miércoles, 30 de mayo de 2018

El cuentito de fin de mes



- Astor Hotel -


Provincia de Río Negro, Argentina, 1996

Abrí la ventanilla del coche y aspiré profundamente, llenando mis pulmones de aire patagónico. Estaba un poco cansado y aletargado. El fresco oxígeno fue como una inyección de energía. Mi avión había salido de Buenos Aires hacía poco más de dos horas, y aprovechando ese corto tramo entre el aeropuerto de Neuquén y General Roca, empecé a pensar cómo podría hacer más placenteros aquellos cuatro días de mi obligada estadía en aquel pueblo tan pequeño, sin cines, ni teatros, sin siquiera un modesto sauna, como los que hay en algunas capitales del interior del país.
Entonces, esos viajes atenuaban la rutina de la gran urbe, pero no siempre la pasaba bien. El último, había sido decidido por mi empresa hacía apenas tres semanas atrás, y esa vez, me había aburrido considerablemente.
Una cosa era cierta: el grado de entretenimiento que lograba tener en esos viajes de trabajo, era inversamente proporcional a la calidad de mis tareas programadas, por lo que pensé equitativamente: tal vez sea mejor así, si no tengo con qué distraerme, haré un informe muy bueno. Y con ese estúpido consuelo me hacía a la idea de que los próximos cuatro días -con sus noches- pasarían muy rápido, y mi imagen profesional quedaría nuevamente intacta ante mis jefes.
Aquí vamos de nuevo, me dije, esta vez el informe versaba sobre el producto por excelencia de la zona: manzanas. Todo acerca de ellas. Entretenido, ¿verdad?, me dije mirando hacia el cielo. Sería una radiografía de marketing tras entrevistas y consultas con agricultores y productores de la región, evaluación, proyección y demás estadísticas terminadas en ión.
Exhalé con desgano, como devolviendo a la atmosfera aquella parte de oxígeno prestado durante el traslado en taxi. Cuando el anodino chofer me dejó en la puerta del hotel, repetí resignado el suspiro.
"ASTOR HOTEL", rezaba el letrero sobre la marquesina. Astor, no Astro, como le había dicho al conductor. En el segundo que me tomé para pensarlo, elucubré si el nombre sería un homenaje a Piazzolla o en realidad sí era el Astro hotel y el tipo que había hecho el cartel había equivocado el orden de las letras. Quién sabe.
Era un edificio de tres plantas, tan modesto como deslucido, estaba en la zona céntrica, y sus dudosas tres estrellas eran más pretenciosas que reales. Al entrar, nadie vino a ayudarme con mi maleta cuando me dirigí hacia el pequeño mostrador. Casi todas las llaves del hotel se encontraban en sus casilleros. La sensación de soledad me invadió aún más. Finalmente, de una puerta contigua salió un joven de unos veinticinco años de edad que me miró con los ojos agrandados. Se apresuró a recibirme, deshaciéndose en reverencias y saludándome como si fuera un maharajá. Me reí para mis adentros e intentando también ser amable me presenté y le dije que mi empresa había hecho una reserva a mi nombre.
-Sí, señor, déjeme revisar la lista.
La lista era un trozo de papel arrugado donde el chico no encontró ni rastros de mi nombre. Estuvo así buscando por todos lados, rojo de vergüenza y temblando casi.
-Qué barbaridad, señor, debe haber un error, pues no se me avisó que usted iba a venir..., perdóneme, pero yo le aseguro que...
-No te preocupes – le dije con tono calmo y un poco divertido por la situación – después arreglaremos eso. Mientras ¿no podrías darme una habitación?, estoy un poco cansado y me esperan para almorzar.
-Bueno, señor, en realidad el check-in es a partir de las trece y...
-¿Qué? ¡Por Dios!, ¡qué estás diciendo! - levanté la voz, mirando el tablero lleno de llaves - ¡quiero una habitación inmediatamente, o...!
-Desde luego, señor, sí, por supuesto, tiene usted razón, lo que pasa es que las reglas del hotel...
-¡Qué reglas ni ocho cuartos, no pienso esperar ni un segundo más! ¡O me voy a un hotel mejor!
-¿Un hotel mejor?
Respiré hondo, llamándome a la calma. Obviamente, no sabía lo que estaba diciendo, así que, más tranquilo, volví a pedirle que me llevara a mi cuarto.
-Sí, señor, ya mismo lo llevaré a la habitación..., discúlpeme, pase por aquí, y permítame su maleta, por aquí, por aquí...
Lo seguí por una estrecha escalera, pues el ascensor no funcionaba, y después de subir al primer piso, llegamos a mi habitación.
El joven, pulcramente vestido con un pantalón negro, camisa blanca y corbata azul, depositó mi maleta en una cómoda y abrió las cortinas. A pesar de que no habíamos empezado muy bien, le di una buena propina, lo cual desató en el joven un torrente de agradecimientos. Me indicó que el desayuno se servía hasta las diez y que si necesitaba cualquier cosa no dudara en llamarlo.
Vaya con el Astor Hotel. Mi cama era estrecha. La ventana daba a la desierta y angosta calle lateral. Una vista de ensueño, pensé. Suspiré desalentado (el aire ahora no parecía tan patagónico), empecé a acomodar mis cosas y quise darme una ducha. Me desvestí y me dirigí al baño. Y fue entonces que comprobé que la llave de agua caliente ni siquiera giraba sobre sí misma. Echando pestes llamé de inmediato a recepción. Pobre chico, su voz aterrada apenas pudo contestar: ¡Subo enseguida, señor!. Debió haber saltado los escalones de a tres porque a los pocos segundos estaba tocando a mi puerta. Sin reparar que estaba aún en slip, abrí la puerta. Al verme semidesnudo el muchacho abrió los ojos otra vez. Es evidente que el muchacho tiene ojos grandes, pensé.
-A ver si podés hacer algo. Quiero darme un baño y no precisamente con agua fría.
-Por supuesto, señor, con su permiso – dijo tímidamente, pasando por delante mío cuidando de no rozarse con mi bulto. Examinó todo, intentó varios movimientos, pero fue inútil.
-Caramba, señor, no sé como pedirle disculpas por esto. Tendrán que venir de mantenimiento para repararlo.
-Sí, cómo no - dije muy alterado - ¡pero yo tengo que salir en media hora!
-Sí, señor, claro, comprendo.
-¡Entonces!
-Bueno... yo...
-¿Está el gerente?
-¿Qué gerente?
-Me imagino que el hotel tendrá un gerente.
-¿El gerente, señor?, no, no.... a esta hora no hay nadie...
En un momento, me di cuenta de que la situación era ridícula y que yo no estaba precisamente en el Hilton. Evidentemente mis exigencias debían adaptarse a cuestiones más simples y más prácticas. Y el pobre muchacho me miraba con ojos desorbitados (ya una cosa natural en él) sin saber qué decir por tan desgraciado percance. Cuando noté su turbación, bajé la cabeza y sonreí. El enfado se mutó en una extraña ternura y lo miré levantando mis cejas.
-Está bien. No te preocupes. ¿Cómo te llamás?
-¿Yo? – contesto el chico, mirándome asustado.
-No hay nadie más aquí...
-Sí, claro, señor, tiene razón. Me llamo García, señor.
Sonreí nuevamente y lo miré con las manos en mi cintura. No me había fijado mucho en él, claro, pero este García no estaba nada mal. Era moreno, con el pelo corto y prolijamente peinado con gel. Rasurado a la perfección, con un sombreado suave que denotaba una barba tupida, sus facciones eran amables y sobrias. Sin ser un hombre hermoso, poseía bastante atractivo después de todo. A pesar de ser muy tímido, su mirada, enmarcada en esos grandes ojos castaños tan propensos a ponerse como platos, era sincera e indagadora. Era delgado, alto y de brazos y piernas largas.
-Veamos, García. Me pregunto qué haría yo si estuviera en su lugar – dije finalmente, con voz mucho más amigable.
-¿Quiere que le dé otra habitación, señor?
-Ahora sí nos entendemos. Bien, muy bien, creo que yo habría preguntado exactamente lo mismo.
-De acuerdo, señor, déjeme ayudarlo con sus cosas.
García tomó mi ropa, y mi maleta, y me dijo que lo siguiera. Yo estaba casi en pelotas, por lo que quise tomar al menos una toalla para cubrirme, pero el muchacho me dijo enseguida:
-No se preocupe, señor, el hotel está vacío.
-O sea que puedo andar en bolas por los pasillos sin problemas - dije como para ablandar el clima.
García finalmente sonrió un poco. Tomé el resto de las cosas que había sacado de la maleta, y lo seguí. La situación no podía ser más desopilante.
-Le daré la mejor habitación del piso.
-No esperaba menos– dije con un tono algo irónico.
Cuando entramos al nuevo cuarto me ayudó con mis cosas y luego comprobó que todo estuviera en orden.
-Señor, el baño funciona perfectamente.
-Muchas gracias – dije sonriendo. En efecto, la habitación era mucho mejor, tenía una cama de dos plazas y era mucho más amplia e iluminada. García atinó a irse, pero de pronto me preguntó:
-Señor, ¿desea que desempaque sus cosas?
Sorprendido por esa propuesta, mi mente viajó por un momento a mis más bajas zonas, aquellas en las que imagino todo tipo de eróticas fantasías. Pensé por un momento toda la situación: Yo estaba casi en bolas, a punto de ducharme, y había un atractivo joven en mi habitación... pues...
-Pues sí. Te lo agradezco mucho – dije, mientras entraba al baño. Antes de cerrar la puerta me quité el slip. Lo hice de manera premeditada para testear la reacción del chico. Entonces, por el espejo que había en la puerta, noté que García tenía puestos sus ojos en mi culo desnudo. Esa mirada. Conozco ese tipo de mirada, pensé. Reconozco que me turbé un poco, sorprendido, y como un colegial, solo atiné a cerrar la puerta y meterme en la ducha caliente, observando que mi pija se empezaba a levantar por tanta emoción. Me quedé pensando en García. Pero después -ese instante en donde mis inseguridades afloran- deduje que todo era producto de mi imaginación y que estaba viendo insinuaciones donde solo había una turbación lógica de un chico provinciano. Pero yo ya estaba excitado y mi verga había subido hasta ponerse totalmente tiesa. ¡Joder, qué caliente estaba!. No podía dejar de pensar en García, al que desnudé una y otra vez dentro de mi acalorada imaginación. Enjaboné mi cuerpo, haciendo una gran espuma entre mis pelos del pecho. Acaricié mis pezones una y otra vez. Después me froté las nalgas, abriéndome el ano con la redondez del jabón. Imaginaba que era el glande de García. Mi verga era un gran palo enjabonado. Me metí un dedo en el caliente hueco y no pude contenerme al gemir de placer. En el mismo instante -vaya coincidencia- escuché unos golpecitos en la puerta.
-Señor, tengo sus toallas, ¿quiere que se las alcance?
García estaba todavía allí... y... ¿quería entrar?. Iba a decirle que pasara, pero yo estaba con una erección de caballo y con un dedo en el culo.
-¿Señor? - insistió García, redoblando sus golpecitos. Pensándolo bien ¿porqué no hacerlo pasar?, me dije, de todos modos estaba detrás de la cortina.
-Sí, García, pasá nomás, dejalas sobre el banquito.
-Muy bien, señor, con permiso – dijo mientras entraba. Yo me quedé inmóvil, aún con el dedo en el ojete y sosteniendo mi miembro duro, sin poder ver nada más que una borrosa sombra detrás de la cortina plástica. Todavía seguía allí. Había dejado las toallas ¿por qué no salía del baño? Me pareció que pasaba una eternidad hasta oír que la puerta se cerró tras él. Asomé la cabeza y corroboré que estaba solo. Entonces me acordé de mi almuerzo, a todo esto sería tardísimo. Maldije en alto. Dejé la masturbación para después y salí rápidamente de la ducha. Me sequé y me vestí a los tumbos, y salí rumbo a mi almuerzo de trabajo.

