sábado, 30 de julio de 2016

El cuentito de fin de mes



 - Después de verte desnudo -
(Un tierno cuento erótico)


- Amador.
- Perdón, ¿cómo dijiste?
- Amador. Sé que no es un nombre muy común. Nací en España, y vine a la Argentina cuando era adolescente. Fue mi padre quien eligió ese nombre para mí, también mi abuelo se llamaba Amador, así que me viene de familia. ¿Y vos?
- ¿Yo qué?
- Tu nombre...
- Ah, sí, perdoname, me llamo Teo.
- ¿Te pusieron ese nombre por Van Gogh?
- Nada de eso. Ni el pobre Vincent, ni su hermano, ninguno tuvo nada que ver, en realidad mi nombre no lleva hache y Teo viene de Teodoro, así me llamo, como vos, acarreo el nombre familiar también gracias a mi abuelo.
- No me digas. Ya ves, Teo, ya sabía yo que teníamos algo en común.
- Hace un rato en la reunión de padres, no parecía que tuviéramos algo en común, precisamente - rió Teo.
- No. La gente nos miró mucho por cómo nos enojamos en el debate ¿Siempre te ponés así de furioso cuando discutís algo?
- ¿Furioso decís? no, no fue para tanto.
- Evidentemente no te gustó nada lo que pensaba sobre ese tema de la cooperadora.
- Sólo digo las cosas que pienso. Aunque... a veces me cueste encontrar el tono o el momento adecuado para decirlas sin que la gente piense que soy un loco.
- No, loco no - rió Amador - pero se nota que te gusta hablar con sinceridad, de eso no tengo duda. Me gusta la gente como vos, así que intuyo que nos llevaremos muy bien.
- Hagamos las paces entonces. Mucho gusto, Amador.
- Encantado, Teo.
Y ambos hombres se dieron la mano. Salían de aquella reunión del colegio al que asistían sus hijos, ambos de ocho años. Eran los únicos varones, pues el resto de la concurrencia estaba formada por madres que no dejaban de hablar y cotorrear entre ellas.
- ¿Y qué te hace pensar que nos llevaremos bien?
- Ah, no tengo idea. Pero siempre fui muy intuitivo. La verdad es que no estaba del todo en desacuerdo con vos en la reunión, sólo quise ver hasta dónde llegaba tu bronca y me dispuse sacarte de quicio.
- Pero mirá que bien: además de Amador, provocador.
- Nada de eso. En realidad si no fuera por vos, me sentiría rarísimo entre tantas comadronas. Se ve que los padres nunca vienen a estas reuniones, me alegro de que estés aquí y no me dejes solo.
- Te pido disculpas, Amador, si te he gritado un poco.
- ¿Que si me has gritado? Pues más bien parecía que me ibas a tirar con el pizarrón por la cabeza... lo peor fue que cuando quise exponer mis razones y me interrumpiste, cuando protesté con razón, me prometiste que me ibas a dejar hablar enseguida. Yo esperé, paciente, iluso de mí, y nunca más me dejaste hablar.
- No siempre cumplo lo que prometo - dijo Teo, con un cómico gesto.
- Ya me di cuenta, no hace falta que lo aclares. Lo tendré en cuenta para el futuro.
Los dos rieron, y terminaron haciéndose chistes el uno al otro. Era mediodía y ambos se quedaron charlando animadamente, parados en el umbral del colegio, en medio de aquel día otoñal y algo frío. Era evidente que, después de haberse visto sólo en un par de oportunidades al llevar a sus hijos a clases, ahora habían simpatizado rápidamente.
- Te invito un café en el bar de la esquina, Teo.
Teo miró su reloj, y lamentó cerciorarse de que se le hacía tarde.
- Disculpame, Amador, me gustaría mucho, pero tengo que ir al trabajo.
- Está bien, lo dejamos para otro día entonces.
- Será un placer.
- ¡Hasta luego!
- ¡Chau!
Los dos hombres se despidieron y se alejaron en direcciones opuestas.
Al día siguiente, Amador y Teo volvieron a encontrarse a la entrada del Colegio. Llevaban a sus respectivos hijos de la mano, y al verse se sonrieron afablemente. Se observaron mutuamente, mientras ambos despedían a sus chicos, conduciéndolos hacia el interior del Colegio. Era esa descuidada mirada que los varones de Buenos Aires suelen tener entre sí. Una mezcla de reconocimiento entre pares, observación casi tribal, o simplemente curiosidad entre los del mismo sexo que hace que en un momento determinado el sutil hilo que divide simple casualidad y seducción (no necesariamente de tipo sexual, claro está) casi desaparezca por completo. En esa situación estaban ahora casi sin saberlo, pero desde ese momento, y por alguna razón, sabían que no sería fácil mantenerse indiferentes uno del otro. Tal vez por eso, o por razones que querían desentrañar ellos mismos, terminaron esa mañana yendo a tomar ese café que había quedado pendiente en el frustrado intento del día anterior.
En el café de la esquina, pocos minutos después de las ocho de la mañana, Amador y Teo estaban sentados en una mesa de la ventana detrás de sendos pocillos de café humeante. Empezaron a charlar y pronto se sintieron muy a gusto, como si se hubieran conocido de toda una vida.
Amador era un tipo alto, no era corpulento pero su cuerpo era perfectamente ancho en proporción a su altura. De hombros generosos y torso esbelto, su persona impresionaba como la de un hombre muy seguro de sí mismo. De pelo castaño, ondeado y algo largo, tenía rasgos nobles y agradables, enmarcados por una barba de cuatro días que él mismo se encargaba de cuidar cotidianamente, dándole una apariencia de notoria virilidad. Aún le faltaba un año para cumplir los cuarenta. Tenía ojos grandes y expresivos. Debajo de sus anchas cejas, esos ojos transparentaban sensibilidad a la vez que inteligencia. Amador movía animadamente las manos mientras hablaba. A Teo esto le llamaba la atención, preguntándose el por qué. Eran manos grandes. El vello que emergía por entre las mangas de su camisa se prolongaba tenuemente sobre dorsos y dedos, que tomaban delicadamente el pocillo para llevarlo a su boca entreabierta.
Teo, en cambio, era un hombre algo más bajo. Tenía el cabello mucho más claro que Amador y cuatro años menos que él. También sus ojos eran más claros, de un celeste intenso. Usaba barba no porque pensara que le quedaba bien, sino porque sentía pereza de rasurarse todos los días. De rasgos finos, aunque fuertes, su nariz recta, su boca grande, su mentón prominente y su cuello ancho, intimidaban un poco, pero después de esa primera impresión y su trato amable, cualquier persona se sentía siempre muy bien junto a él.
Ninguno de esos detalles físicos parecieron pasarles desapercibidos a ambos, mirándose mientras hablaban en aquella mesita mínima. Hablaron de muchas cosas, desde sus empleos hasta sus hijos. Retrasaron cualquier tema relacionado con algo más personal, hasta que Amador, sin dejar de ocultar su interés, le preguntó por su esposa.
- Hace un año que estoy divorciado.
- ¿De veras?. Pues te voy a mostrar algo – dijo sonriendo Amador, y alzando su mano izquierda, le mostró a Teo la ausencia de la alianza en el desnudo dedo anular.
- ¿Vos también?
- Separado, hace seis meses y medio.
- Hombre... así que estamos iguales...
- Así es - dijo Amador en medio de un suspiro que remató en una larga ese final.
- ¿Y estás solo?
- Demasiado solo. Bueno... la verdad es que así estoy bien por ahora. Todo el tema de la separación en un principio, y el divorcio que estamos tramitando, con todo lo que ello significa, es algo de lo que todavía no me repongo. Pero... te decía que estoy demasiado solo porque tampoco tengo muchos amigos.
- ¿Y amigas?
- ¡Uy, no!, por el momento, quiero estar lejos de cualquier representante del sexo débil.
- Que no es tan débil, después de todo.
- Exactamente, me entendés a la perfección.
- Sí, te entiendo. Yo tenía amigos, o más bien, uno cree tener amigos, pero cuando te separás, esos amigos forman también parte de la separación como si se tratara de una división de bienes, todo pasa al mimo tiempo... y muchos deciden quedarse de un lado o del otro... pues bien, la mayoría de mis amigos decidió quedarse del lado de mi ex esposa, mientras que conmigo han dejado de verse.
- ¿Y tenés novia?
- No. Yo también prefiero estar solo por ahora. Tengo una amiga que... – de pronto Teo se sonrojó, cosa que no pasó inadvertida por Amador.
- Que está súper buena...
- Nada de eso. Bueno sí... digamos, normal, pero... en fin, que cada tanto nos vemos, salimos, tenemos sexo, pero nada serio ni continuo.
- Pues yo, ni eso, Teo. Te envidio un poco. Pero tiempo al tiempo...
- Sí. El tiempo es un gran referente, y también un muy buen médico.
Por un momento quedaron silenciosos. Permanecieron un rato mirándose a los ojos. Luego, sin poder sostener esa franqueza, alguno miró por la ventana. Luego, Amador, acariciando el pocillo de café con sus largos dedos, exclamó:
- Y, decime, Teo. ¿te gusta hacer deportes?
- Hacía deportes antes de casarme. Ahora, la verdad es que no hago nada. Nadaba un poco y jugaba al tenis.
- ¿Tenis? ¡Yo juego al tenis! ¿Cuándo jugamos un partido?
- ¡Cuando quieras! El único problema es que estoy completamente fuera de estado.
- Pero se te ve muy bien.
- ¡Amador!... no sabés lo que estás diciendo. Tengo como diez kilos de más... y hace tanto que no hago un solo abdominal que... - dijo palmeándose la panza.
- Yo salgo a correr bastante seguido. Te propongo una cosa, vos venís a correr conmigo, y a cambio de tu compañía yo te ayudo a recuperar ese estado calamitoso en el que te encontrás - bromeó.
- Bueno, lo del estado calamitoso corre por tu cuenta - rieron - Igual me gusta la idea. No estaría nada mal. Podríamos encontrarnos en los días que Dieguito está con su madre, si te parece bien.
- ¡Hecho! Hablemos, y arreglamos para encontramos la semana próxima. Te dejo ahora, tengo que ir a la oficina – dijo Amador, sacando su billetera.
- No, por favor, Amador, yo te invito.
- De acuerdo. Pero mañana, la invitación será mía.
Y así sucedió al día siguiente. Y todas las mañanas. Después de encontrarse en la puerta del colegio, Amador y Teo compartían ese café que no podían eludir bajo ninguna causa, hiciera sol o lluvia, calor o frío; y de la misma manera ocurrió con los encuentros para ir a correr juntos.
Teo, poco a poco, fue poniéndose a tono y no le costó demasiado recuperar su agilidad física. Disfrutaban mucho de esas tantas citas, de seguirse y medirse mientras corrían alrededor del parque cercano, de ir conociéndose cada vez más en esas charlas cuando paraban a descansar o hacer algunos abdominales en el césped. Eran amigos. Y también aprovechaban la amistad de sus hijos para salir de paseo, para verse cuando uno u otro iba a buscar a los niños a sus respectivas casas después de una tarde de juegos o de compartir las tareas del colegio, en fin, Amador y Teo comenzaban a transitar un camino que les gustaba compartir.
Cuando Teo estuvo preparado, y, como él decía, ya no se le paraba el corazón cada vez que tenía que correr treinta metros, ambos acordaron horarios para  ir al campo de deportes y jugar tenis. Casi siempre era Amador el vencedor, pero a medida que los partidos iban haciéndose habituales, pronto Teo pudo tomarse la revancha en reiteradas oportunidades. Todos los lunes, cuando salían de su trabajo, se encontraban en el club y disfrutaban de sus contiendas.
Pero un día, después del partido acostumbrado, sucedió algo que iba a torcer el rumbo en la relación de Teo y Amador.
Ese día, alrededor de las nueve de la noche, Amador y Teo entraron sudorosos al vestuario del club. Cada uno abrió su locker y como de costumbre, Amador sacó su toalla para dirigirse a las duchas. Jamás se mostraba totalmente desnudo delante de su amigo. Y Teo tampoco. Tenían un raro pudor, a pesar de que eran muy íntimos amigos ya. Se dejaban la ropa interior, y así, se cubrían con una toalla y entraban a las duchas. Teo siempre terminaba antes, y tras despedirse de Amador, que solía demorarse eternamente en las duchas, salía rápidamente rumbo a su casa. No tenía costumbre de esperarlo. Los dos vivían muy cerca, y después de todo, siempre se veían a la mañana siguiente, para compartir juntos el infaltable café antes del trabajo.
Pero esa noche, sin una razón aparente, Teo tardó más de lo común en ducharse, por lo que salió del agua casi al mismo tiempo que su amigo. Mojado aún y con la toalla sobre la cintura, regresó al banco frente a su locker. Al poco tiempo, mientras estaba acomodando su ropa, apareció Amador. Abrió su armario, contiguo al de Teo, y entonces sucedió.


