lunes, 27 de abril de 2015

El Palacio Aráoz VI



Capítulo VI – Cinco machos desnudos


Mis primeros días en la mansión habían sido muy agitados. Pero al cabo de un mes de estar allí, empecé a sentirme como en mi casa, ya que principalmente me llevaba muy bien con Hipólito y la verdad que la mayoría de mis compañeros resultaban ser extraordinarios. Hasta Reinaldo, que había mostrado su hosquedad al principio, me trataba un poco mejor ahora.
Un día que el Sr. Gutiérrez consideró que el sector que tenía a mi cargo no necesitaba servicio, me fue encomendado hacer una limpieza general en el patio y sala de estar del garaje. Allá fui con mis utensilios. Las dependencias del garaje contaban con un baño grande y una sala donde los choferes y mecánicos tenían unas cuchetas para descansar, un patio cerrado en donde generalmente se lavaban los autos y un pequeño taller. Cuando llegué, me recibió Leandro, el chofer personal del Doctor. Manolito, el otro chofer, estaba saliendo del baño, y nos dijo a los dos:
-¡A qué no saben lo que están haciendo el colorado y los chicos...! – se refería a Nicolás y los más jóvenes, Basilio y Rolo.
-¿Y ahora qué pendejadas se traen entre manos? – contestó algo alarmado Leandro.
-¡Están en el patio dándose una remojada con la manguera de lavar los autos! ¡Vengan a ver!
-Bueno, con este calor, es comprensible – dije sonriendo.
-¡Es que están todos en pelotas! – gritó a carcajadas Manolito.
-¡Mierda!, a estos boludos los van a echar a la calle... – dijo Leandro, saliendo con Manolito hacia el patio.


Me asomé con ellos y presencié una escena de lo más interesante. Nicolás, Basilio y Rolo, se perseguían como niños por todo el patio, jugando con el agua entre baldes y mangueras. Salvo que no eran niños. Eran hombres y estaban de lo más divertidos corriendo y saltando ¡completamente en pelotas!. Me quedé en el umbral de la puerta, extasiado ante tanta masculinidad expuesta, viendo como Leandro intentaba poner un poco de orden adultamente. Fue recibido con un chorro en plena cara que lo dejó empapado. Manolito se dobló de la risa y todos festejaron la audacia.
-¡Eh, que me mojás el uniforme, boludo! – gritó Leandro que trataba de secarse.
-Sí, tiene razón. Paren un poco, che, ya está bien... – empezó a decir Manolito poniéndose serio. Por toda respuesta recibió un baldazo de agua. Manolito, con la respiración cortada, y totalmente empapado, salió corriendo para darle su merecido a Basilio que escapó hábilmente como una liebre. Se hizo una pequeña guerra entre los que estaban vestidos y los desnudos, y entre risas y gritos, los sin ropa estaban llevando la delantera, además de ganar en número. Yo miraba todo muy divertido, y encantado por ver a esos hombres sin pudor alguno. Cuando Leandro y Manolito vieron que llevaban las de perder se detuvieron resignados.
-¡Joder!, ¡A la mierda con la ropa, si ya estamos hechos sopa! – dijo Leandro. Se los veía muy alegres y se podía ver que todos conformaban una cofradía muy amistosa. Leandro se quitó rápidamente el uniforme y sólo quedaba Manolito que ya se estaba quitando la camisa chorreante de agua. Cuando todos estuvieron en bolas, se calmaron un poco, haciendo bromas y chistes, sin dejar de reír, pero extenuados por las correrías y las persecuciones, por lo cual se abandonaron a disfrutar del agua y del sol que los bañaba por completo.
-¡Ah! ¡El agua está deliciosa! – vociferó Leandro echando la cabeza hacia atrás con los ojos cerrados bajo el chorro de agua que le arrojaba Nicolás. Manolito se tiraba baldes de agua sobre la cabeza, sacudiéndose y sin dejar de reír. Los jóvenes los miraban, extendiendo sus cuerpos al sol.
