jueves, 31 de marzo de 2016

lunes, 28 de marzo de 2016

Rodeado de hombres desnudos



Rodeado de hombres desnudos
Parte I - Despertares


La historia de Rubén es la historia de una transformación.
Virar el devenir de los sentires podría ser interpretado como una verdadera transformación. También podría admitirse que las transformaciones no existen, sino que en realidad, y dada la naturaleza de lo que contaré, esta historia no trate más que de una conspiración de circunstancias propicias para que lo certero aflore desde lo oculto, y así, lo que habita escondido e ignoto a la vista de todo mundo, finalmente salga a la luz sin respetar forma adecuada ni tiempo esperado.
¿Pero qué es lo que creemos saber y qué es lo certero? Nos confundimos queriendo reconocer eso en nosotros mismos, pero cuanto más indago en ello, me doy cuenta de que la cosa es mucho más simple de lo que pensamos, al menos en la historia de Rubén. Y puede que haya más de una disquisición sobre lo que aquí se va a leer, más, seguramente coincidiremos en que los giros de ciento ochenta grados suceden, aunque eso ocurra una sola vez en la vida. Supongo que es un giro en una sola y contundente dirección, pues una vez iniciado, difícilmente pueda volver atrás.
Como dije, de Rubén trata esta historia.  Rubén era un desocupado más, un simple jefe de familia, esposa y dos hijos en edad escolar, un hombre común, uno más. Acababa de perder su empleo en una fábrica textil declarada en quiebra hacía unos meses, algo bastante común por cierto, y que de tan común se termina por aceptar como una cosa de todos los días. Rubén no llevaba bien, como es de suponer, este trance que le había tocado vivir. Y a los cuarenta y siete años se encontraba, más que nunca, tan perdido en la vida como si tuviera que empezar todo de nuevo. Tal sentimiento no estaba lejos de la realidad, en verdad le pasaba eso, sentía que en todos esos años, no había obtenido nada de aquello que se supone viene con la edad. Sí, era como el principio, todo otra vez. Día tras día, formaba filas y filas entre los cientos de aspirantes a los escasos empleos que diariamente se publicaban en el periódico, para ser rechazado por la misma razón que muchos. A su edad, todo se hacía difícil. Él decía "difícil", ocultándose a sí mismo la palabra "imposible".
Su mujer estaba a cargo de la portería en un edificio de departamentos. Gracias a eso tenían un techo y no habían caído en la indigencia. Pero Rubén estaba desesperado. Las deudas se acumulaban y su propia autoestima descendía tanto como su fe. Fue por eso que aceptó sin pensar aquella propuesta de trabajo que le había hecho el vecino del 4º "A", el señor Rivano, que administraba un gimnasio cercano al barrio. Rivano lo recomendó sin dudar, sabiendo que el dueño del gimnasio necesitaba personal. Rubén concurrió temprano al gimnasio cuando fue citado para la entrevista. La recomendación del administrador Rivano era más que suficiente y Rubén obtuvo sin problemas el esperado puesto. No sabía para qué fines iba a ser empleado pero supuso que seguramente iba a encargarse de la limpieza o algo parecido. No era cuestión de elegir, sabía que debía conformarse con cualquier menester, y afortunadamente  – se mire por donde se mire – le comunicaron que iba a estar a cargo del vestuario de hombres. A pesar de ser empleado nuevo el sueldo era bastante razonable, aunque tenía que trabajar toda la jornada y cobrar la mitad de su salario en negro. Rubén no estaba en situación de discutir nada, así que ni bien recibió la confirmación del trabajo se presentó el primer día, lleno de alegría.