Amador, de pié junto a su amigo, deslizó la toalla de su cintura para secarse agitadamente su cabeza mojada y chorreante de agua. Teo, al principio, no dio ninguna importancia a eso. Después de todo ¿cuántas veces en los vestuarios había visto hombres desnudos tan de cerca? Incontables. Pero... curiosamente, los ojos de Teo, que ahora veían frontalmente y por primera vez a Amador completamente desnudo, se abrieron más de lo común, casi involuntariamente, y se quedaron sobre el cuerpo de su amigo. No atinó a hacer nada. Confuso, se ensimismó ante la situación, pues Teo jamás había experimentado atracción alguna por ningún hombre.
El cuerpo desnudo de Amador estaba allí. Teo sintió vergüenza. Temió que Amador se diera cuenta de que lo estaba mirando. ¡Iba a pensar que él era...! No. Amador se estaba secando y cubría su cara y cabeza con la toalla. Sí, tuvo otra vez ese temor. Sobre todo con él mismo. Porque no podía dejar de mirar ese cuerpo que estaba delante suyo.
A decir verdad, Amador tenía un cuerpo que no podía pasar desapercibido para nadie. El oscuro vello, diseminado con arte por todo su pecho, aumentaba este atractivo. Los primeros pelos comenzaban allí donde el cuello se une con el comienzo del pecho, bajo la nuez de Adán, y comenzaban a esbozar una figura casi pictórica, semejante a un frondoso árbol. La copa de ese árbol de pelos negros se desplegaba por los hermosos pectorales de Amador en largas y  sinuosas ramas. El vello se acentuaba en el centro y allí, alrededor de sus dos suculentos frutos, dos pezones redondos, grandes y rojos como manzanas. Enseguida, las incontables guías se entrelazaban y se abrían en derredor formando hermosas líneas circulares.
El tronco del árbol era ancho, muy marcado, y descendía ensanchándose aún más, sobretodo al avanzar más allá del ombligo. Era una raíz perfecta, que se dividía hasta llegar a la indómita frondosidad que se cobijaba en toda la extensión del pubis. ¡Y allí...! Allí se abría paso una verga enorme, larga, gruesa, custodiada por dos pelotas colgantes y también muy peludas. Como Amador se estaba secando enérgicamente, verga y bolas se balanceaban de aquí para allá como desafiando la ley de gravedad. Pocas veces vi un tamaño semejante, pensó Teo. Creyó que tal aparato estaría en estado de semi erección, a juzgar por su turgencia. En ese instante volvió en sí, y desvió la vista avergonzado y sonrojado por tales pensamientos. Pero, tentado de corroborar esta última suposición, miró nuevamente los genitales de Amador. No. Indudablemente, el pene de su amigo, estaba en perfecto reposo, nada más sucedía que el tamaño era realmente algo extraordinario.
Amador continuó frotando su cuerpo con la toalla, por lo que Teo tuvo que disimular su turbación. Miles de controversias pasaban por su mente. Pero no era ahora el momento de respondérselas. Se apresuró a vestirse y volvió a temer que su amigo lo hubiera descubierto. Nada de eso. Amador siguió charlando como siempre y no había advertido nada extraño en el comportamiento de su amigo, tal es así que cuando Teo fue a ponerse los pantalones, Amador, acomodando su toalla sobre la cintura, lo detuvo con su mano y le dijo sonriente:
- ¿A ver?
Teo, que quería vestirse cuanto antes e irse de ese lugar, lo miró entre avergonzado e introspectivo.
- ¿Qué pasa? - contestó Teo, evidentemente incómodo.
- Pero mirate un poco. Bajaste de peso... Teo, ¿te diste cuenta cómo tu cuerpo se ha modelado estas últimas semanas? Ya no están ahí esos kilitos de más que tanto te acomplejaban. ¿No es genial?
Teo se miró a sí mismo. Tenía un excelente cuerpo, armonioso y bien definido. Pero no pudo evitar comparar que al lado del cuerpo de su amigo, consideraba el suyo bastante común y corriente. Si vellos como los de su amigo eran una señal inequívoca de masculinidad, él se sentía bastante disminuido al respecto. No tenía tantos pelos en su pecho, sólo su axilas y la densa línea que comenzaba en su ombligo para perderse bajo la tela del bóxer rivalizaban en frondosidad con las matas hirsutas de Amador.
- Tonterías – le contestó Teo - aún tengo mucho que envidiarte.
Y se vistió rápidamente. Al salir del vestuario, Amador aún permanecía algo perplejo por la actitud de su amigo.

***

Teo tardó mucho en dormirse esa noche. Dio vueltas en la cama una y otra vez. No podía quitarse de la cabeza la imagen de su amigo desnudo. Estaba confuso, enojado y sorprendido consigo mismo. Al día siguiente, se encontró con Amador, como de costumbre, y decidió no darle demasiada importancia al asunto del vestuario. Todo transcurrió normalmente y Teo partió para su trabajo como cualquier otro día.
A los dos días, se encontraron en el parque para ir a correr. Después de varias vueltas, descansaron un rato dejándose caer en el fresco césped, a un lado del camino. Amador, entonces, empezó a ensayar unos abdominales, con ambas manos en la nuca y las piernas flexionadas.
- Ayudame, Teo.
- ¿Qué pasa? ¿Estás flojo hoy? – y entre bromas se le acercó para sostener firmemente a su amigo por las rodillas.
Inclinado sobre Amador, Teo contaba sonriente cada una de las flexiones... ¡uno, dos, tres...! Pero de pronto, Teo tuvo de nuevo la misma sensación confusa y rara que lo había asaltado en el vestuario. Amador llevaba un breve short blanco, con las piernas un poco abiertas dejaba entrever por sus perneras la continuación de sus velludos muslos. Teo ya no sonreía. ¡Ocho, nueve, diez...! comenzó a transpirar como si él mismo estuviera haciendo las flexiones. Sus ojos cayeron sobre la entrepierna de Amador sin que nada pudiera hacer para evitarlo. El bulto que tenía enfrente lo atrapó por completo. Conocía perfectamente como era ese tronco magnífico que henchía tanto el pantaloncito, e imaginó con lujo de detalles lo que había allí debajo. ¡Dieciséis, diecisiete, dieciocho...! Amador resoplaba. Cada vez le costaba más mantener el ritmo de sus movimientos, pero no por eso abandonaba el esfuerzo. ¡Veinticinco, veintiséis, veintisiete...! Teo subió la vista para deleitarla sobre el amplio pecho de Amador, la tela mojada en sus axilas, el vello emergiendo por el escote abierto de su buzo, los pezones taladrando su ropa como dos penes pequeños..., cada rincón del masculino cuerpo lo dejaba sin aliento. Sentía temor por tanta movilización que amenazaba su juicio. Volvía a sus piernas, se adentraba una y otra vez por sus entrepiernas, esos túneles oscuros y misteriosos, creía alucinar con la visión de sus estupendas bolas, ¡treinta y cinco, treinta y seis...! ¿qué me pasa?, pensó, ¿por qué no puedo apartar la vista de ahí? ¿me gustan los hombres acaso? Y de pronto, con la intención de librarse finalmente de esa situación insoportable y a la vez atrapante, Teo abandonó a su amigo intempestivamente ganando otra vez el camino y tomando carrera rápidamente.
- ¡Sigo corriendo un poco más, Amador, no quiero enfriarme...! – le gritó a varios metros de distancia.
Sacudió la cabeza violentamente, como quien quiere quitarse de encima una fuerte opresión, y comenzó a respirar profundamente. Corrió hasta quedar exhausto, intentando, en vano, recobrar la calma de sus ideas, o al menos, exorcizarlas para recuperar un poco de blanco dentro de su mente.