Eran las tres de la tarde cuando regresé al hotel. Al entrar, García salió enseguida a recibirme, como si me estuviera esperando, con su sobria sonrisa y sus reverentes saludos. Me dio la llave y subí. Había intentado alejar de mi mente al empleado del hotel. Pero yo ya sabía que no lo conseguiría. Una vez que me invade la duda de si alguien se está fijando en mí o es producto de mi propia calentura, es inútil, mi cabeza ya no piensa en otra cosa hasta que el devenir de las cosas toman algún curso inequívoco. Me quité la corbata, los zapatos, y me abrí la camisa, mientras me sentaba a trabajar en mi ordenador. Al poco tiempo sentí que golpeaban a mi puerta.
-¿Sí?
-Disculpe, señor, ¿todo está en orden en la habitación? ¿Necesita alguna cosa?
¡García otra vez! Sentí un sacudón en mi pecho al escuchar la voz del chico. Soy un tonto, pensé, me comporto como un jovencito adolescente. Miré entorno mío, como buscando en el cuarto alguna razón para necesitar algo, pero no, todo estaba bien. Así y todo, fui hasta la puerta y abrí.
-Buenas tardes, señor.
-¿Cómo estás, García?
-Bien, señor – contestó sonriendo de manera adorable y mirando mi pecho velludo que emergía de la camisa abierta – ¿Necesita que acomode el cuarto?
El cuarto estaba en orden, pero con un gesto nervioso, le dije:
-Sí, sí... claro... – y volví a mi ordenador. Tecleaba cualquier cosa, lejos de concentrarme y atento a todos los movimientos de García.
-Ya está, señor. ¿Algo más?
-Eh... sí, sí...
-Dígame, señor.
-Por favor, ¿podrías traerme... un jugo de naranja? - balbuceé, diciendo lo primero que me venía en mente.
-Claro, señor, enseguida.
Cuando cerró la puerta me levanté como accionado por un resorte. ¿Qué iba a pasar entonces?. Podía pasar cualquier cosa, incluso que, por desgracia, no pasara nada. Pero tenía que salir de dudas. Así que decididamente me quité la ropa y me quedé solo cubierto por el blanco slip. ¿Sería demasiado osada la insinuación? ¿demasiado obvia? ¡al carajo!, ya era demasiado tarde para ponerse a reflexionar en eso. Me recosté en la cama, encendí la televisión y así esperé a García. Me pregunté si sería mi impaciencia, o si el muchacho había tenido que viajar hasta el Paraguay a buscar las naranjas, la cosa es que la espera me pareció interminable. Para cuando sentí tocar a la puerta, mi pija había crecido bastante, y la tirantez del bulto hacía que varios pelos púbicos asomaran fuera de la prenda. Me pareció una escenografía propicia para recibir a mi amigo y eché los brazos hacia atrás, anudando mis manos por debajo de mi cabeza para acrecentar el efecto.