Enseguida se abocó al trabajo: Rubén se encargaba de custodiar el guardarropa, de mantener el orden y la limpieza en el lugar, y de asignar armarios pagos para aquellos clientes que quisieran usarlos.
El vestuario era muy amplio. Varios bancos situados en filas paralelas, se distribuían en un gran salón con forma de ele. Al fondo había dos accesos: a la derecha el de los lavabos que precedían los baños, y el de la izquierda que daba a las duchas. También había un baño sauna que Rubén debía controlar todo el tiempo. El trabajo era muy simple, pero requería dedicación constante. Para eso, Rubén era mandado a hacer.
Día tras día, Rubén se acostumbraba rápidamente a su nueva actividad. Su mujer estaba más aliviada porque las cosas empezaban a estabilizarse. Por eso mismo, se resignaba a no ver a su marido en todo el día. Rubén llegaba a casa por las noches para cenar con ella e irse a dormir. Apenas podía estar con los niños y eso le causaba un cotidiano sinsabor. Sin embargo, todo en la familia parecía andar finalmente sobre ruedas.
Al principio, nada pasaba.
Pero cuando las cosas comienzan, inmediatamente siguen su propio curso, como el caudal de un río cada vez más torrentoso e incontenible.
Las jornadas fueron pasando y Rubén era ya personaje conocido por todos los asistentes del gimnasio que, según los días de la semana, iban pasando por allí con cierta asiduidad cíclica. Él hablaba con toda la gente, o al menos con quienes le daban conversación, un poco por no aburrirse en ese tedio cotidiano entre cuatro paredes, y otro tanto porque Rubén era naturalmente un hombre dado y simpático. Podía hablar desde temas relacionados con el clima, hasta los del alza del dólar, sobre el último partido de fútbol transmitido por televisión, o sobre aquella novela de Saramago que había leído en el verano.
El constante desfile diario de cada socio del gimnasio comenzó a ser para Rubén el pobre y único motivo de pasatiempo posible. Así, el hecho de reparar en ellos fue casi natural, diríamos. Por la mañana, estaban los que hacían aparatos y que partían después a sus trabajos. Los del mediodía, eran los que abrían la actividad de la piscina y las clases de natación. Por la tarde, había un público más variado. Después de las 17 venían los jóvenes y niños que salían de la escuela, y a última hora, los oficinistas, profesionales o comerciantes, que después de un día de trabajo, le dedicaban algunas horas al ejercicio, a nadar o a los tantos deportes que se practicaban allí. Eran los que usaban más el baño sauna, y a veces iban al gimnasio solamente con ese fin.
Puede decirse que el tedio fue la primera causa de todo, pues por sentirse aburrido, o por no tener nada que hacer, a Rubén no se le ocurrió mejor pasatiempo que observar más detenidamente a los visitantes del vestuario. Al principio le resultaba divertido fijarse en sus prendas de vestir. La induentaria de una persona se corresponde con su personalidad, su ocupación, su estatus social, cosas con las que Rubén se entretuvo un tiempo. Cuando esto lo aburrió nuevamente, pasó a observar los cuerpos que aparecían debajo de esas ropas. Una vez desnudos, y libres de esas etiquetas sociales, los hombres parecían todos iguales entre sí. No dejaba de ser interesante. Tal vez por eso comenzó a observar las diferencias dentro de esa aparente igualdad.
Entonces lo divertía reparar, por ejemplo, en los distintos tamaños de los penes que a diario desfilaban ante él. Hasta habíase inventado una clasificación ridícula pero muy entretenida: los de tamaño "S" (small), "M" (médium), o "XL" (extra large). Obviamente, cuando aparecía un "XXL", Rubén miraba mucho más de la cuenta, ya asombrado o incrédulo.
También empezó a fijarse en los distintos comportamientos según los casos: estaban los que se escondían de todo el mundo al cambiarse de ropa, tímidos y vergonzosos, y los que –tal vez por tener un físico envidiable – se mostraban desnudos por todo el recinto, como si por eso se les fuera a otorgar una cucarda al mejor porte. Otras veces esta postura egocéntrica no tenía nada que ver, porque muchos de los que gozaban con exhibirse sin tapujos no eran hombres hermosos ni sus cuerpos armoniosos. En este recreo de mostrarse como pavos reales, Rubén había advertido que los exhibidores también ejercían el rol de admiradores. Por supuesto, Rubén consideraba que esto respondía a una cierta tendencia que todos los hombres tenemos, más o menos, a la competencia natural entre machos.
Como si se tratara de una suerte de burócrata oficial de atributos personales tras el mostrador del guardarropas, empezó a fijarse y comparar alturas, colores de piel, edades, diferencias entre hombres lampiños o velludos y, sin darse cuenta, estaba cada vez más familiarizado con la anatomía masculina, pues está de más decir que Rubén era alguien extremadamente observador. Todos esos juegos que había comenzado como un descuidado y solitario pasatiempo, no fueron más que "ensayos" de lo que vendría irremediablemente después.