***

En los días que siguieron, Teo inventó excusas para no encontrarse con Amador. Necesitaba un poco de tiempo para reflexionar y apartar de sus pensamientos a su amigo. Pero sus temores crecieron más cuando se dio cuenta de que cuanto mayores eran sus intentos por olvidarlo, más pensaba en él. Cada vez que lo veía, sentía una atracción que nunca antes había experimentado con nadie. No obstante, Teo no pudo dejar de ver a Amador por las mañanas. Por un lado hubiera sido muy evidente poner pretextos para evitar ese café tan habitual entre ellos, y por otro, no quería dejar de verlo. Día tras día, estar con Amador se estaba haciendo cada vez más vital para él. En la mesa del café, frente a frente, charlaban y se contaban sus cosas antes de iniciar la jornada, como siempre. Teo empezó a notar que, por más que se lo impusiera a sí mismo, ya no podía apartar su mirada de él. La boca, el asomo fascinante de sus dientes al sonreír, su cuello, su barba siempre perfecta, sus manos inquietas y viriles, su perfil, su cabello, cada movimiento era seguido con una atención rayana en la adoración.
- Teo, me imagino que hoy vas a venir, ¿no?
- ¿Adónde?
- ¡Al club, bobo!..., dale..., hace mucho que no venís.
- ¿Pero hoy?... ¡cierto!... ¡es lunes!
- Entonces, ¿venís?
Los ojos de Amador, encantadores, eran un ruego que resultaba imposible de desatender.
- Sí, claro, por supuesto.
- ¡Qué bien! Pensé que ya no querías jugar conmigo. No te culpo, creo que a estas alturas ya me superaste y me da la sensación de que te debés aburrir conmigo...
"Aburrirme con él" Teo pensó en lo que le había dicho su amigo y esa paradoja lo hizo sonreír. Aburrirme, se dijo..., si él supiera lo que siento.
- No seas boludo, Amador, y si he mejorado en el tenis, creo que te lo debo a vos, a mi maestro de la raqueta.
- ¿Maestro? - Amador rió con ganas - sí, claro, un maestro eclipsado por su alumno.
- No digas pavadas ¿además, cómo pensás que me puedo aburrir con vos? no sabés lo que estás diciendo, si yo...
Y de pronto calló. Tenía miedo de que sus propios sentimientos lo traicionasen.
- ¿Qué? - dijo Amador, que alzando las cejas había quedado espectante.
- Yo... yo..., creo que...
- ¿Te pasa algo? esta mañana estás como en las nubes.
- Nada, bobo, ¿no ves la hora que es?, creo que voy a llegar tarde, eso.
- Bueno, no sería la primera vez que...
- Que llego tarde por tu culpa.
- Claro, ahora la ligo yo..., pero andá, andá nomás, no quiero ser el causante de tu despido - rió - ahora resulta que tengo la culpa de todo.
- De todo no, debo reconocer, pero sí, tenés la culpa...
- ¿Perdón, yo?
- Sí. Vos - Teo hubiera querido abalanzarse sobre su adorable amigo y abrazarlo hasta ahogarlo, para decirle en realidad cuál era su verdadera culpa - Y basta, me voy al trabajo. Nos vemos esta noche, ¿ok?
Y antes de que Teo saliera del bar, Amador le hizo una seña, sonriéndole tiernamente:
- ¿Teo?
- ¿Sí?
- ¡Gracias por estar conmigo! Sos mi mejor amigo, ¿sabés?
Teo no pudo contestar. Acababan de derribarlo las letales armas de su amigo, con esos flechazos certeros a su alma, que había desprotegido completamente en ese instante de descuido. Por un momento quedó inmóvil, luego trastabilló y se llevó una silla por delante. Mudo y con los ojos nublados, tambaleante aún por la emoción, se chocó con el mozo al levantar la mano para despedirse de Amador, que a duras penas podía reprimir su carcajada, y salió rápidamente doblando la esquina.
Pero no fue al trabajo. Llamó por teléfono y dijo que estaba enfermo. Fue entonces a su casa y pasó toda la mañana pensando en esas cuatro palabras: Sos mi mejor amigo. Sí, la frase lo traspasó, y más, por la manera en que había sido dicha. La voz de Amador aún resonaba en él, nunca le había escuchado ese tono tan dulce.
Esa tarde, casi noche, en el vestuario del club, Teo demoró conscientemente su ducha. Después del baño, los dos salieron envueltos en sus toallas. Teo se sentó y quiso volver a contemplar, esta vez en pleno conocimiento de sus actos, el cuerpo desnudo de su amigo. Amador estaba hablando de algo relacionado con su trabajo, una historia que Teo no pudo seguir. Empezó a secarse con la toalla. Teo también intentaba secarse, aunque estaba más atento a los movimientos de su amigo. Amador parecía más atractivo que la primera vez que lo había visto en pelotas. Una y otra vez, sus ojos recaían en esa verga gruesa y apabullante. La piel del prepucio cubría totalmente el glande que se podía adivinar perfectamente. Teo sintió que su propia pija daba un pequeño corcoveo. Intentó rápidamente pensar en otra cosa, pero con espanto comprobó que su pene había comenzado a endurecerse. Tomó su toalla, cubriéndose todo lo que podía, y escapó a los retretes. Agitado y nervioso, se encerró en uno de ellos. Tenía una erección descomunal. Apartó la toalla y se miró, como si tuviera que corroborar la dureza de su verga, que apuntaba descaradamente hacia el techo. Su miembro estaba listo para la acción, de su rosado glande chorreaban unas gotas de transparente líquido. Pocas veces se había sentido tan repentinamente excitado. Pero, aún confuso y sin saber qué hacer, permaneció allí, oculto, sin conseguir que la erección bajara. Después de unos minutos escuchó la voz de Amador.
- Teo, ¿estás bien?
- ¡Sí... sí...!
- Bueno, ya me voy... ¿nos vemos mañana?
- Sí, sí, ¡hasta mañana!
- ¿Estás seguro de que no necesitás nada? - dijo acercándose un poco.
- No, Amador, gracias, estoy bien. Andá tranquilo.
- Hasta mañana.
El sonido de esa voz volvía a perturbarlo, y de nuevo Teo imaginó el cuerpo de su amigo en medio de una dulce tortura. Cerró los ojos y en su creciente agitación, tragó saliva... entonces instintivamente llevó una mano a su verga, pero apenas un dedo rozó el enhiesto tronco, un pesado chorro de semen hizo que casi gritara de placer. Ahogó el gemido en entrecortada respiración, sin poder evitar descargar, ahora con toda intensidad, la totalidad de sus fluidos.

***

Al día siguiente Teo volvió a faltar al trabajo. Al avanzar la tarde le resultó insoportable quedarse en su casa y salió con rumbo incierto. En su mente se repetía la misma imagen desde aquel día en los vestuarios, Teo sintió tambalear su sexualidad. Caminando por el centro, pasó frente a un cine porno y se fijó en la cartelera. "Sala gay". Siguió caminando unos metros. Dudó. Se detuvo. Siguió caminando. Dio una vuelta a la manzana..., y volvió a pasar por la puerta del cine. Esta vez no lo pensó dos veces, y como sentía que todo el mundo lo miraba, entró tímidamente al lugar, avergonzado como si estuviera cometiendo el más sucio de los delitos. Cuando descendía por esas oscuras escaleras y se adentraba más y más en ese aire viciado, quiso salir de allí, pero a la vez un impulso, infrecuente en él, lo llevó hacia ese antro de dudosa apariencia. Si verdaderamente me atraen los hombres lo voy a comprobar enseguida, pensó. Traspasó una entrada de la que colgaban unos pesados cortinados y esperó a que sus ojos se acostumbraran a la oscuridad. Sólo podía ver que en la pantalla mal definida una película mostraba a tres tipos desnudos cogiendo a un ritmo increíble. ¿Eso lo excitaba? No. Ningún indicio. Quiso sentarse en una butaca pero, fuera de la pantalla que lo encandilaba un poco, no veía absolutamente nada, cegado por el resplandor del día que había dejado afuera. Todo era irreal ahí, pero no quiso irse hasta poder sentir alguna señal clara para él, a pesar de no saber a ciencia cierta cuál sería. A los pocos minutos sus ojos se fueron habituando a la penumbra.
Entonces, lo primero que vio, justo a su lado, fue a un hombre que lo miraba con cara rara. No sabía en qué radicaba la rareza en un principio, pero después se dio cuenta de que ese rostro no tenía la más mínima expresión. El tipo tenía la camisa completamente abierta y su pecho algo rollizo emergía desnudo. Teo bajó la vista y vio que entre las piernas del hombre había alguien arrodillado que estaba succionando en silencio un miembro que, por lo poco que podía ver, parecía de dimensiones asombrosas. Varios tipos celebraban la acción rodeando, curiosos, la interesante escena. Quiso también interesarse en esa dupla aunque le pareció algo patética. De todos modos, volvió los ojos hacia ellos varias veces para seguir viendo qué pasaba. El hombre que estaba agachado, sin dejar de saborear lo que estaba chupando, estiró una mano hacia Teo. La primera reacción de éste fue apartarse, pero se obligó a sí mismo a quedarse quieto, tragando un poco de saliva. La mano caliente y húmeda buscó su bragueta y comenzó a desabrochar los primeros botones. El otro hombre, contemplaba toda la escena y miraba fijamente a Teo. Pronto, la mano que había hurgado en su bragueta, consiguió sacar afuera su pija. Teo no sentía nada, su verga estaba completamente flácida. Mientras el tipo agachado empezaba a masajear su miembro, Teo advirtió, no sin poco nerviosismo, que otro hombre se acercaba a él. Iba vestido de impecable traje y corbata, y en su mano llevaba un portafolios. Lo observó mejor. Advirtió que tenía bigotes, era algo calvo y que en la mano, que había llevado a sus anteojos para acomodárselos mejor, brillaba una alianza de oro. Teo no podía creer que un hombre tan masculino se encontrara en un sitio como ese.
Por un momento recorrió el recinto con la vista. Aquí y allá podía ver grupos de hombres abrazándose o besándose, otros estaban agazapados en sus asientos, mirando la película inmóviles o masturbándose, ya solos o en pareja. En un rincón había dos tipos semidesnudos cogiendo frenéticamente y rodeados por una cohorte de espectadores que no dejaban de pajearse, y también, por todos lados, unos cuantas siluetas oscuras que deambulaban dando vueltas por los pasillos, buscando siempre, encontrando nunca.
El hombre de traje se le acercó más aún, dejó su portafolios en el piso y enseguida estiró una mano hacia el pecho de Teo, respirando más fuerte. Teo se puso tenso. El tipo, percatándose de eso, le dijo a media voz: Tranquilo, no pasa nada. Pero Teo no podía quedarse tranquilo. Sintió que la mano desabrochaba los botones de su camisa y que enseguida se introducía por debajo de la tela buscando sus pezones. Era una mano fría, temblorosa. Podía sentir el nerviosismo, la avidez de tocar más, el temblor creciente que acompañaba a su agitación en la respiración. Qué lindo sos, escuchó. Mientras, otra mano allí abajo insistía, intentando endurecer su verga. Y ahora, el hombre de la camisa abierta que había estado mirándolo todo el tiempo, se acomodaba a su lado, acercando la cara a la de él. Teo sintió el aliento de ese hombre sobre el suyo y se puso todavía más tenso, cortó su respiración, pero aún no atinaba a resistirse. Había dejado la vista perdida en la pantalla. Allí, la película, que había cambiado de escena, mostraba a un negro que se abría las nalgas frente a un rubio enorme e imberbe que penetraba su ojete con la lengua. Se volvió a preguntar si todo eso le gustaba, tratando de encontrar una motivación, algo, un atisbo, la chispa de algún morbo que surgiera de todo eso. Pero volvió a contestarse que no. Toda la situación le parecía sórdida, el sitio miserable, el aire viciado y los olores repugnantes. Mientras tanto, el hombre de traje había conseguido abrirle la camisa por completo, al ver esto, el otro tipo se inclinó para chupar sus pezones. Casi al mismo tiempo, el hombre que había estado masajeando su verga, empezó a pasarle la lengua, en tanto que el hombre del portafolios se apoderaba de su pezón libre, succionando y lamiéndolo pausadamente. Entre los tres comenzaron a bajarle los pantalones y pronto Teo estuvo semidesnudo. Entonces sintió que una mano tomaba la suya y la guiaba hacia abajo. Teo estaba paralizado por lo que seguramente iba a pasar, y fue así que su mano se topó con la piel caliente y mojada de un miembro erecto. Era la primera vez que sus dedos experimentaban tal contacto. Casi al mismo tiempo, el otro hombre hizo lo mismo, forzando su mano libre hasta chocar con otra dura pija empapada de líquido preseminal. Eran dos aparatos bien rígidos, pegajosos, peludos, y considerablemente grandes. En medio de ese sombrío cuarteto, el único miembro que aún no había conseguido levantarse era el de Teo. Y por más que los tres hombres prodigaron extensas y resbaladizas caricias al atribulado Teo, éste seguía tan confuso y tenso como al principio. Las lenguas habían repasado todo su pecho, probado su cuello, explorado las axilas; y no pasó mucho tiempo en que su tensión se fue transformando en hastío. El tipo que seguía de rodillas finalmente se sacó la verga de Teo de la boca, escupió al piso y mirando a los otros dijo entre dientes: "Este chabón la tiene muerta, ¡no se le para con nada!".  Fue una voz áspera y desagradable, pero que, de pronto, lo hizo reaccionar. Completamente asqueado, manoteó por entre sus tobillos para subirse el pantalón, esquivando y apartando las manos, pijas y lenguas que seguían sobre él. Al quitarse de encima a esos tres hombres que olían a tabaco, sudor y sexo, apenas pudo poner sus ropas en orden antes de salir de ese sitio inmundo. No. Ese no era su ambiente, no se sentía atraído por ninguno de aquellos hombres que lo miraban torvamente desde los oscuros rincones del cine. Tampoco la situación movía algo en él, todo lo contrario, quería escapar cuánto antes de esas tinieblas. Y al pensar nuevamente en Amador, su ángel, no podía más que acelerar los pasos para salir de ese infierno de eternos demonios anónimos.