Hipólito me había hablado sobre este grupo. Eran los choferes del Doctor Aráoz, su rabajo era llevar y traer adonde fuese a todos los innumerables visitantes de la casa y además hacer el mantenimiento de los coches de la casa, todos automotores de última generación. Los dos mayores eran Leandro y Nicolás, el pelirrojo. Tendrían unos cuarenta años. Les seguía Manolito, algo menor. Ellos estaban casados y eran padres de familia. Basilio y Rolo rondaban los veinte años, y noviaban con dos empleadas de la casa. Leandro era el líder natural de todos ellos. Anatómicamente también, pues de los cinco, era el que tenía el miembro más grande. Era robusto, de pelo rizado y con piernas y brazos muy sólidos. 
Leandro era el líder natural de todos ellos.
Me fascinaba verlo en toda su desnudez, era un hombre muy masculino. De pelo en pecho, desde el centro de los pectorales donde tenía algunos pelos más blancos, descendía una hilera que bajaba dividiendo en dos su cuerpo, ensanchándose un poco en el abdomen y volviendo a cobrar fuerza en toda la zona del pubis, donde los pelos se entroncaban con los de sus muslos y piernas.
Manolito, el más alto de todos, era un pedazo de hombre en todo sentido. Sus ancestros gallegos habían brindado al grupo el cuerpo más peludo. Era un oso que derramaba testosterona desde toda su humanidad. Pecho, espalda y miembros, estaban recubiertos por gruesos y largos pelos muy negros, que formaban dibujos circulares entorno a cada sector. Tenía un cuerpo envidiable. Su ancho pecho albergaba dos pectorales que parecían tetas, gordas y turgentes. Su barba era tan cerrada que aún prolijamente rasurada le sombreaba la cara intensamente. Sus cejas se juntaban en una, y a diferencia de su cuerpo, sobre su cabeza, relucía una calva notable. Le colgaba una verga más gorda que larga, que salía triunfante de su pelambrera selvática, y los huevos sobrepasaban la longitud del pene, tan grandes eran. Cuando giraba sobre sí mismo, me dejaba ver un culo blanco, pero oscurecido por la frondosidad de su vello que se acentuaba entre los dos montes de sus nalgas. Su raja era fenomenal. Dividía en dos partes un trasero de campeonato. Perfecta, recta, profunda, me volvía loco el hecho de pensar en separarlas y hundirme entre la selva negra de su largo y duro vello.
Le colgaba una verga más gorda que larga
Nicolás tenía un cuerpo muy blanco. En contraste con el gallego, este hombre a quien llamaban cariñosamente "el colorado", no tenía vellosidad alguna, salvo pequeñas matas en sus axilas y un vellón muy rojo que brillaba con el reflejo del sol rodeando su pija. ¡Hermosa pija!, estaba circuncidada y la luz directa contribuía a que su rojo glande resplandeciera. Tenía un cuerpo fantástico, con pectorales abultados, blandos, algo puntiagudos y rematados por dos pezones casi anaranjados que siempre parecían estar erectos. La cara de Nicolás siempre brindaba una sonrisa, con una boca deliciosa y dentadura perfecta. Y lo que más llamaba la atención de su expresión, eran sus eternos hoyuelos en las mejillas. Hipólito me había contado que tenía una esposa actriz que era bellísima.
Basilio era el de la cara de niño. Pero si bien sus rasgos pertenecían a un chico salido del jardín de infantes, lo que seguía era un cuerpo de macho infartante lleno de músculos y pelos. Sí, a pesar de sus 20 años, su vello espeso marcaba todas sus líneas. Dos grandes pezones emergiendo de ese matorral atraían la vista inmediatamente. Su miembro no era muy grande, y entre tantos vellos, a veces se perdía. Tenía esos culos maravillosamente macizos, que se continúan con las curvas de los muslos de una manera realmente armoniosa, escultural.
Se sentían libres, y con razón,
pues ninguna mirada indiscreta los habría
sorprendido.
Rolo era el más pequeño de todos. Físicamente estaba muy bien proporcionado pero todo en él parecía chiquito. Su rostro era muy bello. Nariz pequeña, ojos muy claros y de grandes pestañas, un ensortijado pelo castaño, y boca sensual y varonil. Llevaba una barba bastante cuidada que le marcaba aún más sus rasgos notables. Todo era pequeño en él, sí. Pero entre las piernas, apenas disimulado por una mata discreta, se bamboleaba un trozo de carne que en comparación con su cuerpo, era desproporcionadamente grande. Además, era encantador ver colgar semejante pija por el sinnúmero de movimientos, como si se tratara de una plomada o del badajo de una campana.