-Adelante.
-Permiso, señor.
-Sí, García, dejalo aquí, sobre la mesa de luz, por favor.
-Muy bien, señor.
García se acercó a la cama mientras yo fingía estar muy interesado en el programa de televisión. ¿Notaría como mi verga crecía con cada latido?. No lo miraba directamente, pero sentía como sus ojos recorrían mi cuerpo semidesnudo. Entonces, como él no se retiraba, me volví hacia él.
-¿Podría firmar aquí, señor?
-Claro.
Él estaba visiblemente nervioso, con sus grandes ojos, con su timidez temblorosa, mirando mi cuerpo apenas cubierto con ese slip blanco. Entonces, le dije que esperara. Sobre la mesita de luz tenía unos billetes y monedas. Me estiré para alcanzarle el dinero y giré casi hasta ponerme boca abajo, brindándole el espectáculo de mi trasero y mis muslos abiertos. Sonreí pensando: esto nunca falla, bien que lo sé.
-Servite, y muchas gracias.
García extendió la mano con una temblorosa reverencia, pero estaba tan atento a mi bulto que el dinero cayó al suelo. Enseguida se agachó a recogerlo, pero varias monedas fueron a parar debajo de la cama.
-Esperá – dije incorporándome. Me agaché para buscar las monedas. Pensando en mi buena fortuna, de haber planeado aquello, nunca habría salido tan bien. Me arrodillé y metí medio cuerpo debajo de la cama para alcanzar las monedas.
-Señor, no se preocupe, déjelas, por favor.
Ni loco. Yo aprovechaba para apuntar mi culo a su cara de manera casi escandalosa. Abrí bien las piernas y me estiré aún más debajo de la cama. Así estuve unos minutos, pretextando no ver mucho ahí abajo. Cuando salí, García respiraba pesadamente. A duras penas yo conservaba mi agrandada pija dentro del slip. El chico, completamente sonrojado, tomó las monedas y salió rápidamente, agradeciendo y volviendo a agradecer con los ojos abiertos, otra vez, como platos.
¡Joder!, me atraía mucho ese chico, cada vez más. Y era una tortura no saber si finalmente él terminaría en mi cama. ¿Por qué yo, un hombre con tanta experiencia en estas lides, todavía no sabía si aquello era turbación o deseo verdadero?. No sé, había algo en la forma de ser de García que no era reconocible para mí. Me dejé caer en la alfombra y acariciando mi dura verga por encima de mi slip, me fui calmando. Tenía que retomar mi trabajo y hacer varios llamados. Eso intenté, pero mi mente estuvo ausente. Me tiré en la cama, poco a poco el cansancio me rindió y dormí profundamente.
Cuando desperté eran cerca de las nueve de la noche. Me vestí con una camisa suelta y un jean, y salí. Cuando dejé la llave en recepción no había nadie allí. Supuse que el horario de García había terminado.
Caminé por el tranquilo y escueto centro de la ciudad por unos minutos sin rumbo alguno, mirando aquellos escaparates desvaídos y anticuados. Al poco rato me dio hambre y busqué un sitio para comer algo. Entré por fin a un bar que me pareció agradable. Era el único lugar en la zona que estaba lleno gente. Me senté en una mesa, sin mirar mucho a mi alrededor, y al ordenar mi cena vi que García estaba en una mesa a pocos metros de la mía. Me sobresalté al cruzar nuestras miradas. Él me saludó con una nerviosa sonrisa. Estaba con una chica que no podía verme porque estaba de espaldas a mí. Durante toda la cena, miré cada tanto al muchacho. Iba vestido mucho más informal. La camisa abierta me dejó ver el comienzo de sus hermosos pectorales. Tenía escaso vello solo en el centro, pero yo adiviné la hilera de esa vellosidad ensanchándose hacia zonas que no podía ver. Era evidente que estaba con su novia, pues se tomaban de la mano por sobre la mesa y ella le dedicaba toda su atención. Él, por el contrario, parecía distante e inquieto. Todo me hacía ver que era por mi presencia. O eso creí al menos. Al rato se levantaron y se fueron.
Volví al hotel después de caminar y buscar en vano un último lugar donde tomar un trago. Todo estaba cerrado y no había ni un alma en la calle, así que volví al hotel. Esa noche me quedé mirando televisión hasta muy tarde, y finalmente me dormí.
Me desperté a las ocho con una erección que hasta dolía. Pensando en García, levanté el teléfono y llamé a recepción. Cuando escuché su voz, sonreí aliviado, pues había temido no encontrarlo.
-Buen día, García.
-Buen día, señor.
-¿Cómo te va?
-¿Perdón, señor?
-¿Cómo lo pasaste anoche?
-Bien, señor, gracias. ¿Desea algo, señor?
Suspiré, pensando que había dicho algo fuera de lugar. Enseguida endurecí mi voz un poco, carraspeando para hacerla un poco más neutra.
-Sí, quisiera desayunar en mi cuarto, por favor.
-Por supuesto, señor. Enseguida subo.
Colgué, lleno de excitación. Miré mi paquete. Me desnudé, y mi verga quedó enhiesta apuntando al techo como una estaca. Abrí la ducha y me metí en ella, intentando calmar mi ansiedad y mi excitación. Estaba aún debajo del agua cuando oí golpear.
-¡Un momento, por favor! – grité desde el baño. Rápidamente salí y me envolví en una toalla anudándola en mi cintura, mientras que con otra sobre los hombros me apresuré a abrir la puerta.
García estaba ahí con su hermosa sonrisa tímida y sus grandes ojos tan expresivos. Llevaba las mangas levantadas, dejando libres unos magníficos brazos velludos. Recordé la visión fugitiva de sus pectorales con aquellos pelos deliciosos, como si quisiera ir armando un rompecabezas con las exiguas porciones descubiertas que había visto de su cuerpo.
-Buen día. Su desayuno, señor.
-Buen día, pasá por favor.
García fue a dejar la bandeja sobre el pequeño escritorio. Cada vez me parecía más atractivo. Enseguida su trasero atrapó mi atención por completo. Abultado, firme y armonioso con respecto a sus largas piernas. Me senté en el borde de la cama con las piernas abiertas, mientras me secaba suavemente la cabeza con la toalla que traía a los hombros.
-Decime, García...
-Sí, señor.
-¿Hay algún lugar cerca de aquí que esté bueno para tomar unos tragos después de cenar?
-Sí, claro, señor, pero no está tan cerca. Hay que caminar algunas cuadras.
-No hay problema. Si me decís dónde es... – empecé a decir, mientras continuaba secando mi cabeza, mi cara y mi cuello. Lentamente abrí las piernas, sabiendo que pronto mis genitales estarían ante su vista. García me hablaba de cómo llegar a ese lugar, mientras cada tanto sus ojos se escapaban hacia mi entrepierna. Yo sabía que mi sexo había quedado en parte descubierto. Entonces él me preguntó:
-¿Algo más, señor?
Me puse de pie, dejando a propósito que mi creciente dureza fuera notoria. Mi elevado mástil elevaba la toalla y descorría su abertura por delante. Yo seguía secándome la cabeza como si nada, con los brazos alzados, mostrándole mis peludas axilas y mirándolo de manera inequívoca.
-Esperá un momento – le dije, y sabiendo que él me seguía con mirada, fui hasta mi billetera, separé su propina y se la alcancé en la puerta. Me acerqué mucho a él. Pero esta vez sus ojos fueron directamente a la abertura de mi toalla. Mi verga, durísima, sostenía la toalla como una carpa y él podía ver parte de mis pelotas y el matorral de mis pelos. Ahora sí, ahora sabía que García se moría de deseo por mí. Nos quedamos un instante así, quietos, respirando agitadamente, en silencio. Entonces, él levantó su mano, rechazando el dinero, y me miró a los ojos.
-Gracias, señor, no es necesario. – dijo lentamente, muy serio, y sin el menor atisbo de timidez en su voz.
Cuando cerró la puerta, creí desmayar. Mi pecho latía a mil, y mi pija se movía espasmódicamente. Me quité la toalla y ahí mismo rocé apenas mi miembro, que con ese mínimo contacto liberó, ante mi asombro, tres espesos chorros de semen, haciéndome flaquear de placer.

