras aparentemente conciliadoras y me dije: estoy perdido.
-¿Qué querés, Emilio?
-Vení, mirame. Solo quiero ser tu amigo.
-¡Amigo! - dije, animándome a subir la voz y sacando para eso fuerzas de no sé donde- Pero Emilio, sabés perfectamente que nunca nos hemos llevado bien ¿de qué amistad me estás hablando?
No podía creer que le estaba hablando así. Él no parecía enojado, pero su expresión se hizo más desafiante, y, extrañamente, me escuchaba calmo y tranquilo, a la vez que intentaba una sonrisa. Yo me había incorporado un poco. La luz del velador se proyectaba sobre su enorme y velludo cuerpo húmedo, sólo cubierto por la toalla. Estaba arrodillado sobre la cama junto a mí, sentado sobre sus piernas plegadas y abiertas. Mi mirada se deslizó a su entrepierna y pude cerciorarme de que la abertura de la toalla dejaba ver parte de sus bolas inmensas. Estaba seguro de que se había dado cuenta de mi furtiva ojeada, pero hizo como si nada e insistió:
-No, no entendés..., a pesar de todo quiero que seamos amigos. Más que amigos, quiero ser un padre para vos. Pero... ¿qué te pasa? Seguís temblando ¿Tanto miedo te doy?
-No.
-Sí, sí, te doy miedo. Pero vení, muchacho, no seas tonto, vení más cerca.
-No, Emilio, no...
Y, pese a mi resistencia, me pasó un brazo por debajo de mi cabeza e intentó acercarme a él.
-Hijo..., mi hijo lindo y grandote...
Él se había recostado a la par mía, y no conseguía que yo me acercara a él, descorrió la sábana y se metió rápidamente en la cama. Sentí como se pegaba a mí con esos peludos brazos. Su vello era duro, áspero, el contacto con mi piel suave era como el de un papel de lija. Sí, volví a decirme, estaba perdido.
-¿Pero que te pasa? ¡Vení a darle un abrazo a tu padre!
-No ¡Dejame! ¡No quiero!
-Soy tu papá, puedo serlo aunque no te haya concebido ¿entendés?
Y cuanto más era mi forcejeo, más subía la voz, y más fuerza imprimía a sus manotazos. Yo me defendía. Su aliento me llegaba cada vez más cerca, estaba intentando abrazarme y sus brazos me rodeaban. Pero mi fuerza, que salía de no sé dónde, le impedía cumplir su cometido, lo que lo ponía más molesto. La sábana comenzó a deslizarse y se resbaló hasta el piso. Mi padrastro conservaba aún la toalla anudada a la cintura. Un deseo incontrolable (e inexplicable) se apoderó de mí: quería verlo desnudo, tal vez por lograr finalmente una rara victoria sobre él, despojarlo de algo, aunque fuera una simple toalla, y de alguna manera hacerlo vulnerable en su desnudez. ¿Estaba loco? Demasiados sentimientos encontrados me obnubilaban como para poder responderme.
-Tonito, así es como me gustás, bien macho, al fin reaccionás, ¡dale, defendete!, si querés ser hombre e imponer tu voluntad, tenés que luchar para conseguir eso ¿quién más que tu papá para enseñarte eso?
-¡Soltame! ¡Salí de encima mío! ¡Dejá de molestarme!
-Está bien, pero antes ¡dale un abrazo a tu padre!
Entonces su fuerza me doblegó, y con su mano sosteniéndome la nuca, guió mi cabeza para encontrarla con la suya. Sentí su respiración agitada sobre la mía y nuestras bocas se juntaron por un instante.
-¡Dale un beso a tu papá!
Abrió bien la boca y me estampó su beso sobre la mía. Yo inmediatamente retrocedí e hice un gesto de profundo desprecio.
-¡Sos un enfermo! - Grité. Pero ese hombre tenía mucha fuerza y yo estaba atrapado entre sus dos enormes y viriles brazos. Sentía su olor corporal. Olía a limpio. Supuse que era la primera vez que le sentía ese olor. Mi cara quedó hundida entre los pelos de su pecho y con un movimiento rápido me giró y quedé acostado boca arriba, y él aprovechó esto para ponerse nuevamente encima de mí. Sosteniéndome con una mano, liberó la otra para recorrer mis hombros, mi brazo y mi pecho.
