lunes, 31 de diciembre de 2012

Mr. Vellohomo 2012


MR. VELLOHOMO DEL AÑO
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Cuando todo indicaba que el ganador de este año iba a ser el portador de una de las vergas más apreciadas de VH, finalmente, y en los últimos días de esta elección, prevalecieron los pelos por encima de la tentación que nos puede provocar un aparato impresionante. 
No es de sorprender, tratándose este sitio de un santuario donde se venera todo tipo de vello, que nuestro nuevo monarca sea uno de los hombretones más velludos que circulan por la red. No hay nada que agregar entonces, pues la imagen de nuestro macho lo dice todo. La foto ganadora, además, es también una suerte de invitación, y resulta casi imposible resistirse a las ganas de hundir la nariz en esas selvas semicanosas de duros e hirsutos matorrales para sentir esa vellosidad tan masculina, poder tocarla, olerla, saborearla y, en fin, perder allí el conocimiento.
Fueron 107 los votos en total, y Mr. Setiembre finalmente se impuso como el favorito de 24 votantes, dejando en segundo lugar a Mr. Diciembre, y en tercero a Mr. Febrero (que no es otro que el mismísimo Colby Keller), seguido por un solo voto por Ben Cohen.
Y revisando en los archivos de VH, pude rescatar estas otras fotos de nuestro hombre del año, como si hiciera falta con estas imagenes, asegurar la razón de su triunfo. Vaya para él la corona y ¡bien puesta en esa calva, por cierto!, pues hasta ahora este blog no ha visto Mr. del Año más peludo que este elegido.






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Y llegó ahora el momento de despedirme de todos ustedes, queridos visitantes de este blog, porque como todos ustedes saben, y como es costumbre año tras año, es el tiempo donde el descanso se hace necesario. No es un descanso sólo mío, como siempre digo, sino también el de ustedes, fieles e incansables seguidores de este espacio.
Ha pasado otro turbulento año, y como dije un año atrás, no sólo ha sido un año complicado en mi país, Argentina, sino en varias partes del mundo, y muchos de ustedes podrán aseverar esto. Y en esta época de principio de siglo donde todo el planeta parece zarandearse de manera agitada y vertiginosa, si algo tiene de bello este sitio, es que muchas veces lo siento como un bálsamo reparador que actúa de manera benéfica sobre tantas y tantas inquietudes, tensiones, angustias y demás sin vivires que los distintos vaivenes y presiones de nuestro quehacer cotidiano nos provocan desafiando los niveles más insoportables. Así, día a día, aquí nos distendemos, nos relajamos, nos excitamos, nos asombramos, nos dejamos llevar por un bello caminito del tesoro, por ejemplo, o por una vertiginosa y oscura axila, o hasta podemos sentir el aroma a macho que destila en nuestra imaginación el pubis sudado de algún luchador turco.
En lo personal, hacer este blog es uno de los placeres más esperados en aquellos momentos que me dedico en la semana, o bien día tras día. Es un entretenimiento que disfruto de una manera que no podría explicar muy bien. Y compartir ese placer, me parece una coronación ideal para una actividad que perdería todo sentido si sólo fuera solitaria. Porque además de esa cita personal con uno mismo, que comienza al abrir este blog, inmediatamente aparecen otras citas, valiosísimas y esperadas: las que celebramos a diario con todos los amigos de la Tertulia. Y a esas distensiones de las que hablaba antes, buscadas ex profeso, unimos también las interesantes charlas, las experiencias compartidas, las opiniones, las risas, las emociones, y hasta alguna lágrima de ternura o tristeza.
Me parece mentira que Vellohomo cumpla cuatro años el año entrante. No fueron exactamente consecutivos, pero sí tuvieron una continuidad que me asombra enormemente, porque cuando empecé con los primeros y tímidos post de aquel primer Vellohomo, hoy desaparecido, jamás hubiera imaginado que después de 1460 jornadas, (días más, días menos) iba a estar escribiendo algo como esto.
Todo fin de año presupone un tiempo de balance, y si de balances se trata, los de estos últimos años no podían ser más auspiciosos. Pues nada de esa continuidad a través de estos últimos años podría haber sido posible, en mi humilde opinión, si no existiese Café Vellohomo, que parecería perpetuarse en el tiempo más allá de las distancias enormes que separan a sus parroquianos. Pero el afecto no conoce de distancias. Y así como el año pasado pude conocer personalmente a Hairy4ever (abrazo en Ezeiza, Bs. As.) y a Manuel SV (abrazo en Guanajuato, México), 2012 vino también con un regalo por duplicado al poder encontrarme en Rosario con uno de los tertulianos más antiguos del Café: el entrañable Turco, y también con uno de los más recientes: el querible Seba. Así las cosas, puedo decir que de Balances, andamos muy bien por estos lados.
Siempre dije que a la Tertulia de VH todos pueden ingresar. Pero también es cierto que la Tertulia de VH no es para cualquiera. Nada más leer alguno de sus comentarios, aquellos donde el asombro de la interpelación o del intercambio tanto cultural como de cualquier tipo de información, o simplemente los que se dicen con la mano en el corazón, nos habla de una altura para la que hay que estar a tono. Sí, evidentemente, cualquiera puede entrar aquí como cuando uno entra a un café a tomar algo, pero no todos están dispuestos a subirse a ese constante nivel de comprensión, de respeto y mantenerlo a través del lógico devenir de los diálogos. Y tal vez por eso se comprendan así los torpes intentos por intervenir de gente que no termina de entender alguna de las pautas de convivencia que aquí celebramos de manera tácita y natural. Y algunas de esas intervenciones, siempre fuera de lugar, me parecen risibles y ridículas. ¿Por qué alguien - desde la cómoda y nada comprometida postura del comentario anónimo - se toma el trabajo de criticar soezmente aquello que ya sabe que no es de su gusto, y más aún, volver a hacerlo día tras día? Es como si alguien entrara una y otra vez a comprarse ropa en una tienda donde lo que se vende no tiene nada que ver con su gusto personal, que aunque uno busque hasta el cansancio, nunca lo encontrará. Sería absurdo regresar a esa tienda.
La tertulia, como lo hizo siempre, seguirá su camino, y esas intervenciones sin sentido quedarán al margen, olvidadas o ignoradas fría e indiferentemente; hábito que también parece ponerse naturalmente en acción cuando algunos comentaristas sólo parecen mirarse el ombligo, como si estuvieran en un atrapante espejito mágico de país de las maravillas, ignorando toda comunicación afectiva y –sin exigir tanto- los mínimos modales de cortesía. Porque claro, como alguien diría por ahí: “Lo porno no quita lo cortés”, claro está; y si este es un espacio repleto de todo aquello que define el tema que nos reúne y nos encanta: los hombres y sus vellos, (incluida la pornografía) eso no nos habilita por ningún motivo a ser chabacanos, agresivos, vulgares, maleducados o irrespetuosos con la opinión o el trabajo de otros. Por esto, creo que todo aquel que desee moverse en ese marco, es porque, definitivamente, no leyó la prevención que figura en la parte superior del sitio: “Este es un blog para adultos” (expresión que no se refiere solamente a la edad cronológica de la gente).
Vellohomo hoy pone fin a su actividad del año 2012. Por dos meses, pondremos el cartelito de “Little break”. Mi agradecimiento a todos los que hicieron posible y preciado este encuentro de todos los días.