Ese día estuve muy ocupado y regresé al hotel después de las veinte. García se había retirado. Salí a cenar y fui al mismo sitio, pero él no estaba allí. Después, casi con prisa, me tomé un taxi hasta el bar que me había recomendado el muchacho. Había mucha gente y alguien cantaba una tonada folklórica en el extremo del salón. Me senté en la barra y pedí algo fuerte. Todos me miraban, era el forastero allí. Yo también los miré, sobre todo a algunos hombres. Varios sostenían la mirada, pero otros la desviaban de inmediato. En vano busqué a García allí. Había abrigado la esperanza de encontrarlo, pero finalmente pagué mi consumición pensando en lo idiota que había sido al malinterpretar una posible invitación por parte de él.
Antes de salir fui al baño, me moría de ganas de orinar. Entonces, casi detrás de mí, entró un hombre de mediana edad. Lo miré por un segundo pero su vista evitó la mía. Se situó en el otro orinal que había, justo a mi lado. Yo estaba todavía orinando generosamente cuando me di cuenta de que el hombre me miraba el pene disimuladamente. Terminé de orinar, pero no me retiré, reconociendo esos códigos evidentes de cuando algo va a suceder. Miré en dirección a lo que el hombre tenía entre las manos. Estaba masajeando suavemente su verga. Era gorda, larga y con un prepucio generoso que subía y bajaba recorriendo el oscuro glande, que con cada movimiento iba cobrando mayor volumen. Sin tocarla siquiera, mi pija respondió al estímulo visual. Miré un poco más al tipo. Lo había visto en una de las mesas. Tendría unos cuarenta años, con una espesa barba muy bien cuidada y un perfil fuerte y masculino. Los tres primeros botones de su camisa estaban desabrochados, y por allí asomaban largos pelos negros. Sonreí con satisfacción cuando su mano izquierda comenzó a desabotonar los siguientes. Vi que su dedo anular ostentaba una alianza de matrimonio. Interesante, me dije. En unos segundos, se había abierto la camisa por completo y un pecho velludo me sorprendió gratamente. Me dejé fascinar por el surco descendente de sus pelos hasta llegar a su pubis, intensamente tapizado de una mata negra; y allí observé como su verga sobresalía descaradamente, endurecida por completo. Era majestuosa. Cuando la dejaba libre haciendo tregua de sus propias caricias, quedaba levantada curvándose hacia arriba, con el glande brillante y totalmente descubierto. Debajo del perturbador bosque negro de sus pelos, la dura lanza corcoveaba sobre sus pesados huevos.



Bueno, pensé, mirando aquel magnífico espécimen de hombre, la noche no viene tan mal, después de todo.
Miré sus endurecidos pezones. Eran prominentes, oscuros y grandes. Su pecho subía y bajaba, agitándose cuando el bombeo se hacía más intenso. Él me miraba la pija y comprendí que quería ver más. Entonces me abrí del todo el pantalón y lo bajé hasta un poco más abajo de mis pelotas. Subí los faldones de mi camisa hasta más arriba de mi ombligo, mostrándole todo lo que quería ver. Mi verga, durísima, subía recta y húmeda ante su vista ávida. El hombre, ganado por el inmenso placer que él mismo se daba, entrecerró los ojos aprobando mis diecinueve centímetros de erección. Seguimos masturbándonos por un rato, hasta que lentamente estiré una mano para sentir uno de sus pezones entre mis dedos. Entonces él me miró a los ojos. Mi mano jamás llegó a destino, porque el hombre, volviendo en sí y con sobresalto, retrocedió como si hubiera visto al mismo diablo. Me quedé estupefacto viendo como el tipo se ponía cada vez más nervioso y, acomodando rápidamente su ropa, se apresuraba a salir del baño. Huyó en unos segundos, dejándome con la pija en la mano y con los ojos abiertos por la sorpresa.
Tragué en seco y me recosté resignadamente sobre los azulejos. Me acomodé la ropa y lavé mi cara con agua fría. Al salir del baño pensé que tal vez el hombre me estaría esperando afuera, pero cuando pasé por el salón en dirección a la salida, lo vi en una mesa en compañía de quien seguramente sería su mujer y otra pareja de amigos. Nerviosamente miró hacia otro lado cuando pasé a pocos metros, llevando la mano a su frente.
Mi frustración fue total esa noche y regresé caminando al hotel con un humor de perros.
Dormí mal, por lo que a las siete ya estaba despierto. Me quedé en la cama una hora más repasando algunos apuntes. Entonces llamé a recepción para pedirle el desayuno a García. Me extrañó mucho que me respondiera otra persona. Cuando golpearon a la puerta, me levanté para abrir enseguida, esperando ver a mi amigo. Pero no, no era García.
Entró un hombre alto que me saludó en voz baja. Fueron tan rápidos sus movimientos que no pude ver bien su rostro. Dejó la bandeja en el escritorio, y giró sobre sí mismo siempre con la vista en el suelo, apresurado por salir. En ese momento pude verlo mejor.
¡Era el hombre del baño!
Por un instante creí engañarme, pero cuando él tuvo que pasar delante de mí pude verlo tan cerca como lo había tenido en el baño del bar. Me atreví a preguntarle:
-¿Discúlpeme, no está García?
-¿García?, Usted se refiere a..., no, no..., él no está. Hoy es su día de franco – dijo sin levantar la vista y saliendo lo más rápido posible.
Quedé mudo y pensativo. Entonces, ese hombre trabajaba en el hotel. Además de sorprendido, me dejé caer en la cama. También estaba ciertamente frustrado porque ese día no vería a García.
Tomé mi desayuno mientras ponía en orden mis pensamientos. Entonces decidí centrarme en mi trabajo, y terminar de una vez por todas con ese informe. Me tenía que sacar de la cabeza a García, al hombre de barba, y regresar a Buenos Aires cuanto antes, pues empezaba a sentirme realmente fastidiado en esa ciudad.
Sin embargo pasé todo el día pensando en mi tímido y atribulado muchacho, del cual ni siquiera sabía el nombre de pila. Me quedaba un solo día antes de partir, y nada indicaba que lo volvería a ver. Esa noche pedí que a la mañana siguiente me despertaran a las nueve. Reconocí la voz del hombre de barba. ¿Y si volvía a intentar algo con él? ¿Pero cómo? No. Enseguida deseché esa idea, era evidente que el tipo había entrado en pánico al intentar tocarlo, por lo que calculé que todo sería mucho peor estando en su lugar de trabajo. Descartado.