Y ahí estaba yo, mirando a esos verdaderos sementales, a esos cinco machos desnudos que jugaban con el agua entre ellos mientras la luz del sol los tornaba esculturales y como salidos de un cuadro pastoril. Me reía de sus bromas, y me excitaba con sus cuerpos. Se sentían libres, y con razón, pues ninguna mirada indiscreta los habría sorprendido, ya que el patio estaba rodeado de cuatro paredes altas que lo aislaban de los parques de la casa.
Leandro fue el primero que pareció percatarse de que yo aún estaba en el umbral de la puerta. Me miró sonriendo y le hizo un gesto al gallego, que se volvió para verme. Pronto los otros tres repararon en mí, y se miraron también entre ellos. Yo me avergoncé un poco, pues me sentía como alguien totalmente ajeno que venía a invadir esa hermandad. Leandro, sacudiéndose un poco el agua que chorreaba de su cabellera, me dijo:
-¡Fermín!, ¿qué hacés ahí?, ¿porqué no venís a refrescarte un poco?
-Qué más quisiera yo, pero Gutiérrez me ordenó venir a limpiar.
-¿Gutiérrez?, pues aquí Gutiérrez no corta ni pincha – dijo Nicolás.
-¡A la mierda con Gutiérrez! – dijo riendo Manolito, que aprovechaba para bañar con la manguera la espalda de Leandro.
-No seas boludo, Fermín -dijo Leandro- no querrás que se te moje el uniforme...
-¡... por accidente, claro! – rió Basilio
-Qué pena... el uniforme de Gómez todo mojado... ¿qué dirá el mayordomo de eso? – bromeaba Rolo, imitando la cara seria de Gutiérrez.
-¡Ok, ok, ok! – contesté finalmente – la verdad es que hace un calor del carajo. Está bien. Pero me quedo solo un rato, porque tengo que limpiar todo este chiquero.
-¿Chiquero? – se espantó Manolito - ¿vieron lo que dijo de nuestro hotel cinco estrellas? ¡Chiquero! – gritó amenazándome con la manguera.
Entonces, siempre riendo a más no poder, Basilio me tomó por detrás diciendo:
-Esto hay que aclararlo, ¿no, muchachos?
Manolito estaba a punto de empaparme con la manguera, pero Leandro tuvo compasión de mí y dijo:
-Paren, paren, que Fermín puede tener problemas en serio. Ya saben cómo es Gutiérrez con el cuidado del uniforme.
-Entonces ponete en bolas, Fermín, no seas boludo y dejate de joder... – sentenció Manolito.
Llegué a pescar el guiño que Manolito le hacía a Leandro cuando empezaba a quitarme la ropa. Todos se calmaron un poco y algunos se sentaron en el piso para tomar sol, observándome. Quedé completamente desnudo en un minuto, sonrojándome un poco por quedar tan expuesto ante todos. Mi pija estaba morcillona, por lo que intentaba cubrir – en vano – parte de mi sexo al igual que mis miradas ya involuntarias.
-¡Así está mejor! – dijo Leandro que no tuvo empacho en mirarme de arriba a abajo.
-Sí, mucho mejor – dijo Nicolás, ya un poco más serio y mirando mi cuerpo desnudo.


Entonces vino Basilio y extendió la manguera sobre mí. El agua fría me hizo estremecer involuntariamente, pero enseguida sentí el maravilloso alivio en ese calor agobiante. Nos sentamos en el piso de baldosas, apoyándonos un poco en una de las paredes y recibiendo los rayos del sol sobre nuestros cuerpos. Estaba rodeado de cinco vergas hermosas, mojadas, que cada tanto se sacudían con algún movimiento o cambiaban de posición según lo que alguna mano descuidada quisiera. Era una delicia estar así y sentir la leve brisa refrescante. Fue Manolito el que rompió el silencio.
-¿Cuándo tenés el próximo servicio, Leandro?
-Hoy por la noche. Tengo que pasar a buscar a dos amigos del Doctor que vienen a cenar.