***

A medida que pasaban los días, Teo se sentía cada vez peor. Se debatía entre esconder sus sentimientos y confesárselo todo a su íntimo amigo.
Por otra parte, Amador, estaba muy contento de haber encontrado a un verdadero amigo en Teo. Cuando estaban juntos, él era feliz, se sentía libre y comprendido. Salían, iban a cenar, a veces al cine, o simplemente se quedaban horas y horas charlando, más allá de cuando las palabras ya no son ni obvias ni políticamente correctas y trascienden el límite de lo fantasioso o del delirio ayudadas por un par de copas de más o de aletargadas trasnoches interminables. Y también otras veces, cuando no planificaban nada, terminaban encontrándose casualmente por el barrio o haciendo las compras en el supermercado. Hasta lo azaroso parecía unirlos y todo indicaba que esa amistad iba a durar mucho tiempo.
Pero Teo era consciente de que no podía pasar cierta línea si quería que esa amistad perdurase. Sentía pánico de arruinar con un paso en falso esa relación que le era tan cara. Sabía que tenía que estar alerta ante cualquier debilidad. Esto lo consumía por dentro y había días en los que se sentía miserable por no poder gritar a viva voz lo que le estaba sucediendo. Evitaba aceptar cualquier invitación de Amador para que fuera a su casa. Cualquier comida, o partido de fútbol, o simplemente un whisky después del club, recibían la constante negativa de Teo. Amador ya se había dado cuenta de esas extrañas excusas y un día en que iban juntos al parque se animó a preguntarle por qué no aceptaba ir a su casa. Teo por un momento se paralizó, pero después de unos minutos, comprendió que era ridículo seguir así. Se detuvo en seco y se volvió hacia su amigo.
- Amador, tenemos que hablar. Es decir: necesito hablarte.
Amador, conocedor de los tonos de voz de su amigo, advirtió la preocupación.
- Claro, Teo, hablemos cuando quieras.
- Ahora, necesito hablarte ahora.
El mismo Teo no podía creer lo que escuchaba de su propia voz. ¿Iba a poder decirle a Amador todo lo que le pasaba? Por otra parte ¿a quién más sino a su íntimo amigo Amador? Qué paradoja total: no poder decirle a tu mejor amigo lo que te pasa, porque lo que te pasa es que estás enamorado de tu amigo, pensó.
- Está bien, Teo, entremos al próximo café.
Cuando estuvieron sentados frente a frente, Amador estaba expectante y Teo nervioso y angustiado.
- Pero, hombre ¿Qué te pasa? Estás pálido y serio como nunca... ¿Sucedió algo con tu ex?
- No, nada de eso.
- ¿Dieguito está bien?
- Perfectamente.
- Problemas en el trabajo...
- No. Nada que no pase todos los días.
- ¿Entonces?
Teo tragó en seco ante la mirada atenta de su amigo. Miró a Amador. Llevaba su ropa de gimnasia. Una vez más contempló la entrada de su cuello por esa vertiginosa y suave vellosidad que se perdía debajo de su remera, miró esos fuertes y anchos brazos, y por último, miró sus ojos. Una huracanada excitación lo penetró. Su verga latió fuertemente, aprisionada bajo su pantalón, desde su aplastada dureza cada vez más armada. Se obnubiló completamente, vencido por la mezcla de emociones. Cuando pudo reponerse, cuando pudo sentir que podía hablar, con el corazón golpeando en su garganta y su erección casi doliente, por fin pudo decirle:
- Amador, tengo que decírtelo. Ya casi no respondo de mí. Sucede que mientras te tengo aquí, frente a mí, y como otras veces que me ha pasado mientras te miro, en este mismo momento, tengo una erección que está a punto de romperme el pantalón. Punto. Ya lo dije - espetó Teo, experimentando cierto alivio, y desviando la vista hacia la ventana, avergonzado y confuso, apenas crédulo de lo que acababa de decir.
Amador quedó petrificado en su asiento y no pudo pronunciar palabra. Entonces Teo siguió hablando a borbotones, mientras Amador apenas podía pestañear, estampado en el respaldo de su silla.
- Sí, fui brutal al decirte esto. Lo siento. No te culpo por quedarte mudo. Mirá, yo no tengo idea de lo que producirá esto que te digo, pero no puedo ya ocultártelo. Verte desnudo en el vestuario del club, ocasionó en mí un caos que me tortura desde entonces. Quisiera que no hubiera ocurrido nunca, pero pasó. Me pasó a mí. A mí, que me separé porque no podía concebir mi vida con una sola mujer y porque me parecía honesto divorciarme antes que seguir cogiendo con mi esposa mientras tenía ganas de acostarme con otras. Pero... después de verte desnudo... pienso todo el tiempo en aquella visión y en tu cuerpo. Después de verte desnudo, ya no soy ni podré ser el mismo. Quiero estar con vos, ¡sólo con vos!, pero a la vez necesito alejarme también... porque no me soporto a mí mismo, y no me perdonaría hacerte daño. No sé quién soy, ni sé lo que quiero. Podés pegarme una trompada, podés escupirme, despreciarme, insultarme, lo que quieras. Yo te puedo comprender perfectamente, pero sabé que te digo esto porque siempre entre nosotros no hubo más que sinceridad, sí, siempre, y por eso ahora no quiero faltar a esa sinceridad que tuvimos desde que nos sentamos por primera vez a tomar un café después de llevar a los chicos al colegio, diciéndote esto, no hago más que seguir siendo sincero con vos. Y lo hago, bien lo sé, a costa de perderte para siempre, que es seguramente lo que va a suceder ahora, sí, lo presiento, pues, Amador, sé conscientemente que jamás me diste indicio alguno de insinuación, de ambigüedad, tampoco me diste a entender nada que no fuera una honesta amistad entre dos tipos que se sentían solos y congeniaban de puta madre. Nada más que eso. ¡Nada menos que eso! Ya ves, hasta esto me confunde, pues en este momento no sé qué clase de relación podría tener con vos, ahora que, lamentablemente o no, lo sabés todo.
Cuando Teo dejó de hablar, emocionado por lo que había salido de su interior, ambos permanecieron en silencio. Teo miró expectante a Amador, que bajaba sus ojos hacia el pocillo de café a medio terminar. Luego extendió la mano como para encontrar la suya. Amador se retrajo, instintivamente. Teo, sin insistir, resignó el movimiento de su mano y retrocedió, ocultándola bajo la mesa. Quiso agregar unas palabras más:
- No es sólo sexo. No es sólo mi cuerpo el que habla. Sé que hay más. Creo que algo mucho más profundo me está naciendo adentro por vos.
Teo bajó la vista, temeroso ahora de encontrarla con la de su amigo. Tímido, disminuido, insondablemente triste, se quedó callado e inmóvil.
Entonces, Amador se levantó e intentó esbozar una sonrisa. Apenas pudo decir unas entrecortadas palabras.
- Te llamo, Teo..., yo..., bueno, nos vemos. Chau. - dijo, dirigiéndose raudamente hacia la salida.
Teo quedó hecho añicos. No pudo reaccionar ni adivinar qué cosa hacer. Amador salía del bar rápidamente y él sabía horrorizado que en realidad así también salía de su vida, sin decirle nada, ni una palabra, ni siquiera un insulto, alguna reacción que demostrara amor u odio... mil veces habría preferido una brutal bofetada que esa amarga indiferencia, tan cruel.
Por fin, luego de quedarse un tiempo incalculable mirando por la ventana con los ojos perdidos en ninguna parte, dejó el dinero sobre la mesa, y salió.