¡Mis mejores deseos para un 2013 lleno de amor, dicha, paz, ¡sexo! y...
 muchos, muchísimos pelos!

Con el cariño de siempre:
Franco.




domingo, 30 de diciembre de 2012

Domingo vintage

"Domingo vintage" se despide del 2012 en su último post del año, celebrándolo entre amigos. ¡Y brindando por todos los años pasados!






























sábado, 29 de diciembre de 2012

El cuentito de fin de mes



El Carpintero


Entré.
No había persona alguna.
Caminé unos metros por entre las distintas maderas apiladas por doquier, evitando mancharme con el aserrín que abundaba por todas partes. La carpintería estaba iluminada sólo por la luz que se colaba por unas grandes claraboyas en el techo. Una gran mesa de trabajo se interpuso en mi camino, llena de herramientas, morsas, cepillos y clavos. El aroma inconfundible del pequeño taller lo envolvía todo. Agité mis palmas para ver si alguien acudía.
Nada.
-¿Hola? – llamé a viva voz.
No vi movimiento alguno ni respuesta a mi llamado, y ya dispuesto a irme, al darme la vuelta me sobresalté con la imagen de un hombretón que frente a mí me miraba con una expresión indiferente.
-¿Señor?
-Ah, buenas tardes. Disculpe, pensé que no había nadie.
-Diga usted.
-Mire, vengo por recomendación de un amigo al que le hizo hace poco una hermosa biblioteca a medida. Pues, verá: yo necesito una del mismo tipo para mi estudio.
El tipo me miró con desconfianza. Era un hombre alto y corpulento. Joven, aunque de edad indescifrable. Llevaba puesto un overol de tiradores sin nada debajo, dejando ver su pecho semidesnudo y sus musculosos brazos.
“Vaya con el carpinterito” pensé, y mientras él me preguntaba el nombre de mi amigo, yo no podía dejar de observarlo. Estaba cubierto de aserrín. Podía casi adivinar el olor de su sudor, producto de duros trabajos. Era moreno, tenía una barba de tres días, cejas muy anchas y ojos oscuros. El amplio overol, que casi no alcanzaba a cubrir su pecho, dejaba ver el suave tapiz de un vello oscuro que se acentuaba en los pezones cuando éstos asomaban de tanto en tanto por debajo de los breteles. Sus brazos, definidos y musculosos, eran aún más velludos. Mi vista se perdió siguiendo un imaginario camino hasta las axilas, pobladas de matorrales negros, y tuve que hacer un esfuerzo para volver a mirar su cara.
Por fin, al recordar mis referencias, el carpintero ablandó su entrecejo y me sonrió, mostrando una perfecta hilera de blancos dientes. Pero no dejó ni por un momento ese aire de desconfianza hacia mí.
Yo le empecé a explicar como quería el trabajo. Hablamos de las dimensiones, del tipo de madera, de la profundidad de los estantes. Y poco a poco nos íbamos acercando frente a la mesa de trabajo. Él tomó un lápiz y un papel y comenzó a hacer unos diseños muy toscos. Entonces me acerqué a su lado. Fue ahí que sentí su aroma a macho. Eso me desconcentró nuevamente, por lo que le tuve que preguntar repetidas veces qué era lo que me estaba explicando.
Yo seguía invadido por ese olor tan excitante. Me acerqué más, intentando que mis movimientos pasaran desapercibidos. Cuando el dibujo que hizo se acercó a la idea que yo llevaba acerca del trabajo, pasamos a elegir las maderas y le color del lustre, y finalmente acordamos honorarios que me parecieron razonables. A todo yo asentía tontamente, sin poder sacar mi vista de sus brazos, sus axilas peludas, los pezones que asomaban descaradamente de su overol tan amplio, sus manos ásperas y sucias. Era la perfecta y atractiva imagen de un tremendo macho en estado natural.