-Qué piel suave que tenés, muchachito.
¡Yo estaba azorado! Me sentía humillado, casi violado, tal era mi asombro que apenas podía percatarme de cómo terminaría todo eso. Bajo su peso me tenía reducido a mínimos movimientos. De pronto, ese hombre casi desnudo y sentado a horcajadas sobre mí, comenzó a despertar un raro sentimiento en mí, es decir, algo que no pude entender muy bien. Algo que movía todo mi interior y que debía resistir. Algo que me enfurecía conmigo mismo. La situación era horrible, pero a la vez esa lucha tan masculina, ese juego de machos, esa proximidad de cuerpos sin ropa, me hacía sentir cosas hasta ese momento nunca vividas. Lo miré con odio, deseando liberarme de él, pero también buscando provocarlo para que me mantuviera aprisionado. Había algo placentero en eso, había algo que me hacía vibrar internamente.
Pero todo eso que vivía en mi interior se transformó en deseo puro cuando sentí su mano bajar por mi torso y llegar al elástico de mi slip.
-¿Qué vas a hacer? – le grité asustado
-Te lo voy a quitar.
-¡No! ¡Soltame! ¡Te lo pido por lo que más quieras!
Ya no gritaba, lo repudiaba implorante, y a la vez me sentía dominado por una sensualidad incontrolable. Deseaba que esa mano caliente, pesada y áspera cumpliera su objetivo, y a la vez me sentía profundamente avergonzado de quedar a su merced.
-¿No querés mostrarle a tu papi lo mucho que creciste?
-Emilio, ¡No!
-¿Por qué? ¿Te da vergüenza? Los dos somos machitos, nada tenemos que ocultar...
-¿Te volviste loco?
-No.
-Ya vas a ver cuando mamá se entere de esto.
-¡Sh...! ¡callate! – me dijo. Y presionó sus labios una vez más sobre los míos, como queriéndolos silenciar. Me raspaba con su barba sin rasurar, me respiraba en la cara, y me miraba intensamente a los ojos, con una sonrisa irónica y endiablada.
-Emilio, por favor, ya fue suficiente, ¡calmate por favor!
-No te asustes..., es como un juego..., sí, es eso..., sólo estamos jugando.
Me sostuvo las piernas entre las suyas, y su mano estiró el elástico de mi prenda interior hasta romperla. Inmediatamente la tomó entre sus manos y la tiró al otro lado de la habitación.
-¡Pero... mirá el tamaño de tu pija, muchachito...! ¡Abrí las piernas, para que tu papá pueda verte mejor!
Y como instintivamente hice todo lo contrario, el muy cabrón me amenazó:
-Te dije que abrieras las piernas ¿o no entendés? No querrás que papá se enoje, ¿no?
Entonces, al escuchar el desafiante tono de su voz, levanté las piernas y las abrí lo más que pude, quedando a los costados de sus muslos.
-Antonio... no sabía que la tenías tan grande.
-¡Basta, Emilio!
-¿Qué pasa? No me vas a decir que no te gusta jugar con papá...
-No quiero jugar a esto.
-Sin embargo, parece que tu verga sí quiere.
Él estaba arrodillado frente a mí, con su cuerpazo y ese torso levantándose como una gruesa torre. Lo miré de arriba abajo, y era una visión entre aterradora y excitante. La blanca toalla, aún rodeando su bajo vientre, era un claro contraste con su piel oscura y cubierta de pelos negros.
-Con semejante porte es como si salieras a mí - dijo - ya veo que vas a seguís la tradición familiar.
Entonces mi miedo no fue sólo hacia él sino también a mis propias emociones. Todo eso me estaba gustando peligrosamente. Él continuó diciendo:
-Yo también la tengo grande ¿no querés ver la pija de papá?
No había en ese momento algo más deseado que ver su verga frente a mí, pero al mismo tiempo, al escuchar por enésima vez la palabra "papá", algo en mí se rebeló incontrolablemente con un odio incontenible desde lo más profundo de mi ser, y ese odio fue saliendo con palabras que me surgieron solas y dichas con una furia avasallante:
-¡Mi padre está muerto! ¡Vos no sos, ni serás mi papá, nunca! ¡Te odio! - grité.