***

Pero hubo un día que, podríamos decir, fue definitivo. Fue aquel en que entró a trabajar el nuevo profesor de natación. Se llamaba Héctor y desde el primer encuentro le resultó muy simpático. Después de entablar algunas palabras, Héctor le dijo a Rubén que se verían a diario, pues él iba a trabajar allí casi todos los días. Mientras seguían charlando, el profesor de natación abrió su bolso y sacó una toalla y dos trajes de baño. Uno era un pantaloncito y otro un diminuto speedo. Rubén pensó: ¡Caramba!, va a ser divertido ver si este pedazo de hombre puede meter su humanidad en esa diminuta cosita. Y es que Héctor era un hombrote de casi dos metros de estatura y un cuerpo atlético que llamaba la atención. Un hombre que sin ser un adonis – pues su cara no era realmente bella – resultaba altamente atractivo y masculino. Así que Rubén, quedó, casi sin darse cuenta, a la expectativa de lo que pasaría.


Héctor se fue quitando la ropa. Vestía informal y muy a la moda. Ropa cara y de marca, Rubén ya había observado todo eso. Al abrir su camisa, apareció un torso generoso y bien definido. Dos pectorales bien abultados sin rastros de vello alguno, coronados con pezones redondos y muy rosados. Su abdomen era realmente espectacular: abdominales marcados en varias capas y desde el ombligo una fuerte línea de pelos negros que se perdían debajo de sus vaqueros desabrochados. Acomodó su camisa en la percha que le había alcanzado Rubén mientras seguían comentando algo sin importancia, Héctor se bajó los pantalones y sus bóxers blancos también se bajaron un poco. Se dio la vuelta y Rubén no pudo evitar mirar lo que asomaba debajo de esa blanca ropa interior. No tuvo que imaginarse mucho, pues Héctor se quitó enseguida los bóxers quedando desnudo por completo. Rubén miró atentamente el bellísimo trasero del profesor de natación. Era perfecto. Abrió los ojos, estupefacto, y aunque hubiese querido, ya no pudo dejar de mirarlo. Dos glúteos enormes, que se ensanchaban y entroncaban con esos pilares sólidos que Héctor tenía por muslos, una raya recta, apretada y larga dividiendo en dos la blancura de su piel firme, algunos vellos que asomaban y se espesaban hacia el secreto interior; todo ese conjunto, hizo que algo se moviera dentro de Rubén.
Claro, él aún no sabía que estaba sucediendo, porque tampoco se había alarmado por el hecho de no poder apartar sus ojos de aquel culo encantador. Héctor tomó su toalla y se dirigió hacia las duchas, perdiéndose tras su sonrisa. Rubén respiró hondo, se pasó una mano por la frente y experimentó un leve temblor.
Pero no tuvo tiempo de pensar en eso porque enseguida entraron dos hombres más al vestuario. Venían hablando de fútbol tan acaloradamente que casi no repararon en su presencia. Rubén les alcanzó unas perchas numeradas y volvió a su puesto detrás del mostrador. Los dos hombres, vociferando y discutiendo penales, estrategias de juego y cosas por el estilo, acomodaron sus bolsos y empezaron a desnudarse. Rubén enseguida los observó. Ambos tenían como treinta años. Uno era bastante más corpulento que el otro, pero el otro era más alto. Pronto estuvieron desnudos, y así, en pelotas, seguían discutiendo cada vez más compenetrados en determinar si el director técnico Fulanito tenía que seguir estando a cargo de su equipo preferido o deberían cambiarlo por Menganito. Rubén no dejó de mirar sus cuerpos. Pero ya no le daban ganas de entretenerse con su jueguito clasificatorio. Estaban de espaldas a él, así que sus ojos fueron directamente a sus blancos culos. El hombre alto era bastante peludo, por lo que llamó su atención la cantidad de vello que cubrían esas dos nalgas tan bien formadas. El otro, lampiño, de altura mediana, ostentaba un culo aún más sobresaliente que el de su amigo. Rubén se preguntó cuán suave sería al tacto esa piel tan blanca y lisa que tenía delante suyo, a escasos metros.