Le pagué el adelanto que me había solicitado y él estiró su peludo brazo para tomarlo, a tiempo que acomodaba unas muestras de tonos de lustre que me había mostrado.
-Muy bien, señor. Sólo faltaría ir a tomar las medidas a su estudio.
Sentí una rara excitación al escuchar esas palabras y rápidamente le di mi tarjeta, combinando el horario para encontrarnos.
-Eso sí... – me dijo – como estoy con mucho trabajo, recién podré pasar por su casa la semana que viene.
-No hay problema – me lamenté internamente – esperaré lo que sea necesario. Me han dicho que su trabajo es excelente.
Ese comentario dibujó una nueva sonrisa en su cara, más distendida que la primera, e hizo que se sintiera halagado. Noté como se sonrojaba levemente, y comprendí entonces que seguramente no tenía por costumbre recibir frecuentemente tales elogios. Nos despedimos con un apretón de manos que casi me hizo doler.
A la semana siguiente y en el día convenido me dediqué a esperar al carpintero. Cuando sonó el timbre habían pasado veinte minutos del horario estipulado. Por lo que cuando le abrí la puerta noté que estaba un poco avergonzado por su tardanza. Enseguida se disculpó. Le dije que no había problema alguno. Me pareció un gesto muy amable y considerado viniendo de alguien que en apariencia sugería todo lo contrario. Cuando entramos a mi estudio sacó el metro de su caja de herramientas. Llevaba puesto el mismo overol de la vez pasada. Se subió a un banco para tomar las medidas alrededor de una saliente en el extremo de la pared, cerca del ángulo del techo. Al hacerlo subió sus brazos y me expuso sus axilas velludas. Desde abajo, ese hombretón era como estar ante un dios esculpido en un templo griego.
No pude evitar mirar su entrepierna. Llevaba allí un considerable paquete que le abultaba la rústica y sucia bragueta. Sus piernas eran fuertes y los muslos tan anchos que el pantalón se ajustaba ceñidamente a su musculatura.
Así siguió midiendo en lo alto, sobre varios sectores, pues el sitio donde debía construir la biblioteca no era fácil debido a las diversas salientes y ángulos de la pared.
Sus brazos subían y bajaban. Sus anchos pectorales me fascinaban. Coronados por esos salientes y oscuros pezones, eran de una forma perfecta. Redondos, turgentes, prominentes, por lo que sus carnes se movían con cada movimiento de manera atrapante. No tenía aquel hermoso aroma de macho que había disfrutado en la carpintería, pues esta vez había venido mucho más aseado y seguramente habría acabado de ducharse minutos antes de venir. Pero, el subir y bajar había hecho que unas gotas de transpiración chorrearan levemente desde sus sobacos. Cuando vi eso me empecé a excitar terriblemente. Disimuladamente me había llevado la mano a mi entrepierna, que comenzaba a crecer.
Yo observaba todo el espectáculo apoyado sobre el filo de una columna, muy próximo a donde estaba trabajando. En un momento, al tener que tomar unas medidas por sobre mi cabeza, puso el banco casi enfrente de mí y se subió. Eso fue increíble, pues de pronto mi nariz quedó a escasos metros de su paquete. Entonces hacia mí llegó otro aroma. Nuevo. Que no había sentido aquel día. Venía directamente de sus genitales. Era olor a bolas. Olor a macho. Mezcla de sudor, de jugos varoniles y de cierta suciedad de horas de duro trabajo. Una mixtura admirable y tremendamente inquietante. Habría dado ahí mismo un inconsciente manotazo, pero de pronto, el carpintero bajó rápidamente del banco.
-¡Listo!
-¿Listo?
-Sí, señor. A ver… déjeme pensar… el lunes vendré a armarle el mueble, si usted está de acuerdo.
-Entonces, ahora: ¿listo?
-Sí, señor.
-Bueno, está bien – dije volviendo a la realidad - Sí, sí, el lunes, en tres días estará bien.
-De acuerdo – dijo, guardando el metro y cerrando la caja de herramientas – cualquier cosa, nos llamamos.
-Sí, perfectamente.
-Hasta el lunes, señor.
-Sí, sí, hasta el lunes.
Inmediatamente, luego de los estragos que habían hecho en mí tamaña sesión de virilidad, corrí a ponerme bajo la ducha. Dejé correr el agua casi fría, me desnudé, y calmé mi calentura en el agua. Mi pija estaba levantada y húmeda. Por lo que tuve que bajarla con una frenética paja. Inspiración no me faltó en ningún momento, obviamente. Aquella visita había sido demasiado. Aquel olor, ¡ah, ese olor!, que emanaba de su misterioso bulto, llenaba todavía mis fosas nasales. Recordé su rostro. Su barba de varios días, ese aspecto masculino, casi de oso, la mata de pelos negros que salía de cada uno de sus sobacos, su bulto... comencé a imaginar lo que atesoraba ese bulto magnífico. Enseguida brotaron dos chorros de semen que se estrellaron contra la pared. Sin fuerzas, me dejé caer reclinándome sobre los azulejos, sin dejar de pensar un momento en mi atractivo carpintero.
A los tres días, en un lunes inusualmente caluroso para esa época del año, el carpintero tocó a mi puerta. Esta vez, curiosamente, se había adelantado al horario convenido por teléfono. Pero ahora no se había disculpado.
Venía tan cargado de cosas que tuvo que hacer cuatro viajes desde la planta baja para traer las maderas del mueble. Se disculpó tímidamente, aduciendo que él no acostumbraba tener ayudantes porque le gustaba arreglárselas solo. El pobre cargó todo por las escaleras, subiendo y bajando los dos pisos y amablemente, en ningún momento permitió que lo ayudase con algo.
Cuando por fin entró y cerré la puerta tras él, estaba tan sudado que le ofrecí una toalla y también una cerveza fría.