***

Al día siguiente, Teo no vio a Amador en el colegio. La madre fue quien llevó ese día al hijo de su amigo. Y así fue día tras día, inexplicablemente. Tampoco Amador lo llamó, y pese a los mensajes que Teo había dejado en su contestador, nada, ni una sola respuesta. El contacto entre ellos se había desvanecido. Al poco tiempo, Amador volvió a llevar a su hijito al colegio y, cada tanto, se topaban uno con el otro alguna mañana, pero salvo el saludo de rigor (al menos Amador no le había quitado el saludo), ya nada se decían, y el hermoso hilo de comunicación que había habido entre ellos ya no existía.
No obstante, Teo, que no sabía siquiera si debía sentir arrepentimiento o no por haberse sincerado, siguió pensando en Amador constantemente. Un día se sorprendió diciendo en voz alta su nombre. Y supo definitivamente que estaba enamorado de un hombre.
Amador también pensaba mucho en Teo. Desde que le había confesado todo, en realidad pensaba en él mucho más que antes. Echaba de menos a su amigo del alma. Pero, a la vez, no podía menos que pensar que Teo había enfermado, o peor aún, que se había vuelto loco. Pasaba de tener compasión por él, a sentir un enojo casi violento por las cosas que le había dicho. Sin embargo varias veces había tomado el teléfono dispuesto a discar el número que tantas veces marcara, pero siempre abandonaba el receptor sin poder continuar. Pronto, el pensamiento hacia Teo se hizo constante y no entendía por qué no podía quitarlo de su cabeza. Así y todo, algo en su interior le ordenaba evitarlo y cuando sonaba el teléfono, no quería atender por temor a encontrarse con la voz de Teo.
Pasaron días y meses, y una tarde, Amador encontró un mensaje de Teo en el contestador. Sólo dos palabras "te extraño". Amador respiró profundo, como si necesitara renovar todo el aire de su cuerpo. Se dejó caer en el sillón y así estuvo durante horas hasta que la habitación quedó en penumbras bien avanzada la noche. Por fin, con los ojos húmedos, con las dos palabras de su amigo aún retumbando en su cabeza, dijo con un nudo en la garganta: yo también te extraño, amigo.
Se fue a dormir de madrugada, sabiendo lo que iba a hacer en las primeras horas de la mañana.
A la entrada del colegio, como todos los días, encontró a Teo. Estaba besando a Dieguito, que se había colgado del cuello de su padre. Cuando finalmente el pequeño entró al colegio, Teo se volvió y allí, en la acera, algunos escalones abajo, estaba Amador mirándolo con las manos en los bolsillos. Se encogió de hombros, esbozó una leve sonrisa y lo saludó.
- Hola.
- Hola, Amador - Respondió Teo, inmóvil, porque sabía que ese día el saludo, el tono de voz, era distinto al hueco sonido de todos los días. Era su amigo. Ese sí volvía a ser su amigo.
- ¿Cómo estás?
- Bien ¿y vos?
- Bien.
Se quedaron un rato sin moverse, mientras otros chicos, madres, maestras, pasaban entre ellos, ajenos a sus personas. Después, Amador, se animó a decir, tímidamente:
- Teo..., me preguntaba si...
- ¿Sí?
- Bueno, no sé... hace mucho que no vamos al café de la esquina... y...
- Es un poco tarde.
- ¿Tarde? - indagó Amador, desanimado por sentir en esas palabras un significado inesperado.
- Un poco - respondió Teo.
- Sí..., lo sé..., pero... aunque sea un café corto ¿quisieras...?
- Vamos.
Y ambos salieron caminando hacia la esquina.
El mozo los saludó sonriente, contento de volver a servir a sus viejos clientes después de tanto tiempo. Cuando estuvieron frente a frente, estuvieron un buen tiempo sin poder decir nada. Amador supo que era él el que tenía que decir la primera palabra, y la dijo:
- Perdón.
- ¿Perdón?
- Sí. Lo siento. Quiero disculparme por haberme borrado todo este tiempo. Yo sólo... bueno..., no quiero que..., en fin..., no sé qué decir...
- Disculpame vos, Amador. No tendría que haberte dejado ese mensaje ayer.
- Nada de eso. Fue ese mensaje el que me hizo pensar en muchas cosas, y te agradezco eso. Sos mi amigo, y..., bueno, también te extrañé... todo este tiempo.
- No fue mucho tiempo – contestó el asombrado Teo – sólo pasaron unos meses.
- Es verdad. Pero parece tanto.
- Tal vez. Para mí no fue mucho, insisto.
- ¿Te parece?
- Sí.
- ¿Por qué?
- Una vez te dije que el tiempo es como un gran referente, y también como un médico que puede curar. En fin, en mi caso, creo que fue poco el tiempo para que las heridas sanaran.
- Lo siento.
- Gracias, pero no lo digo con ánimos de lamentarme, siento que al decirlo puedo asumir mejor lo que se debe aceptar adultamente.
La voz de Teo se escuchaba calma y tranquila, era Amador el que se sentía algo tenso.
- Bueno, Teo, lo que quiero decirte es que me gustaría que nos veamos... pero yo no quiero que me malinterpretes. Solo quiero que nos veamos como amigos, ¿me explico?
- Entiendo perfectamente, yo creo que siempre lo fuimos, pero bueno, con todo lo que te dije, ahora no sé bien si seguimos teniendo la misma amistad de antes. Hay algo importante que debés saber, algo que finalmente comprendí en estos meses.
- ¿Qué?
- Sigo sintiendo lo mismo, Amador.
- Sí, lo supuse, pero, yo no siento lo que vos sentís. No puedo sentirlo, y también quiero que lo sepas - dijo, mientras veía que Teo miraba su reloj -  Pero... me gustaría que vengas a casa, y charlar con más tiempo, salvo que...
- ¿Salvo qué?
- Bueno. Voy a entender muy bien que no quieras venir después de lo que te dije.
- Amador. En este tiempo que pasó, puse en orden mis ideas. Sigo sintiendo lo mismo, como te dije, pero estoy más tranquilo. Antes, cuando me invitabas a tu casa yo no quería ir. Tenía un pánico atroz. Entenderás por qué.
- Sí.
- Bueno, ahora siento que estoy en condiciones de visitarte. Ya no siento miedo.
Amador escuchó esas palabras y sintió cierta tranquilidad. Lo que siguió de la charla, fue apenas lo necesario para ponerse de acuerdo en el día que se verían.