Emilio borró de pronto la socarrona sonrisa de su cara y repentinamente bajó los brazos. Se puso serio y su mirada, que había estado encendida y frenética, pareció dejarse vencer por una mansedumbre extraña a él. Entonces vi desmoronar su vehemencia y su ironía. Algo en su interior se había quebrado. En medio de un silencio profundo, bajó la cabeza y creí ver el principio de un brillo intenso en los ojos. De pronto, el monstruo que tenía encima, empezó a achicarse y sólo quedó un hombre desnudo, casi débil, ante mí. Guardé silencio, absorto y asombrado. Sus manos, que me aferraban aún con firmeza, permanecían allí, como queriendo retenerme, como queriendo aprisionarme para que no huyera de él. Finalmente me solté. Emilio no hizo nada para retenerme, entonces comprendí que lo que le había dicho, había sido peor que la más dura de las bofetadas. Finalmente lo había golpeado.
Sin hablar, el hombre fuerte dio paso a un ser casi desprotegido. Tampoco yo pude decir nada. La imagen que tenía frente a mí me conmovió fuertemente. Parecía un niño. Un niño cercano al llanto. Me incorporé un poco, absorto, y pude salir sin esfuerzo de la prisión de su peso. Miré su cara. Él evitó mi fijeza. En ese momento sabía que era cien veces más fuerte que él. Y que esa fuerza no provenía de algo físico. Un gran cambio se estaba generando. Sus rasgos ahora dejaban entrever a alguien más apuesto. Los ojos, que no atinaban a alzarse, cobraron una luz blanda y recobraron su belleza esencial. Entonces se animó a mirarme. Sí, todo había cambiado. Emilio me dijo todo con su mirada. Fue tan tocante lo que creí entender, que sentí una gran pena, y a la vez, una ternura inconmensurable hacia él.
-Perdón - balbuceó, abatido.
Esa palabra, salida de su boca, me sacudió, entonces mi odio pareció diluirse. También pasó algo increíble. Mi sexo empezó a cobrar nueva vida y se levantó con una fuerza arrolladora. Bajo su mirada, mi verga pronto estuvo dura y latiente frente a él. Ya no sentía odio. Sólo había prevalecido el deseo. Un deseo hondo y firme, capaz de olvidar todo.
-Perdón, Tonio - repitió.
Llevé una mano a su mejilla y lo miré con toda dulzura. Quería decirle que se tranquilizara, que todo estaba bien. Quería decirle un montón de cosas, pero no podía. Estaba completamente emocionado, sin saber qué hacer, sólo podía sentir..., y eso ya era mucho.
Noté que sus ojos, ahora en la plenitud de su más vulnerable belleza, estaban húmedos. Eso fue mi motor para darme coraje. Mis manos fueron lentamente hacia el pequeño nudo de la toalla y terminé de aflojarlo. Entonces, él mismo tomó las puntas de la toalla y continuó. Se detuvo ahí un segundo, con ambas puntas en sus manos, indeciso.
-¿En serio?
-Sí - contesté fascinado.
Yo quedé inmóvil, con la mirada fija en su entrepierna. Y ante mi asombro, mezcla de deleite, nerviosismo, intriga y miles de dudas, hizo a un lado la toalla y quedó desnudo completamente ante mí. Una mata de pelos custodiaba al tremendo aparato. Era la verga más grande que había visto en mi vida. Ancha, venosa, oscura, de grosor y longitud extraordinaria. Yacía en reposo absoluto, aunque calculé que, por el tamaño, tendría esa deliciosa hinchazón previa a la erección final. Su prepucio, a medio descorrer, me mostraba la mitad de una cabeza brillosa y húmeda. El enorme sexo descansaba plácidamente sobre unas mullidas bolas que excedían en largura el envidiable tronco. Veía pelos por todos lados, pelos gruesos y duros, que rebasaban los límites de su pubis para tapizar su abdomen, ombligo, entrepiernas... yo estaba tan maravillado ante ese conjunto de vellos, de curvas y rectas tan masculinas que apenas podía respirar.
Me miró por un instante. Mi pija seguía latiendo en el máximo punto de su erección. Después miró su propio sexo que empezaba a moverse.
-¿Puedo tocarla? - pregunté con una expresión suplicante.
-Sí, Tonio.