-Gracias, señor, pero cuando trabajo no bebo alcohol. Pero sí le aceptaría un vaso de agua helada si no es molestia.
Rápidamente fui a la cocina y le traje el agua con unos cubos de hielo. Él la bebió ávidamente, mientras yo me perdía nuevamente en su boca y en la varonil nuez de su cuello que subía y bajaba a cada trago.
-¡Gracias!
-¿Más?
-¡Si, por favor!, es que hoy hace un calor...
Nuevamente, como si hubiera llegado del mismo desierto, se tragó velozmente el líquido helado, haciendo ruido con su garganta mientras se secaba el sudor con la toalla.
Enseguida el carpintero se dispuso a trabajar.
Yo, que tenía puesta una remera muy liviana, pantalón corto y sandalias, me acomodé en el escritorio, frente a la ventana abierta, con el pretexto de hacer un trabajo, imaginario, claro, pues en realidad aquél era un punto muy estratégico como para seguir contemplando a mi carpintero.
Esta vez le ofrecí una pequeña escalera, cosa que me agradeció. Así pasó un rato, armando, encastrando, entarugando, subiendo y bajando.
Poco a poco, el sudor iba haciendo estragos con mi pobre trabajador. Por un momento me distraje, mirando algo por la ventana. Cuando volví la vista a mi carpintero, éste se había deslizado los breteles del overol, dejando caer la parte superior del mismo debajo de su cintura. Estaba subido a la escalera con el torso completamente desnudo. Cada tanto usaba mi toalla para secarse el sudor. Fantaseé con el olor que allí iría dejando, y me preguntaba cuanto tendría que esperar para oler esa toalla...
Me quedé mirándolo con los ojos bien abiertos. Sus pectorales apenas tenían vello más abundante en la zona central. Pero sí, la vellosidad se acentuaba más en su abdomen, que estaba cubierto de pelos oscuros y abundantes, marcando un camino sinuoso y cada vez más abierto a medida que descendía.
Él no se percataba del silencioso observador que lo estaba admirando. Una cosa que yo no podía entender era como su amplio overol permanecía sujeto a su cintura, sin el sostén de sus tirantes. Pero, a medida que iban pasando los minutos, y encaramado en lo alto de la escalera con los brazos en alto, me di cuenta de que la prenda se le había deslizado, ¡sí!, unos centímetros hacia abajo. Rogué e imploré por que siguiera bajando naturalmente y me encomendé a Newton cual si fuera el santo de la ley de gravedad. Y por lo visto, mis oraciones fueron surtiendo efecto, ya que el overol seguía deslizándose hacia abajo por su propio peso. Así asomó el elástico de su calzoncillo, que por cierto parecía resbalar con él. Al darse la vuelta, el pantalón ya estaba tan bajo que la curvatura de su redondo culo se dejó ver bien claramente. Poco faltó para que apareciera el comienzo de su raya.
No, no era un sueño. Nuevamente giró hacia mí, como si quisiera enseñarme como esa pelambrera de su panza se transformaba en los primeros vellos púbicos. ¡Dios santo! ¿Cuánto más iba a poder ver?
En ese momento nuestras miradas se cruzaron y me sentí descubierto. Noté que él se incomodaba por como lo estaba mirando. ¿Se había dado cuenta? Sí, seguramente. Él se miró a sí mismo y acomodó un poco su pantalón, subiéndoselo hasta la cintura. Sin decir una palabra, disimulé un poco volviendo a mi falso trabajo y él a su biblioteca verdadera.
El carpintero bajó de la escalera bañado en sudor.
-Calor, ¿no? – pregunté, como si no fuera eso una obviedad.
-Sí, señor, pero no se preocupe, estoy acostumbrado y no me molesta para nada en mi trabajo.
-No sé como hace, sinceramente. Si hasta a mí, que lo veo trabajar, me ha dado un calor insoportable – en eso no mentía, claro.
-¿Quiere más agua?
-Si no es mucha molestia...
-¡Por favor... de ninguna manera! ¡Enseguida se la traigo!
Entonces fui a la cocina y volví con dos vasos de agua helada. Bebimos. Mientras lo hacía, dejé el vaso en el escritorio y resoplando más de la cuenta por el calor, me quité la remera, quedando en cueros. Sentí que el carpintero me seguía con la mirada, algo asombrado por mi gesto, pero, después de todo, él había hecho lo mismo...
Estuvimos comentando un rato como iba avanzando el armado del mueble, tema que para mí ya había pasado a segundo plano. Al hacerlo miré, ya sin tanto disimulo, su torso, sus brazos, observando cada movimiento. Mientras, me acariciaba el pecho, jugando con mis pelos entre las tetillas, o acariciando mis axilas, o mi abdomen.
Y entonces me pareció notar que algo de esto lo turbaba. Claro que no podía estar seguro. Cuando vi que él iba a proseguir, me animé a decirle:
-Antes de seguir, ¿no quiere pasar al baño a refrescarse un poco?
Mi proposición cambió de pronto su rostro, en una mezcla de sorpresa y alivio.
-¡Sí, gracias!, es usted muy amable.
-Pase por acá, por favor. Y siéntase como en su casa.
Le abrí la puerta del baño, pero no tuve más remedio que dejarlo solo, porque quedarme ahí para mirar como se refrescaba con el agua fría del lavabo, hubiera sido demasiado evidente. Regresé a mi sitio en el escritorio, yo también estaba sudando un poco, pero no era totalmente por causa del calor. Toda la situación de pronto se había vuelto tremendamente excitante. Cuando pasé cerca de la escalera, vi allí la toalla. Asegurándome de no ser visto me acerqué unos pasos y la toqué con mi cara, aspirando fuertemente. ¡Sí!, era su olor. Era ese perfume de macho que me había mareado el primer día en la carpintería. Al sentirlo, mi pija se agitó en un espasmo y empezó a endurecerse.