-Yo ya limpié el interior del Mercedes 1 – dijo Rolo con los ojos cerrados.
-¿Entonces no hay más trabajo hoy? – preguntó Nicolás.
-No – contestó Leandro – ¿vas para tu casa después?
-Sí. Aunque no me dan muchas ganas. Viviana sigue con sus historias. ¿Podés creer que hace dos meses que no cogemos?
-¡Ya salió el original! – sonrió Manolito con los ojos cerrados - ¿Vos te creés que sos el único al que le pasa eso? Me parece que aquí, los únicos que están cogiendo seguido son Basilio y Rolo.
-¿Qué querés decir? ¿Que nuestras novias son dos putas? No te permito, che – rió Basilio.
-Pero admití que no es fácil, Basilio – se lamentó Rolo – Gutiérrez las vigila muy bien, y salvo el día franco, en la semana ni un besito siquiera.
-Mi mujer también me tiene jodido – empezó a decir Leandro - ... y en casa, con los chicos, en fin, por un pretexto y otro, nunca es momento para tener sexo. No sé qué les pasa a las minas.
-No sabés como estoy yo, hermano – contestó Manolito – yo le soy muy fiel a la Sonia, y hasta respeto que ella no tenga ganas de coger, pero, te juro que el otro día se me cruzó una de las mucamitas nuevas, con esos ojitos, con esas tetas... ¡la Cecilia!
-¿Cecilia? – pregunté – ¿La novia de Hipólito?.
-Esa misma – continuó Manolito – ¿vieron las tetas que tiene? Es una hembra de verdad, y cuando se te cruza, parece que te estuviera invitando a la cama con la mirada que te manda. Si cuando me acuerdo... bueno, mejor no sigo, porque...
-Porque creo que te estás poniendo al palo – dijo riendo Leandro mirando lo mismo que yo. La pija de Manolito se había puesto un poco más gorda que lo normal.
-Pero yo te entiendo – dijo Nicolás – Cecilia está muy bien, a mí también me pone a mil. El otro día estaba limpiando la escalera de servicio, ¡Por favor!, desde abajo el panorama era infartante.
-¡Ah!, basta, basta... no sigas – suplicaba Manolito
-Y se abría de piernas en cada sacudida... ¡Ah!, esa bombachita ajustándole todo...
-¿Nicolás, querés matarnos? ¡Pará, boludo, que se me va a parar!– dijo Leandro llevando instintivamente una mano a su sexo que comenzaba a levantarse.
-Ella me estaba matando con esa visión. ¡Y se le veían los pelitos saliendo por el borde de la bombacha! Se ve que esa mina no se depila...
–¡Hijo de puta!, pará, te digo - gritó Leandro, tomando la manguera y dándole un chorro en plena cara a Nicolás.
Apenas de reojo, miré a Rolo que ya presentaba una considerable erección. Su pesada cabeza se erguía hacia arriba, mientras él permanecía con los ojos cerrados apoyado contra la pared, como imaginando la escena de la bombachita. Manolito había abierto sus muslos. En vez de ocultar su media erección, parecía como si hubiera querido liberarla. Al ver su verga que empezaba a sostenerse sola, mi pija se levantó sin poder evitarlo, pero ya no tenía vergüenza de mostrarla.
-¿Y ella no se daba cuenta de que la estabas mirando? – preguntó Basilio, que era el único que aún no mostraba cambio alguno en su verga pequeña.
-Mirá, yo creo que sí. Esa Cecilia me parece bastante zorra. Hasta creo que lo hacía a propósito.
-¡Uy, qué puta debe ser esa mina en la cama! ¿Hipólito te contó algo, Fermín? – preguntó Manolito secándose el sudor de la frente y bebiendo un trago de agua directamente de la manguera.
-Sí. – contesté.
-¿Y qué esperás para contarnos? – gritó riendo Leandro.
-Mirá como se le puso ya – dijo Basilio señalando mi pija con su mirada – este sabe muchas cosas acerca de Cecilia, o se las está imaginando.
Yo estaba así de duro no por Cecilia, claro, sino porque la situación, estando rodeado de esos machos excitados, era por demás cachonda. Entonces se me ocurrió inventar la historia más ardiente que se me pudiera ocurrir para ver cómo reaccionaban esos sementales pasados de abstinencia sexual. ¡En realidad, ellos me lo estaban pidiendo!