***

Habían pasado varios minutos de la hora convenida y Teo aún no llegaba. Amador había puesto la mesa y se alejó unos pasos para cotejar que todo estuviera en orden. Estaba nervioso. Había dispuesto todo de manera muy sobria, temiendo que cualquier detalle diera al encuentro un sentido, no deseado, de cena romántica. Tenía muchas ganas de reencontrase con su amigo, por el cual sentía verdaderamente un afecto sincero, pero a la vez no dejaba de sentirse incómodo por lo que pudiera suceder. Iba de un lado a otro, situando o acomodando cosas. Varias veces miró el reloj, sin embargo no pudo evitar sobresaltarse al oír que llamaban a la puerta.
Teo estaba allí, trayendo en sus manos una botella de vino. Amador, balbuceando algunas palabras de bienvenida, lo invitó a pasar. Después de algunas risas y algunas frases algo forzadas, ambos se sentaron en el sofá del cálido living. Amador había puesto especial atención a la iluminación. Siempre usaba veladores tenues y difusos, pero esta vez había dejado encendidas la mayor cantidad de luces posibles. Pero para Teo, esa luz que caía sobre el rostro de Amador, ayudaban a apreciarlo aún más bello y cautivante. No podía dejar de observarlo. Pero ahora tenía muy presente las reglas del juego y se esmeró para que su amigo no se sintiera incómodo en ningún momento. Amador llevaba puesto un pantalón oscuro y una camisa abierta en sus dos primeros botones. Al arremangarse, Teo miró una vez más esos brazos velludos y perturbadores. Él se había puesto un jean algo ajustado y una remera que marcaba un poco sus pectorales. Ahora podía usar esa ropa, su talle se había estilizado y se sentía cómodo luciendo así. Amador no pudo sentirse ajeno a la agradable apariencia de su amigo. Tal vez ahora se estaba fijando más en él, mucho más que antes. El cabello claro, ondulado, estaba algo más largo, y un mechón rebelde caía sobre su frente. Mientras Teo charlaba, Amador siguió bajando la vista y encontró de nuevo a su amigo, solo que ahora parecía que por primera vez reparaba en su físico. Y como si estuviera retomando una conversación interrumpida, le preguntó:
- ¿Seguís yendo al club?
- Sí. Estoy nadando y sigo jugando al tenis.
- Yo no fui más.
- Sí, y me pregunté varias veces por qué, aunque intuí la causa.
- Entonces no hace falta que te lo diga. Sí, creo que tenía miedo de encontrarme con vos – dijo con una risa nerviosa.
- ¿Por qué?
- Porque desde aquella vez, siempre me quedaron sin decir muchas preguntas. Y no estaba seguro de querer hacértelas.
- ¿Que me hayas llamado significa que ahora sí querés hacerme esas preguntas?
- Supongo que sí, pero no sé.
- ¿Qué?
- Si este es el momento.
- Vamos, Amador, ¿cuándo si no? No sos el tipo que conocí hace tiempo entonces, seguro, sin vueltas ni rodeos.
- Tenés razón. Sólo te pido me tengas paciencia, como comprenderás, no me es fácil.
- ¿Te creés que lo es para mí? No. A mí tampoco me es fácil, amigo. No tengas ninguna duda sobre eso.
- Bueno. Vos y yo..., yo... comenzaba a sentirme muy bien con vos. No, no comenzaba, ya me sentía muy bien con vos. Como amigo, se entiende – se apresuró a decir, temiendo que sus palabras creasen cualquier malinterpretación – y siempre, después de aquella confesión tuya, me pregunté si antes habías sentido eso... entendeme bien, no quiero ofenderte con lo que te diga... en fin, me preguntaba también si algunas vez... vos... con algún hombre...
- ¿Si había tenido relaciones homosexuales? – Teo sonrió con mucha ternura – pues no, Amador. Nunca me había fijado en ningún hombre en toda mi vida. Ni siquiera pasé por esas cosas de adolescentes, ya sabés: masturbaciones en grupo, tocaditas, ni nada de eso. No tengo ningún registro ni en mi infancia ni en mi adolescencia de haber pasado por algo parecido. Menos aún de adulto.
- Tampoco tuviste ningún tío abusador - dijo, intentando la broma.
- No, tarado - rió Teo - Eso sí, recuerdo que el cura con quién me confesaba de niño, y a mí y a mis amigos, nos perseguía porque "tocarse" estaba prohibido, y ni hablar de hacerlo en grupo, aunque eso fuese práctica común entre amigos. No respetar esas prohibiciones nos llevaría a la "charca inmunda de la depravación humana", sí, así lo decía él, y te diré que no sé si habrá sido por eso o no, la cosa es que jamás se me pasó por la mente ni me interesó tener nada sexual con un hombre.
- ¿Entonces?
- Nada de "charca inmunda".
- Eso pensé - dijo algo aliviado Amador.
- En realidad, y para que termines de entender esto, el único hombre que me atrajo de veras, fuiste vos, Amador, y en verdad te juro que todavía no sé muy bien que me sucede con vos. Ya soy un hombre grande y esto no es un juego de niños. No hay ya ningún cura a quien confesar lo que siento.
- ¡Por suerte!
- Sí, por suerte. Así las cosas, amigo, pienso al fin y al cabo, que cuando esto pasa, lo mejor es ver de qué manera se puede digerir y aceptar... más no te puedo decir.
Amador lo escuchaba atentamente. Se había quedado con la frase que Teo había dicho: "me sucede", en tiempo presente. Su mente voló por un instante a aquel café y por un momento sus ojos recorrieron disimuladamente el pantalón de Teo. Bajo ese bulto considerable ¿tendría Teo una erección también ahora? ¿su amigo aún tendría esa reacción con sólo verlo? Se sorprendió al preguntarse eso, pero no podía evitarlo. La cosa era extraña, le daba rechazo, pero también, a qué negarlo: que alguien le dijera que su persona le producía una excitación inmediata no dejaba de ser un halago para su ego. La intriga quedó flotando en su cabeza y se moría por saberlo, aunque jamás le hubiera preguntado semejante cosa a Teo. Fue a buscar unas copas mientras Teo descorchaba el vino. Al pasar a su lado osó preguntarse si por esas locuras de la vida sería capaz de tener algo con él. No. Definitivamente – pensó – a mí nunca me atraerá sexualmente un hombre. Quiero mucho a Teo, me gusta su simpatía, su inteligencia que disfruto en cada charla, es un tipo con el que la paso de primera, pero, de ahí a querer acostarme con él... ¿cómo podría?
Amador sirvió dos copas de vino.
- Vení, Teo – dijo algo perplejo y a la vez conmocionado por lo que acababa de escuchar de boca de su amigo y también por sus propios pensamientos – acompañame a la cocina así seguimos charlando mientras vigilo la carne.
Amador, munido de un repasador, abrió el horno para controlar la cocción mientras le pedía a Teo que le alcanzara un tenedor. Al hacerlo, Teo se acercó tanto a Amador, que sin querer, se chocaron involuntariamente. Teo cerró los ojos. Tan cerca estaba de su amigo que la atracción que sentía era irresistible, por más que él se esforzara en controlarse. Amador cerró el horno, perplejo e incómodo. Entonces Teo, en vez de apartarse, volvió a abrir los ojos y tomó un sorbo de vino, como si necesitara de eso para darse valor. Amador, sobresaltado, temblando casi por esa proximidad, buscó su copa pero en vano. Teo entonces se le acercó más y le ofreció la suya. Amador se quedó quieto, y sin posibilidad de escapar, se sobresaltó un poco cuando Teo le puso la copa de vino sobre sus labios. El líquido rosado llegó finalmente a su boca, sobre la mirada de ambos, sostenida y llena de significados. Entonces Teo, con un leve movimiento lleno de ternura, apartó la copa y enseguida la llevó a sus propios labios, girando el cristal para beber del mismo sitio donde Amador había posado sus labios. Luego de unos sorbos dejó la copa sobre la mesada. Sin dejar de mirarlo a los ojos, estiró una mano y la posó sobre la mejilla, sintiendo por primera vez el maravilloso contacto de su barba.
- No, Teo.
Amador intuyó que Teo no era dueño de sus actos en ese momento. Tiernamente le tomó la mano, con una sonrisa llena de comprensión. La sostuvo entre las suyas y continuó:
- No, no puedo. Perdoname. No soy gay, no siento la misma atracción que vos sentís por mí. Lo siento.
- Amador...
- Por favor, no hagas de esto una situación incómoda para mí, para ambos... – y diciéndole eso, llevó su mano a sus labios y la besó con cierta gratitud. Teo bajó tristemente los ojos y después los cerró resignado, intentando atesorar en su interior, al menos, la ternura de ese leve beso cortés.
- De acuerdo, no te preocupes, soy más razonable de lo tonto que parezco. No voy a molestarte nunca más, y hasta te puedo decir que me iré ahora mismo de aquí sin volver a aparecer en tu vida.
- Yo no te pedí eso.
- Gracias. Hace tiempo me dijiste un día que yo era tu mejor amigo. Si yo te pidiese algo invocando esa amistad, ¿me harías el favor de concedérmelo?
- Lo que sea, Teo.
- ¿Lo que sea?
Amador sintió un pequeño temor, pero firmemente repitió:
- Lo que sea, amigo.
- Sólo una cosa.
- ¿Sí, qué es?
- Solo por un instante, un pequeño y breve instante, quisiera besarte... Un beso. Un beso sobre tus labios. Sólo quiero, aunque sea por una única vez, posar mi boca sobre la tuya. Eso es lo que te pido. Sólo eso, y me iré, te lo prometo.
Amador lo escuchaba casi horrorizado, no podía creer que un hombre le pidiese semejante cosa, y que él, apenas pudiera oponer resistencia. Sin embargo, los ojos implorantes y tal vez desesperados de Teo lo movieron a compasión. Todos los alertas de su interior parecieron activarse, pero por otro lado, su amigo estaba allí, sufriendo, y finalmente su corazón triunfó por sobre sus prejuicios.
- Está bien, Teo. No puedo negártelo - dijo, después de todo él le había dado su palabra, y cumpliría.
Teo lo miró con infinita gratitud. Ambos se sonrieron, algo inquietos. Cuando Teo, por fin, avanzó unos pasos, Amador retrocedió instintivamente, pero después bajó la vista, incómodo por haber mostrado ese rechazo a su amigo, y permaneció estoicamente en su sitio, esperando el nuevo avance de Teo. Sus rostros quedaron enfrenados a pocos centímetros. Amador cerró los ojos, incapaz de afrontar lo que vendría. Los alientos se confundieron. Teo sintió su pecho más grande de lo que su cuerpo podía contener y un oleaje de recóndita excitación lo embargó totalmente. Entonces, con un roce apenas perceptible, sus labios se encontraron. Teo, amedrentado como si estuviera besando una boca de seda, apenas se movía, como si cualquier avance rompiera el hechizo de esa unión. Cuando supo que su amigo no lo rechazaría, posó con mayor confianza boca contra boca. Amador sintió los labios de un hombre sobre él por primera vez en su vida. No era cualquier hombre. Era Teo, el mejor amigo que había tenido, pero ¿por qué tenía que pasar eso? se culpó de acceder a esa entrega, en ese beso sintió la agonía de su amistad... y su pena fue inmensa.
También para Teo era la primera vez. Si su amigo sentía tristeza dentro suyo, para él la dicha fue sublime, e intentó alargar todo lo posible ese prodigioso lapso de sensualidad. En ese instante comprendió cuanto amaba a su amigo y una vibración penetrante lo sacudió de pies a cabeza. Su verga respondía a esa vibración y sentía como cobraba vida bajo sus pantalones, pidiéndole a gritos liberarse y chocar con la que estaba enfrente suyo. Amador fue un sensible receptor de las emociones de su amigo y muy respetuoso al cuidar lo que pasaba entre ellos. Los labios temblaron, y después, ya no los sintieron como propios, sino como una parte de ellos que se fundía naturalmente en una misma textura.
Cuando se separaron, Amador estaba quieto, mudo, apoyado sobre la mesada de la cocina. Teo lo miró y, dulcemente, le volvió a tocar una mejilla con el dorso de la mano. Pero esta vez, Amador no sonrió. Apartó la mano con un gesto firme.
- No, Teo, por favor, no sigas...no insistas más... te besé como me pediste.
Teo, casi sin escucharlo, se acercó nuevamente y buscó la boca de Amador, movido por el creciente deseo de reencontrar esos labios adorados.
- Teo, ¡No!, por favor, vos me prometiste... – suplicó Amador.
- No siempre cumplo lo que prometo...
Amador abrió los ojos, sorprendido de escuchar aquellas mismas palabras que Teo le había dicho cuando se conocieron.
- Teo, Teo... eso ya me lo dijiste antes.
- Sí ¿te acordás?, y vos me dijiste que lo ibas a tener en cuenta para el futuro.
- Tendría que haber sabido que... - pero Amador no pudo continuar porque Teo volvió a posar nuevamente su boca sobre la suya. Lo besó otra vez. Y otra, y de nuevo repitió el beso, y en cada vez, su ternura aumentaba. Amador quería, intentaba apartar a su amigo de sí, pero su resistencia parecía cada vez más débil.
- Teo, siempre te quise mucho, pero no de este modo, por favor... yo no quiero otra cosa que salvar nuestra amistad... yo...
La respuesta de Teo fue un nuevo beso. Y esta vez, abriendo su boca, introdujo la lengua por entre los labios de Amador, al tiempo que éste bajaba los brazos, y su oposición era cada vez menor. Entonces Teo, inflamado por la situación, y siendo consciente de que estaba ganado a partida, no pudo evitar llevar sus manos a los primeros botones de la camisa de Amador. Un botón, luego el otro, y..., por fin, Teo pudo apartar la camisa a los costados del pecho de Amador, que permanecía sin poder hacer nada con los ojos entrecerrados, rindiéndose a una vulnerabilidad que le era en cierto modo placentera. Lo hago por él, pensó cerrando los ojos, no quiero lastimarlo; pero ¿hasta qué punto realmente creía lo que se estaba diciendo?
- Teo, Teo, te suplico... no.
Teo miró la frondosa selva que tenía frente a él y sus manos se adentraron entre los vellos. La boca acariciaba muy suavemente su cuello mientras sus dedos deambulaban por el matorral de pelos sedosos. Amador suspiró, echándose hacia atrás. ¿Está pasando esto realmente? se dijo Teo ¿Amador no hará nada para que yo me detenga? Y excitado por la increíble pasividad del amigo, empezó a desajustarle el cinturón. No daba crédito a lo que estaba haciendo, pero siguió adelante, siguió abriendo ahora la bragueta, bajó lentamente los pantalones y se apartó para contemplar los encantos descubiertos. Amador estaba semidesnudo, con la camisa completamente abierta, los pantalones por el piso y su sugestivo bulto bajo el calzoncillo blanco. Los pelos del pubis escapaban por sobre el elástico y los costados de la prenda interior.
- Teo, por favor - dijo con voz apenas perceptible, y con un tono que no aclaraba del todo si el ruego imploraba la tregua o la continuación.
Teo, transfigurado, tomó el slip adentrando apenas un par de dedos a través del elástico. Amador detuvo las manos de Teo e hizo un último esfuerzo para impedir que su amigo siguiera adelante.
- No, Teo, te lo pido por lo que más quieras... no sigas.
- Amador, no me puedo detener, es más fuerte que yo.
- Pero es que no quiero que me veas... no quiero que sigamos con esto..., tengo miedo de...
Teo escuchaba intentando indagar más allá de aquellos ojos transparentes. Amador dudó unos segundos de lo que iba a decir... miró fijamente a Teo y susurró:
- Tengo miedo... de que me guste.
Teo bajó sus brazos y retrocedió. Comprendió que no podía hacerle eso a su amigo. Había sido demasiado egoísta al seguir sólo sus propios sueños.
- Está bien – dijo apartándose, bajando la vista y suspirando con dolor – tenés razón, perdoname, sólo pensé en mí. Olvidemos todo esto, Amador. Me voy.
Entonces Amador lo detuvo tomándolo por el hombro. Lo atrajo suavemente hacía él.
- No, esperá. No te vayas... – dijo Amador frente a frente. No pudo seguir hablando. Sacudió la cabeza, y se mordió los labios y se debatió en su propia lucha. La mirada buscó en el vacío alguna respuesta para su confusión y Teo entendió finalmente que había metido en problemas a su amigo del alma. Sólo pudo abrazarlo, sintiendo el temblor de Amador en su pecho. Quería calmarlo, quería apaciguar la tormenta que él mismo había desatado y le pidió perdón.
- Amigo - respondió Amador - no tenés que pedir perdón por ser sincero. Ahora comprendo que lo que más admiro de vos es tu inmensa sinceridad.
- Amador, disculpame, yo te prometo que...
- ¡No! - dijo riendo - sos incorregible, no prometas más cosas, que vamos a tener problemas.
- Sí, ya sé, en el futuro - sonrió Teo.
- No, ahora - contesto Amador muy serio.
Se abrazó a su amigo, así, medio desnudo como estaba, y ambos juntaron sus cuerpos en medio de una emoción inmensa. Luego se apartaron un poco. La luz de la cocina daba de lleno sobre el cuerpo velludo de Amador. Él mismo, tembloroso, tomó el extremo de su slip y de un solo movimiento se lo bajó dejándolo caer al suelo. Su verga estaba erecta. Después de revelar a su amigo el motivo de sus miedos, pareció aliviado y continuó por quitarse la camisa, sacarse los zapatos, y el resto de ropa que le quedaba, quedando totalmente desnudo ante su amigo, que no podía moverse ni respirar. Lentamente, Amador se acercó a él y tomando la remera, se la deslizó por sobre su cabeza, devorando con los ojos su torso desnudo. Teo quiso ayudarlo a quitarse el jean, pero Amador se lo impidió tiernamente, llevando sus propias manos a los botones del pantalón. Empezó a desnudar a su amigo, y cuando le bajó los calzoncillos, una verga rígida y mojada saltó liberándose en un potente latigazo contra el abdomen y quedando, enhiesta y bella, balanceándose bajo el haz de luz.
Amador no dio abasto a su asombro. Ambos disfrutaron de su mutua inspección. Pero los dos hombres, desnudos y excitados, no atinaban a moverse
- ¿Y ahora? – preguntó Amador, con la emoción en la voz.
- Ahora, hagamos el amor.
- ¿Y cómo se hace el amor entre hombres?
- No lo sé.
- Tengo miedo, Teo.
- Yo también. Tengamos miedo juntos.
- Tengo mucho miedo.
- Amigo, estoy aquí - dijo Teo que fue a rodear con sus brazos a Amador.
- Es raro esto..., no estoy seguro de saber qué hacer.
- Shhh..., sólo sintamos. ¿Te animás?
- Sí. Me animo.