En ese pensamiento estaba cuando se dio cuenta de que Héctor ya había salido de las duchas y venía secando su cuerpo desnudo. De pronto Rubén no sabía a quién mirar. Pero era ya evidente que una extraña curiosidad se había apoderado de él. ¿Curiosidad? ¡Nunca había tenido "esa" curiosidad! Héctor terminó de secarse y estaba dispuesto a enfundarse en su speedo. Entonces quedó bien de frente ante Rubén. Las proporciones de su sexo lo dejaron boquiabierto. Sin dudas, se trataba de un indiscutible tamaño "XL", pensó. La pregunta siguió vigente en su mente ¿Cómo metería todo eso en el traje de baño? Héctor metió primero una pierna, luego la otra... y fue subiéndose cuidadosamente el speedo hasta la cintura. ¡Sí, le costó! No fue fácil acomodar ese par de bolas enormes y luego esa verga que parecía una morcilla, y tampoco le fue fácil ocultar bajo la tela, aquella cantidad de pelos negros que parecían querer disgregarse por los costados. Pero, ante el asombro de su atento observador, Héctor terminó de ubicar muy bien sus abultados atributos en la diminuta prenda. Era evidente que estaba habituado a eso. Encima se colocó los pantaloncitos, y saliendo, saludó muy sonrientemente.
Del otro lado los dos hombres que ya se habían vestido con sus ropas deportivas, entregaban a Rubén sus bolsos en custodia y salían también, a tiempo que entraba un grupo de jóvenes al vestuario. También Rubén los observó y casi automáticamente se puso a comparar todos los cuerpos que tenía ante sí. Eran cinco jóvenes que no tendrían más de dieciocho años. Lucían vigorosos, enérgicos y todo el tiempo bromeaban entre ellos. Venían de entrenar, absolutamente sudados y evidentemente cansados. Pronto quedaron también como Dios los trajo al mundo y para Rubén fue un festín fijarse en cada uno de sus culos. Sí, eran hermosos, pensó. Distintos a los que recientemente habían atrapado su atención. Estos eran tersos, casi femeninos, y tal vez fue por eso que tampoco dejó de mirarlos un segundo, tal vez fue por eso que instintivamente, casi como por reflejo, Rubén llevó su mano directamente a su entrepierna y acarició su incipiente erección.
Pero ¿qué estaba haciendo? ¿Qué encontraba de excitante en todo eso? No lo sabía, y todo en su cabeza se confundía un poco. Miraba esos culos blancos y era como imaginarse virginales señoritas desnudas. Sí, había mucho de atractivo en eso... ¡pero eran varones! Rubén estaba un poco perplejo, pues si bien hacía un tiempo ya que trabajaba rodeado de hombres desnudos, era la primera vez que reparaba en ellos de "otra manera". Y minimizó el asunto cuando disfrutó con ellos el remanido ritual del juego de las toallas. Los jóvenes empezaron una batalla de toallas enroscadas corriendo tras la primera nalga que tuvieran a la vista, desnudos por todo el vestuario, vociferando y gritando alegremente. Rubén sonreía tiernamente, pero también hubiera querido participar: castigar esas nalgas vírgenes, y ser tocado también por esos látigos sustituidos, como si volviera a ser joven de nuevo. Los chicos finalmente desaparecieron en las duchas y todo terminó.
Rubén tenía una erección muy fuerte. Se quedó detrás del mostrador, esperando a que su sexo se apaciguase. Se puso colorado y se abrió la camisa un poco, como para tomar aire.
En el fondo del vestuario, agazapado en la última fila de bancos, había un hombre de bigotes que no había visto entrar. Se intimidó un poco al descubrir que le clavaba la mirada por un segundo. Rubén siguió haciendo sus cosas y restó importancia al asunto cuando el hombre entró también a las duchas. Fue cuando se dio cuenta de que su erección había desaparecido.
Sí, ese fue el primer día en que Rubén notó un primer cambio. Por la noche, al llegar a su casa, saludó a su esposa, se sentó a comer, y contrariamente a otros días en que comentaba los pormenores de la jornada, se quedó pensativo y callado todo el tiempo. De todos modos, pensó, “mañana será otro día”, y los episodios de hoy, tan raros, quedarían en un curioso anecdotario secreto y olvidado.