-Contá, Fermín, contá – pidió Manolito, a mi lado. Mi auditorio se puso a la expectativa, mirándome, como para no perderse detalle de lo que iba a escuchar. Entonces comencé a relatar un encuentro entre los dos amantes sin ahorrar detalles morbosos que en ese momento se me iban ocurriendo. Como si Hipólito me hubiera contado de aquella vez en el invernadero, di rienda suelta a mi imaginación haciendo una narración elocuente, creíble y poniendo especial hincapié en la persona de Cecilia y sus idolatradas tetas. Me sorprendió mi habilidad como orador, ¡o como improvisador! pues cuando estaba en la mitad de la historia, me di cuenta de que los cinco hombres estaban más que cachondos y me seguían mi relato atentamente con exclamaciones, gritos y gestos como si se tratara de un partido de fútbol. Al finalizar, comprobé que había cumplido con mi objetivo. Miré a Basilio y me di por satisfecho, porque lo que antes tenía un tamaño insignificante, ahora mostraba una dimensión esplendorosa. Si antes no había dado señales de vida, su pija había crecido más del doble y se alzaba orgullosa como una lanza entre sus piernas. Miré a mi alrededor. A mi lado, la verga de Manolito parecía una estaca por lo dura. Nicolás también estaba al palo, y ni que hablar de Rolo o Leandro.
-¡Joder, Fermín. Como me pusiste!
-No importa, Manolito, yo te voy a calmar – dijo riendo Leandro, y tomó la manguera para echar el frío chorro sobre la pija ensanchada a más no poder. Pero Manolito, en vez de apaciguar su calentura con el agua, al contrario, abrió más las piernas y con una exclamación recibió esos chorros estimulantes para su creciente excitación, como si se trataran de masajes eróticos.
Todos se habían quedado pensativos y calientes. Yo estaba a mil, por ver a esos machos en tal estado. Seguían comentando el episodio, con frases obscenas o gestos grotescos. Reían, pero también no perdían oportunidad para compararse los tamaños de los penes. Eso me enloqueció. Ese ritual tan masculino de compararse y explorarse mutuamente, era sencillamente fascinante, y yo estaba en medio de todo ese juego. Leandro parecía muy entusiasmado en seguir mojando la verga dura de Manolito. Jugaba a que el chorro lo golpeara violentamente, y el agua hacía las veces de un hidromasaje localizado. Manolito se puso serio y miraba insistentemente el chorro de agua, la mano de Leandro sosteniendo la manguera y su propio miembro erecto.
-¡Parece que te gusta! – dijo Basilio, un poco envidioso del tratamiento. Manolito se avergonzó un poco, porque si hubiera respondido, habría tenido que admitir que sí, que le gustaba mucho. Pero como el placer se lo estaba dando un hombre, prefirió callar significativamente.
-Yo creo que le encanta – dijo sonriendo Nicolás – ¡qué cabrón!
-¿Qué tiene de malo? - contesto Basilio – a mí también me gustaría probar el chorro.
-No está tan mal después de todo, y yo traigo una calentura de días... – balbuceó Manolito. El agua pegaba contra su tronco macizo, despeinando y apartando los largos y gruesos pelos de su pubis, y rebotando y salpicando a los que estábamos más cerca.


-En vez de achicarse, la pija parece cada vez más una roca – aseguró Rolo, que empezó a tocarse los huevos naturalmente.
-Debe ser muy estimulante – dijo Basilio mordiéndose el labio inferior y enjugándoselo con la lengua.
-¿Querés probar? – le preguntó Manolito
-¿Te parece? Mmmm... no sé...
-Vení – dijo el gallego, y tomando la manguera en sus manos, apuntó el chorro a la entrepierna de Basilio. La verga se ladeó un poco por la presión del agua, pero después resistió el embate enderezándose más dura aún. Él lanzó un gemido de placer al contacto con el agua que lo acariciaba. Manolito se esmeró en la tarea, mostrando un peculiar interés. Y masajeó muy bien el glande, jugando con el prepucio. Llenaba la cavidad con el agua, y acercando más la manguera, descorría la piel dejando al desnudo el rosado glande. Lo hacía muy cuidadosamente, como sabiendo lo que podía resultarle incómodo. Después siguió acariciando más abajo, para lo cual Basilio abrió sus muslos, y el chorro le bañó las peludas pelotas, moviéndolas de un lado a otro.