-¡Perdón! ¿Sería tan amable de alcanzarme la toalla?
Sobresaltado por su inesperada voz, y rojo como un tomate, me volví para acercarle la toalla, ya iba a disculparme entre palabras tontas, pero ante lo que vi me quedé absolutamente mudo. El carpintero había salido del baño ¡en calzoncillos! Era un bóxer marrón de tela muy ligera con una abertura por delante sin botones. El bulto seguía allí, pero ahora más evidente. El conjunto de su semidesnudez se completaba ahora con la visión de sus piernas, generosas, fuertes y muy velludas. Estaba chorreando agua. El pelo en desorden y completamente mojado. Las gotas resbalaban por todo su cuerpo y la tela de su calzoncillo también estaba medio mojada. De sus axilas chorreaba agua, peinando sus matas de pelos. ¡Habría bebido cada gota!
Estaba descalzo y me miraba muy fijamente. Apenas pude recobrar el aliento para tartamudear algunas palabras sin sentido. Él me miró, amagando volver al baño para vestirse.
-¡Espere!, no es necesario que...
-¿Perdón? – dijo enjugándose la humedad en la toalla.
-Digo que no... digo que... quiero decir que puede ponerse cómodo, con este calor no me imagino cómo puede aguantar ese pesado overol.
-Bueno, yo...
-Haré que se sienta mejor – le dije, ante su asombro.
Y enseguida traje un viejo ventilador que puse en funcionamiento. El aire en movimiento acarició su cuerpo que aún estaba húmedo. Él, sin hablar, me agradeció con una expresión de alivio, cerrando los ojos y regodeándose con el placer que le proporcionaba. Me sentí como en el cielo, como si fuera yo mismo el que lo estaba acariciando, no el viento.
-Sí, gracias, esto es maravilloso, se está muy bien así. Entonces, ¿no le molesta si...?
-Para nada, hombre – dije. (¿Cómo me iba a molestar? Yo estaba en la gloria.)
Ambos volvimos a nuestros lugares. Miré mi entrepierna, casi no podía ocultar el bulto que había crecido debajo de mis pantaloncitos. Por eso volví a mi asiento. Con una mano me tapé, al mismo tiempo que sentía palpitar mi verga, pujando por salir al exterior.
El carpintero prosiguió su trabajo, ahora en calzoncillos. ¡En calzoncillos!, No podía creer que estaba a solas con ese pedazo de macho, que además estaba en ropa interior frente a mí. Iba y venía casi en pelotas. Su cuerpo era formidable, era increíble que pudiera haberse combinado tanta masculinidad junta.
Gracias a sus distintos movimientos la abertura de su bragueta por momentos quedaba abierta más de la cuenta. Mi mirada se metía por esa preciosa ventanita, pero no llegaba a percibir gran cosa. Adivinaba ahí la oscuridad de sus pelos, y el calor de su verga.
De pronto se volvió y me dijo:
-Disculpe, voy a necesitar su ayuda.
-¿Ayuda? Sí, claro.
-¿Puede sostenerme este estante?
Yo corrí rápidamente a su lado. Me dio el extremo de la madera.
-Espero que no le sea muy pesado – me dijo.
-Nada de eso. ¿Así está bien? – le pregunté, haciendo un esfuerzo por ser útil pero también por mantener mi lucidez ante su embriagante cercanía.
-Un poco más a la derecha, así, así, gracias.
El aroma de su cuerpo me invadió. Con el otro extremo del estante en sus manos, acomodó la escalera y comenzó a subir. Tenía que disponerlo en alto, para lo cual extendió sus manos. Yo observaba atentamente su cuerpo, con mi erección en evidencia. Pero el carpintero seguía muy concentrado en su trabajo. Por fin, se detuvo y empezó a encastrar el estante allí arriba. Entonces quedé con mi cara a la altura de su entrepierna, a muy poca distancia. Al estirarse un poco más, la bragueta de su calzoncillo se empezó a abrir, y yo, que no podía dejar de mirar un solo segundo ese maravilloso hueco, vi todo. La tela se abrió más y entre un colchón de pelos negros y frondosos, reposaba la verga más suave y gruesa que había visto en años. La tela iba y venía, siguiendo los vaivenes de su dueño. Su miembro, asomando y ocultándose, acaparaba toda mi atención. El estante le estaba dando mucho trabajo, puesto que el lugar donde lo tenía que poner era de incómodo acceso.
Fue cuando sus movimientos se hicieron más enérgicos y en uno de ellos, ¡la verga se le salió afuera! Él no se había percatado aún de eso, por lo que yo tampoco podía decir mucho. Sí, la escena era deliciosa. Él seguía concentrado en su tarea y la verga, asomando por la abertura del bóxer, se bamboleaba en cada sacudón. Mis ojos la devoraban. No podía ver sus bolas, que habían quedado adentro, solo el extremo de su tronco, su glande cubierto y todo su grosor habían emergido de su escondite.
Por fin, la madera encajó y él exclamó un sonoro "¡Listo!".
Afirmó el estante y colocó fácilmente el extremo que yo sostenía en la otra punta del mueble. Al hacerlo me liberaba de mi carga. Y sin pensar, sin poder dejar de mirar su miembro que me tentaba desde su floja bragueta, atiné a estirar mi mano para tocarlo, pero el ruido de un martillazo hizo que frenara mis deseos. Entonces él se volvió hacia mí. Al hacerlo advirtió mi estado de perturbación. Enseguida reparó en aquello que se había salido de su lugar y rápidamente acomodó su ropa, metiendo rápidamente su pija adentro del bóxer.
No dijimos nada.
Pero todo estaba claro.
Él se había dado cuenta perfectamente de que yo lo estaba mirando. Quizás estaría comprobando que sí, que él me atraía. Si él ataba todos los cabos: mi mirada, oler su toalla, podría saber que su contratista estaba muy interesado en algo más que el trabajo.