Amaneció lluvioso y gris. Ya estaba despierto cuando sonó el teléfono a las nueve de la mañana. Atendí con desgano, como para responder un amable "gracias", pero mi sorpresa fue inmensa al escuchar la voz de García.
-Buenos días, señor, son las nueve.
-¡García! ¿sos vos? – dije alegremente, con la esperanza de que mi felicidad se notara en el tono de mi voz. Escuché lo que mi mente entendió como el suspiro de su sonrisa, y de inmediato me contestó:
-Sí, señor.
-Gracias por despertarme.
-De nada, señor. ¿Desea el desayuno en su habitación?
-Sí, claro. ¿Me lo vas a traer vos?
-Sí, señor, como usted quiera.
-Me encantaría– dije, sorprendido de mis propias palabras. Se hizo un silencio del otro lado.
-Como no. Enseguida subo, señor– respondió García después de unos segundos.
Al colgar el tubo, salté como un resorte. Fui hasta el baño y arreglé un poco mi aspecto. Lavé mis dientes, me rocié con un poco de colonia y me mojé un poco el pelo e intuitivamente pellizqué mis pezones, como para revitalizar su apariencia. Quería recibirlo de una manera especial. Me pregunté si sería muy obvio hacerlo sin ropa alguna. No lo pensé dos veces, mi ansiedad me indicó quitarme el pijama, mi slip y quedarme como Dios me había traído al mundo. Estaba impaciente y mi corazón se me salía del pecho.
Al oír los discretos golpes en la puerta me paralicé y de pronto me dio mucha vergüenza encontrarme desnudo. Pero la suerte estaba echada, así que creí que lo mejor sería sentarme al escritorio frente a mi ordenador, simulando estar trabajando. Y así, en pelotas, grité desde mi sitio:
-Adelante.
García entró con la bandeja. Yo no lo miré, pero sabía que había quedado inmóvil al ver que estaba en bolas.
-Señor... permiso... ¿quiere que regrese en unos minutos?
-No, no. No te preocupes, y pasá nomás, García. ¿Cómo estás? – dije intentando mantener cierta naturalidad, como concentrado en mis apuntes.
-Bien... señor, muy bien. Su..., su desayuno... – balbuceó, sin animarse a dar un paso.
-Sí, claro. ¿Podrías traérmelo a la mesa?
No escuché respuesta alguna. Lo imaginé nervioso y de un color rojo como las manzanas de su provincia natal y reí para mi interior, enternecido y excitado a la vez. Vino lentamente y se me acercó por la derecha. Lo tenía de pié junto a mí, intuyendo sus ojos sobre mi cuerpo.
-Señor... ¿Dónde le dejo la bandeja?
-Ah, sí, disculpame... – dije apartando algunas cosas para que pudiera apoyar la bandeja – Aquí está bien.
Temí que desapareciera nuevamente. Algo tenía que inventar y mejor que se me ocurría era charlar de alguna cosa, pero ¿de qué?.
-Ayer tuviste tu día de franco, ¿verdad?
-Sí, señor.
Abrí un poco mis muslos, sabiendo que mi miembro quedaría perfectamente bajo su vista.
-La verdad, es que te extrañé un poco – dije sonriendo tontamente – es que el señor que vino en tu lugar, es bastante seco. Es ese hombre de barba, alto...
-Sí. Es mi padre, señor.
-¿Tu padre?, perdón, no sabía... – dije quedándome de una pieza. El tipo de barba, el de la verga suculenta y gorda ¡su padre!. Vaya. Ahora más que nunca necesitaba saber si esos atributos masculinos se habían transmitido genéticamente.
-Descuide. Usted tiene razón. Él no es muy simpático a pesar de ser el dueño del hotel, todos lo dicen.
-¿Él es el dueño? ¡Vaya! – exclamé, yendo de asombro en asombro. - No lo sabía. O sea que este también es tu hotel.
-Bueno sí, no tenemos empleados, la familia se encarga de todo aquí, señor.
-Fui al bar que me recomendaste el otro día – dije cambiando de tema, y con la imagen de su padre en el orinal del baño.
-Ah, ¿sí?, ¿Y cómo estuvo, señor?
-Nada bien. Se diría que en esta ciudad la gente no es muy amigable que digamos– dije pensando en cómo me había rechazado su papá.
García me miraba. De pronto me sentí observado y deseado. Eso hizo que empezara a excitarme, aunque no me preocupaba ya en absoluto si mi verga se levantaba ante mi atractivo amigo.
-Sí– dijo después quedar pensativo por unos segundos – Usted ya sabe, señor, pueblo chico infierno grande. Todos nos conocemos aquí, por un lado eso es bueno, por el otro, nos hace tomar cierta distancia. A veces la gente se muestra correctamente amable unos con otros, pero a veces, ni eso.
-No entiendo.
-Cualquier cosa que usted haga aquí, al día siguiente lo sabe todo el mundo. A veces vivir así es complicado. Es como si no existiera la libertad. Es como si fuera un pueblo de presos.
La charla se ponía interesante.
-Sí, eso pensé. ¿Y a vos te pasa eso?
-¿Qué cosa, señor? – me preguntó, mientras miraba fijamente mi creciente pija.
-Que no te sientas libre.
García se quedó en silencio. Yo me acariciaba el pecho, como por descuido, aunque cada movimiento era maquinalmente estudiado.
-Sí, señor. Tal vez no comprenda estas cosas porque, obviamente, usted es una persona segura de sí misma, un hombre de mundo, alguien sin prejuicios... alguien...
-Lo decís porque no me importa mostrarme sin ropas, supongo.
García tragó en seco. Abrí un poco más mis piernas liberando mi verga para que pudiera levantarse más. Mis manos recorrían mi cuello, se detenían entre mis pelos, o rozaban mis muslos. Estaba realmente excitado, y le ofrecía a García toda la sensualidad de mi desnudez. Sin dejar de devorarme con los ojos, él prosiguió, respirando más hondamente.
-Lo digo porque aquí uno debe ser igual a los demás. Si no ¿qué dirá la gente? ¿Me comprende?
-Claro que sí– le dije mirándolo a los ojos. Se hizo un silencio, entonces bajé mi vista hasta su entrepierna. Quedé extasiado. Un considerable bulto hinchaba su bragueta, y no era mi imaginación esta vez.
-Si usted me comprende, sabrá lo que estoy hablando en realidad.
-Sí, lo sé – exclamé, mientras mis dedos jugueteaban con mis pezones, y mi vista apuntaba directamente a ese bulto que cada vez se hacía más grande.
-Es como nadar contra la corriente– continuó diciendo visiblemente emocionado – ¿Alguna vez nadó contra la corriente, señor?.
-Sí.
-Bueno. Así se siente. Vivir así no es bueno. Cansa. Y entonces, uno empieza a pensar en irse algún día.
-¿Irse adónde? ¿En busca de qué?
-No sé. Todo el mundo quiere irse de aquí. Y yo también.
-Te entiendo– dije mirando su agitado pecho. En su entrepierna se marcaba ahora la forma inequívoca de su pene erecto, ladeado hacia la izquierda. Él me miraba sin poder moverse.
-Gracias por entenderme.
-García, yo sé que ni siquiera me conocés, pero si te sirve de algo, yo tampoco me siento libre completamente. Supongo que la libertad total se alcanza sólo por instantes, pero eso sí, cuando finalmente la tenemos, es algo muy bueno, lo sé por experiencia.
Él dio un corto paso hacia mí, contenido siempre, pero a punto de desarmarse.
-Señor- dijo, aún temeroso de sus propias palabras- no sabe lo que me gustaría poder sentirme así, sin ataduras, y si es sólo por un instante no importa, aún así me gustaría, sin ningún tapujo para hacer o decir lo que uno quiera...
Entonces me puse de pié y lo miré seriamente a los ojos. Estaba tan duro, que mi verga casi rozaba su abultada entrepierna. Noté cómo se sonrojaba, entonces le dije tiernamente:
-Aquí estoy, dispuesto a ayudarte a sentir esto.
-¿Usted? ¿pero por qué tomarse esa molestia conmigo?
-¿No lo sabés todavía?
-No.
-Bueno, tal vez porque así yo también me sienta más libre. Te diré lo que haremos. En primer lugar ¿cómo te llamás?
-García.
-No, no, ¿Cómo es tu nombre? - sonreí, infinitamente enternecido.
-Detesto mi nombre.
-Te aseguro que va a gustarme.
-¿Cómo sabe eso?
-Lo sé.
-Me llamo Aníbal.