Mi mano se estiró intuitivamente. Mi padrastro la tomó y la condujo él mismo hacia su destino. Enseguida tomé su tronco, era de una suavidad increíble. Su textura era blanda, como esponjosa, y la palma de mi mano a duras penas podía rodear toda su circunferencia. Acaricié como pude ese gran trozo de macho y me acomodé mejor para llegar con mi otra mano a sus grandes bolas. Estaban cubiertas de un vello más suave que el de su pelvis. Los pliegues innumerables en esa piel tan delicada hicieron que en ese momento pensara en la paradoja de que semejante bruto tenía al fin una zona tan suave como la piel de un bebé.
-Si seguís tocándome así, se me va a poner dura ¿eso es lo que querés?


El tono de su voz se había hecho más calmo, nada quedaba del ogro que conocía. Eso me terminó por tranquilizar del todo. Y ante esa invitación, nada me intrigó más que saber qué pasaría si continuaba con mis caricias. Entonces seguí el ritmo constante de mis manoseos sobre esa verga colosal. Primero sentí un leve temblor, y poco después noté que la pija de Emilio comenzaba a perder flexibilidad y a cambiar su textura. Ahora era más dura al tacto. Estaba morcillona y su piel empezaba a estirarse. La tomé con más firmeza, él seguía toda la escena mirando atentamente lo que yo hacía. Descorrí totalmente el prepucio y una cabeza grande y roja se mostró a la luz. Su miembro ya estaba semi duro. Lo dejé caer, para ver cómo había crecido. La verga quedó aún apuntando hacia abajo, levemente rígida, colgando pesada como un péndulo. Quedó corcoveando un poco, con sus venas ahora más gordas y más azules. Podía ver como latía y goteaba pequeñas cantidades de líquido transparente. Le tomé las bolas y las volví a amasar. La pija quedo libre de mis toqueteos y pronto vi como tomaba envión para ponerse en pié. Mi boca, apenas a unos centímetros de su glande, se abrió casi instintivamente ¿qué estaba haciendo? No podía creer que estuviera como atontado frente a ese juguete que cada vez estaba más duro. La verga siguió hinchándose y finalmente quedó levantada y dura como roca. No apuntaba del todo hacia arriba. Pero si antes era enorme, ahora, en estado de erección era descomunal.
Entonces tomé la tranca con las dos manos y la acerqué aún más a mi boca. Tímidamente posé mis labios en un costado del tronco y fui sintiendo toda su dureza. La respiración de Emilio se hizo densa. Quise probar más. Su miembro entró en mi boca hasta la mitad de su largor, era imposible metérmelo todo entero. Sentía que me asfixiaba. No obstante empecé a masajearlo con mi boca, chupaba, lamía, sacaba y metía ese instrumento dentro de mí, como si mi vida dependiera de ello. Mi padrastro vio complacido que me gustaba mucho hacer eso. Temí entonces que todo volviera a la normalidad, volví a sentir miedo y pensé lo peor. Esperé que me insultara, que me dijera que era un puto de mierda, que me maltratara y me volviera a gritar, pero no, su reacción fue pasarme su manaza por mi cabeza y acariciarme el pelo. Eso me excitó de una manera sublime y me hizo desearlo mucho más. Entonces pasé las manos por encima de sus nalgas y lo rodeé como pude con mis brazos, buscando hundirme en su propio cuerpo.


-Tonio, Tonito, por fin abrazás a tu papá.
La palabra papá ahora resonaba distinto en mí. Tan solo unos minutos antes, había provocado una implacable tormenta de ira, desatadora de anatemas y maldiciones, pero ahora..., ahora escuchaba el tono de su voz, increíblemente tierno, y sentía algo completamente diferente.
Emilio, con una increíble y nueva suavidad, me tomó por los hombros y me acomodó cuidadosamente para que me sentara al borde de la cama. Me separó las piernas y se sentó en el piso, con su cara delante de mi sexo. Estuvo así un largo rato observando cada detalle de mi verga en alto.
Finalmente la anidó entre sus manos. Yo me arqueé involuntariamente de puro placer al sentir sus calientes manazas investigar mi miembro. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no eyacular. Con una mano me sujetó las bolas, y con la otra empezó a bajar y subir el prepucio, mirando como mi glande se hinchaba en cada movimiento. Dijo cosas, palabras de admiración ante mi miembro agrandado, gemidos, exclamaciones. Yo no decía nada. Pero cada palabra de Emilio me enloquecía, en una excitación creciente y constante.