-¡Ah! – gimió Basilio – ¡es como si una mina te la chupara!
-Pero una mina no sabría donde darte el mayor placer – dije yo.
-Es verdad – agregó Leandro – a veces chupan muy mal. Yo nunca probé, pero dicen que un tipo la chupa diez veces mejor que una mina.
-No sé, pero yo me estoy imaginando que me está lamiendo la lengüita de Cecilia – dijo Basilio con los ojos cerrados.
Todos nos quedamos viendo la acción del agua sobre la pija de Basilio, y cada vez estábamos más serios. Cada vez más excitados. A esa altura, todos queríamos probar el efecto de la manguera, y Rolo fue el primero en agarrarse la pija con la mano acariciándosela lentamente. Basilio nos dijo:
-Tienen que probar esto, está muy bueno.
-¿Quién sigue? – preguntó Leandro.
Manolito no contestó, y directamente cambió la dirección del chorro hacia mi pija, que era la más cercana a él. Agradecí la gentileza con un gemido incontenible. Lo notable de la situación, era que él me estaba mirando directamente a la cara. Sonreía, y me observaba atentamente, como para corroborar el grado de placer que me hacía sentir. Todos se acercaron para mirar más de cerca. Yo me abandoné completamente y en el medio de todos, me abrí a sus miradas echando para atrás la cabeza, y acompañando los fuertes impactos del agua con movimientos de pelvis. Cada tanto volvía a observar a los cinco hombres que con disimulo se pajeaban lentamente. Manolito seguía con su tarea de masaje acuático, y mi verga se movía con los vaivenes de los chorros que cambiaban de ángulo todo el tiempo. Entonces, Manolito apuntó un poco más abajo dando de lleno en mi ojete. Eso me enloqueció, y casi sin pensarlo, giré sobre mí mismo, y me puse boca abajo sobre mis manos y con las piernas flexionadas, lo más abiertas posibles. Apunté mi trasero hacia la mirada de los cinco hombres.
Sentí una exclamación general al ofrecerles la visión de mi culo totalmente abierto. Manolito no perdió esa oportunidad y enfiló la manguera de lleno contra mi agujero. No quería dejar de observarlos, fue así que me di cuenta cuando Manolito le entregó la manguera a Rolo, y después a cada uno, por turnos, como si todos quisieran probar ese masajeador y los efectos que producía en mí. Yo me retorcía de placer, y fuera de sentir vergüenza, estaba totalmente entregado a esos machos desnudos y hambrientos de nuevas sensaciones.

Apunté mi trasero hacia la mirada de los cinco hombres

De pronto sentí el contacto de una mano sobre mi nalga derecha. Era la de Rolo. Mientras se masturbaba, con la otra mano intentaba abrir más mi culo. Me estaba tocando, y tal vez estaba tocando el culo de un hombre por primera vez en su vida. No tardó mucho para que a esa mano se le sumara otra en mi nalga izquierda. Era Nicolás, y entre ambos, me abrieron los dos glúteos de tal manera, que ahora el chorro de agua se metía completamente en mi interior, sintiendo como llegaba a mis intestinos. Mi ojete estaba completamente dilatado, y el interior de mi culo se llenaba de líquido. Por un momento se detuvieron, y entonces, como si se tratara de un enema, expulsé toda el agua que me había inundado por dentro. El chorro salió violentamente, impactando en los muslos de Leandro, que estaba justo detrás de mí, arrodillado y con su verga levantada. Entonces él tomó la manguera y repitió la operación varias veces, y en cada una, volvía a expulsar el agua violentamente. Leandro se me acercó más y más.... y mientras seguía masajeándome con el agua, su pija descomunal estaba a pocos centímetros de mi ano ebrio de placer.
Nicolás y Rolo seguían abriéndome el ano entre los dos, mientras Basilio y Manolito contemplaban la escena haciéndose sendas pajas. Me dio mucho morbo ser el centro de atención de esos sementales. Los imaginaba cogiendo con mujeres, por eso me ponía loco que fuera un hombre el motivo de su excitación.