Amador se dejó caer en los brazos de Teo, presa de una profunda congoja. Su verga, dura a más no poder, no había dejado de palpitar en todo momento. Iba a pasar por un umbral que no estaba tan seguro de franquear. Pero tampoco quería retroceder, eso le era imposible ya. Tomó la cara de su amigo entre sus manos y ofreció su boca abierta, Teo la aceptó y se fundieron en un largo y húmedo beso. Sus vergas se juntaron por vez primera y se estremecieron al reconocerse en ese contacto. Amador avanzó sobre Teo, quien fue retrocediendo hasta la mesa que había en el centro de la cocina. Las manos se dirigieron anhelantes hasta sus trancas. La verga de Amador era más grande que la de Teo. Era inmensa, gruesa, ancha, recta en su pétrea dureza y llena de serpenteantes venas. El vello negro que la rodeaba por completo bajaba también hasta sus suaves bolas, y ahora, gracias a la tensión de la colosal erección, el glande salía a la luz, brilloso, rojo y completamente brillante. Teo contemplaba y sentía entre sus dedos esa imponente vara:
- Amador..., nunca creí que te iba a ver así...
- Ni yo mismo sé todavía lo que me pasa – dijo entre los labios de Teo – Pero, Teo, no me preguntes qué es, no quiero averiguarlo. No ahora - y acariciando el vello púbico de Teo, preguntó - ¿puedo ver la tuya?
- Sí – contestó Teo, y abrió bien sus muslos para mostrar aquella parte tan íntima.
- Creo que nunca vi una pija dura.
- No te creo.
- En serio, nunca. Bueno, en fotos, o en películas... pero jamás una real.
- ¿Y...?
- Bueno... tengo que acostumbrarme – dijo tomando con su mano la verga dura. Teo sintió un cimbronazo al ver posar esos dedos firmes sobre su miembro. Amador acarició tímidamente el tronco, y después, tomando confianza, empezó a bajar y subir su mano, jugando con sus bolas, con el prepucio, el glande y el abundante vello hirsuto de su amigo. Era una exploración, a la vez que un descubrimiento muy interesante y excitante para él. Teo se sentó sobre la mesa con las piernas abiertas para exponer mejor su erección, y Amador, sin perder detalle, se agachó para tener el sexo de su amigo a la altura de sus ojos. La luz daba de pleno sobre la entrepierna y separando bien los muslos, Teo susurró a su amigo: Es tuya.
Amador tomó a Teo por las pelotas y balanceó el pene erecto desde su base, como queriendo probar los distintos movimientos que un miembro en ese estado es capaz de hacer. Unas gotas de presemen bajaron entonces por el tronco de Teo. Con la otra mano, Amador las recibió, jugando con su textura y haciendo que su amigo se curvara de placer. La verga de Teo palpitaba y temblaba con cada caricia nueva. Amador también subió a la mesa, y ambos se arrodillaron uno frente al otro con las piernas bien abiertas. Teo tomó los pezones de Amador y empezó a tocarlos, a jugar, a pellizcarlos, sobarlos, y rozarlos con el dorso de su mano. Enseguida, las puntas se endurecieron.
- ¡Nunca me hicieron eso!
- Y yo nunca se lo hice a un hombre... ¿Qué se siente?
- ¿Querés ver lo que se siente?
Y entonces también Amador tomó entre sus dedos los pezones enhiestos de Teo, prodigándole las mismas caricias que, al mismo tiempo, sentía él mismo. Mientras hacían esto, se miraban las oscilantes vergas, que se inflamaban a cada espasmo chorreando entregas de líquido transparente.
- Es hermoso. Esto es hermoso, Amador. Es más fuerte de lo que siempre imaginé.
- ¿Pensabas en nosotros haciendo esto?
- Sí, tantas veces...
- ¿Desde cuándo?
- Desde aquella vez en el vestuario, después de verte desnudo.
Amador suspiró y en un gemido se abalanzó con su lengua sobre los pezones enrojecidos de Teo, que ya no pudo sostenerse más y se desmoronó en la mesa sobre su espalda. Amador succionó sus pechos como lo habría hecho con una mujer, y al ganar con sus manos nuevamente la verga de Teo, se maravilló de que el sabor que inundaba su lengua era el de un hombre. Empezó a bombear lentamente lo que afianzaba firmemente con sus dedos. Teo gemía de placer y acompañaba todo lo que hacía su amigo con unos continuos movimientos de pelvis. La lengua de Amador bajó sobre su pecho y fue recorriendo su abdomen, su ombligo, hasta que la punta de esa pija palpitante rozaba ya su mentón barbado. Entonces, como si fuera lo más natural del mundo, miró la verga que apuntaba hacia su boca, miró por un momento a los ojos a su compañero, y volviendo nuevamente la cara hacia ese cetro de placer, estiró la lengua para anticipar el sabor que iba a llenar su boca. Fue probándolo lentamente con pequeños toques y poco a poco el contacto se hizo constante y fuerte. Degustó tenuemente el sabor del líquido que salía del meato urinario del pene de Teo, se animó un poco más, oliendo los efluvios calientes que emanaba ese bello mástil, y avanzó aún más, deseoso de comer algo nunca probado antes. Entonces Teo le acarició la cabeza, entrelazando sus dedos en el cabello oscuro, y Amador abrió la boca. La pija de Teo desapareció dentro de Amador, que empezó a chupar acompasadamente. No sabía que eso podía ser tan erótico y sensual. Así estuvo hasta no dejar sitio o pliegue por irrigar con su saliva.
Después de un rato, Amador quedó agobiado por tanta experiencia nueva y cayó de espaldas a un lado de la mesa. Entonces Teo se incorporó y montó suavemente sobre los firmes muslos de su amigo, y empezó a explorar su cuerpo que se abrió completamente a él.
Teo tenía ahora ante sus ojos, la magnífica desnudez de su Amador. Sostuvo el inmenso pene erecto entre sus manos. Acarició su base, recorrió la extensión interminable del tronco, apartó los pelos de sus bolas, jugó con ellos, provocado que las piernas se abrieran hasta su máxima extensión. Al aprisionar ese pene duro por la base, el mástil se levantó desafiante hacia arriba, rojo y durísimo. Teo lo apretó entre sus dedos, y notó sorprendido como por arriba de su mano restaban unos veinte centímetros sobresalientes. Con las yemas, frotó el íntimo camino entre las bolas y el ano mientras sopesaba y movía de arriba a abajo la columna vibrante. Amador miraba embelesado todo lo que Teo hacía y suspiraba arqueándose involuntariamente. - Nunca me han acariciado de esa manera.
- ¿De veras?
- Creo que ninguna mujer puede acariciar el pene de esa forma.
- Tal vez.
- Estoy seguro - decía Amador, entre gemidos y pequeños espasmos.
- Será porque sólo un hombre conoce lo que puede enloquecer a otro hombre, cada punto, cada lugar... es lógico después de todo.
Teo acercó su cara para ver mejor cada detalle de la verga de Amador. Y quiso probarla. Abrió la boca y se tragó esa pija, sintiendo por primera vez una sensación deliciosa y que lo inflamaba como nunca. Entonces Amador giró sobre sí mismo y cambiando de posición quedaron de tal manera que sus sexos quedaron al mismo tiempo a merced de sus bocas.
- Yo también quiero comerte, Teo. Así, juntos, al mismo tiempo. Esto es increíble – dijo entrecortadamente, y estiró su boca hasta apresar con sus labios el falo de Teo. En esa posición pudieron sentirse enteramente entregados uno al otro, dando y recibiendo en perfecto balance. Aún no se habían saciado del todo con esa postura que los maravillaba, cuando la ansiedad les hizo buscar otra. Amador se incorporó nuevamente y poniéndose en cuatro patas, ofreció su trasero enteramente entregado. Teo, tomando con sus dos manos los abultados glúteos, los separó bien, dejando al descubierto un valle peludo y el rosado hoyo que se contraía y relajaba casi rítmicamente.