Por fin, tomó mi pija desde la base misma, hundiendo sus dedos en mis pelos, y la enfiló hacia arriba. Abrió su boca y se la metió de un solo envión hasta el fondo. Gemí largamente. Su lengua hacía maravillas sobre la punta de mi verga, penetrando el pequeño agujero ininterrumpidas veces. Me lamió luego las bolas. Cada lengüetazo suyo era como el de un animal de gran porte, tenía una lengua increíblemente larga y ancha, casi cubría todo mi pene con ella. Siguió limpiando toda la zona y pronto estuve enteramente mojado con su saliva. Me echó las piernas para atrás y continuó lamiendo mis glúteos, mi entrepierna, a un lado, al otro, y finalmente fue acercando su boca a mi ojete. Me abrió bien las nalgas con ambas manos y con su lengua en punta recorrió todo el contorno en un sensual y cuidadoso sentido circular. Y cuando ya mi agujero estaba latiente y abierto, en espera del contacto con esa anguila caliente que era su lengua, él esperó unos segundos para hundirla entre los pliegues de mi ano, provocándome una oleada de placer indescriptible.
Después de un largo rato penetrándome con su lengua, tragándose mis pelotas por turno, y no dejando nada de la zona por lamer, se abalanzó sobre mí con una súbita firmeza y me dejó aprisionado bajo su enorme cuerpo. Tomándome de las muñecas llevó mis brazos por encima de mi cabeza. Los sostuvo allí y yo ya no pude moverlos. Estaba a su merced y me tenía loco de deseo. Pero todo eso estaba bien lejos de ser violento. Eran gestos de hombre, trazos casi naturales y primitivos.
Nuestras caras quedaron enfrentadas. Él se acercó, cada vez más, despacio, lento... y me besó. Esta vez nuestras bocas se unieron ferozmente, intensamente, y sentí que su lengua pujaba entre mis labios aún tímidamente cerrados, parecía un falo que quería abrirse paso hacia el virgen recinto. No pude soportar más (¿es que quería realmente soportar?) y la lengua finalmente franqueó el vedado paso, violando mi boca y chocando con mi propia lengua. Emilio no se detuvo. Siguió besándome por un largo rato, sosteniendo fuertemente mis brazos que chocaban con el respaldar de la cama. Su boca sobre la mía empezó a provocar efectos irreales en mí. Todavía tenía emociones encontradas. Atrás estaba quedando el odio sentido durante tanto tiempo, pero el cambio era todavía demasiado súbito para poder asimilarlo. Sin embargo, para el asombro de mi alma, asomaba ahora el comienzo de un amor casi desesperado por ese hombre. Y no sé bien en qué momento comencé a responder a esos enviones terribles de su maxilar, que se agitaba chocando con el mío. Abrí la boca más y más, y me di cuenta de que ese gusto, esa saliva que se mezclaba con la mía, era como un manjar inexplicable y delicioso para mí. Entonces sucedió algo que me hizo vibrar. Nuestras vergas, duras como bastones, se unieron una a la otra en cada roce. La pija de Emilio estaba sobre la mía, y casi me lastimaba por su dureza de hierro. Esa contienda de falos hacía que nuestras caderas se moviesen a ritmos vertiginosos, envueltos en un fluido común, pegajoso y resbaladizo.


Él se volvió a sentar en la cama, me sujetó de la nuca y me atrajo hacia él. Emilio se echó hacia atrás y levantó sus grandes muslos, dejándome a la vista su peludo culo. Con su mano en mi cabeza, me sostuvo para que me agachase sobre él..., hasta que mi cara estuvo a cinco centímetros de distancia frente al peludísimo ano. Olía a jabón. Pero también a hombre, un olor que no había podido quitar la ducha. Vi como su esfínter se contraía y aflojaba, como persuadiéndome para que posara allí mi boca. Él me soltó, dejando mía la decisión de hacerlo, y con sus manos separó bien sus nalgas. Su agujero se entreabrió fácilmente. El interior era de un rojo intenso. La imagen era paralizante. Los largos pelos rodeando todo el contorno, ese hoyo profundo y redondo lleno de pliegues, y la carne colorada del interior, invitándome a adentrarme en esas oscuridades abismales. Saqué mi lengua, chorreando de saliva, y me acerqué dispuesto a chupar todo lo que tenía ante mi vista. Emilio suspiró totalmente excitado y yo tragué su culo. Él me sostenía la cabeza, como guiándome por cada sector de ese lugar tan íntimo. Sentía sus toscos dedos en mi pelo haciéndome leves caricias, mientras lo oía gemir y respirar entrecortadamente.