***

Por eso al día siguiente, Rubén regresó como cualquier otro día a su puesto de trabajo. La primera persona que entró al vestuario fue el afable profesor de natación. Héctor no venía solo, estaba acompañado de uno de los profesores de gimnasia, Gabriel. Hablaban entre ellos, y así se dirigieron a una de las bancas. Rubén los saludó y por un momento participó de su charla. Creyó que todo acontecía como todos los días, pero al volver al mostrador, nuevamente quedó sorprendido de sí mismo por el creciente interés que ponía al verlos desnudarse.
Nunca había reparado en Gabriel. Se preguntó por qué ahora no dejaba de observarlo. Gabriel se quitó toda la ropa y quedó desnudo antes que Héctor, que era de movimientos más parsimoniosos. Lo que más llamó la atención a Rubén fueron los desarrollados pectorales de Gabriel. Era un hombre de unos cuarenta años. Alto y de músculos trabajados. Tenía el pecho poblado de un vello ensortijado y abundante, sobre todo en el centro, y descendiendo hacia el bajo vientre. Más abajo, su sexo – que él clasificaría con una "S" – emergía apenas visible entre tan enmarañada selva, textura que se repetía en todo su cuerpo, incluso, aunque en menor proporción,  en sus espaldas. El conjunto era impactante. Un cuerpo increíble cubierto por una cantidad de vello asombrosa. Gabriel se detuvo un momento para acariciarse las tetas enormes pasando inconscientemente sus dedos por esos dos prominentes pezones que remataban su torso. Sus pectorales se hacían puntiagudos y caían un poco por su propio peso, a pesar de verse tan firmes. Mientras seguía hablando con Héctor, las manos recorrían cada curva, hundiéndose sensualmente en la gran cantidad de pelos negros. Rubén miró deslumbrado esos pechos tan redondeados, sobresalientes, y se detuvo a compararlos con los de Héctor, que si bien el día anterior le habían impresionado, ahora quedaban  en un segundo lugar.