Siguió sin decir palabra. Entonces lo noté más serio y callado desde ese momento. ¡También estaba más torpe! Era evidente que estaba nervioso por algo, y yo creía saber la razón. Las cosas se le caían y buscaba herramientas perdidas que tenía en la punta de su nariz. La situación se tornó casi cómica. Fue cuando noté que su paquete se había agrandado un poco más que antes. Al subirse nuevamente a la escalera, con las manos ocupadas en su trabajo, me situé cerca de él, siguiendo la parodia de observar interesadamente su trabajo. Él estaba muy turbado. Sudado, acalorado.
Me concentré en su bulto.
Era indudable.
Estaba experimentando el comienzo de una erección.
Fue un momento sublime. Él se acomodaba la abertura, intentando mantener dentro lo que incontrolablemente quería estar fuera, y su incomodidad iba en aumento por tratar de bajar lo que inevitablemente quería subir, pero, cada toque ahí, empeoraba la situación.
Los dos estábamos con tremendos paquetes, yo lo miraba, él intentaba reconcentrarse en el trabajo. Pero ya nunca pudo hacerlo.
Mientras afirmaba un lado del estante, su bragueta se abrió, empujada por la presión, y su verga salió disparada al exterior otra vez. Pero ahora estaba dura a más no poder. Yo lancé un pequeño gemido de estupor, no pude contenerme más, y sin pensarlo un minuto estiré mi mano y apresé ese carajo enseguida.
¡Entonces el carpintero saltó hacia atrás en un reflejo de puro pánico y fue a dar con toda su humanidad al piso! Cuando fui a socorrerlo, temiendo que se hubiese hecho daño, empezó a gritarme:
-¿Pero qué está haciendo? ¿Está loco? ¡Déjeme! ¡Aléjese!
-Pero...
-¡Pero nada! ¿Por quién me ha tomado?
Y entre gritos, agitado y furioso se levantó y fue a buscar sus ropas, que vistió en un segundo.
-¡Yo me voy! ¡Agarro mis cosas y me voy! – gritó agitado y confuso - ¿Pero qué se ha creído?
Yo no atinaba a decir nada, estaba atónito. Seguí toda la escena mudo y con los ojos abiertos por la sorpresiva reacción ¿Tanto me había equivocado? ¿No debía interpretar esa furiosa erección como una invitación? El carpintero, dirigiéndose a la puerta rápidamente, tomó su caja de herramientas y me gritó:
-¡Búsquese a otro para que le termine el trabajo, pero búsquelo bien, porque conmigo se equivocó! ¡Yo no soy ningún puto!
Cuando ya estaba saliendo, se detuvo de pronto, dio la vuelta violentamente y me apuntó con su índice:
-¡Porque usted es... usted es... un degenerado!
El portazo fue contundente. ¡Cielos!. Era evidente que me había equivocado. Y mucho. Me quedé un rato paralizado en medio de los estantes sin colocar, la escalera y... ¡su toalla en el piso...! Al verla, bajé la cabeza y me observé la entrepierna. Aún tenía mi pija en alto, dura y latente. ¡Y una frustración como pocas…!
Así, caliente y frustrado, no tuve más remedio que ir al baño y, como la primera vez, dejar correr el agua casi fría. Me desnudé. Mi verga salió de su prisión permaneciendo erecta y, como nunca, deseosa de atención. Me metí al agua, sintiendo como su frescura apaciguaba poco a poco mi agitación, mi sorpresa y mi ardor interno. Estuve un largo rato así, con los ojos cerrados. No podía sacarme de encima la imagen de mi carpintero. ¡Qué lástima! Me parecía increíble que un hombre pudiera tener tanto miedo a sentir lo que a veces es inevitable entre dos machos. Aunque de todos modos, era perfectamente comprensible. Pero así había sido: algo fuerte e inevitable.
Mi verga fue descendiendo, pero me quedé un poco más en la ducha, sintiéndola correr por todo mi cuerpo.
Entonces escuché que llamaban a mi puerta. ¿Sería posible que...? Rápidamente salí del agua, me envolví en una toalla y abrí la puerta.
Sin poder dar crédito a mis ojos, allí tenía a mi carpintero en el umbral con una tierna seriedad mirándome a los ojos. Y cuando empezó a hablar su vista fue bajando hasta el piso.
-Eh, yo... quería decirle, que... bueno, disculpe, espero que no se haya ofendido.
Yo estaba empapado, sólo con la toalla envuelta sobre mi cintura. El carpintero dejó su caja de herramientas en el piso, cerró la puerta y me volvió a mirar.
-Mire, creo que a veces… reacciono mal…
-Creo que me di cuenta de eso.
-Pero, no soy mala persona...
-También me di cuenta de eso – sonreí.
El hombre hizo una pequeña mueca a modo de sonrisa, bamboleando la cabeza y mordiéndose apenas el labio inferior, siempre con la vista en el piso. Comprendí que estaba muy incómodo y avergonzado, cosa que agrandaba más aún su atractivo. Sus ojos, lentamente, se percataron de que yo estaba solo cubierto por una toalla. Entonces no pudo ya apartar su vista de mi bulto, que empezaba a cobrar vida.
-Eh...yo.... lo que le dije cuando pegué el portazo... yo...
Él seguía mirando mi entrepierna. Y yo seguía empalmándome.
-Que… nada... – continuó balbuceando - que a veces me pongo un poco temperamental, y le quiero pedir disculpas. Y yo... yo...
-¿Sí? Usted me quiere decir algo más.