-Tonio, Tonio..., estás haciendo gozar mucho a tu papá. Nunca imaginé que nosotros...
Con gran trabajo pude meterme sus bolas en mi boca, una por una, nunca hubiese podido tragarme las dos al mismo tiempo. Volví a chuparle la verga. Emilio ya se había abandonado a mí. Llevó sus propias manos a sus pezones y empezó a tirar acompasadamente de ellos. Estaban duros, enhiestos y ante tanta estimulación se habían puesto muy rojos. Entonces subí desde la base de su pija, sorbiendo cada centímetro de piel. Engullí ávidamente los pelos negros que cubrían todo su pubis, y guiado por el camino de sus vellosidades, ascendí por la línea hasta el ombligo, donde había otra pequeña mata frondosa. Metí mi lengua ahí y acaricié bien todo el interior el orificio. Proseguí mi ruta subiendo hasta su pecho, perdiéndome entre ese bosque velloso. Ganando terreno a sus manos, metí sus grandes pezones en la boca. Eran magníficos. La carnosa piel se elevaba en cada erecta tetilla que succioné hasta el cansancio. Cuando llegué al cuello, Emilio me rodeó con sus fuertes brazos. Me dijo hijo, con emocionada y vibrante voz. Eso me hizo estremecer. Nos besamos largamente. Creí que me iba a dislocar el maxilar, tal era la fuerza con que se introducía en mi boca. Entonces, abrió sus piernas y las elevó por sobre mis muslos. Su culo quedó entonces a merced de mi dura pija, que hacía presión sobre esa parte tan blanda de los machos. Su ano estaba totalmente lubricado por mi saliva, había quedado chorreando. Él me miró y me dijo con una voz que nunca olvidaré.
-¿Cogiste muchas veces ya? – me preguntó en un susurro.
Yo hice un movimiento negativo.
-Bueno. No te preocupes, me tenés a mí para practicar - sonrió con un indecible respeto -. ¿Quién mejor que tu padre para enseñarte estas cosas? Ahora penetrame. Metémela bien adentro. Primero despacio, suave, entrá en mi culo muy lentamente y no retrocedas nunca, sentí la relajación de tu papá, y después, sólo después de que me sientas todo abierto, comenzá a moverte muy despacio.
Mi glande, apoyado ya en la entrada de su hoyo, fue entrando lento y con cuidado. Fui siguiendo, obedientemente, todas las indicaciones dadas y las que continuaba repitiendo a cada segundo. Todo eso me excitaba fuertemente, llevando mi deseo a terrenos insospechados. El ojete de mi padrastro era lo bastante grande como para que mi verga se fuera introduciendo sin dificultad, una vez introducida la punta, seguí presionando firmemente y en pocos segundos, mi pija en toda su longitud había entrado completamente hasta los testículos. Su interior estaba caliente y abierto ¡qué bien se sentía! Emilio puso sus piernas sobre mis hombros y yo lo cogí acelerando cada vez más los movimientos. Por la facilidad con que podía hacerlo, supuse que Emilio ya había experimentado sexo anal otras veces. Me miró sonriente y me dijo:
Sí, intuís bien – me dijo, como contestando a mis pensamientos – no es la primera vez que hago esto. ¿Sorprendido?
Respondí con una leve sonrisa y un asentimiento de mi cabeza. Él me sonrió y su mirada fue un alarde de complicidad.
En esa posición, su enorme verga golpeaba contra mi pecho. Yo incliné mi cabeza y me metí su glande en la boca, chupando y bombeando al mismo tiempo ese descomunal carajo. Me sujeté de sus pectorales, hundiendo mis manos en ese mar de pelos. Pellizcaba sus tetas de vez en cuando, y él me respondía con gritos entrecortados pronunciando mi nombre, diciéndome "muchachito", "hijito", palabras que me enardecían hasta la inconsciencia. Mi padrastro tomó su pija entre sus manos y comenzó a masturbarse violentamente, anunciándome con su expresión que estaba pronto a terminar. Fue tanta la excitación al ver esa imagen que enseguida yo sentí próxima mi eyaculación.