-Aníbal. Sí, sabía que me iba a gustar ¿ves qué fácil?. Ahora, escuchame bien: ¿querés decir o hacer algo que desees mucho en este momento?
Aníbal se estremeció y bajó por un segundo su vista hacia mi pija que estaba como una roca.
-Decirlo..., no me animaría...
-Quizás no haga falta decirlo, sino hacerlo.
Y él me miró, quedando inmóvil por un instante. Entonces se acercó a mí, y me besó en la boca. Quedé de una pieza, bajé mis brazos, mudo, experimentando uno de los momentos más eróticos de mi vida.
Entonces él volvió a reprimirse cayendo en la cuenta de lo que había hecho.
-Perdón, señor...
De inmediato le puse el índice en sus labios en señal de que callara, y le devolví el beso. Breve, tierno, pero muy sincero.
-No tenés que disculparte, Aníbal - le dije enternecido.
-Es que quise besarlo desde que lo vi entrar al hotel.
Me quedé en silencio, emocionado. Entonces lo tomé por la barbilla y acerqué mi boca a la suya. Nos volvimos a besar pero con una intensidad creciente.
-¿Qué más quisieras hacer?
-Quisiera estar desnudo, como usted.
-¿Puedo desnudarte yo?
-Sí.
Tomé el nudo de su corbata azul y empecé a aflojarlo. La corbata cayó al suelo mientras yo desabrochaba los botones de su impecable camisa. Él me ayudó con los botones de las mangas y entre ambos la dejamos caer junto a la corbata. Mis manos no daban abasto al recorrer su pecho. Tomé sus tetillas sintiendo como él suspiraba y gemía dentro de mi boca. Noté enseguida los pelillos que custodiaban cada pezón. Los comparé con el vello sobrio que crecía en medio de su terso pecho y jugué con detenimiento sobre ellos. Más abajo, una leve hilera de pelos se arremolinaba entorno a su ombligo y descendía hacia el interior del pantalón. Le desabroché el cinturón y fui abriendo su bragueta sintiendo el roce de su dureza contra mis dedos. Dejé que sus pantalones resbalaran hasta sus tobillos y me agaché hasta que mi cara quedó justo enfrente de su pelvis. Llevaba puesto un bóxer de algodón blanco, y por entre su abertura delantera, podía ver la zona oscura de su pubis y asomar un trozo de su pene duro. Tomando el bóxer por debajo, jalé de él hasta que fui descubriendo por completo su sexo, que saltó hacia arriba exultante en su liberación. Se alzó chocando contra el estómago y quedó enhiesto y bello frente a mí. Tenía el glande hinchado y de un tamaño considerable. Su miembro era la copia joven del de su progenitor. Era ancho y algo curvado hacia arriba, chorreante de líquido preseminal. La suavidad de sus vellos invitaba a recorrer esa delicia con el tacto y los labios. Las bolas, discretas y tenuemente velludas, se adivinaban muy apetecibles. Con mi boca decidí probarlas y me acerqué a ellas. Aníbal gimió cuando sintió mis labios jugando allí. Después se las lamí y las recorrí metiéndomelas a la boca una por una y después ambas. Su verga se movía por encima de mi cara, mojándome las mejillas y rozando mis cejas y mis ojos. Él me tomaba por la cabeza y no dejaba de suspirar. Abrí más la boca y atrapé su duro mástil. Era delicioso, por lo que me quedé un rato largo probando su dulzura.
-No puedo creer que esto esté pasando - susurré.
Él me miró profundamente y me ayudó suavemente a incorporarme. Me tomó por la cintura, dirigiendo su boca directamente a mis pezones. Los chupó de una manera increíble. Con la mano apartaba un poco los pelos, para pasar su lengua repetidas veces por las rojas circunferencias. Yo bramaba extasiado, sintiendo como las puntas se endurecían entre sus calientes labios. Sus manos bajaron y empezaron a explorar mis nalgas. Me las abrió descaradamente y me acarició el ano, que se me distendió involuntariamente. Estaba tan relajado que pronto él pudo aventurar un dedo, luego dos, y hasta tres, mientras yo le suplicaba que no se detuviera. Con la otra mano me agarró la verga y la masturbó con pasión. Después se inclinó y se la metió en la boca, chupando y enjuagando con su saliva cada uno de los pliegues de mi prepucio. Luego alternó sus lamidas entre mi pija y mis pelotas. Yo caí sobre la cama levantando mis piernas hacia el techo, entonces Aníbal me empezó a chupar ávidamente el culo. Evidentemente era un muchacho con amplia experiencia, pues pocas veces me habían practicado tan intenso y perfecto trabajo oral. Sí, el muchacho seguía sorprendiéndome.
Él se puso a horcajadas sobre mí y nos brindamos mutuamente nuestros sexos. Su verga se clavaba en mi garganta, a punto de cortarme la respiración, mientras sus pelos me acariciaban la cara y sus bolas pegaban sobre mi nariz. Él, a la vez, no solo se engullía todo mi falo, sino que aprovechaba para saborear parte de mis muslos, mi entrepierna, y esa zona tan delicada entre las bolas y el agujero del culo. Perdimos la noción del tiempo y a duras penas estábamos aguantando no descargar nuestras leches. Entonces se sentó sobre mi cara y con cada una de sus manos sobre las nalgas me ofreció su ano bien abierto. Lo chupé y lo lamí en el colmo de mi excitación. Lo penetré con la lengua y lubriqué todo con mi saliva. Él fue deslizándose hasta quedar apoyado en mi zona pélvica y tomando mi duro pene, lo apuntó a su ojete que latía y se dilataba para mí. Se sentó en mi verga y él mismo fue manejando los tiempos. Cuando sintió que su relajación era completa, descargó todo su peso sobre mí y mi pija se enterró dentro de su hermoso culo.
Los dos lanzamos un ronco gemido mientras yo lo tomaba por la cintura, ayudándolo a moverse sobre mí. Extendí una mano y comprobé que seguía tan duro como al principio, y tomándole el miembro lo masturbé con toda mi atención.
Era fascinante verlo cabalgar sobre mí. Su belleza, en todo su esplendor, era de una contundencia casi insolente. Como un don de la naturaleza, un directo rayo de sol que entraba por la ventana hizo brillar su vello púbico, dorándolo con destellos irreales. Estábamos gozando tanto, que quisimos prolongar esa unión hasta que no aguantáramos más.
-Siento que voy a acabar..., no puedo contenerme más... – me dijo finalmente.
-No..., todavía no, hermoso..., quiero sentirte dentro de mí.
Nos detuvimos por un momento, y cambiamos de posición. Me tumbé boca abajo, separando bien las piernas. Él se sentó sobre mí y me masajeó los glúteos. Mi ano no necesitaba demasiada estimulación para dilatarse, sin embargo, él no pudo evitar agacharse y volver a chupármelo, lentamente, largamente, haciendo que yo enloqueciera de placer y anhelara cada vez más su pija dura entrando allí. Le rogué que lo hiciera entre apasionados gemidos. Finalmente apoyó la punta de su aparato exactamente en el centro del ojete y lo fue abriendo con embestidas amorosas y cuidadas. Mientras tanto me besaba el cuello y con sus manos abrazaba mi pecho. Me entregué a él y gocé hasta el delirio cuando toda su polla se introdujo hasta los huevos dentro de mi trasero.
Cuando supimos que ambos estábamos listos para el orgasmo, él se retiró de mi culo muy suavemente y me giró hacia él. Sobre mí, me besó lentamente dejando que nuestras pijas se frotaran entre sí. Era un combate de falos enardecidos que se entrecruzaban y refregaban mutuamente en la plenitud de su erección. Es estremecedor que dos machos puedan gozarse de esa manera. La sensación de unión es fuerte e insuperable. Aníbal me miró profundamente con un gesto de éxtasis total, con sus cejas levantadas y la boca entreabierta. Acelerando más y más nuestros movimientos, nos abandonamos a nuestro placer y simplemente dejamos que el semen brotara.