Sin pensarlo acercó su boca y empezó a lamer. Lenta, pausadamente. Amador creyó morir con cada lengüetazo. Su pija se contraía a cada lamida, segregando el cristalino líquido que caía en hilos sobre la superficie de la mesa. Su amigo se anidó en su parte más íntima, la más reveladora de su debilidad viril. Quiso llevar su mano para calmar la inflamación de su sexo. Teo, dándose cuenta de esto, se adelantó para impedirlo, conquistando con sus dedos la pija de Amador. Quiso, sobre todo allí, ser también el dueño del placer. La pasión fue elevando tanto la temperatura que empezaron a sudar. El goce era indecible, nuevo, casi salvaje. Teo abrió la boca como un tigre y atrapó los dos grandes huevos. Nada quedó sin chupar. Amador sintió el deseo incontenible de abrirse a su amigo. Separó a más no poder las piernas y levantó más aún su culo mientras él mismo se separaba bien las nalgas. Teo lo penetró con el filo de su lengua, avanzando y retrocediendo, y Amador se desvirgó de un goce jamás sentido en toda su vida.
- Por favor, meteme algo, por lo que más quieras - gimió, diciendo lo que habría implorado su ano.
Teo, asombrado por lo que oía, obedeció al pedido abandonando la verga de Amador para llevar un dedo al humedecido agujero. Fue horadando ese peludo ojete que se le ofrecía tan confiadamente. Amador respondió con un gemido largo y casi bestial.
- ¡Más!
Teo metió otro dedo, y luego otro, hasta que la base de su mano chocó contra el contorno del ano. Con tres dedos introducidos en su culo, Amador estaba gozando como nunca había imaginado.
- ¡Más, quiero más! ¡Quiero tu verga, Teo...!
- Amador.... ¿estás seguro?
- No, no estoy seguro, pero no me voy a detener a pensarlo ahora ni por un instante. Soy tuyo.
Teo quiso decirle que iban muy rápido. Pensó que el intento de penetrarlo podía echar a perder todo lo que habían avanzado hasta el momento. De verdad quiso proponerle dejar eso para otro día. Pero no pudo. Su deseo era perfectamente compatible con lo que Amador quería de él. Un deseo avasallante que no respetaba racionalidad alguna.
Se arrodilló frente al culo de Amador y agarrando su propia pija erguida, la apuntó directamente hacia el anhelante objetivo. Cuando apoyó el glande en el ano, Amador aulló de placer. Toda la zona estaba sensibilizada. La saliva había lubricado cada pliegue, cada vello, y él ansiaba más. Aunque un ápice de cordura o de arrepentimiento hubiera atravesado su mente, él sabía que habría sido imposible detenerse. Él mismo retrocedió sobre sí para ensartarse en la lanza de Teo hasta sentir que su punta dura estaba entrando unos centímetros en el lubricado agujero. Entonces sintió un dolor incontenible. Se detuvieron. Teo, tierno y acariciante, lo besó.
- Amador, no tenemos que hacer esto hoy.
- Quiero hacerlo. Intentémoslo despacio.
- ¿Estás bien?
- Estoy en el cielo.
- Es que sos un ángel, Amador - dijo Teo, recostando su mejilla sobre la espalda de Amador y abrazando su torso al cruzar sus manos sobre el pecho. Por un momento quedaron extáticos.
- Te quiero - murmuró Amador. Teo lo escuchó como en un limbo de ensueño, emocionado.
Recomenzaron, la excitación de Amador no había bajado un ápice. Lejos de eso, sentía un hambre insaciable de tragar ese miembro tan temido y deseado a la vez. Se abrió bien el ojete y se lo ensalivó abundantemente. Entonces Teo, contribuyendo a la lubricación con su propio jugo, avanzó firmemente pero sin abandonar su dulzura. Lo hacía todo con cuidado, con movimientos muy lentos y precisos. El ano de Amador, pese al dolor desgarrador, fue adaptándose y dilatándose perfectamente alrededor del glande resbaloso hasta que luego de unos largos minutos sintió que el cuerpo se le partía en dos. La dura verga había entrado hasta la mitad de su largor. Teo no retrocedió un milímetro. Amorosamente, se quedó quieto para que el interior de su amigo se fuese ajustando y habituando a su calibre. Esto dio resultado en poco tiempo y Amador le hizo entender con su gesto que podía seguir avanzando. Teo envolvió con sus manos el sexo de Amador, corroborando que seguía tan duro como antes. Su amigo gritaba debatiéndose entre el dolor y el placer. En esa contienda pronto fue claro que el placer estaba venciendo. Faltaba ya muy poco para que Teo entrara por completo. Entonces, casi sin darse cuenta, toda esa verga desapareció por completo dentro de Amador. Los vellos de pubis y ano se encontraron, confundiendo colores, texturas y sudores.
Se conmovieron tanto que las lágrimas asomaron y empezaron a correr por sus rostros. Y, unidos en esa misteriosa cópula, hicieron el amor hasta desfallecer. Teo se derramó en el interior de Amador al mismo tiempo que éste descargaba su semen sobre la mesa, sin casi tocarse, y por el solo estímulo del constante movimiento que sentía dentro de sí. Completamente bañados de sudores y otros tantos masculinos líquidos, habían llegado al placer máximo con una agitación cercana al paroxismo.
Se sentían inmensamente dichosos.
Cayeron abrazados sobre la mesa, mientras se sonreían sabiéndose unidos ahora más que nunca.
Entonces se miraron. Con una mirada en la que creyeron verse como por vez primera. La sonrisa pasó a la risa, nerviosa primero e incontenible después.
- Hola - susurró Amador.
- Hola - respondió Teo.
Más tranquilos ahora, todavía agitados, Amador acarició el pelo de Teo, acomodándolo por encima de la frente. Se alejó un poco como quien necesita inspeccionar mejor lo que ve. Teo hizo un cómico gesto como diciendo ¿qué pasa?, siempre con sus manos alrededor de sus hombros.
- Teo - le dijo con infinita ternura - sos hermoso.
- ¿Qué?
- En serio. No me había dado cuenta, o sí, tal vez ya lo sabía sin saberlo, sos un hombre hermoso.
- Si nunca te fijaste en los hombres ¿con qué autoridad podés afirmar eso?
- No necesito autoridad alguna para apreciar la belleza, boludo, y menos la tuya.
- ¿En serio te parezco hermoso?
- Sí - respondió acariciando siempre la cara y la boca de Teo, que a cada caricia besaba sus dedos.
- "Amador" - pronunció quedamente - las veces que pensé en tu nombre. Amador. Creo que el nombre te va a la perfección.
- Sos hermoso..., hermoso - repetía Amador, sin dejar de besar esas manos húmedas y calientes.
- Mi querido Amador... - dijo Teo con tono circunspecto.
- ¿Qué, mi querido Teodoro?
- Perdón, no quisiera, digo, cortar este extraordinario clima, justo en este momento en que mi ego se siente tan cómodo, pero... ¿no sentís olor a quemado?
Amador saltó como un resorte, horripilado al ver el humo que salía del horno.
- ¡La carne!
Teo rió a carcajadas, partido en dos. Cuando Amador abrió el horno y sacó la fuente quemándose los dedos por la prisa de salvar algo del desastre, el humo invadió toda la casa. Todo estaba carbonizado. La escena era ridícula. Los dos amigos no podían parar de reír, y más al verse los dos frente a la bandeja humeante, en pelotas y con sus miembros todavía levantados.
- ¿Y ahora qué hacemos? - dijo Teo - a mí me está dando un hambre terrible.
- ¿Cómo qué hacemos? ¡No tengo la menor idea!
- Hagamos unos fideos.
- No tengo.
- ¿Queso? ¿Jamón?
- Tampoco.
- ¿Nada entonces...?
- Hay tiramisú, pero como hoy estaba tan nervioso porque ibas a venir, me salió mal y quedó todo líquido, aunque no sé, de gusto debe estar rico.
Teo no paraba de reír.
- Creo que nuestra primera cena en casa resultó un desastre - dijo finalmente Amador. Luego dejó de reír y apesadumbrado al ver el trágico resultado de su obra culinaria, movió la cabeza quedamente. Teo lo tomó por la barbilla dulcemente y lo abrazó. Amador se abandonó al calor de ese cuerpo tan querido y juntaron otra vez sus sexos que latían sin querer abandonar la rigidez.
- ¿Así que un desastre?
Amador asintió, haciendo un cómico pucherito.
- Tonto - dijo Teo con su voz más dulce, anidando en su ahuecada palma la suavidad de las bolas de Amador - yo no estaría tan seguro, a mí me parece que la cena fue un completo éxito.



Franco – Septiembre 2003