En un gemido sordo me derramé dentro de su culo, sin dejar de moverme. Me vacié en su interior, suspirando fuertemente, mientras él recogía mis gritos en su boca. Poco a poco fui recobrando el conocimiento perdido. Entonces él me miró fijo. Era una mirada inconfundible. Estaba listo para el goce máximo. Sin pensarlo dos veces, me acerqué a su miembro que él masturbaba frenéticamente, y abrí la boca sobre su glande. Su voz ronca prorrumpiendo en un grito largo me anunció la llegada de sus líquidos. Me acomodé mejor y entonces su verga largó un espeso chorro que con toda violencia fue a chocar contra mi paladar. A ese chorro siguió otro y otro que, como salidos de un surtidor, se descargaban entre mis labios. La boca se me llenó de ese semen caliente y enseguida empezó a desbordarse por mis comisuras, bajando hasta mi pecho. Emilio, en la culminación de su éxtasis, siguió bombeando más lentamente para entregarme hasta la última gota de su duro artefacto. Con mi boca rebosante de jugos, la acerqué a la suya y nos besamos, tragándonos el espeso líquido.
El abrazo sobrevino naturalmente, fuerte y sincero. Él me acarició la cabeza, paternalmente, y yo alcé la mirada para verlo a la cara. Enseguida me sonrió. Después de tanto tiempo, me sonreía otra vez.
Luego las respiraciones reencontraron la calma. El silencio era absoluto. Mi mejilla, apoyada sobre su gran pecho peludo, estaba cerca de su corazón. Su latido era el único sonido que interrumpía la paz de la habitación.
-¿Estás bien? – me preguntó.
-Sí, estoy muy bien. ¿Vos también?
-Sí, yo también. ¿Somos amigos, entonces?
-¿Lo somos, Emilio?
-Claro que sí.
-¿Por qué no lo fuimos antes?
Emilio guardó silencio. Sólo me abrazó más fuerte. Para mí eso fue una buena respuesta.
-Pero, Tonio, por favor... de esto... – murmuró apuntándome a los ojos con su dedo índice – no le cuentes a tu madre.
-No.
-¿Quedó claro? No le cuentes a tu madre - repitió con la mayor seriedad de su rostro.
-Quedó claro, no te preocupes.
-¿Me lo prometés?
-Te lo prometo, papá.
Al escuchar esa palabra, Emilio me atrajo hacia su pecho, me besó quedamente en la frente, conmovido, y poco a poco nos fuimos quedando dormidos plácidamente.
A la mañana siguiente, el sol nos encontró entrelazados uno al otro. Sus manos me rodeaban, protectoras y nos dimos el primer beso del día. Cuando bajé mi mano, pronto choqué con la erección de su sexo, grande y duro, alegre de encontrarse con mis dedos. Volvimos a acariciarnos con ardor, pero luego nos dimos cuenta de que debíamos proseguir nuestro viaje a Córdoba. Nos dimos una ducha juntos, donde volvimos a jugar con nuestros falos levantados. A regañadientes abandonamos el agua, envueltos en la misma toalla, y después él se afeitó cuidadosamente. Me vestí y apresté los bolsos. Cuando salió del baño, vestido con su ropa limpia, me sonrió y posó, preocupado, para que le diera mi aprobación. Me acerqué a él y le arreglé el cuello de la camisa.
-Tranquilo- le dije dándole un beso en los labios y acariciando su perfecta rasurada - estás intachablemente presentable para la entrevista con tu cliente.
-Gracias, te lo debo a vos, yo solo no lo habría conseguido.
Me regaló otra sonrisa y salimos. Mientras Emilio subía apresuradamente a la camioneta y acomodaba nuestras cosas, me encargué de arreglar cuentas con el dueño del motel. El tipo, poniendo una risita detrás de su desprolija barba, me miró a los ojos y me preguntó irónicamente:
-¿Estuvo todo bien? ¿descansaron?
-Sí... sí... todo bien, dormimos muy bien, gracias.
El hombre volvió a sonreír, con sorna:
-Me alegro mucho. Decile a tu amigo que pueden volver cuando quieran.
-¿Amigo? – dije encarándolo seriamente, a punto de gritarle con indignación, - No. Usted se equivoca, señor. Él no es mi amigo. Es mi padre.


Franco, 2007
(Revisión: agosto de 2019)