Nos volvimos a besar y nos quedamos acostados uno en brazos del otro, sintiendo que las erecciones tardaban en desaparecer. Y cuando esto sucedió, al cabo de largos minutos, Aníbal se levantó, se limpió con una toalla y comenzó a vestirse.
-Sé que su avión sale mañana, señor.
-Sí.
-¿Va a volver?
-No lo sé, Aníbal. Pero te puedo decir que haré todo lo posible para que eso suceda.
-Lo estaré esperando.
-Quien sabe, a lo mejor vos puedas venir a visitarme, algún día.
Él sonrió. Lo hizo de una manera adorable. Dijo algo amable. De pronto su voz y su actitud parecían como de una persona distinta a la que hacía unos minutos había perdido el control bajo los efluvios del goce.
Se acercó para besarme nuevamente y salió silenciosamente. Miré como desaparecía tras la puerta. Respiré profundamente, aún excitado por todo lo vivido. Aníbal me había dejado en un halo de ternura indecible.
El día terminó entre algunas llamadas y una visita a un centro de distribución cercano, con lo que consideré tener el material suficiente para terminar mi informe. Así que al final de la tarde, regresé al hotel para descansar un poco y pasar mis notas a mi notebook.

Eran las siete de la tarde cuando entré al hall del hotel, y antes de subir a mi habitación, me senté en una de las mesas del pequeño bar para tomar algo, a pesar de que estaba lleno de polvo y algo sudado. Una chica me atendió y le pedí un café. ¿Sería la hermana de mi muchacho, una prima? quién sabe. Al poco rato, alcé la vista y vi que en la recepción estaba el padre de Aníbal. No lo miré demasiado, pero al poco tiempo noté que él me observaba insistentemente. Supongo que creyó que yo no notaba su mirada. Por un momento alcé la vista y nuestros ojos se encontraron. Fue extraño, ahora era él que sostenía la mirada, haciendo que yo la bajara. Aún así, me levanté y fui hasta el mostrador.
-Buenas tardes – me dijo muy serio.
-Buenas tardes. Mañana dejo el hotel, por lo que le pido que me despierte a las siete y prepare mi cuenta, por favor.
-Por supuesto, señor – dijo con un tono algo más amable que el día anterior.
-Gracias – le dije dirigiéndome a la escalera.
-Señor, ¿tendría unos minutos?, quisiera decirle algo.
-Sí, claro, con todo gusto– exclamé, volviendo sobre mis pasos.
-No, acá no.– me contestó, mirando hacia los costados– si no le es molestia, preferiría pasar por su habitación.
Me quedé extrañado y lo miré atentamente. Era un hombre muy apuesto, y más aún en ese uniforme de pantalón oscuro, camisa blanca y corbata. Aníbal tenía a quien salir.
-No hay inconveniente, cuando quiera.
-Muy amable, en un minuto subo.
Subí a mi cuarto preguntándome el por qué de tanto misterio y me quedé esperando unos minutos mientras revisaba los últimos detalles de mi informe. Pero como el hombre no venía al rato me olvidé del asunto y me puse a acomodar algunas de mis cosas en la maleta. Necesitaba una ducha. Tenía la ropa pegada al cuerpo y después de haber estado todo el día de aquí para allá, olía a pestes. Así que me desnudé y me metí debajo del agua caliente. Cuando salí del baño, recordé al dueño del hotel. Y fue en ese mismo momento que oí sus golpecitos en mi puerta. Me anudé la toalla a la cintura, chorreando agua, y abrí. Era el Sr. García, que al verme con el torso desnudo arqueó las cejas y agrandó los ojos. Tal padre, tal hijo, pensé.
-Ah, perdóneme si soy inoportuno. Volveré más tarde... – me dijo, a pesar de que sus pies no se movían y él no dejaba de mirarme.
-No hay problema. Pensé que iba a venir antes. Dígame.
-¿Puedo pasar?
Me hice a un lado y entró. Cuando cerré la puerta, me recosté sobre ella, esperando que hablara. Esperaba que lo hiciera rápido, después del plantón de la otra noche, el tipo no me movía a simpatía. Sin embargo no dejaba de parecerme atractivo, sobre todo porque se lo veía ahora visiblemente inquieto por alguna razón. Me miró de soslayo, y yo no hice nada para aliviarle la incomodidad. Crucé los brazos sobre mi pecho mojado y dije fríamente:
-Lo escucho - dije, pensando "a ver con qué me vas a salir ahora".
Él se debatió unos segundos, moviéndose en unos pasos cortos y repasó nerviosamente su barba.
-Yo..., – comenzó a balbucear – bueno..., yo no sé cómo empezar. Lo que quería decirle es que..., en fin..., me quiero disculpar por lo del bar.
-¿Lo del bar?
-¿No se acuerda?
-Sí, claro que me acuerdo. Lo del baño del bar.
-Ah, menos mal, por un minuto pensé...
-¿Eso era todo?
-Ahá.
-Está pálido. Tranquilo, si querés podemos tutearnos.
-Estoy bien.
-Mejor así. Seguí.
-Bueno... es que, no sabía cómo ibas a tomar lo de mi huída la otra noche. Sentí pánico de que me reconocieras..., yo te había visto en el hotel y..., pensé...
-¿Qué pensaste?– le dije con un tono más suave, llevando mi mano al nudo de la toalla.
-Ya sabés, con mi situación de padre de familia..., pensé..., que si te habías molestado, podrías contárselo a mi hijo..., o...
-Pero ¿por quién me tomaste?
-Disculpame, es que...
-Quedate tranquilo - dije, al verlo tan y avergonzado - el episodio del baño quedará entre nosotros. Jamás usaría una cosa así para hacerle daño a alguien. Pero te comprendo, no me conocés, y hay mucho marica malo y resentido por ahí que no dudaría en hacerlo.
Me acerqué hacia él, mirándolo bien de frente.
-Puedo entender que te hayas asustado, estabas con tu mujer, tus amigos, pero decime una cosa: si no te hubieses asustado ¿te habrías quedado conmigo?
Se quedó callado y mirándome sin pestañear, por un momento creí que iba a bajar la vista y huir, como en el bar, pero extendió una mano, siempre sosteniendo la mirada de sus encantadores ojos marrones, y tomó la toalla que me envolvía. Entonces comenzó a secarme el cuello, y siguió pasándola por mi pecho, por mis axilas, mis brazos hasta bajar a mi trasero, observando cuidadosamente todo el tratamiento. Luego, fijando toda su atención en mi verga aún dormida, murmuró:
-Sí, me habría quedado con vos. Y quiero quedarme con vos ahora - dijo, respondiendo a mi pregunta.
Yo no entraba en mis cabales. ¡Vaya que era un día movido! me dije, a la mañana con el hijo y por la tarde con el padre. ¿Iba a resistirlo?
Se arrodilló ante mí y apoyando sus manos en mis muslos me los acarició frotándolos con esmero. Su boca, enmarcada en esa barba tan cuidada, se abrió para acoger mi pija, que todavía tardaba en reaccionar. Sentí un placer inmenso al entrar en su boca caliente, él chupaba con total dedicación, cosa que yo observaba encantado. Mi verga, que había quedado satisfecha por el encuentro con Aníbal, empezó a latir, dichosa otra vez por volver a las andadas. Por fin estuvo completamente dura, entonces él se la sacó de la boca para contemplarla.
-Qué hermosa es... – me dijo completamente extasiado ante lo que observaba.
Se la volvió a tragar por completo. Su maestría oral nada tenía que envidar a la de su hijo. Estuvo comiendo mi pija durante bastante tiempo, y luego me tomó de la mano y me invitó a recostarme en la cama. Lo miré mientras se desnudaba. Lo hizo ágilmente, pero sin apresurarse, como queriendo disfrutar cada segundo de lo que estábamos haciendo. Lo primero que me llamó la atención fueron sus musculosas piernas. Eran como dos pilares enormes que se metían en su sacro, redondos y definidos, tapizados de una vellosidad oscura y abundante. Cuando se bajó los calzoncillos quedó completamente desnudo ante mi vista y volví a quedar sin aliento frente a su desafiante pija. Luego fue el pecho el que me atrapó. De amplios pectorales muy peludos y un abdomen apenas prominente, surcado de una fuerte línea oscura que se abría en varias direcciones hasta llegar al pubis. Vino hacia mí despacio, mirándome como un felino. Toda su corpulencia quedó sobre mí. Me miró por un momento, excitadísimo, como sin saber por dónde comenzar.
-Hace mucho tiempo que no estoy con un hombre.
¡Cielos, yo no podía decir lo mismo!, cavilé. Así que no le dije nada. Temblé frente a la posibilidad de que se enterara que ese mismo día había hecho el amor con su hijo.
-Sos tan hermoso..., y te deseo tanto. No sé qué hacer primero - dijo, atónito y erecto sobre mí.
-Tenemos tiempo, aunque sería bueno tener en cuenta que mi avión sale mañana - Bromeé. Pero él no se rió. En cambio me comió con los ojos y como si se hubiera tenido una revelación me susurró:
-Voy a lamerte todo. Voy a pasar mi lengua por cada parte de tu precioso cuerpo. Quiero comerte y sentir tu sabor. ¿Puedo?
Evalué con gusto la proposición y, finalmente con una sonrisa aprobé:
-Creo que eso estaría muy bien - sonreí.