Finalmente Gabriel se enfundó en un suspensor muy ajustado. El vello púbico se le arremolinaba en los costados y las dos tiras de la prenda apenas envolvían su no menos peludo trasero. Terminó de vestirse con su ropa deportiva, listo para salir. Héctor ya estaba entrando a la ducha, se despidió de Gabriel y Rubén quedó absorto en su mostrador.
Enseguida sospechó que ese sería otro día perturbador en su vida. Intentó seguir con su tarea cotidiana y buscó el lampazo para repasar el piso. Así siguió hasta el umbral de las duchas. Sintió el ruido del agua y tragó saliva. Entró al baño y desde allí vio como Héctor se duchaba lentamente. Nuevamente la visión de ese culo desnudo y blanco, perfectamente formado, lo llevó a un estado de movilización extrema. Pero no atinó a retirarse. Se quedó allí un largo rato, simulando repasar el piso. El cuerpo de Héctor era una especie de escultura.
-Rubén, ¿estás ahí?
-¿Eh?, sí... sí... estoy aquí...
-Ah... me pareció.
Sólo dijo eso..... y los dos hombres guardaron silencio. Pero Rubén miró con menos disimulo los movimientos de Héctor, que se pasaba las manos por todo el cuerpo, disfrutando de la suave caricia del agua caliente. Poco a poco, las manos se detenían cada vez más en su zona púbica, lavando y enjuagándose el sexo. Cuando lo dejaba libre, el pene daba muestras de haber crecido de tamaño. Rubén seguía la escena con el lampazo en la mano. Héctor puso la cabeza bajo el chorro de agua y se dio vuelta. ¡Otra vez ese culo prodigioso! Con ambas manos lo abrió y dejó que el agua pasara entre los glúteos. Así estuvo un rato largo, como si fuera consciente de su íntima exposición. Al girar sobre sí mismo, Rubén advirtió que ahora el sexo de Héctor se había agrandado considerablemente. Tal vez se había quedado corto con la clasificación "XL", pensó, considerando que el miembro aún no estaba del todo duro.
-Todavía no viene mucha gente ¿no? – dijo Héctor, sonriente.
-Eh... Sí, sí, así es…, eso parece – titubeó Rubén – pero no creas, enseguida esto se llena.
-Lástima... así está todo tan tranquilo – dijo con una mirada extraña.
-Es verdad…
-Y cuando no hay gente ¿no te dan ganas de usar las duchas?
-¿A mí?
-¿O de relajarte en el sauna?
-Bueno... yo... nunca lo pensé…
-El agua está muy buena... cuando hay mucha gente no sale tan caliente... pero ahora es una verdadera delicia.
Héctor cerró los ojos y se abandonó al chorro de agua. Rubén lo contemplaba, sin poder moverse. Miró una vez más el talle de su torso, afinándose hacia los abdominales... se entretuvo con esa pelusilla del ombligo y sus ojos dieron de lleno con el tufo de pelos en forma de V que adornaba su amplia pelvis. Mojados, parecían aún más largos. Su verga, un aparato carnoso y largo, se iba levantando cada vez más. Ahora el tamaño era asombroso.
-Buen día, Rubén ¿todo bien? – dijo la voz de alguien que, envuelto en una toalla, estaba entrando a las duchas.
-¡Señor Rivano!
Pronto se deshizo en salutaciones y, sonrojado, revisó intuitivamente que todo el sitio estuviera en orden, no era para menos su sobresalto, después de todo se trataba de la persona que le había otorgado el puesto. Rivano, saludando sonrientemente a Héctor, entró a la segunda ducha. Rubén lo miró de reojo y se dio cuenta de que el señor Rivano también estaba muy bien dotado. Hasta podría haberle otorgardo un "XXL", sin dudarlo. El hombre tendría unos cincuenta años, algo canoso, fornido y poseedor de un cuerpo que evidenciaba un pasado deportista. La verga colgaba flácida entre dos bolas muy grandes moviéndose de un lado a otro, pesada, gruesa, gorda. ¡Vaya con el señor Rivano!
-Rubén – dijo Rivano mientras se enjabonaba – hoy, a última hora, me gustaría tomar un baño sauna...
-No se preocupe, señor Rivano, lo mantengo toda la tarde y se lo tendré listo para cuando llegue, por supuesto.
-Gracias, yo sabía que ibas a hacer buen trabajo aquí, Rubén, no me equivoqué – dijo Rivano, saliendo del agua al mismo tiempo que Héctor y secándose vigorosamente con la toalla. Los dos hombres desnudos, salieron riendo y hablando de alguna cosa que ya Rubén no pudo escuchar. Le llamó la atención que Rivano tuviera bastante confianza con el profesor de natación, incluso ponía a veces su brazo alrededor de los hombros de Héctor, o de su cintura. Cuando terminaron de vestirse, salieron del vestuario.
Rubén quedó solo. Enseguida tuvo un impulso. Desabrochó su pantalón y puso en libertad su pija endurecida por la excitación. Estaba rigidísima y húmeda por el abundante líquido transparente que había segregado. ¡Caramba!, pensó, no entiendo que me está pasando. ¿Será que a esta altura de mi vida están empezando a gustarme los hombres? Iba a hacerse una paja, escuchó algunos ruidos en el salón, que creía desierto. Apresuradamente ocultó su porfiada erección y siguió repasando la humedad del piso. Cuando alzó la vista vio al misterioso hombre de bigotes que había visto el día anterior acercándose al mostrador. Nuevamente su fija mirada lo inhibió. El tipo, sin saludar y agriamente serio, solicitó unas perchas y fue a cambiarse a la banca más alejada.

(Continuará el próximo lunes)

Franco

Agosto 2007