El agua había hecho su tarea, y mi culo pedía más. En esa postura inequívoca, la pija de Leandro por fin posó su punta como por descuido sobre mi ojete, abierto y suplicante. Solo tuvo que acercarse un poco más para que su glande entrara en mi agujero. Todos siguieron la acción con exclamaciones casi animales.
La excitación general era muy fuerte, y naturalmente, yo me dejaba llevar, en una sensación de vulnerabilidad total hacia esos hombres. Leandro se quedó quieto por un momento, entonces yo di el primer envión hacia su pubis para terminar de ensartarme en ese carajo tan duro. Retrocedí tragándome el falo de Leandro hasta la mitad. Aullé de dolor, y pronto el placer reparó la sensación de molestia, creciendo en mí la necesidad de ir por más. Fue cuando él avanzó en un sólido movimiento. Mi ano se amoldó a su visitante y lo rodeó por completo. El pene de Leandro entró en toda su extensión y yo sentí que mi cuerpo se partía por la mitad. Pero también mi verga alcanzó un estado insólito de dureza, lo que encendía aún más mi deseo de ser penetrado. Poco a poco se fue moviendo en mi culo, y comenzó un movimiento parejo y enloquecedor. Me cogió por largo rato, sin tocarme. Solo era el contacto de su pija con mi culo, y las manos de Nicolás y Rolo que ayudaban a mantener mi culo abierto.
Leandro se detuvo y mirando a Manolito, le cedió gentilmente el sitio. Después de esa enorme verga, mi culo ya podría soportar a cualquiera de los falos allí presentes. De todos modos, Manolito excedía en grosor las medidas de Leandro. Entrar no fue fácil, pero mi culo nuevamente se adaptó al nuevo calibre. Miré la escena desde mi postura. Basilio se acercó a Manolito y con la manguera bañaba la zona de la penetración. El agua refrescaba nuestra unión y cada tanto Manolito me lubricaba con saliva abundante. Basilio había apoyado una mano sobre el hombro de Manolito como para ayudarlo en los movimientos. Lo miró fijamente y se centró en su peludo pecho. Subió la manguera y también bañó los pectorales y los pezones del gallego. El vello hacía remolinos, dibujos y vetas que se pegaban a esas dos grandes tetas. Pasó lo que intuía, pues Basilio no pudo contenerse y llevó la mano que apoyaba sobre el hombro de Manolito hasta su pecho, comenzando a acariciarlo tímidamente. Tocó tenuemente sus pezones, y Manolito puso la mirada en blanco llevando la cabeza hacia atrás.
Leandro los miraba atentamente, comprendiendo que, entre juegos, se habían metido un camino que no tendría retorno. El agua seguía chorreando por el enorme pecho de Manolito, y Basilio ahora lo frotaba con indisimulada pasión. Leandro tampoco pudo contenerse y para sorpresa de todos se sumó a las caricias de su compañero. Entonces, Manolito, totalmente fuera de control, y bombeando siempre el interior de mi ano, abrió los brazos, y atrajo hacia su torso a Basilio y a Leandro, que quedaron aprisionados entre sus manos. Y Leandro fue el primero que se animó: lentamente acercó su boca al pecho de Manolito, y se metió un pezón en la boca. Manolito lo sujetaba por la cabeza, gritando de placer. Basilio no se quedó atrás, y tomando el otro pectoral de Manolito como si fuera un pecho de mujer, lo empezó a lamer pasando la lengua por los largos pelos. Maniobró sus labios circularmente hasta llegar poco a poco a la punta deseada, gorda y carnosa. Abriendo la boca desmesuradamente empezó a succionar ruidosamente el pezón de ese macho en acción.
