jueves, 28 de agosto de 2014

martes, 26 de agosto de 2014

Los originales de la belleza



“Sus muslos bien formados y de una redondez florida y brillante, que disminuía un poco hasta llegar a la hermosa armazón, en cuya parte inferior no podría fijar los ojos sin ciertos vestigios de terror y algunas tiernas  emociones por aquella terrible máquina que no hacía mucho había penetrado con tal furia dentro de mí para invadir, desgarrar y casi destruir aquellas tiernas partes mías, que todavía no se reponían de los efectos de su iracundo ataque. ¡Pero había que verla ahora! Con la cresta caída, apoyando su roja cabeza a medio cubrir sobre uno de los muslos; tranquila, dócil y en apariencia incapaz de las travesuras y crueldades que había cometido. Luego, aquel hermoso nacimiento de hilillos ensortijados, cortos y suaves, que rodeaban su base; su blancura, los arbolillos de sus venas, la flexible suavidad de su tronco al yacer lánguidamente acortado, contraído hasta su mínimo grosor, sostenido entre los muslos por su apéndice globular, esa prodigiosa bolsa de tesoros, surtidor de mieles de la naturaleza, que se contorneaba describiendo las únicas arrugas capaces de agradar. Todo ello completaba la perfección de esa perspectiva cuyo conjunto formaba el más apasionante cuadro vivo de la creación, tan infinitamente superior a esos rudimentarios productos que confeccionan los pintores, escultores y demás artistas, que se venden a precios tan elevados. Su visión en la vida real sólo pueden saborearla plenamente aquellos seres privilegiados a quienes la naturaleza dotó con el fuego de la imaginación, orientado fervorosamente por un juicio veraz hacia la fuente principal. Eran los originales de la belleza, la composición inigualable de la naturaleza, tan por encima de toda imitación de las artes y del poder de la riqueza para pagar su valor”

Fragmento de "Fanny Hill", de John Cleland  (*)













































































(*) Nacido en Londres en 1710, John Cleland fue diplomático, y su carrera le condujo, entre otros lugares, a Esmirna y Bombay. Autor de varias novelas y obras de teatro, se dedicó también a la filología inglesa y, con diferentes pseudónimos, al periodismo.

Descubrí a Cleland hace mucho tiempo, cuando mi curiosidad calenturienta de jovencito pajero hizo que me aventurara entre los libros escondidos de mis padres, una biblioteca de textos eróticos y pornográficos entre los que se encontraban varios libros del Marqués de Sade, entre otros. Fanny Hill, una obra de referencia del erotismo del Siglo de las Luces, desde su publicación en 1749, influyó en este género hasta bien entrado el siglo XIX  y cuando la leí por primera vez, inspiró mi pobre vocación por la escritura erótica, pues en ese sentido, John Cleland me llevó de la mano (valga la redundancia) hacia esas artes descriptivas que tanto admiré y agradecieron mis adolescentes hormonas.
Aunque durante mucho tiempo se sostuvo que Cleland escribió Fanny Hill en la cárcel, donde estuvo recluido por deudas, al parecer en la prisión sólo pulió un texto ya escrito en 1730. Olvidado por todos, murió en 1789 en Westminster, mientras su Fanny se vendía, clandestinamente, a raudales.
Contemplar al hombre amado en su sueño, como he dicho otras veces, es un placer muy difícil de describir. Elegí este texto porque creo que Cleland, metido en la piel de la jovencita incauta que cae en la prostitución llevada por sus deseos de probar fortuna en Londres y que queda aquí embelesada con la imagen durmiente de su amado Charles, nos pinta esa dicha de una manera muy bella.