Ayer, día frío y gris en Buenos Aires, entro a un café y pido un capuchino con una medialuna. Me quedo absorto revisando mi whatsapp, vista sobre la pantalla, atento a los mensajes..., cuando de pronto llega mi pedido y veo un brazo desnudo y completamente velludo que se estira a pocos centímetros de mi cara para apoyar la taza humeante. El móvil por poco no cae al piso. Abriendo los ojos desmesuradamente devoro con mi vista el escándalo de pelos negros que comienza en los dedos hasta perderse bajo la manga. Subo, dejándome llevar por esa visión para encontrarme con una sonrisa franca y simpática enmarcada en una hermosa barba. El camarero me saluda y me dice "que lo disfrutes". Lo que él no sospecha es que, en realidad, yo ya lo estaba disfrutando enormemente. Lo sigo con la mirada hasta perderlo detrás del mostrador y me digo: mañana tengo que dedicarle un post en VH. No, no pude sacarle una foto, me hubiera dado un poco de vergüenza, pero sí, les regalo esta galería de bra...
Esos culitos al aire, en contraste con la virilidad de frente que aún en reposo tiene un aire casi combativo, parecen tan vulnerables, tiernos, que impulsan a acariciarlos.
ResponderEliminarFabrice
¡Ohhh!, 54 sorpresas. Personalmente sí prefiero los vellohomos con los "pantalones bién puestos", porque precisamente me brindan la oportunidad de quitárselos. Jajaja. Algo que se sugiere, porque no es explicito, siempre desemboca en una gran curiosidad. Aquí me encontré 3 regalos a medio desenvolver: el # 7, el # 22 y el # 41. Descubrir lo que hay debajo de sus camisas, imaginar sus manos y sus pies, pensar y repensar sobre lo que ocultan discretamente detrás de sus piernas, es simplemente provocador y placentero.
ResponderEliminarGracias Franco. Saludos.