Cuando Manolito se detuvo para ceder el lugar a otro, yo giré y me puse boca arriba para gozar mejor de la vista. Nicolás se puso a horcajadas sobre mí y de un solo movimiento hundió su verga hasta sus pelos colorados. Estábamos frente a frente y no podíamos dejar de mirarnos a los ojos. Rolo se había puesto detrás de mí y yo descansé sobre sus muslos abiertos. Él, imitando lo que acababa de ver, tomó mis dos pezones en sus manos, y comenzó a acariciarlos, provocándome un placer enorme. Nicolás se acercaba cada vez más a mí, y nuestras caras quedaron a pocos centímetros de distancia. Por sobre su cabeza pude ver a Manolito, Basilio y Leandro, muy juntos, muy abrazados entre sí. Se estaban dando una sesión muy intensa de caricias. Todo sucedió de una manera muy natural: en un momento se miraron a los ojos unos a otros, acercaron sus bocas, y se unieron en un beso apasionado, mientras sus vergas se chocaban entre sí. Fue en ese momento preciso que Nicolás cayó sobre mi boca y me besó invadiéndome con toda la longitud de su lengua. Él miró a Rolo, que lo contemplaba extasiado y también subió buscando su boca. Rolo lo recibió gustoso y ambos se inclinaron para unir su beso a mis sedientos labios.
Cuando Nicolás dejó mi culo, sentí mi ano contraerse buscando algo con que llenarse otra vez. Basilio advirtió esto y tomándome de las piernas, las apoyó sobre sus hombros apuntando su miembro a mi zona más íntima. Nicolás mojó mi agujero con la manguera y Basilio la embadurnó con un poco de jabón del que usaban para lavar los tapizados, entonces la punta de su verga enfiló hacia mi interior, desgarrándome de placer. El cuarto macho me la estaba dando por el culo, y yo me arqueaba bajo el beso de Rolo, que seguía martirizando mis tetas.
Manolito y Leandro se pusieron a mis costados, enfrentados y arrodillados. Con las dos vergas en alto, se abrazaron y se besaron largamente. Entonces con cada una de mis manos, tomé sus pijas y las empecé a pajear. Me miraron atónitos, pero llenos de deseo se volvieron a unir en un beso desaforado. Rolo cambió de posición y fue a esperar su turno de penetrarme. Sólo faltaba él. Pronto Basilio dejó el caliente sitio a su compañero. Rolo me penetró ávida y ansiosamente, de una manera que me hizo pensar que se iba a derramar dentro de mí en cualquier momento.
Entonces pasó algo que me hizo enloquecer. Decididamente, Leandro hizo un gesto a todos, y entre él, Manolito, Basilio y Nicolás, me levantaron en sus brazos y sin salir de mi ano Rolo quedó de pié con la nueva postura. Los cuatro hombres me hacían un lecho de brazos en el cual yo descansaba sobre mi espalda. Mientras acariciaban mi musculoso pecho y peinaban mi fino vello, Rolo seguía taladrándome con su falo prodigioso. Sostenido por ese colchón de brazos, manos y músculos que ayudaban con rítmicos movimientos a la impetuosa penetración de Rolo, yo estaba más que en la gloria.
Exhausto, Rolo salió de mi culo cuando sintió que iba a acabar. Entonces los cuatro hombres me depositaron de nuevo en el piso y me rodearon con sus miembros en la mano. Todos se estaban masturbando alrededor mío y como acercaban las pijas a mi cara, me incorporé un poco y fui metiéndomelas a todas en la boca, saboreando repetidamente cada una, probando sus diferentes texturas, tamaños y grosores.
Leandro, en el colmo del delirio, lanzó un grito descontrolado, y su verga me llenó de semen todo el pecho. Rolo siguió a su líder, con chorros como latigazos; Basilio y Manolito se corrieron juntos, mirándose uno al otro, y yo eyaculé junto con Nicolás.
Estaba totalmente cubierto de esperma en el medio de un olor tan masculino como embriagador.
Miré uno a uno a mis nuevos amigos, que poco a poco volvían a serenarse. Estaban hermosos, bajo el esplendor de sus cuerpos agitados y mojados.
Desde el interior, nos volvió a la realidad el sonido intermitente del teléfono interno. Basilio se levantó rápidamente y fue a atenderlo, no sin cierto pudor. Levantó el tubo, balbuceó con extraño tono "garaje", y escuchó expectante. Luego, sacando medio torso por la ventana, dijo:
-Gutiérrez quiere saber si Fermín ya terminó.
Nos miramos con una tierna sonrisa, cómplice y fraterna.


         Continuará...

domingo, 26 de abril de 2015

Domingo vintage

Aquellas viejas fotos que nos sacamos con papá.