Entonces me estiré bien en la cama, abriendo brazos y piernas y él comenzó a pasar su lengua sobre mí. Empezó por el cuello, pero pronto me dedicó eternas e innumerables lamidas por todo mi torso, peinando mis largos pelos negros. Pasó por mi abdomen, por los costados de mis caderas, por mis muslos... era increíble la sensación de ser lamido por un macho tan varonil como el señor García y de sentir la caricia tosca y a la vez suave de la pelambrera negra de su barba. El ruido de la enorme lengua que se aplanaba contra mi piel me ponía loco, a la vez que la humedad que dejaba a su paso me erizaba completamente. Se detuvo en mis pies, lo que hizo que me contorsionara de placer. Minuciosamente, dedicó especial atención a cada uno de los dedos, separándolos y metiéndoselos en la boca como si fueran pequeños penes, mientras me acariciaba los tobillos con sus grandes manos. Me abrió bien las piernas y las llevó un poco hacía arriba, de manera que mi culo quedara bien expuesto. Entonces dedicó largos minutos a lamer toda la zona. Era arrebatador. Cuando estuvo bien abierto, me atrajo hacia él con toda ternura, y acercó mi hoyo a la punta de su altivo falo. Me entregué a él, sabiendo que iba a tenerlo dentro de mí y que el gozo iba a ser supremo. Me acomodé entre sus muslos y él, con infinito cuidado, me agarró de la cintura para ensartarme su palo. Su gran verga entró lentamente deslizándose sin ninguna traba. Y abrí la boca para exhalar un gemido incontenible. Me costaba asimilar la prodigiosa anchura. Pero la lubricación de tanta saliva hacía que el carajo se fuera amoldando y mi culo se dilatara a cada envión. Entonces tomó mi verga, a punto de explotar por su erección, y fue palpándola con tenues roces, haciéndola latir y corcovear involuntariamente. Luego la tomó con sus dos manos sin dejar de empalarme con su verga y moviéndose cada vez más rápido. Sin dudas, el Sr. García era un maestro del placer entre machos. Me estaba masturbando divinamente aprovechando la lubricación de mi líquido preseminal, siempre tan abundante en mí, y yo me aferraba de los barrotes de la cama, intentando no desmayar ante tanto deleite. A medida que los minutos pasaban, se iba enardeciendo más y más, creciendo en su fragor y gimiendo agitadamente. Cada tanto se inclinaba hacia mí y me estampaba un ardiente beso en la boca, que yo recibía con mis labios abiertos y mi lengua anhelante. Sentir su barba en mi cara era increíble.
Yo no podía aguantar más. Y él lo intuyó perfectamente. Acelerando los movimientos, me bombeó la verga mientras me sobaba los huevos. Mi semen salió disparado en cuatro chorros que fueron a estrellarse contra su barba y el vello de su pecho. Me asombró que luego de mi sesión con Aníbal, hubiera recuperado tanto líquido. Él lo recogió con su mano y lo tragó como un manjar de dioses, relamiéndose y saboreando cada gota. Entonces, como él también estaba por acabar, salió de mi culo suavemente y se puso a horcajadas sobre mi cara. Tenía sus huevos casi golpeándome la barbilla y la vista de su verga llenaba toda mi cara. Entre quejidos y espasmos me avisó que iba a derramar toda su leche sobre mí. Entonces abrí la boca y su surtidor me invadió. El espeso líquido, bien caliente, inundó mi boca y todo mi rostro. Yo recogía ávidamente todo lo que podía con la lengua, pero él tomó su miembro y me lo metió entre mis labios. Me lo tragué hasta las pelotas para no desperdiciar nada de su ardiente semen.
Cayó exhausto sobre mí, y yo lo abracé acariciando su cabeza. Estábamos agitados y plenos. Nos dimos nuevos y más calmos besos, terminando por probar nuestros propios jugos en un dulce intercambio. Se incorporó un poco y me atrajo sin dejar de abrazarme.
-Creo que voy a extrañarte mucho – me dijo abrazándome firmemente.
-¿En serio?
-Sí - sonrió - Y quiero que me perdones por creer que vos ibas a delatarme. Es que, en esta ciudad tan chica... ya sabés... todo se sabe siempre.
-Sí, lo sé, hoy mismo estuve hablando de ese tema – dije pasando mis manos por su cuello y por sus hombros. Estuve a punto de decirle que había sido con su hijo con quien había hablado de ello, pero me pareció mejor callar. Por fin, la calma volvió a nuestros pechos. Entonces murmuré:
-Aún no sé tu nombre...
-Me llamo Aníbal.
-Aníbal padre – dije yo, sonriendo.
-Sí. ¿Cómo sabías que mi hijo se llama también Aníbal?
-Bueno..., es ciudad tan chica... – dije con un guiño.
Se quedó pensativo por un instante, sin percatarse del chiste.
-Estoy preocupado por mi hijo – me dijo acariciándome los pezones.
-¿Por qué?
-No quiero que siga mis pasos.
-¿A qué te referís?
-A mis errores. No quiero que sean los suyos. Quiero algo mejor para él.
-No conozco mucho a Aníbal hijo, pero intuyo que él tiene eso muy claro. Sólo tenés que dejar que siga su propio camino.
-Sí, tenés razón. ¿Te veré otra vez? ¿pensás volver?
-Es curioso, es la segunda vez en el día que me preguntan eso.
Me miró extrañado.
Le hice un gesto que decía sutilmente muchas cosas, como queriendo hacerlo partícipe de un deseo más íntimo. Pero a duras penas podía hablar, y a fin de cuentas, tampoco quería hacerlo. Tanto el hijo como el padre me habían dejado tan agotado como fascinado. Mi verga, embadurnada de semen y rendida, aún dio un último brinco cuando me vi a mí mismo en la cama flanqueado por padre e hijo, entrelazando nuestros cuerpos desnudos en un trío imaginario. Una fantasía, pensé. Sin embargo ¿alguna vez tendré la esperanza de hacerla realidad?
-Te voy a estar esperando - murmuró Aníbal padre, abrazándome dulcemente.
-También me dijeron eso - dije, reteniéndolo junto a mi pecho y suspirando largamente - en fin..., tendré que volver pronto sin lugar a dudas.


Franco.
Mayo de 2005
  

4 comentarios:

Dong dijo...

Hola Franco. Sin duda tu encantador y excitante cuentito me obliga a pensar en la realidad de tener sexo o hacer el amor con un vellohomo, por supuesto. Creo que tu narración generosa y lúcida en detalles que conocemos y disfrutamos todos, a mi parecer, destaca el papel de la ternura cuando se comparten momentos no solo tan placenteros, sino también tan llenos de un profundo y dulce sentimiento. Quizá suena muy romántico, incluso ideal o irreal para nuestro época. Sin embargo, yo lo prefiero así. Cuanto lastima descubrir que solo te han utilizado o engañado, y a pesar de que la mayoría lo haga, eso no me parece justificable. No pretendo filosofar, ni discutir. Ante todo respeto otras opiniones. Yo deseo expresar solamente que aprecio, "con los ojos agrandados", esa indiscutible ternura que provoca y me provoca en un hombre; sobre todo cuando quiere ser libre y cuando quiere ayudarme a liberarme; pero jamás cuando pretenda lastimarme u oprimirme. Tu relato como todos los demás, propone una enseñanza. Gracias Franco por permitirme opinar aquí, en tu blog.
Que grato saludarte y saludarlos a todos.

Franco VH dijo...

Dong,
No puedo expresar fielmente en palabras lo que valoro tu sensible comentario. Por supuesto que este lugar también es tuyo para opinar, expresarte o compartir cosas vividas. No tenés que agradecerme en absoluto nada de nada. Los hilos de esas experiencias a veces se conectan con otros, resuenan por simpatía con otras vivencias y entonces lo que se comparte es siempre interesante.
No sé bien qué usanzas, costumbres o hábitos rigen hoy nuestro tiempo, pero me atrevo a decir que la ternura a la que aludís (o aquello que nos abre de manera sincera y casi vulnerable a otra persona) es un tema tan universal que es inherente a cualquier época. Conmoverse a través de una historia, cualquiera sea el medio por el cual nos llega, es para mí una señal de que somos buenas personas, de que no nos hemos dejado insensibilizar por tanto caos reinante y tanta desintegración de los valores más importantes.
Gracias por tus palabras.

Anónimo dijo...

muy buen relato.estaba alli yo viendo esa pelicula, me calentó y senti paz al final del mismo, como si yo hubiere sentido el mismo placer de esos 3 hombres.

Fernando dijo...

Una vez más te has superado. Muchísimas gracias por compartir tu trabajo y tu talento.