El carpintero se rascó la cabeza, miró para arriba, sonrió nerviosamente y no sabía cómo proseguir.
-Pero está transpirando – le dije - ¿No quiere secarse un poco?
Entonces él avanzó como para ir a buscar su toalla que estaba en el piso, pero yo lo detuve enseguida.
-¡No!, déjela, esa está sucia, aquí tiene la mía.
Y desanudándome la toalla de la cintura me acerqué hacia él, dándosela. Él la tomó, temblando y mirando mi total desnudez, pero yo no retiré mi mano, acompañando la suya que se había llevado la toalla al cuello. Entonces él bajó sus brazos y entendí que se estaba rindiendo, entregándose a mí.
Con la toalla en mis manos fui enjugando el sudor que le caía por el cuello, por la cara y la frente. Algo me decía que esta vez no estaba sudando por el calor. Mi sexo se había levantado rápidamente y estaba apuntando nuevamente hacia arriba, desafiante y palpitante. Yo continuaba secándolo y acariciándolo con la blanca toalla. Vi como él cerraba los ojos, intentando decirme algo. Entonces pude advertir como ese hombre libraba en su interior una suerte de batalla. Pero era evidente que la estaba perdiendo.
En total silencio, tomé los tiradores del overol y los deslicé suavemente hacia los costados. Él me ayudó quitando sus brazos de ellos y dejando que la parte superior del overol colgara. Su hermoso pecho desnudo estaba frente a mí. Con la toalla, siempre muy lentamente, fui secando, acariciando su torso, deslizándola por entre esos espléndidos pectorales, deteniéndome en sus duras tetillas. Le pasé la toalla por el cuello y la dejé colgada un instante en sus hombros.
Tomé el overol y empecé a quitárselo. Él, sumisamente, respondía sin resistencia a mi tarea plácida y casi tántrica de desnudarlo. Cuando el overol cayó al piso, contuve mi ansiedad para no abalanzarme sobre su abultado paquete debajo del calzoncillo. Tomé el bóxer por el elástico y comencé a bajarlo. La verga, dura como estaca, se disparó pegando fuertemente contra su abdomen. Las prendas habían quedado en el suelo alrededor de sus tobillos. El carpintero, con un movimiento de sus pies, se descalzó y los levantó para quedar completamente libre de ropas.
Ahora los dos estábamos desnudos.
Él continuaba con los ojos cerrados. Continuaba temblando, pero estaba excitado a más no poder. Tomé suavemente la toalla que había dejado en sus hombros y seguí secando su cuerpo, con una infinita lentitud y cuidando que la menor secuela de confusión o vergüenza apareciera en mi excitado hombre. Fui bajando hasta llegar a su verga. La rodeé con la toalla y empecé a frotarla lentamente. Sentí que poco a poco él se iba confiando a mí en un exquisito abandono. Entonces él abrió los ojos, me miró apasionadamente y tomando la toalla en un suave forcejeo, la apartó, tirándola al suelo.
Me tomó la cara con una mano, me acarició levemente la mejilla con su dedo pulgar y acercó su boca a la mía.
Nos besamos casi rozándonos, sólo apoyando los labios uno con el otro. Luego yo intenté abrir un poco la boca. Él me respondió. Avancé apenas con mi lengua y recorrí tenuemente la comisura de sus labios. Él abrió aún más la boca y se animó a responderme con su lengua. Abrí mis labios, como dándole paso, y él metió la lengua dulcemente. Reconocimos nuestros sabores por vez primera y empezamos una lucha sublime de movimientos linguales, succionando, chupando y lamiendo con total avidez.
Él me rodeó con sus brazos musculosos y me atrajo hacia sí. Nuestros falos se encontraron y se entrelazaron compitiendo en rigidez. Con las manos me agarró las tetillas y empezó a frotarlas, pellizcarlas y acariciarlas. Todo el placer que me producía me hacía exclamar gemidos que él recibía dentro de su boca. Un rato largo estuvimos así, hasta que me puse de rodillas frente a él, quedando mi cara frente a su poderoso miembro. Su olor me invadió (¡otra vez!) y me hizo tambalear, hundí mi nariz en su matorral de pelos púbicos y respiré hondo. Era una verdadera delicia sentir tanto olor a macho. Miré detenidamente ese tronco que emergía de esa selva frondosa donde los pelos eran largos, negros y gruesos. La verga estaba durísima y alzada en una ligera curvatura ascendente. Descapullada completamente me ofrecía un glande redondo, rosado y brillante. La pequeña hendidura en su punta chorreaba gotas transparentes y por debajo, las bolas, que se agitaban envueltas en una maraña de pelos ensortijados, se endurecían y se contraían. Era una tranca rara por su grosor. Se afinaba en la punta, pero la base, inusualmente ancha, formaba con sus bolas una sola forma homogénea.
Entonces abrí a más no poder mi boca para engullirme ese trofeo. Al hacerlo, mi amigo aulló con un gemido ronco y viril. Empecé a bombearlo con mis labios, recorriendo y ensalivando toda la extensión de su sexo. Lamí sus bolas, eran tan grandes que tardé bastante en empaparlas totalmente con mi saliva.
El carpintero estaba en la gloria. Gemía y casi gritaba, loco de excitación. Sentía su pija corcovear en el interior de mi boca, como si fuera a explotar en cualquier momento. No pudiendo resistir, el carpintero cayó al piso. Me abrazó, y al atraerme hacia él, los dos caímos sobre la breve alfombra, donde se puso encima mío y me tapó la boca son la suya.
Era una delicia tener a ese hombrote sobre mí, taladrándome con su lengua y sintiendo nuestras vergas entablando un duelo constante. Los hirsutos pelos de su abdomen, que eran duros, raspaban el mío, encontrándose con mis vellosidades un poco más suaves. Sentía el enorme peso de ese gran macho, pero no me disgustaba. Me sentía aprisionado, en una prisión de la que nadie hubiera querido liberarse. Su lengua salió de mi boca para seguir lamiendo mi cuello. Del cuello bajó a mi pecho. Sorbió y degustó ahí mi vello y mordisqueó uno a uno mis enhiestos pezones. ¡Ah!, ¡esa lengua! Rodeaba mis pezones para atraparlos luego entre sus dientes a punto de otorgarme, en la presión de la mordida, una dulce tortura; y por fin lamerlos sumisamente antes de llegar al umbral mismo del dolor. Eso me ponía loco. Lo tomé por la cabeza sintiendo su cabello húmedo entre mis dedos. Él siguió bajando con su lengua en constante actividad. Así llegó a mi abdomen. Introdujo su lengua en mi ombligo y continuó por todo el sector. Entonces se incorporó un poco y miró bien mi verga.
Me miró por un instante a los ojos.
Luego los enfiló hacia mi miembro. Lo tomó con su mano sintiendo su dureza. Lo examinó con una enloquecedora sensualidad, tocando mis bolas, explorando y dándole pequeños sacudones que lo hacían endurecer más aún. Entonces lo tomó ajustando su mano por la base de las bolas y lo dejó enhiesto y levantado como un mástil. Abrió su boca y lentamente, con una parsimonia que me llevó a los límites de la inconsciencia, sacó su lengua a unos centímetros del glande y dejó caer sobre él unas gotas de su cálida saliva. Sentí cuando ésta cayó, respondiendo con un sacudón de mi verga. Repitió esto varias veces, hasta que mi tronco estuvo completamente lleno de saliva. Entonces acercó la lengua a la punta y lamió todo en derredor. Creí morir. Me arqueé de placer y gemí incontroladamente. Pronto se había engullido mi pija en toda su extensión. Yo sentía como me saboreaba. Estuvo un tiempo largo chupando y succionando todo. El placer era indescriptible y nada quedó sin ser lamido, verga, bolas, pelos...
Después me tomó por las piernas y, alzándolas por sobre sus hombros hizo que mi ano quedara a merced de su boca. El carpintero devoró mi culo, entre mis aullidos entrecortados. Su lengua me penetraba y lamía alternadamente los costados de mi agujero. Sentía esa barba crecida y rústica en mi ojete como un cepillo áspero y acariciante a la vez. Entonces giré y mientras él continuó chupándome la verga, yo atrapé con mi boca la de él, formando un violento 69. Nuestros movimientos se aceleraron más, nuestras respiraciones se agitaron, tragábamos nuestros jugos, pelos... y nos lamíamos por entre los ojetes, la entrepierna... y cuando tuvimos ambos arietes en nuestras bocas, no pude contenerme más y le hice entender que iba a acabar. Pero él no me dejó sacar mi pija de su boca. La agarró con las manos y la bombeó sosteniendo la punta entre sus labios. En medio de un espasmo impresionante sentí que estaba por eyacular. Y justamente en ese momento, su verga empezó a estremecerse. También era su momento. Sin poder aguantar más, me derramé dentro de él en una explosión orgásmica increíble... y casi al mismo tiempo, un chorro caliente fue a dar contra mi garganta, inundando luego mi boca con repetidos derrames.
Nos separamos rápidamente y buscamos nuestras bocas para besarnos. Nuevamente las lenguas se encontraron entre el mar de nuestros propios líquidos. El espeso semen se desbordaba de nuestras bocas volcándose por nuestros cuellos y pechos, que subían y bajaban violentamente por la agitación.
Nos abrazamos tiernamente, recostados en el suelo, y sin dejar de besarnos nos fuimos serenando.
Entonces le sonreí y le pregunté cómo se sentía.
-Me siento muy bien – me dijo todavía con el aire entrecortado – y quiero decirle que esta es mi primera vez con un hombre. – rió – ¡aún no lo puedo creer!
-Sí – contesté – lo supuse por como temblabas en mis brazos. Pero ¿seguro que estás bien?
-Estoy muy bien. Usted me gusta mucho. Y...
-¿Y qué?
-...Y cuando le dije que se buscara otro carpintero, no lo decía en serio... Hoy no podría – dijo incorporándose – pero le prometo que mañana le voy a terminar la biblioteca.
Sonreí de pura ternura.
-Está bien – le contesté – pero... ¿porqué no me tuteás?
-Sí, sí, de acuerdo, pero... permítame que vaya de a poco. Son muchos cambios para un solo día...
Y el carpintero, ocultó su cara en mi pecho.
 

Franco, Abril 2003


viernes, 28 de diciembre de 2012

Tres gracias

A pocos días de finalizar este año...
Gracias por el afecto,
Gracias por seguir aquí día a día,
Gracias por otro año más compartido.